Capítulo 1La noche tenía un aire irresistible.Antes de que Cintia Salinas pudiera secarse el cabello, Arturo León se acercó por detrás, la abrazó con ansiedad y la llevó directo a la cama.—Mi cabello aún está húmedo…Arturo había tomado unas copas esa noche. Se notaba animado, y la besó con tanta intensidad que no dejó espacio para la negativa. No le dio oportunidad de decir nada.Cintia cayó en el colchón suave, atrapada en un beso que la dejó sin aliento, con las manos entrelazadas fuertemente por él, los dedos apretados uno a uno.Al poco rato, Arturo liberó una de sus manos, y con dedos largos y cálidos, hábiles por la costumbre, le quitó la bata de dormir color vino que traía puesta.El cuerpo de Cintia quedó expuesto entre sombras y luces, moviéndose al compás de su respiración, con una belleza tan viva que parecía sacada de un sueño.Se le encendieron las mejillas de la vergüenza, y en el fondo de sus ojos apareció un brillo seductor.Cruzaron una mirada. Los ojos de Arturo se oscurecieron, trago saliva con nerviosismo.Como dice el dicho, la ausencia enciende la pasión. Pronto, el cuarto se llenó de sonidos intensos y cargados de deseo.No supieron cuánto tiempo pasó hasta que terminaron aquel arranque de locura.Cintia quedó rendida sobre la cama, con el cabello pegado a las sienes, la mirada perdida.Levantó la mano y la apoyó sobre el vientre, esbozando una leve sonrisa.En cuatro años de matrimonio, era la primera vez que él no tomaba precauciones.Ya fuera por la presión de la familia o porque Arturo por fin había cambiado de parecer, Cintia sentía una alegría nueva en el pecho. Por fin, él quería tener hijos. Por fin, ella podía soñar con convertirse en mamá.El ruido del agua de la regadera se detuvo de golpe.Arturo salió del baño con una toalla floja en la cintura, el rostro impasible, y fue directo al vestidor.Cuando regresó, ya estaba completamente vestido: traje impecable, zapatos negros que brillaban con cada paso. Su presencia imponía respeto y cierta distancia, la de alguien acostumbrado a mandar.Cintia hizo un esfuerzo por sentarse, aunque el cuerpo le dolía y sentía las piernas débiles. Se preocupó al verlo arreglándose.—¿Vas a salir a estas horas?Arturo tomó el reloj de la mesa de noche. Su mirada era tan cortante como si todo lo que acababa de pasar entre los dos no hubiera existido.—Elvira volvió. Se siente mal. Le prometí que estaría con ella esta noche.El corazón de Cintia se desplomó en el pecho, como si un trueno la hubiera partido en dos.¡La primera novia de Arturo había regresado!Cuatro años atrás, Elvira Lemus se había marchado del país en un arrebato. Arturo la siguió al aeropuerto, le propuso matrimonio con un anillo de diamantes enorme, arrodillándose frente a todos, pero ni así logró retenerla.La mente de Cintia se llenó de recuerdos amargos y la respiración se le hizo pesada. Antes de que pudiera reaccionar, Arturo ya iba hacia la puerta, sin mirarla, como si a él no le importara nada de lo que ella sintiera.Al darse cuenta, Cintia se apresuró a llamarlo.—¡Arturo!Él frunció el ceño, visiblemente fastidiado.—Si tienes algo que decir, lo hablamos mañana cuando regrese.—No te vayas —suplicó Cintia, bajando la voz, con un nudo en la garganta—. Hoy es nuestro cuarto aniversario de bodas.A Arturo no le importó. La miró de reojo, con una indiferencia que dolía.—Es un día sin importancia.Cintia sintió que la vergüenza le quemaba el rostro, pero aun así reunió valor para insistir:—Tú y Elvira terminaron hace cuatro años. Ahora yo soy tu esposa. No puedes dejarme sola para irte con ella.Arturo no respondió, ni siquiera se molestó en dar una explicación. Cerró la puerta con fuerza y se marchó, dejando la habitación vacía y silenciosa.Cintia quiso levantarse para ir tras él, pero las piernas no le respondieron.Se le humedecieron los ojos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. No le salían las palabras.No era la primera vez que pasaba.En cuatro años de matrimonio, cada vez que llegaba una fecha especial —incluso en su cumpleaños—, Arturo nunca estaba con ella.Bastaba una llamada de Elvira, aunque estuviera al otro lado del mundo, para que él cruzara mares y fronteras y no faltara a ninguna cita con la mujer que siempre había sido su verdadero amor.En las redes sociales, Elvira presumía su romance sin ningún reparo. Subía fotos y videos junto a Arturo, quien siempre le seguía el juego en todas sus ocurrencias para las fotos, y la miraba con esa ternura y devoción que solo se ve en las películas románticas.En contraste, Cintia ni siquiera tenía una segunda foto con Arturo, aparte de la del acta de matrimonio. Mucho menos podía hablar de haber sentido alguna vez su cariño o su atención.Arturo la trataba con desprecio, tan distante que no parecía su esposo. Solo mostraba un poco de pasión en la cama, pero en cuanto todo terminaba, era como si ella no existiera, indiferente y hasta molesto.Cintia, en su ingenuidad, había creído alguna vez que el tiempo lo curaba todo. Pensaba que si ella se entregaba con el corazón, si se esforzaba lo suficiente, tarde o temprano lograría derretir el corazón de Arturo y ganarse su amor.Pero la realidad se encargó de despertarla de ese sueño con una bofetada. Eso de enamorarse después de casarse solo pasaba en los libros, en la vida real, Arturo nunca la había amado.Ya entrada la madrugada, los chismes explotaron en internet. Los rumores subieron como espuma y acapararon los titulares.[El gran señor de la familia León sale por la noche con su exnovia. ¿Reconciliación a la vista?]En la foto, justo en la puerta de un hotel, se veía a Elvira pegada al pecho de Arturo. Él sostenía un paraguas, pero dejaba su hombro izquierdo completamente expuesto a la lluvia. La forma en que la miraba, inclinando la cabeza con una expresión llena de cariño, era imposible de ignorar.Parecían una pareja sacada de un cuento, perfectamente enamorados.Cintia desvió la mirada, sintiendo el corazón hecho trizas.Cuatro años de matrimonio. Todo se había convertido en una burla gigante.De pronto, el celular sonó con un “ding” y apareció un mensaje de un número desconocido.Cintia lo abrió y vio una foto de un estudio médico de embarazo.En la parte del nombre decía: Elvira.El mensaje adjunto decía: [El hijo de Arturo y mío]Cintia se quedó mirando esas palabras hasta que todo se le puso borroso.Cuatro años de casada y nunca había quedado embarazada. No era que no quisiera hijos, sino que Arturo siempre había sido tajante: él no quería niños.Ahora, todo quedaba claro: él sí quería tener hijos, solo que no con ella.Por eso Elvira había regresado justo ahora, para cuidar su embarazo.Por eso Arturo la había tratado tan rudo esa noche, porque no quería lastimar a Elvira y estaba cuidando al bebé que ella llevaba en el vientre.Cuanto más pensaba Cintia, más le dolía el pecho.Su propio esposo, el que tenía por ley, había preferido que otra mujer le diera un hijo.—Arturo, eres un desgraciado —susurró ella, con toda la rabia acumulada.La señora León, convertida en lo que era ella ahora: una mujer sin dignidad, invisible, aguantando año tras año el maltrato silencioso y las infidelidades de su esposo.Cintia sintió que ya no le quedaba ni esperanza ni ganas de seguir luchando por ese matrimonio.Ella y Arturo eran de mundos diferentes, y él jamás había querido de verdad incluirla en el suyo....Al día siguiente, Cintia pidió medio día libre en la oficina.No podía con el dolor de piernas, y el estómago le molestaba con punzadas que iban y venían.Pensó que descansando en casa se le pasaría, pero antes del mediodía, notó que estaba sangrando bastante y el dolor de vientre se volvió insoportable.El sudor frío le empapó la frente, la cara se le puso pálida y apenas podía caminar.Jamás le había pasado algo así.Un mal presentimiento la invadió. Rápida, buscó el celular y marcó a emergencias.Llegaron en minutos y la trasladaron al hospital. Tras la revisión, la diagnosticaron con ruptura del cuerpo lúteo y le urgía una cirugía.Había riesgos. Podía afectar su capacidad de tener hijos en el futuro. El hospital pidió la firma de un familiar. Cintia, sin más opción, llamó a Arturo.El celular sonó dos veces antes de que él contestara.—¿Qué pasa? —la voz de Arturo llegó, seca y cortante.Cintia, demacrada y con la voz apenas audible, respondió:—Estoy en el hospital, me van a operar. Necesito que vengas.Arturo arrugó la frente, sus ojos impasibles, como si nada pudiera perturbarlo.Estaba convencido de que Cintia solo estaba actuando, tratando de engañarlo para que regresara.—Ayer mencioné que Elvira no se sentía bien y hoy resulta que tienes que operarte. Qué coincidencia tan conveniente, ¿no crees?El corazón de Cintia se apretó, el dolor le calaba hasta los huesos.Arturo no le creía.En cambio, a Elvira nunca la cuestionaba, todo lo que ella decía era palabra sagrada para él.Jamás iba a olvidar aquel día de la boda. Justo a la mitad de la ceremonia, Arturo recibió una llamada de Elvira. Bastó con que ella dijera que le dolía la cabeza para que él la dejara plantada frente a todos y se fuera al extranjero sin mirar atrás.Después, ni una disculpa, ni una explicación.El amor y el desamor siempre estuvieron tan claros como el agua; la necia había sido ella, confiando en que su cariño podría ablandar el corazón de Arturo.—No te estoy mintiendo, de verdad estoy en el hospital —susurró Cintia, su voz apagada.Pero Arturo seguía igual de distante. Se le escapó una sonrisa despectiva.—Si quieres armar un escándalo, al menos invéntate una mejor excusa. Maldecirte a ti misma, ¿de verdad quieres tentar a la suerte?Cintia se quedó mirando el techo de la sala de operaciones, las lágrimas resbalando en silencio.—Arturo, si hoy no vienes, tal vez no me vuelvas a ver nunca.Antes de que Arturo pudiera responder, la voz de Elvira interrumpió la llamada.—Arturo, ya está listo el pastel. Ven a probarlo.—Voy —contestó él, sin dudarlo ni un segundo.Colgó de inmediato.—Tut-tut-tut—Cintia dejó caer el celular, los ojos cerrados, completamente derrotada.Arturo prefería comer pastel con Elvira que acompañarla en el hospital. Le daba igual si ella seguía viva o muerta.—Doctor, no tengo a nadie más. Yo misma me hago responsable de todo, por favor, hagamos la cirugía.El doctor, acostumbrado a ver la indiferencia y la soledad de la gente, suspiró con algo de lástima.—Bien, prepárense para operar....La cirugía fue un éxito.Cuando Cintia salió del quirófano, todavía sentía los efectos de la anestesia. Durmió casi una hora en la habitación antes de despertar.El olor a desinfectante le invadió la nariz.Abrió los ojos con dificultad y se encontró en la cama del hospital. Una enfermera le cambiaba el suero de la vía intravenosa.—Por fin despertaste, todo salió perfecto. Tu cuerpo está fuerte, el director dice que no tendrás problemas para ser mamá en el futuro.Cintia sintió una mezcla de emociones. Por fin podía respirar tranquila: gracias a Dios no le habían arrebatado la posibilidad de ser madre.—Descansa bien, yo ya hice el trámite de tu hospitalización —le dijo la enfermera, amable y profesional—. En tu caso, el director recomienda que te quedes al menos una semana.—Gracias —respondió Cintia, sincera.La enfermera cerró la puerta con suavidad. La habitación volvió a llenarse de la luz dorada del atardecer; la paz lo envolvía todo.Cintia miró el reloj en la pared, sacó el celular y vio más de diez llamadas perdidas, todas del trabajo.También tenía varios mensajes de WhatsApp.[¿Por qué faltaste sin avisar esta tarde?][Hoy no se te va a pagar nada.][No contestas las llamadas ni los mensajes, Cintia, ¿te crees muy lista?][Si no das una buena explicación antes de las seis, ni te presentes mañana.]Cintia guardó el celular sin inmutarse.No solo era la esposa de Arturo; también era secretaria en el Grupo León.A excepción de Lorenzo, nadie sabía que ella era la señora León. Para el jefe de secretarias, solo era una empleada más.Siempre había trabajado con dedicación, sin errores, pero por ser guapa y tener buena figura, las demás secretarias la excluían y la jefa no perdía oportunidad de cargarle la mano.Durante años aguantó ese ambiente sofocante por Arturo. Pero ahora, si ya ni a él lo quería, mucho menos pensaba seguir soportando ese trabajo. Que se quedaran con su puesto, a ella ya no le importaba....Pasaron varios días en el hospital, Cintia sola, con una enfermera contratada para ayudarla.Sus padres ya eran mayores y tenían problemas de salud, así que decidió no preocuparlos.En todo ese tiempo, ni una sola llamada de Arturo. Pero tampoco lo esperaba.Por el grupo de la empresa, se enteró de que Arturo estaba de viaje de trabajo fuera de la ciudad, que regresaría hoy o mañana.Capítulo 2La noche tenía un aire irresistible.Antes de que Cintia Salinas pudiera secarse el cabello, Arturo León se acercó por detrás, la abrazó con ansiedad y la llevó directo a la cama.—Mi cabello aún está húmedo…Arturo había tomado unas copas esa noche. Se notaba animado, y la besó con tanta intensidad que no dejó espacio para la negativa. No le dio oportunidad de decir nada.Cintia cayó en el colchón suave, atrapada en un beso que la dejó sin aliento, con las manos entrelazadas fuertemente por él, los dedos apretados uno a uno.Al poco rato, Arturo liberó una de sus manos, y con dedos largos y cálidos, hábiles por la costumbre, le quitó la bata de dormir color vino que traía puesta.El cuerpo de Cintia quedó expuesto entre sombras y luces, moviéndose al compás de su respiración, con una belleza tan viva que parecía sacada de un sueño.Se le encendieron las mejillas de la vergüenza, y en el fondo de sus ojos apareció un brillo seductor.Cruzaron una mirada. Los ojos de Arturo se oscurecieron, trago saliva con nerviosismo.Como dice el dicho, la ausencia enciende la pasión. Pronto, el cuarto se llenó de sonidos intensos y cargados de deseo.No supieron cuánto tiempo pasó hasta que terminaron aquel arranque de locura.Cintia quedó rendida sobre la cama, con el cabello pegado a las sienes, la mirada perdida.Levantó la mano y la apoyó sobre el vientre, esbozando una leve sonrisa.En cuatro años de matrimonio, era la primera vez que él no tomaba precauciones.Ya fuera por la presión de la familia o porque Arturo por fin había cambiado de parecer, Cintia sentía una alegría nueva en el pecho. Por fin, él quería tener hijos. Por fin, ella podía soñar con convertirse en mamá.El ruido del agua de la regadera se detuvo de golpe.Arturo salió del baño con una toalla floja en la cintura, el rostro impasible, y fue directo al vestidor.Cuando regresó, ya estaba completamente vestido: traje impecable, zapatos negros que brillaban con cada paso. Su presencia imponía respeto y cierta distancia, la de alguien acostumbrado a mandar.Cintia hizo un esfuerzo por sentarse, aunque el cuerpo le dolía y sentía las piernas débiles. Se preocupó al verlo arreglándose.—¿Vas a salir a estas horas?Arturo tomó el reloj de la mesa de noche. Su mirada era tan cortante como si todo lo que acababa de pasar entre los dos no hubiera existido.—Elvira volvió. Se siente mal. Le prometí que estaría con ella esta noche.El corazón de Cintia se desplomó en el pecho, como si un trueno la hubiera partido en dos.¡La primera novia de Arturo había regresado!Cuatro años atrás, Elvira Lemus se había marchado del país en un arrebato. Arturo la siguió al aeropuerto, le propuso matrimonio con un anillo de diamantes enorme, arrodillándose frente a todos, pero ni así logró retenerla.La mente de Cintia se llenó de recuerdos amargos y la respiración se le hizo pesada. Antes de que pudiera reaccionar, Arturo ya iba hacia la puerta, sin mirarla, como si a él no le importara nada de lo que ella sintiera.Al darse cuenta, Cintia se apresuró a llamarlo.—¡Arturo!Él frunció el ceño, visiblemente fastidiado.—Si tienes algo que decir, lo hablamos mañana cuando regrese.—No te vayas —suplicó Cintia, bajando la voz, con un nudo en la garganta—. Hoy es nuestro cuarto aniversario de bodas.A Arturo no le importó. La miró de reojo, con una indiferencia que dolía.—Es un día sin importancia.Cintia sintió que la vergüenza le quemaba el rostro, pero aun así reunió valor para insistir:—Tú y Elvira terminaron hace cuatro años. Ahora yo soy tu esposa. No puedes dejarme sola para irte con ella.Arturo no respondió, ni siquiera se molestó en dar una explicación. Cerró la puerta con fuerza y se marchó, dejando la habitación vacía y silenciosa.Cintia quiso levantarse para ir tras él, pero las piernas no le respondieron.Se le humedecieron los ojos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. No le salían las palabras.No era la primera vez que pasaba.En cuatro años de matrimonio, cada vez que llegaba una fecha especial —incluso en su cumpleaños—, Arturo nunca estaba con ella.Bastaba una llamada de Elvira, aunque estuviera al otro lado del mundo, para que él cruzara mares y fronteras y no faltara a ninguna cita con la mujer que siempre había sido su verdadero amor.En las redes sociales, Elvira presumía su romance sin ningún reparo. Subía fotos y videos junto a Arturo, quien siempre le seguía el juego en todas sus ocurrencias para las fotos, y la miraba con esa ternura y devoción que solo se ve en las películas románticas.En contraste, Cintia ni siquiera tenía una segunda foto con Arturo, aparte de la del acta de matrimonio. Mucho menos podía hablar de haber sentido alguna vez su cariño o su atención.Arturo la trataba con desprecio, tan distante que no parecía su esposo. Solo mostraba un poco de pasión en la cama, pero en cuanto todo terminaba, era como si ella no existiera, indiferente y hasta molesto.Cintia, en su ingenuidad, había creído alguna vez que el tiempo lo curaba todo. Pensaba que si ella se entregaba con el corazón, si se esforzaba lo suficiente, tarde o temprano lograría derretir el corazón de Arturo y ganarse su amor.Pero la realidad se encargó de despertarla de ese sueño con una bofetada. Eso de enamorarse después de casarse solo pasaba en los libros, en la vida real, Arturo nunca la había amado.Ya entrada la madrugada, los chismes explotaron en internet. Los rumores subieron como espuma y acapararon los titulares.[El gran señor de la familia León sale por la noche con su exnovia. ¿Reconciliación a la vista?]En la foto, justo en la puerta de un hotel, se veía a Elvira pegada al pecho de Arturo. Él sostenía un paraguas, pero dejaba su hombro izquierdo completamente expuesto a la lluvia. La forma en que la miraba, inclinando la cabeza con una expresión llena de cariño, era imposible de ignorar.Parecían una pareja sacada de un cuento, perfectamente enamorados.Cintia desvió la mirada, sintiendo el corazón hecho trizas.Cuatro años de matrimonio. Todo se había convertido en una burla gigante.De pronto, el celular sonó con un “ding” y apareció un mensaje de un número desconocido.Cintia lo abrió y vio una foto de un estudio médico de embarazo.En la parte del nombre decía: Elvira.El mensaje adjunto decía: [El hijo de Arturo y mío]Cintia se quedó mirando esas palabras hasta que todo se le puso borroso.Cuatro años de casada y nunca había quedado embarazada. No era que no quisiera hijos, sino que Arturo siempre había sido tajante: él no quería niños.Ahora, todo quedaba claro: él sí quería tener hijos, solo que no con ella.Por eso Elvira había regresado justo ahora, para cuidar su embarazo.Por eso Arturo la había tratado tan rudo esa noche, porque no quería lastimar a Elvira y estaba cuidando al bebé que ella llevaba en el vientre.Cuanto más pensaba Cintia, más le dolía el pecho.Su propio esposo, el que tenía por ley, había preferido que otra mujer le diera un hijo.—Arturo, eres un desgraciado —susurró ella, con toda la rabia acumulada.La señora León, convertida en lo que era ella ahora: una mujer sin dignidad, invisible, aguantando año tras año el maltrato silencioso y las infidelidades de su esposo.Cintia sintió que ya no le quedaba ni esperanza ni ganas de seguir luchando por ese matrimonio.Ella y Arturo eran de mundos diferentes, y él jamás había querido de verdad incluirla en el suyo....Al día siguiente, Cintia pidió medio día libre en la oficina.No podía con el dolor de piernas, y el estómago le molestaba con punzadas que iban y venían.Pensó que descansando en casa se le pasaría, pero antes del mediodía, notó que estaba sangrando bastante y el dolor de vientre se volvió insoportable.El sudor frío le empapó la frente, la cara se le puso pálida y apenas podía caminar.Jamás le había pasado algo así.Un mal presentimiento la invadió. Rápida, buscó el celular y marcó a emergencias.Llegaron en minutos y la trasladaron al hospital. Tras la revisión, la diagnosticaron con ruptura del cuerpo lúteo y le urgía una cirugía.Había riesgos. Podía afectar su capacidad de tener hijos en el futuro. El hospital pidió la firma de un familiar. Cintia, sin más opción, llamó a Arturo.El celular sonó dos veces antes de que él contestara.—¿Qué pasa? —la voz de Arturo llegó, seca y cortante.Cintia, demacrada y con la voz apenas audible, respondió:—Estoy en el hospital, me van a operar. Necesito que vengas.Arturo arrugó la frente, sus ojos impasibles, como si nada pudiera perturbarlo.Estaba convencido de que Cintia solo estaba actuando, tratando de engañarlo para que regresara.—Ayer mencioné que Elvira no se sentía bien y hoy resulta que tienes que operarte. Qué coincidencia tan conveniente, ¿no crees?El corazón de Cintia se apretó, el dolor le calaba hasta los huesos.Arturo no le creía.En cambio, a Elvira nunca la cuestionaba, todo lo que ella decía era palabra sagrada para él.Jamás iba a olvidar aquel día de la boda. Justo a la mitad de la ceremonia, Arturo recibió una llamada de Elvira. Bastó con que ella dijera que le dolía la cabeza para que él la dejara plantada frente a todos y se fuera al extranjero sin mirar atrás.Después, ni una disculpa, ni una explicación.El amor y el desamor siempre estuvieron tan claros como el agua; la necia había sido ella, confiando en que su cariño podría ablandar el corazón de Arturo.—No te estoy mintiendo, de verdad estoy en el hospital —susurró Cintia, su voz apagada.Pero Arturo seguía igual de distante. Se le escapó una sonrisa despectiva.—Si quieres armar un escándalo, al menos invéntate una mejor excusa. Maldecirte a ti misma, ¿de verdad quieres tentar a la suerte?Cintia se quedó mirando el techo de la sala de operaciones, las lágrimas resbalando en silencio.—Arturo, si hoy no vienes, tal vez no me vuelvas a ver nunca.Antes de que Arturo pudiera responder, la voz de Elvira interrumpió la llamada.—Arturo, ya está listo el pastel. Ven a probarlo.—Voy —contestó él, sin dudarlo ni un segundo.Colgó de inmediato.—Tut-tut-tut—Cintia dejó caer el celular, los ojos cerrados, completamente derrotada.Arturo prefería comer pastel con Elvira que acompañarla en el hospital. Le daba igual si ella seguía viva o muerta.—Doctor, no tengo a nadie más. Yo misma me hago responsable de todo, por favor, hagamos la cirugía.El doctor, acostumbrado a ver la indiferencia y la soledad de la gente, suspiró con algo de lástima.—Bien, prepárense para operar....La cirugía fue un éxito.Cuando Cintia salió del quirófano, todavía sentía los efectos de la anestesia. Durmió casi una hora en la habitación antes de despertar.El olor a desinfectante le invadió la nariz.Abrió los ojos con dificultad y se encontró en la cama del hospital. Una enfermera le cambiaba el suero de la vía intravenosa.—Por fin despertaste, todo salió perfecto. Tu cuerpo está fuerte, el director dice que no tendrás problemas para ser mamá en el futuro.Cintia sintió una mezcla de emociones. Por fin podía respirar tranquila: gracias a Dios no le habían arrebatado la posibilidad de ser madre.—Descansa bien, yo ya hice el trámite de tu hospitalización —le dijo la enfermera, amable y profesional—. En tu caso, el director recomienda que te quedes al menos una semana.—Gracias —respondió Cintia, sincera.La enfermera cerró la puerta con suavidad. La habitación volvió a llenarse de la luz dorada del atardecer; la paz lo envolvía todo.Cintia miró el reloj en la pared, sacó el celular y vio más de diez llamadas perdidas, todas del trabajo.También tenía varios mensajes de WhatsApp.[¿Por qué faltaste sin avisar esta tarde?][Hoy no se te va a pagar nada.][No contestas las llamadas ni los mensajes, Cintia, ¿te crees muy lista?][Si no das una buena explicación antes de las seis, ni te presentes mañana.]Cintia guardó el celular sin inmutarse.No solo era la esposa de Arturo; también era secretaria en el Grupo León.A excepción de Lorenzo, nadie sabía que ella era la señora León. Para el jefe de secretarias, solo era una empleada más.Siempre había trabajado con dedicación, sin errores, pero por ser guapa y tener buena figura, las demás secretarias la excluían y la jefa no perdía oportunidad de cargarle la mano.Durante años aguantó ese ambiente sofocante por Arturo. Pero ahora, si ya ni a él lo quería, mucho menos pensaba seguir soportando ese trabajo. Que se quedaran con su puesto, a ella ya no le importaba....Pasaron varios días en el hospital, Cintia sola, con una enfermera contratada para ayudarla.Sus padres ya eran mayores y tenían problemas de salud, así que decidió no preocuparlos.En todo ese tiempo, ni una sola llamada de Arturo. Pero tampoco lo esperaba.Por el grupo de la empresa, se enteró de que Arturo estaba de viaje de trabajo fuera de la ciudad, que regresaría hoy o mañana.Capítulo 3La noche tenía un aire irresistible.Antes de que Cintia Salinas pudiera secarse el cabello, Arturo León se acercó por detrás, la abrazó con ansiedad y la llevó directo a la cama.—Mi cabello aún está húmedo…Arturo había tomado unas copas esa noche. Se notaba animado, y la besó con tanta intensidad que no dejó espacio para la negativa. No le dio oportunidad de decir nada.Cintia cayó en el colchón suave, atrapada en un beso que la dejó sin aliento, con las manos entrelazadas fuertemente por él, los dedos apretados uno a uno.Al poco rato, Arturo liberó una de sus manos, y con dedos largos y cálidos, hábiles por la costumbre, le quitó la bata de dormir color vino que traía puesta.El cuerpo de Cintia quedó expuesto entre sombras y luces, moviéndose al compás de su respiración, con una belleza tan viva que parecía sacada de un sueño.Se le encendieron las mejillas de la vergüenza, y en el fondo de sus ojos apareció un brillo seductor.Cruzaron una mirada. Los ojos de Arturo se oscurecieron, trago saliva con nerviosismo.Como dice el dicho, la ausencia enciende la pasión. Pronto, el cuarto se llenó de sonidos intensos y cargados de deseo.No supieron cuánto tiempo pasó hasta que terminaron aquel arranque de locura.Cintia quedó rendida sobre la cama, con el cabello pegado a las sienes, la mirada perdida.Levantó la mano y la apoyó sobre el vientre, esbozando una leve sonrisa.En cuatro años de matrimonio, era la primera vez que él no tomaba precauciones.Ya fuera por la presión de la familia o porque Arturo por fin había cambiado de parecer, Cintia sentía una alegría nueva en el pecho. Por fin, él quería tener hijos. Por fin, ella podía soñar con convertirse en mamá.El ruido del agua de la regadera se detuvo de golpe.Arturo salió del baño con una toalla floja en la cintura, el rostro impasible, y fue directo al vestidor.Cuando regresó, ya estaba completamente vestido: traje impecable, zapatos negros que brillaban con cada paso. Su presencia imponía respeto y cierta distancia, la de alguien acostumbrado a mandar.Cintia hizo un esfuerzo por sentarse, aunque el cuerpo le dolía y sentía las piernas débiles. Se preocupó al verlo arreglándose.—¿Vas a salir a estas horas?Arturo tomó el reloj de la mesa de noche. Su mirada era tan cortante como si todo lo que acababa de pasar entre los dos no hubiera existido.—Elvira volvió. Se siente mal. Le prometí que estaría con ella esta noche.El corazón de Cintia se desplomó en el pecho, como si un trueno la hubiera partido en dos.¡La primera novia de Arturo había regresado!Cuatro años atrás, Elvira Lemus se había marchado del país en un arrebato. Arturo la siguió al aeropuerto, le propuso matrimonio con un anillo de diamantes enorme, arrodillándose frente a todos, pero ni así logró retenerla.La mente de Cintia se llenó de recuerdos amargos y la respiración se le hizo pesada. Antes de que pudiera reaccionar, Arturo ya iba hacia la puerta, sin mirarla, como si a él no le importara nada de lo que ella sintiera.Al darse cuenta, Cintia se apresuró a llamarlo.—¡Arturo!Él frunció el ceño, visiblemente fastidiado.—Si tienes algo que decir, lo hablamos mañana cuando regrese.—No te vayas —suplicó Cintia, bajando la voz, con un nudo en la garganta—. Hoy es nuestro cuarto aniversario de bodas.A Arturo no le importó. La miró de reojo, con una indiferencia que dolía.—Es un día sin importancia.Cintia sintió que la vergüenza le quemaba el rostro, pero aun así reunió valor para insistir:—Tú y Elvira terminaron hace cuatro años. Ahora yo soy tu esposa. No puedes dejarme sola para irte con ella.Arturo no respondió, ni siquiera se molestó en dar una explicación. Cerró la puerta con fuerza y se marchó, dejando la habitación vacía y silenciosa.Cintia quiso levantarse para ir tras él, pero las piernas no le respondieron.Se le humedecieron los ojos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. No le salían las palabras.No era la primera vez que pasaba.En cuatro años de matrimonio, cada vez que llegaba una fecha especial —incluso en su cumpleaños—, Arturo nunca estaba con ella.Bastaba una llamada de Elvira, aunque estuviera al otro lado del mundo, para que él cruzara mares y fronteras y no faltara a ninguna cita con la mujer que siempre había sido su verdadero amor.En las redes sociales, Elvira presumía su romance sin ningún reparo. Subía fotos y videos junto a Arturo, quien siempre le seguía el juego en todas sus ocurrencias para las fotos, y la miraba con esa ternura y devoción que solo se ve en las películas románticas.En contraste, Cintia ni siquiera tenía una segunda foto con Arturo, aparte de la del acta de matrimonio. Mucho menos podía hablar de haber sentido alguna vez su cariño o su atención.Arturo la trataba con desprecio, tan distante que no parecía su esposo. Solo mostraba un poco de pasión en la cama, pero en cuanto todo terminaba, era como si ella no existiera, indiferente y hasta molesto.Cintia, en su ingenuidad, había creído alguna vez que el tiempo lo curaba todo. Pensaba que si ella se entregaba con el corazón, si se esforzaba lo suficiente, tarde o temprano lograría derretir el corazón de Arturo y ganarse su amor.Pero la realidad se encargó de despertarla de ese sueño con una bofetada. Eso de enamorarse después de casarse solo pasaba en los libros, en la vida real, Arturo nunca la había amado.Ya entrada la madrugada, los chismes explotaron en internet. Los rumores subieron como espuma y acapararon los titulares.[El gran señor de la familia León sale por la noche con su exnovia. ¿Reconciliación a la vista?]En la foto, justo en la puerta de un hotel, se veía a Elvira pegada al pecho de Arturo. Él sostenía un paraguas, pero dejaba su hombro izquierdo completamente expuesto a la lluvia. La forma en que la miraba, inclinando la cabeza con una expresión llena de cariño, era imposible de ignorar.Parecían una pareja sacada de un cuento, perfectamente enamorados.Cintia desvió la mirada, sintiendo el corazón hecho trizas.Cuatro años de matrimonio. Todo se había convertido en una burla gigante.De pronto, el celular sonó con un “ding” y apareció un mensaje de un número desconocido.Cintia lo abrió y vio una foto de un estudio médico de embarazo.En la parte del nombre decía: Elvira.El mensaje adjunto decía: [El hijo de Arturo y mío]Cintia se quedó mirando esas palabras hasta que todo se le puso borroso.Cuatro años de casada y nunca había quedado embarazada. No era que no quisiera hijos, sino que Arturo siempre había sido tajante: él no quería niños.Ahora, todo quedaba claro: él sí quería tener hijos, solo que no con ella.Por eso Elvira había regresado justo ahora, para cuidar su embarazo.Por eso Arturo la había tratado tan rudo esa noche, porque no quería lastimar a Elvira y estaba cuidando al bebé que ella llevaba en el vientre.Cuanto más pensaba Cintia, más le dolía el pecho.Su propio esposo, el que tenía por ley, había preferido que otra mujer le diera un hijo.—Arturo, eres un desgraciado —susurró ella, con toda la rabia acumulada.La señora León, convertida en lo que era ella ahora: una mujer sin dignidad, invisible, aguantando año tras año el maltrato silencioso y las infidelidades de su esposo.Cintia sintió que ya no le quedaba ni esperanza ni ganas de seguir luchando por ese matrimonio.Ella y Arturo eran de mundos diferentes, y él jamás había querido de verdad incluirla en el suyo....Al día siguiente, Cintia pidió medio día libre en la oficina.No podía con el dolor de piernas, y el estómago le molestaba con punzadas que iban y venían.Pensó que descansando en casa se le pasaría, pero antes del mediodía, notó que estaba sangrando bastante y el dolor de vientre se volvió insoportable.El sudor frío le empapó la frente, la cara se le puso pálida y apenas podía caminar.Jamás le había pasado algo así.Un mal presentimiento la invadió. Rápida, buscó el celular y marcó a emergencias.Llegaron en minutos y la trasladaron al hospital. Tras la revisión, la diagnosticaron con ruptura del cuerpo lúteo y le urgía una cirugía.Había riesgos. Podía afectar su capacidad de tener hijos en el futuro. El hospital pidió la firma de un familiar. Cintia, sin más opción, llamó a Arturo.El celular sonó dos veces antes de que él contestara.—¿Qué pasa? —la voz de Arturo llegó, seca y cortante.Cintia, demacrada y con la voz apenas audible, respondió:—Estoy en el hospital, me van a operar. Necesito que vengas.Arturo arrugó la frente, sus ojos impasibles, como si nada pudiera perturbarlo.Estaba convencido de que Cintia solo estaba actuando, tratando de engañarlo para que regresara.—Ayer mencioné que Elvira no se sentía bien y hoy resulta que tienes que operarte. Qué coincidencia tan conveniente, ¿no crees?El corazón de Cintia se apretó, el dolor le calaba hasta los huesos.Arturo no le creía.En cambio, a Elvira nunca la cuestionaba, todo lo que ella decía era palabra sagrada para él.Jamás iba a olvidar aquel día de la boda. Justo a la mitad de la ceremonia, Arturo recibió una llamada de Elvira. Bastó con que ella dijera que le dolía la cabeza para que él la dejara plantada frente a todos y se fuera al extranjero sin mirar atrás.Después, ni una disculpa, ni una explicación.El amor y el desamor siempre estuvieron tan claros como el agua; la necia había sido ella, confiando en que su cariño podría ablandar el corazón de Arturo.—No te estoy mintiendo, de verdad estoy en el hospital —susurró Cintia, su voz apagada.Pero Arturo seguía igual de distante. Se le escapó una sonrisa despectiva.—Si quieres armar un escándalo, al menos invéntate una mejor excusa. Maldecirte a ti misma, ¿de verdad quieres tentar a la suerte?Cintia se quedó mirando el techo de la sala de operaciones, las lágrimas resbalando en silencio.—Arturo, si hoy no vienes, tal vez no me vuelvas a ver nunca.Antes de que Arturo pudiera responder, la voz de Elvira interrumpió la llamada.—Arturo, ya está listo el pastel. Ven a probarlo.—Voy —contestó él, sin dudarlo ni un segundo.Colgó de inmediato.—Tut-tut-tut—Cintia dejó caer el celular, los ojos cerrados, completamente derrotada.Arturo prefería comer pastel con Elvira que acompañarla en el hospital. Le daba igual si ella seguía viva o muerta.—Doctor, no tengo a nadie más. Yo misma me hago responsable de todo, por favor, hagamos la cirugía.El doctor, acostumbrado a ver la indiferencia y la soledad de la gente, suspiró con algo de lástima.—Bien, prepárense para operar....La cirugía fue un éxito.Cuando Cintia salió del quirófano, todavía sentía los efectos de la anestesia. Durmió casi una hora en la habitación antes de despertar.El olor a desinfectante le invadió la nariz.Abrió los ojos con dificultad y se encontró en la cama del hospital. Una enfermera le cambiaba el suero de la vía intravenosa.—Por fin despertaste, todo salió perfecto. Tu cuerpo está fuerte, el director dice que no tendrás problemas para ser mamá en el futuro.Cintia sintió una mezcla de emociones. Por fin podía respirar tranquila: gracias a Dios no le habían arrebatado la posibilidad de ser madre.—Descansa bien, yo ya hice el trámite de tu hospitalización —le dijo la enfermera, amable y profesional—. En tu caso, el director recomienda que te quedes al menos una semana.—Gracias —respondió Cintia, sincera.La enfermera cerró la puerta con suavidad. La habitación volvió a llenarse de la luz dorada del atardecer; la paz lo envolvía todo.Cintia miró el reloj en la pared, sacó el celular y vio más de diez llamadas perdidas, todas del trabajo.También tenía varios mensajes de WhatsApp.[¿Por qué faltaste sin avisar esta tarde?][Hoy no se te va a pagar nada.][No contestas las llamadas ni los mensajes, Cintia, ¿te crees muy lista?][Si no das una buena explicación antes de las seis, ni te presentes mañana.]Cintia guardó el celular sin inmutarse.No solo era la esposa de Arturo; también era secretaria en el Grupo León.A excepción de Lorenzo, nadie sabía que ella era la señora León. Para el jefe de secretarias, solo era una empleada más.Siempre había trabajado con dedicación, sin errores, pero por ser guapa y tener buena figura, las demás secretarias la excluían y la jefa no perdía oportunidad de cargarle la mano.Durante años aguantó ese ambiente sofocante por Arturo. Pero ahora, si ya ni a él lo quería, mucho menos pensaba seguir soportando ese trabajo. Que se quedaran con su puesto, a ella ya no le importaba....Pasaron varios días en el hospital, Cintia sola, con una enfermera contratada para ayudarla.Sus padres ya eran mayores y tenían problemas de salud, así que decidió no preocuparlos.En todo ese tiempo, ni una sola llamada de Arturo. Pero tampoco lo esperaba.Por el grupo de la empresa, se enteró de que Arturo estaba de viaje de trabajo fuera de la ciudad, que regresaría hoy o mañana.