Durante cinco años, Abril Lozano ha sido la esposa perfecta y silenciosa del brillante arquitecto Simón Ferrer. Un matrimonio nacido no del amor, sino de una deuda: ella sacrificó su carrera como perfumista para salvarlo de un escándalo que casi destruye su imperio. A cambio, él le dio su apellido, una mansión lujosa y una indiferencia tan fría como el mármol de sus pasillos. Abril aceptó su rol en silencio, creyendo que su devoción algún día podría derretir el hielo en el corazón de su esposo. Pero en la noche de su quinto aniversario, la verdad se revela de la forma más cruel. El regreso de Valentina Salazar, el primer y único amor de Simón, lo cambia todo. Una llamada furtiva, un susurro cargado de promesas a otra mujer, destroza el último vestigio de esperanza de Abril: "Paciencia, mi amor. Ella es solo una obligación que pronto terminará". Humillada en público por Valentina y el círculo íntimo de Simón, Abril toca fondo. Sin embargo, en la oscuridad de su invernacio secreto, desempolva el legado de su abuela: un antiguo grimorio con fórmulas de perfumes capaces de evocar emociones y despertar almas. Con el corazón roto pero con una nueva y fría determinación, Abril decide que el tiempo del sacrificio ha terminado. Ahora, armada con un talento casi mágico y un inquebrantable deseo de venganza, está a punto de demostrarles a todos que la mujer a la que consideraban una simple decoración es, en realidad, una fuerza de la naturaleza. Creará un imperio gota a gota, y cada esencia será un paso más hacia la destrucción de aquellos que la despreciaron. Porque a veces, la venganza huele más dulce que cualquier perfume.

Capítulo 1El reloj de pared en la sala marcaba las 11:50 de la noche.Diez minutos. Solo quedaban diez minutos para que su quinto aniversario de bodas se convirtiera en una mentira más.Abril Lozano alisó una arruga inexistente en el mantel de lino. La mesa para dos estaba impecablemente puesta. La luz de las velas danzaba sobre la superficie pulida de la platería y los bordes de las copas de cristal.El robalo a la sal, el plato favorito de Simón, llevaba más de una hora enfriándose en la cocina. Se había convertido en un monumento a su paciencia, o quizás, a su estupidez.Vivían en una mansión en Las Lomas de Chapultepec, un gigante de arquitectura minimalista, de líneas limpias y espacios tan vastos como fríos. Era la casa de Simón Ferrer, el arquitecto del momento. Y ella era solo un adorno más, tan cuidadosamente seleccionado como los muebles de diseñador que los rodeaban.A las 11:58 PM, el sonido del motor de un auto de lujo rompió el silencio de la noche.Abril se levantó, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y resignación. Se recompuso, forzando una sonrisa en sus labios.La puerta principal se abrió.Simón entró. No hubo un saludo, ni una mirada. Se quitó el saco de marca con un gesto cansado, arrojándolo sobre un sillón cercano.Mientras pasaba a su lado, una estela de fragancia la golpeó.No era el perfume que ella usaba, ni el que él solía ponerse. Era algo diferente. Complejo, amaderado, con una nota de cuero y especias que gritaba exclusividad. Un perfume de nicho. Un perfume de alguien más.—Feliz aniversario, Simón.Su voz sonó frágil en el enorme salón.—Preparé tu favorito, el robalo a la sal.Él ni siquiera la miró. Sus dedos largos y elegantes se ocuparon de aflojar el nudo de su corbata de seda.—No tengo hambre. Tuve una cena de negocios.Pasó de largo, dirigiéndose hacia las escaleras de mármol que llevaban al segundo piso. El aroma del perfume desconocido se intensificó, y Abril pudo ver, casi como si fuera a cámara lenta, que la fragancia emanaba con más fuerza del cuello de su camisa blanca.Justo donde una cabeza podría haberse apoyado.Se detuvo al pie de la escalera, como si acabara de recordar un trámite pendiente. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una pequeña y delgada cartera.De ella extrajo una tarjeta de plástico. Negra, sin adornos, con el logo de un banco exclusivo grabado en platino.Se la extendió.—Tu regalo.Abril lo miró, confundida, sin moverse.—Cómprate algo. Lo que sea.La entrega fue impersonal, fría, como quien paga una cuenta o da una propina. No había una caja, ni un lazo, ni una palabra de afecto. Solo plástico. Plástico sin límite.Ella extendió la mano y tomó la tarjeta. El contacto de sus dedos fue lo único que rozó la piel de él. Un roce accidental, sin ninguna calidez.Sin decir nada más, Simón le dio la espalda y comenzó a subir los escalones, de dos en dos. Sus pasos resonaron en el silencio, cada uno un martillazo en el corazón de Abril.Se quedó sola en medio de la sala vacía, el eco de sus pasos desvaneciéndose en la planta alta. La cena fría, las velas consumiéndose, el perfume ajeno flotando en el aire.Bajó la vista a su mano. La tarjeta de crédito se sentía pesada, helada.El reloj de la sala dio la primera campanada de la medianoche.El sueño no llegaba.Abril estaba sentada en la penumbra de la biblioteca, envuelta en una bata de seda. El único sonido era el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización de la mansión.Afuera, la Ciudad de México dormía, pero dentro de ella, un huracán de pensamientos la mantenía despierta.Sobre la mesa de caoba pulida, justo al lado de su mano, descansaba la tarjeta de crédito negra. Brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara de lectura, una ofrenda silenciosa y humillante. Un pago por cinco años de servicio.Abrió su laptop. La pantalla cobró vida, iluminando su rostro pálido y sus ojos cansados.Navegó sin rumbo por internet, visitando páginas de noticias de arquitectura, portales de moda, cualquier cosa que la distrajera del nudo que se formaba en su garganta.Finalmente, con un suspiro de resignación, abrió Instagram.Su feed estaba lleno de la vida perfecta de otros. Influencers en playas exóticas, amigos de la universidad mostrando fotos de sus hijos, colegas de su vida pasada celebrando nuevos logros en el mundo de la perfumería. Una vida que ella había abandonado por Simón.Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando una publicación en la sección de "Sugerencias para ti" captó su atención.El algoritmo, en su infinita y a veces cruel sabiduría, le mostró una foto.Era una imagen profesionalmente iluminada. Una mujer de cabello rubio cenizo, con una sonrisa calculada, posaba en lo que parecía ser un balcón en Milán. Sostenía en su mano un frasco de perfume de cristal tallado.Abril sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.La mujer era Valentina Salazar. El primer amor de Simón. La mujer por la que él suspiraba en silencio cuando creía que nadie lo veía.El pie de foto era una obra maestra de la provocación sutil."De vuelta en México y celebrando con el mejor regalo de bienvenida. Gracias a mi generoso y anónimo mecenas por recordar siempre mi fragancia favorita. #PerfumedeNicho #RegresoACasa".Su corazón comenzó a latir con fuerza, un tambor sordo en sus oídos.Con dedos temblorosos, hizo zoom en la fotografía. El frasco. El perfume. Aunque no podía leer la etiqueta con claridad, reconoció el diseño distintivo del tapón. Pertenecía a una casa de fragancias italiana, una marca tan exclusiva que sus creaciones eran casi leyendas urbanas, disponibles solo para una clientela selecta.Recordó una conversación de hacía años, Simón mencionando ese nombre con una extraña reverencia.El aroma.Cerró los ojos, concentrándose. Reconstruyó la fragancia que Simón traía impregnada en su camisa. Madera de agar, azafrán, un toque de incienso y cuero. Era inconfundible. Coincidía perfectamente con la descripción de la fragancia insignia de esa marca.La "cena de negocios".La llegada tardía.El regalo de bienvenida.Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad brutal y dolorosa. La cena de negocios no había existido. Él había estado con Valentina. Le había regalado un perfume de miles de dólares mientras a ella, su esposa, en su aniversario, le arrojaba una tarjeta de crédito como si fuera un hueso para un perro.La sospecha que había sentido en la sala se solidificó, convirtiéndose en una certeza helada que le recorrió las venas.El dolor fue agudo, físico, como una puñalada en el pecho. Pero debajo del dolor, algo más comenzó a arder. Una brasa que había estado latente durante cinco años de humillaciones silenciosas.Rabia.Sus nudillos se pusieron blancos al apretar el ratón de la computadora.El silencio de la mansión era un océano denso y pesado.Abril subió las escaleras de mármol sin hacer un solo ruido. Sus pies descalzos se deslizaron sobre la alfombra de lana del pasillo del segundo piso. Cada paso era deliberado, impulsado por una necesidad desesperada y masoquista de confirmar la verdad.Ya no había esperanza a la que aferrarse. Solo quedaba la cruda realidad.La puerta del estudio de Simón, al final del pasillo, estaba entreabierta. Una delgada franja de luz se derramaba sobre la oscuridad, como una cicatriz luminosa.Se acercó, pegando su cuerpo a la pared. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo desde el interior de la habitación.Entonces lo oyó.Era la voz de Simón. Pero no era la voz fría y distante que usaba con ella. Era baja, cálida, con un matiz de ternura que Abril no había escuchado dirigida hacia ella en años. Era una voz que dolía, porque le recordaba todo lo que había perdido, o más bien, todo lo que nunca había tenido.Contuvo la respiración y se asomó por el resquicio de la puerta.Simón estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a ella, mirando la pantalla de su laptop. Estaba en una videollamada.Y en la pantalla, sonriendo con una suficiencia que traspasaba el monitor, estaba el rostro de Valentina Salazar.Abril se quedó paralizada, una estatua de sal en medio del pasillo. Podía escuchar su conversación con una claridad aterradora.—Te dije que lo haría.La voz de Simón era casi un susurro cómplice.—¿Te gustó la sorpresa?Valentina inclinó la cabeza, su cabello rubio cayendo sobre su hombro. Su voz era melosa, seductora, el ronroneo de un gato que acaba de conseguir lo que quiere.—¿Cuándo te desharás de ella? No puedo seguir esperando, Simón.La pregunta flotó en el aire, directa y cruel. Abril sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se aferró al marco de la puerta para no caer.La respuesta de Simón la destrozó.No hubo vacilación. No hubo duda. Solo una frialdad calculadora que le heló la sangre.—Paciencia, mi amor.Mi amor. Esas dos palabras fueron como ácido arrojado sobre su alma.—Ella es solo una obligación que pronto terminará.Una obligación.Cinco años de su vida, reducidos a una simple obligación. El sacrificio que hizo para salvar su carrera, la reputación que perdió, la perfumista genial que había dejado morir dentro de ella... todo era una simple obligación.—Todo lo mío será tuyo.El mundo de Abril se hizo añicos. El sonido de su propio corazón rompiéndose fue más fuerte que las voces en la habitación. Era un estruendo sordo y definitivo.La frase "una obligación que pronto terminará" rebotaba en las paredes de su mente, una y otra y otra vez. No era solo que la engañara. Era que planeaba borrarla. Desecharla como un objeto que ya no servía.Retrocedió, llevándose una mano a la boca para ahogar el grito que amenazaba con desgarrarle la garganta. El sabor a bilis subió por su esófago.Necesitaba aire. Necesitaba escapar.El movimiento fue torpe, desesperado.Abril retrocedió un paso más, su espalda chocando contra la fría pared del pasillo.Capítulo 2El reloj de pared en la sala marcaba las 11:50 de la noche.Diez minutos. Solo quedaban diez minutos para que su quinto aniversario de bodas se convirtiera en una mentira más.Abril Lozano alisó una arruga inexistente en el mantel de lino. La mesa para dos estaba impecablemente puesta. La luz de las velas danzaba sobre la superficie pulida de la platería y los bordes de las copas de cristal.El robalo a la sal, el plato favorito de Simón, llevaba más de una hora enfriándose en la cocina. Se había convertido en un monumento a su paciencia, o quizás, a su estupidez.Vivían en una mansión en Las Lomas de Chapultepec, un gigante de arquitectura minimalista, de líneas limpias y espacios tan vastos como fríos. Era la casa de Simón Ferrer, el arquitecto del momento. Y ella era solo un adorno más, tan cuidadosamente seleccionado como los muebles de diseñador que los rodeaban.A las 11:58 PM, el sonido del motor de un auto de lujo rompió el silencio de la noche.Abril se levantó, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y resignación. Se recompuso, forzando una sonrisa en sus labios.La puerta principal se abrió.Simón entró. No hubo un saludo, ni una mirada. Se quitó el saco de marca con un gesto cansado, arrojándolo sobre un sillón cercano.Mientras pasaba a su lado, una estela de fragancia la golpeó.No era el perfume que ella usaba, ni el que él solía ponerse. Era algo diferente. Complejo, amaderado, con una nota de cuero y especias que gritaba exclusividad. Un perfume de nicho. Un perfume de alguien más.—Feliz aniversario, Simón.Su voz sonó frágil en el enorme salón.—Preparé tu favorito, el robalo a la sal.Él ni siquiera la miró. Sus dedos largos y elegantes se ocuparon de aflojar el nudo de su corbata de seda.—No tengo hambre. Tuve una cena de negocios.Pasó de largo, dirigiéndose hacia las escaleras de mármol que llevaban al segundo piso. El aroma del perfume desconocido se intensificó, y Abril pudo ver, casi como si fuera a cámara lenta, que la fragancia emanaba con más fuerza del cuello de su camisa blanca.Justo donde una cabeza podría haberse apoyado.Se detuvo al pie de la escalera, como si acabara de recordar un trámite pendiente. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una pequeña y delgada cartera.De ella extrajo una tarjeta de plástico. Negra, sin adornos, con el logo de un banco exclusivo grabado en platino.Se la extendió.—Tu regalo.Abril lo miró, confundida, sin moverse.—Cómprate algo. Lo que sea.La entrega fue impersonal, fría, como quien paga una cuenta o da una propina. No había una caja, ni un lazo, ni una palabra de afecto. Solo plástico. Plástico sin límite.Ella extendió la mano y tomó la tarjeta. El contacto de sus dedos fue lo único que rozó la piel de él. Un roce accidental, sin ninguna calidez.Sin decir nada más, Simón le dio la espalda y comenzó a subir los escalones, de dos en dos. Sus pasos resonaron en el silencio, cada uno un martillazo en el corazón de Abril.Se quedó sola en medio de la sala vacía, el eco de sus pasos desvaneciéndose en la planta alta. La cena fría, las velas consumiéndose, el perfume ajeno flotando en el aire.Bajó la vista a su mano. La tarjeta de crédito se sentía pesada, helada.El reloj de la sala dio la primera campanada de la medianoche.El sueño no llegaba.Abril estaba sentada en la penumbra de la biblioteca, envuelta en una bata de seda. El único sonido era el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización de la mansión.Afuera, la Ciudad de México dormía, pero dentro de ella, un huracán de pensamientos la mantenía despierta.Sobre la mesa de caoba pulida, justo al lado de su mano, descansaba la tarjeta de crédito negra. Brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara de lectura, una ofrenda silenciosa y humillante. Un pago por cinco años de servicio.Abrió su laptop. La pantalla cobró vida, iluminando su rostro pálido y sus ojos cansados.Navegó sin rumbo por internet, visitando páginas de noticias de arquitectura, portales de moda, cualquier cosa que la distrajera del nudo que se formaba en su garganta.Finalmente, con un suspiro de resignación, abrió Instagram.Su feed estaba lleno de la vida perfecta de otros. Influencers en playas exóticas, amigos de la universidad mostrando fotos de sus hijos, colegas de su vida pasada celebrando nuevos logros en el mundo de la perfumería. Una vida que ella había abandonado por Simón.Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando una publicación en la sección de "Sugerencias para ti" captó su atención.El algoritmo, en su infinita y a veces cruel sabiduría, le mostró una foto.Era una imagen profesionalmente iluminada. Una mujer de cabello rubio cenizo, con una sonrisa calculada, posaba en lo que parecía ser un balcón en Milán. Sostenía en su mano un frasco de perfume de cristal tallado.Abril sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.La mujer era Valentina Salazar. El primer amor de Simón. La mujer por la que él suspiraba en silencio cuando creía que nadie lo veía.El pie de foto era una obra maestra de la provocación sutil."De vuelta en México y celebrando con el mejor regalo de bienvenida. Gracias a mi generoso y anónimo mecenas por recordar siempre mi fragancia favorita. #PerfumedeNicho #RegresoACasa".Su corazón comenzó a latir con fuerza, un tambor sordo en sus oídos.Con dedos temblorosos, hizo zoom en la fotografía. El frasco. El perfume. Aunque no podía leer la etiqueta con claridad, reconoció el diseño distintivo del tapón. Pertenecía a una casa de fragancias italiana, una marca tan exclusiva que sus creaciones eran casi leyendas urbanas, disponibles solo para una clientela selecta.Recordó una conversación de hacía años, Simón mencionando ese nombre con una extraña reverencia.El aroma.Cerró los ojos, concentrándose. Reconstruyó la fragancia que Simón traía impregnada en su camisa. Madera de agar, azafrán, un toque de incienso y cuero. Era inconfundible. Coincidía perfectamente con la descripción de la fragancia insignia de esa marca.La "cena de negocios".La llegada tardía.El regalo de bienvenida.Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad brutal y dolorosa. La cena de negocios no había existido. Él había estado con Valentina. Le había regalado un perfume de miles de dólares mientras a ella, su esposa, en su aniversario, le arrojaba una tarjeta de crédito como si fuera un hueso para un perro.La sospecha que había sentido en la sala se solidificó, convirtiéndose en una certeza helada que le recorrió las venas.El dolor fue agudo, físico, como una puñalada en el pecho. Pero debajo del dolor, algo más comenzó a arder. Una brasa que había estado latente durante cinco años de humillaciones silenciosas.Rabia.Sus nudillos se pusieron blancos al apretar el ratón de la computadora.El silencio de la mansión era un océano denso y pesado.Abril subió las escaleras de mármol sin hacer un solo ruido. Sus pies descalzos se deslizaron sobre la alfombra de lana del pasillo del segundo piso. Cada paso era deliberado, impulsado por una necesidad desesperada y masoquista de confirmar la verdad.Ya no había esperanza a la que aferrarse. Solo quedaba la cruda realidad.La puerta del estudio de Simón, al final del pasillo, estaba entreabierta. Una delgada franja de luz se derramaba sobre la oscuridad, como una cicatriz luminosa.Se acercó, pegando su cuerpo a la pared. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo desde el interior de la habitación.Entonces lo oyó.Era la voz de Simón. Pero no era la voz fría y distante que usaba con ella. Era baja, cálida, con un matiz de ternura que Abril no había escuchado dirigida hacia ella en años. Era una voz que dolía, porque le recordaba todo lo que había perdido, o más bien, todo lo que nunca había tenido.Contuvo la respiración y se asomó por el resquicio de la puerta.Simón estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a ella, mirando la pantalla de su laptop. Estaba en una videollamada.Y en la pantalla, sonriendo con una suficiencia que traspasaba el monitor, estaba el rostro de Valentina Salazar.Abril se quedó paralizada, una estatua de sal en medio del pasillo. Podía escuchar su conversación con una claridad aterradora.—Te dije que lo haría.La voz de Simón era casi un susurro cómplice.—¿Te gustó la sorpresa?Valentina inclinó la cabeza, su cabello rubio cayendo sobre su hombro. Su voz era melosa, seductora, el ronroneo de un gato que acaba de conseguir lo que quiere.—¿Cuándo te desharás de ella? No puedo seguir esperando, Simón.La pregunta flotó en el aire, directa y cruel. Abril sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se aferró al marco de la puerta para no caer.La respuesta de Simón la destrozó.No hubo vacilación. No hubo duda. Solo una frialdad calculadora que le heló la sangre.—Paciencia, mi amor.Mi amor. Esas dos palabras fueron como ácido arrojado sobre su alma.—Ella es solo una obligación que pronto terminará.Una obligación.Cinco años de su vida, reducidos a una simple obligación. El sacrificio que hizo para salvar su carrera, la reputación que perdió, la perfumista genial que había dejado morir dentro de ella... todo era una simple obligación.—Todo lo mío será tuyo.El mundo de Abril se hizo añicos. El sonido de su propio corazón rompiéndose fue más fuerte que las voces en la habitación. Era un estruendo sordo y definitivo.La frase "una obligación que pronto terminará" rebotaba en las paredes de su mente, una y otra y otra vez. No era solo que la engañara. Era que planeaba borrarla. Desecharla como un objeto que ya no servía.Retrocedió, llevándose una mano a la boca para ahogar el grito que amenazaba con desgarrarle la garganta. El sabor a bilis subió por su esófago.Necesitaba aire. Necesitaba escapar.El movimiento fue torpe, desesperado.Abril retrocedió un paso más, su espalda chocando contra la fría pared del pasillo.Capítulo 3El reloj de pared en la sala marcaba las 11:50 de la noche.Diez minutos. Solo quedaban diez minutos para que su quinto aniversario de bodas se convirtiera en una mentira más.Abril Lozano alisó una arruga inexistente en el mantel de lino. La mesa para dos estaba impecablemente puesta. La luz de las velas danzaba sobre la superficie pulida de la platería y los bordes de las copas de cristal.El robalo a la sal, el plato favorito de Simón, llevaba más de una hora enfriándose en la cocina. Se había convertido en un monumento a su paciencia, o quizás, a su estupidez.Vivían en una mansión en Las Lomas de Chapultepec, un gigante de arquitectura minimalista, de líneas limpias y espacios tan vastos como fríos. Era la casa de Simón Ferrer, el arquitecto del momento. Y ella era solo un adorno más, tan cuidadosamente seleccionado como los muebles de diseñador que los rodeaban.A las 11:58 PM, el sonido del motor de un auto de lujo rompió el silencio de la noche.Abril se levantó, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y resignación. Se recompuso, forzando una sonrisa en sus labios.La puerta principal se abrió.Simón entró. No hubo un saludo, ni una mirada. Se quitó el saco de marca con un gesto cansado, arrojándolo sobre un sillón cercano.Mientras pasaba a su lado, una estela de fragancia la golpeó.No era el perfume que ella usaba, ni el que él solía ponerse. Era algo diferente. Complejo, amaderado, con una nota de cuero y especias que gritaba exclusividad. Un perfume de nicho. Un perfume de alguien más.—Feliz aniversario, Simón.Su voz sonó frágil en el enorme salón.—Preparé tu favorito, el robalo a la sal.Él ni siquiera la miró. Sus dedos largos y elegantes se ocuparon de aflojar el nudo de su corbata de seda.—No tengo hambre. Tuve una cena de negocios.Pasó de largo, dirigiéndose hacia las escaleras de mármol que llevaban al segundo piso. El aroma del perfume desconocido se intensificó, y Abril pudo ver, casi como si fuera a cámara lenta, que la fragancia emanaba con más fuerza del cuello de su camisa blanca.Justo donde una cabeza podría haberse apoyado.Se detuvo al pie de la escalera, como si acabara de recordar un trámite pendiente. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una pequeña y delgada cartera.De ella extrajo una tarjeta de plástico. Negra, sin adornos, con el logo de un banco exclusivo grabado en platino.Se la extendió.—Tu regalo.Abril lo miró, confundida, sin moverse.—Cómprate algo. Lo que sea.La entrega fue impersonal, fría, como quien paga una cuenta o da una propina. No había una caja, ni un lazo, ni una palabra de afecto. Solo plástico. Plástico sin límite.Ella extendió la mano y tomó la tarjeta. El contacto de sus dedos fue lo único que rozó la piel de él. Un roce accidental, sin ninguna calidez.Sin decir nada más, Simón le dio la espalda y comenzó a subir los escalones, de dos en dos. Sus pasos resonaron en el silencio, cada uno un martillazo en el corazón de Abril.Se quedó sola en medio de la sala vacía, el eco de sus pasos desvaneciéndose en la planta alta. La cena fría, las velas consumiéndose, el perfume ajeno flotando en el aire.Bajó la vista a su mano. La tarjeta de crédito se sentía pesada, helada.El reloj de la sala dio la primera campanada de la medianoche.El sueño no llegaba.Abril estaba sentada en la penumbra de la biblioteca, envuelta en una bata de seda. El único sonido era el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización de la mansión.Afuera, la Ciudad de México dormía, pero dentro de ella, un huracán de pensamientos la mantenía despierta.Sobre la mesa de caoba pulida, justo al lado de su mano, descansaba la tarjeta de crédito negra. Brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara de lectura, una ofrenda silenciosa y humillante. Un pago por cinco años de servicio.Abrió su laptop. La pantalla cobró vida, iluminando su rostro pálido y sus ojos cansados.Navegó sin rumbo por internet, visitando páginas de noticias de arquitectura, portales de moda, cualquier cosa que la distrajera del nudo que se formaba en su garganta.Finalmente, con un suspiro de resignación, abrió Instagram.Su feed estaba lleno de la vida perfecta de otros. Influencers en playas exóticas, amigos de la universidad mostrando fotos de sus hijos, colegas de su vida pasada celebrando nuevos logros en el mundo de la perfumería. Una vida que ella había abandonado por Simón.Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando una publicación en la sección de "Sugerencias para ti" captó su atención.El algoritmo, en su infinita y a veces cruel sabiduría, le mostró una foto.Era una imagen profesionalmente iluminada. Una mujer de cabello rubio cenizo, con una sonrisa calculada, posaba en lo que parecía ser un balcón en Milán. Sostenía en su mano un frasco de perfume de cristal tallado.Abril sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.La mujer era Valentina Salazar. El primer amor de Simón. La mujer por la que él suspiraba en silencio cuando creía que nadie lo veía.El pie de foto era una obra maestra de la provocación sutil."De vuelta en México y celebrando con el mejor regalo de bienvenida. Gracias a mi generoso y anónimo mecenas por recordar siempre mi fragancia favorita. #PerfumedeNicho #RegresoACasa".Su corazón comenzó a latir con fuerza, un tambor sordo en sus oídos.Con dedos temblorosos, hizo zoom en la fotografía. El frasco. El perfume. Aunque no podía leer la etiqueta con claridad, reconoció el diseño distintivo del tapón. Pertenecía a una casa de fragancias italiana, una marca tan exclusiva que sus creaciones eran casi leyendas urbanas, disponibles solo para una clientela selecta.Recordó una conversación de hacía años, Simón mencionando ese nombre con una extraña reverencia.El aroma.Cerró los ojos, concentrándose. Reconstruyó la fragancia que Simón traía impregnada en su camisa. Madera de agar, azafrán, un toque de incienso y cuero. Era inconfundible. Coincidía perfectamente con la descripción de la fragancia insignia de esa marca.La "cena de negocios".La llegada tardía.El regalo de bienvenida.Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad brutal y dolorosa. La cena de negocios no había existido. Él había estado con Valentina. Le había regalado un perfume de miles de dólares mientras a ella, su esposa, en su aniversario, le arrojaba una tarjeta de crédito como si fuera un hueso para un perro.La sospecha que había sentido en la sala se solidificó, convirtiéndose en una certeza helada que le recorrió las venas.El dolor fue agudo, físico, como una puñalada en el pecho. Pero debajo del dolor, algo más comenzó a arder. Una brasa que había estado latente durante cinco años de humillaciones silenciosas.Rabia.Sus nudillos se pusieron blancos al apretar el ratón de la computadora.El silencio de la mansión era un océano denso y pesado.Abril subió las escaleras de mármol sin hacer un solo ruido. Sus pies descalzos se deslizaron sobre la alfombra de lana del pasillo del segundo piso. Cada paso era deliberado, impulsado por una necesidad desesperada y masoquista de confirmar la verdad.Ya no había esperanza a la que aferrarse. Solo quedaba la cruda realidad.La puerta del estudio de Simón, al final del pasillo, estaba entreabierta. Una delgada franja de luz se derramaba sobre la oscuridad, como una cicatriz luminosa.Se acercó, pegando su cuerpo a la pared. El corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo desde el interior de la habitación.Entonces lo oyó.Era la voz de Simón. Pero no era la voz fría y distante que usaba con ella. Era baja, cálida, con un matiz de ternura que Abril no había escuchado dirigida hacia ella en años. Era una voz que dolía, porque le recordaba todo lo que había perdido, o más bien, todo lo que nunca había tenido.Contuvo la respiración y se asomó por el resquicio de la puerta.Simón estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a ella, mirando la pantalla de su laptop. Estaba en una videollamada.Y en la pantalla, sonriendo con una suficiencia que traspasaba el monitor, estaba el rostro de Valentina Salazar.Abril se quedó paralizada, una estatua de sal en medio del pasillo. Podía escuchar su conversación con una claridad aterradora.—Te dije que lo haría.La voz de Simón era casi un susurro cómplice.—¿Te gustó la sorpresa?Valentina inclinó la cabeza, su cabello rubio cayendo sobre su hombro. Su voz era melosa, seductora, el ronroneo de un gato que acaba de conseguir lo que quiere.—¿Cuándo te desharás de ella? No puedo seguir esperando, Simón.La pregunta flotó en el aire, directa y cruel. Abril sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se aferró al marco de la puerta para no caer.La respuesta de Simón la destrozó.No hubo vacilación. No hubo duda. Solo una frialdad calculadora que le heló la sangre.—Paciencia, mi amor.Mi amor. Esas dos palabras fueron como ácido arrojado sobre su alma.—Ella es solo una obligación que pronto terminará.Una obligación.Cinco años de su vida, reducidos a una simple obligación. El sacrificio que hizo para salvar su carrera, la reputación que perdió, la perfumista genial que había dejado morir dentro de ella... todo era una simple obligación.—Todo lo mío será tuyo.El mundo de Abril se hizo añicos. El sonido de su propio corazón rompiéndose fue más fuerte que las voces en la habitación. Era un estruendo sordo y definitivo.La frase "una obligación que pronto terminará" rebotaba en las paredes de su mente, una y otra y otra vez. No era solo que la engañara. Era que planeaba borrarla. Desecharla como un objeto que ya no servía.Retrocedió, llevándose una mano a la boca para ahogar el grito que amenazaba con desgarrarle la garganta. El sabor a bilis subió por su esófago.Necesitaba aire. Necesitaba escapar.El movimiento fue torpe, desesperado.Abril retrocedió un paso más, su espalda chocando contra la fría pared del pasillo.

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