Después de cinco años de amor y tres de matrimonio, Marisa Páez estaba convencida de que pasaría el resto de su vida junto a Samuel Loredo. Incluso cuando le llegó la noticia del accidente aéreo en el que se le dio por muerto, creyó que ni siquiera la muerte podría separarlos. Pero todo dio un giro inesperado cuando descubrió que Samuel seguía vivo. Decidida a dejar atrás este lío, Marisa terminó lo que consideraba una farsa y aceptó un matrimonio concertado por su familia. Mientras tanto, en la capital, la alta sociedad quedó atónita al enterarse de que el mayor de los Olmo había decidido casarse con una mujer que ya había pasado por el altar. Los chismes corrieron como pólvora.

Capítulo 1—Más despacio, Nicolás... ya no aguanto más...El gemido coqueto de la vecina, mezclado con el golpeteo de la cabecera contra la pared, se colaba sin piedad en los oídos de Marisa Páez.Sus manos se apretaban en puños, las uñas incrustadas en las palmas, y el dolor punzante apenas podía competir con la punzada aún más aguda que sentía en el pecho.Era un dolor que le robaba el aire, que la apretaba por dentro y la dejaba al borde del ahogo.Hoy, justo hoy, Marisa había planeado acabar con todo.Cuarenta y nueve días atrás, la familia Loredo había recibido la peor noticia: el avión en el que viajaban su esposo, Samuel Loredo, y su cuñado, Nicolás Loredo, había tenido un accidente. Nicolás había regresado, pero Samuel… Samuel se quedó en ese accidente fatal.Aquella noche, Marisa lloró hasta perder la voz y el sentido.Tras cumplir con las ceremonias y el novenario por Samuel, Marisa ya no hallaba razón para seguir viviendo.Durante más de un mes, fue reuniendo pastillas para dormir, con la idea de acabar con su sufrimiento. Pero cada vez que pensaba en morir en la casa de los Loredo, sin Samuel, la soledad la asfixiaba más.Por eso, decidió llevar las pastillas y despedirse frente a la tumba de Samuel. Sin embargo, en el jardín de los Loredo, escuchó por casualidad la plática entre su suegra y Nicolás.—Samuel, ya pasó más de un mes, y la panza de Noelia ni se asoma. ¿No será que ella también tiene algún problema? ¡Y además ni se esfuerza un poquito! ¿Qué vamos a hacer? La anterior tampoco pudo tener hijos… Esta familia sí que está pagando sus deudas.En ese instante, Marisa sintió que el mundo se le venía encima. Se sostuvo del borde del jardín, como si un rayo la hubiera partido en dos. Tardó largos segundos en poder volver en sí.Tratando de no gritar, se tapó la boca con las manos, temblando.¡Así que su esposo Samuel no estaba muerto! ¡Quien había muerto era Nicolás! ¿Solo porque en todos estos años de matrimonio ella no pudo tener hijos, la familia Loredo había sido capaz de algo tan vil?No podía creerlo.Conociendo a Samuel, jamás pensó que él aceptaría algo así.¿Sería que fue su suegra quien lo había presionado para no dejar sin herederos a la familia?Pero la voz de Samuel, implacable, destrozó lo poco que quedaba de sus ilusiones.—He acompañado a Noelia a revisiones y no tiene ningún problema. Solo es cuestión de tiempo para que quede embarazada. Yo también estoy haciendo mi parte.¿Haciendo su parte? Sí, claro que sí. En el último mes, no se había tomado ni una sola noche de descanso.Al principio, Marisa pensó que se trataba de dos sobrevivientes aferrándose el uno al otro tras la tragedia.Ahora, todo le resultaba repulsivo.Samuel siguió hablando:—Mamá, no vuelvas a hablar de esto en casa. Si Noelia lo escucha, no lo soportaría. Ella siempre ha sido sensible y temerosa. Si llega a enterarse de que Nicolás ya no está, tal vez no lo resista...Así que Samuel no había sido forzado. Era él mismo quien sentía lástima por Noelia Juárez.Marisa se dejó caer junto al jardín, una mueca amarga en el rostro. ¿Y ella? ¿Acaso a alguien le importaba si ella podía resistirlo?¡Qué frágil y qué delicada la otra! ¡Y qué fácil era para Samuel volverse el héroe para alguien más!Ese era el hombre con quien compartió más de mil días y noches, el mismo por quien hoy planeaba quitarse la vida.Pensar que ella solo quería acompañarlo en la muerte porque temía que él estuviera solo y frío bajo tierra, mientras que a Samuel le preocupaba más su cuñada, al punto de dejar a su esposa para reemplazar a su propio hermano.Las lágrimas resbalaron en silencio por las mejillas de Marisa. Apretó la botella de pastillas como si de eso dependiera su existencia, mientras los recuerdos de su vida con Samuel desfilaban cruelmente por su mente, uno tras otro.Pero ahora, Samuel había sido quien apagó la luz de ese proyector, deteniendo de golpe todos esos recuerdos.Marisa regresó a escondidas a lo que una vez fue su hogar junto a Samuel.En la mesita seguía esa foto de su luna de miel en Europa. En la imagen, ella sonreía con una dulzura que parecía de otro mundo. Ahora, esa dulzura se le había vuelto amarga.Durante ese mes, solo abrazando ese marco logró conciliar el sueño.¡Qué ironía!¡Qué ridículo todo!De un manotazo, Marisa rompió el marco, y con él, los seis años de amor y tres de matrimonio con Samuel.El teléfono de la familia Páez no tardó en sonar.Desde la tragedia, su madre, Yolanda Páez, la llamaba cada noche para darle ánimos, temiendo que su hija cayera en la desesperación.Esa noche no fue diferente, aunque Yolanda vaciló más de lo usual.—Mamá, si tienes algo que decir, dilo de una vez. Entre nosotras no hay secretos.Animada por esas palabras, Yolanda habló sin rodeos:—Marisa, apenas han pasado los rezos por Samuel, pero la familia Olmo vino hoy a recordarnos aquel compromiso de hace años...La familia Páez y la familia Olmo habían acordado un matrimonio entre hijos cuando Marisa era apenas una niña.Pero los Páez, tras caer en desgracia económica, nunca se atrevieron a buscar a los Olmo. Marisa había conocido y amado a Samuel por su cuenta, y su familia entendió que no debía forzar las cosas.Yolanda suspiró:—Sé que es pronto para ti, sé que te duele y no quiero presionarte...Antes de que su madre terminara, Marisa la interrumpió con firmeza:—Mamá, me caso.Yolanda estaba tan emocionada que sentía que el corazón se le salía del pecho. Temiendo haber escuchado mal, preguntó de nuevo para asegurarse:—¿Es en serio, Mari?Marisa echó una mirada al portarretratos roto en el suelo, con el rostro serio y decidido.—Samuel ya está muerto, así que ahora tengo que vivir bien.Sí, para ella, Samuel ya no existía en su corazón.Aquellas palabras hicieron que Yolanda se pusiera aún más contenta.Hasta ese día, Marisa siempre había tenido la actitud de que, si Samuel ya no estaba, para ella tampoco tenía sentido seguir viva.La voz de Yolanda temblaba de la emoción.—¡Eso es! Los que seguimos aquí tenemos que vivir bien, Mari, ¡bien en serio!...Esa noche, los ruidos de gemidos y golpes en la habitación de al lado se hicieron más intensos y descarados. Cada sonido era como una cuchilla sin filo que le cortaba el alma a Marisa una y otra vez, sin piedad alguna.No pudo dormir hasta muy tarde. Apenas empezaba a clarear, cuando el sonido de la sirena de una ambulancia retumbó en toda la casa de los Loredo.Marisa abrió la puerta de su cuarto y, al mirar hacia afuera, vio a Samuel bajando las escaleras a toda prisa. Llevaba en brazos a Noelia, con el rostro lleno de preocupación, bajando corriendo sin siquiera mirarla.En todos los años que llevaban de conocerse, Marisa nunca lo había visto tan alterado. Samuel siempre había sido alguien tranquilo y ordenado, jamás perdía la compostura.Abajo, las empleadas cuchicheaban entre ellas.—La señora Loredo se despertó temprano, quejándose de náuseas y ganas de vomitar. El señor Loredo se puso tan nervioso que apenas amaneció llamó a la ambulancia, dice que la va a llevar a hacerse un chequeo.Otra de las empleadas soltó una risa disimulada.—Con el escándalo de anoche, yo que duermo en el cuarto de servicio de abajo también alcancé a escuchar. Ya llevan más de un mes intentando, lo raro sería que no quedara embarazada, ¿no?Marisa se detuvo en la escalera de caracol, clavando los dedos en la madera fina, dejando marcas de la fuerza que hacía.En eso, sonó el teléfono del hospital pidiendo que Marisa fuera de inmediato.No tenía ganas de ir, le revolvía el estómago. Pero su suegra, entre ruegos y presiones, trató de manipularla con palabras de culpa.—Marisa, aunque Samuel ya no esté, eso no cambia que sigues siendo parte de la familia Loredo. Nuestra familia siempre ha tenido pocos hijos, casi no hay descendencia. Ese bebé es un tesoro, no cualquiera llega así.Luego, su suegra soltó un suspiro, insistiendo.—El doctor Ramírez es famoso por ser el mejor para cuidar embarazos de alto riesgo, pero no hay dinero que lo haga venir, a menos que le muevan influencias. Tu familia, los Páez, todos están en el sector salud, algo deben poder hacer.Al ver que Marisa seguía sin ceder, la suegra continuó:—Marisa, la familia Loredo siempre ha sido buena contigo, y también con los Páez. Cuando...Justo cuando la suegra iba a recordar todas las veces que ayudaron a los Páez, Marisa levantó la mano, cortando la conversación.—Voy a ir.Es cierto que en el pasado la familia Loredo apoyó económicamente a los Páez, pero los Páez no son de los que se quedan debiendo favores. Todo lo que debían, ya lo habían pagado.Sin embargo, si la suegra quería seguir recordándolo, Marisa tampoco iba a darle motivos para que la criticara....Al llegar al hospital, Samuel estaba hecho un manojo de nervios, buscando contactos por todos lados. Pero esa era la clínica privada más exclusiva de Clarosol, y el doctor Ramírez era el mejor ginecólogo de la ciudad. Ni con dinero era fácil conseguir que atendiera un caso.Cuando Marisa llegó, Samuel caminó rápido hacia ella. Le tomó la mano con tanta fuerza que le dolió la muñeca.—¡Marisa! ¡Por fin llegaste! Tu cuñada está inestable, el doctor dice que será difícil salvar el embarazo. Tu familia tiene conocidos con el doctor Ramírez, ¿no? ¿No podrás ayudar?Marisa bajó la mirada hacia su muñeca, enrojecida por la presión, y una sonrisa amarga se asomó en sus labios.Siempre había sido muy sensible al dolor, y Samuel lo sabía bien. Incluso una palmadita le molestaba. Antes, cuando Samuel le tomaba la mano, lo hacía con mucho cuidado.Ahora, por el hijo que Noelia llevaba en el vientre, Samuel había perdido la cabeza. Ni cuenta se dio de que le estaba causando dolor.Marisa alzó la vista, con una calma distante en los ojos.—Hermano, antes nunca me llamabas por mi nombre. Siempre me decías “cuñada”.Era irónico. Cuando Samuel fingió ser Nicolás para regresar, era obvio que algo andaba mal, pero ella estaba tan cegada por el cariño que jamás sospechó. Hasta la noche anterior, no se le cruzó por la cabeza que el hombre que amaba pudiera hacer algo tan absurdo.Samuel se puso incómodo, pero después de una pausa, fingió tranquilidad.—Noelia está en la camilla y yo estoy muy alterado, se me salió por error. Es normal en estos momentos.Marisa soltó una risa cortante.—¿De veras estás alterado? Si de verdad te preocupara, deberías tener más cuidado. ¿Noelia no te pidió toda la noche que tuvieras cuidado?Samuel llevaba toda la mañana con un presentimiento extraño sobre Marisa. Algo en ella no cuadraba. Usualmente se mostraba apática, como si nada le importara, con la mirada perdida en el vacío. Pero hoy, era distinto. Había algo filoso en su actitud, como si cada palabra fuera una espina.Sin embargo, Samuel no tenía tiempo para detenerse a analizarla. Lo único que importaba ahora era el bebé que Noelia llevaba en el vientre. ¡Ese niño lo era todo!Mientras ese niño estuviera a salvo, él podría regresar junto a Marisa y acabar de una vez por todas con ese desastre en el que se había convertido su vida.—Marisa, sí, reconozco que me pasé de imprudente, lo acepto. Pero este no es momento para discutir sobre eso. Te lo suplico, ayúdanos a conseguir que el doctor Ramírez venga. ¡La familia Páez hará lo que sea necesario!En los labios de Marisa se dibujó una sonrisa amarga, incapaz de desvanecerse.En los tres años de matrimonio con Samuel, no habían logrado tener hijos. Por eso, Marisa había buscado todo tipo de tratamientos y remedios. Varias veces se había planteado recurrir al doctor Ramírez. Pero al final, las deudas de gratitud siempre resultaban las más difíciles de pagar.La familia Páez, en su época de vacas flacas, ya debía demasiados favores.Marisa, solidaria con los Páez, jamás los presionó, aunque ella anhelara ser madre junto a Samuel. Nunca les pidió buscar al doctor Ramírez.Samuel estaba al tanto de todo eso.Ella pensó que Samuel la comprendía, que la cuidaba, que la quería de verdad.Solo ahora lo entendía: ese supuesto cariño y protección, no era más que una ilusión suya.Ahora, él no dudaba en ponerla contra la pared, solo para salvar al hijo de Noelia.Samuel, al ver que Marisa no respondía, empezó a mostrarse nervioso.—Mira, Marisa, si logras que el bebé de tu cuñada esté bien, la familia Loredo va a ayudar a tu papá a conseguir al mejor abogado que exista, te lo aseguro.Ahí sí, Marisa no solo sonrió con amargura; una sensación áspera le apretó la garganta, como si hubiera tragado algo muy amargo.Lo de Víctor Páez no era nada nuevo para ella; le había pedido ayuda a Samuel más de una vez.Y siempre, la familia Loredo se había hecho la desentendida.Pero para salvar al bebé de Noelia, Samuel era capaz de cualquier cosa.Marisa apretó los dientes y murmuró una sola palabra entre ellos.—Está bien.Marcó el número de Yolanda. Del otro lado, la respuesta llegó de inmediato y sin dudar.Eso fue lo que más le dolió a Marisa.La familia Páez también pasaba por momentos duros, pero aun así, Yolanda temía que a Marisa le fuera mal con los Loredo. Pese a sus propias dificultades, aceptó ayudarla sin titubeos.Incluso intentó sonar despreocupada, cambiando de tono para tranquilizarla.—Marisa, si se te ofrece algo, cuéntanos. No te preocupes por molestarnos, para eso estamos tu papá y yo.Marisa contuvo las ganas de llorar. No quería que nadie notara nada raro en su voz, pero al despedirse, Yolanda se dio cuenta enseguida.—Marisa, ¿qué tienes? ¿Todo bien? —preguntó Yolanda, llena de preocupación.Marisa apretó los labios y forzó una sonrisa.—No pasa nada, mamá. Solo que me bajó el periodo y me duele un poco el vientre.Colgó rápido, sin querer mentir más.En efecto, le había bajado. Las punzadas en su vientre eran tan fuertes que solo en cuclillas podía aliviarse un poco.Cuando finalmente se incorporó, notó las miradas extrañas de la gente a su alrededor.Ese día Marisa llevaba unos pantalones de mezclilla azul claro. Las manchas de sangre en una zona muy visible la hicieron sentir todavía más incómoda. Aun así, se obligó a levantarse y, apoyándose en la pared, se dirigió al baño de mujeres en el área de urgencias.Desde ahí, llamó a Samuel.—¿Me puedes traer unas toallas femeninas y otro pantalón? Estoy en el baño de mujeres del área de emergencias.Al otro lado, Samuel ni siquiera preguntó cómo estaba. Solo se apuró a decir:—Noelia está muy mal, ¿qué dijo el doctor Ramírez? ¿Aceptó o no?Marisa, a punto de perder el conocimiento por el dolor, se sostuvo de la pared, los labios tan pálidos como el papel.—El doctor Ramírez aceptó. ¿Ahora sí puedes traerme lo que te pedí? —Su voz era tan débil que cualquiera notaría que estaba al límite.Del otro lado, se oyó la voz de Noelia, exagerando su queja:—¡Amor, me duele! ¡Muchísimo! ¿Nuestro bebé se va a perder? Si pasa eso, ya no quiero seguir viviendo.Samuel colgó de golpe, dejando solo una frase.—Noelia está muy alterada, no me vengas con esas tonterías. Ve cómo te las arreglas.Marisa miró la pantalla apagada del teléfono y soltó una risa amarga. Si para Noelia, perder al bebé era motivo para no querer vivir, ¿entonces todo lo de Marisa era insignificante?Pero quien de verdad no tiene ganas de vivir, no lo anda diciendo a cada rato.Como aquella vez, cuando Marisa supo de la muerte de su esposo. Por más de un mes, ni siquiera pudo articular palabra, mucho menos andar gritando que quería morirse.Recordó los primeros días con Samuel. Por su piel sensible, era alérgica a la mayoría de las marcas de productos femeninos. Cada mes, Samuel recorría toda la ciudad para conseguirle la marca que ella podía usar.Ahora, sentada en el inodoro, pálida y débil, pero con la mirada firme, tomó el teléfono y marcó de nuevo a Yolanda.—Mamá, quiero que mi matrimonio se defina lo antes posible.Capítulo 2—Más despacio, Nicolás... ya no aguanto más...El gemido coqueto de la vecina, mezclado con el golpeteo de la cabecera contra la pared, se colaba sin piedad en los oídos de Marisa Páez.Sus manos se apretaban en puños, las uñas incrustadas en las palmas, y el dolor punzante apenas podía competir con la punzada aún más aguda que sentía en el pecho.Era un dolor que le robaba el aire, que la apretaba por dentro y la dejaba al borde del ahogo.Hoy, justo hoy, Marisa había planeado acabar con todo.Cuarenta y nueve días atrás, la familia Loredo había recibido la peor noticia: el avión en el que viajaban su esposo, Samuel Loredo, y su cuñado, Nicolás Loredo, había tenido un accidente. Nicolás había regresado, pero Samuel… Samuel se quedó en ese accidente fatal.Aquella noche, Marisa lloró hasta perder la voz y el sentido.Tras cumplir con las ceremonias y el novenario por Samuel, Marisa ya no hallaba razón para seguir viviendo.Durante más de un mes, fue reuniendo pastillas para dormir, con la idea de acabar con su sufrimiento. Pero cada vez que pensaba en morir en la casa de los Loredo, sin Samuel, la soledad la asfixiaba más.Por eso, decidió llevar las pastillas y despedirse frente a la tumba de Samuel. Sin embargo, en el jardín de los Loredo, escuchó por casualidad la plática entre su suegra y Nicolás.—Samuel, ya pasó más de un mes, y la panza de Noelia ni se asoma. ¿No será que ella también tiene algún problema? ¡Y además ni se esfuerza un poquito! ¿Qué vamos a hacer? La anterior tampoco pudo tener hijos… Esta familia sí que está pagando sus deudas.En ese instante, Marisa sintió que el mundo se le venía encima. Se sostuvo del borde del jardín, como si un rayo la hubiera partido en dos. Tardó largos segundos en poder volver en sí.Tratando de no gritar, se tapó la boca con las manos, temblando.¡Así que su esposo Samuel no estaba muerto! ¡Quien había muerto era Nicolás! ¿Solo porque en todos estos años de matrimonio ella no pudo tener hijos, la familia Loredo había sido capaz de algo tan vil?No podía creerlo.Conociendo a Samuel, jamás pensó que él aceptaría algo así.¿Sería que fue su suegra quien lo había presionado para no dejar sin herederos a la familia?Pero la voz de Samuel, implacable, destrozó lo poco que quedaba de sus ilusiones.—He acompañado a Noelia a revisiones y no tiene ningún problema. Solo es cuestión de tiempo para que quede embarazada. Yo también estoy haciendo mi parte.¿Haciendo su parte? Sí, claro que sí. En el último mes, no se había tomado ni una sola noche de descanso.Al principio, Marisa pensó que se trataba de dos sobrevivientes aferrándose el uno al otro tras la tragedia.Ahora, todo le resultaba repulsivo.Samuel siguió hablando:—Mamá, no vuelvas a hablar de esto en casa. Si Noelia lo escucha, no lo soportaría. Ella siempre ha sido sensible y temerosa. Si llega a enterarse de que Nicolás ya no está, tal vez no lo resista...Así que Samuel no había sido forzado. Era él mismo quien sentía lástima por Noelia Juárez.Marisa se dejó caer junto al jardín, una mueca amarga en el rostro. ¿Y ella? ¿Acaso a alguien le importaba si ella podía resistirlo?¡Qué frágil y qué delicada la otra! ¡Y qué fácil era para Samuel volverse el héroe para alguien más!Ese era el hombre con quien compartió más de mil días y noches, el mismo por quien hoy planeaba quitarse la vida.Pensar que ella solo quería acompañarlo en la muerte porque temía que él estuviera solo y frío bajo tierra, mientras que a Samuel le preocupaba más su cuñada, al punto de dejar a su esposa para reemplazar a su propio hermano.Las lágrimas resbalaron en silencio por las mejillas de Marisa. Apretó la botella de pastillas como si de eso dependiera su existencia, mientras los recuerdos de su vida con Samuel desfilaban cruelmente por su mente, uno tras otro.Pero ahora, Samuel había sido quien apagó la luz de ese proyector, deteniendo de golpe todos esos recuerdos.Marisa regresó a escondidas a lo que una vez fue su hogar junto a Samuel.En la mesita seguía esa foto de su luna de miel en Europa. En la imagen, ella sonreía con una dulzura que parecía de otro mundo. Ahora, esa dulzura se le había vuelto amarga.Durante ese mes, solo abrazando ese marco logró conciliar el sueño.¡Qué ironía!¡Qué ridículo todo!De un manotazo, Marisa rompió el marco, y con él, los seis años de amor y tres de matrimonio con Samuel.El teléfono de la familia Páez no tardó en sonar.Desde la tragedia, su madre, Yolanda Páez, la llamaba cada noche para darle ánimos, temiendo que su hija cayera en la desesperación.Esa noche no fue diferente, aunque Yolanda vaciló más de lo usual.—Mamá, si tienes algo que decir, dilo de una vez. Entre nosotras no hay secretos.Animada por esas palabras, Yolanda habló sin rodeos:—Marisa, apenas han pasado los rezos por Samuel, pero la familia Olmo vino hoy a recordarnos aquel compromiso de hace años...La familia Páez y la familia Olmo habían acordado un matrimonio entre hijos cuando Marisa era apenas una niña.Pero los Páez, tras caer en desgracia económica, nunca se atrevieron a buscar a los Olmo. Marisa había conocido y amado a Samuel por su cuenta, y su familia entendió que no debía forzar las cosas.Yolanda suspiró:—Sé que es pronto para ti, sé que te duele y no quiero presionarte...Antes de que su madre terminara, Marisa la interrumpió con firmeza:—Mamá, me caso.Yolanda estaba tan emocionada que sentía que el corazón se le salía del pecho. Temiendo haber escuchado mal, preguntó de nuevo para asegurarse:—¿Es en serio, Mari?Marisa echó una mirada al portarretratos roto en el suelo, con el rostro serio y decidido.—Samuel ya está muerto, así que ahora tengo que vivir bien.Sí, para ella, Samuel ya no existía en su corazón.Aquellas palabras hicieron que Yolanda se pusiera aún más contenta.Hasta ese día, Marisa siempre había tenido la actitud de que, si Samuel ya no estaba, para ella tampoco tenía sentido seguir viva.La voz de Yolanda temblaba de la emoción.—¡Eso es! Los que seguimos aquí tenemos que vivir bien, Mari, ¡bien en serio!...Esa noche, los ruidos de gemidos y golpes en la habitación de al lado se hicieron más intensos y descarados. Cada sonido era como una cuchilla sin filo que le cortaba el alma a Marisa una y otra vez, sin piedad alguna.No pudo dormir hasta muy tarde. Apenas empezaba a clarear, cuando el sonido de la sirena de una ambulancia retumbó en toda la casa de los Loredo.Marisa abrió la puerta de su cuarto y, al mirar hacia afuera, vio a Samuel bajando las escaleras a toda prisa. Llevaba en brazos a Noelia, con el rostro lleno de preocupación, bajando corriendo sin siquiera mirarla.En todos los años que llevaban de conocerse, Marisa nunca lo había visto tan alterado. Samuel siempre había sido alguien tranquilo y ordenado, jamás perdía la compostura.Abajo, las empleadas cuchicheaban entre ellas.—La señora Loredo se despertó temprano, quejándose de náuseas y ganas de vomitar. El señor Loredo se puso tan nervioso que apenas amaneció llamó a la ambulancia, dice que la va a llevar a hacerse un chequeo.Otra de las empleadas soltó una risa disimulada.—Con el escándalo de anoche, yo que duermo en el cuarto de servicio de abajo también alcancé a escuchar. Ya llevan más de un mes intentando, lo raro sería que no quedara embarazada, ¿no?Marisa se detuvo en la escalera de caracol, clavando los dedos en la madera fina, dejando marcas de la fuerza que hacía.En eso, sonó el teléfono del hospital pidiendo que Marisa fuera de inmediato.No tenía ganas de ir, le revolvía el estómago. Pero su suegra, entre ruegos y presiones, trató de manipularla con palabras de culpa.—Marisa, aunque Samuel ya no esté, eso no cambia que sigues siendo parte de la familia Loredo. Nuestra familia siempre ha tenido pocos hijos, casi no hay descendencia. Ese bebé es un tesoro, no cualquiera llega así.Luego, su suegra soltó un suspiro, insistiendo.—El doctor Ramírez es famoso por ser el mejor para cuidar embarazos de alto riesgo, pero no hay dinero que lo haga venir, a menos que le muevan influencias. Tu familia, los Páez, todos están en el sector salud, algo deben poder hacer.Al ver que Marisa seguía sin ceder, la suegra continuó:—Marisa, la familia Loredo siempre ha sido buena contigo, y también con los Páez. Cuando...Justo cuando la suegra iba a recordar todas las veces que ayudaron a los Páez, Marisa levantó la mano, cortando la conversación.—Voy a ir.Es cierto que en el pasado la familia Loredo apoyó económicamente a los Páez, pero los Páez no son de los que se quedan debiendo favores. Todo lo que debían, ya lo habían pagado.Sin embargo, si la suegra quería seguir recordándolo, Marisa tampoco iba a darle motivos para que la criticara....Al llegar al hospital, Samuel estaba hecho un manojo de nervios, buscando contactos por todos lados. Pero esa era la clínica privada más exclusiva de Clarosol, y el doctor Ramírez era el mejor ginecólogo de la ciudad. Ni con dinero era fácil conseguir que atendiera un caso.Cuando Marisa llegó, Samuel caminó rápido hacia ella. Le tomó la mano con tanta fuerza que le dolió la muñeca.—¡Marisa! ¡Por fin llegaste! Tu cuñada está inestable, el doctor dice que será difícil salvar el embarazo. Tu familia tiene conocidos con el doctor Ramírez, ¿no? ¿No podrás ayudar?Marisa bajó la mirada hacia su muñeca, enrojecida por la presión, y una sonrisa amarga se asomó en sus labios.Siempre había sido muy sensible al dolor, y Samuel lo sabía bien. Incluso una palmadita le molestaba. Antes, cuando Samuel le tomaba la mano, lo hacía con mucho cuidado.Ahora, por el hijo que Noelia llevaba en el vientre, Samuel había perdido la cabeza. Ni cuenta se dio de que le estaba causando dolor.Marisa alzó la vista, con una calma distante en los ojos.—Hermano, antes nunca me llamabas por mi nombre. Siempre me decías “cuñada”.Era irónico. Cuando Samuel fingió ser Nicolás para regresar, era obvio que algo andaba mal, pero ella estaba tan cegada por el cariño que jamás sospechó. Hasta la noche anterior, no se le cruzó por la cabeza que el hombre que amaba pudiera hacer algo tan absurdo.Samuel se puso incómodo, pero después de una pausa, fingió tranquilidad.—Noelia está en la camilla y yo estoy muy alterado, se me salió por error. Es normal en estos momentos.Marisa soltó una risa cortante.—¿De veras estás alterado? Si de verdad te preocupara, deberías tener más cuidado. ¿Noelia no te pidió toda la noche que tuvieras cuidado?Samuel llevaba toda la mañana con un presentimiento extraño sobre Marisa. Algo en ella no cuadraba. Usualmente se mostraba apática, como si nada le importara, con la mirada perdida en el vacío. Pero hoy, era distinto. Había algo filoso en su actitud, como si cada palabra fuera una espina.Sin embargo, Samuel no tenía tiempo para detenerse a analizarla. Lo único que importaba ahora era el bebé que Noelia llevaba en el vientre. ¡Ese niño lo era todo!Mientras ese niño estuviera a salvo, él podría regresar junto a Marisa y acabar de una vez por todas con ese desastre en el que se había convertido su vida.—Marisa, sí, reconozco que me pasé de imprudente, lo acepto. Pero este no es momento para discutir sobre eso. Te lo suplico, ayúdanos a conseguir que el doctor Ramírez venga. ¡La familia Páez hará lo que sea necesario!En los labios de Marisa se dibujó una sonrisa amarga, incapaz de desvanecerse.En los tres años de matrimonio con Samuel, no habían logrado tener hijos. Por eso, Marisa había buscado todo tipo de tratamientos y remedios. Varias veces se había planteado recurrir al doctor Ramírez. Pero al final, las deudas de gratitud siempre resultaban las más difíciles de pagar.La familia Páez, en su época de vacas flacas, ya debía demasiados favores.Marisa, solidaria con los Páez, jamás los presionó, aunque ella anhelara ser madre junto a Samuel. Nunca les pidió buscar al doctor Ramírez.Samuel estaba al tanto de todo eso.Ella pensó que Samuel la comprendía, que la cuidaba, que la quería de verdad.Solo ahora lo entendía: ese supuesto cariño y protección, no era más que una ilusión suya.Ahora, él no dudaba en ponerla contra la pared, solo para salvar al hijo de Noelia.Samuel, al ver que Marisa no respondía, empezó a mostrarse nervioso.—Mira, Marisa, si logras que el bebé de tu cuñada esté bien, la familia Loredo va a ayudar a tu papá a conseguir al mejor abogado que exista, te lo aseguro.Ahí sí, Marisa no solo sonrió con amargura; una sensación áspera le apretó la garganta, como si hubiera tragado algo muy amargo.Lo de Víctor Páez no era nada nuevo para ella; le había pedido ayuda a Samuel más de una vez.Y siempre, la familia Loredo se había hecho la desentendida.Pero para salvar al bebé de Noelia, Samuel era capaz de cualquier cosa.Marisa apretó los dientes y murmuró una sola palabra entre ellos.—Está bien.Marcó el número de Yolanda. Del otro lado, la respuesta llegó de inmediato y sin dudar.Eso fue lo que más le dolió a Marisa.La familia Páez también pasaba por momentos duros, pero aun así, Yolanda temía que a Marisa le fuera mal con los Loredo. Pese a sus propias dificultades, aceptó ayudarla sin titubeos.Incluso intentó sonar despreocupada, cambiando de tono para tranquilizarla.—Marisa, si se te ofrece algo, cuéntanos. No te preocupes por molestarnos, para eso estamos tu papá y yo.Marisa contuvo las ganas de llorar. No quería que nadie notara nada raro en su voz, pero al despedirse, Yolanda se dio cuenta enseguida.—Marisa, ¿qué tienes? ¿Todo bien? —preguntó Yolanda, llena de preocupación.Marisa apretó los labios y forzó una sonrisa.—No pasa nada, mamá. Solo que me bajó el periodo y me duele un poco el vientre.Colgó rápido, sin querer mentir más.En efecto, le había bajado. Las punzadas en su vientre eran tan fuertes que solo en cuclillas podía aliviarse un poco.Cuando finalmente se incorporó, notó las miradas extrañas de la gente a su alrededor.Ese día Marisa llevaba unos pantalones de mezclilla azul claro. Las manchas de sangre en una zona muy visible la hicieron sentir todavía más incómoda. Aun así, se obligó a levantarse y, apoyándose en la pared, se dirigió al baño de mujeres en el área de urgencias.Desde ahí, llamó a Samuel.—¿Me puedes traer unas toallas femeninas y otro pantalón? Estoy en el baño de mujeres del área de emergencias.Al otro lado, Samuel ni siquiera preguntó cómo estaba. Solo se apuró a decir:—Noelia está muy mal, ¿qué dijo el doctor Ramírez? ¿Aceptó o no?Marisa, a punto de perder el conocimiento por el dolor, se sostuvo de la pared, los labios tan pálidos como el papel.—El doctor Ramírez aceptó. ¿Ahora sí puedes traerme lo que te pedí? —Su voz era tan débil que cualquiera notaría que estaba al límite.Del otro lado, se oyó la voz de Noelia, exagerando su queja:—¡Amor, me duele! ¡Muchísimo! ¿Nuestro bebé se va a perder? Si pasa eso, ya no quiero seguir viviendo.Samuel colgó de golpe, dejando solo una frase.—Noelia está muy alterada, no me vengas con esas tonterías. Ve cómo te las arreglas.Marisa miró la pantalla apagada del teléfono y soltó una risa amarga. Si para Noelia, perder al bebé era motivo para no querer vivir, ¿entonces todo lo de Marisa era insignificante?Pero quien de verdad no tiene ganas de vivir, no lo anda diciendo a cada rato.Como aquella vez, cuando Marisa supo de la muerte de su esposo. Por más de un mes, ni siquiera pudo articular palabra, mucho menos andar gritando que quería morirse.Recordó los primeros días con Samuel. Por su piel sensible, era alérgica a la mayoría de las marcas de productos femeninos. Cada mes, Samuel recorría toda la ciudad para conseguirle la marca que ella podía usar.Ahora, sentada en el inodoro, pálida y débil, pero con la mirada firme, tomó el teléfono y marcó de nuevo a Yolanda.—Mamá, quiero que mi matrimonio se defina lo antes posible.Capítulo 3—Más despacio, Nicolás... ya no aguanto más...El gemido coqueto de la vecina, mezclado con el golpeteo de la cabecera contra la pared, se colaba sin piedad en los oídos de Marisa Páez.Sus manos se apretaban en puños, las uñas incrustadas en las palmas, y el dolor punzante apenas podía competir con la punzada aún más aguda que sentía en el pecho.Era un dolor que le robaba el aire, que la apretaba por dentro y la dejaba al borde del ahogo.Hoy, justo hoy, Marisa había planeado acabar con todo.Cuarenta y nueve días atrás, la familia Loredo había recibido la peor noticia: el avión en el que viajaban su esposo, Samuel Loredo, y su cuñado, Nicolás Loredo, había tenido un accidente. Nicolás había regresado, pero Samuel… Samuel se quedó en ese accidente fatal.Aquella noche, Marisa lloró hasta perder la voz y el sentido.Tras cumplir con las ceremonias y el novenario por Samuel, Marisa ya no hallaba razón para seguir viviendo.Durante más de un mes, fue reuniendo pastillas para dormir, con la idea de acabar con su sufrimiento. Pero cada vez que pensaba en morir en la casa de los Loredo, sin Samuel, la soledad la asfixiaba más.Por eso, decidió llevar las pastillas y despedirse frente a la tumba de Samuel. Sin embargo, en el jardín de los Loredo, escuchó por casualidad la plática entre su suegra y Nicolás.—Samuel, ya pasó más de un mes, y la panza de Noelia ni se asoma. ¿No será que ella también tiene algún problema? ¡Y además ni se esfuerza un poquito! ¿Qué vamos a hacer? La anterior tampoco pudo tener hijos… Esta familia sí que está pagando sus deudas.En ese instante, Marisa sintió que el mundo se le venía encima. Se sostuvo del borde del jardín, como si un rayo la hubiera partido en dos. Tardó largos segundos en poder volver en sí.Tratando de no gritar, se tapó la boca con las manos, temblando.¡Así que su esposo Samuel no estaba muerto! ¡Quien había muerto era Nicolás! ¿Solo porque en todos estos años de matrimonio ella no pudo tener hijos, la familia Loredo había sido capaz de algo tan vil?No podía creerlo.Conociendo a Samuel, jamás pensó que él aceptaría algo así.¿Sería que fue su suegra quien lo había presionado para no dejar sin herederos a la familia?Pero la voz de Samuel, implacable, destrozó lo poco que quedaba de sus ilusiones.—He acompañado a Noelia a revisiones y no tiene ningún problema. Solo es cuestión de tiempo para que quede embarazada. Yo también estoy haciendo mi parte.¿Haciendo su parte? Sí, claro que sí. En el último mes, no se había tomado ni una sola noche de descanso.Al principio, Marisa pensó que se trataba de dos sobrevivientes aferrándose el uno al otro tras la tragedia.Ahora, todo le resultaba repulsivo.Samuel siguió hablando:—Mamá, no vuelvas a hablar de esto en casa. Si Noelia lo escucha, no lo soportaría. Ella siempre ha sido sensible y temerosa. Si llega a enterarse de que Nicolás ya no está, tal vez no lo resista...Así que Samuel no había sido forzado. Era él mismo quien sentía lástima por Noelia Juárez.Marisa se dejó caer junto al jardín, una mueca amarga en el rostro. ¿Y ella? ¿Acaso a alguien le importaba si ella podía resistirlo?¡Qué frágil y qué delicada la otra! ¡Y qué fácil era para Samuel volverse el héroe para alguien más!Ese era el hombre con quien compartió más de mil días y noches, el mismo por quien hoy planeaba quitarse la vida.Pensar que ella solo quería acompañarlo en la muerte porque temía que él estuviera solo y frío bajo tierra, mientras que a Samuel le preocupaba más su cuñada, al punto de dejar a su esposa para reemplazar a su propio hermano.Las lágrimas resbalaron en silencio por las mejillas de Marisa. Apretó la botella de pastillas como si de eso dependiera su existencia, mientras los recuerdos de su vida con Samuel desfilaban cruelmente por su mente, uno tras otro.Pero ahora, Samuel había sido quien apagó la luz de ese proyector, deteniendo de golpe todos esos recuerdos.Marisa regresó a escondidas a lo que una vez fue su hogar junto a Samuel.En la mesita seguía esa foto de su luna de miel en Europa. En la imagen, ella sonreía con una dulzura que parecía de otro mundo. Ahora, esa dulzura se le había vuelto amarga.Durante ese mes, solo abrazando ese marco logró conciliar el sueño.¡Qué ironía!¡Qué ridículo todo!De un manotazo, Marisa rompió el marco, y con él, los seis años de amor y tres de matrimonio con Samuel.El teléfono de la familia Páez no tardó en sonar.Desde la tragedia, su madre, Yolanda Páez, la llamaba cada noche para darle ánimos, temiendo que su hija cayera en la desesperación.Esa noche no fue diferente, aunque Yolanda vaciló más de lo usual.—Mamá, si tienes algo que decir, dilo de una vez. Entre nosotras no hay secretos.Animada por esas palabras, Yolanda habló sin rodeos:—Marisa, apenas han pasado los rezos por Samuel, pero la familia Olmo vino hoy a recordarnos aquel compromiso de hace años...La familia Páez y la familia Olmo habían acordado un matrimonio entre hijos cuando Marisa era apenas una niña.Pero los Páez, tras caer en desgracia económica, nunca se atrevieron a buscar a los Olmo. Marisa había conocido y amado a Samuel por su cuenta, y su familia entendió que no debía forzar las cosas.Yolanda suspiró:—Sé que es pronto para ti, sé que te duele y no quiero presionarte...Antes de que su madre terminara, Marisa la interrumpió con firmeza:—Mamá, me caso.Yolanda estaba tan emocionada que sentía que el corazón se le salía del pecho. Temiendo haber escuchado mal, preguntó de nuevo para asegurarse:—¿Es en serio, Mari?Marisa echó una mirada al portarretratos roto en el suelo, con el rostro serio y decidido.—Samuel ya está muerto, así que ahora tengo que vivir bien.Sí, para ella, Samuel ya no existía en su corazón.Aquellas palabras hicieron que Yolanda se pusiera aún más contenta.Hasta ese día, Marisa siempre había tenido la actitud de que, si Samuel ya no estaba, para ella tampoco tenía sentido seguir viva.La voz de Yolanda temblaba de la emoción.—¡Eso es! Los que seguimos aquí tenemos que vivir bien, Mari, ¡bien en serio!...Esa noche, los ruidos de gemidos y golpes en la habitación de al lado se hicieron más intensos y descarados. Cada sonido era como una cuchilla sin filo que le cortaba el alma a Marisa una y otra vez, sin piedad alguna.No pudo dormir hasta muy tarde. Apenas empezaba a clarear, cuando el sonido de la sirena de una ambulancia retumbó en toda la casa de los Loredo.Marisa abrió la puerta de su cuarto y, al mirar hacia afuera, vio a Samuel bajando las escaleras a toda prisa. Llevaba en brazos a Noelia, con el rostro lleno de preocupación, bajando corriendo sin siquiera mirarla.En todos los años que llevaban de conocerse, Marisa nunca lo había visto tan alterado. Samuel siempre había sido alguien tranquilo y ordenado, jamás perdía la compostura.Abajo, las empleadas cuchicheaban entre ellas.—La señora Loredo se despertó temprano, quejándose de náuseas y ganas de vomitar. El señor Loredo se puso tan nervioso que apenas amaneció llamó a la ambulancia, dice que la va a llevar a hacerse un chequeo.Otra de las empleadas soltó una risa disimulada.—Con el escándalo de anoche, yo que duermo en el cuarto de servicio de abajo también alcancé a escuchar. Ya llevan más de un mes intentando, lo raro sería que no quedara embarazada, ¿no?Marisa se detuvo en la escalera de caracol, clavando los dedos en la madera fina, dejando marcas de la fuerza que hacía.En eso, sonó el teléfono del hospital pidiendo que Marisa fuera de inmediato.No tenía ganas de ir, le revolvía el estómago. Pero su suegra, entre ruegos y presiones, trató de manipularla con palabras de culpa.—Marisa, aunque Samuel ya no esté, eso no cambia que sigues siendo parte de la familia Loredo. Nuestra familia siempre ha tenido pocos hijos, casi no hay descendencia. Ese bebé es un tesoro, no cualquiera llega así.Luego, su suegra soltó un suspiro, insistiendo.—El doctor Ramírez es famoso por ser el mejor para cuidar embarazos de alto riesgo, pero no hay dinero que lo haga venir, a menos que le muevan influencias. Tu familia, los Páez, todos están en el sector salud, algo deben poder hacer.Al ver que Marisa seguía sin ceder, la suegra continuó:—Marisa, la familia Loredo siempre ha sido buena contigo, y también con los Páez. Cuando...Justo cuando la suegra iba a recordar todas las veces que ayudaron a los Páez, Marisa levantó la mano, cortando la conversación.—Voy a ir.Es cierto que en el pasado la familia Loredo apoyó económicamente a los Páez, pero los Páez no son de los que se quedan debiendo favores. Todo lo que debían, ya lo habían pagado.Sin embargo, si la suegra quería seguir recordándolo, Marisa tampoco iba a darle motivos para que la criticara....Al llegar al hospital, Samuel estaba hecho un manojo de nervios, buscando contactos por todos lados. Pero esa era la clínica privada más exclusiva de Clarosol, y el doctor Ramírez era el mejor ginecólogo de la ciudad. Ni con dinero era fácil conseguir que atendiera un caso.Cuando Marisa llegó, Samuel caminó rápido hacia ella. Le tomó la mano con tanta fuerza que le dolió la muñeca.—¡Marisa! ¡Por fin llegaste! Tu cuñada está inestable, el doctor dice que será difícil salvar el embarazo. Tu familia tiene conocidos con el doctor Ramírez, ¿no? ¿No podrás ayudar?Marisa bajó la mirada hacia su muñeca, enrojecida por la presión, y una sonrisa amarga se asomó en sus labios.Siempre había sido muy sensible al dolor, y Samuel lo sabía bien. Incluso una palmadita le molestaba. Antes, cuando Samuel le tomaba la mano, lo hacía con mucho cuidado.Ahora, por el hijo que Noelia llevaba en el vientre, Samuel había perdido la cabeza. Ni cuenta se dio de que le estaba causando dolor.Marisa alzó la vista, con una calma distante en los ojos.—Hermano, antes nunca me llamabas por mi nombre. Siempre me decías “cuñada”.Era irónico. Cuando Samuel fingió ser Nicolás para regresar, era obvio que algo andaba mal, pero ella estaba tan cegada por el cariño que jamás sospechó. Hasta la noche anterior, no se le cruzó por la cabeza que el hombre que amaba pudiera hacer algo tan absurdo.Samuel se puso incómodo, pero después de una pausa, fingió tranquilidad.—Noelia está en la camilla y yo estoy muy alterado, se me salió por error. Es normal en estos momentos.Marisa soltó una risa cortante.—¿De veras estás alterado? Si de verdad te preocupara, deberías tener más cuidado. ¿Noelia no te pidió toda la noche que tuvieras cuidado?Samuel llevaba toda la mañana con un presentimiento extraño sobre Marisa. Algo en ella no cuadraba. Usualmente se mostraba apática, como si nada le importara, con la mirada perdida en el vacío. Pero hoy, era distinto. Había algo filoso en su actitud, como si cada palabra fuera una espina.Sin embargo, Samuel no tenía tiempo para detenerse a analizarla. Lo único que importaba ahora era el bebé que Noelia llevaba en el vientre. ¡Ese niño lo era todo!Mientras ese niño estuviera a salvo, él podría regresar junto a Marisa y acabar de una vez por todas con ese desastre en el que se había convertido su vida.—Marisa, sí, reconozco que me pasé de imprudente, lo acepto. Pero este no es momento para discutir sobre eso. Te lo suplico, ayúdanos a conseguir que el doctor Ramírez venga. ¡La familia Páez hará lo que sea necesario!En los labios de Marisa se dibujó una sonrisa amarga, incapaz de desvanecerse.En los tres años de matrimonio con Samuel, no habían logrado tener hijos. Por eso, Marisa había buscado todo tipo de tratamientos y remedios. Varias veces se había planteado recurrir al doctor Ramírez. Pero al final, las deudas de gratitud siempre resultaban las más difíciles de pagar.La familia Páez, en su época de vacas flacas, ya debía demasiados favores.Marisa, solidaria con los Páez, jamás los presionó, aunque ella anhelara ser madre junto a Samuel. Nunca les pidió buscar al doctor Ramírez.Samuel estaba al tanto de todo eso.Ella pensó que Samuel la comprendía, que la cuidaba, que la quería de verdad.Solo ahora lo entendía: ese supuesto cariño y protección, no era más que una ilusión suya.Ahora, él no dudaba en ponerla contra la pared, solo para salvar al hijo de Noelia.Samuel, al ver que Marisa no respondía, empezó a mostrarse nervioso.—Mira, Marisa, si logras que el bebé de tu cuñada esté bien, la familia Loredo va a ayudar a tu papá a conseguir al mejor abogado que exista, te lo aseguro.Ahí sí, Marisa no solo sonrió con amargura; una sensación áspera le apretó la garganta, como si hubiera tragado algo muy amargo.Lo de Víctor Páez no era nada nuevo para ella; le había pedido ayuda a Samuel más de una vez.Y siempre, la familia Loredo se había hecho la desentendida.Pero para salvar al bebé de Noelia, Samuel era capaz de cualquier cosa.Marisa apretó los dientes y murmuró una sola palabra entre ellos.—Está bien.Marcó el número de Yolanda. Del otro lado, la respuesta llegó de inmediato y sin dudar.Eso fue lo que más le dolió a Marisa.La familia Páez también pasaba por momentos duros, pero aun así, Yolanda temía que a Marisa le fuera mal con los Loredo. Pese a sus propias dificultades, aceptó ayudarla sin titubeos.Incluso intentó sonar despreocupada, cambiando de tono para tranquilizarla.—Marisa, si se te ofrece algo, cuéntanos. No te preocupes por molestarnos, para eso estamos tu papá y yo.Marisa contuvo las ganas de llorar. No quería que nadie notara nada raro en su voz, pero al despedirse, Yolanda se dio cuenta enseguida.—Marisa, ¿qué tienes? ¿Todo bien? —preguntó Yolanda, llena de preocupación.Marisa apretó los labios y forzó una sonrisa.—No pasa nada, mamá. Solo que me bajó el periodo y me duele un poco el vientre.Colgó rápido, sin querer mentir más.En efecto, le había bajado. Las punzadas en su vientre eran tan fuertes que solo en cuclillas podía aliviarse un poco.Cuando finalmente se incorporó, notó las miradas extrañas de la gente a su alrededor.Ese día Marisa llevaba unos pantalones de mezclilla azul claro. Las manchas de sangre en una zona muy visible la hicieron sentir todavía más incómoda. Aun así, se obligó a levantarse y, apoyándose en la pared, se dirigió al baño de mujeres en el área de urgencias.Desde ahí, llamó a Samuel.—¿Me puedes traer unas toallas femeninas y otro pantalón? Estoy en el baño de mujeres del área de emergencias.Al otro lado, Samuel ni siquiera preguntó cómo estaba. Solo se apuró a decir:—Noelia está muy mal, ¿qué dijo el doctor Ramírez? ¿Aceptó o no?Marisa, a punto de perder el conocimiento por el dolor, se sostuvo de la pared, los labios tan pálidos como el papel.—El doctor Ramírez aceptó. ¿Ahora sí puedes traerme lo que te pedí? —Su voz era tan débil que cualquiera notaría que estaba al límite.Del otro lado, se oyó la voz de Noelia, exagerando su queja:—¡Amor, me duele! ¡Muchísimo! ¿Nuestro bebé se va a perder? Si pasa eso, ya no quiero seguir viviendo.Samuel colgó de golpe, dejando solo una frase.—Noelia está muy alterada, no me vengas con esas tonterías. Ve cómo te las arreglas.Marisa miró la pantalla apagada del teléfono y soltó una risa amarga. Si para Noelia, perder al bebé era motivo para no querer vivir, ¿entonces todo lo de Marisa era insignificante?Pero quien de verdad no tiene ganas de vivir, no lo anda diciendo a cada rato.Como aquella vez, cuando Marisa supo de la muerte de su esposo. Por más de un mes, ni siquiera pudo articular palabra, mucho menos andar gritando que quería morirse.Recordó los primeros días con Samuel. Por su piel sensible, era alérgica a la mayoría de las marcas de productos femeninos. Cada mes, Samuel recorría toda la ciudad para conseguirle la marca que ella podía usar.Ahora, sentada en el inodoro, pálida y débil, pero con la mirada firme, tomó el teléfono y marcó de nuevo a Yolanda.—Mamá, quiero que mi matrimonio se defina lo antes posible.

Sigue leyendo