Capítulo 1En una noche en la que el viento y la nieve apenas comenzaban a caer, Eloísa Salazar, vestida apenas con una blusa ligera, se encontraba en el balcón de su departamento.Mientras repasaba viejos mensajes en su teléfono, sentía que su corazón estaba aún más helado que su propio cuerpo.Al final, su dedo se detuvo sobre el contacto de su hermano mayor. La última conversación seguía ahí, congelada en el tiempo.[Papá acaba de fundar una nueva empresa en el extranjero, todavía falta alguien para que la administre. Es tu oportunidad.]Ese mensaje llevaba ahí dos meses.Eloísa apenas dudó antes de escribir una línea.[¿Aún lo necesitan?]No esperaba que la respuesta llegara tan rápido.[Sí, hace falta.][¿Por fin lo pensaste bien? ¿Ya no piensas desperdiciar tu vida por un hombre?]...Hoy se cumplían tres años desde que Eloísa y Martín Ortega comenzaron su relación.Por eso había pedido el día libre en el trabajo, y pasó toda la jornada ocupada, queriendo darle una sorpresa especial a Martín.Después de horas de espera, cuando Eloísa ya había recalentado la cena varias veces, por fin escuchó el chirrido de la puerta: Martín entraba, envuelto en el aire gélido de la tarde.—¡Martín! ¡Por fin llegaste! —se apresuró a recibirlo, ayudándolo a quitarse el abrigo y cambiarse los zapatos, moviéndose de un lado a otro, hasta que notó los ojos inquisitivos de Martín sobre ella.—Eloísa, mi mamá se sintió mal hoy. ¿La llevaste al médico?—Sí, ya fui con ella —Eloísa escondió instintivamente su mano derecha.Llevaba ahí una herida, resultado de haberse apresurado para llevar a la madre de Martín al hospital, y ser atropellada por un carro en el camino.Si Martín lo veía, seguro le vendría un sermón.—El doctor dijo que solo era un resfriado, y que la subida de presión no era grave. No te preocupes —agregó, intentando sonar tranquila.Hizo una pausa y, con un tono suplicante, añadió:—Martín, hoy es nuestro aniversario... ¿Me puedes dar un beso?...En el rostro impecable y distante de Martín apareció una mueca de incomodidad, pero por suerte no la rechazó.Su mano, de dedos largos y huesudos, se apoyó en la cintura de Eloísa; el contacto era tan helado que la hizo estremecerse, pero no se apartó.A pesar de haber estado juntos tres años, esa relación nació de la insistencia de Eloísa. Ella, hija del hombre más rico del Grupo Salazar, recién graduada, cayó rendida ante el encanto distante de Martín, el abogado más prometedor de Silvania.Primero fue la impresión por su apariencia, luego la admiración por su inteligencia. Eloísa no dudó en movilizar a todo su círculo de amistades para averiguar qué le gustaba a Martín; después, buscó cualquier oportunidad para acercarse.Cuando supo que Martín prefería a una novia discreta y cariñosa, Eloísa, siempre acostumbrada a salirse con la suya, decidió esconder su carácter fuerte y convertirse en esa chica dulce y hogareña que él parecía desear.Así pasaron tres años. Martín, que al principio se mostró reacio, poco a poco fue aceptando la relación.Nunca era él quien daba el primer paso, pero tampoco rechazaba las iniciativas de Eloísa.Sin embargo, en cuanto a intimidad, sin importar cuánto insistiera Eloísa, Martín siempre mantenía una distancia clara.—Eloísa, antes de casarnos, no quiero lastimarte.—No me gustaría que pensaras que soy un irresponsable.Con frases así, Martín solía poner un límite. Al principio, eso le parecía tierno a Eloísa; pero hoy, después de tanto tiempo, ya no quería seguir esperando.Ya tenía todo listo para la propuesta de matrimonio. Después de esa noche, pensaba pedirle que se casara con ella y convertirse en su esposa.En medio de un beso cada vez más apasionado, la mano izquierda de Eloísa, la que no estaba lastimada, se aferró al cinturón de Martín.Cuando parecía que la resistencia de Martín iba a ceder, el teléfono de él comenzó a sonar.El momento quedó suspendido. Puede que haya sido solo su idea, pero Eloísa notó que Martín se puso nervioso al ver el nombre en la pantalla.Pero pronto, la expresión indiferente de Martín fue reemplazada por un destello de calidez.¿Calidez?¿Una palabra así podía aplicarse a Martín? Eloísa prefería creer que se trataba de una ilusión suya.Sin embargo, su intuición femenina no la dejaba tranquila.—¿Quién te llamó?—Un colega.Por un instante, en ese rostro siempre tan imperturbable de Martín, apareció algo parecido a la culpa.—Hubo un problema con un caso del despacho.—Perdóname, Eloísa. Tengo que regresar a trabajar, hoy en la noche no podré estar contigo.—¡Pero...!Había pasado días enteros preparándose para esta noche.Sin embargo, todo lo que quería decirle se quedó atorado en su garganta cuando vio cómo Martín fruncía el entrecejo.—Eloísa, sabes que no me gusta esto.Eloísa guardó silencio. Sabía bien que el trabajo era la prioridad absoluta para Martín; detestaba que cualquier cosa interfiriera con su carrera.Y si alguna vez Eloísa logró destacar entre todas las que perseguían a Martín, fue no solo por su empeño constante, sino porque siempre supo mantenerse en su lugar, sin cruzar los límites.Pero, ¿por qué tenía que ser justo hoy?—Eloísa, pórtate bien. Te prometo que luego encontraré tiempo para celebrar nuestro aniversario.Un dolor agudo le atravesó el pecho. De pronto recordó que, en estos tres años, Martín siempre decía lo mismo.Cada vez que él se perdía un día importante, la historia terminaba con esa frase. Al final, nunca cumplía con nada.Pero Martín ya no parecía estar pendiente de sus sentimientos. En cuanto otro llamado lo presionó, tomó el saco del perchero y salió con prisa, sin mirar atrás.Eloísa se quedó en medio de la sala vacía, sintiendo que el dolor en su muñeca derecha se volvía insoportable.Al final, la herida la obligó a ir al hospital.El médico, al ver la hinchazón en su muñeca, la miró muy serio.—Señorita, su muñeca casi sufrió daño en el hueso. ¿Por qué no vino antes?Si se hubiera esperado más, el daño a los nervios habría sido irreversible.Eloísa se sintió apenada ante el regaño del doctor. Jamás habría imaginado que una herida tan pequeña pudiera complicarse tanto.Por suerte, el médico no la complicó más. Después de recoger los medicamentos para el dolor y la inflamación, Eloísa se dispuso a salir cuando se dio cuenta de que afuera caía una nevada intensa.Siempre le había tenido pavor al frío. Se abrazó a sí misma, buscando un poco de calor. Justo entonces, una voz de hombre, clara y suave, sonó a sus espaldas.—¿Tienes frío? Te dije que te pusieras el abrigo, pero nunca me haces caso.Esa voz tan familiar... Después de tres años, Eloísa sería capaz de reconocerla aunque estuviera en medio de una tormenta: ¡era la voz de Martín!Por un instante pensó que, tal vez, él había descubierto lo de su muñeca y había regresado al hospital por ella. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho. Sin embargo, al girarse, sintió como si la hubieran dejado caer en un pozo de hielo.Ahí, bajo la nevada en la entrada del hospital, estaba Martín. Pero no venía solo; protegía a otra mujer entre sus brazos.Para que ella no sintiera frío, Martín se quitó su propio saco y se lo puso con cuidado sobre los hombros. En la mirada de él había una ternura y una preocupación que Eloísa jamás había recibido en tres años a su lado.—¿Otra vez al hospital? Sabes que no me gusta tomar medicinas.—Tranquila, esta vez no vamos a tomar nada.—Cuando termines el chequeo con el doctor, te llevo a esa fonda que tanto te gusta.La voz de la mujer, mimosa y confiada, hacía que Eloísa sintiera las espinas clavándosele en la espalda.Y mientras los veía alejarse, notó que caminaban en dirección al área de ginecología y obstetricia del hospital.Eloísa ni siquiera supo cómo llegó a su casa.Al ver todos los detalles que había preparado con tanto esmero durante el día, su mente la llevó de vuelta a la escena que presenció en el hospital. De pronto, todo lo vivido en esos tres años le pareció una broma cruel, como si ella hubiera sido la payasa de su propia historia.Mientras quitaba uno por uno los adornos y decoraciones, Eloísa se topó, sin querer, con un diario escondido en una esquina de la habitación, uno que Martín había guardado con disimulo.Al abrirlo, se encontró con páginas repletas de palabras, pero no eran para ella. Estaban dedicadas a otra mujer, llenas de bendiciones y pensamientos.[Jazmín Paredes, la primera vez que te vi, eras como una flor de jazmín: pura y hermosa…][Quisiera que vivieras a tu manera, libre, sin que ninguna etiqueta te ate.]Así, Eloísa por fin supo el nombre de aquella mujer que había visto en el hospital: Jazmín.Y recordaba que la flor favorita de Martín también era el jazmín.Al pasar las hojas hasta el final, por fin encontró su propio nombre. Sin embargo, el tono era completamente distinto.[Eloísa, amable y hogareña.][A mi madre le agrada mucho. Es la indicada para casarse.]¿Qué clase de “flor inalcanzable” era ella para Martín si, en secreto, él y su amada ya tenían hasta un hijo juntos?Ahora que lo pensaba bien, Petra Ortega, la madre de Martín, siempre había sido estricta y difícil de tratar. Seguro Martín no quería que su adorada Jazmín sufriera, así que eligió a Eloísa como una especie de solución conveniente.Tres años entregándole el corazón y, al final, todo había sido una estrategia para complacer a los demás.El corazón de Eloísa se hizo pedazos.Esa noche, se quedó en el balcón, dejando que el viento frío le despeinara el cabello, sola, por horas.Esperaba que Martín llegara a darle una explicación, pero él no volvió en toda la noche....Hasta la mañana siguiente, Eloísa fue despertada por el timbre insistente de su celular. Era su mejor amiga.—Eli, no vayas a olvidarte de la reunión de exalumnos esta tarde, ¿eh? ¡Todos te estamos esperando!La voz de Serena Rojas sonaba alegre y chispeante al otro lado de la línea. Solo entonces Eloísa recordó que, unos días atrás, Serena había insistido varias veces en invitarla. Era cierto, había una reunión pendiente.En la época de la universidad, Eloísa era una de las más populares, la que destacaba entre todos, admirada y querida.Pero desde que se graduó, solo había estado siguiendo a Martín por todos lados. Como a él no le agradaban ese tipo de eventos, Eloísa había dejado de participar en reuniones, fiestas y cualquier cosa que la hiciera brillar.Estaba a punto de inventar una excusa, como tantas veces antes, pero Serena la interrumpió de inmediato:—Eli, ni se te ocurra decir que no. Ya nos has rechazado varias veces.—Aunque sea por Martín, a veces también tienes que pensar en ti, ¿no crees?La imagen de Martín abrazando con cariño a Jazmín volvió a asaltarle la mente.Las palabras de rechazo se le quedaron atoradas en la garganta.Había perseguido a Martín durante tanto tiempo que casi había olvidado quién era antes de él.—Está bien, voy a ir.—¡Eso! ¡Así se habla, Eli! Entonces ya quedamos. ¡Tenemos que ponernos al día, echarnos unas copas y reírnos como antes!Serena sonaba tan emocionada que Eloísa no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.Acordaron verse un poco antes.Eloísa, sin embargo, se quedó parada frente a su armario, mirando todas esas prendas de colores apagados con las que nunca se había sentido identificada.No había planeado nada para la reunión. Todas las prendas colgadas ahí eran las que Martín prefería: sencillas, limpias, conservadoras. Nada que ver con el estilo que ella solía usar.Pero el tiempo apremiaba. Eligió lo primero que encontró y salió apresurada....Cuando llegó al lugar acordado, Serena la vio y casi se le cae la quijada de la impresión.—No puede ser, Eli, ¿de verdad te volviste una santa solo por Martín?Antes, Eloísa era fan de los peinados llamativos: el cabello lleno de ondas, teñido con colores de moda, ropa de marcas extravagantes, siempre a la vanguardia.Ahora llevaba el cabello largo y lacio hasta la cintura, apenas un toque de maquillaje, un vestido sencillo, y unos lentes de armazón negro que le cubrían media cara, dándole el aspecto de una inocente conejita.Serena la rodeó con el brazo, entre broma y preocupación.—¡Ay no, Eli! Te me apagaron por completo. ¿Dónde quedó la verdadera tú?Capítulo 2En una noche en la que el viento y la nieve apenas comenzaban a caer, Eloísa Salazar, vestida apenas con una blusa ligera, se encontraba en el balcón de su departamento.Mientras repasaba viejos mensajes en su teléfono, sentía que su corazón estaba aún más helado que su propio cuerpo.Al final, su dedo se detuvo sobre el contacto de su hermano mayor. La última conversación seguía ahí, congelada en el tiempo.[Papá acaba de fundar una nueva empresa en el extranjero, todavía falta alguien para que la administre. Es tu oportunidad.]Ese mensaje llevaba ahí dos meses.Eloísa apenas dudó antes de escribir una línea.[¿Aún lo necesitan?]No esperaba que la respuesta llegara tan rápido.[Sí, hace falta.][¿Por fin lo pensaste bien? ¿Ya no piensas desperdiciar tu vida por un hombre?]...Hoy se cumplían tres años desde que Eloísa y Martín Ortega comenzaron su relación.Por eso había pedido el día libre en el trabajo, y pasó toda la jornada ocupada, queriendo darle una sorpresa especial a Martín.Después de horas de espera, cuando Eloísa ya había recalentado la cena varias veces, por fin escuchó el chirrido de la puerta: Martín entraba, envuelto en el aire gélido de la tarde.—¡Martín! ¡Por fin llegaste! —se apresuró a recibirlo, ayudándolo a quitarse el abrigo y cambiarse los zapatos, moviéndose de un lado a otro, hasta que notó los ojos inquisitivos de Martín sobre ella.—Eloísa, mi mamá se sintió mal hoy. ¿La llevaste al médico?—Sí, ya fui con ella —Eloísa escondió instintivamente su mano derecha.Llevaba ahí una herida, resultado de haberse apresurado para llevar a la madre de Martín al hospital, y ser atropellada por un carro en el camino.Si Martín lo veía, seguro le vendría un sermón.—El doctor dijo que solo era un resfriado, y que la subida de presión no era grave. No te preocupes —agregó, intentando sonar tranquila.Hizo una pausa y, con un tono suplicante, añadió:—Martín, hoy es nuestro aniversario... ¿Me puedes dar un beso?...En el rostro impecable y distante de Martín apareció una mueca de incomodidad, pero por suerte no la rechazó.Su mano, de dedos largos y huesudos, se apoyó en la cintura de Eloísa; el contacto era tan helado que la hizo estremecerse, pero no se apartó.A pesar de haber estado juntos tres años, esa relación nació de la insistencia de Eloísa. Ella, hija del hombre más rico del Grupo Salazar, recién graduada, cayó rendida ante el encanto distante de Martín, el abogado más prometedor de Silvania.Primero fue la impresión por su apariencia, luego la admiración por su inteligencia. Eloísa no dudó en movilizar a todo su círculo de amistades para averiguar qué le gustaba a Martín; después, buscó cualquier oportunidad para acercarse.Cuando supo que Martín prefería a una novia discreta y cariñosa, Eloísa, siempre acostumbrada a salirse con la suya, decidió esconder su carácter fuerte y convertirse en esa chica dulce y hogareña que él parecía desear.Así pasaron tres años. Martín, que al principio se mostró reacio, poco a poco fue aceptando la relación.Nunca era él quien daba el primer paso, pero tampoco rechazaba las iniciativas de Eloísa.Sin embargo, en cuanto a intimidad, sin importar cuánto insistiera Eloísa, Martín siempre mantenía una distancia clara.—Eloísa, antes de casarnos, no quiero lastimarte.—No me gustaría que pensaras que soy un irresponsable.Con frases así, Martín solía poner un límite. Al principio, eso le parecía tierno a Eloísa; pero hoy, después de tanto tiempo, ya no quería seguir esperando.Ya tenía todo listo para la propuesta de matrimonio. Después de esa noche, pensaba pedirle que se casara con ella y convertirse en su esposa.En medio de un beso cada vez más apasionado, la mano izquierda de Eloísa, la que no estaba lastimada, se aferró al cinturón de Martín.Cuando parecía que la resistencia de Martín iba a ceder, el teléfono de él comenzó a sonar.El momento quedó suspendido. Puede que haya sido solo su idea, pero Eloísa notó que Martín se puso nervioso al ver el nombre en la pantalla.Pero pronto, la expresión indiferente de Martín fue reemplazada por un destello de calidez.¿Calidez?¿Una palabra así podía aplicarse a Martín? Eloísa prefería creer que se trataba de una ilusión suya.Sin embargo, su intuición femenina no la dejaba tranquila.—¿Quién te llamó?—Un colega.Por un instante, en ese rostro siempre tan imperturbable de Martín, apareció algo parecido a la culpa.—Hubo un problema con un caso del despacho.—Perdóname, Eloísa. Tengo que regresar a trabajar, hoy en la noche no podré estar contigo.—¡Pero...!Había pasado días enteros preparándose para esta noche.Sin embargo, todo lo que quería decirle se quedó atorado en su garganta cuando vio cómo Martín fruncía el entrecejo.—Eloísa, sabes que no me gusta esto.Eloísa guardó silencio. Sabía bien que el trabajo era la prioridad absoluta para Martín; detestaba que cualquier cosa interfiriera con su carrera.Y si alguna vez Eloísa logró destacar entre todas las que perseguían a Martín, fue no solo por su empeño constante, sino porque siempre supo mantenerse en su lugar, sin cruzar los límites.Pero, ¿por qué tenía que ser justo hoy?—Eloísa, pórtate bien. Te prometo que luego encontraré tiempo para celebrar nuestro aniversario.Un dolor agudo le atravesó el pecho. De pronto recordó que, en estos tres años, Martín siempre decía lo mismo.Cada vez que él se perdía un día importante, la historia terminaba con esa frase. Al final, nunca cumplía con nada.Pero Martín ya no parecía estar pendiente de sus sentimientos. En cuanto otro llamado lo presionó, tomó el saco del perchero y salió con prisa, sin mirar atrás.Eloísa se quedó en medio de la sala vacía, sintiendo que el dolor en su muñeca derecha se volvía insoportable.Al final, la herida la obligó a ir al hospital.El médico, al ver la hinchazón en su muñeca, la miró muy serio.—Señorita, su muñeca casi sufrió daño en el hueso. ¿Por qué no vino antes?Si se hubiera esperado más, el daño a los nervios habría sido irreversible.Eloísa se sintió apenada ante el regaño del doctor. Jamás habría imaginado que una herida tan pequeña pudiera complicarse tanto.Por suerte, el médico no la complicó más. Después de recoger los medicamentos para el dolor y la inflamación, Eloísa se dispuso a salir cuando se dio cuenta de que afuera caía una nevada intensa.Siempre le había tenido pavor al frío. Se abrazó a sí misma, buscando un poco de calor. Justo entonces, una voz de hombre, clara y suave, sonó a sus espaldas.—¿Tienes frío? Te dije que te pusieras el abrigo, pero nunca me haces caso.Esa voz tan familiar... Después de tres años, Eloísa sería capaz de reconocerla aunque estuviera en medio de una tormenta: ¡era la voz de Martín!Por un instante pensó que, tal vez, él había descubierto lo de su muñeca y había regresado al hospital por ella. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho. Sin embargo, al girarse, sintió como si la hubieran dejado caer en un pozo de hielo.Ahí, bajo la nevada en la entrada del hospital, estaba Martín. Pero no venía solo; protegía a otra mujer entre sus brazos.Para que ella no sintiera frío, Martín se quitó su propio saco y se lo puso con cuidado sobre los hombros. En la mirada de él había una ternura y una preocupación que Eloísa jamás había recibido en tres años a su lado.—¿Otra vez al hospital? Sabes que no me gusta tomar medicinas.—Tranquila, esta vez no vamos a tomar nada.—Cuando termines el chequeo con el doctor, te llevo a esa fonda que tanto te gusta.La voz de la mujer, mimosa y confiada, hacía que Eloísa sintiera las espinas clavándosele en la espalda.Y mientras los veía alejarse, notó que caminaban en dirección al área de ginecología y obstetricia del hospital.Eloísa ni siquiera supo cómo llegó a su casa.Al ver todos los detalles que había preparado con tanto esmero durante el día, su mente la llevó de vuelta a la escena que presenció en el hospital. De pronto, todo lo vivido en esos tres años le pareció una broma cruel, como si ella hubiera sido la payasa de su propia historia.Mientras quitaba uno por uno los adornos y decoraciones, Eloísa se topó, sin querer, con un diario escondido en una esquina de la habitación, uno que Martín había guardado con disimulo.Al abrirlo, se encontró con páginas repletas de palabras, pero no eran para ella. Estaban dedicadas a otra mujer, llenas de bendiciones y pensamientos.[Jazmín Paredes, la primera vez que te vi, eras como una flor de jazmín: pura y hermosa…][Quisiera que vivieras a tu manera, libre, sin que ninguna etiqueta te ate.]Así, Eloísa por fin supo el nombre de aquella mujer que había visto en el hospital: Jazmín.Y recordaba que la flor favorita de Martín también era el jazmín.Al pasar las hojas hasta el final, por fin encontró su propio nombre. Sin embargo, el tono era completamente distinto.[Eloísa, amable y hogareña.][A mi madre le agrada mucho. Es la indicada para casarse.]¿Qué clase de “flor inalcanzable” era ella para Martín si, en secreto, él y su amada ya tenían hasta un hijo juntos?Ahora que lo pensaba bien, Petra Ortega, la madre de Martín, siempre había sido estricta y difícil de tratar. Seguro Martín no quería que su adorada Jazmín sufriera, así que eligió a Eloísa como una especie de solución conveniente.Tres años entregándole el corazón y, al final, todo había sido una estrategia para complacer a los demás.El corazón de Eloísa se hizo pedazos.Esa noche, se quedó en el balcón, dejando que el viento frío le despeinara el cabello, sola, por horas.Esperaba que Martín llegara a darle una explicación, pero él no volvió en toda la noche....Hasta la mañana siguiente, Eloísa fue despertada por el timbre insistente de su celular. Era su mejor amiga.—Eli, no vayas a olvidarte de la reunión de exalumnos esta tarde, ¿eh? ¡Todos te estamos esperando!La voz de Serena Rojas sonaba alegre y chispeante al otro lado de la línea. Solo entonces Eloísa recordó que, unos días atrás, Serena había insistido varias veces en invitarla. Era cierto, había una reunión pendiente.En la época de la universidad, Eloísa era una de las más populares, la que destacaba entre todos, admirada y querida.Pero desde que se graduó, solo había estado siguiendo a Martín por todos lados. Como a él no le agradaban ese tipo de eventos, Eloísa había dejado de participar en reuniones, fiestas y cualquier cosa que la hiciera brillar.Estaba a punto de inventar una excusa, como tantas veces antes, pero Serena la interrumpió de inmediato:—Eli, ni se te ocurra decir que no. Ya nos has rechazado varias veces.—Aunque sea por Martín, a veces también tienes que pensar en ti, ¿no crees?La imagen de Martín abrazando con cariño a Jazmín volvió a asaltarle la mente.Las palabras de rechazo se le quedaron atoradas en la garganta.Había perseguido a Martín durante tanto tiempo que casi había olvidado quién era antes de él.—Está bien, voy a ir.—¡Eso! ¡Así se habla, Eli! Entonces ya quedamos. ¡Tenemos que ponernos al día, echarnos unas copas y reírnos como antes!Serena sonaba tan emocionada que Eloísa no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.Acordaron verse un poco antes.Eloísa, sin embargo, se quedó parada frente a su armario, mirando todas esas prendas de colores apagados con las que nunca se había sentido identificada.No había planeado nada para la reunión. Todas las prendas colgadas ahí eran las que Martín prefería: sencillas, limpias, conservadoras. Nada que ver con el estilo que ella solía usar.Pero el tiempo apremiaba. Eligió lo primero que encontró y salió apresurada....Cuando llegó al lugar acordado, Serena la vio y casi se le cae la quijada de la impresión.—No puede ser, Eli, ¿de verdad te volviste una santa solo por Martín?Antes, Eloísa era fan de los peinados llamativos: el cabello lleno de ondas, teñido con colores de moda, ropa de marcas extravagantes, siempre a la vanguardia.Ahora llevaba el cabello largo y lacio hasta la cintura, apenas un toque de maquillaje, un vestido sencillo, y unos lentes de armazón negro que le cubrían media cara, dándole el aspecto de una inocente conejita.Serena la rodeó con el brazo, entre broma y preocupación.—¡Ay no, Eli! Te me apagaron por completo. ¿Dónde quedó la verdadera tú?Capítulo 3En una noche en la que el viento y la nieve apenas comenzaban a caer, Eloísa Salazar, vestida apenas con una blusa ligera, se encontraba en el balcón de su departamento.Mientras repasaba viejos mensajes en su teléfono, sentía que su corazón estaba aún más helado que su propio cuerpo.Al final, su dedo se detuvo sobre el contacto de su hermano mayor. La última conversación seguía ahí, congelada en el tiempo.[Papá acaba de fundar una nueva empresa en el extranjero, todavía falta alguien para que la administre. Es tu oportunidad.]Ese mensaje llevaba ahí dos meses.Eloísa apenas dudó antes de escribir una línea.[¿Aún lo necesitan?]No esperaba que la respuesta llegara tan rápido.[Sí, hace falta.][¿Por fin lo pensaste bien? ¿Ya no piensas desperdiciar tu vida por un hombre?]...Hoy se cumplían tres años desde que Eloísa y Martín Ortega comenzaron su relación.Por eso había pedido el día libre en el trabajo, y pasó toda la jornada ocupada, queriendo darle una sorpresa especial a Martín.Después de horas de espera, cuando Eloísa ya había recalentado la cena varias veces, por fin escuchó el chirrido de la puerta: Martín entraba, envuelto en el aire gélido de la tarde.—¡Martín! ¡Por fin llegaste! —se apresuró a recibirlo, ayudándolo a quitarse el abrigo y cambiarse los zapatos, moviéndose de un lado a otro, hasta que notó los ojos inquisitivos de Martín sobre ella.—Eloísa, mi mamá se sintió mal hoy. ¿La llevaste al médico?—Sí, ya fui con ella —Eloísa escondió instintivamente su mano derecha.Llevaba ahí una herida, resultado de haberse apresurado para llevar a la madre de Martín al hospital, y ser atropellada por un carro en el camino.Si Martín lo veía, seguro le vendría un sermón.—El doctor dijo que solo era un resfriado, y que la subida de presión no era grave. No te preocupes —agregó, intentando sonar tranquila.Hizo una pausa y, con un tono suplicante, añadió:—Martín, hoy es nuestro aniversario... ¿Me puedes dar un beso?...En el rostro impecable y distante de Martín apareció una mueca de incomodidad, pero por suerte no la rechazó.Su mano, de dedos largos y huesudos, se apoyó en la cintura de Eloísa; el contacto era tan helado que la hizo estremecerse, pero no se apartó.A pesar de haber estado juntos tres años, esa relación nació de la insistencia de Eloísa. Ella, hija del hombre más rico del Grupo Salazar, recién graduada, cayó rendida ante el encanto distante de Martín, el abogado más prometedor de Silvania.Primero fue la impresión por su apariencia, luego la admiración por su inteligencia. Eloísa no dudó en movilizar a todo su círculo de amistades para averiguar qué le gustaba a Martín; después, buscó cualquier oportunidad para acercarse.Cuando supo que Martín prefería a una novia discreta y cariñosa, Eloísa, siempre acostumbrada a salirse con la suya, decidió esconder su carácter fuerte y convertirse en esa chica dulce y hogareña que él parecía desear.Así pasaron tres años. Martín, que al principio se mostró reacio, poco a poco fue aceptando la relación.Nunca era él quien daba el primer paso, pero tampoco rechazaba las iniciativas de Eloísa.Sin embargo, en cuanto a intimidad, sin importar cuánto insistiera Eloísa, Martín siempre mantenía una distancia clara.—Eloísa, antes de casarnos, no quiero lastimarte.—No me gustaría que pensaras que soy un irresponsable.Con frases así, Martín solía poner un límite. Al principio, eso le parecía tierno a Eloísa; pero hoy, después de tanto tiempo, ya no quería seguir esperando.Ya tenía todo listo para la propuesta de matrimonio. Después de esa noche, pensaba pedirle que se casara con ella y convertirse en su esposa.En medio de un beso cada vez más apasionado, la mano izquierda de Eloísa, la que no estaba lastimada, se aferró al cinturón de Martín.Cuando parecía que la resistencia de Martín iba a ceder, el teléfono de él comenzó a sonar.El momento quedó suspendido. Puede que haya sido solo su idea, pero Eloísa notó que Martín se puso nervioso al ver el nombre en la pantalla.Pero pronto, la expresión indiferente de Martín fue reemplazada por un destello de calidez.¿Calidez?¿Una palabra así podía aplicarse a Martín? Eloísa prefería creer que se trataba de una ilusión suya.Sin embargo, su intuición femenina no la dejaba tranquila.—¿Quién te llamó?—Un colega.Por un instante, en ese rostro siempre tan imperturbable de Martín, apareció algo parecido a la culpa.—Hubo un problema con un caso del despacho.—Perdóname, Eloísa. Tengo que regresar a trabajar, hoy en la noche no podré estar contigo.—¡Pero...!Había pasado días enteros preparándose para esta noche.Sin embargo, todo lo que quería decirle se quedó atorado en su garganta cuando vio cómo Martín fruncía el entrecejo.—Eloísa, sabes que no me gusta esto.Eloísa guardó silencio. Sabía bien que el trabajo era la prioridad absoluta para Martín; detestaba que cualquier cosa interfiriera con su carrera.Y si alguna vez Eloísa logró destacar entre todas las que perseguían a Martín, fue no solo por su empeño constante, sino porque siempre supo mantenerse en su lugar, sin cruzar los límites.Pero, ¿por qué tenía que ser justo hoy?—Eloísa, pórtate bien. Te prometo que luego encontraré tiempo para celebrar nuestro aniversario.Un dolor agudo le atravesó el pecho. De pronto recordó que, en estos tres años, Martín siempre decía lo mismo.Cada vez que él se perdía un día importante, la historia terminaba con esa frase. Al final, nunca cumplía con nada.Pero Martín ya no parecía estar pendiente de sus sentimientos. En cuanto otro llamado lo presionó, tomó el saco del perchero y salió con prisa, sin mirar atrás.Eloísa se quedó en medio de la sala vacía, sintiendo que el dolor en su muñeca derecha se volvía insoportable.Al final, la herida la obligó a ir al hospital.El médico, al ver la hinchazón en su muñeca, la miró muy serio.—Señorita, su muñeca casi sufrió daño en el hueso. ¿Por qué no vino antes?Si se hubiera esperado más, el daño a los nervios habría sido irreversible.Eloísa se sintió apenada ante el regaño del doctor. Jamás habría imaginado que una herida tan pequeña pudiera complicarse tanto.Por suerte, el médico no la complicó más. Después de recoger los medicamentos para el dolor y la inflamación, Eloísa se dispuso a salir cuando se dio cuenta de que afuera caía una nevada intensa.Siempre le había tenido pavor al frío. Se abrazó a sí misma, buscando un poco de calor. Justo entonces, una voz de hombre, clara y suave, sonó a sus espaldas.—¿Tienes frío? Te dije que te pusieras el abrigo, pero nunca me haces caso.Esa voz tan familiar... Después de tres años, Eloísa sería capaz de reconocerla aunque estuviera en medio de una tormenta: ¡era la voz de Martín!Por un instante pensó que, tal vez, él había descubierto lo de su muñeca y había regresado al hospital por ella. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho. Sin embargo, al girarse, sintió como si la hubieran dejado caer en un pozo de hielo.Ahí, bajo la nevada en la entrada del hospital, estaba Martín. Pero no venía solo; protegía a otra mujer entre sus brazos.Para que ella no sintiera frío, Martín se quitó su propio saco y se lo puso con cuidado sobre los hombros. En la mirada de él había una ternura y una preocupación que Eloísa jamás había recibido en tres años a su lado.—¿Otra vez al hospital? Sabes que no me gusta tomar medicinas.—Tranquila, esta vez no vamos a tomar nada.—Cuando termines el chequeo con el doctor, te llevo a esa fonda que tanto te gusta.La voz de la mujer, mimosa y confiada, hacía que Eloísa sintiera las espinas clavándosele en la espalda.Y mientras los veía alejarse, notó que caminaban en dirección al área de ginecología y obstetricia del hospital.Eloísa ni siquiera supo cómo llegó a su casa.Al ver todos los detalles que había preparado con tanto esmero durante el día, su mente la llevó de vuelta a la escena que presenció en el hospital. De pronto, todo lo vivido en esos tres años le pareció una broma cruel, como si ella hubiera sido la payasa de su propia historia.Mientras quitaba uno por uno los adornos y decoraciones, Eloísa se topó, sin querer, con un diario escondido en una esquina de la habitación, uno que Martín había guardado con disimulo.Al abrirlo, se encontró con páginas repletas de palabras, pero no eran para ella. Estaban dedicadas a otra mujer, llenas de bendiciones y pensamientos.[Jazmín Paredes, la primera vez que te vi, eras como una flor de jazmín: pura y hermosa…][Quisiera que vivieras a tu manera, libre, sin que ninguna etiqueta te ate.]Así, Eloísa por fin supo el nombre de aquella mujer que había visto en el hospital: Jazmín.Y recordaba que la flor favorita de Martín también era el jazmín.Al pasar las hojas hasta el final, por fin encontró su propio nombre. Sin embargo, el tono era completamente distinto.[Eloísa, amable y hogareña.][A mi madre le agrada mucho. Es la indicada para casarse.]¿Qué clase de “flor inalcanzable” era ella para Martín si, en secreto, él y su amada ya tenían hasta un hijo juntos?Ahora que lo pensaba bien, Petra Ortega, la madre de Martín, siempre había sido estricta y difícil de tratar. Seguro Martín no quería que su adorada Jazmín sufriera, así que eligió a Eloísa como una especie de solución conveniente.Tres años entregándole el corazón y, al final, todo había sido una estrategia para complacer a los demás.El corazón de Eloísa se hizo pedazos.Esa noche, se quedó en el balcón, dejando que el viento frío le despeinara el cabello, sola, por horas.Esperaba que Martín llegara a darle una explicación, pero él no volvió en toda la noche....Hasta la mañana siguiente, Eloísa fue despertada por el timbre insistente de su celular. Era su mejor amiga.—Eli, no vayas a olvidarte de la reunión de exalumnos esta tarde, ¿eh? ¡Todos te estamos esperando!La voz de Serena Rojas sonaba alegre y chispeante al otro lado de la línea. Solo entonces Eloísa recordó que, unos días atrás, Serena había insistido varias veces en invitarla. Era cierto, había una reunión pendiente.En la época de la universidad, Eloísa era una de las más populares, la que destacaba entre todos, admirada y querida.Pero desde que se graduó, solo había estado siguiendo a Martín por todos lados. Como a él no le agradaban ese tipo de eventos, Eloísa había dejado de participar en reuniones, fiestas y cualquier cosa que la hiciera brillar.Estaba a punto de inventar una excusa, como tantas veces antes, pero Serena la interrumpió de inmediato:—Eli, ni se te ocurra decir que no. Ya nos has rechazado varias veces.—Aunque sea por Martín, a veces también tienes que pensar en ti, ¿no crees?La imagen de Martín abrazando con cariño a Jazmín volvió a asaltarle la mente.Las palabras de rechazo se le quedaron atoradas en la garganta.Había perseguido a Martín durante tanto tiempo que casi había olvidado quién era antes de él.—Está bien, voy a ir.—¡Eso! ¡Así se habla, Eli! Entonces ya quedamos. ¡Tenemos que ponernos al día, echarnos unas copas y reírnos como antes!Serena sonaba tan emocionada que Eloísa no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.Acordaron verse un poco antes.Eloísa, sin embargo, se quedó parada frente a su armario, mirando todas esas prendas de colores apagados con las que nunca se había sentido identificada.No había planeado nada para la reunión. Todas las prendas colgadas ahí eran las que Martín prefería: sencillas, limpias, conservadoras. Nada que ver con el estilo que ella solía usar.Pero el tiempo apremiaba. Eligió lo primero que encontró y salió apresurada....Cuando llegó al lugar acordado, Serena la vio y casi se le cae la quijada de la impresión.—No puede ser, Eli, ¿de verdad te volviste una santa solo por Martín?Antes, Eloísa era fan de los peinados llamativos: el cabello lleno de ondas, teñido con colores de moda, ropa de marcas extravagantes, siempre a la vanguardia.Ahora llevaba el cabello largo y lacio hasta la cintura, apenas un toque de maquillaje, un vestido sencillo, y unos lentes de armazón negro que le cubrían media cara, dándole el aspecto de una inocente conejita.Serena la rodeó con el brazo, entre broma y preocupación.—¡Ay no, Eli! Te me apagaron por completo. ¿Dónde quedó la verdadera tú?