En la Ciudad de México, todos hablan de la buena suerte de Aurora Rosales, una joven de la alta sociedad que aparenta tenerlo todo. Casada con Ricardo Morales, también cuenta con el apoyo incondicional de su hermano adoptivo, César, quien la cuida con devoción absoluta. Sin embargo, la realidad es más oscura de lo que parece. César está dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, incluso hacerse daño a sí mismo. Llegado el momento, sin embargo, revela que tiene motivos egoístas. Cuando César necesita un tratamiento que exige un sacrificio inimaginable, Aurora toma la devastadora decisión de entregarle a su bebé sin decirle nada a su esposo, Ricardo. Este acto desencadena una serie de eventos que llevan a traiciones y generan un profundo dolor entre los protagonistas, destruyendo su matrimonio. Aurora se aleja de Ricardo y sigue a César, pero pronto la realidad la golpea brutalmente cuando descubre que César solo la utilizó para vengarse de la familia. Enferma y sola en África, al borde de la muerte por una enfermedad, es Ricardo quien acude a su rescate, cuidándola y limpiando sus heridas, aun cuando él mismo acaba enfermando. En sus últimos momentos juntos, Aurora se arrepiente de sus decisiones: "Ricardo, me equivoqué, no merezco tu bondad". Él, en silencio, la abraza con fuerza, intentando consolarla por sus errores. Aurora fallece con el peso de la culpa en su corazón, pero sorprendentemente, el destino le concede una segunda oportunidad. Despierta de nuevo en la noche del parto, con una renovada determinación de proteger a su familia. Aurora está decidida a no dejarse engañar de nuevo. Resuelta a cuidar de su hijo y su esposo, se prepara para enfrentar a César y a quienes la traicionaron, asegurándose de que no vuelvan a herir a quienes más ama. Con la lección aprendida, Aurora luchará por el amor verdadero y la justicia en un mundo donde las segundas oportunidades no se desperdician.

Capítulo 1—¡Pum!—El cuerpo de un bebé, cubierto de moretones y con un gran agujero en el pecho, cayó frente a Aurora Rosales como un costal de carne inerte. En cuanto vio a su hijo, Aurora perdió la razón y lanzó un grito desgarrador. Se arrastró por el suelo, intentando abrazar a su niño.Pero sus dedos quedaron atrapados bajo el zapato de César Rosales, quien presionó con fuerza.—Hermana, ya está muerto.—Tu hijo no tenía suficiente sangre en el pecho. Le saqué varias cucharadas para Lavi, pero resultó que Lavi ni siquiera estaba enferma. Así que toda esa sangre y carne se la di a los perros —la voz de César sonaba como la de un demonio. Mientras aplastaba sus dedos, una sonrisa siniestra le deformó el rostro—.—¡César, eres un monstruo! ¡Devuélveme a mi hijo! —Por fin, en ese instante, Aurora entendió la realidad de su pesadilla.Él le había dicho que padecía una enfermedad rara, que necesitaba sangre del pecho de un bebé.Solo un poco, le aseguró.Ella lo creyó.Pensó que con solo un poco, su hijo estaría bien.Pero en realidad, usaron un cuchillo para extraer la carne y la sangre del pecho del bebé.Aurora ni siquiera podía imaginar el dolor y la desesperanza que debió sentir su hijo antes de morir.Todo era culpa de él. César era el verdadero demonio.—Soy tu hermana. Sin mí, ¿quién te habría dejado entrar a la familia Rosales? ¡No puedes tratarme así! —sus dedos dolían tanto bajo su zapato que ya ni los sentía.Miró, impotente, cómo César arrojaba el cuerpo de su hijo a una pila de cadáveres, donde la sangre y el lodo lo cubrieron de inmediato.Aurora terminó por perder la cabeza. Su mirada se volvió desquiciada, el cabello revuelto, las manos manchadas de sangre. Se aferró al pantalón de un hombre vestido con camisa blanca y máscara antigás.—¡No te vas a ir en paz, no te vas a ir en paz! —murmuró entre sollozos.Antes de que la enviaran a ese pueblo africano infectado de ébola, César ya le había roto las piernas.Todo porque la consentida de su vida, Lavinia Paredes, había dicho una sola frase:—Me repugnan esas piernas tan bonitas que tiene Aurora.En la universidad, Aurora le había quitado a Lavinia el puesto principal en el grupo de danza. Desde entonces, Lavinia no podía ni verla.Así que César, el hermano que llevaba cinco años lamiéndole los zapatos a Lavinia en Solara, no dudó ni un segundo en alzar una barra de hierro y romperle las piernas a Aurora.En la alta sociedad, Aurora siempre había sido famosa por sus largas y bellas piernas.Eso se debía a todos los años que había practicado danza.Sus piernas eran perfectas: delgadas, fuertes, proporcionadas.Todos decían que no parecían de este mundo.Desde niña, Aurora fue la princesa que hacía sentir orgullosos a todos: alegre, radiante, llena de vida.Siempre sacaba las mejores calificaciones.En la universidad, era la bailarina más destacada de la facultad de arte, la favorita de todos. A los veinte años, firmó con la agencia de talentos más importante del país.En solo dos años, se volvió una estrella que causó revuelo en toda Solara.Incluso la semana pasada, acababa de grabar una gran producción televisiva donde era la protagonista. Si la serie se transmitía, seguro se haría famosa en todo el país.Pero en ese momento, César ya había perdido el juicio. En sus ojos no quedaba ni una pizca de compasión para su hermana mayor, ni rastro del cariño que alguna vez le mostró. Solo había veneno y desprecio, por eso, cuando la golpeó...Cada golpe era más fuerte que el anterior. Cuando la sangre y los tendones salpicaron su boca, César hizo una mueca de asco y escupió en su cara.—¿Por qué? ¿Por qué haces esto conmigo y con mi hijo? La familia Rosales siempre te trató bien, yo siempre te vi como a mi propio hermano —Aurora gritó hasta desgarrarse la garganta, escupiendo sangre que teñía de rojo la tierra a su alrededor.Ahora sí se arrepentía de verdad.¿Cómo pudo creerle sus mentiras?Por salvarlo, le entregó a su propio hijo, dejándolo morir con un hueco en el pecho.No solo le quitó a su hijo, también le destrozó las piernas.La había sacado a escondidas hasta un pueblo infectado de ébola.¿Por qué? ¿Por qué?—¡¿Por qué?! —Ni siquiera le dejaron terminar.César, harto, le cruzó la cara con una bofetada. En la mejilla de Aurora se abrió una herida, sangrando al instante. César tenía dos dedos rotos, reemplazados por prótesis de metal. Eran tan filosos como cuchillas.Lo hizo a propósito.Solo para hacerla sufrir más.—Aurora, estos cinco años, todo lo que hice para ganarme tu confianza, para separar a Ricardo Morales de tu vida, y evitar que la familia Rosales subiera de nivel gracias a él, me costó la vida —César escupió las palabras con rencor, recordando cada accidente que fingió para ganarse el cariño de su orgullosa hermana—.No dudó en organizar un accidente tras otro, solo para poder “salvarla” y quedar como héroe ante sus ojos.Solo de recordarlo, le daban arcadas.En esos cinco años, la salvó treinta veces.Se rompió los dedos, bebió agua sucia, cayó de un barranco, casi se ahoga en el mar.Hasta quedar lleno de cicatrices, logró que Aurora, quien no confiaba en nadie, lo aceptara finalmente como su hermano, y se convirtió en hijo adoptivo de los Rosales. También consiguió separar a Ricardo de ella.Así, poco a poco, César fue devorando a la familia Rosales.Por todo eso, se llenó de odio, y cada herida alimentó ese resentimiento.Incluso perdió la oportunidad de ir a Berkeley a estudiar piano, todo por culpa de sus dedos mutilados.Ahora, al recordarlo, sentía que el veneno del rencor le recorría todo el cuerpo.No soportaba a Aurora. Aunque ella le había tratado bien, cada vez que pensaba en Lavinia...Imposible tener compasión.Lavinia había sido su amiga desde la infancia...Si no fuera por vengar a Lavi, jamás habría ocultado que era el hijo ilegítimo de la familia Espinosa. Mucho menos habría soportado estar a su lado, tragándose el orgullo para servirle como su “hermano menor”, fingiendo ser el perrito fiel que siempre estaba a sus pies.—¿De verdad creías que me gustaba ser tu hermano? Te equivocas. Desde el principio, mi único amor fue Lavi.—Me rebajé ante ti, me gané a tu familia, e incluso esas treinta veces que te salvé la vida… Todo fue para que te enternecieras, para que la familia Rosales bajara la guardia conmigo. Todo lo planeé yo solo, cada detalle.—Aurora, no me culpes. Si tienes que culpar a alguien, culpa a los Rosales por haber destruido a la familia de Lavi. Si no fuera por ustedes, si no hubieran presionado tanto, la familia de Lavi nunca hubiera terminado deshecha, nunca se habrían visto obligados a abandonar su casa y vivir en la miseria, sufriendo humillaciones. Todo esto, todo, es culpa de los Rosales.—Que tú sufras un poco por ella, no es nada.Mientras hablaba, César le golpeó la pierna con más fuerza.Aurora gritó desgarradoramente. El dolor le calaba hasta el alma, pero él no paró hasta destrozarle por completo los huesos de la pierna. Sus gritos se mezclaban con la rabia y la desesperación, y finalmente perdió el conocimiento.Solo entonces, César se detuvo.Después la arrojó en un pueblo infectado de ébola, dejándola ahí para que el virus incurable le carcomiera la piel y le arrebatara la vida poco a poco.Cuando la abandonaron, las piernas de Aurora ya eran un desastre irreconocible. No podía levantarse. Solo le quedaba quedarse tirada en el lodo apestoso y lleno de basura, aferrándose al pantalón de César, los ojos inyectados en sangre, la voz llena de odio:—César, cuánto debiste aguantar para fingir ser mi hermano fiel… Ahora te maldigo a ti y a Lavinia, que nunca encuentren la paz.—Mi papá no te lo va a perdonar.Al oír esto, el hombre, que ya mostraba señales de locura, abrazó a Lavinia —también protegida con un traje especial— y, de una patada, le volteó el rostro a Aurora, ahora cubierto de sangre y lodo. Pisándole el rostro, soltó una carcajada desquiciada.—¿Todavía te atreves a maldecirme, Aurora? Déjame contarte algo: cuando tus papás supieron que te había mandado a África, tomaron el avión que yo organicé para buscarte.—En este momento, ese avión ya explotó sobre el Atlántico. Desde ahora, la familia Rosales es de Lavi y mía.—Aquí te vas a quedar, sufriendo el mismo dolor que la familia de Lavi soportó todos estos años, después de que ustedes los destruyeron.¿Papá y mamá…? ¿Él los mató?No… ¡No, por favor!En ese instante, Aurora sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Sus ojos, ya lastimados y llenos de lágrimas, apenas le dejaban ver.Había sido tan ingenua, creyó que César de verdad la quería.Su madre, años atrás, había perdido un hijo. Siempre quiso darle a Aurora un hermano para que no creciera sola. Pero, tras el accidente, su madre ya no pudo tener más hijos. Así que adoptaron a César, a quien conocieron en el orfanato cuando tenía diecisiete años.Al principio, Aurora desconfiaba de él y le pidió a sus padres que no le entregaran todo lo que tenían. Pero César, para ganarse la confianza, no solo la salvó varias veces, sino que frente a sus padres fingía ser humilde y obediente.Parecía servicial, cariñoso, atento.Ella bajó la guardia y lo aceptó. Pensó que ese huérfano acabaría siendo, al final, su verdadera familia. Y ahora…Aun así, Aurora apretó los puños y trató de golpear a César, pero era inútil: con las piernas destrozadas, no podía levantarse. Solo agitó las manos en el aire, mordiéndose los labios para no gritar.—¡César, te odio! ¡Odio a los dos, par de desgraciados!—¡Tú y Lavinia van a pagar por todo! ¡Si hay otra vida, juro que les haré pagar cada lágrima!—¿Que les haremos pagar? —se burló Lavinia, entre carcajadas, abrazando a César mientras los dos se reían como si fueran los dueños del mundo—. ¿Todavía crees en el destino, en las segundas oportunidades?—Tu vida terminó aquí, y la nuestra apenas comienza. Todo lo de la familia Rosales será nuestro. Prepárate para morir sola.César la pateó, haciéndola caer de lado, y luego salió de la choza infectada abrazando a Lavinia.Aurora, tirada en el suelo, quedó junto al cadáver de alguien que recién había muerto por el ébola. El olor nauseabundo, la sangre y los virus se colaban por su nariz y garganta.Luchó por arrastrar su débil cuerpo hacia su hijo. Su pequeño, tan frágil, ni siquiera había abierto los ojos antes de morir por culpa de su madre ingenua.El odio la consumía —tanto hacia sí misma como hacia César—, pero no podía moverse, sus piernas eran solo un amasijo de carne y hueso.Aun así, trató de arrastrarse, pero cada vez que intentaba avanzar, la sangre infectada del cadáver empapaba sus heridas, causándole un dolor tan intenso que no pudo evitar romper en llanto. Al final, perdió tanta sangre que se desmayó.Antes de caer en la inconsciencia, desde la puerta de la pequeña y oscura choza, apareció una silueta alta.La luz de afuera lo recortaba, mostrando un rostro sereno que, al verla, se transformó en asombro por un segundo. Luego, la preocupación venció cualquier precaución, y sin hacer caso a su asistente —que le gritaba que se pusiera la máscara— corrió hacia Aurora, la levantó en sus brazos y salió a toda prisa.—Auri, ¿dónde está nuestro hijo?Su voz temblaba de rabia y dolor, aunque intentara contenerse.Pero Aurora ya estaba inconsciente.No podía escuchar nada.Cuando Aurora volvió en sí, su cuerpo adolorido ya no estaba hundido en aquel lodazal apestoso y plagado de cadáveres.Ahora reposaba sobre una cama de algodón, tan suave que sentía el peso de la muerte aplastando sus huesos.El colchón la envolvía con su blandura, pero a cada movimiento el dolor le recordaba que seguía viva… por ahora.A su alrededor, todo era blanco: ventanas amplias cubiertas por cortinas traslúcidas y el fuerte aroma a desinfectante impregnándolo todo.Un grupo de médicos y enfermeros de piel oscura, vestidos con trajes de protección, giraban a su alrededor. Apuntaban datos en sus libretas, revisaban monitores, anotaban su pulso, su respiración, cada detalle de su existencia.En sus oídos, el pitido constante de las máquinas se sentía como un martilleo.En la mesita, un florero de vidrio lleno de agua sostenía un ramo de rosas rojas, tan vivas y radiantes como el sol, sus favoritas.Estaba en un lujoso centro de rehabilitación en algún lugar de África.La habían traído para tratarla.De poco servía.Había pasado más de una hora atrapada con cadáveres infectados de ébola; los cortes y llagas en sus piernas se habían empapado con sangre ajena. El virus ya circulaba en su sangre, los exámenes lo confirmaban.Le colgaban antibióticos en el brazo, una esperanza que se desvanecería pronto.Aurora lo sabía.Recordaba haber visto un documental sobre ébola en la preparatoria. El virus EBHF era una sentencia de muerte: vómitos, piel que cambiaba de color, hemorragias internas y externas, fiebre, luego el colapso definitivo de los órganos.Quien lo contraía, moría de la forma más cruel. Por fin entendía por qué César había elegido ese método tan extremo para vengarse de ella.Ahora, tendida ahí, lo recordaba todo.A los diecisiete, cuando se conocieron, él la acompañó a ver ese documental, cuidando cada reacción de ella.Seguramente lo había grabado en su memoria, como una tortura reservada para el futuro.Esperó cinco años para usarla en su contra.Por fin lo había hecho.Aurora se sentía la persona más ingenua del mundo. ¿Por qué había confiado tan fácil en ese hombre? ¿Por qué lo aceptó en su familia?¿Por qué no quedarse con Ricardo, su esposo?Solo podía culpar el talento de César para fingir. Cinco años, treinta veces salvándole la vida, siempre atento, tan perfecto que terminó viéndolo como un buen hermano, un miembro más de la familia.Incluso, por él, discutió una y otra vez con Ricardo.No perdía oportunidad para hacerle la vida difícil.Eso solo provocó que Ricardo se alejara más cada día, cerrándose hasta volverse dos extraños, una pareja de apariencia que todos daban por perdida.Y justo ese marido, el que casi la había dejado sin esperanzas, fue quien la rescató al borde de la muerte, dándole la dignidad de salir con vida de ese infierno. En cambio, su padre y su madre… ellos ni siquiera pudieron tener un cuerpo entero para despedirse.Pensar en su papá y su mamá, víctimas de César, y en su hijo… le partía el alma.Las lágrimas brotaron de inmediato, apretando las sábanas con fuerza.Pero el virus ya estaba en su cuerpo.El esfuerzo hizo que el pecho se le llenara de sangre; de pronto, una bocanada la ahogó y vomitó sangre de golpe.La sangre fue a dar justo sobre Ricardo, quien acababa de entrar a verla.Al ver la camisa blanca de él manchada de rojo, Aurora apartó la cara, las lágrimas cayendo sin freno. Con la boca llena de sangre murmuró:—Ricardo, ¿por qué… me salvaste? Soy una tonta, déjame morir, maté a nuestro hijo… yo pensé que solo le sacarían un poco de sangre…—¡Vete! Este virus es demasiado contagioso, puedes enfermarte.—Por favor, vete…Ricardo pareció no escucharla. Sin apuro, tomó un pañuelo y limpió la sangre de su camisa.—No llores, descansa. Vas a estar bien.No supo por qué, pero esas palabras rompieron el último dique de Aurora.El llanto la sacudió más fuerte.Negó con la cabeza, desesperada.—No, vete, por favor.—Gracias por salvarme, pero vete, de verdad, podrías contagiarte.Los médicos, cubiertos de pies a cabeza, solo se atrevían a acercarse con cuidado. Pero él, sin protección, seguía junto a ella, ignorando sus ruegos.Con paciencia, le secó las lágrimas del rostro.Cuando terminó, le habló con calma.—Conseguí al mejor equipo médico que existe.—No te rindas.Aurora seguía negando. Conocía su cuerpo, sabía que ya no había remedio. Le dolía todo, los pulmones ardían y la piel se le caía a pedazos.¿Cómo podían salvarla?No pasó mucho antes de que perdiera el conocimiento.Ricardo la observó un instante, la mirada cargada de un dolor denso y profundo. Permaneció quieto junto a la cama, mientras los médicos se quedaban a la expectativa, sin atreverse a entrar para limpiar.Entonces, él, sin queja alguna, tomó unas toallas limpias, las humedeció y, con cuidado, fue limpiando cada rastro de sangre y suciedad de su cuerpo, como si solo así pudiera protegerla del horror del mundo.Capítulo 2—¡Pum!—El cuerpo de un bebé, cubierto de moretones y con un gran agujero en el pecho, cayó frente a Aurora Rosales como un costal de carne inerte. En cuanto vio a su hijo, Aurora perdió la razón y lanzó un grito desgarrador. Se arrastró por el suelo, intentando abrazar a su niño.Pero sus dedos quedaron atrapados bajo el zapato de César Rosales, quien presionó con fuerza.—Hermana, ya está muerto.—Tu hijo no tenía suficiente sangre en el pecho. Le saqué varias cucharadas para Lavi, pero resultó que Lavi ni siquiera estaba enferma. Así que toda esa sangre y carne se la di a los perros —la voz de César sonaba como la de un demonio. Mientras aplastaba sus dedos, una sonrisa siniestra le deformó el rostro—.—¡César, eres un monstruo! ¡Devuélveme a mi hijo! —Por fin, en ese instante, Aurora entendió la realidad de su pesadilla.Él le había dicho que padecía una enfermedad rara, que necesitaba sangre del pecho de un bebé.Solo un poco, le aseguró.Ella lo creyó.Pensó que con solo un poco, su hijo estaría bien.Pero en realidad, usaron un cuchillo para extraer la carne y la sangre del pecho del bebé.Aurora ni siquiera podía imaginar el dolor y la desesperanza que debió sentir su hijo antes de morir.Todo era culpa de él. César era el verdadero demonio.—Soy tu hermana. Sin mí, ¿quién te habría dejado entrar a la familia Rosales? ¡No puedes tratarme así! —sus dedos dolían tanto bajo su zapato que ya ni los sentía.Miró, impotente, cómo César arrojaba el cuerpo de su hijo a una pila de cadáveres, donde la sangre y el lodo lo cubrieron de inmediato.Aurora terminó por perder la cabeza. Su mirada se volvió desquiciada, el cabello revuelto, las manos manchadas de sangre. Se aferró al pantalón de un hombre vestido con camisa blanca y máscara antigás.—¡No te vas a ir en paz, no te vas a ir en paz! —murmuró entre sollozos.Antes de que la enviaran a ese pueblo africano infectado de ébola, César ya le había roto las piernas.Todo porque la consentida de su vida, Lavinia Paredes, había dicho una sola frase:—Me repugnan esas piernas tan bonitas que tiene Aurora.En la universidad, Aurora le había quitado a Lavinia el puesto principal en el grupo de danza. Desde entonces, Lavinia no podía ni verla.Así que César, el hermano que llevaba cinco años lamiéndole los zapatos a Lavinia en Solara, no dudó ni un segundo en alzar una barra de hierro y romperle las piernas a Aurora.En la alta sociedad, Aurora siempre había sido famosa por sus largas y bellas piernas.Eso se debía a todos los años que había practicado danza.Sus piernas eran perfectas: delgadas, fuertes, proporcionadas.Todos decían que no parecían de este mundo.Desde niña, Aurora fue la princesa que hacía sentir orgullosos a todos: alegre, radiante, llena de vida.Siempre sacaba las mejores calificaciones.En la universidad, era la bailarina más destacada de la facultad de arte, la favorita de todos. A los veinte años, firmó con la agencia de talentos más importante del país.En solo dos años, se volvió una estrella que causó revuelo en toda Solara.Incluso la semana pasada, acababa de grabar una gran producción televisiva donde era la protagonista. Si la serie se transmitía, seguro se haría famosa en todo el país.Pero en ese momento, César ya había perdido el juicio. En sus ojos no quedaba ni una pizca de compasión para su hermana mayor, ni rastro del cariño que alguna vez le mostró. Solo había veneno y desprecio, por eso, cuando la golpeó...Cada golpe era más fuerte que el anterior. Cuando la sangre y los tendones salpicaron su boca, César hizo una mueca de asco y escupió en su cara.—¿Por qué? ¿Por qué haces esto conmigo y con mi hijo? La familia Rosales siempre te trató bien, yo siempre te vi como a mi propio hermano —Aurora gritó hasta desgarrarse la garganta, escupiendo sangre que teñía de rojo la tierra a su alrededor.Ahora sí se arrepentía de verdad.¿Cómo pudo creerle sus mentiras?Por salvarlo, le entregó a su propio hijo, dejándolo morir con un hueco en el pecho.No solo le quitó a su hijo, también le destrozó las piernas.La había sacado a escondidas hasta un pueblo infectado de ébola.¿Por qué? ¿Por qué?—¡¿Por qué?! —Ni siquiera le dejaron terminar.César, harto, le cruzó la cara con una bofetada. En la mejilla de Aurora se abrió una herida, sangrando al instante. César tenía dos dedos rotos, reemplazados por prótesis de metal. Eran tan filosos como cuchillas.Lo hizo a propósito.Solo para hacerla sufrir más.—Aurora, estos cinco años, todo lo que hice para ganarme tu confianza, para separar a Ricardo Morales de tu vida, y evitar que la familia Rosales subiera de nivel gracias a él, me costó la vida —César escupió las palabras con rencor, recordando cada accidente que fingió para ganarse el cariño de su orgullosa hermana—.No dudó en organizar un accidente tras otro, solo para poder “salvarla” y quedar como héroe ante sus ojos.Solo de recordarlo, le daban arcadas.En esos cinco años, la salvó treinta veces.Se rompió los dedos, bebió agua sucia, cayó de un barranco, casi se ahoga en el mar.Hasta quedar lleno de cicatrices, logró que Aurora, quien no confiaba en nadie, lo aceptara finalmente como su hermano, y se convirtió en hijo adoptivo de los Rosales. También consiguió separar a Ricardo de ella.Así, poco a poco, César fue devorando a la familia Rosales.Por todo eso, se llenó de odio, y cada herida alimentó ese resentimiento.Incluso perdió la oportunidad de ir a Berkeley a estudiar piano, todo por culpa de sus dedos mutilados.Ahora, al recordarlo, sentía que el veneno del rencor le recorría todo el cuerpo.No soportaba a Aurora. Aunque ella le había tratado bien, cada vez que pensaba en Lavinia...Imposible tener compasión.Lavinia había sido su amiga desde la infancia...Si no fuera por vengar a Lavi, jamás habría ocultado que era el hijo ilegítimo de la familia Espinosa. Mucho menos habría soportado estar a su lado, tragándose el orgullo para servirle como su “hermano menor”, fingiendo ser el perrito fiel que siempre estaba a sus pies.—¿De verdad creías que me gustaba ser tu hermano? Te equivocas. Desde el principio, mi único amor fue Lavi.—Me rebajé ante ti, me gané a tu familia, e incluso esas treinta veces que te salvé la vida… Todo fue para que te enternecieras, para que la familia Rosales bajara la guardia conmigo. Todo lo planeé yo solo, cada detalle.—Aurora, no me culpes. Si tienes que culpar a alguien, culpa a los Rosales por haber destruido a la familia de Lavi. Si no fuera por ustedes, si no hubieran presionado tanto, la familia de Lavi nunca hubiera terminado deshecha, nunca se habrían visto obligados a abandonar su casa y vivir en la miseria, sufriendo humillaciones. Todo esto, todo, es culpa de los Rosales.—Que tú sufras un poco por ella, no es nada.Mientras hablaba, César le golpeó la pierna con más fuerza.Aurora gritó desgarradoramente. El dolor le calaba hasta el alma, pero él no paró hasta destrozarle por completo los huesos de la pierna. Sus gritos se mezclaban con la rabia y la desesperación, y finalmente perdió el conocimiento.Solo entonces, César se detuvo.Después la arrojó en un pueblo infectado de ébola, dejándola ahí para que el virus incurable le carcomiera la piel y le arrebatara la vida poco a poco.Cuando la abandonaron, las piernas de Aurora ya eran un desastre irreconocible. No podía levantarse. Solo le quedaba quedarse tirada en el lodo apestoso y lleno de basura, aferrándose al pantalón de César, los ojos inyectados en sangre, la voz llena de odio:—César, cuánto debiste aguantar para fingir ser mi hermano fiel… Ahora te maldigo a ti y a Lavinia, que nunca encuentren la paz.—Mi papá no te lo va a perdonar.Al oír esto, el hombre, que ya mostraba señales de locura, abrazó a Lavinia —también protegida con un traje especial— y, de una patada, le volteó el rostro a Aurora, ahora cubierto de sangre y lodo. Pisándole el rostro, soltó una carcajada desquiciada.—¿Todavía te atreves a maldecirme, Aurora? Déjame contarte algo: cuando tus papás supieron que te había mandado a África, tomaron el avión que yo organicé para buscarte.—En este momento, ese avión ya explotó sobre el Atlántico. Desde ahora, la familia Rosales es de Lavi y mía.—Aquí te vas a quedar, sufriendo el mismo dolor que la familia de Lavi soportó todos estos años, después de que ustedes los destruyeron.¿Papá y mamá…? ¿Él los mató?No… ¡No, por favor!En ese instante, Aurora sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Sus ojos, ya lastimados y llenos de lágrimas, apenas le dejaban ver.Había sido tan ingenua, creyó que César de verdad la quería.Su madre, años atrás, había perdido un hijo. Siempre quiso darle a Aurora un hermano para que no creciera sola. Pero, tras el accidente, su madre ya no pudo tener más hijos. Así que adoptaron a César, a quien conocieron en el orfanato cuando tenía diecisiete años.Al principio, Aurora desconfiaba de él y le pidió a sus padres que no le entregaran todo lo que tenían. Pero César, para ganarse la confianza, no solo la salvó varias veces, sino que frente a sus padres fingía ser humilde y obediente.Parecía servicial, cariñoso, atento.Ella bajó la guardia y lo aceptó. Pensó que ese huérfano acabaría siendo, al final, su verdadera familia. Y ahora…Aun así, Aurora apretó los puños y trató de golpear a César, pero era inútil: con las piernas destrozadas, no podía levantarse. Solo agitó las manos en el aire, mordiéndose los labios para no gritar.—¡César, te odio! ¡Odio a los dos, par de desgraciados!—¡Tú y Lavinia van a pagar por todo! ¡Si hay otra vida, juro que les haré pagar cada lágrima!—¿Que les haremos pagar? —se burló Lavinia, entre carcajadas, abrazando a César mientras los dos se reían como si fueran los dueños del mundo—. ¿Todavía crees en el destino, en las segundas oportunidades?—Tu vida terminó aquí, y la nuestra apenas comienza. Todo lo de la familia Rosales será nuestro. Prepárate para morir sola.César la pateó, haciéndola caer de lado, y luego salió de la choza infectada abrazando a Lavinia.Aurora, tirada en el suelo, quedó junto al cadáver de alguien que recién había muerto por el ébola. El olor nauseabundo, la sangre y los virus se colaban por su nariz y garganta.Luchó por arrastrar su débil cuerpo hacia su hijo. Su pequeño, tan frágil, ni siquiera había abierto los ojos antes de morir por culpa de su madre ingenua.El odio la consumía —tanto hacia sí misma como hacia César—, pero no podía moverse, sus piernas eran solo un amasijo de carne y hueso.Aun así, trató de arrastrarse, pero cada vez que intentaba avanzar, la sangre infectada del cadáver empapaba sus heridas, causándole un dolor tan intenso que no pudo evitar romper en llanto. Al final, perdió tanta sangre que se desmayó.Antes de caer en la inconsciencia, desde la puerta de la pequeña y oscura choza, apareció una silueta alta.La luz de afuera lo recortaba, mostrando un rostro sereno que, al verla, se transformó en asombro por un segundo. Luego, la preocupación venció cualquier precaución, y sin hacer caso a su asistente —que le gritaba que se pusiera la máscara— corrió hacia Aurora, la levantó en sus brazos y salió a toda prisa.—Auri, ¿dónde está nuestro hijo?Su voz temblaba de rabia y dolor, aunque intentara contenerse.Pero Aurora ya estaba inconsciente.No podía escuchar nada.Cuando Aurora volvió en sí, su cuerpo adolorido ya no estaba hundido en aquel lodazal apestoso y plagado de cadáveres.Ahora reposaba sobre una cama de algodón, tan suave que sentía el peso de la muerte aplastando sus huesos.El colchón la envolvía con su blandura, pero a cada movimiento el dolor le recordaba que seguía viva… por ahora.A su alrededor, todo era blanco: ventanas amplias cubiertas por cortinas traslúcidas y el fuerte aroma a desinfectante impregnándolo todo.Un grupo de médicos y enfermeros de piel oscura, vestidos con trajes de protección, giraban a su alrededor. Apuntaban datos en sus libretas, revisaban monitores, anotaban su pulso, su respiración, cada detalle de su existencia.En sus oídos, el pitido constante de las máquinas se sentía como un martilleo.En la mesita, un florero de vidrio lleno de agua sostenía un ramo de rosas rojas, tan vivas y radiantes como el sol, sus favoritas.Estaba en un lujoso centro de rehabilitación en algún lugar de África.La habían traído para tratarla.De poco servía.Había pasado más de una hora atrapada con cadáveres infectados de ébola; los cortes y llagas en sus piernas se habían empapado con sangre ajena. El virus ya circulaba en su sangre, los exámenes lo confirmaban.Le colgaban antibióticos en el brazo, una esperanza que se desvanecería pronto.Aurora lo sabía.Recordaba haber visto un documental sobre ébola en la preparatoria. El virus EBHF era una sentencia de muerte: vómitos, piel que cambiaba de color, hemorragias internas y externas, fiebre, luego el colapso definitivo de los órganos.Quien lo contraía, moría de la forma más cruel. Por fin entendía por qué César había elegido ese método tan extremo para vengarse de ella.Ahora, tendida ahí, lo recordaba todo.A los diecisiete, cuando se conocieron, él la acompañó a ver ese documental, cuidando cada reacción de ella.Seguramente lo había grabado en su memoria, como una tortura reservada para el futuro.Esperó cinco años para usarla en su contra.Por fin lo había hecho.Aurora se sentía la persona más ingenua del mundo. ¿Por qué había confiado tan fácil en ese hombre? ¿Por qué lo aceptó en su familia?¿Por qué no quedarse con Ricardo, su esposo?Solo podía culpar el talento de César para fingir. Cinco años, treinta veces salvándole la vida, siempre atento, tan perfecto que terminó viéndolo como un buen hermano, un miembro más de la familia.Incluso, por él, discutió una y otra vez con Ricardo.No perdía oportunidad para hacerle la vida difícil.Eso solo provocó que Ricardo se alejara más cada día, cerrándose hasta volverse dos extraños, una pareja de apariencia que todos daban por perdida.Y justo ese marido, el que casi la había dejado sin esperanzas, fue quien la rescató al borde de la muerte, dándole la dignidad de salir con vida de ese infierno. En cambio, su padre y su madre… ellos ni siquiera pudieron tener un cuerpo entero para despedirse.Pensar en su papá y su mamá, víctimas de César, y en su hijo… le partía el alma.Las lágrimas brotaron de inmediato, apretando las sábanas con fuerza.Pero el virus ya estaba en su cuerpo.El esfuerzo hizo que el pecho se le llenara de sangre; de pronto, una bocanada la ahogó y vomitó sangre de golpe.La sangre fue a dar justo sobre Ricardo, quien acababa de entrar a verla.Al ver la camisa blanca de él manchada de rojo, Aurora apartó la cara, las lágrimas cayendo sin freno. Con la boca llena de sangre murmuró:—Ricardo, ¿por qué… me salvaste? Soy una tonta, déjame morir, maté a nuestro hijo… yo pensé que solo le sacarían un poco de sangre…—¡Vete! Este virus es demasiado contagioso, puedes enfermarte.—Por favor, vete…Ricardo pareció no escucharla. Sin apuro, tomó un pañuelo y limpió la sangre de su camisa.—No llores, descansa. Vas a estar bien.No supo por qué, pero esas palabras rompieron el último dique de Aurora.El llanto la sacudió más fuerte.Negó con la cabeza, desesperada.—No, vete, por favor.—Gracias por salvarme, pero vete, de verdad, podrías contagiarte.Los médicos, cubiertos de pies a cabeza, solo se atrevían a acercarse con cuidado. Pero él, sin protección, seguía junto a ella, ignorando sus ruegos.Con paciencia, le secó las lágrimas del rostro.Cuando terminó, le habló con calma.—Conseguí al mejor equipo médico que existe.—No te rindas.Aurora seguía negando. Conocía su cuerpo, sabía que ya no había remedio. Le dolía todo, los pulmones ardían y la piel se le caía a pedazos.¿Cómo podían salvarla?No pasó mucho antes de que perdiera el conocimiento.Ricardo la observó un instante, la mirada cargada de un dolor denso y profundo. Permaneció quieto junto a la cama, mientras los médicos se quedaban a la expectativa, sin atreverse a entrar para limpiar.Entonces, él, sin queja alguna, tomó unas toallas limpias, las humedeció y, con cuidado, fue limpiando cada rastro de sangre y suciedad de su cuerpo, como si solo así pudiera protegerla del horror del mundo.Capítulo 3—¡Pum!—El cuerpo de un bebé, cubierto de moretones y con un gran agujero en el pecho, cayó frente a Aurora Rosales como un costal de carne inerte. En cuanto vio a su hijo, Aurora perdió la razón y lanzó un grito desgarrador. Se arrastró por el suelo, intentando abrazar a su niño.Pero sus dedos quedaron atrapados bajo el zapato de César Rosales, quien presionó con fuerza.—Hermana, ya está muerto.—Tu hijo no tenía suficiente sangre en el pecho. Le saqué varias cucharadas para Lavi, pero resultó que Lavi ni siquiera estaba enferma. Así que toda esa sangre y carne se la di a los perros —la voz de César sonaba como la de un demonio. Mientras aplastaba sus dedos, una sonrisa siniestra le deformó el rostro—.—¡César, eres un monstruo! ¡Devuélveme a mi hijo! —Por fin, en ese instante, Aurora entendió la realidad de su pesadilla.Él le había dicho que padecía una enfermedad rara, que necesitaba sangre del pecho de un bebé.Solo un poco, le aseguró.Ella lo creyó.Pensó que con solo un poco, su hijo estaría bien.Pero en realidad, usaron un cuchillo para extraer la carne y la sangre del pecho del bebé.Aurora ni siquiera podía imaginar el dolor y la desesperanza que debió sentir su hijo antes de morir.Todo era culpa de él. César era el verdadero demonio.—Soy tu hermana. Sin mí, ¿quién te habría dejado entrar a la familia Rosales? ¡No puedes tratarme así! —sus dedos dolían tanto bajo su zapato que ya ni los sentía.Miró, impotente, cómo César arrojaba el cuerpo de su hijo a una pila de cadáveres, donde la sangre y el lodo lo cubrieron de inmediato.Aurora terminó por perder la cabeza. Su mirada se volvió desquiciada, el cabello revuelto, las manos manchadas de sangre. Se aferró al pantalón de un hombre vestido con camisa blanca y máscara antigás.—¡No te vas a ir en paz, no te vas a ir en paz! —murmuró entre sollozos.Antes de que la enviaran a ese pueblo africano infectado de ébola, César ya le había roto las piernas.Todo porque la consentida de su vida, Lavinia Paredes, había dicho una sola frase:—Me repugnan esas piernas tan bonitas que tiene Aurora.En la universidad, Aurora le había quitado a Lavinia el puesto principal en el grupo de danza. Desde entonces, Lavinia no podía ni verla.Así que César, el hermano que llevaba cinco años lamiéndole los zapatos a Lavinia en Solara, no dudó ni un segundo en alzar una barra de hierro y romperle las piernas a Aurora.En la alta sociedad, Aurora siempre había sido famosa por sus largas y bellas piernas.Eso se debía a todos los años que había practicado danza.Sus piernas eran perfectas: delgadas, fuertes, proporcionadas.Todos decían que no parecían de este mundo.Desde niña, Aurora fue la princesa que hacía sentir orgullosos a todos: alegre, radiante, llena de vida.Siempre sacaba las mejores calificaciones.En la universidad, era la bailarina más destacada de la facultad de arte, la favorita de todos. A los veinte años, firmó con la agencia de talentos más importante del país.En solo dos años, se volvió una estrella que causó revuelo en toda Solara.Incluso la semana pasada, acababa de grabar una gran producción televisiva donde era la protagonista. Si la serie se transmitía, seguro se haría famosa en todo el país.Pero en ese momento, César ya había perdido el juicio. En sus ojos no quedaba ni una pizca de compasión para su hermana mayor, ni rastro del cariño que alguna vez le mostró. Solo había veneno y desprecio, por eso, cuando la golpeó...Cada golpe era más fuerte que el anterior. Cuando la sangre y los tendones salpicaron su boca, César hizo una mueca de asco y escupió en su cara.—¿Por qué? ¿Por qué haces esto conmigo y con mi hijo? La familia Rosales siempre te trató bien, yo siempre te vi como a mi propio hermano —Aurora gritó hasta desgarrarse la garganta, escupiendo sangre que teñía de rojo la tierra a su alrededor.Ahora sí se arrepentía de verdad.¿Cómo pudo creerle sus mentiras?Por salvarlo, le entregó a su propio hijo, dejándolo morir con un hueco en el pecho.No solo le quitó a su hijo, también le destrozó las piernas.La había sacado a escondidas hasta un pueblo infectado de ébola.¿Por qué? ¿Por qué?—¡¿Por qué?! —Ni siquiera le dejaron terminar.César, harto, le cruzó la cara con una bofetada. En la mejilla de Aurora se abrió una herida, sangrando al instante. César tenía dos dedos rotos, reemplazados por prótesis de metal. Eran tan filosos como cuchillas.Lo hizo a propósito.Solo para hacerla sufrir más.—Aurora, estos cinco años, todo lo que hice para ganarme tu confianza, para separar a Ricardo Morales de tu vida, y evitar que la familia Rosales subiera de nivel gracias a él, me costó la vida —César escupió las palabras con rencor, recordando cada accidente que fingió para ganarse el cariño de su orgullosa hermana—.No dudó en organizar un accidente tras otro, solo para poder “salvarla” y quedar como héroe ante sus ojos.Solo de recordarlo, le daban arcadas.En esos cinco años, la salvó treinta veces.Se rompió los dedos, bebió agua sucia, cayó de un barranco, casi se ahoga en el mar.Hasta quedar lleno de cicatrices, logró que Aurora, quien no confiaba en nadie, lo aceptara finalmente como su hermano, y se convirtió en hijo adoptivo de los Rosales. También consiguió separar a Ricardo de ella.Así, poco a poco, César fue devorando a la familia Rosales.Por todo eso, se llenó de odio, y cada herida alimentó ese resentimiento.Incluso perdió la oportunidad de ir a Berkeley a estudiar piano, todo por culpa de sus dedos mutilados.Ahora, al recordarlo, sentía que el veneno del rencor le recorría todo el cuerpo.No soportaba a Aurora. Aunque ella le había tratado bien, cada vez que pensaba en Lavinia...Imposible tener compasión.Lavinia había sido su amiga desde la infancia...Si no fuera por vengar a Lavi, jamás habría ocultado que era el hijo ilegítimo de la familia Espinosa. Mucho menos habría soportado estar a su lado, tragándose el orgullo para servirle como su “hermano menor”, fingiendo ser el perrito fiel que siempre estaba a sus pies.—¿De verdad creías que me gustaba ser tu hermano? Te equivocas. Desde el principio, mi único amor fue Lavi.—Me rebajé ante ti, me gané a tu familia, e incluso esas treinta veces que te salvé la vida… Todo fue para que te enternecieras, para que la familia Rosales bajara la guardia conmigo. Todo lo planeé yo solo, cada detalle.—Aurora, no me culpes. Si tienes que culpar a alguien, culpa a los Rosales por haber destruido a la familia de Lavi. Si no fuera por ustedes, si no hubieran presionado tanto, la familia de Lavi nunca hubiera terminado deshecha, nunca se habrían visto obligados a abandonar su casa y vivir en la miseria, sufriendo humillaciones. Todo esto, todo, es culpa de los Rosales.—Que tú sufras un poco por ella, no es nada.Mientras hablaba, César le golpeó la pierna con más fuerza.Aurora gritó desgarradoramente. El dolor le calaba hasta el alma, pero él no paró hasta destrozarle por completo los huesos de la pierna. Sus gritos se mezclaban con la rabia y la desesperación, y finalmente perdió el conocimiento.Solo entonces, César se detuvo.Después la arrojó en un pueblo infectado de ébola, dejándola ahí para que el virus incurable le carcomiera la piel y le arrebatara la vida poco a poco.Cuando la abandonaron, las piernas de Aurora ya eran un desastre irreconocible. No podía levantarse. Solo le quedaba quedarse tirada en el lodo apestoso y lleno de basura, aferrándose al pantalón de César, los ojos inyectados en sangre, la voz llena de odio:—César, cuánto debiste aguantar para fingir ser mi hermano fiel… Ahora te maldigo a ti y a Lavinia, que nunca encuentren la paz.—Mi papá no te lo va a perdonar.Al oír esto, el hombre, que ya mostraba señales de locura, abrazó a Lavinia —también protegida con un traje especial— y, de una patada, le volteó el rostro a Aurora, ahora cubierto de sangre y lodo. Pisándole el rostro, soltó una carcajada desquiciada.—¿Todavía te atreves a maldecirme, Aurora? Déjame contarte algo: cuando tus papás supieron que te había mandado a África, tomaron el avión que yo organicé para buscarte.—En este momento, ese avión ya explotó sobre el Atlántico. Desde ahora, la familia Rosales es de Lavi y mía.—Aquí te vas a quedar, sufriendo el mismo dolor que la familia de Lavi soportó todos estos años, después de que ustedes los destruyeron.¿Papá y mamá…? ¿Él los mató?No… ¡No, por favor!En ese instante, Aurora sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Sus ojos, ya lastimados y llenos de lágrimas, apenas le dejaban ver.Había sido tan ingenua, creyó que César de verdad la quería.Su madre, años atrás, había perdido un hijo. Siempre quiso darle a Aurora un hermano para que no creciera sola. Pero, tras el accidente, su madre ya no pudo tener más hijos. Así que adoptaron a César, a quien conocieron en el orfanato cuando tenía diecisiete años.Al principio, Aurora desconfiaba de él y le pidió a sus padres que no le entregaran todo lo que tenían. Pero César, para ganarse la confianza, no solo la salvó varias veces, sino que frente a sus padres fingía ser humilde y obediente.Parecía servicial, cariñoso, atento.Ella bajó la guardia y lo aceptó. Pensó que ese huérfano acabaría siendo, al final, su verdadera familia. Y ahora…Aun así, Aurora apretó los puños y trató de golpear a César, pero era inútil: con las piernas destrozadas, no podía levantarse. Solo agitó las manos en el aire, mordiéndose los labios para no gritar.—¡César, te odio! ¡Odio a los dos, par de desgraciados!—¡Tú y Lavinia van a pagar por todo! ¡Si hay otra vida, juro que les haré pagar cada lágrima!—¿Que les haremos pagar? —se burló Lavinia, entre carcajadas, abrazando a César mientras los dos se reían como si fueran los dueños del mundo—. ¿Todavía crees en el destino, en las segundas oportunidades?—Tu vida terminó aquí, y la nuestra apenas comienza. Todo lo de la familia Rosales será nuestro. Prepárate para morir sola.César la pateó, haciéndola caer de lado, y luego salió de la choza infectada abrazando a Lavinia.Aurora, tirada en el suelo, quedó junto al cadáver de alguien que recién había muerto por el ébola. El olor nauseabundo, la sangre y los virus se colaban por su nariz y garganta.Luchó por arrastrar su débil cuerpo hacia su hijo. Su pequeño, tan frágil, ni siquiera había abierto los ojos antes de morir por culpa de su madre ingenua.El odio la consumía —tanto hacia sí misma como hacia César—, pero no podía moverse, sus piernas eran solo un amasijo de carne y hueso.Aun así, trató de arrastrarse, pero cada vez que intentaba avanzar, la sangre infectada del cadáver empapaba sus heridas, causándole un dolor tan intenso que no pudo evitar romper en llanto. Al final, perdió tanta sangre que se desmayó.Antes de caer en la inconsciencia, desde la puerta de la pequeña y oscura choza, apareció una silueta alta.La luz de afuera lo recortaba, mostrando un rostro sereno que, al verla, se transformó en asombro por un segundo. Luego, la preocupación venció cualquier precaución, y sin hacer caso a su asistente —que le gritaba que se pusiera la máscara— corrió hacia Aurora, la levantó en sus brazos y salió a toda prisa.—Auri, ¿dónde está nuestro hijo?Su voz temblaba de rabia y dolor, aunque intentara contenerse.Pero Aurora ya estaba inconsciente.No podía escuchar nada.Cuando Aurora volvió en sí, su cuerpo adolorido ya no estaba hundido en aquel lodazal apestoso y plagado de cadáveres.Ahora reposaba sobre una cama de algodón, tan suave que sentía el peso de la muerte aplastando sus huesos.El colchón la envolvía con su blandura, pero a cada movimiento el dolor le recordaba que seguía viva… por ahora.A su alrededor, todo era blanco: ventanas amplias cubiertas por cortinas traslúcidas y el fuerte aroma a desinfectante impregnándolo todo.Un grupo de médicos y enfermeros de piel oscura, vestidos con trajes de protección, giraban a su alrededor. Apuntaban datos en sus libretas, revisaban monitores, anotaban su pulso, su respiración, cada detalle de su existencia.En sus oídos, el pitido constante de las máquinas se sentía como un martilleo.En la mesita, un florero de vidrio lleno de agua sostenía un ramo de rosas rojas, tan vivas y radiantes como el sol, sus favoritas.Estaba en un lujoso centro de rehabilitación en algún lugar de África.La habían traído para tratarla.De poco servía.Había pasado más de una hora atrapada con cadáveres infectados de ébola; los cortes y llagas en sus piernas se habían empapado con sangre ajena. El virus ya circulaba en su sangre, los exámenes lo confirmaban.Le colgaban antibióticos en el brazo, una esperanza que se desvanecería pronto.Aurora lo sabía.Recordaba haber visto un documental sobre ébola en la preparatoria. El virus EBHF era una sentencia de muerte: vómitos, piel que cambiaba de color, hemorragias internas y externas, fiebre, luego el colapso definitivo de los órganos.Quien lo contraía, moría de la forma más cruel. Por fin entendía por qué César había elegido ese método tan extremo para vengarse de ella.Ahora, tendida ahí, lo recordaba todo.A los diecisiete, cuando se conocieron, él la acompañó a ver ese documental, cuidando cada reacción de ella.Seguramente lo había grabado en su memoria, como una tortura reservada para el futuro.Esperó cinco años para usarla en su contra.Por fin lo había hecho.Aurora se sentía la persona más ingenua del mundo. ¿Por qué había confiado tan fácil en ese hombre? ¿Por qué lo aceptó en su familia?¿Por qué no quedarse con Ricardo, su esposo?Solo podía culpar el talento de César para fingir. Cinco años, treinta veces salvándole la vida, siempre atento, tan perfecto que terminó viéndolo como un buen hermano, un miembro más de la familia.Incluso, por él, discutió una y otra vez con Ricardo.No perdía oportunidad para hacerle la vida difícil.Eso solo provocó que Ricardo se alejara más cada día, cerrándose hasta volverse dos extraños, una pareja de apariencia que todos daban por perdida.Y justo ese marido, el que casi la había dejado sin esperanzas, fue quien la rescató al borde de la muerte, dándole la dignidad de salir con vida de ese infierno. En cambio, su padre y su madre… ellos ni siquiera pudieron tener un cuerpo entero para despedirse.Pensar en su papá y su mamá, víctimas de César, y en su hijo… le partía el alma.Las lágrimas brotaron de inmediato, apretando las sábanas con fuerza.Pero el virus ya estaba en su cuerpo.El esfuerzo hizo que el pecho se le llenara de sangre; de pronto, una bocanada la ahogó y vomitó sangre de golpe.La sangre fue a dar justo sobre Ricardo, quien acababa de entrar a verla.Al ver la camisa blanca de él manchada de rojo, Aurora apartó la cara, las lágrimas cayendo sin freno. Con la boca llena de sangre murmuró:—Ricardo, ¿por qué… me salvaste? Soy una tonta, déjame morir, maté a nuestro hijo… yo pensé que solo le sacarían un poco de sangre…—¡Vete! Este virus es demasiado contagioso, puedes enfermarte.—Por favor, vete…Ricardo pareció no escucharla. Sin apuro, tomó un pañuelo y limpió la sangre de su camisa.—No llores, descansa. Vas a estar bien.No supo por qué, pero esas palabras rompieron el último dique de Aurora.El llanto la sacudió más fuerte.Negó con la cabeza, desesperada.—No, vete, por favor.—Gracias por salvarme, pero vete, de verdad, podrías contagiarte.Los médicos, cubiertos de pies a cabeza, solo se atrevían a acercarse con cuidado. Pero él, sin protección, seguía junto a ella, ignorando sus ruegos.Con paciencia, le secó las lágrimas del rostro.Cuando terminó, le habló con calma.—Conseguí al mejor equipo médico que existe.—No te rindas.Aurora seguía negando. Conocía su cuerpo, sabía que ya no había remedio. Le dolía todo, los pulmones ardían y la piel se le caía a pedazos.¿Cómo podían salvarla?No pasó mucho antes de que perdiera el conocimiento.Ricardo la observó un instante, la mirada cargada de un dolor denso y profundo. Permaneció quieto junto a la cama, mientras los médicos se quedaban a la expectativa, sin atreverse a entrar para limpiar.Entonces, él, sin queja alguna, tomó unas toallas limpias, las humedeció y, con cuidado, fue limpiando cada rastro de sangre y suciedad de su cuerpo, como si solo así pudiera protegerla del horror del mundo.

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