Capítulo 1Cuando el carro llegó a la cima de la montaña, ya pasaban de las diez de la noche. Esmeralda Duarte sacó de su bolsa la invitación y se la entregó al personal de la entrada.—Señor Borges me pidió que viniera.El trabajador bajó la mirada para revisar la invitación y asintió.—Sígame, por favor. El señor Borges la está esperando adentro.Esmeralda lo siguió, atravesando un largo tramo de escaleras al aire libre. La brisa nocturna le erizaba la piel y el murmullo de la fiesta se volvía cada vez más cercano. Finalmente, la condujeron hasta la puerta de un privado.El portón, de madera oscura, fue golpeado dos veces. Desde dentro, el bullicio y las risas se filtraron al pasillo.De pronto, una chica joven de cabello corto abrió la puerta.—¿Quién es…? ¿Esme?La muchacha la miró con los ojos bien abiertos, sorprendida al reconocerla.—¿Tú qué haces aquí?Antes de que Esmeralda pudiera responder, la voz de Daniel Borges resonó desde el interior, llamando la atención del personal.Esmeralda agradeció al trabajador con una sonrisa, empujó la puerta y entró.Daniel había insistido en que asistiera a esa cena, aprovechando que tenía en sus manos el futuro de un proyecto importante para ella. No era que a Esmeralda le interesara mucho la comida, pero todo su estudio dependía de que el proyecto arrancara y los fondos empezaran a fluir. No le contó nada a sus socios, simplemente aceptó la invitación de Daniel.—Esmeralda.Daniel estaba rodeado por varios amigos, todos con copas en la mano y sonrisas cómplices. Al verla de pie en la entrada, fingió descubrirla apenas en ese momento. La saludó con un movimiento de mano.—Ven, siéntate aquí conmigo.Sonreía con ese aire despreocupado que siempre lo acompañaba. Dentro del círculo de los chicos ricos, su apariencia destacaba: atractivo, con rasgos sólidos, pero bajo la luz tenue, las ojeras delataban noches de excesos.Esmeralda se acercó con la botella de vino que había traído desde la base de la montaña y la colocó sobre la mesa.—Señor Borges, este vino es un regalo de parte de nuestro equipo de producción.Daniel ni siquiera dirigió la mirada a la botella. Sus ojos, encendidos por la luz y el deseo, no se apartaban de Esmeralda, y el mensaje era claro.—Sírveme una copa.Se recostó en el sofá, cruzó las piernas y la miró, esperando.Esmeralda ya no era la misma de antes. Los años le habían limado la rebeldía; se sentía mucho más templada. Sin decir palabra, tomó el destapador de la mesa.Mientras ella destapaba la botella, Daniel no le quitaba la vista de encima.No era un secreto que Esmeralda era guapa. Había estudiado cine y, aunque varias de sus compañeras habían logrado hacerse un nombre, ninguna tenía ese tipo de presencia que volvía imposible olvidarla después de verla una sola vez. Su belleza era sutil pero intensa, con una elegancia natural que la hacía destacar en cualquier lugar.Lástima que los mejores años de su vida se los había llevado alguien que no lo merecía.—¿Sigues en contacto con Alvi estos años?Daniel preguntó de repente, fingiendo que el tema no importaba.Alvi.Pocas personas usaban ese apodo para referirse a él frente a ella.—No.Esmeralda terminó de abrir el vino, sirvió una copa y se la acercó, evitando su mirada.En algún momento, todos los demás se habían ido, dejándolos solos en el privado.—¿Entonces por qué volviste a Solara de repente?Daniel tomó la copa y se la bebió de un trago.Esmeralda soltó una pequeña sonrisa y volvió a servirle.—Pues hay que buscarse la vida, ¿no? Alguien tiene que trabajar para sobrevivir.Solo había tenido un novio serio, desde el segundo año de universidad hasta la graduación. Fueron tres años juntos. Ella sentía que había sido una buena pareja: nunca hacía dramas, no armaba escándalos y siempre trató de agradar. Pero la ruptura fue cualquier cosa menos pacífica. Acabó hecha pedazos, sin nada que la consolara, y terminó regresando a su pueblo natal para reconstruirse durante varios años.Si no fuera porque su prima la buscó para que abrieran juntas el estudio, seguramente seguiría escondida allá.Daniel la observaba, y no estaba claro si era el alcohol o la presencia de Esmeralda lo que le encendía la sangre. Ese deseo, que había tratado de enterrar durante años, parecía revivir con fuerza, ardiendo justo ahí, frente a ella......—¿Esta vez que volviste todavía piensas seguir actuando? Alvi no ha estado en el país estos dos años, si tú quieres, podrías…La frase quedó suspendida, porque la puerta del privado se abrió de una patada desde afuera, sin el menor miramiento.—¿Qué está pasando aquí?La voz despreocupada y burlona resonó en la entrada.—¿Por qué cierran la puerta así de fuerte? ¿A poco nos están ocultando algo?El tono era pura burla y desparpajo. Esa voz le sonaba conocida a cualquiera.Esmeralda volteó.Reconocía al que acababa de entrar; era del mismo círculo que Daniel y los demás, pero el nombre no le venía a la mente.—¿Y tú qué haces aquí?De pronto, Daniel se puso nervioso, se incorporó enseguida del sillón y fijó la vista en la puerta.Santiago Hierro no respondió. Sus ojos se clavaron en Esmeralda, como si también sintiera que le resultaba familiar.—¿Y esta quién es? Me suena de algún lado…La expresión de Daniel se tornó extraña; no respondió, solo se dirigió a Esmeralda:—Mejor vete por ahora. Yo te aviso después.—Pero lo del proyecto…Toda la razón por la que Esmeralda había venido esa noche era por el proyecto que tenía pendiente. El equipo entero la esperaba y, si se atrasaban un día, eso eran decenas de miles de pesos de más.Daniel ya estaba perdiendo la paciencia, iba a contestar, pero su expresión se quedó congelada.Se escucharon pasos acercándose desde el pasillo, cada vez más cerca, hasta detenerse justo detrás de Esmeralda.De pronto, el silencio llenó el cuarto.La espalda de Esmeralda se puso tensa al instante. Un aroma fuerte a tabaco mezclado con esa nota inconfundible de albahaca la envolvió, como si cada recuerdo se le hubiera activado de golpe.No hacía falta voltear. Sabía perfectamente quién estaba detrás de ella.Qué raro, después de tanto tiempo, después de haberse separado tanto.Aun así, todo sobre él… hasta su aroma… seguía siendo inconfundible para ella.—Alvi, ¿desde cuándo estás de regreso?Daniel fue el primero en hablar, con la voz temblorosa aunque trató de disimularlo.Esmeralda sostuvo la copa, sin voltearse.Podía sentir la mirada clavada en ella.—¿Alvarito? ¿Se conocen?Santiago observó a los tres, dándose cuenta de que algo más había ahí.Álvaro Ferreira no dijo nada. Seguía mirando a Esmeralda, pero se acercó a la mesa de centro.—Justo andamos cerrando un proyecto. Hoy vinimos a platicar… a ver el tema de la colaboración.Daniel se apresuró a explicar, pálido, sin rastro de la arrogancia de hace un momento.—¿Proyecto?La voz de Álvaro sonó despreocupada. Echó un vistazo a Esmeralda, que seguía ahí parada, sin moverse, su mirada tan distante como un muro.—¿Tú pusiste el dinero?Se dejó caer en el sillón con toda la calma del mundo, tomó la copa que Esmeralda había servido antes y de un trago la vació, devolviendo el vaso a la mesa con desdén.Daniel negó rápido con la cabeza.—No, no… yo ni sabía. Fue error de la gente que trabaja conmigo.Álvaro permaneció callado, su mirada fija en la espalda de Esmeralda.Ella, desde el reflejo en la pared de espejo, alcanzaba a ver el rostro de él, apenas difuminado.La luz blanca y helada caía sobre sus cejas y ojos tan oscuros y serenos, sin un solo cambio con respecto a lo que guardaba en su memoria.Sus rasgos eran marcados, la expresión impasible, los labios delgados. Incluso cuando no sonreía, las comisuras de su boca se doblaban hacia arriba, pero en vez de ternura, lo que mostraba era una especie de burla y desdén.No apartaba la vista de ella ni un segundo, como si quisiera clavarla en ese lugar con solo mirarla.La espalda de Esmeralda se tensó de inmediato. Los dedos que sujetaban la botella de vino se cerraron con fuerza.—Señor Borges, yo me voy primero. Platicamos en otra ocasión.Dejó la botella sobre la mesa y giró para salir del privado, apresurando el paso sin mirar atrás.En las afueras, encontrar un carro era complicado y, ya de noche, era casi misión imposible.Esmeralda salió de la finca y empezó a caminar de regreso por la carretera en curva. Sus tacones le hacían doler las rodillas a cada paso en bajada, pero no tenía otra opción.Intentó pedir un carro con la app en su celular, pero ningún chofer aceptaba su solicitud. Desesperada, aumentó la tarifa cien pesos más, cruzando los dedos para que alguien quisiera recogerla.Ese tipo de cosas antes se resolvían con una sola llamada, pero Olivia Duarte andaba ocupada con el trabajo en la productora y, a esas horas, no quería molestar a nadie del estudio. En Solara, la verdad, ya no tenía casi amigos.En la época de la universidad, conocía a mucha gente por ahí, pero en cuanto se graduó, Álvaro la acorraló tanto que terminó huyendo como si escapara de un incendio. Desde entonces, perdió contacto con todos.El camino de la montaña era pesado, y en el celular nadie aceptaba su viaje.Abrió el teléfono, pensando en pedirle a Olivia que preguntara si alguien podía pasar por ella.Apenas desbloqueó la pantalla, una ráfaga de luces de carro la encandiló por la espalda, tan arrogante y directa que tuvo que alzar el brazo para cubrirse los ojos.El carro deportivo se detuvo casi rozando su hombro. Esmeralda se giró, deteniendo el paso, y vio quién estaba al volante.—Súbete.La voz de Álvaro sonó distante, como si no la reconociera en absoluto.El dolor en los talones y las rodillas de Esmeralda no la dejaban en paz.—No hace falta, gracias...No pudo terminar la frase. Él la interrumpió de golpe.—Te dije que subas.Álvaro apoyó una mano en el volante y la miró de frente.Esa mirada, mucho más directa que la de antes en el privado, era impasible, sin emoción alguna. Sus facciones, iluminadas por los faros, parecían aún más marcadas y severas. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, llenos de una presión que cortaba el aire.Sin ningún gesto amable, la miraba en silencio, con una calma que pesaba, sin rastro de broma.—Si no te subes, no tengo problema en pasar el carro por encima de ti.Esmeralda guardó silencio. Si esa amenaza viniera de cualquier otro, no le creería, pero viniendo de Álvaro, no dudaba que fuera capaz.—Gracias.Rodeó el carro y fue directo a la puerta trasera, intentando abrirla.No cedió.Apretó los labios, dio la vuelta, y abrió la puerta del copiloto.Apenas se puso el cinturón, el carro salió disparado como una flecha.Hacía mucho que no ocupaba ese asiento al lado de Álvaro. El sudor le recorría la espalda y no soltó el cinturón ni por un segundo.Quizá porque el carro fue bajando la montaña, la velocidad se fue calmando, volviéndose más llevadera.Esmeralda logró respirar un poco mejor y, en silencio, bajó la mirada para revisar su celular.—Me puedes dejar por la estación del metro, ahí adelante —murmuró.Álvaro no reaccionó, como si no la escuchara, y siguió manejando.Ella conocía su carácter, así que no insistió. Manteniendo la cabeza baja, se quedó mirando su mano en el volante.Las manos de Álvaro no eran elegantes ni finas. Su piel era clara, las venas y tendones resaltaban, y los dedos y muñecas eran gruesos, transmitiendo una fuerza salvaje y contenida.Había algo diferente respecto a tres años atrás, cuando terminaron: en el anular izquierdo llevaba un anillo sencillo de plata.Esmeralda apartó la vista y se volvió hacia la ventana.El carro se detuvo en el semáforo, justo frente a la estación del metro.Esmeralda agarró su bolso del regazo.—Me bajo aquí.Alargó la mano para abrir la puerta.Capítulo 2Cuando el carro llegó a la cima de la montaña, ya pasaban de las diez de la noche. Esmeralda Duarte sacó de su bolsa la invitación y se la entregó al personal de la entrada.—Señor Borges me pidió que viniera.El trabajador bajó la mirada para revisar la invitación y asintió.—Sígame, por favor. El señor Borges la está esperando adentro.Esmeralda lo siguió, atravesando un largo tramo de escaleras al aire libre. La brisa nocturna le erizaba la piel y el murmullo de la fiesta se volvía cada vez más cercano. Finalmente, la condujeron hasta la puerta de un privado.El portón, de madera oscura, fue golpeado dos veces. Desde dentro, el bullicio y las risas se filtraron al pasillo.De pronto, una chica joven de cabello corto abrió la puerta.—¿Quién es…? ¿Esme?La muchacha la miró con los ojos bien abiertos, sorprendida al reconocerla.—¿Tú qué haces aquí?Antes de que Esmeralda pudiera responder, la voz de Daniel Borges resonó desde el interior, llamando la atención del personal.Esmeralda agradeció al trabajador con una sonrisa, empujó la puerta y entró.Daniel había insistido en que asistiera a esa cena, aprovechando que tenía en sus manos el futuro de un proyecto importante para ella. No era que a Esmeralda le interesara mucho la comida, pero todo su estudio dependía de que el proyecto arrancara y los fondos empezaran a fluir. No le contó nada a sus socios, simplemente aceptó la invitación de Daniel.—Esmeralda.Daniel estaba rodeado por varios amigos, todos con copas en la mano y sonrisas cómplices. Al verla de pie en la entrada, fingió descubrirla apenas en ese momento. La saludó con un movimiento de mano.—Ven, siéntate aquí conmigo.Sonreía con ese aire despreocupado que siempre lo acompañaba. Dentro del círculo de los chicos ricos, su apariencia destacaba: atractivo, con rasgos sólidos, pero bajo la luz tenue, las ojeras delataban noches de excesos.Esmeralda se acercó con la botella de vino que había traído desde la base de la montaña y la colocó sobre la mesa.—Señor Borges, este vino es un regalo de parte de nuestro equipo de producción.Daniel ni siquiera dirigió la mirada a la botella. Sus ojos, encendidos por la luz y el deseo, no se apartaban de Esmeralda, y el mensaje era claro.—Sírveme una copa.Se recostó en el sofá, cruzó las piernas y la miró, esperando.Esmeralda ya no era la misma de antes. Los años le habían limado la rebeldía; se sentía mucho más templada. Sin decir palabra, tomó el destapador de la mesa.Mientras ella destapaba la botella, Daniel no le quitaba la vista de encima.No era un secreto que Esmeralda era guapa. Había estudiado cine y, aunque varias de sus compañeras habían logrado hacerse un nombre, ninguna tenía ese tipo de presencia que volvía imposible olvidarla después de verla una sola vez. Su belleza era sutil pero intensa, con una elegancia natural que la hacía destacar en cualquier lugar.Lástima que los mejores años de su vida se los había llevado alguien que no lo merecía.—¿Sigues en contacto con Alvi estos años?Daniel preguntó de repente, fingiendo que el tema no importaba.Alvi.Pocas personas usaban ese apodo para referirse a él frente a ella.—No.Esmeralda terminó de abrir el vino, sirvió una copa y se la acercó, evitando su mirada.En algún momento, todos los demás se habían ido, dejándolos solos en el privado.—¿Entonces por qué volviste a Solara de repente?Daniel tomó la copa y se la bebió de un trago.Esmeralda soltó una pequeña sonrisa y volvió a servirle.—Pues hay que buscarse la vida, ¿no? Alguien tiene que trabajar para sobrevivir.Solo había tenido un novio serio, desde el segundo año de universidad hasta la graduación. Fueron tres años juntos. Ella sentía que había sido una buena pareja: nunca hacía dramas, no armaba escándalos y siempre trató de agradar. Pero la ruptura fue cualquier cosa menos pacífica. Acabó hecha pedazos, sin nada que la consolara, y terminó regresando a su pueblo natal para reconstruirse durante varios años.Si no fuera porque su prima la buscó para que abrieran juntas el estudio, seguramente seguiría escondida allá.Daniel la observaba, y no estaba claro si era el alcohol o la presencia de Esmeralda lo que le encendía la sangre. Ese deseo, que había tratado de enterrar durante años, parecía revivir con fuerza, ardiendo justo ahí, frente a ella......—¿Esta vez que volviste todavía piensas seguir actuando? Alvi no ha estado en el país estos dos años, si tú quieres, podrías…La frase quedó suspendida, porque la puerta del privado se abrió de una patada desde afuera, sin el menor miramiento.—¿Qué está pasando aquí?La voz despreocupada y burlona resonó en la entrada.—¿Por qué cierran la puerta así de fuerte? ¿A poco nos están ocultando algo?El tono era pura burla y desparpajo. Esa voz le sonaba conocida a cualquiera.Esmeralda volteó.Reconocía al que acababa de entrar; era del mismo círculo que Daniel y los demás, pero el nombre no le venía a la mente.—¿Y tú qué haces aquí?De pronto, Daniel se puso nervioso, se incorporó enseguida del sillón y fijó la vista en la puerta.Santiago Hierro no respondió. Sus ojos se clavaron en Esmeralda, como si también sintiera que le resultaba familiar.—¿Y esta quién es? Me suena de algún lado…La expresión de Daniel se tornó extraña; no respondió, solo se dirigió a Esmeralda:—Mejor vete por ahora. Yo te aviso después.—Pero lo del proyecto…Toda la razón por la que Esmeralda había venido esa noche era por el proyecto que tenía pendiente. El equipo entero la esperaba y, si se atrasaban un día, eso eran decenas de miles de pesos de más.Daniel ya estaba perdiendo la paciencia, iba a contestar, pero su expresión se quedó congelada.Se escucharon pasos acercándose desde el pasillo, cada vez más cerca, hasta detenerse justo detrás de Esmeralda.De pronto, el silencio llenó el cuarto.La espalda de Esmeralda se puso tensa al instante. Un aroma fuerte a tabaco mezclado con esa nota inconfundible de albahaca la envolvió, como si cada recuerdo se le hubiera activado de golpe.No hacía falta voltear. Sabía perfectamente quién estaba detrás de ella.Qué raro, después de tanto tiempo, después de haberse separado tanto.Aun así, todo sobre él… hasta su aroma… seguía siendo inconfundible para ella.—Alvi, ¿desde cuándo estás de regreso?Daniel fue el primero en hablar, con la voz temblorosa aunque trató de disimularlo.Esmeralda sostuvo la copa, sin voltearse.Podía sentir la mirada clavada en ella.—¿Alvarito? ¿Se conocen?Santiago observó a los tres, dándose cuenta de que algo más había ahí.Álvaro Ferreira no dijo nada. Seguía mirando a Esmeralda, pero se acercó a la mesa de centro.—Justo andamos cerrando un proyecto. Hoy vinimos a platicar… a ver el tema de la colaboración.Daniel se apresuró a explicar, pálido, sin rastro de la arrogancia de hace un momento.—¿Proyecto?La voz de Álvaro sonó despreocupada. Echó un vistazo a Esmeralda, que seguía ahí parada, sin moverse, su mirada tan distante como un muro.—¿Tú pusiste el dinero?Se dejó caer en el sillón con toda la calma del mundo, tomó la copa que Esmeralda había servido antes y de un trago la vació, devolviendo el vaso a la mesa con desdén.Daniel negó rápido con la cabeza.—No, no… yo ni sabía. Fue error de la gente que trabaja conmigo.Álvaro permaneció callado, su mirada fija en la espalda de Esmeralda.Ella, desde el reflejo en la pared de espejo, alcanzaba a ver el rostro de él, apenas difuminado.La luz blanca y helada caía sobre sus cejas y ojos tan oscuros y serenos, sin un solo cambio con respecto a lo que guardaba en su memoria.Sus rasgos eran marcados, la expresión impasible, los labios delgados. Incluso cuando no sonreía, las comisuras de su boca se doblaban hacia arriba, pero en vez de ternura, lo que mostraba era una especie de burla y desdén.No apartaba la vista de ella ni un segundo, como si quisiera clavarla en ese lugar con solo mirarla.La espalda de Esmeralda se tensó de inmediato. Los dedos que sujetaban la botella de vino se cerraron con fuerza.—Señor Borges, yo me voy primero. Platicamos en otra ocasión.Dejó la botella sobre la mesa y giró para salir del privado, apresurando el paso sin mirar atrás.En las afueras, encontrar un carro era complicado y, ya de noche, era casi misión imposible.Esmeralda salió de la finca y empezó a caminar de regreso por la carretera en curva. Sus tacones le hacían doler las rodillas a cada paso en bajada, pero no tenía otra opción.Intentó pedir un carro con la app en su celular, pero ningún chofer aceptaba su solicitud. Desesperada, aumentó la tarifa cien pesos más, cruzando los dedos para que alguien quisiera recogerla.Ese tipo de cosas antes se resolvían con una sola llamada, pero Olivia Duarte andaba ocupada con el trabajo en la productora y, a esas horas, no quería molestar a nadie del estudio. En Solara, la verdad, ya no tenía casi amigos.En la época de la universidad, conocía a mucha gente por ahí, pero en cuanto se graduó, Álvaro la acorraló tanto que terminó huyendo como si escapara de un incendio. Desde entonces, perdió contacto con todos.El camino de la montaña era pesado, y en el celular nadie aceptaba su viaje.Abrió el teléfono, pensando en pedirle a Olivia que preguntara si alguien podía pasar por ella.Apenas desbloqueó la pantalla, una ráfaga de luces de carro la encandiló por la espalda, tan arrogante y directa que tuvo que alzar el brazo para cubrirse los ojos.El carro deportivo se detuvo casi rozando su hombro. Esmeralda se giró, deteniendo el paso, y vio quién estaba al volante.—Súbete.La voz de Álvaro sonó distante, como si no la reconociera en absoluto.El dolor en los talones y las rodillas de Esmeralda no la dejaban en paz.—No hace falta, gracias...No pudo terminar la frase. Él la interrumpió de golpe.—Te dije que subas.Álvaro apoyó una mano en el volante y la miró de frente.Esa mirada, mucho más directa que la de antes en el privado, era impasible, sin emoción alguna. Sus facciones, iluminadas por los faros, parecían aún más marcadas y severas. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, llenos de una presión que cortaba el aire.Sin ningún gesto amable, la miraba en silencio, con una calma que pesaba, sin rastro de broma.—Si no te subes, no tengo problema en pasar el carro por encima de ti.Esmeralda guardó silencio. Si esa amenaza viniera de cualquier otro, no le creería, pero viniendo de Álvaro, no dudaba que fuera capaz.—Gracias.Rodeó el carro y fue directo a la puerta trasera, intentando abrirla.No cedió.Apretó los labios, dio la vuelta, y abrió la puerta del copiloto.Apenas se puso el cinturón, el carro salió disparado como una flecha.Hacía mucho que no ocupaba ese asiento al lado de Álvaro. El sudor le recorría la espalda y no soltó el cinturón ni por un segundo.Quizá porque el carro fue bajando la montaña, la velocidad se fue calmando, volviéndose más llevadera.Esmeralda logró respirar un poco mejor y, en silencio, bajó la mirada para revisar su celular.—Me puedes dejar por la estación del metro, ahí adelante —murmuró.Álvaro no reaccionó, como si no la escuchara, y siguió manejando.Ella conocía su carácter, así que no insistió. Manteniendo la cabeza baja, se quedó mirando su mano en el volante.Las manos de Álvaro no eran elegantes ni finas. Su piel era clara, las venas y tendones resaltaban, y los dedos y muñecas eran gruesos, transmitiendo una fuerza salvaje y contenida.Había algo diferente respecto a tres años atrás, cuando terminaron: en el anular izquierdo llevaba un anillo sencillo de plata.Esmeralda apartó la vista y se volvió hacia la ventana.El carro se detuvo en el semáforo, justo frente a la estación del metro.Esmeralda agarró su bolso del regazo.—Me bajo aquí.Alargó la mano para abrir la puerta.Capítulo 3Cuando el carro llegó a la cima de la montaña, ya pasaban de las diez de la noche. Esmeralda Duarte sacó de su bolsa la invitación y se la entregó al personal de la entrada.—Señor Borges me pidió que viniera.El trabajador bajó la mirada para revisar la invitación y asintió.—Sígame, por favor. El señor Borges la está esperando adentro.Esmeralda lo siguió, atravesando un largo tramo de escaleras al aire libre. La brisa nocturna le erizaba la piel y el murmullo de la fiesta se volvía cada vez más cercano. Finalmente, la condujeron hasta la puerta de un privado.El portón, de madera oscura, fue golpeado dos veces. Desde dentro, el bullicio y las risas se filtraron al pasillo.De pronto, una chica joven de cabello corto abrió la puerta.—¿Quién es…? ¿Esme?La muchacha la miró con los ojos bien abiertos, sorprendida al reconocerla.—¿Tú qué haces aquí?Antes de que Esmeralda pudiera responder, la voz de Daniel Borges resonó desde el interior, llamando la atención del personal.Esmeralda agradeció al trabajador con una sonrisa, empujó la puerta y entró.Daniel había insistido en que asistiera a esa cena, aprovechando que tenía en sus manos el futuro de un proyecto importante para ella. No era que a Esmeralda le interesara mucho la comida, pero todo su estudio dependía de que el proyecto arrancara y los fondos empezaran a fluir. No le contó nada a sus socios, simplemente aceptó la invitación de Daniel.—Esmeralda.Daniel estaba rodeado por varios amigos, todos con copas en la mano y sonrisas cómplices. Al verla de pie en la entrada, fingió descubrirla apenas en ese momento. La saludó con un movimiento de mano.—Ven, siéntate aquí conmigo.Sonreía con ese aire despreocupado que siempre lo acompañaba. Dentro del círculo de los chicos ricos, su apariencia destacaba: atractivo, con rasgos sólidos, pero bajo la luz tenue, las ojeras delataban noches de excesos.Esmeralda se acercó con la botella de vino que había traído desde la base de la montaña y la colocó sobre la mesa.—Señor Borges, este vino es un regalo de parte de nuestro equipo de producción.Daniel ni siquiera dirigió la mirada a la botella. Sus ojos, encendidos por la luz y el deseo, no se apartaban de Esmeralda, y el mensaje era claro.—Sírveme una copa.Se recostó en el sofá, cruzó las piernas y la miró, esperando.Esmeralda ya no era la misma de antes. Los años le habían limado la rebeldía; se sentía mucho más templada. Sin decir palabra, tomó el destapador de la mesa.Mientras ella destapaba la botella, Daniel no le quitaba la vista de encima.No era un secreto que Esmeralda era guapa. Había estudiado cine y, aunque varias de sus compañeras habían logrado hacerse un nombre, ninguna tenía ese tipo de presencia que volvía imposible olvidarla después de verla una sola vez. Su belleza era sutil pero intensa, con una elegancia natural que la hacía destacar en cualquier lugar.Lástima que los mejores años de su vida se los había llevado alguien que no lo merecía.—¿Sigues en contacto con Alvi estos años?Daniel preguntó de repente, fingiendo que el tema no importaba.Alvi.Pocas personas usaban ese apodo para referirse a él frente a ella.—No.Esmeralda terminó de abrir el vino, sirvió una copa y se la acercó, evitando su mirada.En algún momento, todos los demás se habían ido, dejándolos solos en el privado.—¿Entonces por qué volviste a Solara de repente?Daniel tomó la copa y se la bebió de un trago.Esmeralda soltó una pequeña sonrisa y volvió a servirle.—Pues hay que buscarse la vida, ¿no? Alguien tiene que trabajar para sobrevivir.Solo había tenido un novio serio, desde el segundo año de universidad hasta la graduación. Fueron tres años juntos. Ella sentía que había sido una buena pareja: nunca hacía dramas, no armaba escándalos y siempre trató de agradar. Pero la ruptura fue cualquier cosa menos pacífica. Acabó hecha pedazos, sin nada que la consolara, y terminó regresando a su pueblo natal para reconstruirse durante varios años.Si no fuera porque su prima la buscó para que abrieran juntas el estudio, seguramente seguiría escondida allá.Daniel la observaba, y no estaba claro si era el alcohol o la presencia de Esmeralda lo que le encendía la sangre. Ese deseo, que había tratado de enterrar durante años, parecía revivir con fuerza, ardiendo justo ahí, frente a ella......—¿Esta vez que volviste todavía piensas seguir actuando? Alvi no ha estado en el país estos dos años, si tú quieres, podrías…La frase quedó suspendida, porque la puerta del privado se abrió de una patada desde afuera, sin el menor miramiento.—¿Qué está pasando aquí?La voz despreocupada y burlona resonó en la entrada.—¿Por qué cierran la puerta así de fuerte? ¿A poco nos están ocultando algo?El tono era pura burla y desparpajo. Esa voz le sonaba conocida a cualquiera.Esmeralda volteó.Reconocía al que acababa de entrar; era del mismo círculo que Daniel y los demás, pero el nombre no le venía a la mente.—¿Y tú qué haces aquí?De pronto, Daniel se puso nervioso, se incorporó enseguida del sillón y fijó la vista en la puerta.Santiago Hierro no respondió. Sus ojos se clavaron en Esmeralda, como si también sintiera que le resultaba familiar.—¿Y esta quién es? Me suena de algún lado…La expresión de Daniel se tornó extraña; no respondió, solo se dirigió a Esmeralda:—Mejor vete por ahora. Yo te aviso después.—Pero lo del proyecto…Toda la razón por la que Esmeralda había venido esa noche era por el proyecto que tenía pendiente. El equipo entero la esperaba y, si se atrasaban un día, eso eran decenas de miles de pesos de más.Daniel ya estaba perdiendo la paciencia, iba a contestar, pero su expresión se quedó congelada.Se escucharon pasos acercándose desde el pasillo, cada vez más cerca, hasta detenerse justo detrás de Esmeralda.De pronto, el silencio llenó el cuarto.La espalda de Esmeralda se puso tensa al instante. Un aroma fuerte a tabaco mezclado con esa nota inconfundible de albahaca la envolvió, como si cada recuerdo se le hubiera activado de golpe.No hacía falta voltear. Sabía perfectamente quién estaba detrás de ella.Qué raro, después de tanto tiempo, después de haberse separado tanto.Aun así, todo sobre él… hasta su aroma… seguía siendo inconfundible para ella.—Alvi, ¿desde cuándo estás de regreso?Daniel fue el primero en hablar, con la voz temblorosa aunque trató de disimularlo.Esmeralda sostuvo la copa, sin voltearse.Podía sentir la mirada clavada en ella.—¿Alvarito? ¿Se conocen?Santiago observó a los tres, dándose cuenta de que algo más había ahí.Álvaro Ferreira no dijo nada. Seguía mirando a Esmeralda, pero se acercó a la mesa de centro.—Justo andamos cerrando un proyecto. Hoy vinimos a platicar… a ver el tema de la colaboración.Daniel se apresuró a explicar, pálido, sin rastro de la arrogancia de hace un momento.—¿Proyecto?La voz de Álvaro sonó despreocupada. Echó un vistazo a Esmeralda, que seguía ahí parada, sin moverse, su mirada tan distante como un muro.—¿Tú pusiste el dinero?Se dejó caer en el sillón con toda la calma del mundo, tomó la copa que Esmeralda había servido antes y de un trago la vació, devolviendo el vaso a la mesa con desdén.Daniel negó rápido con la cabeza.—No, no… yo ni sabía. Fue error de la gente que trabaja conmigo.Álvaro permaneció callado, su mirada fija en la espalda de Esmeralda.Ella, desde el reflejo en la pared de espejo, alcanzaba a ver el rostro de él, apenas difuminado.La luz blanca y helada caía sobre sus cejas y ojos tan oscuros y serenos, sin un solo cambio con respecto a lo que guardaba en su memoria.Sus rasgos eran marcados, la expresión impasible, los labios delgados. Incluso cuando no sonreía, las comisuras de su boca se doblaban hacia arriba, pero en vez de ternura, lo que mostraba era una especie de burla y desdén.No apartaba la vista de ella ni un segundo, como si quisiera clavarla en ese lugar con solo mirarla.La espalda de Esmeralda se tensó de inmediato. Los dedos que sujetaban la botella de vino se cerraron con fuerza.—Señor Borges, yo me voy primero. Platicamos en otra ocasión.Dejó la botella sobre la mesa y giró para salir del privado, apresurando el paso sin mirar atrás.En las afueras, encontrar un carro era complicado y, ya de noche, era casi misión imposible.Esmeralda salió de la finca y empezó a caminar de regreso por la carretera en curva. Sus tacones le hacían doler las rodillas a cada paso en bajada, pero no tenía otra opción.Intentó pedir un carro con la app en su celular, pero ningún chofer aceptaba su solicitud. Desesperada, aumentó la tarifa cien pesos más, cruzando los dedos para que alguien quisiera recogerla.Ese tipo de cosas antes se resolvían con una sola llamada, pero Olivia Duarte andaba ocupada con el trabajo en la productora y, a esas horas, no quería molestar a nadie del estudio. En Solara, la verdad, ya no tenía casi amigos.En la época de la universidad, conocía a mucha gente por ahí, pero en cuanto se graduó, Álvaro la acorraló tanto que terminó huyendo como si escapara de un incendio. Desde entonces, perdió contacto con todos.El camino de la montaña era pesado, y en el celular nadie aceptaba su viaje.Abrió el teléfono, pensando en pedirle a Olivia que preguntara si alguien podía pasar por ella.Apenas desbloqueó la pantalla, una ráfaga de luces de carro la encandiló por la espalda, tan arrogante y directa que tuvo que alzar el brazo para cubrirse los ojos.El carro deportivo se detuvo casi rozando su hombro. Esmeralda se giró, deteniendo el paso, y vio quién estaba al volante.—Súbete.La voz de Álvaro sonó distante, como si no la reconociera en absoluto.El dolor en los talones y las rodillas de Esmeralda no la dejaban en paz.—No hace falta, gracias...No pudo terminar la frase. Él la interrumpió de golpe.—Te dije que subas.Álvaro apoyó una mano en el volante y la miró de frente.Esa mirada, mucho más directa que la de antes en el privado, era impasible, sin emoción alguna. Sus facciones, iluminadas por los faros, parecían aún más marcadas y severas. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, llenos de una presión que cortaba el aire.Sin ningún gesto amable, la miraba en silencio, con una calma que pesaba, sin rastro de broma.—Si no te subes, no tengo problema en pasar el carro por encima de ti.Esmeralda guardó silencio. Si esa amenaza viniera de cualquier otro, no le creería, pero viniendo de Álvaro, no dudaba que fuera capaz.—Gracias.Rodeó el carro y fue directo a la puerta trasera, intentando abrirla.No cedió.Apretó los labios, dio la vuelta, y abrió la puerta del copiloto.Apenas se puso el cinturón, el carro salió disparado como una flecha.Hacía mucho que no ocupaba ese asiento al lado de Álvaro. El sudor le recorría la espalda y no soltó el cinturón ni por un segundo.Quizá porque el carro fue bajando la montaña, la velocidad se fue calmando, volviéndose más llevadera.Esmeralda logró respirar un poco mejor y, en silencio, bajó la mirada para revisar su celular.—Me puedes dejar por la estación del metro, ahí adelante —murmuró.Álvaro no reaccionó, como si no la escuchara, y siguió manejando.Ella conocía su carácter, así que no insistió. Manteniendo la cabeza baja, se quedó mirando su mano en el volante.Las manos de Álvaro no eran elegantes ni finas. Su piel era clara, las venas y tendones resaltaban, y los dedos y muñecas eran gruesos, transmitiendo una fuerza salvaje y contenida.Había algo diferente respecto a tres años atrás, cuando terminaron: en el anular izquierdo llevaba un anillo sencillo de plata.Esmeralda apartó la vista y se volvió hacia la ventana.El carro se detuvo en el semáforo, justo frente a la estación del metro.Esmeralda agarró su bolso del regazo.—Me bajo aquí.Alargó la mano para abrir la puerta.