Rebeca Galindo y Gabriel Ortega se encontraron en la universidad, donde nació un amor que parecía inquebrantable. Al egresar, sus vidas tomaron caminos divergentes. Gabriel fue seleccionado para seguir con el legado familiar y se convirtió rápidamente en una figura clave dentro del prestigioso Grupo Ortega. Rebeca, en cambio, se abrió camino con su propio talento, ascendiendo de programadora novata a ser la pieza clave en un estudio de inteligencia artificial innovador. Gabriel deseaba que Rebeca dejara atrás el arduo mundo de la programación para ser su asistente personal, ofreciéndole una vida cómoda y segura en el Grupo Ortega. Pero el sueño de Rebeca nunca fue ser el apoyo callado de su esposo; su verdadera pasión era impactar al mundo con la tecnología. Con el desarrollo de robots IA, su meta era democratizar la atención médica de avanzada, alcanzando cada rincón del planeta como una notable ingeniera. Las distintas ambiciones comenzaron a generar tensiones entre ambos, especialmente cuando Rebeca, en su búsqueda por innovar, se encontró con un camino lleno de obstáculos y revelaciones inquietantes. Detrás del poderío de Grupo Ortega, había un control oculto sobre la industria y un caleidoscopio de problemas médicos cuidadosamente ocultados. A medida que Rebeca avanza, resolviendo enigmas y destapando verdades ocultas, queda en el aire si esta pareja, podrá restaurar su confianza mutua y superar las barreras que los separan. Para Rebeca, su misión es clara: la inteligencia artificial debe ser una herramienta de bien, jamás un instrumento al servicio de la injusticia.

Capítulo 1El calor de junio en Solebella era insoportable. El aire arrastraba consigo una humedad pegajosa que se sentía en la piel, y Rebeca Galindo, con la mirada fija en las líneas de código que desfilaban por la pantalla, sentía cómo se formaban pequeñas gotas de sudor en su frente. El aire acondicionado llevaba tres días descompuesto, y el jefe no hacía más que repetir que el técnico vendría “en unos días”. El área de desarrollo de Lab AI Infinito se había vuelto una especie de sauna en la que el bochorno parecía no dar tregua.—Rebe, este parámetro de la función… todavía no lo entiendo del todo…La voz tímida venía del lado derecho. Rebeca giró apenas la cabeza y vio a Noelia Gómez, la nueva practicante. Era su primer día, llevaba una coleta baja, la camisa blanca arrugada y un libro viejo de Python entre las manos, tan manoseado que las esquinas estaban dobladas. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de las hojas.—¿Qué parte no entiendes? —preguntó Rebeca, sin apartar la vista de su pantalla. Estaba en medio de depurar el módulo de reconocimiento de voz para su robot emocional; cualquier distracción podía costarle horas de trabajo.—Es que… es sobre la llamada recursiva… ¿por qué aparece error de desbordamiento de pila? —Noelia se acercó arrastrando la silla, y el aroma a limón barato de su shampoo flotó en el aire, mezclándose con el calor y el olor a café instantáneo.Rebeca echó un vistazo a su pantalla: veinte líneas de código con tres fallas evidentes. Golpeó suavemente la mesa con los dedos, lista para explicar, pero un recuerdo matutino la asaltó de improviso—.Gabriel Ortega estaba sentado al otro lado de la mesa, los cubiertos de plata tintineando con cada movimiento. Siempre igual: hasta para comer tenía ese aire pulcro y calculado, típico del heredero de la familia Ortega, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente al espejo.—Rebe, el lunes que viene vente conmigo a Grupo Ortega —le había dicho, cortando su filete con parsimonia, como si sólo hablara del clima—. Le pedí a Recursos Humanos que te asignen el escritorio junto al mío, serás mi asistente personal. Te pagaré el triple de lo que ganas aquí.Rebeca apretó el café entre los dedos, buscando en la taza algo de alivio para el coraje que le quemaba el pecho.—No voy a ir —soltó, sin rodeos.—¿Por qué no? —Gabriel alzó la mirada, sus pestañas largas proyectando una sombra leve sobre la piel—. ¿Cuántos son aquí? ¿Cinco personas? Te desvelas diario, el aire ni funciona y nadie se preocupa. En Grupo Ortega podrías estar mucho mejor. Una vida más fácil.—¿Mejor? —Rebeca se rio, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Mejor significa organizarte la agenda, lidiar con tus clientes interesados en quedar bien, y pasarme el día ordenando tus papeles? ¿Eso es lo que tú llamas vida fácil?—Sólo quiero que tengamos más tiempo juntos —Gabriel bajó la voz, frunciendo el ceño—. Apenas nos vemos una vez por semana, yo…—Gabriel —lo interrumpió ella, mirándolo con firmeza—, estudié inteligencia artificial porque quiero crear robots, no para ser tu asistente. Mi robot va a participar en la expo del mes que viene, esto es mi proyecto de vida, no un pasatiempo sin sentido como tú crees.—Pero, ¿por qué esforzarse tanto? —Gabriel dejó los cubiertos, acomodando la servilleta con precisión—. Si estoy yo, no tienes que matarte trabajando.—¿O sea que debería renunciar, quedarme en casa y esperar a que llegues, como una mascota bien cuidada? —La voz de Rebeca se volvió cortante—. Cuando hacíamos prácticas en la Universidad de Solebella, ¿no decías que te encantaba verme programar?—Eso era antes —Gabriel desvió la mirada, titubeando—. La gente cambia… Rebe, siento que las mujeres deberían buscar tranquilidad.Tranquilidad. Rebeca no respondió. Terminó su café frío en silencio. Recordó cuando en tercero de carrera Gabriel la esperaba a la salida del laboratorio con café caliente, cómo le brillaban los ojos al verla programar; recordó el día de la graduación, cuando él le juró: “Rebe, tú vas a crear el mejor robot del mundo”. Apenas habían pasado dos años y, sin embargo, todo parecía diferente.—¿Rebe? —La voz de Noelia la trajo de vuelta—. Creo que soy muy lenta…Rebeca sacudió la cabeza, volvió a enfocarse y señaló el monitor de la practicante.—Te faltó la condición para terminar la recursividad. Y aquí, confundiste los parámetros. —Tomó el bolígrafo y dibujó rápido un diagrama en la libreta de Noelia—. Revísalo tú misma y en media hora lo reviso.—Ah… gracias, Rebe —Noelia asintió, ruborizada, agachando la cabeza hasta que las orejas también se le pusieron coloradas.Rebeca la ignoró y siguió con su código. El tecleo era como una lluvia constante, mezclado con el zumbido del compresor del aire, y ese aroma de sudor y café barato impregnando el ambiente. Este era el camino que había escogido: cansado, rutinario, pero propio.Pasadas las cuatro, la puerta de la oficina se abrió y entró Gabriel, envuelto en una ráfaga de aire fresco. Vestía un traje gris oscuro y traía una bolsa de papel en la mano. Su mirada recorrió el laboratorio sofocante hasta detenerse en Rebeca.—¿Señor Ortega? —Daniela Ibáñez silbó y le guiñó un ojo a Rebeca mientras se acercaba—. Oye, oye, ¿tu novio ya vino a pedirte perdón?Los dedos de Rebeca se detuvieron por un momento sobre el teclado, sin levantar la mirada.Gabriel se acercó directo a su escritorio y dejó una bolsa de papel sobre la mesa. Dentro venía su bebida favorita, un té helado —bueno, en este caso, una bebida de durazno bien fría— y un mousse de fresa. Recordaba que ella, apenas ayer, había mencionado con antojo que quería uno.—¿Sigues molesta? —su voz sonó bajita, casi suplicante—. Lo de la mañana fue mi culpa, hablé sin pensar.Rebeca terminó de escribir el último punto y coma, guardó el archivo y, hasta entonces, se dignó a mirarlo.—¿Qué necesitas?—Vamos a cenar esta noche, reservé un privado en ‘La Pérgola’ —Gabriel esbozó una sonrisa y trató de tomarle la mano—. Quiero… bueno, quiero compensarte.Rebeca apartó la mano antes de que la alcanzara. Apenas iba a responder cuando, de repente, el estruendo de algo rompiéndose llenó la oficina.Noelia había dejado caer su taza. El café se regó por todos lados, empapando el piso y, de paso, la computadora de respaldo de Rebeca, que estaba justo a un lado de su silla y encendido con el modelo 3D de un robot en la pantalla.—¡Ay! ¡Perdón! ¡Perdón, Rebe! —Noelia palideció, se apresuró a juntar los pedazos de la taza, sin notar que se cortó los dedos. Las lágrimas se le escaparon enseguida—. Yo… yo vi que tu vaso estaba vacío y quise traerte café… pero se me resbaló…Rebeca se puso de pie de un brinco y se agachó para revisar la computadora. La pantalla parpadeaba con manchas oscuras, el borde ya mostraba la marca del café, y al cabo de unos segundos, todo quedó negro. Sintió cómo se le hundía el pecho: ahí tenía guardados los cálculos que le habían costado tres noches de desvelo, aún sin respaldo.—Te dije que no tocaras mis cosas —la voz de Rebeca salió tan gélida que hasta la oficina pareció enfriarse, mientras miraba el desastre en el piso, los dedos crispados de rabia.—¡No fue mi intención! Rebe, por favor, no te enojes… —Noelia lloraba aún más fuerte, las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre la camisa, formando manchas oscuras—. ¡Te juro que te lo voy a pagar! Pero… no tengo tanto dinero…—Ya, ya, tampoco es para tanto. La chica solo quería ayudar —Gabriel intervino, agachándose para ayudar a Noelia a levantarse—. Anda, levántate, el piso está helado. La computadora se puede arreglar y los datos, Rebeca puede rehacerlos. No te asustes. ¿Cómo te llamas?Noelia, con el rostro bañado en lágrimas, lo miró y murmuró:—Gracias, señor Ortega… Me llamo Noelia.Rebeca giró de golpe y miró a Gabriel, la sorpresa en sus ojos fue dando paso a una decepción profunda.—¿Rehacer los datos? ¿Tienes idea de cuántas noches pasé trabajando en eso?—Sé que te esforzaste, pero ella es nueva —Gabriel frunció el ceño, su tono reflejaba una desaprobación suave—. Rebe, estás siendo demasiado dura con ella.—¿Demasiado dura? —Rebeca no pudo contenerse—. ¡Acaba de arruinarme medio mes de trabajo y quieres que sea comprensiva!—Solo es una computadora… —la voz de Gabriel ya no tenía fuerza, sonaba casi derrotado—. Mañana te consigo una nueva, la mejor que haya, ¿te parece?Rebeca lo observó y sintió un cansancio inmenso. Ella nunca había querido una computadora nueva, lo único que deseaba era que él la entendiera, aunque fuera un poco. Que viera lo importante que era para ella lo que hacía, que esos códigos no eran solo trabajo, sino su pasión.—No hace falta —se giró y empezó a recoger los pedazos de la taza rota—. Señor Ortega, por favor, tengo trabajo.—Rebe…—Te pido que te vayas —el tono de Rebeca era plano, pero cargado de una firmeza que no dejaba espacio para protestas.Gabriel se quedó parado, mirando la espalda encorvada de Rebeca mientras recogía el desastre. El vaso de durazno frío que había traído para ella ya no tenía ni pizca de frescura. Abrió la boca, pero al final no dijo nada y se marchó.En la oficina volvió el silencio. Solo se escuchaban los sollozos ahogados de Noelia y el sonido de Rebeca recogiendo los restos. Daniela se acercó, le pasó una servilleta a Noelia y, al pasar junto a Rebeca, murmuró en voz baja, solo para ella:—Esta niña, de veras, no sé qué desastre va a ser el próximo.Rebeca no respondió. Echó el último pedazo de vidrio en el bote de basura.Miró la computadora que ya no encendía y, sin querer, recordó esa vez en la universidad cuando Gabriel intentó arreglarle la computadora en el laboratorio. Él era tan torpe, tardó horas solo para desmontar el teclado y al final ambos terminaron muertos de risa ante el montón de piezas regadas por la mesa.En ese momento entendió que hay cosas que, por más que uno quiera, se acaban descomponiendo con el tiempo. Justo como esa computadora bañada en café, que ya no tenía remedio.El tubo fluorescente de la tienda de reparación de computadoras zumbaba sin parar. Cuando Rebeca empujó la laptop empapada de café sobre el mostrador, aún llevaba en los dedos el olor a quemado del circuito. El técnico, vestido con un overol azul, abrió la tapa trasera, levantó con unas pinzas un chip chamuscado y arrugó la frente con preocupación.—La tarjeta madre se quemó por completo, ya ni soñando se puede recuperar la información. Cambiarla te sale en tres mil ochocientos pesos, mejor ponle un poco más y compras una nueva.Rebeca se quedó mirando ese pedazo de circuito ennegrecido, mientras en su mente se mezclaban imágenes de la semana pasada: cuatro noches seguidas sin dormir, con el termo de café en la mano, desvelada en el laboratorio calculando parámetros para el robot que tanto le costaba sacar adelante. La luz del amanecer colándose por las persianas sobre el código, y ahora, la luz grasienta de esta tienda, todo se le mezclaba en la cabeza como si de pronto estuviera en dos lugares al mismo tiempo.—Gracias por la información. Déjalo así.Pagó la revisión, guardó la laptop inservible en la mochila y salió. Afuera, el atardecer teñía el cielo de Solebella de un naranja rosado que parecía salido de un sueño. El aroma de los puestos de fideos salteados llenaba la calle y, arrastrado por el viento, le recordó que el huevo cocido que había aventado en la mochila por la mañana seguía ahí, intacto. No había tenido ni un respiro en todo el día.De repente, su celular vibró en el bolsillo. En la pantalla, el nombre de “hermana” parpadeaba como una advertencia.—Rebe… ayúdame —la voz de Marta Galindo sonaba ahogada, llena de miedo y temblor—. Ese Ricardo Solano… está en las escaleras, me tiene acorralada… quiere que vaya esta noche a su habitación “a platicar”, si no…Al fondo se escuchó el grito de un hombre, luego el golpe sordo del celular cayendo al suelo. Solo quedó el tono de llamada cortada.—¿Marta? ¡Marta! —Rebeca supo en ese instante que algo malo pasaba. No había tiempo que perder. Se obligó a mantener la calma y de inmediato le mandó un mensaje a Gabriel, pidiéndole ayuda.Sin siquiera pensarlo, salió corriendo a la calle. Alzó la mano para detener un taxi, pero los dedos le temblaban tanto como su corazón. El Edificio Panorama no quedaba lejos, apenas tres paradas, pero cada semáforo parecía un obstáculo eterno, como si todo el universo quisiera retrasarla. Quiso llamar a la policía, pero entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior, con los ojos hinchados de tanto llorar: “Tu hermana encontró trabajo con mucho esfuerzo, si esto se hace grande, ¿cómo va a seguir adelante?”El coraje la recorrió de pies a cabeza. ¿Por qué una mujer tenía que pensar en eso cuando su vida corría peligro? ¡Su hermana estaba en riesgo y punto!...La luz del callejón parpadeaba, rota y débil. Allí, Marta estaba acorralada contra la pared por un tipo barrigón, apestando a cerveza. El hombre la sujetaba por el cuello del uniforme, escupiendo insultos y aliento a alcohol.—¿Que porque te toqué te pones así? No te hagas la decente. Pásate la noche conmigo y aquí no pasó nada. Si no, olvídate del trabajo mañana.En ese momento, una voz retumbó desde el fondo del callejón.—¡Suéltala!Rebeca se lanzó sin dudar, empujó al hombre con fuerza y puso a su hermana detrás de ella, protegiéndola. Reconoció la cara: Marta le había mostrado las fotos de la oficina. Era ese tal Ricardo, el que siempre la cargaba de trabajo extra.—¿Otra más? —Ricardo eructó, los ojos entrecerrados recorriendo a Rebeca de arriba abajo—. Mejor, se juntan las dos conmigo, así está más divertido.Marta se aferró a Rebeca, las uñas clavándosele en la piel.—Rebe… vámonos ya…—¿Irse? —Ricardo dio dos pasos hacia ellas, la mano hinchada intentando agarrar el cabello de Rebeca—. Hoy nadie se va de aquí.Rebeca se movió rápido, esquivó el manotazo y agarró un envase vacío de cerveza del suelo. El vidrio le mordió la palma, pero la punzada la hizo despertar. Habló con la voz firme, sin titubear:—Ricardo Solano, cuarenta y dos años. Hace dos lo corrieron de Higiene Urbana por acosar a una compañera. Tienes una deuda de apuestas de cincuenta y tres mil pesos, ¿o me equivoco?Todo eso lo había encontrado minutos antes, usando el celular y un poco de ingenio para buscar en foros locales mientras iba en taxi. Un post anónimo hablaba de ese Ricardo del Edificio Panorama, y en los comentarios alguien desnudaba su pasado.La mano de Ricardo se quedó congelada, el color de su cara cambió al instante.—¿Y tú quién eres para investigarme?—No es investigación —Rebeca jaló a Marta más cerca, su voz sonó como un trueno—. Pero si mando esto al jefe, ¿crees que sigas de supervisor? —Le mostró la pantalla del celular, donde tenía lista la denuncia dirigida al correo de quejas del edificio.—No te atrevas —Ricardo gritó, intentando parecer valiente, pero retrocediendo un paso.—Haz la prueba y verás —levantó el envase, los nudillos blancos de tanto apretar. El viento traía el hedor de la basura, pero Rebeca solo miraba la cobardía en los ojos del tipo. Recordó las competencias de programación en la universidad: la mano sudando sobre el mouse, el corazón a mil, obligándose a no ceder ni un milímetro.El viento arreció de pronto, haciendo crujir las cajas apiladas. Ricardo miró el celular, y después a Rebeca, que no tenía ni una pizca de miedo en la mirada. Al final, escupió una maldición y se fue tambaleando.—¡Suerte la suya!Cuando ya casi se iba, Rebeca habló, seca y firme:—Falta algo.Ricardo se detuvo.—Pídele perdón a mi hermana.—¡Vete al demonio…!—¡Te dije que le pidas perdón! —alzó el envase todavía más, el vidrio reflejando la luz intermitente.Ricardo palideció, luego murmuró un “perdón” entre dientes y salió huyendo. Las luces del callejón parpadearon dos veces, iluminando su figura pesada y derrotada, igual que una rata escapando.Solo cuando el tipo desapareció por completo, Rebeca soltó el envase. Cayó al suelo y se hizo trizas.—¡Rebe! —Marta la abrazó, empapándole la camisa con sus lágrimas—. Pensé que no saldríamos de esta…—Ya pasó, hermana, ya pasó —le acarició la espalda, aunque la voz le temblaba igual que las manos. Había sido valiente, sí, pero el miedo llegaba después. Miró su mano: al apretar el envase, el vidrio le había abierto una cortada, de la que salía sangre mezclada con tierra, tiñendo la piel de rojo oscuro.Capítulo 2El calor de junio en Solebella era insoportable. El aire arrastraba consigo una humedad pegajosa que se sentía en la piel, y Rebeca Galindo, con la mirada fija en las líneas de código que desfilaban por la pantalla, sentía cómo se formaban pequeñas gotas de sudor en su frente. El aire acondicionado llevaba tres días descompuesto, y el jefe no hacía más que repetir que el técnico vendría “en unos días”. El área de desarrollo de Lab AI Infinito se había vuelto una especie de sauna en la que el bochorno parecía no dar tregua.—Rebe, este parámetro de la función… todavía no lo entiendo del todo…La voz tímida venía del lado derecho. Rebeca giró apenas la cabeza y vio a Noelia Gómez, la nueva practicante. Era su primer día, llevaba una coleta baja, la camisa blanca arrugada y un libro viejo de Python entre las manos, tan manoseado que las esquinas estaban dobladas. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de las hojas.—¿Qué parte no entiendes? —preguntó Rebeca, sin apartar la vista de su pantalla. Estaba en medio de depurar el módulo de reconocimiento de voz para su robot emocional; cualquier distracción podía costarle horas de trabajo.—Es que… es sobre la llamada recursiva… ¿por qué aparece error de desbordamiento de pila? —Noelia se acercó arrastrando la silla, y el aroma a limón barato de su shampoo flotó en el aire, mezclándose con el calor y el olor a café instantáneo.Rebeca echó un vistazo a su pantalla: veinte líneas de código con tres fallas evidentes. Golpeó suavemente la mesa con los dedos, lista para explicar, pero un recuerdo matutino la asaltó de improviso—.Gabriel Ortega estaba sentado al otro lado de la mesa, los cubiertos de plata tintineando con cada movimiento. Siempre igual: hasta para comer tenía ese aire pulcro y calculado, típico del heredero de la familia Ortega, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente al espejo.—Rebe, el lunes que viene vente conmigo a Grupo Ortega —le había dicho, cortando su filete con parsimonia, como si sólo hablara del clima—. Le pedí a Recursos Humanos que te asignen el escritorio junto al mío, serás mi asistente personal. Te pagaré el triple de lo que ganas aquí.Rebeca apretó el café entre los dedos, buscando en la taza algo de alivio para el coraje que le quemaba el pecho.—No voy a ir —soltó, sin rodeos.—¿Por qué no? —Gabriel alzó la mirada, sus pestañas largas proyectando una sombra leve sobre la piel—. ¿Cuántos son aquí? ¿Cinco personas? Te desvelas diario, el aire ni funciona y nadie se preocupa. En Grupo Ortega podrías estar mucho mejor. Una vida más fácil.—¿Mejor? —Rebeca se rio, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Mejor significa organizarte la agenda, lidiar con tus clientes interesados en quedar bien, y pasarme el día ordenando tus papeles? ¿Eso es lo que tú llamas vida fácil?—Sólo quiero que tengamos más tiempo juntos —Gabriel bajó la voz, frunciendo el ceño—. Apenas nos vemos una vez por semana, yo…—Gabriel —lo interrumpió ella, mirándolo con firmeza—, estudié inteligencia artificial porque quiero crear robots, no para ser tu asistente. Mi robot va a participar en la expo del mes que viene, esto es mi proyecto de vida, no un pasatiempo sin sentido como tú crees.—Pero, ¿por qué esforzarse tanto? —Gabriel dejó los cubiertos, acomodando la servilleta con precisión—. Si estoy yo, no tienes que matarte trabajando.—¿O sea que debería renunciar, quedarme en casa y esperar a que llegues, como una mascota bien cuidada? —La voz de Rebeca se volvió cortante—. Cuando hacíamos prácticas en la Universidad de Solebella, ¿no decías que te encantaba verme programar?—Eso era antes —Gabriel desvió la mirada, titubeando—. La gente cambia… Rebe, siento que las mujeres deberían buscar tranquilidad.Tranquilidad. Rebeca no respondió. Terminó su café frío en silencio. Recordó cuando en tercero de carrera Gabriel la esperaba a la salida del laboratorio con café caliente, cómo le brillaban los ojos al verla programar; recordó el día de la graduación, cuando él le juró: “Rebe, tú vas a crear el mejor robot del mundo”. Apenas habían pasado dos años y, sin embargo, todo parecía diferente.—¿Rebe? —La voz de Noelia la trajo de vuelta—. Creo que soy muy lenta…Rebeca sacudió la cabeza, volvió a enfocarse y señaló el monitor de la practicante.—Te faltó la condición para terminar la recursividad. Y aquí, confundiste los parámetros. —Tomó el bolígrafo y dibujó rápido un diagrama en la libreta de Noelia—. Revísalo tú misma y en media hora lo reviso.—Ah… gracias, Rebe —Noelia asintió, ruborizada, agachando la cabeza hasta que las orejas también se le pusieron coloradas.Rebeca la ignoró y siguió con su código. El tecleo era como una lluvia constante, mezclado con el zumbido del compresor del aire, y ese aroma de sudor y café barato impregnando el ambiente. Este era el camino que había escogido: cansado, rutinario, pero propio.Pasadas las cuatro, la puerta de la oficina se abrió y entró Gabriel, envuelto en una ráfaga de aire fresco. Vestía un traje gris oscuro y traía una bolsa de papel en la mano. Su mirada recorrió el laboratorio sofocante hasta detenerse en Rebeca.—¿Señor Ortega? —Daniela Ibáñez silbó y le guiñó un ojo a Rebeca mientras se acercaba—. Oye, oye, ¿tu novio ya vino a pedirte perdón?Los dedos de Rebeca se detuvieron por un momento sobre el teclado, sin levantar la mirada.Gabriel se acercó directo a su escritorio y dejó una bolsa de papel sobre la mesa. Dentro venía su bebida favorita, un té helado —bueno, en este caso, una bebida de durazno bien fría— y un mousse de fresa. Recordaba que ella, apenas ayer, había mencionado con antojo que quería uno.—¿Sigues molesta? —su voz sonó bajita, casi suplicante—. Lo de la mañana fue mi culpa, hablé sin pensar.Rebeca terminó de escribir el último punto y coma, guardó el archivo y, hasta entonces, se dignó a mirarlo.—¿Qué necesitas?—Vamos a cenar esta noche, reservé un privado en ‘La Pérgola’ —Gabriel esbozó una sonrisa y trató de tomarle la mano—. Quiero… bueno, quiero compensarte.Rebeca apartó la mano antes de que la alcanzara. Apenas iba a responder cuando, de repente, el estruendo de algo rompiéndose llenó la oficina.Noelia había dejado caer su taza. El café se regó por todos lados, empapando el piso y, de paso, la computadora de respaldo de Rebeca, que estaba justo a un lado de su silla y encendido con el modelo 3D de un robot en la pantalla.—¡Ay! ¡Perdón! ¡Perdón, Rebe! —Noelia palideció, se apresuró a juntar los pedazos de la taza, sin notar que se cortó los dedos. Las lágrimas se le escaparon enseguida—. Yo… yo vi que tu vaso estaba vacío y quise traerte café… pero se me resbaló…Rebeca se puso de pie de un brinco y se agachó para revisar la computadora. La pantalla parpadeaba con manchas oscuras, el borde ya mostraba la marca del café, y al cabo de unos segundos, todo quedó negro. Sintió cómo se le hundía el pecho: ahí tenía guardados los cálculos que le habían costado tres noches de desvelo, aún sin respaldo.—Te dije que no tocaras mis cosas —la voz de Rebeca salió tan gélida que hasta la oficina pareció enfriarse, mientras miraba el desastre en el piso, los dedos crispados de rabia.—¡No fue mi intención! Rebe, por favor, no te enojes… —Noelia lloraba aún más fuerte, las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre la camisa, formando manchas oscuras—. ¡Te juro que te lo voy a pagar! Pero… no tengo tanto dinero…—Ya, ya, tampoco es para tanto. La chica solo quería ayudar —Gabriel intervino, agachándose para ayudar a Noelia a levantarse—. Anda, levántate, el piso está helado. La computadora se puede arreglar y los datos, Rebeca puede rehacerlos. No te asustes. ¿Cómo te llamas?Noelia, con el rostro bañado en lágrimas, lo miró y murmuró:—Gracias, señor Ortega… Me llamo Noelia.Rebeca giró de golpe y miró a Gabriel, la sorpresa en sus ojos fue dando paso a una decepción profunda.—¿Rehacer los datos? ¿Tienes idea de cuántas noches pasé trabajando en eso?—Sé que te esforzaste, pero ella es nueva —Gabriel frunció el ceño, su tono reflejaba una desaprobación suave—. Rebe, estás siendo demasiado dura con ella.—¿Demasiado dura? —Rebeca no pudo contenerse—. ¡Acaba de arruinarme medio mes de trabajo y quieres que sea comprensiva!—Solo es una computadora… —la voz de Gabriel ya no tenía fuerza, sonaba casi derrotado—. Mañana te consigo una nueva, la mejor que haya, ¿te parece?Rebeca lo observó y sintió un cansancio inmenso. Ella nunca había querido una computadora nueva, lo único que deseaba era que él la entendiera, aunque fuera un poco. Que viera lo importante que era para ella lo que hacía, que esos códigos no eran solo trabajo, sino su pasión.—No hace falta —se giró y empezó a recoger los pedazos de la taza rota—. Señor Ortega, por favor, tengo trabajo.—Rebe…—Te pido que te vayas —el tono de Rebeca era plano, pero cargado de una firmeza que no dejaba espacio para protestas.Gabriel se quedó parado, mirando la espalda encorvada de Rebeca mientras recogía el desastre. El vaso de durazno frío que había traído para ella ya no tenía ni pizca de frescura. Abrió la boca, pero al final no dijo nada y se marchó.En la oficina volvió el silencio. Solo se escuchaban los sollozos ahogados de Noelia y el sonido de Rebeca recogiendo los restos. Daniela se acercó, le pasó una servilleta a Noelia y, al pasar junto a Rebeca, murmuró en voz baja, solo para ella:—Esta niña, de veras, no sé qué desastre va a ser el próximo.Rebeca no respondió. Echó el último pedazo de vidrio en el bote de basura.Miró la computadora que ya no encendía y, sin querer, recordó esa vez en la universidad cuando Gabriel intentó arreglarle la computadora en el laboratorio. Él era tan torpe, tardó horas solo para desmontar el teclado y al final ambos terminaron muertos de risa ante el montón de piezas regadas por la mesa.En ese momento entendió que hay cosas que, por más que uno quiera, se acaban descomponiendo con el tiempo. Justo como esa computadora bañada en café, que ya no tenía remedio.El tubo fluorescente de la tienda de reparación de computadoras zumbaba sin parar. Cuando Rebeca empujó la laptop empapada de café sobre el mostrador, aún llevaba en los dedos el olor a quemado del circuito. El técnico, vestido con un overol azul, abrió la tapa trasera, levantó con unas pinzas un chip chamuscado y arrugó la frente con preocupación.—La tarjeta madre se quemó por completo, ya ni soñando se puede recuperar la información. Cambiarla te sale en tres mil ochocientos pesos, mejor ponle un poco más y compras una nueva.Rebeca se quedó mirando ese pedazo de circuito ennegrecido, mientras en su mente se mezclaban imágenes de la semana pasada: cuatro noches seguidas sin dormir, con el termo de café en la mano, desvelada en el laboratorio calculando parámetros para el robot que tanto le costaba sacar adelante. La luz del amanecer colándose por las persianas sobre el código, y ahora, la luz grasienta de esta tienda, todo se le mezclaba en la cabeza como si de pronto estuviera en dos lugares al mismo tiempo.—Gracias por la información. Déjalo así.Pagó la revisión, guardó la laptop inservible en la mochila y salió. Afuera, el atardecer teñía el cielo de Solebella de un naranja rosado que parecía salido de un sueño. El aroma de los puestos de fideos salteados llenaba la calle y, arrastrado por el viento, le recordó que el huevo cocido que había aventado en la mochila por la mañana seguía ahí, intacto. No había tenido ni un respiro en todo el día.De repente, su celular vibró en el bolsillo. En la pantalla, el nombre de “hermana” parpadeaba como una advertencia.—Rebe… ayúdame —la voz de Marta Galindo sonaba ahogada, llena de miedo y temblor—. Ese Ricardo Solano… está en las escaleras, me tiene acorralada… quiere que vaya esta noche a su habitación “a platicar”, si no…Al fondo se escuchó el grito de un hombre, luego el golpe sordo del celular cayendo al suelo. Solo quedó el tono de llamada cortada.—¿Marta? ¡Marta! —Rebeca supo en ese instante que algo malo pasaba. No había tiempo que perder. Se obligó a mantener la calma y de inmediato le mandó un mensaje a Gabriel, pidiéndole ayuda.Sin siquiera pensarlo, salió corriendo a la calle. Alzó la mano para detener un taxi, pero los dedos le temblaban tanto como su corazón. El Edificio Panorama no quedaba lejos, apenas tres paradas, pero cada semáforo parecía un obstáculo eterno, como si todo el universo quisiera retrasarla. Quiso llamar a la policía, pero entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior, con los ojos hinchados de tanto llorar: “Tu hermana encontró trabajo con mucho esfuerzo, si esto se hace grande, ¿cómo va a seguir adelante?”El coraje la recorrió de pies a cabeza. ¿Por qué una mujer tenía que pensar en eso cuando su vida corría peligro? ¡Su hermana estaba en riesgo y punto!...La luz del callejón parpadeaba, rota y débil. Allí, Marta estaba acorralada contra la pared por un tipo barrigón, apestando a cerveza. El hombre la sujetaba por el cuello del uniforme, escupiendo insultos y aliento a alcohol.—¿Que porque te toqué te pones así? No te hagas la decente. Pásate la noche conmigo y aquí no pasó nada. Si no, olvídate del trabajo mañana.En ese momento, una voz retumbó desde el fondo del callejón.—¡Suéltala!Rebeca se lanzó sin dudar, empujó al hombre con fuerza y puso a su hermana detrás de ella, protegiéndola. Reconoció la cara: Marta le había mostrado las fotos de la oficina. Era ese tal Ricardo, el que siempre la cargaba de trabajo extra.—¿Otra más? —Ricardo eructó, los ojos entrecerrados recorriendo a Rebeca de arriba abajo—. Mejor, se juntan las dos conmigo, así está más divertido.Marta se aferró a Rebeca, las uñas clavándosele en la piel.—Rebe… vámonos ya…—¿Irse? —Ricardo dio dos pasos hacia ellas, la mano hinchada intentando agarrar el cabello de Rebeca—. Hoy nadie se va de aquí.Rebeca se movió rápido, esquivó el manotazo y agarró un envase vacío de cerveza del suelo. El vidrio le mordió la palma, pero la punzada la hizo despertar. Habló con la voz firme, sin titubear:—Ricardo Solano, cuarenta y dos años. Hace dos lo corrieron de Higiene Urbana por acosar a una compañera. Tienes una deuda de apuestas de cincuenta y tres mil pesos, ¿o me equivoco?Todo eso lo había encontrado minutos antes, usando el celular y un poco de ingenio para buscar en foros locales mientras iba en taxi. Un post anónimo hablaba de ese Ricardo del Edificio Panorama, y en los comentarios alguien desnudaba su pasado.La mano de Ricardo se quedó congelada, el color de su cara cambió al instante.—¿Y tú quién eres para investigarme?—No es investigación —Rebeca jaló a Marta más cerca, su voz sonó como un trueno—. Pero si mando esto al jefe, ¿crees que sigas de supervisor? —Le mostró la pantalla del celular, donde tenía lista la denuncia dirigida al correo de quejas del edificio.—No te atrevas —Ricardo gritó, intentando parecer valiente, pero retrocediendo un paso.—Haz la prueba y verás —levantó el envase, los nudillos blancos de tanto apretar. El viento traía el hedor de la basura, pero Rebeca solo miraba la cobardía en los ojos del tipo. Recordó las competencias de programación en la universidad: la mano sudando sobre el mouse, el corazón a mil, obligándose a no ceder ni un milímetro.El viento arreció de pronto, haciendo crujir las cajas apiladas. Ricardo miró el celular, y después a Rebeca, que no tenía ni una pizca de miedo en la mirada. Al final, escupió una maldición y se fue tambaleando.—¡Suerte la suya!Cuando ya casi se iba, Rebeca habló, seca y firme:—Falta algo.Ricardo se detuvo.—Pídele perdón a mi hermana.—¡Vete al demonio…!—¡Te dije que le pidas perdón! —alzó el envase todavía más, el vidrio reflejando la luz intermitente.Ricardo palideció, luego murmuró un “perdón” entre dientes y salió huyendo. Las luces del callejón parpadearon dos veces, iluminando su figura pesada y derrotada, igual que una rata escapando.Solo cuando el tipo desapareció por completo, Rebeca soltó el envase. Cayó al suelo y se hizo trizas.—¡Rebe! —Marta la abrazó, empapándole la camisa con sus lágrimas—. Pensé que no saldríamos de esta…—Ya pasó, hermana, ya pasó —le acarició la espalda, aunque la voz le temblaba igual que las manos. Había sido valiente, sí, pero el miedo llegaba después. Miró su mano: al apretar el envase, el vidrio le había abierto una cortada, de la que salía sangre mezclada con tierra, tiñendo la piel de rojo oscuro.Capítulo 3El calor de junio en Solebella era insoportable. El aire arrastraba consigo una humedad pegajosa que se sentía en la piel, y Rebeca Galindo, con la mirada fija en las líneas de código que desfilaban por la pantalla, sentía cómo se formaban pequeñas gotas de sudor en su frente. El aire acondicionado llevaba tres días descompuesto, y el jefe no hacía más que repetir que el técnico vendría “en unos días”. El área de desarrollo de Lab AI Infinito se había vuelto una especie de sauna en la que el bochorno parecía no dar tregua.—Rebe, este parámetro de la función… todavía no lo entiendo del todo…La voz tímida venía del lado derecho. Rebeca giró apenas la cabeza y vio a Noelia Gómez, la nueva practicante. Era su primer día, llevaba una coleta baja, la camisa blanca arrugada y un libro viejo de Python entre las manos, tan manoseado que las esquinas estaban dobladas. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de las hojas.—¿Qué parte no entiendes? —preguntó Rebeca, sin apartar la vista de su pantalla. Estaba en medio de depurar el módulo de reconocimiento de voz para su robot emocional; cualquier distracción podía costarle horas de trabajo.—Es que… es sobre la llamada recursiva… ¿por qué aparece error de desbordamiento de pila? —Noelia se acercó arrastrando la silla, y el aroma a limón barato de su shampoo flotó en el aire, mezclándose con el calor y el olor a café instantáneo.Rebeca echó un vistazo a su pantalla: veinte líneas de código con tres fallas evidentes. Golpeó suavemente la mesa con los dedos, lista para explicar, pero un recuerdo matutino la asaltó de improviso—.Gabriel Ortega estaba sentado al otro lado de la mesa, los cubiertos de plata tintineando con cada movimiento. Siempre igual: hasta para comer tenía ese aire pulcro y calculado, típico del heredero de la familia Ortega, como si cada gesto hubiera sido ensayado frente al espejo.—Rebe, el lunes que viene vente conmigo a Grupo Ortega —le había dicho, cortando su filete con parsimonia, como si sólo hablara del clima—. Le pedí a Recursos Humanos que te asignen el escritorio junto al mío, serás mi asistente personal. Te pagaré el triple de lo que ganas aquí.Rebeca apretó el café entre los dedos, buscando en la taza algo de alivio para el coraje que le quemaba el pecho.—No voy a ir —soltó, sin rodeos.—¿Por qué no? —Gabriel alzó la mirada, sus pestañas largas proyectando una sombra leve sobre la piel—. ¿Cuántos son aquí? ¿Cinco personas? Te desvelas diario, el aire ni funciona y nadie se preocupa. En Grupo Ortega podrías estar mucho mejor. Una vida más fácil.—¿Mejor? —Rebeca se rio, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Mejor significa organizarte la agenda, lidiar con tus clientes interesados en quedar bien, y pasarme el día ordenando tus papeles? ¿Eso es lo que tú llamas vida fácil?—Sólo quiero que tengamos más tiempo juntos —Gabriel bajó la voz, frunciendo el ceño—. Apenas nos vemos una vez por semana, yo…—Gabriel —lo interrumpió ella, mirándolo con firmeza—, estudié inteligencia artificial porque quiero crear robots, no para ser tu asistente. Mi robot va a participar en la expo del mes que viene, esto es mi proyecto de vida, no un pasatiempo sin sentido como tú crees.—Pero, ¿por qué esforzarse tanto? —Gabriel dejó los cubiertos, acomodando la servilleta con precisión—. Si estoy yo, no tienes que matarte trabajando.—¿O sea que debería renunciar, quedarme en casa y esperar a que llegues, como una mascota bien cuidada? —La voz de Rebeca se volvió cortante—. Cuando hacíamos prácticas en la Universidad de Solebella, ¿no decías que te encantaba verme programar?—Eso era antes —Gabriel desvió la mirada, titubeando—. La gente cambia… Rebe, siento que las mujeres deberían buscar tranquilidad.Tranquilidad. Rebeca no respondió. Terminó su café frío en silencio. Recordó cuando en tercero de carrera Gabriel la esperaba a la salida del laboratorio con café caliente, cómo le brillaban los ojos al verla programar; recordó el día de la graduación, cuando él le juró: “Rebe, tú vas a crear el mejor robot del mundo”. Apenas habían pasado dos años y, sin embargo, todo parecía diferente.—¿Rebe? —La voz de Noelia la trajo de vuelta—. Creo que soy muy lenta…Rebeca sacudió la cabeza, volvió a enfocarse y señaló el monitor de la practicante.—Te faltó la condición para terminar la recursividad. Y aquí, confundiste los parámetros. —Tomó el bolígrafo y dibujó rápido un diagrama en la libreta de Noelia—. Revísalo tú misma y en media hora lo reviso.—Ah… gracias, Rebe —Noelia asintió, ruborizada, agachando la cabeza hasta que las orejas también se le pusieron coloradas.Rebeca la ignoró y siguió con su código. El tecleo era como una lluvia constante, mezclado con el zumbido del compresor del aire, y ese aroma de sudor y café barato impregnando el ambiente. Este era el camino que había escogido: cansado, rutinario, pero propio.Pasadas las cuatro, la puerta de la oficina se abrió y entró Gabriel, envuelto en una ráfaga de aire fresco. Vestía un traje gris oscuro y traía una bolsa de papel en la mano. Su mirada recorrió el laboratorio sofocante hasta detenerse en Rebeca.—¿Señor Ortega? —Daniela Ibáñez silbó y le guiñó un ojo a Rebeca mientras se acercaba—. Oye, oye, ¿tu novio ya vino a pedirte perdón?Los dedos de Rebeca se detuvieron por un momento sobre el teclado, sin levantar la mirada.Gabriel se acercó directo a su escritorio y dejó una bolsa de papel sobre la mesa. Dentro venía su bebida favorita, un té helado —bueno, en este caso, una bebida de durazno bien fría— y un mousse de fresa. Recordaba que ella, apenas ayer, había mencionado con antojo que quería uno.—¿Sigues molesta? —su voz sonó bajita, casi suplicante—. Lo de la mañana fue mi culpa, hablé sin pensar.Rebeca terminó de escribir el último punto y coma, guardó el archivo y, hasta entonces, se dignó a mirarlo.—¿Qué necesitas?—Vamos a cenar esta noche, reservé un privado en ‘La Pérgola’ —Gabriel esbozó una sonrisa y trató de tomarle la mano—. Quiero… bueno, quiero compensarte.Rebeca apartó la mano antes de que la alcanzara. Apenas iba a responder cuando, de repente, el estruendo de algo rompiéndose llenó la oficina.Noelia había dejado caer su taza. El café se regó por todos lados, empapando el piso y, de paso, la computadora de respaldo de Rebeca, que estaba justo a un lado de su silla y encendido con el modelo 3D de un robot en la pantalla.—¡Ay! ¡Perdón! ¡Perdón, Rebe! —Noelia palideció, se apresuró a juntar los pedazos de la taza, sin notar que se cortó los dedos. Las lágrimas se le escaparon enseguida—. Yo… yo vi que tu vaso estaba vacío y quise traerte café… pero se me resbaló…Rebeca se puso de pie de un brinco y se agachó para revisar la computadora. La pantalla parpadeaba con manchas oscuras, el borde ya mostraba la marca del café, y al cabo de unos segundos, todo quedó negro. Sintió cómo se le hundía el pecho: ahí tenía guardados los cálculos que le habían costado tres noches de desvelo, aún sin respaldo.—Te dije que no tocaras mis cosas —la voz de Rebeca salió tan gélida que hasta la oficina pareció enfriarse, mientras miraba el desastre en el piso, los dedos crispados de rabia.—¡No fue mi intención! Rebe, por favor, no te enojes… —Noelia lloraba aún más fuerte, las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre la camisa, formando manchas oscuras—. ¡Te juro que te lo voy a pagar! Pero… no tengo tanto dinero…—Ya, ya, tampoco es para tanto. La chica solo quería ayudar —Gabriel intervino, agachándose para ayudar a Noelia a levantarse—. Anda, levántate, el piso está helado. La computadora se puede arreglar y los datos, Rebeca puede rehacerlos. No te asustes. ¿Cómo te llamas?Noelia, con el rostro bañado en lágrimas, lo miró y murmuró:—Gracias, señor Ortega… Me llamo Noelia.Rebeca giró de golpe y miró a Gabriel, la sorpresa en sus ojos fue dando paso a una decepción profunda.—¿Rehacer los datos? ¿Tienes idea de cuántas noches pasé trabajando en eso?—Sé que te esforzaste, pero ella es nueva —Gabriel frunció el ceño, su tono reflejaba una desaprobación suave—. Rebe, estás siendo demasiado dura con ella.—¿Demasiado dura? —Rebeca no pudo contenerse—. ¡Acaba de arruinarme medio mes de trabajo y quieres que sea comprensiva!—Solo es una computadora… —la voz de Gabriel ya no tenía fuerza, sonaba casi derrotado—. Mañana te consigo una nueva, la mejor que haya, ¿te parece?Rebeca lo observó y sintió un cansancio inmenso. Ella nunca había querido una computadora nueva, lo único que deseaba era que él la entendiera, aunque fuera un poco. Que viera lo importante que era para ella lo que hacía, que esos códigos no eran solo trabajo, sino su pasión.—No hace falta —se giró y empezó a recoger los pedazos de la taza rota—. Señor Ortega, por favor, tengo trabajo.—Rebe…—Te pido que te vayas —el tono de Rebeca era plano, pero cargado de una firmeza que no dejaba espacio para protestas.Gabriel se quedó parado, mirando la espalda encorvada de Rebeca mientras recogía el desastre. El vaso de durazno frío que había traído para ella ya no tenía ni pizca de frescura. Abrió la boca, pero al final no dijo nada y se marchó.En la oficina volvió el silencio. Solo se escuchaban los sollozos ahogados de Noelia y el sonido de Rebeca recogiendo los restos. Daniela se acercó, le pasó una servilleta a Noelia y, al pasar junto a Rebeca, murmuró en voz baja, solo para ella:—Esta niña, de veras, no sé qué desastre va a ser el próximo.Rebeca no respondió. Echó el último pedazo de vidrio en el bote de basura.Miró la computadora que ya no encendía y, sin querer, recordó esa vez en la universidad cuando Gabriel intentó arreglarle la computadora en el laboratorio. Él era tan torpe, tardó horas solo para desmontar el teclado y al final ambos terminaron muertos de risa ante el montón de piezas regadas por la mesa.En ese momento entendió que hay cosas que, por más que uno quiera, se acaban descomponiendo con el tiempo. Justo como esa computadora bañada en café, que ya no tenía remedio.El tubo fluorescente de la tienda de reparación de computadoras zumbaba sin parar. Cuando Rebeca empujó la laptop empapada de café sobre el mostrador, aún llevaba en los dedos el olor a quemado del circuito. El técnico, vestido con un overol azul, abrió la tapa trasera, levantó con unas pinzas un chip chamuscado y arrugó la frente con preocupación.—La tarjeta madre se quemó por completo, ya ni soñando se puede recuperar la información. Cambiarla te sale en tres mil ochocientos pesos, mejor ponle un poco más y compras una nueva.Rebeca se quedó mirando ese pedazo de circuito ennegrecido, mientras en su mente se mezclaban imágenes de la semana pasada: cuatro noches seguidas sin dormir, con el termo de café en la mano, desvelada en el laboratorio calculando parámetros para el robot que tanto le costaba sacar adelante. La luz del amanecer colándose por las persianas sobre el código, y ahora, la luz grasienta de esta tienda, todo se le mezclaba en la cabeza como si de pronto estuviera en dos lugares al mismo tiempo.—Gracias por la información. Déjalo así.Pagó la revisión, guardó la laptop inservible en la mochila y salió. Afuera, el atardecer teñía el cielo de Solebella de un naranja rosado que parecía salido de un sueño. El aroma de los puestos de fideos salteados llenaba la calle y, arrastrado por el viento, le recordó que el huevo cocido que había aventado en la mochila por la mañana seguía ahí, intacto. No había tenido ni un respiro en todo el día.De repente, su celular vibró en el bolsillo. En la pantalla, el nombre de “hermana” parpadeaba como una advertencia.—Rebe… ayúdame —la voz de Marta Galindo sonaba ahogada, llena de miedo y temblor—. Ese Ricardo Solano… está en las escaleras, me tiene acorralada… quiere que vaya esta noche a su habitación “a platicar”, si no…Al fondo se escuchó el grito de un hombre, luego el golpe sordo del celular cayendo al suelo. Solo quedó el tono de llamada cortada.—¿Marta? ¡Marta! —Rebeca supo en ese instante que algo malo pasaba. No había tiempo que perder. Se obligó a mantener la calma y de inmediato le mandó un mensaje a Gabriel, pidiéndole ayuda.Sin siquiera pensarlo, salió corriendo a la calle. Alzó la mano para detener un taxi, pero los dedos le temblaban tanto como su corazón. El Edificio Panorama no quedaba lejos, apenas tres paradas, pero cada semáforo parecía un obstáculo eterno, como si todo el universo quisiera retrasarla. Quiso llamar a la policía, pero entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior, con los ojos hinchados de tanto llorar: “Tu hermana encontró trabajo con mucho esfuerzo, si esto se hace grande, ¿cómo va a seguir adelante?”El coraje la recorrió de pies a cabeza. ¿Por qué una mujer tenía que pensar en eso cuando su vida corría peligro? ¡Su hermana estaba en riesgo y punto!...La luz del callejón parpadeaba, rota y débil. Allí, Marta estaba acorralada contra la pared por un tipo barrigón, apestando a cerveza. El hombre la sujetaba por el cuello del uniforme, escupiendo insultos y aliento a alcohol.—¿Que porque te toqué te pones así? No te hagas la decente. Pásate la noche conmigo y aquí no pasó nada. Si no, olvídate del trabajo mañana.En ese momento, una voz retumbó desde el fondo del callejón.—¡Suéltala!Rebeca se lanzó sin dudar, empujó al hombre con fuerza y puso a su hermana detrás de ella, protegiéndola. Reconoció la cara: Marta le había mostrado las fotos de la oficina. Era ese tal Ricardo, el que siempre la cargaba de trabajo extra.—¿Otra más? —Ricardo eructó, los ojos entrecerrados recorriendo a Rebeca de arriba abajo—. Mejor, se juntan las dos conmigo, así está más divertido.Marta se aferró a Rebeca, las uñas clavándosele en la piel.—Rebe… vámonos ya…—¿Irse? —Ricardo dio dos pasos hacia ellas, la mano hinchada intentando agarrar el cabello de Rebeca—. Hoy nadie se va de aquí.Rebeca se movió rápido, esquivó el manotazo y agarró un envase vacío de cerveza del suelo. El vidrio le mordió la palma, pero la punzada la hizo despertar. Habló con la voz firme, sin titubear:—Ricardo Solano, cuarenta y dos años. Hace dos lo corrieron de Higiene Urbana por acosar a una compañera. Tienes una deuda de apuestas de cincuenta y tres mil pesos, ¿o me equivoco?Todo eso lo había encontrado minutos antes, usando el celular y un poco de ingenio para buscar en foros locales mientras iba en taxi. Un post anónimo hablaba de ese Ricardo del Edificio Panorama, y en los comentarios alguien desnudaba su pasado.La mano de Ricardo se quedó congelada, el color de su cara cambió al instante.—¿Y tú quién eres para investigarme?—No es investigación —Rebeca jaló a Marta más cerca, su voz sonó como un trueno—. Pero si mando esto al jefe, ¿crees que sigas de supervisor? —Le mostró la pantalla del celular, donde tenía lista la denuncia dirigida al correo de quejas del edificio.—No te atrevas —Ricardo gritó, intentando parecer valiente, pero retrocediendo un paso.—Haz la prueba y verás —levantó el envase, los nudillos blancos de tanto apretar. El viento traía el hedor de la basura, pero Rebeca solo miraba la cobardía en los ojos del tipo. Recordó las competencias de programación en la universidad: la mano sudando sobre el mouse, el corazón a mil, obligándose a no ceder ni un milímetro.El viento arreció de pronto, haciendo crujir las cajas apiladas. Ricardo miró el celular, y después a Rebeca, que no tenía ni una pizca de miedo en la mirada. Al final, escupió una maldición y se fue tambaleando.—¡Suerte la suya!Cuando ya casi se iba, Rebeca habló, seca y firme:—Falta algo.Ricardo se detuvo.—Pídele perdón a mi hermana.—¡Vete al demonio…!—¡Te dije que le pidas perdón! —alzó el envase todavía más, el vidrio reflejando la luz intermitente.Ricardo palideció, luego murmuró un “perdón” entre dientes y salió huyendo. Las luces del callejón parpadearon dos veces, iluminando su figura pesada y derrotada, igual que una rata escapando.Solo cuando el tipo desapareció por completo, Rebeca soltó el envase. Cayó al suelo y se hizo trizas.—¡Rebe! —Marta la abrazó, empapándole la camisa con sus lágrimas—. Pensé que no saldríamos de esta…—Ya pasó, hermana, ya pasó —le acarició la espalda, aunque la voz le temblaba igual que las manos. Había sido valiente, sí, pero el miedo llegaba después. Miró su mano: al apretar el envase, el vidrio le había abierto una cortada, de la que salía sangre mezclada con tierra, tiñendo la piel de rojo oscuro.

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