Dalia Méndez siempre fue la niña privilegiada del barrio, y todos decían que había encontrado al amor de su vida. Desde pequeña, siempre fue la consentida de su familia y, al crecer, se casó con Cristóbal Guzmán, el chico de sus sueños. Juntos adoptaron a una hermosa niña. A simple vista, todo parecía perfecto. Sin embargo, un día, una revelación cambió todo su mundo: su hija adoptada era en realidad hija de Cristóbal con su amor de juventud, esa mujer que nunca salió de su corazón. Dalia descubrió que su matrimonio era una farsa, simplemente un arreglo para que la niña tuviera una madre. La pequeña también la rechazó sin consideración, demostrando que solo quería a su madre biológica. Cristóbal, que siempre puso excusas para no tener hijos con Dalia, solo esperaba el momento adecuado para deshacerse de ella. Con el corazón hecho pedazos, Dalia juró que no se daría por vencida. Con una determinación férrea, se propuso recuperar lo que era suyo. Cristóbal la había usado para sus negocios, pero ahora ella lucharía por la empresa. Si su hija la veía solo como una niñera gratuita, ella cortaría los lazos con firmeza. Una noche, Cristóbal y la niña llegaron a las puertas de la familia Méndez, rogando por una segunda oportunidad, pero esta vez, la familia Méndez cerró la puerta sin dudarlo. Dalia, con fuerza y serenidad, lo dejó claro: "No hay vuelta atrás."

Capítulo 1—Señora Guzmán, ya tenemos los resultados. El señor Guzmán y su hija adoptiva comparten una relación biológica.El recuerdo de las miradas compasivas de los empleados del laboratorio seguía fresco en la mente de Dalia Méndez. Sostenía con manos temblorosas la hoja del examen de paternidad, una que ya había leído incontables veces, y aun así seguía temblando de pies a cabeza.Era pleno verano, el calor apretaba, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran lanzado al fondo de un lago.La verdad, la idea de hacer el examen de paternidad le había surgido de la nada.Todo empezó la noche del cumpleaños de su hija, Sara Guzmán. Durante la fiesta, familiares y amigos no dejaban de repetir lo mucho que se le parecía a Cristóbal Guzmán, como si fueran padre e hija de sangre.Dalia no le dio importancia. Hasta que su mejor amiga, Leonor, se le acercó al día siguiente. Le contó que una conocida suya, que trabajaba en un laboratorio, había visto una foto familiar y estaba convencida de que Cristóbal y Sara eran padre e hija biológicos.Dalia pensó que era absurdo.Cristóbal siempre había sido conocido por su diagnóstico de infertilidad. Por eso, hacía cinco años, habían decidido adoptar a una bebé recién nacida. ¿Cómo podía ser posible que Sara fuera su hija biológica?A pesar de sus dudas, Leonor insistió en tomar algunas muestras de cabello de ambos y las mandó a analizar.Ahora, Dalia sentía que le debía un favor enorme a su amiga.Si no fuera por la insistencia de Leonor, jamás habría descubierto ese secreto.La niña que había criado con tanto amor y dedicación resultaba ser hija de Cristóbal... ¡Y de otra mujer!Cerró los ojos. Su mente era un remolino de pensamientos desordenados.Ya no podía esperar más. Tenía que ir a encarar a Cristóbal y exigirle explicaciones. ¿Cómo pudo engañarla durante cinco años?Sin pensarlo dos veces, Dalia tomó las llaves y se dirigió directo a la empresa.Sostenía el informe con tanta fuerza que casi lo arrugaba mientras avanzaba por los pasillos de Normedia, la compañía donde trabajaba. Los empleados la saludaban con una mezcla de respeto y cariño.Algunos la llamaban “señora”, otros preferían “señorita Méndez”.Dalia era la gerente del departamento de relaciones públicas. La recepcionista, al verla con lo que parecía un expediente, pensó que todo era rutina. La dejó pasar sin anunciar su llegada al despacho del director.Subió directo al elevador privado, sin detenerse ni mirar atrás. Al llegar, estaba por abrir la puerta de la oficina cuando una voz familiar la detuvo.—Hijo, últimamente cada vez más gente dice que tú y Sara parecen padre e hija. ¿No te preocupa que tu esposa empiece a sospechar?Dalia retiró la mano del picaporte de golpe.Era la voz de Olivia Guzmán, la madre de Cristóbal.Enseguida escuchó una risa suave y segura, inconfundible.—Mamá, ya tiene años que la gente comenta lo mismo. Dalia nunca le ha dado importancia, siempre piensa que la gente solo es cortés.Dalia se quedó paralizada, pegada a la pared, mirando a través de la persiana. Podía distinguir a Olivia y Cristóbal, sentados uno frente al otro, platicando alrededor de una mesa redonda, dándose la espalda a la puerta.Olivia levantó su taza de café y preguntó con voz calmada:—Aunque no sospeche eso, ahora que vas a firmar contrato con Norita y la vas a impulsar en la empresa, ¿estás seguro de que Dalia no se va a dar cuenta de nada? Ella también trabaja aquí.—Nora Soto acaba de entrar como mi artista—respondió Cristóbal con un dejo de fastidio, aunque se notaba un matiz de nostalgia en su voz—. Por ahora no va a pasar nada entre nosotros. Pero fue ella quien, por su carrera, decidió tener a la niña y dejarla conmigo, desapareciendo sin decir palabra. Al final me tocó buscarle una madre a la niña de último minuto.El nombre de Nora retumbó en la cabeza de Dalia.Normedia... Nora... Todo tenía sentido al fin. Sintió que la sangre le abandonaba la cara.Olivia, rápida, le pasó otra taza de café a su hijo.—Si ella regresa y quiere estar contigo, ¿qué vas a hacer con Dalia?Cristóbal se quedó callado, apretando la taza con los dedos.—Voy a pedirle a Dalia que renuncie. En un mes, haré que entregue su puesto y se vaya de la empresa. Luego, le propondré el divorcio. Al final, después de todo lo vivido juntos, voy a compensarla con tres millones de pesos.Tres millones...La mente de Dalia zumbaba, el pecho le oprimía y sentía que el aire no le alcanzaba.La avalancha de revelaciones la superó. Se llevó la mano al pecho y corrió al baño, buscando desesperada un respiro.El agua fría golpeó su cara, devolviéndole la lucidez.Siempre pensó que tenía la vida perfecta.Se había graduado de la universidad y su amor platónico, después de dos años, la sorprendió con una declaración apasionada y un cortejo público.Ambas familias se llevaban de maravilla, los padres apoyaron la relación y la boda fue un evento memorable.Pero después de casarse, a Cristóbal le diagnosticaron infertilidad. Aunque ella deseaba tener un hijo con el hombre que amaba, aceptó sin dudarlo la idea de adoptar.Justo entonces, en el hogar de niños del pueblo les avisaron que habían encontrado una bebé recién nacida abandonada en un bote de basura junto a la entrada...Comparados con quienes preferían adoptar hijos ya mayores, ellos pensaron que criar a una niña desde pequeña los ayudaría a evitar cualquier distancia en el futuro. Así, decidieron adoptar a la niña.Cristóbal fue quien eligió el nombre de la pequeña.La llamó Sara.Dalia todavía recordaba cómo en ese entonces había bromeado con Cristóbal, preguntándole por qué, si los dos iban a estar siempre al lado de la niña, tenía que ponerle un nombre que significara añoranza.Cristóbal solo sonrió y dijo que algún día Sara crecería, que tendrían que dejarla volar alto, y que entonces, inevitablemente, se extrañarían.Pero ahora, al mirar atrás, tanto el nombre de la niña como el de la empresa no eran más que pruebas del cariño y la nostalgia de Cristóbal por otra mujer.Ah, sí. La empresa.Después de casarse, Cristóbal de repente vendió su empresa financiera y quiso meterse en el mundo del entretenimiento.Dalia había dejado el negocio de la familia en manos de su hermano, y sin dudarlo, utilizó los ahorros de toda su vida para ayudar a Cristóbal a empezar de nuevo.Durante años, cada vez que había un escándalo con algún artista de la empresa, ella, como gerente de relaciones públicas, era la primera en salir a enfrentar el problema.Todos los desastres de los artistas más famosos los había resuelto ella.Dedicó toda su energía a la empresa y puso su corazón en el hogar, esforzándose cada día por ser la mejor empleada, la mejor esposa y la mejor madre.¿Y al final? Apareció la mujer que siempre fue el amor imposible de Cristóbal, y la vida de Dalia se vino abajo de un golpe.¿Creía que, siendo hija de la familia Méndez, le interesaba el dinero? ¿Qué clase de compensación era esa?La empresa existía en gran parte gracias a ella, que no solo puso el dinero, sino también el alma y el cuerpo. Y aun así, Cristóbal solo la había usado como excusa para atraer de vuelta a esa mujer y ofrecerle un contrato.El dolor apretaba el pecho de Dalia; no podía respirar. Se dejó caer frente al lavabo, temblando sin control.No supo cuánto tiempo pasó ahí, hasta que las piernas se le entumecieron. Finalmente, se obligó a levantarse, y en ese momento pensó en Sara.No importaba lo que pasara entre los adultos; los niños eran inocentes.Aunque Sara fuera hija de Cristóbal y esa mujer, después de cinco años conviviendo, para Dalia la niña ya era suya.¿Acaso Sara aceptaría que esa mujer la abandonara y luego regresara de repente, queriendo ser de nuevo su madre?Dalia se secó las lágrimas y tomó fuerzas para volver a casa.Al llegar, vio a dos empleadas en el vestidor rodeando a Sara, ayudándola a vestirse.Cada una sostenía uno de los vestidos de princesa que Dalia le había comprado a la niña.Sara se miraba en el espejo de cuerpo completo, sujetando la falda con las manos, indecisa.—Hmmm... ¿Cuál debería ponerme?Los ojos de Dalia, normalmente apagados, brillaron con un destello de ternura.Disimulando su dolor, estuvo a punto de entrar para ayudarla a elegir el vestido azul cielo, pero Sara se adelantó y lo tomó en sus manos.—Me pondré este. Escuché a papá decir que a ella le gusta el azul cielo.Dalia se quedó paralizada.Las empleadas, sin entender, sonrieron y le dijeron:—No importa lo que te pongas, la señora estará feliz contigo.Sara hizo un puchero y murmuró:—No estoy hablando de mamá. Pero igual voy a acercarme más a mi mamá, para que, igual que papá, se arrepienta de haberse ido y nos pida perdón.Dalia sintió que un rayo la partía en dos; la luz en sus ojos se apagó por completo.La mano con la que iba a abrir la puerta se le cayó, sin fuerzas.Así que hasta la niña sabía que su madre biológica había vuelto.Padre e hija solo pensaban en llamar la atención de Nora, deseando que ella regresara.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en todo esto?¿Acaso cinco años de cuidados y cariño podían ser borrados de un plumazo para la niña?¿Y para Cristóbal? ¿De verdad todo su apoyo y entrega, dentro y fuera de la empresa, podían pagarse con un simple acuerdo de divorcio y tres millones de pesos?No.No iba a dejar que la usaran y luego la desecharan como si fuera una pieza en el tablero.Antes de divorciarse, iba a recuperar todo lo que le correspondía y después desaparecer para siempre de la vida de esa pareja, regresando al calor de la familia Méndez.En su casa la esperaban sus padres y su hermano, siempre dispuestos a consentirla. Le dolía no haber visto antes la verdad, haber pasado cinco años criando a la hija de otra y siendo el escudo de una empresa que, en el fondo, nunca fue suya.Dalia se limpió las lágrimas, regresó a su habitación y marcó al abogado.—Quiero que me prepares un acuerdo de divorcio.—¿El señor Guzmán aceptó divorciarse?El abogado se quedó atónito.Había trabajado bajo las órdenes de Dalia por años, siempre creyendo que la pareja Guzmán tenía una relación sólida y estable.Dalia habló con un tono cortante:—No hace falta que él acepte. Voy a conseguir su firma de alguna manera. Cuando pasen los treinta días de espera para el divorcio, él y yo no tendremos nada más que ver.En el despacho del presidente, los documentos del área de relaciones públicas llegaban todos los días como si fueran ríos interminables.Conseguir la firma de Cristóbal no era más que un trámite, algo que podía hacerse casi sin pensar.El abogado no se atrevió a preguntar más. Solo asintió y colgó la llamada.Dalia apretó el celular, y su mirada se posó en la foto de bodas sobre la mesa junto a la cama. Sus ojos dejaron ver una mezcla de desesperanza y rechazo. Sin pensarlo, volteó el portarretratos, ocultando la imagen.En ese momento, alguien golpeó la puerta.La vocecita de Sara resonó al otro lado:—¡Mamá! Papá llamó y dijo que va a llegar en diez minutos, sal ya para cenar.Dalia se quedó inmóvil por un instante, como si la hubieran despertado de un sueño.Esa manera de hablarle... igual que antes, tan cercana y dulce, como si nada hubiera cambiado.La niña seguía siendo pequeña. Aunque pudiera resentir que su madre biológica la abandonara, en el fondo, la sangre tira. El lazo era irrompible.No era lo mismo que con Cristóbal.Al final, Sara y Nora no tenían ningún lazo afectivo, pero con Dalia, la niña había compartido cinco años pegada a ella, día y noche.Desde que nació, Dalia se encargó de cada aspecto de la vida de Sara. ¿Qué tan retorcido podía ser el corazón de una niña de cinco años? Imposible que solo la viera como una herramienta.Dalia se ablandó un poco y, tratando de recomponerse, contestó:—Está bien, ya voy.Dejó el celular sobre la cama y se levantó para salir.Apenas salió, Sara se le acercó y la tomó de la mano, sonriéndole con ese aire dulce e inocente que contagiaba alegría.—Mamá, hoy en la noche hay costillas agridulces, tus favoritas.Los ojos de la niña brillaban, tan distinta a la que hacía un rato se había cambiado de ropa.Tal vez, pensó Dalia, su hija sí sentía algo especial por ella.Sin querer, Dalia hizo lo de siempre: alzó la mano y acarició la mejilla suave y regordeta de Sara.—Más bien son tus favoritas, pequeña tragona.Sara soltó una carcajada y la jaló para bajar corriendo las escaleras.La mesa ya estaba servida, y la empleada había puesto cuchillo y tenedor en cada puesto antes de irse al sillón, donde empezó a recoger la mochila escolar de Sara.Dalia y Sara apenas se sentaron cuando la empleada exclamó:—Señorita Sara, ¿qué es esto?Dalia volteó y vio que la empleada sacaba un frasco de vidrio de la mochila de Sara. Dentro había varias grullas de papel azul cielo.De pronto, a Dalia le vino a la mente que la semana pasada la maestra del kínder había dejado de tarea hacer grullas de papel para regalarle a la mamá.—¡No lo toques! —gritó Sara de repente, y corrió a arrebatarle el frasco a la empleada.La empleada, sorprendida, se apresuró a disculparse:—Perdón, perdón, señorita. No fue mi intención.—¡Es un regalo para alguien! ¡No toquen mi mochila! —Sara abrazó el frasco y frunció los labios, molesta.Dalia se quedó sentada a la mesa, mirando las grullas azules en brazos de su hija. El cariño que acababa de nacer en su pecho se fue apagando poco a poco, como una vela bajo la lluvia.Le costó trabajo respirar, pero fingió no saber nada:—Sara, ¿ese regalo para quién es?Los ojos de Sara titilaron, y pareció incómoda.Metió el frasco de nuevo en la mochila y murmuró, esquivando la mirada de Dalia:—Ay, es para una persona muy importante, mamá. ¡Ya no preguntes! Es mi secreto.El pecho de Dalia se sintió aún más pesado.La tarea del kínder era hacer un regalo para papá o mamá.Dalia sabía que Cristóbal no le daba importancia a esas cosas. Desde los tres años, cada vez que Sara tenía que regalar algo, siempre se lo daba a ella.Capítulo 2—Señora Guzmán, ya tenemos los resultados. El señor Guzmán y su hija adoptiva comparten una relación biológica.El recuerdo de las miradas compasivas de los empleados del laboratorio seguía fresco en la mente de Dalia Méndez. Sostenía con manos temblorosas la hoja del examen de paternidad, una que ya había leído incontables veces, y aun así seguía temblando de pies a cabeza.Era pleno verano, el calor apretaba, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran lanzado al fondo de un lago.La verdad, la idea de hacer el examen de paternidad le había surgido de la nada.Todo empezó la noche del cumpleaños de su hija, Sara Guzmán. Durante la fiesta, familiares y amigos no dejaban de repetir lo mucho que se le parecía a Cristóbal Guzmán, como si fueran padre e hija de sangre.Dalia no le dio importancia. Hasta que su mejor amiga, Leonor, se le acercó al día siguiente. Le contó que una conocida suya, que trabajaba en un laboratorio, había visto una foto familiar y estaba convencida de que Cristóbal y Sara eran padre e hija biológicos.Dalia pensó que era absurdo.Cristóbal siempre había sido conocido por su diagnóstico de infertilidad. Por eso, hacía cinco años, habían decidido adoptar a una bebé recién nacida. ¿Cómo podía ser posible que Sara fuera su hija biológica?A pesar de sus dudas, Leonor insistió en tomar algunas muestras de cabello de ambos y las mandó a analizar.Ahora, Dalia sentía que le debía un favor enorme a su amiga.Si no fuera por la insistencia de Leonor, jamás habría descubierto ese secreto.La niña que había criado con tanto amor y dedicación resultaba ser hija de Cristóbal... ¡Y de otra mujer!Cerró los ojos. Su mente era un remolino de pensamientos desordenados.Ya no podía esperar más. Tenía que ir a encarar a Cristóbal y exigirle explicaciones. ¿Cómo pudo engañarla durante cinco años?Sin pensarlo dos veces, Dalia tomó las llaves y se dirigió directo a la empresa.Sostenía el informe con tanta fuerza que casi lo arrugaba mientras avanzaba por los pasillos de Normedia, la compañía donde trabajaba. Los empleados la saludaban con una mezcla de respeto y cariño.Algunos la llamaban “señora”, otros preferían “señorita Méndez”.Dalia era la gerente del departamento de relaciones públicas. La recepcionista, al verla con lo que parecía un expediente, pensó que todo era rutina. La dejó pasar sin anunciar su llegada al despacho del director.Subió directo al elevador privado, sin detenerse ni mirar atrás. Al llegar, estaba por abrir la puerta de la oficina cuando una voz familiar la detuvo.—Hijo, últimamente cada vez más gente dice que tú y Sara parecen padre e hija. ¿No te preocupa que tu esposa empiece a sospechar?Dalia retiró la mano del picaporte de golpe.Era la voz de Olivia Guzmán, la madre de Cristóbal.Enseguida escuchó una risa suave y segura, inconfundible.—Mamá, ya tiene años que la gente comenta lo mismo. Dalia nunca le ha dado importancia, siempre piensa que la gente solo es cortés.Dalia se quedó paralizada, pegada a la pared, mirando a través de la persiana. Podía distinguir a Olivia y Cristóbal, sentados uno frente al otro, platicando alrededor de una mesa redonda, dándose la espalda a la puerta.Olivia levantó su taza de café y preguntó con voz calmada:—Aunque no sospeche eso, ahora que vas a firmar contrato con Norita y la vas a impulsar en la empresa, ¿estás seguro de que Dalia no se va a dar cuenta de nada? Ella también trabaja aquí.—Nora Soto acaba de entrar como mi artista—respondió Cristóbal con un dejo de fastidio, aunque se notaba un matiz de nostalgia en su voz—. Por ahora no va a pasar nada entre nosotros. Pero fue ella quien, por su carrera, decidió tener a la niña y dejarla conmigo, desapareciendo sin decir palabra. Al final me tocó buscarle una madre a la niña de último minuto.El nombre de Nora retumbó en la cabeza de Dalia.Normedia... Nora... Todo tenía sentido al fin. Sintió que la sangre le abandonaba la cara.Olivia, rápida, le pasó otra taza de café a su hijo.—Si ella regresa y quiere estar contigo, ¿qué vas a hacer con Dalia?Cristóbal se quedó callado, apretando la taza con los dedos.—Voy a pedirle a Dalia que renuncie. En un mes, haré que entregue su puesto y se vaya de la empresa. Luego, le propondré el divorcio. Al final, después de todo lo vivido juntos, voy a compensarla con tres millones de pesos.Tres millones...La mente de Dalia zumbaba, el pecho le oprimía y sentía que el aire no le alcanzaba.La avalancha de revelaciones la superó. Se llevó la mano al pecho y corrió al baño, buscando desesperada un respiro.El agua fría golpeó su cara, devolviéndole la lucidez.Siempre pensó que tenía la vida perfecta.Se había graduado de la universidad y su amor platónico, después de dos años, la sorprendió con una declaración apasionada y un cortejo público.Ambas familias se llevaban de maravilla, los padres apoyaron la relación y la boda fue un evento memorable.Pero después de casarse, a Cristóbal le diagnosticaron infertilidad. Aunque ella deseaba tener un hijo con el hombre que amaba, aceptó sin dudarlo la idea de adoptar.Justo entonces, en el hogar de niños del pueblo les avisaron que habían encontrado una bebé recién nacida abandonada en un bote de basura junto a la entrada...Comparados con quienes preferían adoptar hijos ya mayores, ellos pensaron que criar a una niña desde pequeña los ayudaría a evitar cualquier distancia en el futuro. Así, decidieron adoptar a la niña.Cristóbal fue quien eligió el nombre de la pequeña.La llamó Sara.Dalia todavía recordaba cómo en ese entonces había bromeado con Cristóbal, preguntándole por qué, si los dos iban a estar siempre al lado de la niña, tenía que ponerle un nombre que significara añoranza.Cristóbal solo sonrió y dijo que algún día Sara crecería, que tendrían que dejarla volar alto, y que entonces, inevitablemente, se extrañarían.Pero ahora, al mirar atrás, tanto el nombre de la niña como el de la empresa no eran más que pruebas del cariño y la nostalgia de Cristóbal por otra mujer.Ah, sí. La empresa.Después de casarse, Cristóbal de repente vendió su empresa financiera y quiso meterse en el mundo del entretenimiento.Dalia había dejado el negocio de la familia en manos de su hermano, y sin dudarlo, utilizó los ahorros de toda su vida para ayudar a Cristóbal a empezar de nuevo.Durante años, cada vez que había un escándalo con algún artista de la empresa, ella, como gerente de relaciones públicas, era la primera en salir a enfrentar el problema.Todos los desastres de los artistas más famosos los había resuelto ella.Dedicó toda su energía a la empresa y puso su corazón en el hogar, esforzándose cada día por ser la mejor empleada, la mejor esposa y la mejor madre.¿Y al final? Apareció la mujer que siempre fue el amor imposible de Cristóbal, y la vida de Dalia se vino abajo de un golpe.¿Creía que, siendo hija de la familia Méndez, le interesaba el dinero? ¿Qué clase de compensación era esa?La empresa existía en gran parte gracias a ella, que no solo puso el dinero, sino también el alma y el cuerpo. Y aun así, Cristóbal solo la había usado como excusa para atraer de vuelta a esa mujer y ofrecerle un contrato.El dolor apretaba el pecho de Dalia; no podía respirar. Se dejó caer frente al lavabo, temblando sin control.No supo cuánto tiempo pasó ahí, hasta que las piernas se le entumecieron. Finalmente, se obligó a levantarse, y en ese momento pensó en Sara.No importaba lo que pasara entre los adultos; los niños eran inocentes.Aunque Sara fuera hija de Cristóbal y esa mujer, después de cinco años conviviendo, para Dalia la niña ya era suya.¿Acaso Sara aceptaría que esa mujer la abandonara y luego regresara de repente, queriendo ser de nuevo su madre?Dalia se secó las lágrimas y tomó fuerzas para volver a casa.Al llegar, vio a dos empleadas en el vestidor rodeando a Sara, ayudándola a vestirse.Cada una sostenía uno de los vestidos de princesa que Dalia le había comprado a la niña.Sara se miraba en el espejo de cuerpo completo, sujetando la falda con las manos, indecisa.—Hmmm... ¿Cuál debería ponerme?Los ojos de Dalia, normalmente apagados, brillaron con un destello de ternura.Disimulando su dolor, estuvo a punto de entrar para ayudarla a elegir el vestido azul cielo, pero Sara se adelantó y lo tomó en sus manos.—Me pondré este. Escuché a papá decir que a ella le gusta el azul cielo.Dalia se quedó paralizada.Las empleadas, sin entender, sonrieron y le dijeron:—No importa lo que te pongas, la señora estará feliz contigo.Sara hizo un puchero y murmuró:—No estoy hablando de mamá. Pero igual voy a acercarme más a mi mamá, para que, igual que papá, se arrepienta de haberse ido y nos pida perdón.Dalia sintió que un rayo la partía en dos; la luz en sus ojos se apagó por completo.La mano con la que iba a abrir la puerta se le cayó, sin fuerzas.Así que hasta la niña sabía que su madre biológica había vuelto.Padre e hija solo pensaban en llamar la atención de Nora, deseando que ella regresara.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en todo esto?¿Acaso cinco años de cuidados y cariño podían ser borrados de un plumazo para la niña?¿Y para Cristóbal? ¿De verdad todo su apoyo y entrega, dentro y fuera de la empresa, podían pagarse con un simple acuerdo de divorcio y tres millones de pesos?No.No iba a dejar que la usaran y luego la desecharan como si fuera una pieza en el tablero.Antes de divorciarse, iba a recuperar todo lo que le correspondía y después desaparecer para siempre de la vida de esa pareja, regresando al calor de la familia Méndez.En su casa la esperaban sus padres y su hermano, siempre dispuestos a consentirla. Le dolía no haber visto antes la verdad, haber pasado cinco años criando a la hija de otra y siendo el escudo de una empresa que, en el fondo, nunca fue suya.Dalia se limpió las lágrimas, regresó a su habitación y marcó al abogado.—Quiero que me prepares un acuerdo de divorcio.—¿El señor Guzmán aceptó divorciarse?El abogado se quedó atónito.Había trabajado bajo las órdenes de Dalia por años, siempre creyendo que la pareja Guzmán tenía una relación sólida y estable.Dalia habló con un tono cortante:—No hace falta que él acepte. Voy a conseguir su firma de alguna manera. Cuando pasen los treinta días de espera para el divorcio, él y yo no tendremos nada más que ver.En el despacho del presidente, los documentos del área de relaciones públicas llegaban todos los días como si fueran ríos interminables.Conseguir la firma de Cristóbal no era más que un trámite, algo que podía hacerse casi sin pensar.El abogado no se atrevió a preguntar más. Solo asintió y colgó la llamada.Dalia apretó el celular, y su mirada se posó en la foto de bodas sobre la mesa junto a la cama. Sus ojos dejaron ver una mezcla de desesperanza y rechazo. Sin pensarlo, volteó el portarretratos, ocultando la imagen.En ese momento, alguien golpeó la puerta.La vocecita de Sara resonó al otro lado:—¡Mamá! Papá llamó y dijo que va a llegar en diez minutos, sal ya para cenar.Dalia se quedó inmóvil por un instante, como si la hubieran despertado de un sueño.Esa manera de hablarle... igual que antes, tan cercana y dulce, como si nada hubiera cambiado.La niña seguía siendo pequeña. Aunque pudiera resentir que su madre biológica la abandonara, en el fondo, la sangre tira. El lazo era irrompible.No era lo mismo que con Cristóbal.Al final, Sara y Nora no tenían ningún lazo afectivo, pero con Dalia, la niña había compartido cinco años pegada a ella, día y noche.Desde que nació, Dalia se encargó de cada aspecto de la vida de Sara. ¿Qué tan retorcido podía ser el corazón de una niña de cinco años? Imposible que solo la viera como una herramienta.Dalia se ablandó un poco y, tratando de recomponerse, contestó:—Está bien, ya voy.Dejó el celular sobre la cama y se levantó para salir.Apenas salió, Sara se le acercó y la tomó de la mano, sonriéndole con ese aire dulce e inocente que contagiaba alegría.—Mamá, hoy en la noche hay costillas agridulces, tus favoritas.Los ojos de la niña brillaban, tan distinta a la que hacía un rato se había cambiado de ropa.Tal vez, pensó Dalia, su hija sí sentía algo especial por ella.Sin querer, Dalia hizo lo de siempre: alzó la mano y acarició la mejilla suave y regordeta de Sara.—Más bien son tus favoritas, pequeña tragona.Sara soltó una carcajada y la jaló para bajar corriendo las escaleras.La mesa ya estaba servida, y la empleada había puesto cuchillo y tenedor en cada puesto antes de irse al sillón, donde empezó a recoger la mochila escolar de Sara.Dalia y Sara apenas se sentaron cuando la empleada exclamó:—Señorita Sara, ¿qué es esto?Dalia volteó y vio que la empleada sacaba un frasco de vidrio de la mochila de Sara. Dentro había varias grullas de papel azul cielo.De pronto, a Dalia le vino a la mente que la semana pasada la maestra del kínder había dejado de tarea hacer grullas de papel para regalarle a la mamá.—¡No lo toques! —gritó Sara de repente, y corrió a arrebatarle el frasco a la empleada.La empleada, sorprendida, se apresuró a disculparse:—Perdón, perdón, señorita. No fue mi intención.—¡Es un regalo para alguien! ¡No toquen mi mochila! —Sara abrazó el frasco y frunció los labios, molesta.Dalia se quedó sentada a la mesa, mirando las grullas azules en brazos de su hija. El cariño que acababa de nacer en su pecho se fue apagando poco a poco, como una vela bajo la lluvia.Le costó trabajo respirar, pero fingió no saber nada:—Sara, ¿ese regalo para quién es?Los ojos de Sara titilaron, y pareció incómoda.Metió el frasco de nuevo en la mochila y murmuró, esquivando la mirada de Dalia:—Ay, es para una persona muy importante, mamá. ¡Ya no preguntes! Es mi secreto.El pecho de Dalia se sintió aún más pesado.La tarea del kínder era hacer un regalo para papá o mamá.Dalia sabía que Cristóbal no le daba importancia a esas cosas. Desde los tres años, cada vez que Sara tenía que regalar algo, siempre se lo daba a ella.Capítulo 3—Señora Guzmán, ya tenemos los resultados. El señor Guzmán y su hija adoptiva comparten una relación biológica.El recuerdo de las miradas compasivas de los empleados del laboratorio seguía fresco en la mente de Dalia Méndez. Sostenía con manos temblorosas la hoja del examen de paternidad, una que ya había leído incontables veces, y aun así seguía temblando de pies a cabeza.Era pleno verano, el calor apretaba, pero ella sentía el cuerpo helado, como si la hubieran lanzado al fondo de un lago.La verdad, la idea de hacer el examen de paternidad le había surgido de la nada.Todo empezó la noche del cumpleaños de su hija, Sara Guzmán. Durante la fiesta, familiares y amigos no dejaban de repetir lo mucho que se le parecía a Cristóbal Guzmán, como si fueran padre e hija de sangre.Dalia no le dio importancia. Hasta que su mejor amiga, Leonor, se le acercó al día siguiente. Le contó que una conocida suya, que trabajaba en un laboratorio, había visto una foto familiar y estaba convencida de que Cristóbal y Sara eran padre e hija biológicos.Dalia pensó que era absurdo.Cristóbal siempre había sido conocido por su diagnóstico de infertilidad. Por eso, hacía cinco años, habían decidido adoptar a una bebé recién nacida. ¿Cómo podía ser posible que Sara fuera su hija biológica?A pesar de sus dudas, Leonor insistió en tomar algunas muestras de cabello de ambos y las mandó a analizar.Ahora, Dalia sentía que le debía un favor enorme a su amiga.Si no fuera por la insistencia de Leonor, jamás habría descubierto ese secreto.La niña que había criado con tanto amor y dedicación resultaba ser hija de Cristóbal... ¡Y de otra mujer!Cerró los ojos. Su mente era un remolino de pensamientos desordenados.Ya no podía esperar más. Tenía que ir a encarar a Cristóbal y exigirle explicaciones. ¿Cómo pudo engañarla durante cinco años?Sin pensarlo dos veces, Dalia tomó las llaves y se dirigió directo a la empresa.Sostenía el informe con tanta fuerza que casi lo arrugaba mientras avanzaba por los pasillos de Normedia, la compañía donde trabajaba. Los empleados la saludaban con una mezcla de respeto y cariño.Algunos la llamaban “señora”, otros preferían “señorita Méndez”.Dalia era la gerente del departamento de relaciones públicas. La recepcionista, al verla con lo que parecía un expediente, pensó que todo era rutina. La dejó pasar sin anunciar su llegada al despacho del director.Subió directo al elevador privado, sin detenerse ni mirar atrás. Al llegar, estaba por abrir la puerta de la oficina cuando una voz familiar la detuvo.—Hijo, últimamente cada vez más gente dice que tú y Sara parecen padre e hija. ¿No te preocupa que tu esposa empiece a sospechar?Dalia retiró la mano del picaporte de golpe.Era la voz de Olivia Guzmán, la madre de Cristóbal.Enseguida escuchó una risa suave y segura, inconfundible.—Mamá, ya tiene años que la gente comenta lo mismo. Dalia nunca le ha dado importancia, siempre piensa que la gente solo es cortés.Dalia se quedó paralizada, pegada a la pared, mirando a través de la persiana. Podía distinguir a Olivia y Cristóbal, sentados uno frente al otro, platicando alrededor de una mesa redonda, dándose la espalda a la puerta.Olivia levantó su taza de café y preguntó con voz calmada:—Aunque no sospeche eso, ahora que vas a firmar contrato con Norita y la vas a impulsar en la empresa, ¿estás seguro de que Dalia no se va a dar cuenta de nada? Ella también trabaja aquí.—Nora Soto acaba de entrar como mi artista—respondió Cristóbal con un dejo de fastidio, aunque se notaba un matiz de nostalgia en su voz—. Por ahora no va a pasar nada entre nosotros. Pero fue ella quien, por su carrera, decidió tener a la niña y dejarla conmigo, desapareciendo sin decir palabra. Al final me tocó buscarle una madre a la niña de último minuto.El nombre de Nora retumbó en la cabeza de Dalia.Normedia... Nora... Todo tenía sentido al fin. Sintió que la sangre le abandonaba la cara.Olivia, rápida, le pasó otra taza de café a su hijo.—Si ella regresa y quiere estar contigo, ¿qué vas a hacer con Dalia?Cristóbal se quedó callado, apretando la taza con los dedos.—Voy a pedirle a Dalia que renuncie. En un mes, haré que entregue su puesto y se vaya de la empresa. Luego, le propondré el divorcio. Al final, después de todo lo vivido juntos, voy a compensarla con tres millones de pesos.Tres millones...La mente de Dalia zumbaba, el pecho le oprimía y sentía que el aire no le alcanzaba.La avalancha de revelaciones la superó. Se llevó la mano al pecho y corrió al baño, buscando desesperada un respiro.El agua fría golpeó su cara, devolviéndole la lucidez.Siempre pensó que tenía la vida perfecta.Se había graduado de la universidad y su amor platónico, después de dos años, la sorprendió con una declaración apasionada y un cortejo público.Ambas familias se llevaban de maravilla, los padres apoyaron la relación y la boda fue un evento memorable.Pero después de casarse, a Cristóbal le diagnosticaron infertilidad. Aunque ella deseaba tener un hijo con el hombre que amaba, aceptó sin dudarlo la idea de adoptar.Justo entonces, en el hogar de niños del pueblo les avisaron que habían encontrado una bebé recién nacida abandonada en un bote de basura junto a la entrada...Comparados con quienes preferían adoptar hijos ya mayores, ellos pensaron que criar a una niña desde pequeña los ayudaría a evitar cualquier distancia en el futuro. Así, decidieron adoptar a la niña.Cristóbal fue quien eligió el nombre de la pequeña.La llamó Sara.Dalia todavía recordaba cómo en ese entonces había bromeado con Cristóbal, preguntándole por qué, si los dos iban a estar siempre al lado de la niña, tenía que ponerle un nombre que significara añoranza.Cristóbal solo sonrió y dijo que algún día Sara crecería, que tendrían que dejarla volar alto, y que entonces, inevitablemente, se extrañarían.Pero ahora, al mirar atrás, tanto el nombre de la niña como el de la empresa no eran más que pruebas del cariño y la nostalgia de Cristóbal por otra mujer.Ah, sí. La empresa.Después de casarse, Cristóbal de repente vendió su empresa financiera y quiso meterse en el mundo del entretenimiento.Dalia había dejado el negocio de la familia en manos de su hermano, y sin dudarlo, utilizó los ahorros de toda su vida para ayudar a Cristóbal a empezar de nuevo.Durante años, cada vez que había un escándalo con algún artista de la empresa, ella, como gerente de relaciones públicas, era la primera en salir a enfrentar el problema.Todos los desastres de los artistas más famosos los había resuelto ella.Dedicó toda su energía a la empresa y puso su corazón en el hogar, esforzándose cada día por ser la mejor empleada, la mejor esposa y la mejor madre.¿Y al final? Apareció la mujer que siempre fue el amor imposible de Cristóbal, y la vida de Dalia se vino abajo de un golpe.¿Creía que, siendo hija de la familia Méndez, le interesaba el dinero? ¿Qué clase de compensación era esa?La empresa existía en gran parte gracias a ella, que no solo puso el dinero, sino también el alma y el cuerpo. Y aun así, Cristóbal solo la había usado como excusa para atraer de vuelta a esa mujer y ofrecerle un contrato.El dolor apretaba el pecho de Dalia; no podía respirar. Se dejó caer frente al lavabo, temblando sin control.No supo cuánto tiempo pasó ahí, hasta que las piernas se le entumecieron. Finalmente, se obligó a levantarse, y en ese momento pensó en Sara.No importaba lo que pasara entre los adultos; los niños eran inocentes.Aunque Sara fuera hija de Cristóbal y esa mujer, después de cinco años conviviendo, para Dalia la niña ya era suya.¿Acaso Sara aceptaría que esa mujer la abandonara y luego regresara de repente, queriendo ser de nuevo su madre?Dalia se secó las lágrimas y tomó fuerzas para volver a casa.Al llegar, vio a dos empleadas en el vestidor rodeando a Sara, ayudándola a vestirse.Cada una sostenía uno de los vestidos de princesa que Dalia le había comprado a la niña.Sara se miraba en el espejo de cuerpo completo, sujetando la falda con las manos, indecisa.—Hmmm... ¿Cuál debería ponerme?Los ojos de Dalia, normalmente apagados, brillaron con un destello de ternura.Disimulando su dolor, estuvo a punto de entrar para ayudarla a elegir el vestido azul cielo, pero Sara se adelantó y lo tomó en sus manos.—Me pondré este. Escuché a papá decir que a ella le gusta el azul cielo.Dalia se quedó paralizada.Las empleadas, sin entender, sonrieron y le dijeron:—No importa lo que te pongas, la señora estará feliz contigo.Sara hizo un puchero y murmuró:—No estoy hablando de mamá. Pero igual voy a acercarme más a mi mamá, para que, igual que papá, se arrepienta de haberse ido y nos pida perdón.Dalia sintió que un rayo la partía en dos; la luz en sus ojos se apagó por completo.La mano con la que iba a abrir la puerta se le cayó, sin fuerzas.Así que hasta la niña sabía que su madre biológica había vuelto.Padre e hija solo pensaban en llamar la atención de Nora, deseando que ella regresara.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en todo esto?¿Acaso cinco años de cuidados y cariño podían ser borrados de un plumazo para la niña?¿Y para Cristóbal? ¿De verdad todo su apoyo y entrega, dentro y fuera de la empresa, podían pagarse con un simple acuerdo de divorcio y tres millones de pesos?No.No iba a dejar que la usaran y luego la desecharan como si fuera una pieza en el tablero.Antes de divorciarse, iba a recuperar todo lo que le correspondía y después desaparecer para siempre de la vida de esa pareja, regresando al calor de la familia Méndez.En su casa la esperaban sus padres y su hermano, siempre dispuestos a consentirla. Le dolía no haber visto antes la verdad, haber pasado cinco años criando a la hija de otra y siendo el escudo de una empresa que, en el fondo, nunca fue suya.Dalia se limpió las lágrimas, regresó a su habitación y marcó al abogado.—Quiero que me prepares un acuerdo de divorcio.—¿El señor Guzmán aceptó divorciarse?El abogado se quedó atónito.Había trabajado bajo las órdenes de Dalia por años, siempre creyendo que la pareja Guzmán tenía una relación sólida y estable.Dalia habló con un tono cortante:—No hace falta que él acepte. Voy a conseguir su firma de alguna manera. Cuando pasen los treinta días de espera para el divorcio, él y yo no tendremos nada más que ver.En el despacho del presidente, los documentos del área de relaciones públicas llegaban todos los días como si fueran ríos interminables.Conseguir la firma de Cristóbal no era más que un trámite, algo que podía hacerse casi sin pensar.El abogado no se atrevió a preguntar más. Solo asintió y colgó la llamada.Dalia apretó el celular, y su mirada se posó en la foto de bodas sobre la mesa junto a la cama. Sus ojos dejaron ver una mezcla de desesperanza y rechazo. Sin pensarlo, volteó el portarretratos, ocultando la imagen.En ese momento, alguien golpeó la puerta.La vocecita de Sara resonó al otro lado:—¡Mamá! Papá llamó y dijo que va a llegar en diez minutos, sal ya para cenar.Dalia se quedó inmóvil por un instante, como si la hubieran despertado de un sueño.Esa manera de hablarle... igual que antes, tan cercana y dulce, como si nada hubiera cambiado.La niña seguía siendo pequeña. Aunque pudiera resentir que su madre biológica la abandonara, en el fondo, la sangre tira. El lazo era irrompible.No era lo mismo que con Cristóbal.Al final, Sara y Nora no tenían ningún lazo afectivo, pero con Dalia, la niña había compartido cinco años pegada a ella, día y noche.Desde que nació, Dalia se encargó de cada aspecto de la vida de Sara. ¿Qué tan retorcido podía ser el corazón de una niña de cinco años? Imposible que solo la viera como una herramienta.Dalia se ablandó un poco y, tratando de recomponerse, contestó:—Está bien, ya voy.Dejó el celular sobre la cama y se levantó para salir.Apenas salió, Sara se le acercó y la tomó de la mano, sonriéndole con ese aire dulce e inocente que contagiaba alegría.—Mamá, hoy en la noche hay costillas agridulces, tus favoritas.Los ojos de la niña brillaban, tan distinta a la que hacía un rato se había cambiado de ropa.Tal vez, pensó Dalia, su hija sí sentía algo especial por ella.Sin querer, Dalia hizo lo de siempre: alzó la mano y acarició la mejilla suave y regordeta de Sara.—Más bien son tus favoritas, pequeña tragona.Sara soltó una carcajada y la jaló para bajar corriendo las escaleras.La mesa ya estaba servida, y la empleada había puesto cuchillo y tenedor en cada puesto antes de irse al sillón, donde empezó a recoger la mochila escolar de Sara.Dalia y Sara apenas se sentaron cuando la empleada exclamó:—Señorita Sara, ¿qué es esto?Dalia volteó y vio que la empleada sacaba un frasco de vidrio de la mochila de Sara. Dentro había varias grullas de papel azul cielo.De pronto, a Dalia le vino a la mente que la semana pasada la maestra del kínder había dejado de tarea hacer grullas de papel para regalarle a la mamá.—¡No lo toques! —gritó Sara de repente, y corrió a arrebatarle el frasco a la empleada.La empleada, sorprendida, se apresuró a disculparse:—Perdón, perdón, señorita. No fue mi intención.—¡Es un regalo para alguien! ¡No toquen mi mochila! —Sara abrazó el frasco y frunció los labios, molesta.Dalia se quedó sentada a la mesa, mirando las grullas azules en brazos de su hija. El cariño que acababa de nacer en su pecho se fue apagando poco a poco, como una vela bajo la lluvia.Le costó trabajo respirar, pero fingió no saber nada:—Sara, ¿ese regalo para quién es?Los ojos de Sara titilaron, y pareció incómoda.Metió el frasco de nuevo en la mochila y murmuró, esquivando la mirada de Dalia:—Ay, es para una persona muy importante, mamá. ¡Ya no preguntes! Es mi secreto.El pecho de Dalia se sintió aún más pesado.La tarea del kínder era hacer un regalo para papá o mamá.Dalia sabía que Cristóbal no le daba importancia a esas cosas. Desde los tres años, cada vez que Sara tenía que regalar algo, siempre se lo daba a ella.

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