Durante cuatro años de matrimonio, Cristina Pérez siempre pensó que era el gran amor de Octavio Lozano. Hasta que un día vio una foto donde él y su amor verdadero estaban abrazados, compartiendo miradas cómplices. Cristina se dio cuenta de que solo era una fachada cuidadosamente elegida para ocultar su retorcido amorío secreto. Decidida, decidió poner fin y le entregó los papeles del divorcio. Octavio, con una sonrisa desdeñosa, le dijo: "¿Y cómo piensas apañártelas sin mí?" Siempre la había mantenido como ama de casa, bajo la fachada de esposa perfecta, para que dependiera completamente de él. Sin embargo, todo cambió el día en que vio cómo se transformaba de una tímida flor del desierto en una poderosa ejecutiva tecnológica, rodeada por la élite de la capital que la cortejaba y la admiraba. En ese instante, su confianza de que ella volvería se desmoronó con un simple "eso ya es historia" que salió de sus labios.

Capítulo 1Cristina Pérez acababa de salir de terapia intensiva y apenas la habían trasladado a una habitación común cuando le llegó un mensaje al celular.[Mira, ¿con quién estuvo abrazado tu marido anoche, ese que tanto presume de amarte?]Luego, una foto. En ella aparecía Octavio Lozano, su esposo, del brazo de otra mujer en una fiesta. La mujer lo miraba con una intensidad que dolía. Y él... esa mirada encendida que Cristina siempre creyó exclusiva, ahora era para otra.Cristina cerró los ojos, el pecho apretado por la confusión.Cuatro años de matrimonio, y Octavio siempre la había hecho sentir la persona más importante del mundo. Si se resfriaba, él era capaz de dejar cualquier reunión de trabajo a medias para volver corriendo a casa y verla tomarse el jarabe bajo su mirada protectora. Pero ahora, en este viaje a Aalborg, llevaba cinco días sin dar señales. Incluso los avisos de gravedad que firmó el hospital tenían la firma de su asistente, no la suya.Cristina, pensando que Octavio estaría ocupado con algo urgente, se aguantó el dolor físico y no quiso molestarlo. Jamás imaginó que la razón de su ausencia fuera otra mujer.Y para colmo, esa mujer ni siquiera era una desconocida, sino su supuesta "hermana".La persona que había mandado el mensaje, sin duda esperando su reacción, no tardó en escribirle de nuevo:[Esa mujer está tan protegida por tu marido que parece especie en peligro de extinción. Cuando ella regrese, ¿en qué lugar te va a dejar él a ti?]Cristina ignoró la burla de su ex amiga y, soportando el dolor de su herida, amplió la imagen para observar mejor.Era Marisol Lozano. La misma "cuñada" a la que apenas había visto en persona porque, tres días después de la boda, la habían mandado a vivir al extranjero. Lo que Cristina reconocía mejor era el collar que Marisol llevaba puesto: idéntico al que Octavio había comprado en una subasta hacía tres semanas, diciendo que sería el regalo de su cuarto aniversario.En ese momento, la voz de Marco la sacó de sus pensamientos.—Señora, el señor Lozano ya casi termina su trabajo allá. Pronto regresará.Cristina dejó el teléfono sobre la sábana, conteniendo la avalancha de sentimientos. Sus dedos se quedaron quietos encima del contacto de Octavio, sin fuerzas para llamarlo. Al mirar a Marco, su expresión era completamente neutra.—Según recuerdo, su hermana también está allá. ¿No va a visitarla antes de regresar?Marco titubeó apenas un instante.—El señor Lozano fue a atender un asunto urgente. Me parece que no tiene planes personales.Como siempre, Marco era hermético. No iba a soltar ni media verdad.Cristina desistió de intentar averiguar más por él.—Ya entendí. Puedes irte.Marco la miró sorprendido. Normalmente, cuando Cristina escuchaba que Octavio estaba por volver de un viaje, se le iluminaban los ojos. Pero hoy, ni una pizca de alegría.—Eh… hay otra cosa que…Antes de que pudiera decirlo, la señora Berta, la muchacha que ayudaba en la casa, entró murmurando.—¿Cómo es posible que se lleven al doctor Montoya, si es amigo de su esposo y tan buen médico? ¿Acaso los pacientes de la habitación común ya no importan?Marco trató de calmarla con una sonrisa.—El doctor Montoya atiende casos graves. Que lo hayan cambiado significa que la señora ya está mejor. Además, el doctor Fernando es muy bueno. El hospital no va a desatenderla.Cristina, al ver la reacción de Marco, lo entendió todo.—¿Fue decisión de Octavio?Marco tuvo una pequeña grieta en su fachada, pero pronto recuperó la compostura.—Claro que no, no piense eso.Eso solo confirmaba lo que Cristina sospechaba.Esbozó una sonrisa leve.—Berta, llama a la Secretaría de Salud. Quiero poner una queja contra el Hospital General del Norte por cambiarme de médico principal sin mi consentimiento. Y también que denuncien al doctor Elián Montoya por abandonar a una paciente delicada sin justificación.Marco se tensó.—Señora, ¿es necesario llegar a eso?Cristina lo miró con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.—Aquí ya no tienes nada que hacer. Desde hoy, no quiero que me informes nada sobre Octavio. Y tampoco hace falta que vuelvas.Marco se quedó sin palabras.Cristina sabía que él, tarde o temprano, llevaría el mensaje a su esposo.Mientras él pudiera regresar a tiempo, Cristina estaba dispuesta a darle la oportunidad de explicarse.Sin embargo, al día siguiente, quien irrumpió en la habitación no fue Octavio, sino su madrastra, esa mujer siempre impecable y con el maquillaje impecable.Julieta Silva llegó arrastrando a un grupo de personas, con aires de grandeza y sin importarle en lo más mínimo que Cristina estuviera en plena sesión de fisioterapia con la bata abierta.Cristina apenas alcanzó a cubrirse, sintiendo una mezcla de vergüenza y rabia subiéndole hasta las mejillas.Berta reaccionó de inmediato, parándose enfrente de la cama para bloquearles la vista.—Señora, ¿no vio el letrero en la puerta que dice “Por favor, no molestar”?Julieta levantó la barbilla con arrogancia.—Ya no hay habitaciones privadas en el hospital. Que se vaya de aquí de inmediato y le deje este cuarto a mi amiga.Cristina no respondió enseguida.No era que el despliegue de Julieta la hubiera dejado sin habla. Lo que pasaba era que estaba pensando. Usualmente, Julieta la molestaba solo de palabra. En la familia Lozano, esa madrastra jamás había tenido verdadera autoridad ni se atrevía a pasarse de la raya. Pero ahora, estaba provocando cara a cara, sin miedo alguno…¿Qué había cambiado para que Julieta se sintiera con derecho a llegar tan lejos?La amiga que venía con Julieta la jaló suavemente del brazo.—Señora Lozano, de verdad, si no hay cuartos disponibles, podemos cambiar de hospital. No hay problema, deje que Cristina se recupere tranquila.Entre la gente de sociedad, todos sabían que Octavio adoraba a su esposa. La amiga solo había venido porque Julieta la había arrastrado, y la verdad, le daba pena estar ahí.Pero Julieta ni se inmutó, al contrario, su desprecio era evidente.—No te preocupes, Lucía. Ya verás, en unos días, cuando Octavio se divorcie de ella, no va a valer nada. No solo vamos a quitarle el cuarto, le podemos quitar hasta la vida y no pasaría nada, como aplastar una hormiga.Luego le lanzó una mirada desafiante a Cristina, como si estuviera a punto de alzarse con el primer lugar en un concurso de señoras poderosas.—Octavio no está. ¿Para quién finges que estás tan grave? Ya lárgate de aquí.De costumbre, Cristina aguantaba sus humillaciones solo por consideración a Octavio.Pero ahora…Cristina se abotonó la bata con calma, una a una, y solo cuando terminó, la miró con una mezcla de fastidio y desdén.—En la funeraria hay cuartos privados de sobra. Llévate a tu amiga a escoger uno allá.Las palabras de Cristina le torcieron la cara a Julieta, que por un instante se quedó sin habla. Pero enseguida, una sonrisa torcida y retorcida le cruzó los labios.—No te creas que Octavio te tiene en un pedestal porque te quiere. ¿Ya pensaste por qué te lastimaron esta vez? Solo eres su escudo, Cristina, la verdadera ya viene de camino. Cuando llegue, tú vas a quedar fuera como si nada.¿Escudo? ¿Chivo expiatorio?Cristina bajó la mirada, pero una sonrisa ligera apareció en sus labios.—¿Y esa supuesta verdadera quién es?—Pues claro que es… —Julieta estuvo a punto de decirlo, pero se contuvo a último momento—. Eso no es asunto tuyo. Mejor haz caso y déjanos el cuarto, si no…—Tú misma dijiste que esto es un hospital, no una cabina de masajes que puedes intercambiar como se te dé la gana.Julieta había trabajado como masajista antes de casarse por segunda vez. Sebastián Lozano la había traído a la familia a pesar de la presión social, y la abuela nunca la aceptó del todo, así que su pasado era el punto más delicado de su vida.Enfurecida, Julieta se lanzó hacia Cristina, pero Berta la detuvo con fuerza.—Señora, no puede tocar a la señora.—Vieja entrometida, ¿crees que te tengo miedo? ¡Alguien, sáquenla de aquí!Los dos guardaespaldas que había traído Julieta avanzaron al escuchar la orden.Berta, ya de más de cincuenta años, no pudo hacer nada ante esos dos hombres enormes y rápidamente la apartaron del camino.Ya sin obstáculos, Julieta se acercó a Cristina con una sonrisa de triunfo y le jaló el cuello de la bata, hundiendo sus uñas rojas en la tela.—¿Crees que eres mejor que yo? Te voy a romper la ropa aquí mismo y te voy a sacar como a un perro desamparado, ¡a ver si con eso sigues creyéndote tan especial!Mientras hablaba, Julieta usó la otra mano para aferrarse con fuerza al cuello de la camisa de Cristina.En los ojos de Cristina pasó un destello cortante; sin pensarlo, tomó el vaso de agua de la mesa de noche y lo lanzó directo a la cabeza de Julieta.—¡Pum!— El vaso se hizo trizas contra la sien de Julieta…Julieta dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, con los dedos temblorosos palpó la herida y sus ojos se abrieron de par en par, como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.—Tú… ¿te atreves? ¡Ahora sí, te las vas a ver conmigo!—Como si se hubiera transformado en una fiera, Julieta se arrojó sobre Cristina, lista para pelear hasta el final.Cristina, después de cinco días en terapia intensiva, no tenía ni la fuerza ni el ánimo para defenderse.Julieta la tomó de la ropa y la estrelló contra el suelo sin piedad.En ese instante, la puerta fue pateada con tanta fuerza que rebotó contra la pared.La imponente figura de Octavio apareció en el umbral.Su traje impecable remarcaba sus hombros derechos y su porte elegante. A pesar de la prisa, su presencia imponía respeto y distancia, como si una sola mirada bastara para poner a todos en su lugar.Octavio barrió la habitación con la mirada; al ver el caos y, justo cuando Cristina caía al piso, entró de un salto, se arrodilló a medias y la recogió entre sus brazos.Cristina se estrelló contra su pecho; el mundo giró y, en un parpadeo, todo quedó en oscuridad.—Cristi…—El hombre la llamó suavemente.Pero la mujer en sus brazos no respondió.Octavio alzó la mirada y fijó la vista en la responsable de todo.La atmósfera en el cuarto se volvió tan densa que ni siquiera la luz del atardecer que entraba por la ventana lograba suavizarla.Lucía, muerta de miedo, apretó la mano de Julieta y susurró bajito:—¿No decías que ya nadie la quería? ¿Así se ve cuando alguien está olvidado?—Julieta también estaba paralizada.¿No se suponía que Octavio estaría acompañando a Marisol en su concierto privado en este momento?¿Cómo podía estar aquí…?Sin previo aviso, Julieta soltó la mano de Lucía, rodó los ojos y, de repente, también “perdió el conocimiento” y cayó al suelo....Cristina volvió en sí al caer la tarde.Sintió algo tibio en el rostro; alguien la estaba limpiando con cuidado.Reconoció la voz de Marco, que le llegaba entre sueños.—Los dos guardias los contrató la señora Julieta sólo por hoy. Ya están en la policía, y no van a salir en por lo menos veinte años. Mañana mismo van a ir a revisar las cuentas de la empresa del señor Zhang…—Octavio dejó la toalla en el recipiente con un gesto seco, el rostro impasible.Pero Marco, que lo conocía bien, notó la tensión en su mirada. Sabía que el jefe no estaba nada conforme con cómo se había resuelto todo.—En cuanto a la señora… ya está despierta. El señor Lozano está con ella.—El silencio en la habitación era tan profundo que hasta podía escucharse caer un alfiler. Pero esa calma sólo hacía que Marco se sintiera más inquieto.Pasaron unos segundos hasta que Octavio habló, con voz baja pero cargada de reproche.—Te estás volviendo experto en dejarme mal parado. Con tantos guardias que tengo, ¿tan difícil era poner a dos en la puerta y no dejar pasar a cualquiera?—Marco se apresuró a disculparse.—Tiene razón, jefe, fue mi culpa. No lo pensé bien.—Cristina abrió los ojos y lo primero que vio fue la espalda recta de Octavio.Inspiró hondo y habló con voz firme.—La que vino a hacer escándalo fue Julieta. Si no puedes con ella, ¿entonces por qué te desquitas con tu asistente?—Al escuchar su voz, Octavio se dio la vuelta y la ayudó a incorporarse con cuidado.Llevaba el cabello perfectamente arreglado, y el aroma de su loción era el mismo de siempre, ese que a ella le gustaba.Si no fuera por las fotos que habían circulado, él seguiría siendo ese Octavio impecable, siempre por encima de cualquier escándalo.—¿Así que porque te molestaste conmigo, te fuiste a quejar al hospital y con Elián?— bromeó, intentando restar importancia al asunto.Cristina percibió en seguida que él quería esquivar el tema, pero para ella el problema de su matrimonio no podía pasarse por alto.—No fue eso. Pero si tú mismo le mostraste a todo el mundo que ya no te importo, ¿cómo no iba a atreverse Julieta a irrumpir en mi habitación? ¿O crees que no lo noté?—Octavio no se sorprendió de que ella estuviera al tanto de todo. Se sentó al borde de la cama, y la sonrisa que intentaba mantener se desvaneció poco a poco.—El asunto era urgente. No podía cambiar mis planes, pero en ningún momento te dejé sola. Yo mismo elegí el equipo médico y el plan de emergencia. Sólo que no podías usar el celular en terapia intensiva, pero Elián me avisaba cada día cómo estabas. Los demás no saben nada, sólo inventan chismes.—Una explicación tan perfecta y calculada sólo podía salir de la boca de Octavio.Cristina no quería dejarse llevar por sus prejuicios y decidir apresuradamente si creerle o no, pero en ese momento no pudo evitar sentirse profundamente decepcionada.—Para cuidarme están los médicos, para firmar el aviso de gravedad está Marco. Si todo lo pueden hacer otros, entonces para dormir y para tener hijos también podrías buscar a alguien más. ¿No sería más fácil dejar que el señor Lozano se encargue de todo?——¡Cristi!—Cristina siempre había sido dulce y comprensiva, nunca le había hablado de esa manera tan hiriente. Octavio, desconcertado, no pudo evitar que su expresión se pusiera mucho más seria.Capítulo 2Cristina Pérez acababa de salir de terapia intensiva y apenas la habían trasladado a una habitación común cuando le llegó un mensaje al celular.[Mira, ¿con quién estuvo abrazado tu marido anoche, ese que tanto presume de amarte?]Luego, una foto. En ella aparecía Octavio Lozano, su esposo, del brazo de otra mujer en una fiesta. La mujer lo miraba con una intensidad que dolía. Y él... esa mirada encendida que Cristina siempre creyó exclusiva, ahora era para otra.Cristina cerró los ojos, el pecho apretado por la confusión.Cuatro años de matrimonio, y Octavio siempre la había hecho sentir la persona más importante del mundo. Si se resfriaba, él era capaz de dejar cualquier reunión de trabajo a medias para volver corriendo a casa y verla tomarse el jarabe bajo su mirada protectora. Pero ahora, en este viaje a Aalborg, llevaba cinco días sin dar señales. Incluso los avisos de gravedad que firmó el hospital tenían la firma de su asistente, no la suya.Cristina, pensando que Octavio estaría ocupado con algo urgente, se aguantó el dolor físico y no quiso molestarlo. Jamás imaginó que la razón de su ausencia fuera otra mujer.Y para colmo, esa mujer ni siquiera era una desconocida, sino su supuesta "hermana".La persona que había mandado el mensaje, sin duda esperando su reacción, no tardó en escribirle de nuevo:[Esa mujer está tan protegida por tu marido que parece especie en peligro de extinción. Cuando ella regrese, ¿en qué lugar te va a dejar él a ti?]Cristina ignoró la burla de su ex amiga y, soportando el dolor de su herida, amplió la imagen para observar mejor.Era Marisol Lozano. La misma "cuñada" a la que apenas había visto en persona porque, tres días después de la boda, la habían mandado a vivir al extranjero. Lo que Cristina reconocía mejor era el collar que Marisol llevaba puesto: idéntico al que Octavio había comprado en una subasta hacía tres semanas, diciendo que sería el regalo de su cuarto aniversario.En ese momento, la voz de Marco la sacó de sus pensamientos.—Señora, el señor Lozano ya casi termina su trabajo allá. Pronto regresará.Cristina dejó el teléfono sobre la sábana, conteniendo la avalancha de sentimientos. Sus dedos se quedaron quietos encima del contacto de Octavio, sin fuerzas para llamarlo. Al mirar a Marco, su expresión era completamente neutra.—Según recuerdo, su hermana también está allá. ¿No va a visitarla antes de regresar?Marco titubeó apenas un instante.—El señor Lozano fue a atender un asunto urgente. Me parece que no tiene planes personales.Como siempre, Marco era hermético. No iba a soltar ni media verdad.Cristina desistió de intentar averiguar más por él.—Ya entendí. Puedes irte.Marco la miró sorprendido. Normalmente, cuando Cristina escuchaba que Octavio estaba por volver de un viaje, se le iluminaban los ojos. Pero hoy, ni una pizca de alegría.—Eh… hay otra cosa que…Antes de que pudiera decirlo, la señora Berta, la muchacha que ayudaba en la casa, entró murmurando.—¿Cómo es posible que se lleven al doctor Montoya, si es amigo de su esposo y tan buen médico? ¿Acaso los pacientes de la habitación común ya no importan?Marco trató de calmarla con una sonrisa.—El doctor Montoya atiende casos graves. Que lo hayan cambiado significa que la señora ya está mejor. Además, el doctor Fernando es muy bueno. El hospital no va a desatenderla.Cristina, al ver la reacción de Marco, lo entendió todo.—¿Fue decisión de Octavio?Marco tuvo una pequeña grieta en su fachada, pero pronto recuperó la compostura.—Claro que no, no piense eso.Eso solo confirmaba lo que Cristina sospechaba.Esbozó una sonrisa leve.—Berta, llama a la Secretaría de Salud. Quiero poner una queja contra el Hospital General del Norte por cambiarme de médico principal sin mi consentimiento. Y también que denuncien al doctor Elián Montoya por abandonar a una paciente delicada sin justificación.Marco se tensó.—Señora, ¿es necesario llegar a eso?Cristina lo miró con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.—Aquí ya no tienes nada que hacer. Desde hoy, no quiero que me informes nada sobre Octavio. Y tampoco hace falta que vuelvas.Marco se quedó sin palabras.Cristina sabía que él, tarde o temprano, llevaría el mensaje a su esposo.Mientras él pudiera regresar a tiempo, Cristina estaba dispuesta a darle la oportunidad de explicarse.Sin embargo, al día siguiente, quien irrumpió en la habitación no fue Octavio, sino su madrastra, esa mujer siempre impecable y con el maquillaje impecable.Julieta Silva llegó arrastrando a un grupo de personas, con aires de grandeza y sin importarle en lo más mínimo que Cristina estuviera en plena sesión de fisioterapia con la bata abierta.Cristina apenas alcanzó a cubrirse, sintiendo una mezcla de vergüenza y rabia subiéndole hasta las mejillas.Berta reaccionó de inmediato, parándose enfrente de la cama para bloquearles la vista.—Señora, ¿no vio el letrero en la puerta que dice “Por favor, no molestar”?Julieta levantó la barbilla con arrogancia.—Ya no hay habitaciones privadas en el hospital. Que se vaya de aquí de inmediato y le deje este cuarto a mi amiga.Cristina no respondió enseguida.No era que el despliegue de Julieta la hubiera dejado sin habla. Lo que pasaba era que estaba pensando. Usualmente, Julieta la molestaba solo de palabra. En la familia Lozano, esa madrastra jamás había tenido verdadera autoridad ni se atrevía a pasarse de la raya. Pero ahora, estaba provocando cara a cara, sin miedo alguno…¿Qué había cambiado para que Julieta se sintiera con derecho a llegar tan lejos?La amiga que venía con Julieta la jaló suavemente del brazo.—Señora Lozano, de verdad, si no hay cuartos disponibles, podemos cambiar de hospital. No hay problema, deje que Cristina se recupere tranquila.Entre la gente de sociedad, todos sabían que Octavio adoraba a su esposa. La amiga solo había venido porque Julieta la había arrastrado, y la verdad, le daba pena estar ahí.Pero Julieta ni se inmutó, al contrario, su desprecio era evidente.—No te preocupes, Lucía. Ya verás, en unos días, cuando Octavio se divorcie de ella, no va a valer nada. No solo vamos a quitarle el cuarto, le podemos quitar hasta la vida y no pasaría nada, como aplastar una hormiga.Luego le lanzó una mirada desafiante a Cristina, como si estuviera a punto de alzarse con el primer lugar en un concurso de señoras poderosas.—Octavio no está. ¿Para quién finges que estás tan grave? Ya lárgate de aquí.De costumbre, Cristina aguantaba sus humillaciones solo por consideración a Octavio.Pero ahora…Cristina se abotonó la bata con calma, una a una, y solo cuando terminó, la miró con una mezcla de fastidio y desdén.—En la funeraria hay cuartos privados de sobra. Llévate a tu amiga a escoger uno allá.Las palabras de Cristina le torcieron la cara a Julieta, que por un instante se quedó sin habla. Pero enseguida, una sonrisa torcida y retorcida le cruzó los labios.—No te creas que Octavio te tiene en un pedestal porque te quiere. ¿Ya pensaste por qué te lastimaron esta vez? Solo eres su escudo, Cristina, la verdadera ya viene de camino. Cuando llegue, tú vas a quedar fuera como si nada.¿Escudo? ¿Chivo expiatorio?Cristina bajó la mirada, pero una sonrisa ligera apareció en sus labios.—¿Y esa supuesta verdadera quién es?—Pues claro que es… —Julieta estuvo a punto de decirlo, pero se contuvo a último momento—. Eso no es asunto tuyo. Mejor haz caso y déjanos el cuarto, si no…—Tú misma dijiste que esto es un hospital, no una cabina de masajes que puedes intercambiar como se te dé la gana.Julieta había trabajado como masajista antes de casarse por segunda vez. Sebastián Lozano la había traído a la familia a pesar de la presión social, y la abuela nunca la aceptó del todo, así que su pasado era el punto más delicado de su vida.Enfurecida, Julieta se lanzó hacia Cristina, pero Berta la detuvo con fuerza.—Señora, no puede tocar a la señora.—Vieja entrometida, ¿crees que te tengo miedo? ¡Alguien, sáquenla de aquí!Los dos guardaespaldas que había traído Julieta avanzaron al escuchar la orden.Berta, ya de más de cincuenta años, no pudo hacer nada ante esos dos hombres enormes y rápidamente la apartaron del camino.Ya sin obstáculos, Julieta se acercó a Cristina con una sonrisa de triunfo y le jaló el cuello de la bata, hundiendo sus uñas rojas en la tela.—¿Crees que eres mejor que yo? Te voy a romper la ropa aquí mismo y te voy a sacar como a un perro desamparado, ¡a ver si con eso sigues creyéndote tan especial!Mientras hablaba, Julieta usó la otra mano para aferrarse con fuerza al cuello de la camisa de Cristina.En los ojos de Cristina pasó un destello cortante; sin pensarlo, tomó el vaso de agua de la mesa de noche y lo lanzó directo a la cabeza de Julieta.—¡Pum!— El vaso se hizo trizas contra la sien de Julieta…Julieta dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, con los dedos temblorosos palpó la herida y sus ojos se abrieron de par en par, como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.—Tú… ¿te atreves? ¡Ahora sí, te las vas a ver conmigo!—Como si se hubiera transformado en una fiera, Julieta se arrojó sobre Cristina, lista para pelear hasta el final.Cristina, después de cinco días en terapia intensiva, no tenía ni la fuerza ni el ánimo para defenderse.Julieta la tomó de la ropa y la estrelló contra el suelo sin piedad.En ese instante, la puerta fue pateada con tanta fuerza que rebotó contra la pared.La imponente figura de Octavio apareció en el umbral.Su traje impecable remarcaba sus hombros derechos y su porte elegante. A pesar de la prisa, su presencia imponía respeto y distancia, como si una sola mirada bastara para poner a todos en su lugar.Octavio barrió la habitación con la mirada; al ver el caos y, justo cuando Cristina caía al piso, entró de un salto, se arrodilló a medias y la recogió entre sus brazos.Cristina se estrelló contra su pecho; el mundo giró y, en un parpadeo, todo quedó en oscuridad.—Cristi…—El hombre la llamó suavemente.Pero la mujer en sus brazos no respondió.Octavio alzó la mirada y fijó la vista en la responsable de todo.La atmósfera en el cuarto se volvió tan densa que ni siquiera la luz del atardecer que entraba por la ventana lograba suavizarla.Lucía, muerta de miedo, apretó la mano de Julieta y susurró bajito:—¿No decías que ya nadie la quería? ¿Así se ve cuando alguien está olvidado?—Julieta también estaba paralizada.¿No se suponía que Octavio estaría acompañando a Marisol en su concierto privado en este momento?¿Cómo podía estar aquí…?Sin previo aviso, Julieta soltó la mano de Lucía, rodó los ojos y, de repente, también “perdió el conocimiento” y cayó al suelo....Cristina volvió en sí al caer la tarde.Sintió algo tibio en el rostro; alguien la estaba limpiando con cuidado.Reconoció la voz de Marco, que le llegaba entre sueños.—Los dos guardias los contrató la señora Julieta sólo por hoy. Ya están en la policía, y no van a salir en por lo menos veinte años. Mañana mismo van a ir a revisar las cuentas de la empresa del señor Zhang…—Octavio dejó la toalla en el recipiente con un gesto seco, el rostro impasible.Pero Marco, que lo conocía bien, notó la tensión en su mirada. Sabía que el jefe no estaba nada conforme con cómo se había resuelto todo.—En cuanto a la señora… ya está despierta. El señor Lozano está con ella.—El silencio en la habitación era tan profundo que hasta podía escucharse caer un alfiler. Pero esa calma sólo hacía que Marco se sintiera más inquieto.Pasaron unos segundos hasta que Octavio habló, con voz baja pero cargada de reproche.—Te estás volviendo experto en dejarme mal parado. Con tantos guardias que tengo, ¿tan difícil era poner a dos en la puerta y no dejar pasar a cualquiera?—Marco se apresuró a disculparse.—Tiene razón, jefe, fue mi culpa. No lo pensé bien.—Cristina abrió los ojos y lo primero que vio fue la espalda recta de Octavio.Inspiró hondo y habló con voz firme.—La que vino a hacer escándalo fue Julieta. Si no puedes con ella, ¿entonces por qué te desquitas con tu asistente?—Al escuchar su voz, Octavio se dio la vuelta y la ayudó a incorporarse con cuidado.Llevaba el cabello perfectamente arreglado, y el aroma de su loción era el mismo de siempre, ese que a ella le gustaba.Si no fuera por las fotos que habían circulado, él seguiría siendo ese Octavio impecable, siempre por encima de cualquier escándalo.—¿Así que porque te molestaste conmigo, te fuiste a quejar al hospital y con Elián?— bromeó, intentando restar importancia al asunto.Cristina percibió en seguida que él quería esquivar el tema, pero para ella el problema de su matrimonio no podía pasarse por alto.—No fue eso. Pero si tú mismo le mostraste a todo el mundo que ya no te importo, ¿cómo no iba a atreverse Julieta a irrumpir en mi habitación? ¿O crees que no lo noté?—Octavio no se sorprendió de que ella estuviera al tanto de todo. Se sentó al borde de la cama, y la sonrisa que intentaba mantener se desvaneció poco a poco.—El asunto era urgente. No podía cambiar mis planes, pero en ningún momento te dejé sola. Yo mismo elegí el equipo médico y el plan de emergencia. Sólo que no podías usar el celular en terapia intensiva, pero Elián me avisaba cada día cómo estabas. Los demás no saben nada, sólo inventan chismes.—Una explicación tan perfecta y calculada sólo podía salir de la boca de Octavio.Cristina no quería dejarse llevar por sus prejuicios y decidir apresuradamente si creerle o no, pero en ese momento no pudo evitar sentirse profundamente decepcionada.—Para cuidarme están los médicos, para firmar el aviso de gravedad está Marco. Si todo lo pueden hacer otros, entonces para dormir y para tener hijos también podrías buscar a alguien más. ¿No sería más fácil dejar que el señor Lozano se encargue de todo?——¡Cristi!—Cristina siempre había sido dulce y comprensiva, nunca le había hablado de esa manera tan hiriente. Octavio, desconcertado, no pudo evitar que su expresión se pusiera mucho más seria.Capítulo 3Cristina Pérez acababa de salir de terapia intensiva y apenas la habían trasladado a una habitación común cuando le llegó un mensaje al celular.[Mira, ¿con quién estuvo abrazado tu marido anoche, ese que tanto presume de amarte?]Luego, una foto. En ella aparecía Octavio Lozano, su esposo, del brazo de otra mujer en una fiesta. La mujer lo miraba con una intensidad que dolía. Y él... esa mirada encendida que Cristina siempre creyó exclusiva, ahora era para otra.Cristina cerró los ojos, el pecho apretado por la confusión.Cuatro años de matrimonio, y Octavio siempre la había hecho sentir la persona más importante del mundo. Si se resfriaba, él era capaz de dejar cualquier reunión de trabajo a medias para volver corriendo a casa y verla tomarse el jarabe bajo su mirada protectora. Pero ahora, en este viaje a Aalborg, llevaba cinco días sin dar señales. Incluso los avisos de gravedad que firmó el hospital tenían la firma de su asistente, no la suya.Cristina, pensando que Octavio estaría ocupado con algo urgente, se aguantó el dolor físico y no quiso molestarlo. Jamás imaginó que la razón de su ausencia fuera otra mujer.Y para colmo, esa mujer ni siquiera era una desconocida, sino su supuesta "hermana".La persona que había mandado el mensaje, sin duda esperando su reacción, no tardó en escribirle de nuevo:[Esa mujer está tan protegida por tu marido que parece especie en peligro de extinción. Cuando ella regrese, ¿en qué lugar te va a dejar él a ti?]Cristina ignoró la burla de su ex amiga y, soportando el dolor de su herida, amplió la imagen para observar mejor.Era Marisol Lozano. La misma "cuñada" a la que apenas había visto en persona porque, tres días después de la boda, la habían mandado a vivir al extranjero. Lo que Cristina reconocía mejor era el collar que Marisol llevaba puesto: idéntico al que Octavio había comprado en una subasta hacía tres semanas, diciendo que sería el regalo de su cuarto aniversario.En ese momento, la voz de Marco la sacó de sus pensamientos.—Señora, el señor Lozano ya casi termina su trabajo allá. Pronto regresará.Cristina dejó el teléfono sobre la sábana, conteniendo la avalancha de sentimientos. Sus dedos se quedaron quietos encima del contacto de Octavio, sin fuerzas para llamarlo. Al mirar a Marco, su expresión era completamente neutra.—Según recuerdo, su hermana también está allá. ¿No va a visitarla antes de regresar?Marco titubeó apenas un instante.—El señor Lozano fue a atender un asunto urgente. Me parece que no tiene planes personales.Como siempre, Marco era hermético. No iba a soltar ni media verdad.Cristina desistió de intentar averiguar más por él.—Ya entendí. Puedes irte.Marco la miró sorprendido. Normalmente, cuando Cristina escuchaba que Octavio estaba por volver de un viaje, se le iluminaban los ojos. Pero hoy, ni una pizca de alegría.—Eh… hay otra cosa que…Antes de que pudiera decirlo, la señora Berta, la muchacha que ayudaba en la casa, entró murmurando.—¿Cómo es posible que se lleven al doctor Montoya, si es amigo de su esposo y tan buen médico? ¿Acaso los pacientes de la habitación común ya no importan?Marco trató de calmarla con una sonrisa.—El doctor Montoya atiende casos graves. Que lo hayan cambiado significa que la señora ya está mejor. Además, el doctor Fernando es muy bueno. El hospital no va a desatenderla.Cristina, al ver la reacción de Marco, lo entendió todo.—¿Fue decisión de Octavio?Marco tuvo una pequeña grieta en su fachada, pero pronto recuperó la compostura.—Claro que no, no piense eso.Eso solo confirmaba lo que Cristina sospechaba.Esbozó una sonrisa leve.—Berta, llama a la Secretaría de Salud. Quiero poner una queja contra el Hospital General del Norte por cambiarme de médico principal sin mi consentimiento. Y también que denuncien al doctor Elián Montoya por abandonar a una paciente delicada sin justificación.Marco se tensó.—Señora, ¿es necesario llegar a eso?Cristina lo miró con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.—Aquí ya no tienes nada que hacer. Desde hoy, no quiero que me informes nada sobre Octavio. Y tampoco hace falta que vuelvas.Marco se quedó sin palabras.Cristina sabía que él, tarde o temprano, llevaría el mensaje a su esposo.Mientras él pudiera regresar a tiempo, Cristina estaba dispuesta a darle la oportunidad de explicarse.Sin embargo, al día siguiente, quien irrumpió en la habitación no fue Octavio, sino su madrastra, esa mujer siempre impecable y con el maquillaje impecable.Julieta Silva llegó arrastrando a un grupo de personas, con aires de grandeza y sin importarle en lo más mínimo que Cristina estuviera en plena sesión de fisioterapia con la bata abierta.Cristina apenas alcanzó a cubrirse, sintiendo una mezcla de vergüenza y rabia subiéndole hasta las mejillas.Berta reaccionó de inmediato, parándose enfrente de la cama para bloquearles la vista.—Señora, ¿no vio el letrero en la puerta que dice “Por favor, no molestar”?Julieta levantó la barbilla con arrogancia.—Ya no hay habitaciones privadas en el hospital. Que se vaya de aquí de inmediato y le deje este cuarto a mi amiga.Cristina no respondió enseguida.No era que el despliegue de Julieta la hubiera dejado sin habla. Lo que pasaba era que estaba pensando. Usualmente, Julieta la molestaba solo de palabra. En la familia Lozano, esa madrastra jamás había tenido verdadera autoridad ni se atrevía a pasarse de la raya. Pero ahora, estaba provocando cara a cara, sin miedo alguno…¿Qué había cambiado para que Julieta se sintiera con derecho a llegar tan lejos?La amiga que venía con Julieta la jaló suavemente del brazo.—Señora Lozano, de verdad, si no hay cuartos disponibles, podemos cambiar de hospital. No hay problema, deje que Cristina se recupere tranquila.Entre la gente de sociedad, todos sabían que Octavio adoraba a su esposa. La amiga solo había venido porque Julieta la había arrastrado, y la verdad, le daba pena estar ahí.Pero Julieta ni se inmutó, al contrario, su desprecio era evidente.—No te preocupes, Lucía. Ya verás, en unos días, cuando Octavio se divorcie de ella, no va a valer nada. No solo vamos a quitarle el cuarto, le podemos quitar hasta la vida y no pasaría nada, como aplastar una hormiga.Luego le lanzó una mirada desafiante a Cristina, como si estuviera a punto de alzarse con el primer lugar en un concurso de señoras poderosas.—Octavio no está. ¿Para quién finges que estás tan grave? Ya lárgate de aquí.De costumbre, Cristina aguantaba sus humillaciones solo por consideración a Octavio.Pero ahora…Cristina se abotonó la bata con calma, una a una, y solo cuando terminó, la miró con una mezcla de fastidio y desdén.—En la funeraria hay cuartos privados de sobra. Llévate a tu amiga a escoger uno allá.Las palabras de Cristina le torcieron la cara a Julieta, que por un instante se quedó sin habla. Pero enseguida, una sonrisa torcida y retorcida le cruzó los labios.—No te creas que Octavio te tiene en un pedestal porque te quiere. ¿Ya pensaste por qué te lastimaron esta vez? Solo eres su escudo, Cristina, la verdadera ya viene de camino. Cuando llegue, tú vas a quedar fuera como si nada.¿Escudo? ¿Chivo expiatorio?Cristina bajó la mirada, pero una sonrisa ligera apareció en sus labios.—¿Y esa supuesta verdadera quién es?—Pues claro que es… —Julieta estuvo a punto de decirlo, pero se contuvo a último momento—. Eso no es asunto tuyo. Mejor haz caso y déjanos el cuarto, si no…—Tú misma dijiste que esto es un hospital, no una cabina de masajes que puedes intercambiar como se te dé la gana.Julieta había trabajado como masajista antes de casarse por segunda vez. Sebastián Lozano la había traído a la familia a pesar de la presión social, y la abuela nunca la aceptó del todo, así que su pasado era el punto más delicado de su vida.Enfurecida, Julieta se lanzó hacia Cristina, pero Berta la detuvo con fuerza.—Señora, no puede tocar a la señora.—Vieja entrometida, ¿crees que te tengo miedo? ¡Alguien, sáquenla de aquí!Los dos guardaespaldas que había traído Julieta avanzaron al escuchar la orden.Berta, ya de más de cincuenta años, no pudo hacer nada ante esos dos hombres enormes y rápidamente la apartaron del camino.Ya sin obstáculos, Julieta se acercó a Cristina con una sonrisa de triunfo y le jaló el cuello de la bata, hundiendo sus uñas rojas en la tela.—¿Crees que eres mejor que yo? Te voy a romper la ropa aquí mismo y te voy a sacar como a un perro desamparado, ¡a ver si con eso sigues creyéndote tan especial!Mientras hablaba, Julieta usó la otra mano para aferrarse con fuerza al cuello de la camisa de Cristina.En los ojos de Cristina pasó un destello cortante; sin pensarlo, tomó el vaso de agua de la mesa de noche y lo lanzó directo a la cabeza de Julieta.—¡Pum!— El vaso se hizo trizas contra la sien de Julieta…Julieta dio dos pasos tambaleantes hacia atrás, con los dedos temblorosos palpó la herida y sus ojos se abrieron de par en par, como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.—Tú… ¿te atreves? ¡Ahora sí, te las vas a ver conmigo!—Como si se hubiera transformado en una fiera, Julieta se arrojó sobre Cristina, lista para pelear hasta el final.Cristina, después de cinco días en terapia intensiva, no tenía ni la fuerza ni el ánimo para defenderse.Julieta la tomó de la ropa y la estrelló contra el suelo sin piedad.En ese instante, la puerta fue pateada con tanta fuerza que rebotó contra la pared.La imponente figura de Octavio apareció en el umbral.Su traje impecable remarcaba sus hombros derechos y su porte elegante. A pesar de la prisa, su presencia imponía respeto y distancia, como si una sola mirada bastara para poner a todos en su lugar.Octavio barrió la habitación con la mirada; al ver el caos y, justo cuando Cristina caía al piso, entró de un salto, se arrodilló a medias y la recogió entre sus brazos.Cristina se estrelló contra su pecho; el mundo giró y, en un parpadeo, todo quedó en oscuridad.—Cristi…—El hombre la llamó suavemente.Pero la mujer en sus brazos no respondió.Octavio alzó la mirada y fijó la vista en la responsable de todo.La atmósfera en el cuarto se volvió tan densa que ni siquiera la luz del atardecer que entraba por la ventana lograba suavizarla.Lucía, muerta de miedo, apretó la mano de Julieta y susurró bajito:—¿No decías que ya nadie la quería? ¿Así se ve cuando alguien está olvidado?—Julieta también estaba paralizada.¿No se suponía que Octavio estaría acompañando a Marisol en su concierto privado en este momento?¿Cómo podía estar aquí…?Sin previo aviso, Julieta soltó la mano de Lucía, rodó los ojos y, de repente, también “perdió el conocimiento” y cayó al suelo....Cristina volvió en sí al caer la tarde.Sintió algo tibio en el rostro; alguien la estaba limpiando con cuidado.Reconoció la voz de Marco, que le llegaba entre sueños.—Los dos guardias los contrató la señora Julieta sólo por hoy. Ya están en la policía, y no van a salir en por lo menos veinte años. Mañana mismo van a ir a revisar las cuentas de la empresa del señor Zhang…—Octavio dejó la toalla en el recipiente con un gesto seco, el rostro impasible.Pero Marco, que lo conocía bien, notó la tensión en su mirada. Sabía que el jefe no estaba nada conforme con cómo se había resuelto todo.—En cuanto a la señora… ya está despierta. El señor Lozano está con ella.—El silencio en la habitación era tan profundo que hasta podía escucharse caer un alfiler. Pero esa calma sólo hacía que Marco se sintiera más inquieto.Pasaron unos segundos hasta que Octavio habló, con voz baja pero cargada de reproche.—Te estás volviendo experto en dejarme mal parado. Con tantos guardias que tengo, ¿tan difícil era poner a dos en la puerta y no dejar pasar a cualquiera?—Marco se apresuró a disculparse.—Tiene razón, jefe, fue mi culpa. No lo pensé bien.—Cristina abrió los ojos y lo primero que vio fue la espalda recta de Octavio.Inspiró hondo y habló con voz firme.—La que vino a hacer escándalo fue Julieta. Si no puedes con ella, ¿entonces por qué te desquitas con tu asistente?—Al escuchar su voz, Octavio se dio la vuelta y la ayudó a incorporarse con cuidado.Llevaba el cabello perfectamente arreglado, y el aroma de su loción era el mismo de siempre, ese que a ella le gustaba.Si no fuera por las fotos que habían circulado, él seguiría siendo ese Octavio impecable, siempre por encima de cualquier escándalo.—¿Así que porque te molestaste conmigo, te fuiste a quejar al hospital y con Elián?— bromeó, intentando restar importancia al asunto.Cristina percibió en seguida que él quería esquivar el tema, pero para ella el problema de su matrimonio no podía pasarse por alto.—No fue eso. Pero si tú mismo le mostraste a todo el mundo que ya no te importo, ¿cómo no iba a atreverse Julieta a irrumpir en mi habitación? ¿O crees que no lo noté?—Octavio no se sorprendió de que ella estuviera al tanto de todo. Se sentó al borde de la cama, y la sonrisa que intentaba mantener se desvaneció poco a poco.—El asunto era urgente. No podía cambiar mis planes, pero en ningún momento te dejé sola. Yo mismo elegí el equipo médico y el plan de emergencia. Sólo que no podías usar el celular en terapia intensiva, pero Elián me avisaba cada día cómo estabas. Los demás no saben nada, sólo inventan chismes.—Una explicación tan perfecta y calculada sólo podía salir de la boca de Octavio.Cristina no quería dejarse llevar por sus prejuicios y decidir apresuradamente si creerle o no, pero en ese momento no pudo evitar sentirse profundamente decepcionada.—Para cuidarme están los médicos, para firmar el aviso de gravedad está Marco. Si todo lo pueden hacer otros, entonces para dormir y para tener hijos también podrías buscar a alguien más. ¿No sería más fácil dejar que el señor Lozano se encargue de todo?——¡Cristi!—Cristina siempre había sido dulce y comprensiva, nunca le había hablado de esa manera tan hiriente. Octavio, desconcertado, no pudo evitar que su expresión se pusiera mucho más seria.

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