Almendra Serrano amó a Renzo Benítez durante tres años, pero solo recibió como respuesta: Estás demasiado sucia, no quiero tocarte. Con el corazón destrozado, sin querer, se involucró con el hermano mayor de Renzo, el frío y sanguinario Jeremías Benítez. Aunque parecía reservado y de sangre fría, no pudo evitar perder el control con ella una y otra vez. Renzo la persiguió sin tregua: las deudas del pasado no se habían cerrado, y los nuevos sentimientos se enredaban. En este conflicto entre familias poderosas, quien primero se enamorara, lo perdería todo. Ella solo quería escapar, pero terminó cayendo paso a paso en la trampa de ternura que él había tendido…

Capítulo 1—¿Renzo, todavía no te has acostado con Almendra Serrano?—Está demasiado sucia, no pienso tocarla.En la sala privada llena de humo, Renzo Benítez se encontraba recostado de manera perezosa sobre un sofá color vino tinto. Sus ojos, tan encantadores como peligrosos, brillaban con picardía y burla. La curva de su boca dejaba claro que sólo jugaba.Almendra estaba parada en la puerta. Todo su cuerpo se sentía helado.Alguien la notó.—¡Almendra!La sonrisa de Renzo se desvaneció. Sus cejas se fruncieron apenas, y se incorporó del sofá con lentitud.Con pasos largos y seguros, se acercó hasta quedar frente a ella. Su expresión era tan tranquila como si no hubiera sido él quien la había insultado segundos antes.—¿Quién te dijo que vinieras?Almendra levantó la mano y le propinó una bofetada en ese rostro casi irrealmente atractivo.Renzo entrecerró los ojos, dejando ver un destello peligroso.—Renzo, aquí se termina lo nuestro —dijo Almendra, la voz firme aunque por dentro se estaba derrumbando.Renzo frunció el entrecejo.—¿Sólo por lo que acabo de decir?—Tú sabes perfectamente lo que has hecho. No te hagas el inocente.El ardor de la bofetada le recorrió la palma, el dolor se le metió hasta el corazón. Almendra aguantó las ganas de llorar, se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.Renzo no fue tras ella.Y Almendra lo sabía. Él nunca la buscaría.Renzo Benítez, el consentido de la alta sociedad de Ribera Verde, famoso por su vida de excesos y su orgullo, jamás se rebajaría a perseguirla. Para él, ella sólo había sido la novia que siempre estaba ahí, la que lo perdonaba todo, la que todos llamaban “la que se arrastra”....Almendra decidió ahogar el dolor en el bar. Pidió diecisiete modelos masculinos para que la acompañaran.Tres años al lado de Renzo y, en ese tiempo, Almendra había descubierto que él tenía a once “oficiales” y cinco “suplentes”. Como si estuviera armando un equipo de fútbol femenino.El jugador extra era la que, hacía poco, había dejado un condón usado en el carro de Renzo... y así logró ascender de simple suplente a entrenadora del equipo.Si Renzo podía armar su propio equipo, ella también.Eso sí, cuando llegó la hora de pagar, Almendra sintió una punzada en el pecho. No era fácil soltar tanta plata, ni siquiera en momentos de despecho.Los chicos eran guapos y sabían decir lo que una quería escuchar. Con algunas copas encima, Almendra se sentía ligera, casi flotando. Al salir del baño, eligió al que más le gustó, lo arrinconó contra la pared y, de puntitas, lo besó en los labios.Los labios del modelo eran suaves, pero tan fríos como el metal.El saco del traje también estaba helado, transmitiéndole una sensación incómoda.Almendra sintió un escalofrío.Cuando abrió bien los ojos y distinguió el rostro del hombre, se dio cuenta de que tenía un aire innegable a Renzo.—Señor Jeremías...Jeremías Benítez.El hermano mayor de Renzo.El heredero legítimo de la familia Benítez, una leyenda en el mundo de las finanzas de Ribera Verde. Antes de cumplir treinta, ya dirigía Grupo Benítez y la famosa empresa internacional Inversiones Quánticas.Para colmo, era el jefe de Almendra.Y lo peor: hacía una semana, Almendra había mandado sin querer una foto íntima (que pensaba enviarle a Renzo) al WhatsApp de trabajo de Jeremías. La borró lo más rápido posible, pero sólo le quedó rezar para que él no la hubiera visto.Hasta ayer, Jeremías no había respondido nada.En cambio, Almendra se enteró de que Renzo estaba con otra en su carro, haciendo lo que acostumbraba.—Señor Jeremías, disculpe, lo confundí con otra persona —dijo Almendra, sintiéndose más avergonzada que nunca.Jeremías la observó con calma durante un par de segundos.—¿Peleaste con Renzo?—Terminamos —contestó Almendra, tratando de mantener la dignidad.Esa noche, Almendra llevaba un vestido rosa de tirantes, atrevido pero elegante. Sus ojos grandes y brillantes destacaban aún más bajo la tenue luz del bar. Su voz era limpia, dulce, como la de un durazno a punto de madurar.Era imposible no voltear a verla.La mirada de Jeremías regresó a su rostro, tranquila, sin rastro de deseo ni de emociones ocultas.Su actitud tan distante hacía que Almendra se sintiera aún más fuera de lugar, casi como si hubiera profanado algo sagrado.No aguantó estar más tiempo allí.Salió del bar apurada, cruzó la calle y, justo en la acera, un carro negro de lujo se detuvo frente a ella.Almendra reconoció el modelo. Costaba más de un millón de pesos y era una edición limitada, de esas que ni el dinero asegura.La ventana bajó y apareció el rostro impecable de Jeremías.—Súbete.Su voz era tan firme que no admitía discusión.Almendra se quedó inmóvil, dudando si debía negarse, pero la autoridad que emanaba Jeremías era abrumadora. Además, era su jefe. No podía arriesgarse a meterse en problemas.Sin decir palabra, abrió la puerta y subió al carro.El carro se detuvo frente al edificio de departamentos.—Gracias, señor Jeremías —murmuró Almendra, aún sonrojada.Jeremías, con sus largos y definidos dedos, tamborileó un par de veces sobre el volante, con una expresión despreocupada.—La foto te quedó bien —comentó, como si fuera lo más trivial del mundo.El rostro de Almendra se puso rojo como un tomate. Hubiera dado lo que fuera por desaparecer en ese instante, deseando que la tierra se la tragara.Jeremías la miró de reojo, deteniéndose un momento en su cara encendida.Esa foto, pensó él, tenía su gracia. Mostraba lo justo y necesario, con un aire misterioso que atraía, igual que la Almendra que tenía ahora delante.Jeremías se acomodó la corbata con un gesto casual, tirando un poco de ella.—Señor Jeremías, esa foto la mandé por error… ¿podría borrarla, por favor? —suplicó Almendra.—¿Y se la pensabas enseñar a Renzo? —replicó él, sin mirarla.Almendra guardó silencio.—La borro, está bien —dijo Jeremías, sin emoción—, pero tú sabes lo que tienes que hacer.La indiferencia de Jeremías era tan absoluta, tan calmada, que Almendra llegó a pensar que estaba hablando del clima y no de lo que acababa de pasar.—Señor Jeremías, yo no…Él la interrumpió con una mirada profunda y oscura.—No te hagas.Ella se quedó sin palabras. Sí, había subido al carro con una intención oculta. Después de todo, Jeremías era el hermano de Renzo, y ella había aguantado tres años las infidelidades de Renzo… Decir que no quería vengarse habría sido mentir.Pero ahora, cara a cara con Jeremías, el miedo se le metía por dentro. Él no era como Renzo, que siempre mostraba su lado más filoso y agresivo. Jeremías era todo calma y distancia, pero justo por eso imponía.Por un momento, el fastidio cruzó fugazmente el rostro sereno de Jeremías. Sus labios se movieron apenas y, con el corazón en la garganta, Almendra se armó de valor y se inclinó hacia él, entregándose por completo....El celular de Almendra se iluminó con la llamada de Renzo justo cuando Jeremías la tenía tomada de la cintura, y su espalda chocaba contra el volante.El timbre sonaba insistente. Almendra intentó rechazar la llamada, pero Jeremías le sujetó el cuello, obligándola a inclinarse y a besarlo.La camisa negra de Jeremías sólo tenía desabrochados los dos primeros botones, mostrando su clavícula apenas sudorosa. Al compararlo con Almendra, que estaba hecha un desastre, él parecía como si nada hubiera ocurrido.Jeremías, con esa elegancia indiferente, sacó una servilleta y limpió con cuidado las marcas que había dejado sobre ella, sin mostrar ni un atisbo de emoción.En la pantalla del celular, el registro mostraba ya veinte llamadas perdidas de Renzo.Almendra seguía sentada sobre las piernas de Jeremías. Nunca había vivido algo así, y mucho menos imaginó que ese hombre, que parecía tan distante y sagrado, podía ser aún más salvaje de lo que había esperado.Le faltaban fuerzas y apenas reaccionó cuando el celular volvió a vibrar en su mano.Otra vez Renzo.Almendra respiró hondo. Sabía bien que, después de conocer a Renzo por cinco años, si no contestaba, él jamás dejaría de insistir.—Renzo —dijo, con la voz ronca y un dejo de cansancio, tratando de sonar tranquila—. Ya terminamos. No vuelvas a llamarme.[¿Dónde estás?] —la voz de Renzo era cortante.—Estoy en mi casa.[¿Entonces por qué no abres la puerta?]El pánico la invadió. No supo qué responder. La voz de Renzo atravesó el teléfono, aguda y llena de reproche.[Tú nunca me mentías antes.]Almendra colgó.Miró su vestido de tirantes, hecho trizas durante el encuentro con Jeremías. Si volvía a casa así y se topaba con Renzo en la puerta, sería su sentencia.Perdida, con los ojos húmedos, miró a Jeremías suplicando ayuda.Jeremías se abrochó el cinturón con tranquilidad.—Bájate.—Señor Jeremías, Renzo está en la entrada de mi departamento. No puedo regresar ahora.Jeremías alzó la vista apenas y la miró con indiferencia.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?En circunstancias normales, aunque le dieran a Almendra mil vidas, jamás se habría atrevido a desobedecer a Jeremías. Sin embargo, después de lo que había pasado entre ellos, ese contacto físico innegable, algo extraño y cercano se instaló entre ambos, aunque fuera una cercanía incómoda y confusa.Claro, siendo honestos, era Almendra la única que sentía esa conexión. Pero aun así, no se movió ni un milímetro, aferrada al pecho de Jeremías como si ahí encontrara refugio.Jeremías, con la mano derecha, tomó el bolso que ella había dejado en el asiento del copiloto. Con la izquierda, buscó el seguro de la puerta, listo para bajarla del carro junto con sus cosas, sin miramientos.Justo entonces, dos golpes secos sonaron en la ventanilla.Afuera, a través del polarizado oscuro, se distinguía la figura de Renzo. Su expresión, afilada y seria, parecía aún más dura que la noche que los envolvía.Almendra, de reojo, vio la silueta y, nerviosa, se aferró aún más a la camisa de Jeremías. Alzó la mirada y le rogó en voz baja:—Por favor, no.Jeremías apenas movió los dedos, y apretó el botón para bajar la ventana.Almendra, presa del pánico, escondió el rostro entre el cuello y el hombro de Jeremías.Casi al mismo tiempo, Jeremías cambió de táctica. Su mano derecha tomó el saco que había tirado en el asiento trasero, y lo echó encima de Almendra, cubriéndola por completo.La ventana descendió con lentitud, dejando entrar el aire fresco.Renzo bajó la mirada, y por un instante, sus ojos mostraron sorpresa.Jeremías tenía a una mujer en brazos. Ella estaba cubierta con su saco, diminuta y casi fundida en su pecho.Renzo frunció el ceño, molesto por el aroma que flotaba en el interior del carro.—Hermano, ¿qué haces aquí?—Vine a hacer un asunto —respondió Jeremías, sin emoción.El silencio cayó como una losa. El ambiente se cargó, casi podía sentirse el peso del aire.Renzo no pudo ocultar su incredulidad.—¿No acababas de terminar con Karla Silva la semana pasada? Hermano, ni siquiera te atrevías a tocarle un dedo a Karla, ¿y ahora te acuestas con cualquier mujer por ahí?Almendra, pegada al pecho de Jeremías, no pudo evitar un leve temblor.Jeremías notó el calor de una lágrima deslizándose por su cuello. Recordó el rostro tímido de ella, perdido entre la confusión de hace un momento.Lanzó una mirada rápida a Renzo y soltó, con voz tranquila:—Tu novia, la de ahora, tu familia nunca la aceptaría.Renzo se quedó helado. Luego, se encogió de hombros con desgano.—Solo estoy pasando el rato —respondió, casi desinteresado.—Mientras lo tengas claro, está bien —sentenció Jeremías.Dicho esto, subió de nuevo la ventana.Renzo se alejó, pero en vez de irse, fue a recargarse junto a otro carro de lujo. Quedaba claro que no pensaba marcharse aún.Jeremías bajó la mirada hacia la joven que aún tenía entre brazos, y dejó caer la pregunta con un tono seco:—¿Vas a quedarte ahí abrazada toda la noche?El fastidio se le notaba en cada palabra.Almendra se apartó, regresando al asiento del copiloto. Sus ojos, más enrojecidos que nunca, reflejaban el vacío y el dolor del momento.—¿No te vas a bajar? —insistió Jeremías.Ella no contestó.Jeremías encendió el carro y, sosteniendo el volante con una mano, avisó sin inmutarse:—Después no digas que te arrepentiste.Pero Almendra estaba perdida, como si hubiera dejado de escuchar el mundo. Los ojos hinchados, las lágrimas resbalando por sus mejillas encendidas, caían sobre el dorso de sus manos, incapaz de contenerlas.Jeremías condujo directo al hotel.Almendra seguía envuelta en el saco de Jeremías, impregnado con ese aroma tenue a tabaco. Su vestido estaba tan destrozado que no podría mostrarse ante nadie, así que no le quedó más remedio que sujetar aún más la prenda de él y seguirlo hasta el elevador.Ya en la habitación, Jeremías la empujó suavemente hacia el sofá.Y después, junto a la ventana panorámica.Ambos repitieron la entrega dos veces.Cuando todo terminó, Jeremías la observó con la mirada despejada, mientras ella se acurrucaba en el sofá.—Puedes quedarte aquí esta noche.Almendra comprendió al instante: Jeremías se refería solo al sofá; nada más.Él siempre había sabido separar los negocios de las relaciones. No importaba lo intenso de los momentos compartidos, al final mantenía esa actitud distante, incapaz de acercarse siquiera un poco más.Cansada, tanto en cuerpo como en alma, Almendra fue al baño a ducharse.Cuando salió, buscó algún cobertor para taparse en el sofá, pero no encontró ninguno. Dio vueltas por la sala, revisó los armarios y nada. Al no hallar otra opción, se armó de valor y fue a tocar la puerta del cuarto de Jeremías.—Señor Jeremías, no hay más cobijas afuera. ¿Tendrá alguna en su habitación?Capítulo 2—¿Renzo, todavía no te has acostado con Almendra Serrano?—Está demasiado sucia, no pienso tocarla.En la sala privada llena de humo, Renzo Benítez se encontraba recostado de manera perezosa sobre un sofá color vino tinto. Sus ojos, tan encantadores como peligrosos, brillaban con picardía y burla. La curva de su boca dejaba claro que sólo jugaba.Almendra estaba parada en la puerta. Todo su cuerpo se sentía helado.Alguien la notó.—¡Almendra!La sonrisa de Renzo se desvaneció. Sus cejas se fruncieron apenas, y se incorporó del sofá con lentitud.Con pasos largos y seguros, se acercó hasta quedar frente a ella. Su expresión era tan tranquila como si no hubiera sido él quien la había insultado segundos antes.—¿Quién te dijo que vinieras?Almendra levantó la mano y le propinó una bofetada en ese rostro casi irrealmente atractivo.Renzo entrecerró los ojos, dejando ver un destello peligroso.—Renzo, aquí se termina lo nuestro —dijo Almendra, la voz firme aunque por dentro se estaba derrumbando.Renzo frunció el entrecejo.—¿Sólo por lo que acabo de decir?—Tú sabes perfectamente lo que has hecho. No te hagas el inocente.El ardor de la bofetada le recorrió la palma, el dolor se le metió hasta el corazón. Almendra aguantó las ganas de llorar, se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.Renzo no fue tras ella.Y Almendra lo sabía. Él nunca la buscaría.Renzo Benítez, el consentido de la alta sociedad de Ribera Verde, famoso por su vida de excesos y su orgullo, jamás se rebajaría a perseguirla. Para él, ella sólo había sido la novia que siempre estaba ahí, la que lo perdonaba todo, la que todos llamaban “la que se arrastra”....Almendra decidió ahogar el dolor en el bar. Pidió diecisiete modelos masculinos para que la acompañaran.Tres años al lado de Renzo y, en ese tiempo, Almendra había descubierto que él tenía a once “oficiales” y cinco “suplentes”. Como si estuviera armando un equipo de fútbol femenino.El jugador extra era la que, hacía poco, había dejado un condón usado en el carro de Renzo... y así logró ascender de simple suplente a entrenadora del equipo.Si Renzo podía armar su propio equipo, ella también.Eso sí, cuando llegó la hora de pagar, Almendra sintió una punzada en el pecho. No era fácil soltar tanta plata, ni siquiera en momentos de despecho.Los chicos eran guapos y sabían decir lo que una quería escuchar. Con algunas copas encima, Almendra se sentía ligera, casi flotando. Al salir del baño, eligió al que más le gustó, lo arrinconó contra la pared y, de puntitas, lo besó en los labios.Los labios del modelo eran suaves, pero tan fríos como el metal.El saco del traje también estaba helado, transmitiéndole una sensación incómoda.Almendra sintió un escalofrío.Cuando abrió bien los ojos y distinguió el rostro del hombre, se dio cuenta de que tenía un aire innegable a Renzo.—Señor Jeremías...Jeremías Benítez.El hermano mayor de Renzo.El heredero legítimo de la familia Benítez, una leyenda en el mundo de las finanzas de Ribera Verde. Antes de cumplir treinta, ya dirigía Grupo Benítez y la famosa empresa internacional Inversiones Quánticas.Para colmo, era el jefe de Almendra.Y lo peor: hacía una semana, Almendra había mandado sin querer una foto íntima (que pensaba enviarle a Renzo) al WhatsApp de trabajo de Jeremías. La borró lo más rápido posible, pero sólo le quedó rezar para que él no la hubiera visto.Hasta ayer, Jeremías no había respondido nada.En cambio, Almendra se enteró de que Renzo estaba con otra en su carro, haciendo lo que acostumbraba.—Señor Jeremías, disculpe, lo confundí con otra persona —dijo Almendra, sintiéndose más avergonzada que nunca.Jeremías la observó con calma durante un par de segundos.—¿Peleaste con Renzo?—Terminamos —contestó Almendra, tratando de mantener la dignidad.Esa noche, Almendra llevaba un vestido rosa de tirantes, atrevido pero elegante. Sus ojos grandes y brillantes destacaban aún más bajo la tenue luz del bar. Su voz era limpia, dulce, como la de un durazno a punto de madurar.Era imposible no voltear a verla.La mirada de Jeremías regresó a su rostro, tranquila, sin rastro de deseo ni de emociones ocultas.Su actitud tan distante hacía que Almendra se sintiera aún más fuera de lugar, casi como si hubiera profanado algo sagrado.No aguantó estar más tiempo allí.Salió del bar apurada, cruzó la calle y, justo en la acera, un carro negro de lujo se detuvo frente a ella.Almendra reconoció el modelo. Costaba más de un millón de pesos y era una edición limitada, de esas que ni el dinero asegura.La ventana bajó y apareció el rostro impecable de Jeremías.—Súbete.Su voz era tan firme que no admitía discusión.Almendra se quedó inmóvil, dudando si debía negarse, pero la autoridad que emanaba Jeremías era abrumadora. Además, era su jefe. No podía arriesgarse a meterse en problemas.Sin decir palabra, abrió la puerta y subió al carro.El carro se detuvo frente al edificio de departamentos.—Gracias, señor Jeremías —murmuró Almendra, aún sonrojada.Jeremías, con sus largos y definidos dedos, tamborileó un par de veces sobre el volante, con una expresión despreocupada.—La foto te quedó bien —comentó, como si fuera lo más trivial del mundo.El rostro de Almendra se puso rojo como un tomate. Hubiera dado lo que fuera por desaparecer en ese instante, deseando que la tierra se la tragara.Jeremías la miró de reojo, deteniéndose un momento en su cara encendida.Esa foto, pensó él, tenía su gracia. Mostraba lo justo y necesario, con un aire misterioso que atraía, igual que la Almendra que tenía ahora delante.Jeremías se acomodó la corbata con un gesto casual, tirando un poco de ella.—Señor Jeremías, esa foto la mandé por error… ¿podría borrarla, por favor? —suplicó Almendra.—¿Y se la pensabas enseñar a Renzo? —replicó él, sin mirarla.Almendra guardó silencio.—La borro, está bien —dijo Jeremías, sin emoción—, pero tú sabes lo que tienes que hacer.La indiferencia de Jeremías era tan absoluta, tan calmada, que Almendra llegó a pensar que estaba hablando del clima y no de lo que acababa de pasar.—Señor Jeremías, yo no…Él la interrumpió con una mirada profunda y oscura.—No te hagas.Ella se quedó sin palabras. Sí, había subido al carro con una intención oculta. Después de todo, Jeremías era el hermano de Renzo, y ella había aguantado tres años las infidelidades de Renzo… Decir que no quería vengarse habría sido mentir.Pero ahora, cara a cara con Jeremías, el miedo se le metía por dentro. Él no era como Renzo, que siempre mostraba su lado más filoso y agresivo. Jeremías era todo calma y distancia, pero justo por eso imponía.Por un momento, el fastidio cruzó fugazmente el rostro sereno de Jeremías. Sus labios se movieron apenas y, con el corazón en la garganta, Almendra se armó de valor y se inclinó hacia él, entregándose por completo....El celular de Almendra se iluminó con la llamada de Renzo justo cuando Jeremías la tenía tomada de la cintura, y su espalda chocaba contra el volante.El timbre sonaba insistente. Almendra intentó rechazar la llamada, pero Jeremías le sujetó el cuello, obligándola a inclinarse y a besarlo.La camisa negra de Jeremías sólo tenía desabrochados los dos primeros botones, mostrando su clavícula apenas sudorosa. Al compararlo con Almendra, que estaba hecha un desastre, él parecía como si nada hubiera ocurrido.Jeremías, con esa elegancia indiferente, sacó una servilleta y limpió con cuidado las marcas que había dejado sobre ella, sin mostrar ni un atisbo de emoción.En la pantalla del celular, el registro mostraba ya veinte llamadas perdidas de Renzo.Almendra seguía sentada sobre las piernas de Jeremías. Nunca había vivido algo así, y mucho menos imaginó que ese hombre, que parecía tan distante y sagrado, podía ser aún más salvaje de lo que había esperado.Le faltaban fuerzas y apenas reaccionó cuando el celular volvió a vibrar en su mano.Otra vez Renzo.Almendra respiró hondo. Sabía bien que, después de conocer a Renzo por cinco años, si no contestaba, él jamás dejaría de insistir.—Renzo —dijo, con la voz ronca y un dejo de cansancio, tratando de sonar tranquila—. Ya terminamos. No vuelvas a llamarme.[¿Dónde estás?] —la voz de Renzo era cortante.—Estoy en mi casa.[¿Entonces por qué no abres la puerta?]El pánico la invadió. No supo qué responder. La voz de Renzo atravesó el teléfono, aguda y llena de reproche.[Tú nunca me mentías antes.]Almendra colgó.Miró su vestido de tirantes, hecho trizas durante el encuentro con Jeremías. Si volvía a casa así y se topaba con Renzo en la puerta, sería su sentencia.Perdida, con los ojos húmedos, miró a Jeremías suplicando ayuda.Jeremías se abrochó el cinturón con tranquilidad.—Bájate.—Señor Jeremías, Renzo está en la entrada de mi departamento. No puedo regresar ahora.Jeremías alzó la vista apenas y la miró con indiferencia.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?En circunstancias normales, aunque le dieran a Almendra mil vidas, jamás se habría atrevido a desobedecer a Jeremías. Sin embargo, después de lo que había pasado entre ellos, ese contacto físico innegable, algo extraño y cercano se instaló entre ambos, aunque fuera una cercanía incómoda y confusa.Claro, siendo honestos, era Almendra la única que sentía esa conexión. Pero aun así, no se movió ni un milímetro, aferrada al pecho de Jeremías como si ahí encontrara refugio.Jeremías, con la mano derecha, tomó el bolso que ella había dejado en el asiento del copiloto. Con la izquierda, buscó el seguro de la puerta, listo para bajarla del carro junto con sus cosas, sin miramientos.Justo entonces, dos golpes secos sonaron en la ventanilla.Afuera, a través del polarizado oscuro, se distinguía la figura de Renzo. Su expresión, afilada y seria, parecía aún más dura que la noche que los envolvía.Almendra, de reojo, vio la silueta y, nerviosa, se aferró aún más a la camisa de Jeremías. Alzó la mirada y le rogó en voz baja:—Por favor, no.Jeremías apenas movió los dedos, y apretó el botón para bajar la ventana.Almendra, presa del pánico, escondió el rostro entre el cuello y el hombro de Jeremías.Casi al mismo tiempo, Jeremías cambió de táctica. Su mano derecha tomó el saco que había tirado en el asiento trasero, y lo echó encima de Almendra, cubriéndola por completo.La ventana descendió con lentitud, dejando entrar el aire fresco.Renzo bajó la mirada, y por un instante, sus ojos mostraron sorpresa.Jeremías tenía a una mujer en brazos. Ella estaba cubierta con su saco, diminuta y casi fundida en su pecho.Renzo frunció el ceño, molesto por el aroma que flotaba en el interior del carro.—Hermano, ¿qué haces aquí?—Vine a hacer un asunto —respondió Jeremías, sin emoción.El silencio cayó como una losa. El ambiente se cargó, casi podía sentirse el peso del aire.Renzo no pudo ocultar su incredulidad.—¿No acababas de terminar con Karla Silva la semana pasada? Hermano, ni siquiera te atrevías a tocarle un dedo a Karla, ¿y ahora te acuestas con cualquier mujer por ahí?Almendra, pegada al pecho de Jeremías, no pudo evitar un leve temblor.Jeremías notó el calor de una lágrima deslizándose por su cuello. Recordó el rostro tímido de ella, perdido entre la confusión de hace un momento.Lanzó una mirada rápida a Renzo y soltó, con voz tranquila:—Tu novia, la de ahora, tu familia nunca la aceptaría.Renzo se quedó helado. Luego, se encogió de hombros con desgano.—Solo estoy pasando el rato —respondió, casi desinteresado.—Mientras lo tengas claro, está bien —sentenció Jeremías.Dicho esto, subió de nuevo la ventana.Renzo se alejó, pero en vez de irse, fue a recargarse junto a otro carro de lujo. Quedaba claro que no pensaba marcharse aún.Jeremías bajó la mirada hacia la joven que aún tenía entre brazos, y dejó caer la pregunta con un tono seco:—¿Vas a quedarte ahí abrazada toda la noche?El fastidio se le notaba en cada palabra.Almendra se apartó, regresando al asiento del copiloto. Sus ojos, más enrojecidos que nunca, reflejaban el vacío y el dolor del momento.—¿No te vas a bajar? —insistió Jeremías.Ella no contestó.Jeremías encendió el carro y, sosteniendo el volante con una mano, avisó sin inmutarse:—Después no digas que te arrepentiste.Pero Almendra estaba perdida, como si hubiera dejado de escuchar el mundo. Los ojos hinchados, las lágrimas resbalando por sus mejillas encendidas, caían sobre el dorso de sus manos, incapaz de contenerlas.Jeremías condujo directo al hotel.Almendra seguía envuelta en el saco de Jeremías, impregnado con ese aroma tenue a tabaco. Su vestido estaba tan destrozado que no podría mostrarse ante nadie, así que no le quedó más remedio que sujetar aún más la prenda de él y seguirlo hasta el elevador.Ya en la habitación, Jeremías la empujó suavemente hacia el sofá.Y después, junto a la ventana panorámica.Ambos repitieron la entrega dos veces.Cuando todo terminó, Jeremías la observó con la mirada despejada, mientras ella se acurrucaba en el sofá.—Puedes quedarte aquí esta noche.Almendra comprendió al instante: Jeremías se refería solo al sofá; nada más.Él siempre había sabido separar los negocios de las relaciones. No importaba lo intenso de los momentos compartidos, al final mantenía esa actitud distante, incapaz de acercarse siquiera un poco más.Cansada, tanto en cuerpo como en alma, Almendra fue al baño a ducharse.Cuando salió, buscó algún cobertor para taparse en el sofá, pero no encontró ninguno. Dio vueltas por la sala, revisó los armarios y nada. Al no hallar otra opción, se armó de valor y fue a tocar la puerta del cuarto de Jeremías.—Señor Jeremías, no hay más cobijas afuera. ¿Tendrá alguna en su habitación?Capítulo 3—¿Renzo, todavía no te has acostado con Almendra Serrano?—Está demasiado sucia, no pienso tocarla.En la sala privada llena de humo, Renzo Benítez se encontraba recostado de manera perezosa sobre un sofá color vino tinto. Sus ojos, tan encantadores como peligrosos, brillaban con picardía y burla. La curva de su boca dejaba claro que sólo jugaba.Almendra estaba parada en la puerta. Todo su cuerpo se sentía helado.Alguien la notó.—¡Almendra!La sonrisa de Renzo se desvaneció. Sus cejas se fruncieron apenas, y se incorporó del sofá con lentitud.Con pasos largos y seguros, se acercó hasta quedar frente a ella. Su expresión era tan tranquila como si no hubiera sido él quien la había insultado segundos antes.—¿Quién te dijo que vinieras?Almendra levantó la mano y le propinó una bofetada en ese rostro casi irrealmente atractivo.Renzo entrecerró los ojos, dejando ver un destello peligroso.—Renzo, aquí se termina lo nuestro —dijo Almendra, la voz firme aunque por dentro se estaba derrumbando.Renzo frunció el entrecejo.—¿Sólo por lo que acabo de decir?—Tú sabes perfectamente lo que has hecho. No te hagas el inocente.El ardor de la bofetada le recorrió la palma, el dolor se le metió hasta el corazón. Almendra aguantó las ganas de llorar, se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.Renzo no fue tras ella.Y Almendra lo sabía. Él nunca la buscaría.Renzo Benítez, el consentido de la alta sociedad de Ribera Verde, famoso por su vida de excesos y su orgullo, jamás se rebajaría a perseguirla. Para él, ella sólo había sido la novia que siempre estaba ahí, la que lo perdonaba todo, la que todos llamaban “la que se arrastra”....Almendra decidió ahogar el dolor en el bar. Pidió diecisiete modelos masculinos para que la acompañaran.Tres años al lado de Renzo y, en ese tiempo, Almendra había descubierto que él tenía a once “oficiales” y cinco “suplentes”. Como si estuviera armando un equipo de fútbol femenino.El jugador extra era la que, hacía poco, había dejado un condón usado en el carro de Renzo... y así logró ascender de simple suplente a entrenadora del equipo.Si Renzo podía armar su propio equipo, ella también.Eso sí, cuando llegó la hora de pagar, Almendra sintió una punzada en el pecho. No era fácil soltar tanta plata, ni siquiera en momentos de despecho.Los chicos eran guapos y sabían decir lo que una quería escuchar. Con algunas copas encima, Almendra se sentía ligera, casi flotando. Al salir del baño, eligió al que más le gustó, lo arrinconó contra la pared y, de puntitas, lo besó en los labios.Los labios del modelo eran suaves, pero tan fríos como el metal.El saco del traje también estaba helado, transmitiéndole una sensación incómoda.Almendra sintió un escalofrío.Cuando abrió bien los ojos y distinguió el rostro del hombre, se dio cuenta de que tenía un aire innegable a Renzo.—Señor Jeremías...Jeremías Benítez.El hermano mayor de Renzo.El heredero legítimo de la familia Benítez, una leyenda en el mundo de las finanzas de Ribera Verde. Antes de cumplir treinta, ya dirigía Grupo Benítez y la famosa empresa internacional Inversiones Quánticas.Para colmo, era el jefe de Almendra.Y lo peor: hacía una semana, Almendra había mandado sin querer una foto íntima (que pensaba enviarle a Renzo) al WhatsApp de trabajo de Jeremías. La borró lo más rápido posible, pero sólo le quedó rezar para que él no la hubiera visto.Hasta ayer, Jeremías no había respondido nada.En cambio, Almendra se enteró de que Renzo estaba con otra en su carro, haciendo lo que acostumbraba.—Señor Jeremías, disculpe, lo confundí con otra persona —dijo Almendra, sintiéndose más avergonzada que nunca.Jeremías la observó con calma durante un par de segundos.—¿Peleaste con Renzo?—Terminamos —contestó Almendra, tratando de mantener la dignidad.Esa noche, Almendra llevaba un vestido rosa de tirantes, atrevido pero elegante. Sus ojos grandes y brillantes destacaban aún más bajo la tenue luz del bar. Su voz era limpia, dulce, como la de un durazno a punto de madurar.Era imposible no voltear a verla.La mirada de Jeremías regresó a su rostro, tranquila, sin rastro de deseo ni de emociones ocultas.Su actitud tan distante hacía que Almendra se sintiera aún más fuera de lugar, casi como si hubiera profanado algo sagrado.No aguantó estar más tiempo allí.Salió del bar apurada, cruzó la calle y, justo en la acera, un carro negro de lujo se detuvo frente a ella.Almendra reconoció el modelo. Costaba más de un millón de pesos y era una edición limitada, de esas que ni el dinero asegura.La ventana bajó y apareció el rostro impecable de Jeremías.—Súbete.Su voz era tan firme que no admitía discusión.Almendra se quedó inmóvil, dudando si debía negarse, pero la autoridad que emanaba Jeremías era abrumadora. Además, era su jefe. No podía arriesgarse a meterse en problemas.Sin decir palabra, abrió la puerta y subió al carro.El carro se detuvo frente al edificio de departamentos.—Gracias, señor Jeremías —murmuró Almendra, aún sonrojada.Jeremías, con sus largos y definidos dedos, tamborileó un par de veces sobre el volante, con una expresión despreocupada.—La foto te quedó bien —comentó, como si fuera lo más trivial del mundo.El rostro de Almendra se puso rojo como un tomate. Hubiera dado lo que fuera por desaparecer en ese instante, deseando que la tierra se la tragara.Jeremías la miró de reojo, deteniéndose un momento en su cara encendida.Esa foto, pensó él, tenía su gracia. Mostraba lo justo y necesario, con un aire misterioso que atraía, igual que la Almendra que tenía ahora delante.Jeremías se acomodó la corbata con un gesto casual, tirando un poco de ella.—Señor Jeremías, esa foto la mandé por error… ¿podría borrarla, por favor? —suplicó Almendra.—¿Y se la pensabas enseñar a Renzo? —replicó él, sin mirarla.Almendra guardó silencio.—La borro, está bien —dijo Jeremías, sin emoción—, pero tú sabes lo que tienes que hacer.La indiferencia de Jeremías era tan absoluta, tan calmada, que Almendra llegó a pensar que estaba hablando del clima y no de lo que acababa de pasar.—Señor Jeremías, yo no…Él la interrumpió con una mirada profunda y oscura.—No te hagas.Ella se quedó sin palabras. Sí, había subido al carro con una intención oculta. Después de todo, Jeremías era el hermano de Renzo, y ella había aguantado tres años las infidelidades de Renzo… Decir que no quería vengarse habría sido mentir.Pero ahora, cara a cara con Jeremías, el miedo se le metía por dentro. Él no era como Renzo, que siempre mostraba su lado más filoso y agresivo. Jeremías era todo calma y distancia, pero justo por eso imponía.Por un momento, el fastidio cruzó fugazmente el rostro sereno de Jeremías. Sus labios se movieron apenas y, con el corazón en la garganta, Almendra se armó de valor y se inclinó hacia él, entregándose por completo....El celular de Almendra se iluminó con la llamada de Renzo justo cuando Jeremías la tenía tomada de la cintura, y su espalda chocaba contra el volante.El timbre sonaba insistente. Almendra intentó rechazar la llamada, pero Jeremías le sujetó el cuello, obligándola a inclinarse y a besarlo.La camisa negra de Jeremías sólo tenía desabrochados los dos primeros botones, mostrando su clavícula apenas sudorosa. Al compararlo con Almendra, que estaba hecha un desastre, él parecía como si nada hubiera ocurrido.Jeremías, con esa elegancia indiferente, sacó una servilleta y limpió con cuidado las marcas que había dejado sobre ella, sin mostrar ni un atisbo de emoción.En la pantalla del celular, el registro mostraba ya veinte llamadas perdidas de Renzo.Almendra seguía sentada sobre las piernas de Jeremías. Nunca había vivido algo así, y mucho menos imaginó que ese hombre, que parecía tan distante y sagrado, podía ser aún más salvaje de lo que había esperado.Le faltaban fuerzas y apenas reaccionó cuando el celular volvió a vibrar en su mano.Otra vez Renzo.Almendra respiró hondo. Sabía bien que, después de conocer a Renzo por cinco años, si no contestaba, él jamás dejaría de insistir.—Renzo —dijo, con la voz ronca y un dejo de cansancio, tratando de sonar tranquila—. Ya terminamos. No vuelvas a llamarme.[¿Dónde estás?] —la voz de Renzo era cortante.—Estoy en mi casa.[¿Entonces por qué no abres la puerta?]El pánico la invadió. No supo qué responder. La voz de Renzo atravesó el teléfono, aguda y llena de reproche.[Tú nunca me mentías antes.]Almendra colgó.Miró su vestido de tirantes, hecho trizas durante el encuentro con Jeremías. Si volvía a casa así y se topaba con Renzo en la puerta, sería su sentencia.Perdida, con los ojos húmedos, miró a Jeremías suplicando ayuda.Jeremías se abrochó el cinturón con tranquilidad.—Bájate.—Señor Jeremías, Renzo está en la entrada de mi departamento. No puedo regresar ahora.Jeremías alzó la vista apenas y la miró con indiferencia.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?En circunstancias normales, aunque le dieran a Almendra mil vidas, jamás se habría atrevido a desobedecer a Jeremías. Sin embargo, después de lo que había pasado entre ellos, ese contacto físico innegable, algo extraño y cercano se instaló entre ambos, aunque fuera una cercanía incómoda y confusa.Claro, siendo honestos, era Almendra la única que sentía esa conexión. Pero aun así, no se movió ni un milímetro, aferrada al pecho de Jeremías como si ahí encontrara refugio.Jeremías, con la mano derecha, tomó el bolso que ella había dejado en el asiento del copiloto. Con la izquierda, buscó el seguro de la puerta, listo para bajarla del carro junto con sus cosas, sin miramientos.Justo entonces, dos golpes secos sonaron en la ventanilla.Afuera, a través del polarizado oscuro, se distinguía la figura de Renzo. Su expresión, afilada y seria, parecía aún más dura que la noche que los envolvía.Almendra, de reojo, vio la silueta y, nerviosa, se aferró aún más a la camisa de Jeremías. Alzó la mirada y le rogó en voz baja:—Por favor, no.Jeremías apenas movió los dedos, y apretó el botón para bajar la ventana.Almendra, presa del pánico, escondió el rostro entre el cuello y el hombro de Jeremías.Casi al mismo tiempo, Jeremías cambió de táctica. Su mano derecha tomó el saco que había tirado en el asiento trasero, y lo echó encima de Almendra, cubriéndola por completo.La ventana descendió con lentitud, dejando entrar el aire fresco.Renzo bajó la mirada, y por un instante, sus ojos mostraron sorpresa.Jeremías tenía a una mujer en brazos. Ella estaba cubierta con su saco, diminuta y casi fundida en su pecho.Renzo frunció el ceño, molesto por el aroma que flotaba en el interior del carro.—Hermano, ¿qué haces aquí?—Vine a hacer un asunto —respondió Jeremías, sin emoción.El silencio cayó como una losa. El ambiente se cargó, casi podía sentirse el peso del aire.Renzo no pudo ocultar su incredulidad.—¿No acababas de terminar con Karla Silva la semana pasada? Hermano, ni siquiera te atrevías a tocarle un dedo a Karla, ¿y ahora te acuestas con cualquier mujer por ahí?Almendra, pegada al pecho de Jeremías, no pudo evitar un leve temblor.Jeremías notó el calor de una lágrima deslizándose por su cuello. Recordó el rostro tímido de ella, perdido entre la confusión de hace un momento.Lanzó una mirada rápida a Renzo y soltó, con voz tranquila:—Tu novia, la de ahora, tu familia nunca la aceptaría.Renzo se quedó helado. Luego, se encogió de hombros con desgano.—Solo estoy pasando el rato —respondió, casi desinteresado.—Mientras lo tengas claro, está bien —sentenció Jeremías.Dicho esto, subió de nuevo la ventana.Renzo se alejó, pero en vez de irse, fue a recargarse junto a otro carro de lujo. Quedaba claro que no pensaba marcharse aún.Jeremías bajó la mirada hacia la joven que aún tenía entre brazos, y dejó caer la pregunta con un tono seco:—¿Vas a quedarte ahí abrazada toda la noche?El fastidio se le notaba en cada palabra.Almendra se apartó, regresando al asiento del copiloto. Sus ojos, más enrojecidos que nunca, reflejaban el vacío y el dolor del momento.—¿No te vas a bajar? —insistió Jeremías.Ella no contestó.Jeremías encendió el carro y, sosteniendo el volante con una mano, avisó sin inmutarse:—Después no digas que te arrepentiste.Pero Almendra estaba perdida, como si hubiera dejado de escuchar el mundo. Los ojos hinchados, las lágrimas resbalando por sus mejillas encendidas, caían sobre el dorso de sus manos, incapaz de contenerlas.Jeremías condujo directo al hotel.Almendra seguía envuelta en el saco de Jeremías, impregnado con ese aroma tenue a tabaco. Su vestido estaba tan destrozado que no podría mostrarse ante nadie, así que no le quedó más remedio que sujetar aún más la prenda de él y seguirlo hasta el elevador.Ya en la habitación, Jeremías la empujó suavemente hacia el sofá.Y después, junto a la ventana panorámica.Ambos repitieron la entrega dos veces.Cuando todo terminó, Jeremías la observó con la mirada despejada, mientras ella se acurrucaba en el sofá.—Puedes quedarte aquí esta noche.Almendra comprendió al instante: Jeremías se refería solo al sofá; nada más.Él siempre había sabido separar los negocios de las relaciones. No importaba lo intenso de los momentos compartidos, al final mantenía esa actitud distante, incapaz de acercarse siquiera un poco más.Cansada, tanto en cuerpo como en alma, Almendra fue al baño a ducharse.Cuando salió, buscó algún cobertor para taparse en el sofá, pero no encontró ninguno. Dio vueltas por la sala, revisó los armarios y nada. Al no hallar otra opción, se armó de valor y fue a tocar la puerta del cuarto de Jeremías.—Señor Jeremías, no hay más cobijas afuera. ¿Tendrá alguna en su habitación?

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