Thaís Monteverde lo tenía todo: un talento deslumbrante que la convirtió en la reina del lujo, y un esposo, el carismático Liam Moreno, que la adoraba públicamente. O eso creía ella. En unas idílicas vacaciones, su mundo de ensueño se hizo añicos al borde de un acantilado, cuando la mano de su amado esposo la empujó hacia una muerte segura en el mar. El plan era perfecto: Liam heredaría su imperio, y su amante, la dulce Camelia, heredaría su vida. Creían haberla borrado del mapa para siempre. Pero el destino tenía otros planes. Un mes después, Thaís despierta en un hospital, sin recuerdos y con su "heroico" esposo a su lado, contándole una historia de un trágico resbalón y un rescate milagroso. Atrapada en una red de sonrisas falsas y mentiras venenosas, donde hasta su propia familia parece desear su fin, Thaís sabe que algo no encaja. Y entonces, un recuerdo brutal lo cambia todo: la mirada fría de Liam, justo antes del empujón. En ese instante, la mujer frágil que despertó en esa cama muere para siempre. En su lugar, renace una nueva Thaís, consumida por un único y helado propósito: la venganza. Fingiendo amnesia, se prepara para volver a un mundo que la cree débil y acabada. Pero no regresará como una víctima, sino como una depredadora. Su objetivo no es solo recuperar lo que es suyo; es destruir, pieza por pieza, a todos los que la traicionaron. Sin embargo, en su nuevo y peligroso camino, una pieza inesperada entra en el juego: Roberto Márquez, el poderoso y enigmático rival de Liam, un hombre que parece ser el único capaz de ver a la verdadera mujer detrás de la máscara. ¿Será el aliado que necesita para consumar su venganza... o la única debilidad que podría destruirla definitivamente?

Capítulo 1Un pitido agudo y rítmico.Eso fue lo primero que registró.Luego, un dolor sordo que le recorría cada centímetro del cuerpo, como si mil agujas la estuvieran pinchando a la vez.Thaís Monteverde abrió los ojos.El techo era de un blanco impecable, tan brillante que la lastimaba. Parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la luz.El olor a antiséptico le invadió las fosas nasales, fuerte y desagradable. Le revolvió el estómago.Intentó moverse, girar la cabeza, pero un quejido escapó de sus labios antes de que pudiera siquiera levantarla un milímetro. Un dolor punzante le estalló en la nuca.—Tranquila, tranquila. No se mueva.Una voz suave, profesional. Un hombre con bata blanca se inclinó sobre ella, ajustando algo en la máquina que no dejaba de pitar. Tenía unos ojos amables detrás de unas gafas de montura fina.—¿Dónde… dónde estoy? —su propia voz sonó extraña, rasposa, como si no la hubiera usado en años.—Está en el hospital, señorita Monteverde. Tuvo una caída muy grave. Ha estado inconsciente durante casi un mes.¿Un mes?La palabra rebotó en su cabeza, vacía de significado. ¿Un mes? ¿Qué había pasado? Intentó recordar, buscar algo en el vacío de su mente.Nada.Solo una niebla espesa y oscura, un abismo sin fondo. El pánico comenzó a subirle por la garganta.Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y un hombre alto, de hombros anchos y rostro perfectamente perfilado, entró a toda prisa.Llevaba un traje caro, pero arrugado, como si hubiera dormido con él puesto. Tenía ojeras marcadas bajo unos ojos azules que ahora la miraban con un alivio desbordado, casi doloroso.—¡Thaís! ¡Mi amor, despertaste!Se abalanzó sobre la cama, tomando su mano con una desesperación que la sobresaltó. Su tacto era cálido, sus manos fuertes, pero a ella le provocó un escalofrío inexplicable que le recorrió la espalda.—Por Dios, pensé que te perdía.El médico carraspeó, con un tono de advertencia.—Señor Moreno, por favor, con calma. Su esposa acaba de despertar, necesita tranquilidad.El hombre, Liam Moreno, se apartó un poco, pero sin soltarle la mano. Su mirada no se despegaba de la de ella, recorriendo su rostro como si quisiera memorizar cada detalle.—¿No… no me recuerdas, verdad?La pregunta flotó en el aire, cargada de una esperanza teñida de miedo.Thaís lo observó. Era guapísimo, como un actor de cine. Pero su rostro era el de un completo desconocido. No sentía nada. Ni amor, ni odio, ni siquiera familiaridad.Negó con la cabeza, un movimiento casi imperceptible que le costó un mundo. El nudo de pánico en su garganta se hizo más grande.—El doctor dice que tengo… amnesia.Liam le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Una sonrisa triste y tierna se dibujó en sus labios.—No te preocupes por nada, mi vida. Yo estoy aquí. Te cuidaré. Me encargaré de que recuerdes todo.Su voz era como un bálsamo, profunda y tranquilizadora. La clase de voz en la que una mujer querría confiar.Se sentó en el borde de la cama, una presencia sólida y reconfortante.—Estábamos de vacaciones en el Acantilado de los Suspiros. Un lugar hermoso. Nuestro lugar. Te acercaste demasiado al borde para tomar una foto. Resbalaste.Hizo una pausa, tragando saliva como si el recuerdo le doliera físicamente. Sus ojos se humedecieron.—Yo intenté sujetarte, pero te me fuiste de las manos. Caíste. Fue… el peor momento de mi vida.»Bajé por ti, te saqué del agua. Estabas inconsciente. Si hubiera tardado un minuto más…Se le quebró la voz. Se llevó la mano de Thaís a los labios y la besó con una devoción casi religiosa.—Me salvaste —le dijo él, casi en un susurro—. Yo te saqué del agua, pero tú me salvaste a mí. No sé qué haría sin ti.Thaís lo miró a los ojos, buscando una conexión, un destello de familiaridad en ese mar azul de aparente adoración.Encontró una devoción que parecía sacada de una novela romántica. Un amor tan perfecto, tan abrumador, que resultaba casi irreal.Y en el fondo de su ser, en medio de la niebla y el miedo, una pequeña voz, fría y silenciosa, le susurró una pregunta.¿Por qué no siento nada?Al día siguiente, Liam no se había separado de su lado.Le leía fragmentos de sus libros favoritos, según él. Le contaba anécdotas de "su vida juntos", describiendo viajes a París y cenas a la luz de las velas. Le daba de comer sopa con una paciencia infinita, sonriendo cada vez que ella tragaba un bocado.Era el esposo perfecto. Un sueño hecho hombre.Pero para Thaís, seguía siendo un extraño que interpretaba un papel. Un papel que, por alguna razón, no terminaba de creerse.A mediodía, la puerta se abrió y la sonrisa de Liam se ensanchó.—Mira, mi amor, tenemos visita. Espero que no te moleste, pero insistieron en venir.Una joven de aspecto dulce y un muchacho de ojos nerviosos entraron en la habitación.—¡Thaís, hermana!La chica se acercó a la cama, sus ojos verdes llenos de lágrimas. Era Camelia Rodríguez. Su belleza era delicada, casi frágil, como una flor de porcelana. Llevaba un vestido sencillo pero elegante que acentuaba su figura.Le tomó la otra mano. Su piel era suave, pero helada. Su agarre, sorprendentemente fuerte.—Nos diste un susto de muerte. He rezado por ti todos los días.A su lado, Julián, el hermano menor de Thaís, se mantenía a distancia, casi pegado a la pared.—Hola, hermanita.Su voz era apenas un murmullo. No la miraba a los ojos. Su mirada iba de Liam a Camelia, y luego al suelo, como si el dibujo de las baldosas fuera lo más interesante del mundo. Se frotaba las manos sin parar, un gesto nervioso que no pasó desapercibido para Thaís.Sintió una punzada de algo que no supo identificar. Una extraña mezcla de lástima y desconfianza.—Julián, acércate, no seas tímido —dijo Liam con tono afable, aunque con un matiz de orden—. Thaís necesita sentir que estamos todos con ella.Julián dio un par de pasos torpes, como si sus pies pesaran una tonelada.—Me alegro de que estés bien. De verdad.Seguía sin mirarla.Camelia, en cambio, no dejaba de sonreírle. Una sonrisa radiante, perfecta, pero que no llegaba a sus ojos. Sus ojos verdes la escrutaban, la analizaban.—Liam nos ha contado lo valiente que fue. Es un verdadero héroe. Tienes tanta suerte de tenerlo, Thaís. No todos los hombres harían algo así.Apretó su mano con más fuerza, sus uñas ligeramente clavadas en su piel.—Cuando te recuperes, todo volverá a ser como antes. Ya lo verás. La empresa te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.Thaís la observó. Las palabras eran correctas, llenas de cariño. Pero había algo en su tono, una nota casi imperceptible de… ¿impaciencia? Como si estuviera recitando un guion aprendido.Liam le pasó un brazo por los hombros a Camelia en un gesto protector.—Camelia ha estado ayudándome con la empresa mientras no estabas. Ha sido un gran apoyo. Una verdadera roca. No sé qué habría hecho sin ella y sin Julián.—Solo hago lo que haría cualquier hermana —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro de Liam por un instante. Un gesto fugaz, casi un reflejo.Un gesto íntimo. Demasiado íntimo.Thaís sintió un retortijón en el estómago. Una sensación ácida y desagradable.Retiró la mano del agarre de Camelia con un movimiento sutil pero firme.—Estoy… cansada. Siento la cabeza pesada.Liam reaccionó al instante. Su rostro se llenó de preocupación.—Claro, mi vida. No debemos agotarte. Chicos, es mejor que nos vayamos y la dejemos descansar.Julián pareció inmensamente aliviado, como si le hubieran quitado una condena. Salió de la habitación casi corriendo, murmurando un adiós inaudible.Camelia se inclinó y le dio un beso en la frente. Su piel era fría.—Descansa, hermanita. Te queremos.Su aliento olía a un perfume caro y dulce, casi empalagoso. A Thaís le dieron náuseas.Cuando se quedó sola de nuevo, el silencio de la habitación pareció amplificarse.Cerró los ojos, pero la imagen de la cabeza de Camelia en el hombro de Liam no se iba.Esa sensación en el estómago no era cansancio.Era una alarma sonando a todo volumen en la niebla de su mente.Los días se convirtieron en una rutina monótona y asfixiante.Las mismas paredes blancas, el mismo pitido de la máquina, el mismo rostro devoto de Liam, que actuaba como un carcelero sonriente.Se había convertido en su guardián, en su filtro con el mundo exterior.—El médico dice que es crucial que tu cerebro no reciba demasiados estímulos —le explicó el tercer día, mientras le acomodaba las almohadas con un cuidado exagerado—. Podría ser contraproducente para tu recuperación.—Por eso he pedido que restrinjan las visitas al mínimo. Solo yo, y de vez en cuando Camelia y Julián. Son familia, lo entenderán.Thaís lo miró desde la cama. Su cuerpo estaba débil, pero su mente, aunque vacía, estaba alerta.—Pero… ¿y Virginia?El nombre salió de sus labios antes de que pudiera pensarlo. No sabía quién era, pero la mención de su nombre le provocó una sensación cálida, un eco de lealtad.La sonrisa de Liam se tensó por una fracción de segundo. Fue casi imperceptible, pero Thaís lo vio.—Ah, Virginia. Claro. Es… muy intensa. Llamó ayer, gritando a las enfermeras. Le dije que estabas descansando, que lo mejor era esperar unos días más a que estuvieras más fuerte. No queremos que te altere con su… energía.—¿Puedo hablar con ella? Quiero… creo que quiero escuchar su voz.La petición era un tanteo, una pequeña prueba.—Tu celular se rompió en la caída, mi amor. Hecho pedazos. Y el doctor recomendó evitar las pantallas y las llamadas por ahora. Es por tu bien. No te preocupes, yo le daré tus saludos.Le acarició la mejilla. Su tacto era suave, pero se sentía como el barrote de una celda.—Confía en mí. Yo sé lo que es mejor para ti.Cada frase era una caricia, cada palabra estaba envuelta en una preocupación asfixiante.Pero Thaís empezó a sentirse como un pájaro en una jaula de oro. Una jaula lujosa, pero jaula al fin y al cabo.Liam controlaba todo. Sus comidas, sus medicinas, la información que recibía.Le traía revistas de moda, pero con las páginas de sociedad arrancadas. Le ponía música clásica, pero nunca la radio o la televisión.—El mundo exterior es demasiado estresante ahora mismo —decía, con su tono de barítono tranquilizador—. Necesitas paz para sanar.Una tarde, mientras él leía un libro en el sillón junto a la ventana, ella lo observó en silencio. La luz del atardecer dibujaba su perfil, haciéndole parecer noble y pensativo.Estaba completamente absorto. Parecía la viva imagen de la tranquilidad.Pero sus ojos no paraban de mirar el reloj de la pared.Y luego su teléfono.Lo sacaba del bolsillo del pantalón, miraba la pantalla con el ceño fruncido y lo volvía a guardar. Una, dos, tres veces en menos de diez minutos.Thaís fingió dormir, observándolo a través de sus pestañas, ralentizando su respiración.A la cuarta vez, Liam se levantó con sigilo, dejando el libro abierto sobre el sillón. Creyendo que ella dormía, se acercó a la cama, le apartó un mechón de pelo de la cara y le dio un beso suave en la frente. Un gesto tierno, ensayado.Luego, salió de la habitación, cerrando la puerta con un cuidado exquisito para no hacer ruido.Thaís abrió los ojos de inmediato.El silencio era total, pesado.Agudizó el oído, conteniendo la respiración.Esperó uno, dos, tres segundos.Y entonces lo escuchó.Un murmullo al otro lado de la puerta. La voz profunda y masculina de Liam, en un tono bajo y confidencial.Y mezclada con ella, apenas un susurro, una risa femenina, cristalina y suave.Una risa que reconoció al instante, a pesar de la puerta que los separaba.Era la risa de Camelia.Capítulo 2Un pitido agudo y rítmico.Eso fue lo primero que registró.Luego, un dolor sordo que le recorría cada centímetro del cuerpo, como si mil agujas la estuvieran pinchando a la vez.Thaís Monteverde abrió los ojos.El techo era de un blanco impecable, tan brillante que la lastimaba. Parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la luz.El olor a antiséptico le invadió las fosas nasales, fuerte y desagradable. Le revolvió el estómago.Intentó moverse, girar la cabeza, pero un quejido escapó de sus labios antes de que pudiera siquiera levantarla un milímetro. Un dolor punzante le estalló en la nuca.—Tranquila, tranquila. No se mueva.Una voz suave, profesional. Un hombre con bata blanca se inclinó sobre ella, ajustando algo en la máquina que no dejaba de pitar. Tenía unos ojos amables detrás de unas gafas de montura fina.—¿Dónde… dónde estoy? —su propia voz sonó extraña, rasposa, como si no la hubiera usado en años.—Está en el hospital, señorita Monteverde. Tuvo una caída muy grave. Ha estado inconsciente durante casi un mes.¿Un mes?La palabra rebotó en su cabeza, vacía de significado. ¿Un mes? ¿Qué había pasado? Intentó recordar, buscar algo en el vacío de su mente.Nada.Solo una niebla espesa y oscura, un abismo sin fondo. El pánico comenzó a subirle por la garganta.Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y un hombre alto, de hombros anchos y rostro perfectamente perfilado, entró a toda prisa.Llevaba un traje caro, pero arrugado, como si hubiera dormido con él puesto. Tenía ojeras marcadas bajo unos ojos azules que ahora la miraban con un alivio desbordado, casi doloroso.—¡Thaís! ¡Mi amor, despertaste!Se abalanzó sobre la cama, tomando su mano con una desesperación que la sobresaltó. Su tacto era cálido, sus manos fuertes, pero a ella le provocó un escalofrío inexplicable que le recorrió la espalda.—Por Dios, pensé que te perdía.El médico carraspeó, con un tono de advertencia.—Señor Moreno, por favor, con calma. Su esposa acaba de despertar, necesita tranquilidad.El hombre, Liam Moreno, se apartó un poco, pero sin soltarle la mano. Su mirada no se despegaba de la de ella, recorriendo su rostro como si quisiera memorizar cada detalle.—¿No… no me recuerdas, verdad?La pregunta flotó en el aire, cargada de una esperanza teñida de miedo.Thaís lo observó. Era guapísimo, como un actor de cine. Pero su rostro era el de un completo desconocido. No sentía nada. Ni amor, ni odio, ni siquiera familiaridad.Negó con la cabeza, un movimiento casi imperceptible que le costó un mundo. El nudo de pánico en su garganta se hizo más grande.—El doctor dice que tengo… amnesia.Liam le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Una sonrisa triste y tierna se dibujó en sus labios.—No te preocupes por nada, mi vida. Yo estoy aquí. Te cuidaré. Me encargaré de que recuerdes todo.Su voz era como un bálsamo, profunda y tranquilizadora. La clase de voz en la que una mujer querría confiar.Se sentó en el borde de la cama, una presencia sólida y reconfortante.—Estábamos de vacaciones en el Acantilado de los Suspiros. Un lugar hermoso. Nuestro lugar. Te acercaste demasiado al borde para tomar una foto. Resbalaste.Hizo una pausa, tragando saliva como si el recuerdo le doliera físicamente. Sus ojos se humedecieron.—Yo intenté sujetarte, pero te me fuiste de las manos. Caíste. Fue… el peor momento de mi vida.»Bajé por ti, te saqué del agua. Estabas inconsciente. Si hubiera tardado un minuto más…Se le quebró la voz. Se llevó la mano de Thaís a los labios y la besó con una devoción casi religiosa.—Me salvaste —le dijo él, casi en un susurro—. Yo te saqué del agua, pero tú me salvaste a mí. No sé qué haría sin ti.Thaís lo miró a los ojos, buscando una conexión, un destello de familiaridad en ese mar azul de aparente adoración.Encontró una devoción que parecía sacada de una novela romántica. Un amor tan perfecto, tan abrumador, que resultaba casi irreal.Y en el fondo de su ser, en medio de la niebla y el miedo, una pequeña voz, fría y silenciosa, le susurró una pregunta.¿Por qué no siento nada?Al día siguiente, Liam no se había separado de su lado.Le leía fragmentos de sus libros favoritos, según él. Le contaba anécdotas de "su vida juntos", describiendo viajes a París y cenas a la luz de las velas. Le daba de comer sopa con una paciencia infinita, sonriendo cada vez que ella tragaba un bocado.Era el esposo perfecto. Un sueño hecho hombre.Pero para Thaís, seguía siendo un extraño que interpretaba un papel. Un papel que, por alguna razón, no terminaba de creerse.A mediodía, la puerta se abrió y la sonrisa de Liam se ensanchó.—Mira, mi amor, tenemos visita. Espero que no te moleste, pero insistieron en venir.Una joven de aspecto dulce y un muchacho de ojos nerviosos entraron en la habitación.—¡Thaís, hermana!La chica se acercó a la cama, sus ojos verdes llenos de lágrimas. Era Camelia Rodríguez. Su belleza era delicada, casi frágil, como una flor de porcelana. Llevaba un vestido sencillo pero elegante que acentuaba su figura.Le tomó la otra mano. Su piel era suave, pero helada. Su agarre, sorprendentemente fuerte.—Nos diste un susto de muerte. He rezado por ti todos los días.A su lado, Julián, el hermano menor de Thaís, se mantenía a distancia, casi pegado a la pared.—Hola, hermanita.Su voz era apenas un murmullo. No la miraba a los ojos. Su mirada iba de Liam a Camelia, y luego al suelo, como si el dibujo de las baldosas fuera lo más interesante del mundo. Se frotaba las manos sin parar, un gesto nervioso que no pasó desapercibido para Thaís.Sintió una punzada de algo que no supo identificar. Una extraña mezcla de lástima y desconfianza.—Julián, acércate, no seas tímido —dijo Liam con tono afable, aunque con un matiz de orden—. Thaís necesita sentir que estamos todos con ella.Julián dio un par de pasos torpes, como si sus pies pesaran una tonelada.—Me alegro de que estés bien. De verdad.Seguía sin mirarla.Camelia, en cambio, no dejaba de sonreírle. Una sonrisa radiante, perfecta, pero que no llegaba a sus ojos. Sus ojos verdes la escrutaban, la analizaban.—Liam nos ha contado lo valiente que fue. Es un verdadero héroe. Tienes tanta suerte de tenerlo, Thaís. No todos los hombres harían algo así.Apretó su mano con más fuerza, sus uñas ligeramente clavadas en su piel.—Cuando te recuperes, todo volverá a ser como antes. Ya lo verás. La empresa te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.Thaís la observó. Las palabras eran correctas, llenas de cariño. Pero había algo en su tono, una nota casi imperceptible de… ¿impaciencia? Como si estuviera recitando un guion aprendido.Liam le pasó un brazo por los hombros a Camelia en un gesto protector.—Camelia ha estado ayudándome con la empresa mientras no estabas. Ha sido un gran apoyo. Una verdadera roca. No sé qué habría hecho sin ella y sin Julián.—Solo hago lo que haría cualquier hermana —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro de Liam por un instante. Un gesto fugaz, casi un reflejo.Un gesto íntimo. Demasiado íntimo.Thaís sintió un retortijón en el estómago. Una sensación ácida y desagradable.Retiró la mano del agarre de Camelia con un movimiento sutil pero firme.—Estoy… cansada. Siento la cabeza pesada.Liam reaccionó al instante. Su rostro se llenó de preocupación.—Claro, mi vida. No debemos agotarte. Chicos, es mejor que nos vayamos y la dejemos descansar.Julián pareció inmensamente aliviado, como si le hubieran quitado una condena. Salió de la habitación casi corriendo, murmurando un adiós inaudible.Camelia se inclinó y le dio un beso en la frente. Su piel era fría.—Descansa, hermanita. Te queremos.Su aliento olía a un perfume caro y dulce, casi empalagoso. A Thaís le dieron náuseas.Cuando se quedó sola de nuevo, el silencio de la habitación pareció amplificarse.Cerró los ojos, pero la imagen de la cabeza de Camelia en el hombro de Liam no se iba.Esa sensación en el estómago no era cansancio.Era una alarma sonando a todo volumen en la niebla de su mente.Los días se convirtieron en una rutina monótona y asfixiante.Las mismas paredes blancas, el mismo pitido de la máquina, el mismo rostro devoto de Liam, que actuaba como un carcelero sonriente.Se había convertido en su guardián, en su filtro con el mundo exterior.—El médico dice que es crucial que tu cerebro no reciba demasiados estímulos —le explicó el tercer día, mientras le acomodaba las almohadas con un cuidado exagerado—. Podría ser contraproducente para tu recuperación.—Por eso he pedido que restrinjan las visitas al mínimo. Solo yo, y de vez en cuando Camelia y Julián. Son familia, lo entenderán.Thaís lo miró desde la cama. Su cuerpo estaba débil, pero su mente, aunque vacía, estaba alerta.—Pero… ¿y Virginia?El nombre salió de sus labios antes de que pudiera pensarlo. No sabía quién era, pero la mención de su nombre le provocó una sensación cálida, un eco de lealtad.La sonrisa de Liam se tensó por una fracción de segundo. Fue casi imperceptible, pero Thaís lo vio.—Ah, Virginia. Claro. Es… muy intensa. Llamó ayer, gritando a las enfermeras. Le dije que estabas descansando, que lo mejor era esperar unos días más a que estuvieras más fuerte. No queremos que te altere con su… energía.—¿Puedo hablar con ella? Quiero… creo que quiero escuchar su voz.La petición era un tanteo, una pequeña prueba.—Tu celular se rompió en la caída, mi amor. Hecho pedazos. Y el doctor recomendó evitar las pantallas y las llamadas por ahora. Es por tu bien. No te preocupes, yo le daré tus saludos.Le acarició la mejilla. Su tacto era suave, pero se sentía como el barrote de una celda.—Confía en mí. Yo sé lo que es mejor para ti.Cada frase era una caricia, cada palabra estaba envuelta en una preocupación asfixiante.Pero Thaís empezó a sentirse como un pájaro en una jaula de oro. Una jaula lujosa, pero jaula al fin y al cabo.Liam controlaba todo. Sus comidas, sus medicinas, la información que recibía.Le traía revistas de moda, pero con las páginas de sociedad arrancadas. Le ponía música clásica, pero nunca la radio o la televisión.—El mundo exterior es demasiado estresante ahora mismo —decía, con su tono de barítono tranquilizador—. Necesitas paz para sanar.Una tarde, mientras él leía un libro en el sillón junto a la ventana, ella lo observó en silencio. La luz del atardecer dibujaba su perfil, haciéndole parecer noble y pensativo.Estaba completamente absorto. Parecía la viva imagen de la tranquilidad.Pero sus ojos no paraban de mirar el reloj de la pared.Y luego su teléfono.Lo sacaba del bolsillo del pantalón, miraba la pantalla con el ceño fruncido y lo volvía a guardar. Una, dos, tres veces en menos de diez minutos.Thaís fingió dormir, observándolo a través de sus pestañas, ralentizando su respiración.A la cuarta vez, Liam se levantó con sigilo, dejando el libro abierto sobre el sillón. Creyendo que ella dormía, se acercó a la cama, le apartó un mechón de pelo de la cara y le dio un beso suave en la frente. Un gesto tierno, ensayado.Luego, salió de la habitación, cerrando la puerta con un cuidado exquisito para no hacer ruido.Thaís abrió los ojos de inmediato.El silencio era total, pesado.Agudizó el oído, conteniendo la respiración.Esperó uno, dos, tres segundos.Y entonces lo escuchó.Un murmullo al otro lado de la puerta. La voz profunda y masculina de Liam, en un tono bajo y confidencial.Y mezclada con ella, apenas un susurro, una risa femenina, cristalina y suave.Una risa que reconoció al instante, a pesar de la puerta que los separaba.Era la risa de Camelia.Capítulo 3Un pitido agudo y rítmico.Eso fue lo primero que registró.Luego, un dolor sordo que le recorría cada centímetro del cuerpo, como si mil agujas la estuvieran pinchando a la vez.Thaís Monteverde abrió los ojos.El techo era de un blanco impecable, tan brillante que la lastimaba. Parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la luz.El olor a antiséptico le invadió las fosas nasales, fuerte y desagradable. Le revolvió el estómago.Intentó moverse, girar la cabeza, pero un quejido escapó de sus labios antes de que pudiera siquiera levantarla un milímetro. Un dolor punzante le estalló en la nuca.—Tranquila, tranquila. No se mueva.Una voz suave, profesional. Un hombre con bata blanca se inclinó sobre ella, ajustando algo en la máquina que no dejaba de pitar. Tenía unos ojos amables detrás de unas gafas de montura fina.—¿Dónde… dónde estoy? —su propia voz sonó extraña, rasposa, como si no la hubiera usado en años.—Está en el hospital, señorita Monteverde. Tuvo una caída muy grave. Ha estado inconsciente durante casi un mes.¿Un mes?La palabra rebotó en su cabeza, vacía de significado. ¿Un mes? ¿Qué había pasado? Intentó recordar, buscar algo en el vacío de su mente.Nada.Solo una niebla espesa y oscura, un abismo sin fondo. El pánico comenzó a subirle por la garganta.Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y un hombre alto, de hombros anchos y rostro perfectamente perfilado, entró a toda prisa.Llevaba un traje caro, pero arrugado, como si hubiera dormido con él puesto. Tenía ojeras marcadas bajo unos ojos azules que ahora la miraban con un alivio desbordado, casi doloroso.—¡Thaís! ¡Mi amor, despertaste!Se abalanzó sobre la cama, tomando su mano con una desesperación que la sobresaltó. Su tacto era cálido, sus manos fuertes, pero a ella le provocó un escalofrío inexplicable que le recorrió la espalda.—Por Dios, pensé que te perdía.El médico carraspeó, con un tono de advertencia.—Señor Moreno, por favor, con calma. Su esposa acaba de despertar, necesita tranquilidad.El hombre, Liam Moreno, se apartó un poco, pero sin soltarle la mano. Su mirada no se despegaba de la de ella, recorriendo su rostro como si quisiera memorizar cada detalle.—¿No… no me recuerdas, verdad?La pregunta flotó en el aire, cargada de una esperanza teñida de miedo.Thaís lo observó. Era guapísimo, como un actor de cine. Pero su rostro era el de un completo desconocido. No sentía nada. Ni amor, ni odio, ni siquiera familiaridad.Negó con la cabeza, un movimiento casi imperceptible que le costó un mundo. El nudo de pánico en su garganta se hizo más grande.—El doctor dice que tengo… amnesia.Liam le acarició el dorso de la mano con el pulgar. Una sonrisa triste y tierna se dibujó en sus labios.—No te preocupes por nada, mi vida. Yo estoy aquí. Te cuidaré. Me encargaré de que recuerdes todo.Su voz era como un bálsamo, profunda y tranquilizadora. La clase de voz en la que una mujer querría confiar.Se sentó en el borde de la cama, una presencia sólida y reconfortante.—Estábamos de vacaciones en el Acantilado de los Suspiros. Un lugar hermoso. Nuestro lugar. Te acercaste demasiado al borde para tomar una foto. Resbalaste.Hizo una pausa, tragando saliva como si el recuerdo le doliera físicamente. Sus ojos se humedecieron.—Yo intenté sujetarte, pero te me fuiste de las manos. Caíste. Fue… el peor momento de mi vida.»Bajé por ti, te saqué del agua. Estabas inconsciente. Si hubiera tardado un minuto más…Se le quebró la voz. Se llevó la mano de Thaís a los labios y la besó con una devoción casi religiosa.—Me salvaste —le dijo él, casi en un susurro—. Yo te saqué del agua, pero tú me salvaste a mí. No sé qué haría sin ti.Thaís lo miró a los ojos, buscando una conexión, un destello de familiaridad en ese mar azul de aparente adoración.Encontró una devoción que parecía sacada de una novela romántica. Un amor tan perfecto, tan abrumador, que resultaba casi irreal.Y en el fondo de su ser, en medio de la niebla y el miedo, una pequeña voz, fría y silenciosa, le susurró una pregunta.¿Por qué no siento nada?Al día siguiente, Liam no se había separado de su lado.Le leía fragmentos de sus libros favoritos, según él. Le contaba anécdotas de "su vida juntos", describiendo viajes a París y cenas a la luz de las velas. Le daba de comer sopa con una paciencia infinita, sonriendo cada vez que ella tragaba un bocado.Era el esposo perfecto. Un sueño hecho hombre.Pero para Thaís, seguía siendo un extraño que interpretaba un papel. Un papel que, por alguna razón, no terminaba de creerse.A mediodía, la puerta se abrió y la sonrisa de Liam se ensanchó.—Mira, mi amor, tenemos visita. Espero que no te moleste, pero insistieron en venir.Una joven de aspecto dulce y un muchacho de ojos nerviosos entraron en la habitación.—¡Thaís, hermana!La chica se acercó a la cama, sus ojos verdes llenos de lágrimas. Era Camelia Rodríguez. Su belleza era delicada, casi frágil, como una flor de porcelana. Llevaba un vestido sencillo pero elegante que acentuaba su figura.Le tomó la otra mano. Su piel era suave, pero helada. Su agarre, sorprendentemente fuerte.—Nos diste un susto de muerte. He rezado por ti todos los días.A su lado, Julián, el hermano menor de Thaís, se mantenía a distancia, casi pegado a la pared.—Hola, hermanita.Su voz era apenas un murmullo. No la miraba a los ojos. Su mirada iba de Liam a Camelia, y luego al suelo, como si el dibujo de las baldosas fuera lo más interesante del mundo. Se frotaba las manos sin parar, un gesto nervioso que no pasó desapercibido para Thaís.Sintió una punzada de algo que no supo identificar. Una extraña mezcla de lástima y desconfianza.—Julián, acércate, no seas tímido —dijo Liam con tono afable, aunque con un matiz de orden—. Thaís necesita sentir que estamos todos con ella.Julián dio un par de pasos torpes, como si sus pies pesaran una tonelada.—Me alegro de que estés bien. De verdad.Seguía sin mirarla.Camelia, en cambio, no dejaba de sonreírle. Una sonrisa radiante, perfecta, pero que no llegaba a sus ojos. Sus ojos verdes la escrutaban, la analizaban.—Liam nos ha contado lo valiente que fue. Es un verdadero héroe. Tienes tanta suerte de tenerlo, Thaís. No todos los hombres harían algo así.Apretó su mano con más fuerza, sus uñas ligeramente clavadas en su piel.—Cuando te recuperes, todo volverá a ser como antes. Ya lo verás. La empresa te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.Thaís la observó. Las palabras eran correctas, llenas de cariño. Pero había algo en su tono, una nota casi imperceptible de… ¿impaciencia? Como si estuviera recitando un guion aprendido.Liam le pasó un brazo por los hombros a Camelia en un gesto protector.—Camelia ha estado ayudándome con la empresa mientras no estabas. Ha sido un gran apoyo. Una verdadera roca. No sé qué habría hecho sin ella y sin Julián.—Solo hago lo que haría cualquier hermana —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro de Liam por un instante. Un gesto fugaz, casi un reflejo.Un gesto íntimo. Demasiado íntimo.Thaís sintió un retortijón en el estómago. Una sensación ácida y desagradable.Retiró la mano del agarre de Camelia con un movimiento sutil pero firme.—Estoy… cansada. Siento la cabeza pesada.Liam reaccionó al instante. Su rostro se llenó de preocupación.—Claro, mi vida. No debemos agotarte. Chicos, es mejor que nos vayamos y la dejemos descansar.Julián pareció inmensamente aliviado, como si le hubieran quitado una condena. Salió de la habitación casi corriendo, murmurando un adiós inaudible.Camelia se inclinó y le dio un beso en la frente. Su piel era fría.—Descansa, hermanita. Te queremos.Su aliento olía a un perfume caro y dulce, casi empalagoso. A Thaís le dieron náuseas.Cuando se quedó sola de nuevo, el silencio de la habitación pareció amplificarse.Cerró los ojos, pero la imagen de la cabeza de Camelia en el hombro de Liam no se iba.Esa sensación en el estómago no era cansancio.Era una alarma sonando a todo volumen en la niebla de su mente.Los días se convirtieron en una rutina monótona y asfixiante.Las mismas paredes blancas, el mismo pitido de la máquina, el mismo rostro devoto de Liam, que actuaba como un carcelero sonriente.Se había convertido en su guardián, en su filtro con el mundo exterior.—El médico dice que es crucial que tu cerebro no reciba demasiados estímulos —le explicó el tercer día, mientras le acomodaba las almohadas con un cuidado exagerado—. Podría ser contraproducente para tu recuperación.—Por eso he pedido que restrinjan las visitas al mínimo. Solo yo, y de vez en cuando Camelia y Julián. Son familia, lo entenderán.Thaís lo miró desde la cama. Su cuerpo estaba débil, pero su mente, aunque vacía, estaba alerta.—Pero… ¿y Virginia?El nombre salió de sus labios antes de que pudiera pensarlo. No sabía quién era, pero la mención de su nombre le provocó una sensación cálida, un eco de lealtad.La sonrisa de Liam se tensó por una fracción de segundo. Fue casi imperceptible, pero Thaís lo vio.—Ah, Virginia. Claro. Es… muy intensa. Llamó ayer, gritando a las enfermeras. Le dije que estabas descansando, que lo mejor era esperar unos días más a que estuvieras más fuerte. No queremos que te altere con su… energía.—¿Puedo hablar con ella? Quiero… creo que quiero escuchar su voz.La petición era un tanteo, una pequeña prueba.—Tu celular se rompió en la caída, mi amor. Hecho pedazos. Y el doctor recomendó evitar las pantallas y las llamadas por ahora. Es por tu bien. No te preocupes, yo le daré tus saludos.Le acarició la mejilla. Su tacto era suave, pero se sentía como el barrote de una celda.—Confía en mí. Yo sé lo que es mejor para ti.Cada frase era una caricia, cada palabra estaba envuelta en una preocupación asfixiante.Pero Thaís empezó a sentirse como un pájaro en una jaula de oro. Una jaula lujosa, pero jaula al fin y al cabo.Liam controlaba todo. Sus comidas, sus medicinas, la información que recibía.Le traía revistas de moda, pero con las páginas de sociedad arrancadas. Le ponía música clásica, pero nunca la radio o la televisión.—El mundo exterior es demasiado estresante ahora mismo —decía, con su tono de barítono tranquilizador—. Necesitas paz para sanar.Una tarde, mientras él leía un libro en el sillón junto a la ventana, ella lo observó en silencio. La luz del atardecer dibujaba su perfil, haciéndole parecer noble y pensativo.Estaba completamente absorto. Parecía la viva imagen de la tranquilidad.Pero sus ojos no paraban de mirar el reloj de la pared.Y luego su teléfono.Lo sacaba del bolsillo del pantalón, miraba la pantalla con el ceño fruncido y lo volvía a guardar. Una, dos, tres veces en menos de diez minutos.Thaís fingió dormir, observándolo a través de sus pestañas, ralentizando su respiración.A la cuarta vez, Liam se levantó con sigilo, dejando el libro abierto sobre el sillón. Creyendo que ella dormía, se acercó a la cama, le apartó un mechón de pelo de la cara y le dio un beso suave en la frente. Un gesto tierno, ensayado.Luego, salió de la habitación, cerrando la puerta con un cuidado exquisito para no hacer ruido.Thaís abrió los ojos de inmediato.El silencio era total, pesado.Agudizó el oído, conteniendo la respiración.Esperó uno, dos, tres segundos.Y entonces lo escuchó.Un murmullo al otro lado de la puerta. La voz profunda y masculina de Liam, en un tono bajo y confidencial.Y mezclada con ella, apenas un susurro, una risa femenina, cristalina y suave.Una risa que reconoció al instante, a pesar de la puerta que los separaba.Era la risa de Camelia.

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