Mi vida era la envidia de todo Cancún. Casada con Israel Pizarro, el magnate hotelero más poderoso del Caribe, vivía en una jaula de oro y cristal con vista al mar turquesa. Él me llamaba su "musa", su "inspiración". Me construyó un estudio de diseño de última generación, un costoso mausoleo para mi talento, porque el verdadero trofeo para un hombre como él no era mi arte, sino mi sumisión. Mis ideas eran "adorables", mis ambiciones un "pasatiempo tierno". Y yo, cegada por el amor, le creí. Nuestro futuro parecía sellado con la noticia de mi embarazo, la pieza final para completar su imagen de éxito. Pero entonces, un fantasma de su pasado regresó: Benito Miranda, su antiguo rival. La llegada de Benito despertó en mi esposo una obsesión competitiva que me borró por completo del mapa. Su única prioridad era demostrar quién era el más fuerte, el más brillante. Me dejó atrás, embarazada y sola, para asistir a un "retiro creativo" con el mismo hombre que juraba despreciar. Fue entonces cuando mi mundo se rompió. Un accidente en el yate, el pánico, la sangre, y el silencio aterrador de un teléfono que sonaba sin respuesta. Hice setenta y ocho llamadas mientras mi vida y la de nuestro bebé se desvanecían. ¿Dónde estaba él? En una sesión de fotos, sonriendo junto a su rival, proyectando una imagen de poder para las redes sociales, demasiado ocupado en su guerra de egos para escuchar mis gritos de auxilio. Ese día, en la fría cama de un hospital, la mujer que lo amaba murió. Y en su lugar, nació otra. Él piensa que sigo siendo su posesión más preciada, esperando en casa con una sonrisa obediente. Incluso me ha pedido un "regalo" para celebrar la llegada de nuestro hijo, un simple trámite de negocios, una firma en un documento que no se molestó en leer. No sabe que el regalo no es para él, sino para mí. Y no son acciones de una empresa. Es mi libertad.

Capítulo 1La mañana entraba por los ventanales de nuestra villa en Cancún, una luz tan perfecta que parecía diseñada.El sol del Caribe se derramaba sobre los pisos de mármol blanco, tan pulidos que reflejaban el azul turquesa del mar.Caminé descalza por los pasillos amplios y silenciosos. El aire acondicionado murmuraba una nota constante y fría. Todo aquí era vasto, impecable y vacío.Me detuve frente a una puerta de madera clara, la única que casi nunca abría. La del estudio.Mis dedos rozaron el pomo de acero cepillado. Tomé una respiración profunda y giré.La puerta se abrió sin un solo ruido.El espacio olía a nuevo, a plástico y a pintura fresca, aunque llevábamos aquí tres años. Era el olor de algo sin usar.Dos iMacs de última generación presidían los escritorios de cristal, sus pantallas negras y reflectantes como espejos oscuros. A un lado, una tableta Wacom Cintiq, la más grande y cara del mercado, seguía en su caja original.Una pared entera estaba ocupada por una biblioteca de diseño. Sabía que Israel había contratado a un consultor de arte de la Ciudad de México para que la surtiera con los mejores libros sobre tipografía, branding y teoría del color.Nunca había abierto uno solo.Pasé mis dedos por la superficie del escritorio principal. Una fina capa de polvo se adhirió a mi piel, un velo gris sobre el cristal inmaculado.Hacía dos años que no trabajaba en un proyecto real. Dos años desde que mi portafolio, el que me consiguió esa oferta en Nueva York, fue guardado en una caja de almacenamiento en algún lugar.La última campaña que diseñé fue para una marca de café artesanal de Chiapas. Ahora, mi única tarea creativa era elegir la paleta de colores para las suites del nuevo hotel de Israel en Tulum.Un par de brazos fuertes me rodearon por la espalda, sacándome de mis pensamientos. El aroma de la loción costosa de Israel me envolvió.—¿Pensando en tu próximo proyecto, mi amor?Su voz era indulgente, el tono que uno usa para hablarle a una niña que juega a ser adulta. No me preguntó por qué estaba aquí, por qué había entrado a este mausoleo de mi antigua vida.No me soltó. Su barbilla descansaba sobre mi cabeza.—Tengo algo para ti.Se apartó y me extendió una pequeña caja de terciopelo azul, del color del mar profundo.La abrí.Dentro, una pulsera de diamantes descansaba sobre el satén blanco. Las piedras eran pequeñas, exquisitas, y capturaban la luz de la mañana, lanzando destellos de arcoíris por todo el estudio.Levanté la vista hacia él. Israel me sonrió, una sonrisa de satisfacción, de propietario.—Para que te inspires.Se acercó y tomó la pulsera, abrochándola con cuidado en mi muñeca. El metal estaba frío contra mi piel.—Eres la obra de arte más bella de esta casa.—Gracias, es preciosa.Mi sonrisa se sintió como una máscara, algo que había practicado frente al espejo. Era la sonrisa que le daba a sus socios de negocios, a las esposas de sus amigos.Él se inclinó y besó mi frente, un gesto paternal y definitivo.—Tengo una llamada con la gente de Miami. Te veo en el almuerzo.Salió del estudio tan silenciosamente como había entrado, dejándome sola con el zumbido del aire acondicionado y el brillo de los diamantes.Me quedé inmóvil, mirando la pulsera en mi muñeca.Levanté la mano y el peso de las piedras me sorprendió. Era un peso sólido, innegable.Pasé un dedo sobre las facetas frías de uno de los diamantes.Estaba sentada en una de las tumbonas del jardín, junto a la alberca infinita que se fundía con el horizonte del mar.El calor de Cancún era húmedo y pesado, incluso a la sombra de una palmera. En la pantalla de mi iPad, tenía un boceto a medio terminar.Era un manglar. Las raíces se entrelazaban en la base, retorcidas y complejas, pero el resto de la imagen estaba vacía. Le faltaba color, le faltaba vida. Como todo lo que dibujaba últimamente.Mi celular personal, el que Israel no conocía, vibró sobre la mesa a mi lado. Era un viejo modelo que guardaba para emergencias, aunque nunca sonaba.Un número desconocido de la Ciudad de México iluminó la pantalla.Dudé por un segundo. Nadie de mi vida anterior me llamaba. Había sido muy cuidadosa en cortar esos lazos.Finalmente, deslicé el dedo y contesté.—¿Bueno?—¿Celeste? ¿Celeste Moreno?La voz era enérgica, apasionada, un torbellino de sonido que casi me hizo apartar el teléfono de la oreja. Me resultó familiar, un eco de pasillos universitarios y noches de desvelo trabajando en proyectos.—Soy yo. ¿Quién habla?—¡No lo puedo creer! ¡Soy Álvaro! Álvaro Fonseca. ¿Te acuerdas de mí?Mi corazón dio un vuelco. Álvaro. El fotógrafo con el que había compartido la clase de narrativa visual. El que siempre llevaba su cámara a todas partes, capturando la verdad en los rostros de la gente.—Álvaro, claro que me acuerdo. ¿Cómo estás? ¿Cómo conseguiste este número?No lo había visto ni había hablado con él en tres años. Desde justo antes de casarme.—Fue una odisea, créeme. Pero valió la pena. Celeste, ¡qué bueno que te encuentro! Te he estado siguiendo la pista, bueno, lo que se puede. Vi las fotos de tu boda, las revistas. Vives en otro mundo.Su risa era exactamente como la recordaba. Genuina y un poco contagiosa.—Algo así —respondí, mirando a mi alrededor, al césped perfectamente cortado, a la alberca de diseño. A mi jaula de oro.—Escucha, voy al grano porque estoy en medio de la selva y la señal se me va a morir en cualquier momento. Estoy trabajando en un documental. Algo personal, algo que me importa mucho.La pasión en su voz era palpable. Podía casi verlo, con su cabello desordenado y su mirada intensa, gesticulando mientras hablaba.—Es sobre los artesanos textiles de la península, las comunidades mayas que aún usan tintes naturales. Uña de gato, achiote, índigo. Es un conocimiento que se está perdiendo, Celeste. Una forma de arte.Sentí que algo dentro de mí se despertaba, una pequeña chispa en un cuarto oscuro.—Suena increíble, Álvaro.—Lo es. Y por eso te llamo. Recuerdo tus proyectos en la universidad. Tu visión para el color y la narrativa visual, cómo contabas historias con imágenes… nadie lo hacía como tú. Sería increíble, un verdadero sueño, tenerte como directora creativa. ¿Qué dices?Mi respiración se atoró en mi garganta. Directora creativa. Una palabra que no había escuchado asociada a mi nombre en años.—Yo… no sé, Álvaro. Ha pasado mucho tiempo.—El talento no desaparece, Celeste. Se duerme, pero no muere. Piénsalo. Sería viajar, conocer a esta gente, documentar su arte. Le darías una voz visual a su historia.La llamada se cortó por un instante. Estática.—¿Álvaro?—¡Aquí estoy! La señal es un asco. Solo piénsalo, ¿quieres? Te enviaré la propuesta a tu correo, al de la universidad. Seguro todavía lo usas a escondidas.Volvió a reír y, esta vez, yo también sonreí. Una sonrisa de verdad.—Está bien, Álvaro. Lo pensaré.—¡Genial! Hablamos pronto, Celeste. Cuídate.La llamada terminó.Me quedé con el teléfono en la mano, el corazón latiendo con una fuerza que no había sentido en años.Miré el boceto del manglar en mi iPad. Las raíces sin vida, el fondo en blanco.Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, supe exactamente qué colores usaría.Mis dedos se deslizaron sobre la pantalla, seleccionando un verde esmeralda intenso.La cena se sirvió en el comedor formal, una habitación que rara vez usábamos.Una mesa de caoba para doce personas nos separaba a Israel y a mí. El aire estaba perfumado con el aroma de las flores de lis del centro de mesa y el pescado a la sal que había preparado la chef.Esperé a que terminara de revisar unos planos en su tablet. Los cubiertos de plata brillaban bajo la luz tenue de un candelabro de cristal. El silencio solo era roto por el suave murmullo de las olas a lo lejos.Finalmente, dejó el dispositivo a un lado y me miró.—¿Todo bien, mi vida? Estás muy callada.Era ahora o nunca.—Hoy recibí una llamada —comencé, tratando de que mi voz sonara casual—. De un antiguo compañero de la universidad, Álvaro Fonseca. Es fotoperiodista.La expresión de Israel no cambió. Tomó su copa de vino y me observó por encima del borde.—¿Ah, sí?—Está trabajando en un documental sobre los artesanos textiles de la península. Las comunidades que todavía usan tintes naturales, técnicas ancestrales.El entusiasmo empezó a filtrarse en mi voz, rompiendo la fachada de calma que intentaba mantener.—Quiere que yo sea la directora creativa del proyecto.Dejé la frase suspendida en el aire, entre nosotros.Israel dejó su copa en la mesa con un movimiento deliberado. Su sonrisa era amable, paciente. Se levantó, rodeó la enorme mesa y se acercó a mí.Tomó la silla a mi lado y se sentó, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de él. Luego, tomó mi mano entre las suyas. Sus manos eran grandes, cálidas, y envolvieron la mía por completo.—Mi vida, eso suena fascinante. De verdad.Sus ojos, sin embargo, eran firmes. No había ni un destello de la misma emoción que yo sentía.—Pero piénsalo bien. Viajar a comunidades remotas, meterte en la selva. El sol, los mosquitos, el polvo.Su pulgar acariciaba mis nudillos.—Es un mundo muy rudo, Celeste. No es para ti.Su tono era suave, protector. Como si me explicara un peligro del que yo no era consciente.—Yo te construí ese estudio para que puedas crear sin ensuciarte las manos. Para que tengas lo mejor del mundo, sin los inconvenientes. Estás protegida aquí.—Pero Álvaro se encargaría de toda la logística —insistí, mi voz un poco más débil que antes—. Él conoce la zona. Yo solo me enfocaría en la parte creativa.Israel soltó una pequeña risa, un sonido bajo y condescendiente.—Confío en ti, Celeste. Ciegamente. Pero no confío en el mundo. Ni en un fotógrafo aventurero que de repente se acuerda de ti después de tres años. Mi deber es cuidarte.Me soltó la mano y se reclinó en su silla, dando el tema por zanjado.—Además, ya tenemos el evento de la fundación la próxima semana. Es importantísimo. Necesito que mi directora creativa de cabecera me ayude a elegir hasta el último detalle. Desde las invitaciones hasta el color de las servilletas.La chispa de esperanza que la llamada de Álvaro había encendido parpadeó y se encogió hasta casi desaparecer.Me quedé en silencio, mirando mi plato. La comida, que antes olía deliciosa, ahora me revolvía el estómago.—He estado pensando en un tema de corales para el evento —dijo él, cambiando de tema con una facilidad pasmosa—. Tonos durazno, blancos, con toques de azul pálido. ¿Qué te parece?Tragué saliva. El nudo en mi garganta se sentía como una piedra.—Suena… perfecto.—Sabía que te gustaría.Él sonrió, victorioso, y volvió a tomar su copa de vino.Yo tomé mi copa de agua y bebí un sorbo largo, el frío del cristal contra mis labios.Capítulo 2La mañana entraba por los ventanales de nuestra villa en Cancún, una luz tan perfecta que parecía diseñada.El sol del Caribe se derramaba sobre los pisos de mármol blanco, tan pulidos que reflejaban el azul turquesa del mar.Caminé descalza por los pasillos amplios y silenciosos. El aire acondicionado murmuraba una nota constante y fría. Todo aquí era vasto, impecable y vacío.Me detuve frente a una puerta de madera clara, la única que casi nunca abría. La del estudio.Mis dedos rozaron el pomo de acero cepillado. Tomé una respiración profunda y giré.La puerta se abrió sin un solo ruido.El espacio olía a nuevo, a plástico y a pintura fresca, aunque llevábamos aquí tres años. Era el olor de algo sin usar.Dos iMacs de última generación presidían los escritorios de cristal, sus pantallas negras y reflectantes como espejos oscuros. A un lado, una tableta Wacom Cintiq, la más grande y cara del mercado, seguía en su caja original.Una pared entera estaba ocupada por una biblioteca de diseño. Sabía que Israel había contratado a un consultor de arte de la Ciudad de México para que la surtiera con los mejores libros sobre tipografía, branding y teoría del color.Nunca había abierto uno solo.Pasé mis dedos por la superficie del escritorio principal. Una fina capa de polvo se adhirió a mi piel, un velo gris sobre el cristal inmaculado.Hacía dos años que no trabajaba en un proyecto real. Dos años desde que mi portafolio, el que me consiguió esa oferta en Nueva York, fue guardado en una caja de almacenamiento en algún lugar.La última campaña que diseñé fue para una marca de café artesanal de Chiapas. Ahora, mi única tarea creativa era elegir la paleta de colores para las suites del nuevo hotel de Israel en Tulum.Un par de brazos fuertes me rodearon por la espalda, sacándome de mis pensamientos. El aroma de la loción costosa de Israel me envolvió.—¿Pensando en tu próximo proyecto, mi amor?Su voz era indulgente, el tono que uno usa para hablarle a una niña que juega a ser adulta. No me preguntó por qué estaba aquí, por qué había entrado a este mausoleo de mi antigua vida.No me soltó. Su barbilla descansaba sobre mi cabeza.—Tengo algo para ti.Se apartó y me extendió una pequeña caja de terciopelo azul, del color del mar profundo.La abrí.Dentro, una pulsera de diamantes descansaba sobre el satén blanco. Las piedras eran pequeñas, exquisitas, y capturaban la luz de la mañana, lanzando destellos de arcoíris por todo el estudio.Levanté la vista hacia él. Israel me sonrió, una sonrisa de satisfacción, de propietario.—Para que te inspires.Se acercó y tomó la pulsera, abrochándola con cuidado en mi muñeca. El metal estaba frío contra mi piel.—Eres la obra de arte más bella de esta casa.—Gracias, es preciosa.Mi sonrisa se sintió como una máscara, algo que había practicado frente al espejo. Era la sonrisa que le daba a sus socios de negocios, a las esposas de sus amigos.Él se inclinó y besó mi frente, un gesto paternal y definitivo.—Tengo una llamada con la gente de Miami. Te veo en el almuerzo.Salió del estudio tan silenciosamente como había entrado, dejándome sola con el zumbido del aire acondicionado y el brillo de los diamantes.Me quedé inmóvil, mirando la pulsera en mi muñeca.Levanté la mano y el peso de las piedras me sorprendió. Era un peso sólido, innegable.Pasé un dedo sobre las facetas frías de uno de los diamantes.Estaba sentada en una de las tumbonas del jardín, junto a la alberca infinita que se fundía con el horizonte del mar.El calor de Cancún era húmedo y pesado, incluso a la sombra de una palmera. En la pantalla de mi iPad, tenía un boceto a medio terminar.Era un manglar. Las raíces se entrelazaban en la base, retorcidas y complejas, pero el resto de la imagen estaba vacía. Le faltaba color, le faltaba vida. Como todo lo que dibujaba últimamente.Mi celular personal, el que Israel no conocía, vibró sobre la mesa a mi lado. Era un viejo modelo que guardaba para emergencias, aunque nunca sonaba.Un número desconocido de la Ciudad de México iluminó la pantalla.Dudé por un segundo. Nadie de mi vida anterior me llamaba. Había sido muy cuidadosa en cortar esos lazos.Finalmente, deslicé el dedo y contesté.—¿Bueno?—¿Celeste? ¿Celeste Moreno?La voz era enérgica, apasionada, un torbellino de sonido que casi me hizo apartar el teléfono de la oreja. Me resultó familiar, un eco de pasillos universitarios y noches de desvelo trabajando en proyectos.—Soy yo. ¿Quién habla?—¡No lo puedo creer! ¡Soy Álvaro! Álvaro Fonseca. ¿Te acuerdas de mí?Mi corazón dio un vuelco. Álvaro. El fotógrafo con el que había compartido la clase de narrativa visual. El que siempre llevaba su cámara a todas partes, capturando la verdad en los rostros de la gente.—Álvaro, claro que me acuerdo. ¿Cómo estás? ¿Cómo conseguiste este número?No lo había visto ni había hablado con él en tres años. Desde justo antes de casarme.—Fue una odisea, créeme. Pero valió la pena. Celeste, ¡qué bueno que te encuentro! Te he estado siguiendo la pista, bueno, lo que se puede. Vi las fotos de tu boda, las revistas. Vives en otro mundo.Su risa era exactamente como la recordaba. Genuina y un poco contagiosa.—Algo así —respondí, mirando a mi alrededor, al césped perfectamente cortado, a la alberca de diseño. A mi jaula de oro.—Escucha, voy al grano porque estoy en medio de la selva y la señal se me va a morir en cualquier momento. Estoy trabajando en un documental. Algo personal, algo que me importa mucho.La pasión en su voz era palpable. Podía casi verlo, con su cabello desordenado y su mirada intensa, gesticulando mientras hablaba.—Es sobre los artesanos textiles de la península, las comunidades mayas que aún usan tintes naturales. Uña de gato, achiote, índigo. Es un conocimiento que se está perdiendo, Celeste. Una forma de arte.Sentí que algo dentro de mí se despertaba, una pequeña chispa en un cuarto oscuro.—Suena increíble, Álvaro.—Lo es. Y por eso te llamo. Recuerdo tus proyectos en la universidad. Tu visión para el color y la narrativa visual, cómo contabas historias con imágenes… nadie lo hacía como tú. Sería increíble, un verdadero sueño, tenerte como directora creativa. ¿Qué dices?Mi respiración se atoró en mi garganta. Directora creativa. Una palabra que no había escuchado asociada a mi nombre en años.—Yo… no sé, Álvaro. Ha pasado mucho tiempo.—El talento no desaparece, Celeste. Se duerme, pero no muere. Piénsalo. Sería viajar, conocer a esta gente, documentar su arte. Le darías una voz visual a su historia.La llamada se cortó por un instante. Estática.—¿Álvaro?—¡Aquí estoy! La señal es un asco. Solo piénsalo, ¿quieres? Te enviaré la propuesta a tu correo, al de la universidad. Seguro todavía lo usas a escondidas.Volvió a reír y, esta vez, yo también sonreí. Una sonrisa de verdad.—Está bien, Álvaro. Lo pensaré.—¡Genial! Hablamos pronto, Celeste. Cuídate.La llamada terminó.Me quedé con el teléfono en la mano, el corazón latiendo con una fuerza que no había sentido en años.Miré el boceto del manglar en mi iPad. Las raíces sin vida, el fondo en blanco.Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, supe exactamente qué colores usaría.Mis dedos se deslizaron sobre la pantalla, seleccionando un verde esmeralda intenso.La cena se sirvió en el comedor formal, una habitación que rara vez usábamos.Una mesa de caoba para doce personas nos separaba a Israel y a mí. El aire estaba perfumado con el aroma de las flores de lis del centro de mesa y el pescado a la sal que había preparado la chef.Esperé a que terminara de revisar unos planos en su tablet. Los cubiertos de plata brillaban bajo la luz tenue de un candelabro de cristal. El silencio solo era roto por el suave murmullo de las olas a lo lejos.Finalmente, dejó el dispositivo a un lado y me miró.—¿Todo bien, mi vida? Estás muy callada.Era ahora o nunca.—Hoy recibí una llamada —comencé, tratando de que mi voz sonara casual—. De un antiguo compañero de la universidad, Álvaro Fonseca. Es fotoperiodista.La expresión de Israel no cambió. Tomó su copa de vino y me observó por encima del borde.—¿Ah, sí?—Está trabajando en un documental sobre los artesanos textiles de la península. Las comunidades que todavía usan tintes naturales, técnicas ancestrales.El entusiasmo empezó a filtrarse en mi voz, rompiendo la fachada de calma que intentaba mantener.—Quiere que yo sea la directora creativa del proyecto.Dejé la frase suspendida en el aire, entre nosotros.Israel dejó su copa en la mesa con un movimiento deliberado. Su sonrisa era amable, paciente. Se levantó, rodeó la enorme mesa y se acercó a mí.Tomó la silla a mi lado y se sentó, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de él. Luego, tomó mi mano entre las suyas. Sus manos eran grandes, cálidas, y envolvieron la mía por completo.—Mi vida, eso suena fascinante. De verdad.Sus ojos, sin embargo, eran firmes. No había ni un destello de la misma emoción que yo sentía.—Pero piénsalo bien. Viajar a comunidades remotas, meterte en la selva. El sol, los mosquitos, el polvo.Su pulgar acariciaba mis nudillos.—Es un mundo muy rudo, Celeste. No es para ti.Su tono era suave, protector. Como si me explicara un peligro del que yo no era consciente.—Yo te construí ese estudio para que puedas crear sin ensuciarte las manos. Para que tengas lo mejor del mundo, sin los inconvenientes. Estás protegida aquí.—Pero Álvaro se encargaría de toda la logística —insistí, mi voz un poco más débil que antes—. Él conoce la zona. Yo solo me enfocaría en la parte creativa.Israel soltó una pequeña risa, un sonido bajo y condescendiente.—Confío en ti, Celeste. Ciegamente. Pero no confío en el mundo. Ni en un fotógrafo aventurero que de repente se acuerda de ti después de tres años. Mi deber es cuidarte.Me soltó la mano y se reclinó en su silla, dando el tema por zanjado.—Además, ya tenemos el evento de la fundación la próxima semana. Es importantísimo. Necesito que mi directora creativa de cabecera me ayude a elegir hasta el último detalle. Desde las invitaciones hasta el color de las servilletas.La chispa de esperanza que la llamada de Álvaro había encendido parpadeó y se encogió hasta casi desaparecer.Me quedé en silencio, mirando mi plato. La comida, que antes olía deliciosa, ahora me revolvía el estómago.—He estado pensando en un tema de corales para el evento —dijo él, cambiando de tema con una facilidad pasmosa—. Tonos durazno, blancos, con toques de azul pálido. ¿Qué te parece?Tragué saliva. El nudo en mi garganta se sentía como una piedra.—Suena… perfecto.—Sabía que te gustaría.Él sonrió, victorioso, y volvió a tomar su copa de vino.Yo tomé mi copa de agua y bebí un sorbo largo, el frío del cristal contra mis labios.Capítulo 3La mañana entraba por los ventanales de nuestra villa en Cancún, una luz tan perfecta que parecía diseñada.El sol del Caribe se derramaba sobre los pisos de mármol blanco, tan pulidos que reflejaban el azul turquesa del mar.Caminé descalza por los pasillos amplios y silenciosos. El aire acondicionado murmuraba una nota constante y fría. Todo aquí era vasto, impecable y vacío.Me detuve frente a una puerta de madera clara, la única que casi nunca abría. La del estudio.Mis dedos rozaron el pomo de acero cepillado. Tomé una respiración profunda y giré.La puerta se abrió sin un solo ruido.El espacio olía a nuevo, a plástico y a pintura fresca, aunque llevábamos aquí tres años. Era el olor de algo sin usar.Dos iMacs de última generación presidían los escritorios de cristal, sus pantallas negras y reflectantes como espejos oscuros. A un lado, una tableta Wacom Cintiq, la más grande y cara del mercado, seguía en su caja original.Una pared entera estaba ocupada por una biblioteca de diseño. Sabía que Israel había contratado a un consultor de arte de la Ciudad de México para que la surtiera con los mejores libros sobre tipografía, branding y teoría del color.Nunca había abierto uno solo.Pasé mis dedos por la superficie del escritorio principal. Una fina capa de polvo se adhirió a mi piel, un velo gris sobre el cristal inmaculado.Hacía dos años que no trabajaba en un proyecto real. Dos años desde que mi portafolio, el que me consiguió esa oferta en Nueva York, fue guardado en una caja de almacenamiento en algún lugar.La última campaña que diseñé fue para una marca de café artesanal de Chiapas. Ahora, mi única tarea creativa era elegir la paleta de colores para las suites del nuevo hotel de Israel en Tulum.Un par de brazos fuertes me rodearon por la espalda, sacándome de mis pensamientos. El aroma de la loción costosa de Israel me envolvió.—¿Pensando en tu próximo proyecto, mi amor?Su voz era indulgente, el tono que uno usa para hablarle a una niña que juega a ser adulta. No me preguntó por qué estaba aquí, por qué había entrado a este mausoleo de mi antigua vida.No me soltó. Su barbilla descansaba sobre mi cabeza.—Tengo algo para ti.Se apartó y me extendió una pequeña caja de terciopelo azul, del color del mar profundo.La abrí.Dentro, una pulsera de diamantes descansaba sobre el satén blanco. Las piedras eran pequeñas, exquisitas, y capturaban la luz de la mañana, lanzando destellos de arcoíris por todo el estudio.Levanté la vista hacia él. Israel me sonrió, una sonrisa de satisfacción, de propietario.—Para que te inspires.Se acercó y tomó la pulsera, abrochándola con cuidado en mi muñeca. El metal estaba frío contra mi piel.—Eres la obra de arte más bella de esta casa.—Gracias, es preciosa.Mi sonrisa se sintió como una máscara, algo que había practicado frente al espejo. Era la sonrisa que le daba a sus socios de negocios, a las esposas de sus amigos.Él se inclinó y besó mi frente, un gesto paternal y definitivo.—Tengo una llamada con la gente de Miami. Te veo en el almuerzo.Salió del estudio tan silenciosamente como había entrado, dejándome sola con el zumbido del aire acondicionado y el brillo de los diamantes.Me quedé inmóvil, mirando la pulsera en mi muñeca.Levanté la mano y el peso de las piedras me sorprendió. Era un peso sólido, innegable.Pasé un dedo sobre las facetas frías de uno de los diamantes.Estaba sentada en una de las tumbonas del jardín, junto a la alberca infinita que se fundía con el horizonte del mar.El calor de Cancún era húmedo y pesado, incluso a la sombra de una palmera. En la pantalla de mi iPad, tenía un boceto a medio terminar.Era un manglar. Las raíces se entrelazaban en la base, retorcidas y complejas, pero el resto de la imagen estaba vacía. Le faltaba color, le faltaba vida. Como todo lo que dibujaba últimamente.Mi celular personal, el que Israel no conocía, vibró sobre la mesa a mi lado. Era un viejo modelo que guardaba para emergencias, aunque nunca sonaba.Un número desconocido de la Ciudad de México iluminó la pantalla.Dudé por un segundo. Nadie de mi vida anterior me llamaba. Había sido muy cuidadosa en cortar esos lazos.Finalmente, deslicé el dedo y contesté.—¿Bueno?—¿Celeste? ¿Celeste Moreno?La voz era enérgica, apasionada, un torbellino de sonido que casi me hizo apartar el teléfono de la oreja. Me resultó familiar, un eco de pasillos universitarios y noches de desvelo trabajando en proyectos.—Soy yo. ¿Quién habla?—¡No lo puedo creer! ¡Soy Álvaro! Álvaro Fonseca. ¿Te acuerdas de mí?Mi corazón dio un vuelco. Álvaro. El fotógrafo con el que había compartido la clase de narrativa visual. El que siempre llevaba su cámara a todas partes, capturando la verdad en los rostros de la gente.—Álvaro, claro que me acuerdo. ¿Cómo estás? ¿Cómo conseguiste este número?No lo había visto ni había hablado con él en tres años. Desde justo antes de casarme.—Fue una odisea, créeme. Pero valió la pena. Celeste, ¡qué bueno que te encuentro! Te he estado siguiendo la pista, bueno, lo que se puede. Vi las fotos de tu boda, las revistas. Vives en otro mundo.Su risa era exactamente como la recordaba. Genuina y un poco contagiosa.—Algo así —respondí, mirando a mi alrededor, al césped perfectamente cortado, a la alberca de diseño. A mi jaula de oro.—Escucha, voy al grano porque estoy en medio de la selva y la señal se me va a morir en cualquier momento. Estoy trabajando en un documental. Algo personal, algo que me importa mucho.La pasión en su voz era palpable. Podía casi verlo, con su cabello desordenado y su mirada intensa, gesticulando mientras hablaba.—Es sobre los artesanos textiles de la península, las comunidades mayas que aún usan tintes naturales. Uña de gato, achiote, índigo. Es un conocimiento que se está perdiendo, Celeste. Una forma de arte.Sentí que algo dentro de mí se despertaba, una pequeña chispa en un cuarto oscuro.—Suena increíble, Álvaro.—Lo es. Y por eso te llamo. Recuerdo tus proyectos en la universidad. Tu visión para el color y la narrativa visual, cómo contabas historias con imágenes… nadie lo hacía como tú. Sería increíble, un verdadero sueño, tenerte como directora creativa. ¿Qué dices?Mi respiración se atoró en mi garganta. Directora creativa. Una palabra que no había escuchado asociada a mi nombre en años.—Yo… no sé, Álvaro. Ha pasado mucho tiempo.—El talento no desaparece, Celeste. Se duerme, pero no muere. Piénsalo. Sería viajar, conocer a esta gente, documentar su arte. Le darías una voz visual a su historia.La llamada se cortó por un instante. Estática.—¿Álvaro?—¡Aquí estoy! La señal es un asco. Solo piénsalo, ¿quieres? Te enviaré la propuesta a tu correo, al de la universidad. Seguro todavía lo usas a escondidas.Volvió a reír y, esta vez, yo también sonreí. Una sonrisa de verdad.—Está bien, Álvaro. Lo pensaré.—¡Genial! Hablamos pronto, Celeste. Cuídate.La llamada terminó.Me quedé con el teléfono en la mano, el corazón latiendo con una fuerza que no había sentido en años.Miré el boceto del manglar en mi iPad. Las raíces sin vida, el fondo en blanco.Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, supe exactamente qué colores usaría.Mis dedos se deslizaron sobre la pantalla, seleccionando un verde esmeralda intenso.La cena se sirvió en el comedor formal, una habitación que rara vez usábamos.Una mesa de caoba para doce personas nos separaba a Israel y a mí. El aire estaba perfumado con el aroma de las flores de lis del centro de mesa y el pescado a la sal que había preparado la chef.Esperé a que terminara de revisar unos planos en su tablet. Los cubiertos de plata brillaban bajo la luz tenue de un candelabro de cristal. El silencio solo era roto por el suave murmullo de las olas a lo lejos.Finalmente, dejó el dispositivo a un lado y me miró.—¿Todo bien, mi vida? Estás muy callada.Era ahora o nunca.—Hoy recibí una llamada —comencé, tratando de que mi voz sonara casual—. De un antiguo compañero de la universidad, Álvaro Fonseca. Es fotoperiodista.La expresión de Israel no cambió. Tomó su copa de vino y me observó por encima del borde.—¿Ah, sí?—Está trabajando en un documental sobre los artesanos textiles de la península. Las comunidades que todavía usan tintes naturales, técnicas ancestrales.El entusiasmo empezó a filtrarse en mi voz, rompiendo la fachada de calma que intentaba mantener.—Quiere que yo sea la directora creativa del proyecto.Dejé la frase suspendida en el aire, entre nosotros.Israel dejó su copa en la mesa con un movimiento deliberado. Su sonrisa era amable, paciente. Se levantó, rodeó la enorme mesa y se acercó a mí.Tomó la silla a mi lado y se sentó, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de él. Luego, tomó mi mano entre las suyas. Sus manos eran grandes, cálidas, y envolvieron la mía por completo.—Mi vida, eso suena fascinante. De verdad.Sus ojos, sin embargo, eran firmes. No había ni un destello de la misma emoción que yo sentía.—Pero piénsalo bien. Viajar a comunidades remotas, meterte en la selva. El sol, los mosquitos, el polvo.Su pulgar acariciaba mis nudillos.—Es un mundo muy rudo, Celeste. No es para ti.Su tono era suave, protector. Como si me explicara un peligro del que yo no era consciente.—Yo te construí ese estudio para que puedas crear sin ensuciarte las manos. Para que tengas lo mejor del mundo, sin los inconvenientes. Estás protegida aquí.—Pero Álvaro se encargaría de toda la logística —insistí, mi voz un poco más débil que antes—. Él conoce la zona. Yo solo me enfocaría en la parte creativa.Israel soltó una pequeña risa, un sonido bajo y condescendiente.—Confío en ti, Celeste. Ciegamente. Pero no confío en el mundo. Ni en un fotógrafo aventurero que de repente se acuerda de ti después de tres años. Mi deber es cuidarte.Me soltó la mano y se reclinó en su silla, dando el tema por zanjado.—Además, ya tenemos el evento de la fundación la próxima semana. Es importantísimo. Necesito que mi directora creativa de cabecera me ayude a elegir hasta el último detalle. Desde las invitaciones hasta el color de las servilletas.La chispa de esperanza que la llamada de Álvaro había encendido parpadeó y se encogió hasta casi desaparecer.Me quedé en silencio, mirando mi plato. La comida, que antes olía deliciosa, ahora me revolvía el estómago.—He estado pensando en un tema de corales para el evento —dijo él, cambiando de tema con una facilidad pasmosa—. Tonos durazno, blancos, con toques de azul pálido. ¿Qué te parece?Tragué saliva. El nudo en mi garganta se sentía como una piedra.—Suena… perfecto.—Sabía que te gustaría.Él sonrió, victorioso, y volvió a tomar su copa de vino.Yo tomé mi copa de agua y bebí un sorbo largo, el frío del cristal contra mis labios.

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