Capítulo 1Su hija había muerto.No hubo velorio, ni entierro, ni siquiera dinero para comprar un lote sencillo en el panteón.Solo una caja negra que guardaba las cenizas de su hija, Fabiana. Todo lo que quedaba de ella estaba ahí, entre las manos de Gisela Salinas.En la televisión del crematorio transmitían una boda fastuosa, de esas que parecen de cuento. El novio era el exmarido de Gisela, el padre biológico de Fabi, y la novia, esa mujer que siempre había sido el gran amor de su vida.Por fin, él había logrado lo que tanto deseaba.Gisela salió del crematorio abrazando la urna, mientras la lluvia caía a cántaros.La joven que trabajaba ahí dudó un momento, pero al final no pudo evitar acercarse, preocupada.—Señora, está lloviendo mucho. ¿Alguien viene por usted?Gisela miró la urna. Su cara estaba tan pálida como el yeso.Ya no quedaba nadie. Su única familia estaba en ese preciso instante celebrando su boda con su primer amor. A él ni siquiera le pasaba por la cabeza preguntarse por ellas, mucho menos enterarse de la muerte de su hija.Y aunque tuviera tiempo, no habría ido a buscarla.Nelson Tovar la detestaba.Detestaba todo lo que tuviera que ver con ella.Unos días antes, Romina Varela, manejando con su hijo en el asiento trasero, chocó contra el camión donde viajaban Gisela y Fabi. Fabi salió herida de gravedad, perdió el conocimiento en el acto.Entre la multitud, Gisela encontró a Nelson.Como quien se aferra a su última esperanza, corrió hacia él.—Nelson, Fabi está muy mal, por favor, llévala al hospital. Te lo ruego, ayúdala.Nelson la empujó sin miramientos. Ella cayó, se golpeó la cabeza y sintió que todo le daba vueltas.—Gisela, ya basta de hacerte la víctima. Eso ya no sirve.Él la miró con nerviosismo, tomó al hijo de Romina y se dirigió a la ambulancia.Gisela, mareada, alcanzó a aferrarse al pantalón de Nelson. La desesperación la hacía temblar.—Por favor, te lo suplico. Fabi también es tu hija…Nelson la miró con desprecio.—Gisela, ya te lo dije: en esta vida solo voy a tener un hijo, y será el que tenga con Romina.—Tú y la hija que tuviste tampoco me importan, son basura para mí. Y no olvides traerme los papeles del divorcio de una vez.Tras esas palabras, él la pateó para soltarse y subió a la ambulancia con el niño, que solo tenía unos raspones.El corazón de Gisela se hizo trizas. Por llegar media hora tarde al hospital, Fabi no recibió atención a tiempo y murió en el quirófano.Mientras tanto, el niño que Nelson rescató jugaba alegremente como paje en su boda, entregando los anillos a los recién casados.Gisela soltó una risa amarga, la garganta le raspaba.—Puedo regresar sola, gracias.Y se adentró en la cortina de lluvia.La joven la miró irse, quiso seguirla, pero no se atrevió a dar un paso más.Ya había hecho suficiente. Además, no quería meterse en problemas con el señor Nelson.Gisela caminó entre la tormenta, se quitó el saco y cubrió la urna con él, pegándosela al pecho, encorvando el cuerpo para protegerla del viento y el agua.—Fabi, no dejaré que te mojes.De pronto, un haz de luz atravesó la lluvia. Se escuchó un claxon y un carro negro se detuvo a su lado. Era un Maybach.Gisela no se detuvo. Siguió caminando, terca....Media hora después.La que solía ser su casa con Nelson —ahora convertida en el hogar de Nelson y Romina— estaba adornada de fiesta.Gisela, empapada y destrozada, se quedó parada en la entrada. Sentía que no pertenecía a ese lugar.Las empleadas solo la dejaron pararse en la puerta, cuidando que no manchara el piso recién trapeado.Gisela colocó la urna en el suelo y sacó de su bolsillo los papeles de divorcio, ya mojados.Una empleada tomó los papeles y, sin miramientos, le dio una patada a la urna cubierta por el saco.—¿Qué es esto? Sácalo de aquí de inmediato.La chaqueta resbaló, dejando ver una esquina de la urna.Cuando la empleada leyó el nombre en la caja, se le congeló la expresión.¿No era ese el nombre de la hija de Gisela?Gisela apretó el saco, dio media vuelta y se fue....Una hora después, cerca del mar.Gisela apretaba la urna contra su pecho mientras caminaba hacia el agua.Tenía la cara tan pálida como un fantasma, pero su mirada transmitía una determinación inquebrantable.—No tengas miedo, Fabi. Aunque muera, siempre estaré contigo.El mar fue cubriéndola poco a poco, hasta que desapareció bajo las olas....En la boda.Romina salió del vestidor con un vestido de gala color vino tinto, tan hermosa y radiante que todos voltearon a verla.—Nelson, los invitados ya te esperan. Ven conmigo a brindar.Romina le extendió la mano, blanca y delicada.—Claro —respondió Nelson con ternura, tomándola y guiándola fuera de la sala.De pronto, su asistente irrumpió en el recinto, visiblemente alterado.—Señor Nelson, Gisela se lanzó al mar.Todos se quedaron petrificados. Alguien murmuró:[¿Quién es esa Gisela? El señor Nelson ya se divorció, ¿no? Si vive o muere no es asunto suyo. No arruinen la fiesta, ¿no ven qué día es hoy?]Sin embargo, Nelson se acercó de golpe, el rostro desencajado, y miró a su asistente con furia.—¿Cómo dices?De pronto, se forzó a reír, como si intentara convencerse a sí mismo.—No puede ser. Seguro Gisela está mintiendo otra vez. Esa mujer es demasiado astuta como para morirse así.La voz del asistente temblaba.—Señor Nelson, es cierto. El equipo de rescate acaba de sacar el cuerpo de Gisela del mar. Y también…—También encontraron la urna de su hija.Todos se quedaron en silencio, sin atreverse a moverse ni a mirarse.Solo Romina corrió hacia Nelson, lo tomó de la mano, con una mezcla de miedo y necesidad.—Nelson…Pero él ni siquiera la miró. Se soltó de su mano y salió caminando, con la mirada perdida.La cara de Romina se descompuso de inmediato.Mansión Tovar, un enorme salón.Gisela bajó la mirada para observar sus manos aún infantiles, y solo entonces pudo confirmar que en efecto, había vuelto a nacer.En el centro del sillón, Arturo clavó en ella una mirada filosa, su voz grave y cargada de años.—Gisela, ¿estás segura de que quieres acompañar a Nelson a San Cristóbal del Estero por trabajo?Las pestañas de Gisela temblaron apenas.Recordó enseguida que ese era el punto de quiebre en su vida pasada.Nelson iba a San Cristóbal del Estero, supuestamente por trabajo, pero en el fondo iba a encontrarse con su primera novia, Romina.Cuando Gisela se enteró, armó un escándalo, insistiendo en ir con él.Su papá había sido chofer de Arturo; murió salvándolo. Para agradecer ese sacrificio, la familia Tovar la acogió y le dio todo lo que pidió, tratándola casi como a una hija de la casa.Por eso, cuando ella insistió en ir con Nelson, Arturo accedió.Gisela miró hacia el costado de Arturo.Nelson lucía un traje negro perfectamente ajustado, cada botón abrochado hasta el último. Sentado con desparpajo, una pierna cruzada sobre la otra, el flequillo le caía sobre el rostro, ocultando sus rasgos duros y esa expresión distante que siempre llevaba en el rostro, los labios apretados en una línea delgada.Solo verlo le cortaba la respiración; los recuerdos la golpeaban uno tras otro.El corazón casi se le detenía, sentía el cuerpo helado.Ese hombre que la controló, que nunca la vio con respeto, que la trató como si fuera nada.Lo odiaba.Lo odiaba tanto que le calaba los huesos.Lo odiaba tanto que, noche tras noche, la imagen de Nelson despreciándola le robó la paz.En el rostro de Nelson se notaba el hastío, los dedos tamborileando con lentitud sobre la rodilla.Gisela sabía bien lo que eso significaba: él ya estaba harto, seguro de que ella volvería a insistir en acompañarlo.Pero si tenía una segunda oportunidad, no pensaba cometer el mismo error.Antes de que pudiera decir nada, Aitana, su madre, intervino con voz sumisa:—Claro que sí, claro que sí, mi Gisela y el señor Nelson se llevan tan bien que a donde vaya él, ella tiene que ir, seguro que——No hace falta.Gisela interrumpió en voz baja.En cuanto lo dijo, todos en la sala la miraron sorprendidos.Todos, menos Nelson, que ni siquiera se inmutó.Gisela levantó la cabeza y miró a Arturo con sus ojos claros, la voz firme y transparente.—Señor Arturo, dentro de poco tengo el examen de ingreso universitario, quiero enfocarme en estudiar y no quiero estorbar a Nelson en su trabajo.Arturo pareció quedarse sin palabras.Aitana, desesperada, se acercó y le apretó la muñeca, susurrando:—Señor, no le haga caso a Gisela, está diciendo tonterías, usted sabe cuánto quiere ir con Nelson.—Mamá —Gisela retiró la mano con delicadeza—, te lo digo en serio. Esta vez quiero dedicarme a estudiar.Aitana no lo entendía, pero ella sí veía todo con claridad.Arturo parecía tolerarla, pero en realidad la tenía en la casa como un adorno, algo sin importancia.La última vez que le pasó algo, Arturo ni siquiera se asomó a verla, y ni a su propia nieta, Fabi, le dedicaba más atención.Por eso, Gisela repitió, decidida:—Señor Arturo, Nelson, reconozco que antes no pensaba bien las cosas, pero ahora veo que Nelson está ocupado. Esta vez, prefiero no interrumpirle.Antes de que Arturo respondiera, Nelson se levantó abruptamente, como si ya no soportara un minuto más.Sus ojos negros, largos y llenos de indiferencia, se posaron sobre ella. La voz le salió seca, distante.—Haz lo que quieras.No se molestó en añadir nada más. Se fue sin mirar atrás.Arturo tampoco insistió. Con un gesto de la mano, les indicó que volvieran a sus habitaciones.Gisela por fin pudo respirar tranquila....Afuera, en el lujoso carro de la familia, Leonardo, el asistente de Nelson, lo observaba con cautela a través del retrovisor.Conocía lo suficiente de los Tovar para saber que, cada vez que Nelson regresaba a la mansión, siempre era por algún lío provocado por esa hija adoptiva que no sabía quedarse quieta.Él también sabía que Nelson nunca había sentido simpatía por su hija adoptiva; de hecho, se podría decir que le tenía aversión.Desde que Nelson había entrado a la mansión Tovar, su ceño no se había relajado ni un instante.Ahora, era evidente que Nelson estaba de peor humor que antes de entrar a la mansión Tovar.Leonardo pensó que, seguramente, esa hija adoptiva había vuelto a aprovecharse de la protección de Arturo para exigirle algo descabellado a Nelson. No hacía falta verlo para saber que, como siempre, quería acompañar a Nelson en su viaje de trabajo.Miró por la ventana del carro, buscando la figura que solía aparecer con insistencia, pero no la vio.Así que se atrevió a decir:—Señor Nelson, yo creo que debería ser más firme desde el principio y rechazar a la señorita Gisela de una vez. Así ella entendería que no hay manera y se daría por vencida.Para su sorpresa, Nelson levantó la mirada, sus ojos oscuros reflejaban una profundidad inquietante y su voz sonó cortante.—Deja de decir tonterías y maneja.Leonardo cerró la boca de inmediato y arrancó el carro sin hacer más preguntas.Esperó un rato, hasta que Nelson, cansado, se frotó el entrecejo.—¿Qué pasa?Leonardo bajó la voz:—¿Por qué la señorita Gisela no vino? ¿No siempre insiste en ir con usted?Ese día era fin de semana. Como no había clases, lo habitual era que la señorita Gisela se aferrara a acompañar a Nelson, ya fuera a la oficina o a su residencia particular.Nelson frunció los labios y sus ojos, negros como la noche, se deslizaron sin querer hacia la entrada de la mansión.Todo estaba en silencio, solo se veía a los empleados yendo y viniendo, pero ni rastro de la joven que solía aparecer a esas horas.Nelson no lograba adaptarse a ese cambio repentino, así que arrugó levemente la frente.—No te preocupes por ella. Maneja.—Ah, entendido, señor —respondió Leonardo, y puso el carro en marcha.Al parecer, la señorita Gisela sí había hecho enojar de verdad al señor Nelson.Nelson se recostó de manera despreocupada sobre el asiento, cerró los ojos y, de pronto, recordó las palabras que Gisela le había dicho hacía un momento.¿No quiere molestar?Eso solo parecía una maniobra para llamar su atención. Nada ingenioso, la verdad....Aitana, desesperada, se golpeaba el pecho y los muslos como si no pudiera creer lo que oía.—¿Por qué no fuiste? —le reclamó con impotencia—. ¿Acaso no sabes con quién se va a reunir Nelson?Gisela respondió con calma:—Sí sé.Aitana apretó los dientes, furiosa:—¿Entonces por qué no fuiste? ¿Vas a quedarte viendo cómo Nelson se reconcilia con su exnovia? ¡Si eso pasa, te vas a quedar sin lugar a su lado!—Si no hay lugar, pues ni modo —Gisela puso una expresión impasible—. Mamá, si ellos se quieren, ¿para qué meterme?Aitana ni siquiera escuchó lo que decía su hija. La tomó de la oreja y le gritó en el oído:—¡No! Yo voy a hablar con el señor para que te deje ir. ¡Tienes que hacerme caso!Gisela ya no tenía ganas de discutir.Aitana seguía aferrada al sueño de verla convertida en la esposa de Nelson, pero el tiempo la haría aterrizar en la realidad.Gisela sacó un cuaderno de ejercicios del armario.Aunque en su vida pasada había contado con la protección de la familia Tovar, había estudiado con ahínco para estar a la altura de Nelson. No desperdició sus estudios.Lamentablemente, el día antes del examen de ingreso universitario ocurrió algo y perdió la oportunidad de presentarlo.Después de aquello, pasaron muchas cosas y nunca volvió a intentarlo, ni siquiera fue a la universidad.En esta nueva vida, pensaba aprovechar al máximo la oportunidad del examen de ingreso, elegir una universidad lo más lejana posible de la familia Tovar y de Nelson, y largarse lejos.Sin embargo, no pensaba olvidar ni perdonar las injusticias del pasado.Algún día, todos los que dañaron a Fabi tendrían que pagar lo que hicieron.Estudió hasta que cayó la noche. Entonces, de pronto, Aitana irrumpió en la habitación, jalando una maleta y lista para empacar.Gisela le quitó la maleta de las manos.—Mamá, ¿qué estás haciendo?Aitana le dio unos golpecitos en la frente, sonriendo con entusiasmo:—El señor ya aceptó que vayas con Nelson al viaje de trabajo. ¡Apúrate a preparar tus cosas! Y trata bien a Nelson, no vayas a provocarlo como hoy.Capítulo 2Su hija había muerto.No hubo velorio, ni entierro, ni siquiera dinero para comprar un lote sencillo en el panteón.Solo una caja negra que guardaba las cenizas de su hija, Fabiana. Todo lo que quedaba de ella estaba ahí, entre las manos de Gisela Salinas.En la televisión del crematorio transmitían una boda fastuosa, de esas que parecen de cuento. El novio era el exmarido de Gisela, el padre biológico de Fabi, y la novia, esa mujer que siempre había sido el gran amor de su vida.Por fin, él había logrado lo que tanto deseaba.Gisela salió del crematorio abrazando la urna, mientras la lluvia caía a cántaros.La joven que trabajaba ahí dudó un momento, pero al final no pudo evitar acercarse, preocupada.—Señora, está lloviendo mucho. ¿Alguien viene por usted?Gisela miró la urna. Su cara estaba tan pálida como el yeso.Ya no quedaba nadie. Su única familia estaba en ese preciso instante celebrando su boda con su primer amor. A él ni siquiera le pasaba por la cabeza preguntarse por ellas, mucho menos enterarse de la muerte de su hija.Y aunque tuviera tiempo, no habría ido a buscarla.Nelson Tovar la detestaba.Detestaba todo lo que tuviera que ver con ella.Unos días antes, Romina Varela, manejando con su hijo en el asiento trasero, chocó contra el camión donde viajaban Gisela y Fabi. Fabi salió herida de gravedad, perdió el conocimiento en el acto.Entre la multitud, Gisela encontró a Nelson.Como quien se aferra a su última esperanza, corrió hacia él.—Nelson, Fabi está muy mal, por favor, llévala al hospital. Te lo ruego, ayúdala.Nelson la empujó sin miramientos. Ella cayó, se golpeó la cabeza y sintió que todo le daba vueltas.—Gisela, ya basta de hacerte la víctima. Eso ya no sirve.Él la miró con nerviosismo, tomó al hijo de Romina y se dirigió a la ambulancia.Gisela, mareada, alcanzó a aferrarse al pantalón de Nelson. La desesperación la hacía temblar.—Por favor, te lo suplico. Fabi también es tu hija…Nelson la miró con desprecio.—Gisela, ya te lo dije: en esta vida solo voy a tener un hijo, y será el que tenga con Romina.—Tú y la hija que tuviste tampoco me importan, son basura para mí. Y no olvides traerme los papeles del divorcio de una vez.Tras esas palabras, él la pateó para soltarse y subió a la ambulancia con el niño, que solo tenía unos raspones.El corazón de Gisela se hizo trizas. Por llegar media hora tarde al hospital, Fabi no recibió atención a tiempo y murió en el quirófano.Mientras tanto, el niño que Nelson rescató jugaba alegremente como paje en su boda, entregando los anillos a los recién casados.Gisela soltó una risa amarga, la garganta le raspaba.—Puedo regresar sola, gracias.Y se adentró en la cortina de lluvia.La joven la miró irse, quiso seguirla, pero no se atrevió a dar un paso más.Ya había hecho suficiente. Además, no quería meterse en problemas con el señor Nelson.Gisela caminó entre la tormenta, se quitó el saco y cubrió la urna con él, pegándosela al pecho, encorvando el cuerpo para protegerla del viento y el agua.—Fabi, no dejaré que te mojes.De pronto, un haz de luz atravesó la lluvia. Se escuchó un claxon y un carro negro se detuvo a su lado. Era un Maybach.Gisela no se detuvo. Siguió caminando, terca....Media hora después.La que solía ser su casa con Nelson —ahora convertida en el hogar de Nelson y Romina— estaba adornada de fiesta.Gisela, empapada y destrozada, se quedó parada en la entrada. Sentía que no pertenecía a ese lugar.Las empleadas solo la dejaron pararse en la puerta, cuidando que no manchara el piso recién trapeado.Gisela colocó la urna en el suelo y sacó de su bolsillo los papeles de divorcio, ya mojados.Una empleada tomó los papeles y, sin miramientos, le dio una patada a la urna cubierta por el saco.—¿Qué es esto? Sácalo de aquí de inmediato.La chaqueta resbaló, dejando ver una esquina de la urna.Cuando la empleada leyó el nombre en la caja, se le congeló la expresión.¿No era ese el nombre de la hija de Gisela?Gisela apretó el saco, dio media vuelta y se fue....Una hora después, cerca del mar.Gisela apretaba la urna contra su pecho mientras caminaba hacia el agua.Tenía la cara tan pálida como un fantasma, pero su mirada transmitía una determinación inquebrantable.—No tengas miedo, Fabi. Aunque muera, siempre estaré contigo.El mar fue cubriéndola poco a poco, hasta que desapareció bajo las olas....En la boda.Romina salió del vestidor con un vestido de gala color vino tinto, tan hermosa y radiante que todos voltearon a verla.—Nelson, los invitados ya te esperan. Ven conmigo a brindar.Romina le extendió la mano, blanca y delicada.—Claro —respondió Nelson con ternura, tomándola y guiándola fuera de la sala.De pronto, su asistente irrumpió en el recinto, visiblemente alterado.—Señor Nelson, Gisela se lanzó al mar.Todos se quedaron petrificados. Alguien murmuró:[¿Quién es esa Gisela? El señor Nelson ya se divorció, ¿no? Si vive o muere no es asunto suyo. No arruinen la fiesta, ¿no ven qué día es hoy?]Sin embargo, Nelson se acercó de golpe, el rostro desencajado, y miró a su asistente con furia.—¿Cómo dices?De pronto, se forzó a reír, como si intentara convencerse a sí mismo.—No puede ser. Seguro Gisela está mintiendo otra vez. Esa mujer es demasiado astuta como para morirse así.La voz del asistente temblaba.—Señor Nelson, es cierto. El equipo de rescate acaba de sacar el cuerpo de Gisela del mar. Y también…—También encontraron la urna de su hija.Todos se quedaron en silencio, sin atreverse a moverse ni a mirarse.Solo Romina corrió hacia Nelson, lo tomó de la mano, con una mezcla de miedo y necesidad.—Nelson…Pero él ni siquiera la miró. Se soltó de su mano y salió caminando, con la mirada perdida.La cara de Romina se descompuso de inmediato.Mansión Tovar, un enorme salón.Gisela bajó la mirada para observar sus manos aún infantiles, y solo entonces pudo confirmar que en efecto, había vuelto a nacer.En el centro del sillón, Arturo clavó en ella una mirada filosa, su voz grave y cargada de años.—Gisela, ¿estás segura de que quieres acompañar a Nelson a San Cristóbal del Estero por trabajo?Las pestañas de Gisela temblaron apenas.Recordó enseguida que ese era el punto de quiebre en su vida pasada.Nelson iba a San Cristóbal del Estero, supuestamente por trabajo, pero en el fondo iba a encontrarse con su primera novia, Romina.Cuando Gisela se enteró, armó un escándalo, insistiendo en ir con él.Su papá había sido chofer de Arturo; murió salvándolo. Para agradecer ese sacrificio, la familia Tovar la acogió y le dio todo lo que pidió, tratándola casi como a una hija de la casa.Por eso, cuando ella insistió en ir con Nelson, Arturo accedió.Gisela miró hacia el costado de Arturo.Nelson lucía un traje negro perfectamente ajustado, cada botón abrochado hasta el último. Sentado con desparpajo, una pierna cruzada sobre la otra, el flequillo le caía sobre el rostro, ocultando sus rasgos duros y esa expresión distante que siempre llevaba en el rostro, los labios apretados en una línea delgada.Solo verlo le cortaba la respiración; los recuerdos la golpeaban uno tras otro.El corazón casi se le detenía, sentía el cuerpo helado.Ese hombre que la controló, que nunca la vio con respeto, que la trató como si fuera nada.Lo odiaba.Lo odiaba tanto que le calaba los huesos.Lo odiaba tanto que, noche tras noche, la imagen de Nelson despreciándola le robó la paz.En el rostro de Nelson se notaba el hastío, los dedos tamborileando con lentitud sobre la rodilla.Gisela sabía bien lo que eso significaba: él ya estaba harto, seguro de que ella volvería a insistir en acompañarlo.Pero si tenía una segunda oportunidad, no pensaba cometer el mismo error.Antes de que pudiera decir nada, Aitana, su madre, intervino con voz sumisa:—Claro que sí, claro que sí, mi Gisela y el señor Nelson se llevan tan bien que a donde vaya él, ella tiene que ir, seguro que——No hace falta.Gisela interrumpió en voz baja.En cuanto lo dijo, todos en la sala la miraron sorprendidos.Todos, menos Nelson, que ni siquiera se inmutó.Gisela levantó la cabeza y miró a Arturo con sus ojos claros, la voz firme y transparente.—Señor Arturo, dentro de poco tengo el examen de ingreso universitario, quiero enfocarme en estudiar y no quiero estorbar a Nelson en su trabajo.Arturo pareció quedarse sin palabras.Aitana, desesperada, se acercó y le apretó la muñeca, susurrando:—Señor, no le haga caso a Gisela, está diciendo tonterías, usted sabe cuánto quiere ir con Nelson.—Mamá —Gisela retiró la mano con delicadeza—, te lo digo en serio. Esta vez quiero dedicarme a estudiar.Aitana no lo entendía, pero ella sí veía todo con claridad.Arturo parecía tolerarla, pero en realidad la tenía en la casa como un adorno, algo sin importancia.La última vez que le pasó algo, Arturo ni siquiera se asomó a verla, y ni a su propia nieta, Fabi, le dedicaba más atención.Por eso, Gisela repitió, decidida:—Señor Arturo, Nelson, reconozco que antes no pensaba bien las cosas, pero ahora veo que Nelson está ocupado. Esta vez, prefiero no interrumpirle.Antes de que Arturo respondiera, Nelson se levantó abruptamente, como si ya no soportara un minuto más.Sus ojos negros, largos y llenos de indiferencia, se posaron sobre ella. La voz le salió seca, distante.—Haz lo que quieras.No se molestó en añadir nada más. Se fue sin mirar atrás.Arturo tampoco insistió. Con un gesto de la mano, les indicó que volvieran a sus habitaciones.Gisela por fin pudo respirar tranquila....Afuera, en el lujoso carro de la familia, Leonardo, el asistente de Nelson, lo observaba con cautela a través del retrovisor.Conocía lo suficiente de los Tovar para saber que, cada vez que Nelson regresaba a la mansión, siempre era por algún lío provocado por esa hija adoptiva que no sabía quedarse quieta.Él también sabía que Nelson nunca había sentido simpatía por su hija adoptiva; de hecho, se podría decir que le tenía aversión.Desde que Nelson había entrado a la mansión Tovar, su ceño no se había relajado ni un instante.Ahora, era evidente que Nelson estaba de peor humor que antes de entrar a la mansión Tovar.Leonardo pensó que, seguramente, esa hija adoptiva había vuelto a aprovecharse de la protección de Arturo para exigirle algo descabellado a Nelson. No hacía falta verlo para saber que, como siempre, quería acompañar a Nelson en su viaje de trabajo.Miró por la ventana del carro, buscando la figura que solía aparecer con insistencia, pero no la vio.Así que se atrevió a decir:—Señor Nelson, yo creo que debería ser más firme desde el principio y rechazar a la señorita Gisela de una vez. Así ella entendería que no hay manera y se daría por vencida.Para su sorpresa, Nelson levantó la mirada, sus ojos oscuros reflejaban una profundidad inquietante y su voz sonó cortante.—Deja de decir tonterías y maneja.Leonardo cerró la boca de inmediato y arrancó el carro sin hacer más preguntas.Esperó un rato, hasta que Nelson, cansado, se frotó el entrecejo.—¿Qué pasa?Leonardo bajó la voz:—¿Por qué la señorita Gisela no vino? ¿No siempre insiste en ir con usted?Ese día era fin de semana. Como no había clases, lo habitual era que la señorita Gisela se aferrara a acompañar a Nelson, ya fuera a la oficina o a su residencia particular.Nelson frunció los labios y sus ojos, negros como la noche, se deslizaron sin querer hacia la entrada de la mansión.Todo estaba en silencio, solo se veía a los empleados yendo y viniendo, pero ni rastro de la joven que solía aparecer a esas horas.Nelson no lograba adaptarse a ese cambio repentino, así que arrugó levemente la frente.—No te preocupes por ella. Maneja.—Ah, entendido, señor —respondió Leonardo, y puso el carro en marcha.Al parecer, la señorita Gisela sí había hecho enojar de verdad al señor Nelson.Nelson se recostó de manera despreocupada sobre el asiento, cerró los ojos y, de pronto, recordó las palabras que Gisela le había dicho hacía un momento.¿No quiere molestar?Eso solo parecía una maniobra para llamar su atención. Nada ingenioso, la verdad....Aitana, desesperada, se golpeaba el pecho y los muslos como si no pudiera creer lo que oía.—¿Por qué no fuiste? —le reclamó con impotencia—. ¿Acaso no sabes con quién se va a reunir Nelson?Gisela respondió con calma:—Sí sé.Aitana apretó los dientes, furiosa:—¿Entonces por qué no fuiste? ¿Vas a quedarte viendo cómo Nelson se reconcilia con su exnovia? ¡Si eso pasa, te vas a quedar sin lugar a su lado!—Si no hay lugar, pues ni modo —Gisela puso una expresión impasible—. Mamá, si ellos se quieren, ¿para qué meterme?Aitana ni siquiera escuchó lo que decía su hija. La tomó de la oreja y le gritó en el oído:—¡No! Yo voy a hablar con el señor para que te deje ir. ¡Tienes que hacerme caso!Gisela ya no tenía ganas de discutir.Aitana seguía aferrada al sueño de verla convertida en la esposa de Nelson, pero el tiempo la haría aterrizar en la realidad.Gisela sacó un cuaderno de ejercicios del armario.Aunque en su vida pasada había contado con la protección de la familia Tovar, había estudiado con ahínco para estar a la altura de Nelson. No desperdició sus estudios.Lamentablemente, el día antes del examen de ingreso universitario ocurrió algo y perdió la oportunidad de presentarlo.Después de aquello, pasaron muchas cosas y nunca volvió a intentarlo, ni siquiera fue a la universidad.En esta nueva vida, pensaba aprovechar al máximo la oportunidad del examen de ingreso, elegir una universidad lo más lejana posible de la familia Tovar y de Nelson, y largarse lejos.Sin embargo, no pensaba olvidar ni perdonar las injusticias del pasado.Algún día, todos los que dañaron a Fabi tendrían que pagar lo que hicieron.Estudió hasta que cayó la noche. Entonces, de pronto, Aitana irrumpió en la habitación, jalando una maleta y lista para empacar.Gisela le quitó la maleta de las manos.—Mamá, ¿qué estás haciendo?Aitana le dio unos golpecitos en la frente, sonriendo con entusiasmo:—El señor ya aceptó que vayas con Nelson al viaje de trabajo. ¡Apúrate a preparar tus cosas! Y trata bien a Nelson, no vayas a provocarlo como hoy.Capítulo 3Su hija había muerto.No hubo velorio, ni entierro, ni siquiera dinero para comprar un lote sencillo en el panteón.Solo una caja negra que guardaba las cenizas de su hija, Fabiana. Todo lo que quedaba de ella estaba ahí, entre las manos de Gisela Salinas.En la televisión del crematorio transmitían una boda fastuosa, de esas que parecen de cuento. El novio era el exmarido de Gisela, el padre biológico de Fabi, y la novia, esa mujer que siempre había sido el gran amor de su vida.Por fin, él había logrado lo que tanto deseaba.Gisela salió del crematorio abrazando la urna, mientras la lluvia caía a cántaros.La joven que trabajaba ahí dudó un momento, pero al final no pudo evitar acercarse, preocupada.—Señora, está lloviendo mucho. ¿Alguien viene por usted?Gisela miró la urna. Su cara estaba tan pálida como el yeso.Ya no quedaba nadie. Su única familia estaba en ese preciso instante celebrando su boda con su primer amor. A él ni siquiera le pasaba por la cabeza preguntarse por ellas, mucho menos enterarse de la muerte de su hija.Y aunque tuviera tiempo, no habría ido a buscarla.Nelson Tovar la detestaba.Detestaba todo lo que tuviera que ver con ella.Unos días antes, Romina Varela, manejando con su hijo en el asiento trasero, chocó contra el camión donde viajaban Gisela y Fabi. Fabi salió herida de gravedad, perdió el conocimiento en el acto.Entre la multitud, Gisela encontró a Nelson.Como quien se aferra a su última esperanza, corrió hacia él.—Nelson, Fabi está muy mal, por favor, llévala al hospital. Te lo ruego, ayúdala.Nelson la empujó sin miramientos. Ella cayó, se golpeó la cabeza y sintió que todo le daba vueltas.—Gisela, ya basta de hacerte la víctima. Eso ya no sirve.Él la miró con nerviosismo, tomó al hijo de Romina y se dirigió a la ambulancia.Gisela, mareada, alcanzó a aferrarse al pantalón de Nelson. La desesperación la hacía temblar.—Por favor, te lo suplico. Fabi también es tu hija…Nelson la miró con desprecio.—Gisela, ya te lo dije: en esta vida solo voy a tener un hijo, y será el que tenga con Romina.—Tú y la hija que tuviste tampoco me importan, son basura para mí. Y no olvides traerme los papeles del divorcio de una vez.Tras esas palabras, él la pateó para soltarse y subió a la ambulancia con el niño, que solo tenía unos raspones.El corazón de Gisela se hizo trizas. Por llegar media hora tarde al hospital, Fabi no recibió atención a tiempo y murió en el quirófano.Mientras tanto, el niño que Nelson rescató jugaba alegremente como paje en su boda, entregando los anillos a los recién casados.Gisela soltó una risa amarga, la garganta le raspaba.—Puedo regresar sola, gracias.Y se adentró en la cortina de lluvia.La joven la miró irse, quiso seguirla, pero no se atrevió a dar un paso más.Ya había hecho suficiente. Además, no quería meterse en problemas con el señor Nelson.Gisela caminó entre la tormenta, se quitó el saco y cubrió la urna con él, pegándosela al pecho, encorvando el cuerpo para protegerla del viento y el agua.—Fabi, no dejaré que te mojes.De pronto, un haz de luz atravesó la lluvia. Se escuchó un claxon y un carro negro se detuvo a su lado. Era un Maybach.Gisela no se detuvo. Siguió caminando, terca....Media hora después.La que solía ser su casa con Nelson —ahora convertida en el hogar de Nelson y Romina— estaba adornada de fiesta.Gisela, empapada y destrozada, se quedó parada en la entrada. Sentía que no pertenecía a ese lugar.Las empleadas solo la dejaron pararse en la puerta, cuidando que no manchara el piso recién trapeado.Gisela colocó la urna en el suelo y sacó de su bolsillo los papeles de divorcio, ya mojados.Una empleada tomó los papeles y, sin miramientos, le dio una patada a la urna cubierta por el saco.—¿Qué es esto? Sácalo de aquí de inmediato.La chaqueta resbaló, dejando ver una esquina de la urna.Cuando la empleada leyó el nombre en la caja, se le congeló la expresión.¿No era ese el nombre de la hija de Gisela?Gisela apretó el saco, dio media vuelta y se fue....Una hora después, cerca del mar.Gisela apretaba la urna contra su pecho mientras caminaba hacia el agua.Tenía la cara tan pálida como un fantasma, pero su mirada transmitía una determinación inquebrantable.—No tengas miedo, Fabi. Aunque muera, siempre estaré contigo.El mar fue cubriéndola poco a poco, hasta que desapareció bajo las olas....En la boda.Romina salió del vestidor con un vestido de gala color vino tinto, tan hermosa y radiante que todos voltearon a verla.—Nelson, los invitados ya te esperan. Ven conmigo a brindar.Romina le extendió la mano, blanca y delicada.—Claro —respondió Nelson con ternura, tomándola y guiándola fuera de la sala.De pronto, su asistente irrumpió en el recinto, visiblemente alterado.—Señor Nelson, Gisela se lanzó al mar.Todos se quedaron petrificados. Alguien murmuró:[¿Quién es esa Gisela? El señor Nelson ya se divorció, ¿no? Si vive o muere no es asunto suyo. No arruinen la fiesta, ¿no ven qué día es hoy?]Sin embargo, Nelson se acercó de golpe, el rostro desencajado, y miró a su asistente con furia.—¿Cómo dices?De pronto, se forzó a reír, como si intentara convencerse a sí mismo.—No puede ser. Seguro Gisela está mintiendo otra vez. Esa mujer es demasiado astuta como para morirse así.La voz del asistente temblaba.—Señor Nelson, es cierto. El equipo de rescate acaba de sacar el cuerpo de Gisela del mar. Y también…—También encontraron la urna de su hija.Todos se quedaron en silencio, sin atreverse a moverse ni a mirarse.Solo Romina corrió hacia Nelson, lo tomó de la mano, con una mezcla de miedo y necesidad.—Nelson…Pero él ni siquiera la miró. Se soltó de su mano y salió caminando, con la mirada perdida.La cara de Romina se descompuso de inmediato.Mansión Tovar, un enorme salón.Gisela bajó la mirada para observar sus manos aún infantiles, y solo entonces pudo confirmar que en efecto, había vuelto a nacer.En el centro del sillón, Arturo clavó en ella una mirada filosa, su voz grave y cargada de años.—Gisela, ¿estás segura de que quieres acompañar a Nelson a San Cristóbal del Estero por trabajo?Las pestañas de Gisela temblaron apenas.Recordó enseguida que ese era el punto de quiebre en su vida pasada.Nelson iba a San Cristóbal del Estero, supuestamente por trabajo, pero en el fondo iba a encontrarse con su primera novia, Romina.Cuando Gisela se enteró, armó un escándalo, insistiendo en ir con él.Su papá había sido chofer de Arturo; murió salvándolo. Para agradecer ese sacrificio, la familia Tovar la acogió y le dio todo lo que pidió, tratándola casi como a una hija de la casa.Por eso, cuando ella insistió en ir con Nelson, Arturo accedió.Gisela miró hacia el costado de Arturo.Nelson lucía un traje negro perfectamente ajustado, cada botón abrochado hasta el último. Sentado con desparpajo, una pierna cruzada sobre la otra, el flequillo le caía sobre el rostro, ocultando sus rasgos duros y esa expresión distante que siempre llevaba en el rostro, los labios apretados en una línea delgada.Solo verlo le cortaba la respiración; los recuerdos la golpeaban uno tras otro.El corazón casi se le detenía, sentía el cuerpo helado.Ese hombre que la controló, que nunca la vio con respeto, que la trató como si fuera nada.Lo odiaba.Lo odiaba tanto que le calaba los huesos.Lo odiaba tanto que, noche tras noche, la imagen de Nelson despreciándola le robó la paz.En el rostro de Nelson se notaba el hastío, los dedos tamborileando con lentitud sobre la rodilla.Gisela sabía bien lo que eso significaba: él ya estaba harto, seguro de que ella volvería a insistir en acompañarlo.Pero si tenía una segunda oportunidad, no pensaba cometer el mismo error.Antes de que pudiera decir nada, Aitana, su madre, intervino con voz sumisa:—Claro que sí, claro que sí, mi Gisela y el señor Nelson se llevan tan bien que a donde vaya él, ella tiene que ir, seguro que——No hace falta.Gisela interrumpió en voz baja.En cuanto lo dijo, todos en la sala la miraron sorprendidos.Todos, menos Nelson, que ni siquiera se inmutó.Gisela levantó la cabeza y miró a Arturo con sus ojos claros, la voz firme y transparente.—Señor Arturo, dentro de poco tengo el examen de ingreso universitario, quiero enfocarme en estudiar y no quiero estorbar a Nelson en su trabajo.Arturo pareció quedarse sin palabras.Aitana, desesperada, se acercó y le apretó la muñeca, susurrando:—Señor, no le haga caso a Gisela, está diciendo tonterías, usted sabe cuánto quiere ir con Nelson.—Mamá —Gisela retiró la mano con delicadeza—, te lo digo en serio. Esta vez quiero dedicarme a estudiar.Aitana no lo entendía, pero ella sí veía todo con claridad.Arturo parecía tolerarla, pero en realidad la tenía en la casa como un adorno, algo sin importancia.La última vez que le pasó algo, Arturo ni siquiera se asomó a verla, y ni a su propia nieta, Fabi, le dedicaba más atención.Por eso, Gisela repitió, decidida:—Señor Arturo, Nelson, reconozco que antes no pensaba bien las cosas, pero ahora veo que Nelson está ocupado. Esta vez, prefiero no interrumpirle.Antes de que Arturo respondiera, Nelson se levantó abruptamente, como si ya no soportara un minuto más.Sus ojos negros, largos y llenos de indiferencia, se posaron sobre ella. La voz le salió seca, distante.—Haz lo que quieras.No se molestó en añadir nada más. Se fue sin mirar atrás.Arturo tampoco insistió. Con un gesto de la mano, les indicó que volvieran a sus habitaciones.Gisela por fin pudo respirar tranquila....Afuera, en el lujoso carro de la familia, Leonardo, el asistente de Nelson, lo observaba con cautela a través del retrovisor.Conocía lo suficiente de los Tovar para saber que, cada vez que Nelson regresaba a la mansión, siempre era por algún lío provocado por esa hija adoptiva que no sabía quedarse quieta.Él también sabía que Nelson nunca había sentido simpatía por su hija adoptiva; de hecho, se podría decir que le tenía aversión.Desde que Nelson había entrado a la mansión Tovar, su ceño no se había relajado ni un instante.Ahora, era evidente que Nelson estaba de peor humor que antes de entrar a la mansión Tovar.Leonardo pensó que, seguramente, esa hija adoptiva había vuelto a aprovecharse de la protección de Arturo para exigirle algo descabellado a Nelson. No hacía falta verlo para saber que, como siempre, quería acompañar a Nelson en su viaje de trabajo.Miró por la ventana del carro, buscando la figura que solía aparecer con insistencia, pero no la vio.Así que se atrevió a decir:—Señor Nelson, yo creo que debería ser más firme desde el principio y rechazar a la señorita Gisela de una vez. Así ella entendería que no hay manera y se daría por vencida.Para su sorpresa, Nelson levantó la mirada, sus ojos oscuros reflejaban una profundidad inquietante y su voz sonó cortante.—Deja de decir tonterías y maneja.Leonardo cerró la boca de inmediato y arrancó el carro sin hacer más preguntas.Esperó un rato, hasta que Nelson, cansado, se frotó el entrecejo.—¿Qué pasa?Leonardo bajó la voz:—¿Por qué la señorita Gisela no vino? ¿No siempre insiste en ir con usted?Ese día era fin de semana. Como no había clases, lo habitual era que la señorita Gisela se aferrara a acompañar a Nelson, ya fuera a la oficina o a su residencia particular.Nelson frunció los labios y sus ojos, negros como la noche, se deslizaron sin querer hacia la entrada de la mansión.Todo estaba en silencio, solo se veía a los empleados yendo y viniendo, pero ni rastro de la joven que solía aparecer a esas horas.Nelson no lograba adaptarse a ese cambio repentino, así que arrugó levemente la frente.—No te preocupes por ella. Maneja.—Ah, entendido, señor —respondió Leonardo, y puso el carro en marcha.Al parecer, la señorita Gisela sí había hecho enojar de verdad al señor Nelson.Nelson se recostó de manera despreocupada sobre el asiento, cerró los ojos y, de pronto, recordó las palabras que Gisela le había dicho hacía un momento.¿No quiere molestar?Eso solo parecía una maniobra para llamar su atención. Nada ingenioso, la verdad....Aitana, desesperada, se golpeaba el pecho y los muslos como si no pudiera creer lo que oía.—¿Por qué no fuiste? —le reclamó con impotencia—. ¿Acaso no sabes con quién se va a reunir Nelson?Gisela respondió con calma:—Sí sé.Aitana apretó los dientes, furiosa:—¿Entonces por qué no fuiste? ¿Vas a quedarte viendo cómo Nelson se reconcilia con su exnovia? ¡Si eso pasa, te vas a quedar sin lugar a su lado!—Si no hay lugar, pues ni modo —Gisela puso una expresión impasible—. Mamá, si ellos se quieren, ¿para qué meterme?Aitana ni siquiera escuchó lo que decía su hija. La tomó de la oreja y le gritó en el oído:—¡No! Yo voy a hablar con el señor para que te deje ir. ¡Tienes que hacerme caso!Gisela ya no tenía ganas de discutir.Aitana seguía aferrada al sueño de verla convertida en la esposa de Nelson, pero el tiempo la haría aterrizar en la realidad.Gisela sacó un cuaderno de ejercicios del armario.Aunque en su vida pasada había contado con la protección de la familia Tovar, había estudiado con ahínco para estar a la altura de Nelson. No desperdició sus estudios.Lamentablemente, el día antes del examen de ingreso universitario ocurrió algo y perdió la oportunidad de presentarlo.Después de aquello, pasaron muchas cosas y nunca volvió a intentarlo, ni siquiera fue a la universidad.En esta nueva vida, pensaba aprovechar al máximo la oportunidad del examen de ingreso, elegir una universidad lo más lejana posible de la familia Tovar y de Nelson, y largarse lejos.Sin embargo, no pensaba olvidar ni perdonar las injusticias del pasado.Algún día, todos los que dañaron a Fabi tendrían que pagar lo que hicieron.Estudió hasta que cayó la noche. Entonces, de pronto, Aitana irrumpió en la habitación, jalando una maleta y lista para empacar.Gisela le quitó la maleta de las manos.—Mamá, ¿qué estás haciendo?Aitana le dio unos golpecitos en la frente, sonriendo con entusiasmo:—El señor ya aceptó que vayas con Nelson al viaje de trabajo. ¡Apúrate a preparar tus cosas! Y trata bien a Nelson, no vayas a provocarlo como hoy.