Humillada, traicionada y tratada como una simple moneda de cambio por la familia que debía amarla, los De la Vega. Natalia, la verdadera heredera desaparecida durante años, regresa a su opulento hogar solo para descubrir que su lugar ha sido usurpado por su “perfecta” y manipuladora hermana, Isabela. En lugar de una bienvenida, encuentra un destino sellado: un matrimonio forzado con un hombre déspota y cincuentón para salvar el imperio familiar de la quiebra. Cuando se atreve a rebelarse, su propia familia —sus padres y hermanos— no duda en silenciarla para siempre, dejándola morir en un charco de su propia sangre en la lujosa mansión que debía ser su hogar. Pero el destino le concede una segunda oportunidad. Natalia despierta, no en el más allá, sino cuatro años en el pasado, justo en el momento en que su infierno personal comenzó. Armada con los dolorosos recuerdos de su muerte y la frialdad de quienes la traicionaron, jura no volver a ser la víctima. Esta vez, no buscará amor, sino venganza. Con una nueva ferocidad en su mirada, Natalia desmantelará el castillo de mentiras de los De la Vega, reclamando lo que es suyo por derecho: su identidad, su herencia y su dignidad. Hará que cada uno de ellos pague por cada lágrima y cada gota de sangre. Y en la sombra, un hombre enigmático y poderoso, Alejandro Montenegro, parece tener sus propios planes para ella, observándola con una intensidad que promete protección... o una peligrosa obsesión. ¿Podrá una mujer que regresó de la muerte destruir a la familia más hipócrita de la Ciudad de México o los errores del pasado la arrastrarán de nuevo a su tumba?

Capítulo 1Ciudad de México.La mansión de los De la Vega en Las Lomas, un mar de luces.El ir y venir de invitados, un murmullo constante de felicitaciones.—¡Felicidades, Ricardo! ¡No es fácil reencontrarse con una hija después de tanto tiempo!—Un brindis por eso, mi amigo.Ricardo de la Vega forzó una sonrisa, a punto de responder cuando...CRASH.Un estruendo ensordecedor silenció el salón de fiestas.Una joven estaba de pie junto a la torre de champaña.Su mano delgada, con las venas marcadas, apretaba con fuerza el mantel de seda roja que acababa de arrancar.Las copas de cristal, apiladas como una montaña, cayeron como fichas de dominó, haciéndose añicos contra el mármol.—¡Natalia! —El rostro de Ricardo de la Vega se tornó lívido—. ¿¡Qué demonios estás haciendo!?Al escuchar el nombre "Natalia", los invitados comenzaron a cuchichear.—¿Oíste? A Natalia la encontraron hace cuatro años, pero los De la Vega la escondieron para que Isabela no se sintiera incómoda. Dijeron que era hija de una de las sirvientas.—Y si no fuera porque De la Vega Corp está al borde de la quiebra y Ricardo necesita la alianza con los Sotelo de Polanco, jamás habrían revelado su identidad.—Pobrecita...—¿Pobre de qué? ¿Preferirías que casaran a Isabela? Natalia no creció con ellos, ¿cómo va a compararse el cariño con el que le tienen a Isabela después de veinte años?—Además, ¿no lo has visto? Tiene el ojo izquierdo ciego.—Dicen que por ahí se enredó con un tipo de mala muerte... no solo la usó, sino que la convenció de donarle una de sus córneas.—Una cualquiera como ella... ¿qué importa si lleva la sangre de los De la Vega? Nunca dejará de ser una vergüenza.Natalia, de pie en medio de un mar de cristales rotos, enfrentó las miradas de desprecio de todos.—Escuché que han venido a felicitar a los De la Vega por encontrar a su verdadera hija, ¿es así?Con un movimiento brusco, arrojó el mantel rojo al suelo.Sus ojos brillaban con la misma rebeldía desafiante de cuando llegó a esa casa por primera vez, cuatro años atrás.—¡La hija de los De la Vega! ¡Que lo sea quien quiera, a mí no me interesa!La mirada de Ricardo se endureció.—¡Natalia! ¿¡Te has vuelto loca!?—¿Loca yo? —Natalia soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chiste más gracioso del mundo.Pero su risa se fue apagando, y su mirada se llenó de una desolación infinita.—Creo que los locos son ustedes.—¡Cuatro años! ¡Me escondieron durante cuatro años sin darme mi lugar! Y ahora que la empresa se va a la quiebra, ¿de repente se acuerdan de mí? ¡El señor Sotelo tiene cincuenta y cinco años! ¡Treinta y seis años más que yo! Su última esposa murió hace un mes... ¡y fue la cuarta mujer que muere en esa casa!—¿Es esta una fiesta de bienvenida o mi sentencia de muerte?Carmen de la Vega, al ver la histeria de Natalia, se acercó al mayordomo con el rostro ensombrecido.—Sácala de aquí —le ordenó en un susurro helado.El mayordomo intentó sujetar a Natalia.—¡No me voy! —lo empujó con fuerza, encarando a Carmen y Ricardo con la voz rota—. ¡No voy a aceptar ese matrimonio!Al oírla, Mateo, el primogénito de los De la Vega, vestido con un impecable traje negro, frunció el ceño.Se acercó a ella con una copa en la mano, su mirada fría como el acero.—¿Qué quieres decir con que no aceptas? Esto no está a discusión.Leonardo, el segundo hermano, la miró con fastidio.—Solo si te casas con él podrás salvar a la empresa de esta crisis.—Natalia, poder casarte con un Sotelo es una bendición —dijo Adrián, el tercer hermano, con una mueca de desdén—. No seas malagradecida.Natalia miró a los que se suponía eran sus hermanos, sus manos temblando sin control.¿Por qué todos la culpaban? ¿Qué había hecho mal?En ese momento, Isabela corrió hacia ella y le tomó la mano, mirándola con una preocupación desbordante.—Hermana, si no quieres casarte con el señor Sotelo, lo haré yo. Por favor, no armes un escándalo, ¿sí? Yo me casaré en tu lugar.Se plantó ahí, como una heroína dispuesta a sacrificarse, asumiendo la carga por Natalia.Una jugada maestra para quedar como la buena del cuento.Y funcionó.Tan pronto como terminó de hablar, los comentarios de los invitados no se hicieron esperar.—¡Qué niña tan sensata es Isabela!—Natalia, ¿por qué no puedes aprender un poco de ella?Natalia observó a Isabela, su rostro una máscara de indiferencia.Si no le hubiera donado su córnea a Isabela, si Isabela no se hubiera puesto de acuerdo con el cirujano para provocar un "accidente", ella no estaría ciega.Si no fuera por las constantes mentiras y calumnias de Isabela, su reputación no estaría por los suelos.—¡Isabela! —Los ojos de Natalia se volvieron gélidos.Sus manos se cerraron como garras alrededor del cuello de Isabela.—¿Por qué me engañaste? ¿Por qué, si ya habían encontrado un donante compatible, me obligaste a darte mi córnea? ¿¡Por qué planeaste todo esto!?—¡Puedes odiarme, pero por qué mentirme y tenderme una trampa! ¡Dime por qué!—¡Isa! —Ricardo y Carmen corrieron para separarlas.Mateo gritó una orden cortante.—¡Suelta a mi hermana!Leonardo intentó arrancarle las manos de encima.—¡Si le pasa algo a Isa, te juro que te mato!Y Santiago, el más joven, le dio una patada brutal.—¡Que la sueltes, maldita sea!La escena era un caos de gritos y forcejeos.Pero Natalia parecía decidida a matarla, su rostro era una máscara de furia mientras apretaba el cuello de Isabela sin ceder.¡PUM!Se escuchó el sonido sordo de un objeto pesado golpeando un cráneo.Las manos delgadas de la joven perdieron toda su fuerza.Soltaron a Isabela y cayeron a los costados, inertes.Natalia se desplomó en un charco de su propia sangre.Sus hermanos corrieron inmediatamente hacia Isabela.—Isa, ¿estás bien?—Mi amor, déjame ver si te lastimó.Santiago se quedó paralizado, con el adorno de piedra manchado de sangre en la mano.Al ver cómo la sangre se extendía desde la nuca de Natalia, sus manos comenzaron a temblar sin control.—¿Qué... qué hacemos? Creo... creo que está muerta.Él solo quería que la soltara.No quería matarla.Carmen miró el cuerpo inmóvil en el suelo y frunció el ceño.—Si está muerta, se nos cayó el trato con los Sotelo.—No te preocupes, hijo —dijo Ricardo con calma—. Fue en defensa propia. Esa muchacha estaba loca. Si no moría ella, iba a matar a Isa.Isabela disimuló una sonrisa triunfante.Natalia estaba muerta.Ya nadie podría amenazar su posición como la única hija de los De la Vega.De pronto, rompió en un llanto desconsolado.—Fue mi culpa, todo esto pasó por mi culpa... Lo siento tanto, hermana.—Isa, no tienes la culpa de nada, no te atormentes —dijo Mateo, con voz serena.Leonardo le acarició el cabello, suspirando.—Es que eres demasiado buena, Isa.—Así es, ella quería matarte. No íbamos a quedarnos mirando, ¿o sí?Todos se volcaron en consolar a Isabela.Nadie se dio cuenta de que Natalia aún no había muerto.Su conciencia se aferraba a un último hilo de vida.Vio a sus padres y a sus hermanos rodeando a Isabela, dándole todo el amor y la protección que a ella le negaron.Una lágrima de sangre rodó por su mejilla.De repente, la puerta principal de la mansión se abrió de golpe.Vio a un hombre detenerse en seco en la entrada.Era el hermano de su mejor amiga: Alejandro Montenegro.El dueño de Montenegro Corp.Decían que era un hombre despiadado, que en solo dos años había limpiado por completo su empresa y consolidado su poder.Los De la Vega, a pesar de ser una familia importante de la capital, ni siquiera calificaban para tener negocios con los Montenegro.Sus mundos estaban a un universo de distancia.Si no fuera por su amiga, jamás habría conocido a alguien como Alejandro."No vayas a esa fiesta mañana".Las palabras de Alejandro resonaron en su cabeza.La madrugada anterior, había recibido una llamada de un número desconocido.Era él.Le había dicho que no fuera a la fiesta."En lugar de casarte con Sotelo, cásate conmigo"."Estoy fuera del país, pero ya voy de regreso. Espérame".Tres frases cortas, cargadas de un significado que no entendió.Y ahora... ya no tenía fuerzas para pensar en ello.Miró en su dirección.Por alguna razón, le pareció ver en los ojos de aquel hombre un dolor profundo, desgarrador... ¿y pánico?Natalia no pudo más.Su visión se oscureció.Antes de perder el conocimiento por completo, escuchó que Alejandro gritaba su nombre.Su voz, rota por un dolor que parecía desgarrarle el alma.En un terreno baldío en las faldas del Ajusco, la noche era densa y el viento soplaba con un lamento helado.De repente, entre la maleza, asomó la cabeza de un animal.Parecía un coyote.Sus ojos, de un amarillo verdoso, brillaban con una luz salvaje y penetrante, fijos en la joven que yacía moribunda en el suelo.Para una bestia muerta de hambre, el olor a sangre era una invitación irresistible.Saltó fuera de la maleza y se abalanzó sobre ella, clavando sus colmillos en la frágil muñeca de la joven.En el instante en que los dientes perforaron su piel, Natalia abrió los ojos de golpe, el dolor en su mirada era casi tangible.¿Así que esto era...?¿Estar muerta?¿Dónde estaba ahora?El dolor de la carne desgarrada la obligó a levantar la cabeza.Al segundo siguiente, sus ojos se encontraron con los del animal.Ese contacto visual la despertó por completo.Natalia levantó su otra mano y la hundió con saña en los ojos del coyote.—¡Auuuu!El aullido del animal resonó en la noche como un espectro.Natalia, de rodillas, le apretaba el cuello con una mano, mientras que con la otra empuñaba una rama larga y afilada que ya había atravesado limpiamente la garganta del coyote.Mantuvo la posición, asegurándose de que la bestia bajo ella no mostrara signos de vida, y lentamente la soltó.Miró a su alrededor. Hierba alta, árboles retorcidos, piedras por doquier y el zumbido de mil insectos.Era el Cerro del Coyote, en las afueras de la Ciudad de México.¡La escena era idéntica a la de una noche de hacía cuatro años!Porque Isabela "se había caído" por las escaleras cuando bajaban juntas, Carmen la había castigado, obligándola a arrodillarse en el patio para "reflexionar".El agotamiento la hizo desmayarse.Cuando despertó, se encontró abandonada en este desolado cerro.Natalia se incorporó, apoyándose en el suelo para levantarse.En este momento, la repetición de los hechos y el entorno familiar apuntaban a una sola verdad.¡Había regresado!Había vuelto a cuatro años en el pasado.En su vida anterior, hizo todo lo posible por complacerlos, pero solo obtuvo el desprecio y el rechazo de sus padres y hermanos.Esta vez, ya no anhelaba el supuesto cariño familiar.Para ella, lo único importante era ella misma.Natalia se humedeció los labios secos con la lengua, miró al coyote muerto y extrajo la rama de su cuerpo.Apoyándose en ella, comenzó a bajar la colina cojeando....Casa de los De la Vega.Hora del almuerzo.Isabela, sentada elegantemente a la mesa, miró al hombre distinguido frente a ella.—Mateo, Natalia aún no ha vuelto, ¿deberíamos esperarla para comer?—Si no llega a tiempo a comer es su problema —respondió Mateo con frialdad—. Nadie tiene por qué esperarla. Además, no vale la pena.—Come, hermanita —dijo Santiago, asqueado solo de escuchar el nombre de Natalia—. No hables de ella.Le sirvió un poco de cochinita pibil en el plato de Isabela.—Tu favorito. Come más, has adelgazado últimamente.Isabela sonrió dulcemente.—Gracias por preocuparte, Santi.Justo en ese momento, "¡PUM!".La puerta principal se abrió de golpe.Natalia estaba de pie en la entrada.Llevaba una camiseta blanca barata, rasgada en dos sitios, unos jeans deslavados y unos Converse blancos cubiertos de lodo.Su atuendo, en medio de la opulenta mansión, era un grito de disonancia.Mateo alzó la vista, le dedicó una mirada fugaz y la retiró, indiferente.Leonardo, que cortaba un filete con su camisa de diseñador, frunció el ceño con una pizca de asco.—¿Cómo te has puesto así?Natalia no dijo nada, simplemente caminó hacia la mesa.—Ve a limpiarte antes de comer —le advirtió Leonardo—. La salud de Isabela es delicada, no le vayas a pasar alguna bacteria.Natalia lo miró sin expresión y se dio la vuelta para subir las escaleras.Leonardo se quedó desconcertado.Eso fue... inesperado.Capítulo 2Ciudad de México.La mansión de los De la Vega en Las Lomas, un mar de luces.El ir y venir de invitados, un murmullo constante de felicitaciones.—¡Felicidades, Ricardo! ¡No es fácil reencontrarse con una hija después de tanto tiempo!—Un brindis por eso, mi amigo.Ricardo de la Vega forzó una sonrisa, a punto de responder cuando...CRASH.Un estruendo ensordecedor silenció el salón de fiestas.Una joven estaba de pie junto a la torre de champaña.Su mano delgada, con las venas marcadas, apretaba con fuerza el mantel de seda roja que acababa de arrancar.Las copas de cristal, apiladas como una montaña, cayeron como fichas de dominó, haciéndose añicos contra el mármol.—¡Natalia! —El rostro de Ricardo de la Vega se tornó lívido—. ¿¡Qué demonios estás haciendo!?Al escuchar el nombre "Natalia", los invitados comenzaron a cuchichear.—¿Oíste? A Natalia la encontraron hace cuatro años, pero los De la Vega la escondieron para que Isabela no se sintiera incómoda. Dijeron que era hija de una de las sirvientas.—Y si no fuera porque De la Vega Corp está al borde de la quiebra y Ricardo necesita la alianza con los Sotelo de Polanco, jamás habrían revelado su identidad.—Pobrecita...—¿Pobre de qué? ¿Preferirías que casaran a Isabela? Natalia no creció con ellos, ¿cómo va a compararse el cariño con el que le tienen a Isabela después de veinte años?—Además, ¿no lo has visto? Tiene el ojo izquierdo ciego.—Dicen que por ahí se enredó con un tipo de mala muerte... no solo la usó, sino que la convenció de donarle una de sus córneas.—Una cualquiera como ella... ¿qué importa si lleva la sangre de los De la Vega? Nunca dejará de ser una vergüenza.Natalia, de pie en medio de un mar de cristales rotos, enfrentó las miradas de desprecio de todos.—Escuché que han venido a felicitar a los De la Vega por encontrar a su verdadera hija, ¿es así?Con un movimiento brusco, arrojó el mantel rojo al suelo.Sus ojos brillaban con la misma rebeldía desafiante de cuando llegó a esa casa por primera vez, cuatro años atrás.—¡La hija de los De la Vega! ¡Que lo sea quien quiera, a mí no me interesa!La mirada de Ricardo se endureció.—¡Natalia! ¿¡Te has vuelto loca!?—¿Loca yo? —Natalia soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chiste más gracioso del mundo.Pero su risa se fue apagando, y su mirada se llenó de una desolación infinita.—Creo que los locos son ustedes.—¡Cuatro años! ¡Me escondieron durante cuatro años sin darme mi lugar! Y ahora que la empresa se va a la quiebra, ¿de repente se acuerdan de mí? ¡El señor Sotelo tiene cincuenta y cinco años! ¡Treinta y seis años más que yo! Su última esposa murió hace un mes... ¡y fue la cuarta mujer que muere en esa casa!—¿Es esta una fiesta de bienvenida o mi sentencia de muerte?Carmen de la Vega, al ver la histeria de Natalia, se acercó al mayordomo con el rostro ensombrecido.—Sácala de aquí —le ordenó en un susurro helado.El mayordomo intentó sujetar a Natalia.—¡No me voy! —lo empujó con fuerza, encarando a Carmen y Ricardo con la voz rota—. ¡No voy a aceptar ese matrimonio!Al oírla, Mateo, el primogénito de los De la Vega, vestido con un impecable traje negro, frunció el ceño.Se acercó a ella con una copa en la mano, su mirada fría como el acero.—¿Qué quieres decir con que no aceptas? Esto no está a discusión.Leonardo, el segundo hermano, la miró con fastidio.—Solo si te casas con él podrás salvar a la empresa de esta crisis.—Natalia, poder casarte con un Sotelo es una bendición —dijo Adrián, el tercer hermano, con una mueca de desdén—. No seas malagradecida.Natalia miró a los que se suponía eran sus hermanos, sus manos temblando sin control.¿Por qué todos la culpaban? ¿Qué había hecho mal?En ese momento, Isabela corrió hacia ella y le tomó la mano, mirándola con una preocupación desbordante.—Hermana, si no quieres casarte con el señor Sotelo, lo haré yo. Por favor, no armes un escándalo, ¿sí? Yo me casaré en tu lugar.Se plantó ahí, como una heroína dispuesta a sacrificarse, asumiendo la carga por Natalia.Una jugada maestra para quedar como la buena del cuento.Y funcionó.Tan pronto como terminó de hablar, los comentarios de los invitados no se hicieron esperar.—¡Qué niña tan sensata es Isabela!—Natalia, ¿por qué no puedes aprender un poco de ella?Natalia observó a Isabela, su rostro una máscara de indiferencia.Si no le hubiera donado su córnea a Isabela, si Isabela no se hubiera puesto de acuerdo con el cirujano para provocar un "accidente", ella no estaría ciega.Si no fuera por las constantes mentiras y calumnias de Isabela, su reputación no estaría por los suelos.—¡Isabela! —Los ojos de Natalia se volvieron gélidos.Sus manos se cerraron como garras alrededor del cuello de Isabela.—¿Por qué me engañaste? ¿Por qué, si ya habían encontrado un donante compatible, me obligaste a darte mi córnea? ¿¡Por qué planeaste todo esto!?—¡Puedes odiarme, pero por qué mentirme y tenderme una trampa! ¡Dime por qué!—¡Isa! —Ricardo y Carmen corrieron para separarlas.Mateo gritó una orden cortante.—¡Suelta a mi hermana!Leonardo intentó arrancarle las manos de encima.—¡Si le pasa algo a Isa, te juro que te mato!Y Santiago, el más joven, le dio una patada brutal.—¡Que la sueltes, maldita sea!La escena era un caos de gritos y forcejeos.Pero Natalia parecía decidida a matarla, su rostro era una máscara de furia mientras apretaba el cuello de Isabela sin ceder.¡PUM!Se escuchó el sonido sordo de un objeto pesado golpeando un cráneo.Las manos delgadas de la joven perdieron toda su fuerza.Soltaron a Isabela y cayeron a los costados, inertes.Natalia se desplomó en un charco de su propia sangre.Sus hermanos corrieron inmediatamente hacia Isabela.—Isa, ¿estás bien?—Mi amor, déjame ver si te lastimó.Santiago se quedó paralizado, con el adorno de piedra manchado de sangre en la mano.Al ver cómo la sangre se extendía desde la nuca de Natalia, sus manos comenzaron a temblar sin control.—¿Qué... qué hacemos? Creo... creo que está muerta.Él solo quería que la soltara.No quería matarla.Carmen miró el cuerpo inmóvil en el suelo y frunció el ceño.—Si está muerta, se nos cayó el trato con los Sotelo.—No te preocupes, hijo —dijo Ricardo con calma—. Fue en defensa propia. Esa muchacha estaba loca. Si no moría ella, iba a matar a Isa.Isabela disimuló una sonrisa triunfante.Natalia estaba muerta.Ya nadie podría amenazar su posición como la única hija de los De la Vega.De pronto, rompió en un llanto desconsolado.—Fue mi culpa, todo esto pasó por mi culpa... Lo siento tanto, hermana.—Isa, no tienes la culpa de nada, no te atormentes —dijo Mateo, con voz serena.Leonardo le acarició el cabello, suspirando.—Es que eres demasiado buena, Isa.—Así es, ella quería matarte. No íbamos a quedarnos mirando, ¿o sí?Todos se volcaron en consolar a Isabela.Nadie se dio cuenta de que Natalia aún no había muerto.Su conciencia se aferraba a un último hilo de vida.Vio a sus padres y a sus hermanos rodeando a Isabela, dándole todo el amor y la protección que a ella le negaron.Una lágrima de sangre rodó por su mejilla.De repente, la puerta principal de la mansión se abrió de golpe.Vio a un hombre detenerse en seco en la entrada.Era el hermano de su mejor amiga: Alejandro Montenegro.El dueño de Montenegro Corp.Decían que era un hombre despiadado, que en solo dos años había limpiado por completo su empresa y consolidado su poder.Los De la Vega, a pesar de ser una familia importante de la capital, ni siquiera calificaban para tener negocios con los Montenegro.Sus mundos estaban a un universo de distancia.Si no fuera por su amiga, jamás habría conocido a alguien como Alejandro."No vayas a esa fiesta mañana".Las palabras de Alejandro resonaron en su cabeza.La madrugada anterior, había recibido una llamada de un número desconocido.Era él.Le había dicho que no fuera a la fiesta."En lugar de casarte con Sotelo, cásate conmigo"."Estoy fuera del país, pero ya voy de regreso. Espérame".Tres frases cortas, cargadas de un significado que no entendió.Y ahora... ya no tenía fuerzas para pensar en ello.Miró en su dirección.Por alguna razón, le pareció ver en los ojos de aquel hombre un dolor profundo, desgarrador... ¿y pánico?Natalia no pudo más.Su visión se oscureció.Antes de perder el conocimiento por completo, escuchó que Alejandro gritaba su nombre.Su voz, rota por un dolor que parecía desgarrarle el alma.En un terreno baldío en las faldas del Ajusco, la noche era densa y el viento soplaba con un lamento helado.De repente, entre la maleza, asomó la cabeza de un animal.Parecía un coyote.Sus ojos, de un amarillo verdoso, brillaban con una luz salvaje y penetrante, fijos en la joven que yacía moribunda en el suelo.Para una bestia muerta de hambre, el olor a sangre era una invitación irresistible.Saltó fuera de la maleza y se abalanzó sobre ella, clavando sus colmillos en la frágil muñeca de la joven.En el instante en que los dientes perforaron su piel, Natalia abrió los ojos de golpe, el dolor en su mirada era casi tangible.¿Así que esto era...?¿Estar muerta?¿Dónde estaba ahora?El dolor de la carne desgarrada la obligó a levantar la cabeza.Al segundo siguiente, sus ojos se encontraron con los del animal.Ese contacto visual la despertó por completo.Natalia levantó su otra mano y la hundió con saña en los ojos del coyote.—¡Auuuu!El aullido del animal resonó en la noche como un espectro.Natalia, de rodillas, le apretaba el cuello con una mano, mientras que con la otra empuñaba una rama larga y afilada que ya había atravesado limpiamente la garganta del coyote.Mantuvo la posición, asegurándose de que la bestia bajo ella no mostrara signos de vida, y lentamente la soltó.Miró a su alrededor. Hierba alta, árboles retorcidos, piedras por doquier y el zumbido de mil insectos.Era el Cerro del Coyote, en las afueras de la Ciudad de México.¡La escena era idéntica a la de una noche de hacía cuatro años!Porque Isabela "se había caído" por las escaleras cuando bajaban juntas, Carmen la había castigado, obligándola a arrodillarse en el patio para "reflexionar".El agotamiento la hizo desmayarse.Cuando despertó, se encontró abandonada en este desolado cerro.Natalia se incorporó, apoyándose en el suelo para levantarse.En este momento, la repetición de los hechos y el entorno familiar apuntaban a una sola verdad.¡Había regresado!Había vuelto a cuatro años en el pasado.En su vida anterior, hizo todo lo posible por complacerlos, pero solo obtuvo el desprecio y el rechazo de sus padres y hermanos.Esta vez, ya no anhelaba el supuesto cariño familiar.Para ella, lo único importante era ella misma.Natalia se humedeció los labios secos con la lengua, miró al coyote muerto y extrajo la rama de su cuerpo.Apoyándose en ella, comenzó a bajar la colina cojeando....Casa de los De la Vega.Hora del almuerzo.Isabela, sentada elegantemente a la mesa, miró al hombre distinguido frente a ella.—Mateo, Natalia aún no ha vuelto, ¿deberíamos esperarla para comer?—Si no llega a tiempo a comer es su problema —respondió Mateo con frialdad—. Nadie tiene por qué esperarla. Además, no vale la pena.—Come, hermanita —dijo Santiago, asqueado solo de escuchar el nombre de Natalia—. No hables de ella.Le sirvió un poco de cochinita pibil en el plato de Isabela.—Tu favorito. Come más, has adelgazado últimamente.Isabela sonrió dulcemente.—Gracias por preocuparte, Santi.Justo en ese momento, "¡PUM!".La puerta principal se abrió de golpe.Natalia estaba de pie en la entrada.Llevaba una camiseta blanca barata, rasgada en dos sitios, unos jeans deslavados y unos Converse blancos cubiertos de lodo.Su atuendo, en medio de la opulenta mansión, era un grito de disonancia.Mateo alzó la vista, le dedicó una mirada fugaz y la retiró, indiferente.Leonardo, que cortaba un filete con su camisa de diseñador, frunció el ceño con una pizca de asco.—¿Cómo te has puesto así?Natalia no dijo nada, simplemente caminó hacia la mesa.—Ve a limpiarte antes de comer —le advirtió Leonardo—. La salud de Isabela es delicada, no le vayas a pasar alguna bacteria.Natalia lo miró sin expresión y se dio la vuelta para subir las escaleras.Leonardo se quedó desconcertado.Eso fue... inesperado.Capítulo 3Ciudad de México.La mansión de los De la Vega en Las Lomas, un mar de luces.El ir y venir de invitados, un murmullo constante de felicitaciones.—¡Felicidades, Ricardo! ¡No es fácil reencontrarse con una hija después de tanto tiempo!—Un brindis por eso, mi amigo.Ricardo de la Vega forzó una sonrisa, a punto de responder cuando...CRASH.Un estruendo ensordecedor silenció el salón de fiestas.Una joven estaba de pie junto a la torre de champaña.Su mano delgada, con las venas marcadas, apretaba con fuerza el mantel de seda roja que acababa de arrancar.Las copas de cristal, apiladas como una montaña, cayeron como fichas de dominó, haciéndose añicos contra el mármol.—¡Natalia! —El rostro de Ricardo de la Vega se tornó lívido—. ¿¡Qué demonios estás haciendo!?Al escuchar el nombre "Natalia", los invitados comenzaron a cuchichear.—¿Oíste? A Natalia la encontraron hace cuatro años, pero los De la Vega la escondieron para que Isabela no se sintiera incómoda. Dijeron que era hija de una de las sirvientas.—Y si no fuera porque De la Vega Corp está al borde de la quiebra y Ricardo necesita la alianza con los Sotelo de Polanco, jamás habrían revelado su identidad.—Pobrecita...—¿Pobre de qué? ¿Preferirías que casaran a Isabela? Natalia no creció con ellos, ¿cómo va a compararse el cariño con el que le tienen a Isabela después de veinte años?—Además, ¿no lo has visto? Tiene el ojo izquierdo ciego.—Dicen que por ahí se enredó con un tipo de mala muerte... no solo la usó, sino que la convenció de donarle una de sus córneas.—Una cualquiera como ella... ¿qué importa si lleva la sangre de los De la Vega? Nunca dejará de ser una vergüenza.Natalia, de pie en medio de un mar de cristales rotos, enfrentó las miradas de desprecio de todos.—Escuché que han venido a felicitar a los De la Vega por encontrar a su verdadera hija, ¿es así?Con un movimiento brusco, arrojó el mantel rojo al suelo.Sus ojos brillaban con la misma rebeldía desafiante de cuando llegó a esa casa por primera vez, cuatro años atrás.—¡La hija de los De la Vega! ¡Que lo sea quien quiera, a mí no me interesa!La mirada de Ricardo se endureció.—¡Natalia! ¿¡Te has vuelto loca!?—¿Loca yo? —Natalia soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chiste más gracioso del mundo.Pero su risa se fue apagando, y su mirada se llenó de una desolación infinita.—Creo que los locos son ustedes.—¡Cuatro años! ¡Me escondieron durante cuatro años sin darme mi lugar! Y ahora que la empresa se va a la quiebra, ¿de repente se acuerdan de mí? ¡El señor Sotelo tiene cincuenta y cinco años! ¡Treinta y seis años más que yo! Su última esposa murió hace un mes... ¡y fue la cuarta mujer que muere en esa casa!—¿Es esta una fiesta de bienvenida o mi sentencia de muerte?Carmen de la Vega, al ver la histeria de Natalia, se acercó al mayordomo con el rostro ensombrecido.—Sácala de aquí —le ordenó en un susurro helado.El mayordomo intentó sujetar a Natalia.—¡No me voy! —lo empujó con fuerza, encarando a Carmen y Ricardo con la voz rota—. ¡No voy a aceptar ese matrimonio!Al oírla, Mateo, el primogénito de los De la Vega, vestido con un impecable traje negro, frunció el ceño.Se acercó a ella con una copa en la mano, su mirada fría como el acero.—¿Qué quieres decir con que no aceptas? Esto no está a discusión.Leonardo, el segundo hermano, la miró con fastidio.—Solo si te casas con él podrás salvar a la empresa de esta crisis.—Natalia, poder casarte con un Sotelo es una bendición —dijo Adrián, el tercer hermano, con una mueca de desdén—. No seas malagradecida.Natalia miró a los que se suponía eran sus hermanos, sus manos temblando sin control.¿Por qué todos la culpaban? ¿Qué había hecho mal?En ese momento, Isabela corrió hacia ella y le tomó la mano, mirándola con una preocupación desbordante.—Hermana, si no quieres casarte con el señor Sotelo, lo haré yo. Por favor, no armes un escándalo, ¿sí? Yo me casaré en tu lugar.Se plantó ahí, como una heroína dispuesta a sacrificarse, asumiendo la carga por Natalia.Una jugada maestra para quedar como la buena del cuento.Y funcionó.Tan pronto como terminó de hablar, los comentarios de los invitados no se hicieron esperar.—¡Qué niña tan sensata es Isabela!—Natalia, ¿por qué no puedes aprender un poco de ella?Natalia observó a Isabela, su rostro una máscara de indiferencia.Si no le hubiera donado su córnea a Isabela, si Isabela no se hubiera puesto de acuerdo con el cirujano para provocar un "accidente", ella no estaría ciega.Si no fuera por las constantes mentiras y calumnias de Isabela, su reputación no estaría por los suelos.—¡Isabela! —Los ojos de Natalia se volvieron gélidos.Sus manos se cerraron como garras alrededor del cuello de Isabela.—¿Por qué me engañaste? ¿Por qué, si ya habían encontrado un donante compatible, me obligaste a darte mi córnea? ¿¡Por qué planeaste todo esto!?—¡Puedes odiarme, pero por qué mentirme y tenderme una trampa! ¡Dime por qué!—¡Isa! —Ricardo y Carmen corrieron para separarlas.Mateo gritó una orden cortante.—¡Suelta a mi hermana!Leonardo intentó arrancarle las manos de encima.—¡Si le pasa algo a Isa, te juro que te mato!Y Santiago, el más joven, le dio una patada brutal.—¡Que la sueltes, maldita sea!La escena era un caos de gritos y forcejeos.Pero Natalia parecía decidida a matarla, su rostro era una máscara de furia mientras apretaba el cuello de Isabela sin ceder.¡PUM!Se escuchó el sonido sordo de un objeto pesado golpeando un cráneo.Las manos delgadas de la joven perdieron toda su fuerza.Soltaron a Isabela y cayeron a los costados, inertes.Natalia se desplomó en un charco de su propia sangre.Sus hermanos corrieron inmediatamente hacia Isabela.—Isa, ¿estás bien?—Mi amor, déjame ver si te lastimó.Santiago se quedó paralizado, con el adorno de piedra manchado de sangre en la mano.Al ver cómo la sangre se extendía desde la nuca de Natalia, sus manos comenzaron a temblar sin control.—¿Qué... qué hacemos? Creo... creo que está muerta.Él solo quería que la soltara.No quería matarla.Carmen miró el cuerpo inmóvil en el suelo y frunció el ceño.—Si está muerta, se nos cayó el trato con los Sotelo.—No te preocupes, hijo —dijo Ricardo con calma—. Fue en defensa propia. Esa muchacha estaba loca. Si no moría ella, iba a matar a Isa.Isabela disimuló una sonrisa triunfante.Natalia estaba muerta.Ya nadie podría amenazar su posición como la única hija de los De la Vega.De pronto, rompió en un llanto desconsolado.—Fue mi culpa, todo esto pasó por mi culpa... Lo siento tanto, hermana.—Isa, no tienes la culpa de nada, no te atormentes —dijo Mateo, con voz serena.Leonardo le acarició el cabello, suspirando.—Es que eres demasiado buena, Isa.—Así es, ella quería matarte. No íbamos a quedarnos mirando, ¿o sí?Todos se volcaron en consolar a Isabela.Nadie se dio cuenta de que Natalia aún no había muerto.Su conciencia se aferraba a un último hilo de vida.Vio a sus padres y a sus hermanos rodeando a Isabela, dándole todo el amor y la protección que a ella le negaron.Una lágrima de sangre rodó por su mejilla.De repente, la puerta principal de la mansión se abrió de golpe.Vio a un hombre detenerse en seco en la entrada.Era el hermano de su mejor amiga: Alejandro Montenegro.El dueño de Montenegro Corp.Decían que era un hombre despiadado, que en solo dos años había limpiado por completo su empresa y consolidado su poder.Los De la Vega, a pesar de ser una familia importante de la capital, ni siquiera calificaban para tener negocios con los Montenegro.Sus mundos estaban a un universo de distancia.Si no fuera por su amiga, jamás habría conocido a alguien como Alejandro."No vayas a esa fiesta mañana".Las palabras de Alejandro resonaron en su cabeza.La madrugada anterior, había recibido una llamada de un número desconocido.Era él.Le había dicho que no fuera a la fiesta."En lugar de casarte con Sotelo, cásate conmigo"."Estoy fuera del país, pero ya voy de regreso. Espérame".Tres frases cortas, cargadas de un significado que no entendió.Y ahora... ya no tenía fuerzas para pensar en ello.Miró en su dirección.Por alguna razón, le pareció ver en los ojos de aquel hombre un dolor profundo, desgarrador... ¿y pánico?Natalia no pudo más.Su visión se oscureció.Antes de perder el conocimiento por completo, escuchó que Alejandro gritaba su nombre.Su voz, rota por un dolor que parecía desgarrarle el alma.En un terreno baldío en las faldas del Ajusco, la noche era densa y el viento soplaba con un lamento helado.De repente, entre la maleza, asomó la cabeza de un animal.Parecía un coyote.Sus ojos, de un amarillo verdoso, brillaban con una luz salvaje y penetrante, fijos en la joven que yacía moribunda en el suelo.Para una bestia muerta de hambre, el olor a sangre era una invitación irresistible.Saltó fuera de la maleza y se abalanzó sobre ella, clavando sus colmillos en la frágil muñeca de la joven.En el instante en que los dientes perforaron su piel, Natalia abrió los ojos de golpe, el dolor en su mirada era casi tangible.¿Así que esto era...?¿Estar muerta?¿Dónde estaba ahora?El dolor de la carne desgarrada la obligó a levantar la cabeza.Al segundo siguiente, sus ojos se encontraron con los del animal.Ese contacto visual la despertó por completo.Natalia levantó su otra mano y la hundió con saña en los ojos del coyote.—¡Auuuu!El aullido del animal resonó en la noche como un espectro.Natalia, de rodillas, le apretaba el cuello con una mano, mientras que con la otra empuñaba una rama larga y afilada que ya había atravesado limpiamente la garganta del coyote.Mantuvo la posición, asegurándose de que la bestia bajo ella no mostrara signos de vida, y lentamente la soltó.Miró a su alrededor. Hierba alta, árboles retorcidos, piedras por doquier y el zumbido de mil insectos.Era el Cerro del Coyote, en las afueras de la Ciudad de México.¡La escena era idéntica a la de una noche de hacía cuatro años!Porque Isabela "se había caído" por las escaleras cuando bajaban juntas, Carmen la había castigado, obligándola a arrodillarse en el patio para "reflexionar".El agotamiento la hizo desmayarse.Cuando despertó, se encontró abandonada en este desolado cerro.Natalia se incorporó, apoyándose en el suelo para levantarse.En este momento, la repetición de los hechos y el entorno familiar apuntaban a una sola verdad.¡Había regresado!Había vuelto a cuatro años en el pasado.En su vida anterior, hizo todo lo posible por complacerlos, pero solo obtuvo el desprecio y el rechazo de sus padres y hermanos.Esta vez, ya no anhelaba el supuesto cariño familiar.Para ella, lo único importante era ella misma.Natalia se humedeció los labios secos con la lengua, miró al coyote muerto y extrajo la rama de su cuerpo.Apoyándose en ella, comenzó a bajar la colina cojeando....Casa de los De la Vega.Hora del almuerzo.Isabela, sentada elegantemente a la mesa, miró al hombre distinguido frente a ella.—Mateo, Natalia aún no ha vuelto, ¿deberíamos esperarla para comer?—Si no llega a tiempo a comer es su problema —respondió Mateo con frialdad—. Nadie tiene por qué esperarla. Además, no vale la pena.—Come, hermanita —dijo Santiago, asqueado solo de escuchar el nombre de Natalia—. No hables de ella.Le sirvió un poco de cochinita pibil en el plato de Isabela.—Tu favorito. Come más, has adelgazado últimamente.Isabela sonrió dulcemente.—Gracias por preocuparte, Santi.Justo en ese momento, "¡PUM!".La puerta principal se abrió de golpe.Natalia estaba de pie en la entrada.Llevaba una camiseta blanca barata, rasgada en dos sitios, unos jeans deslavados y unos Converse blancos cubiertos de lodo.Su atuendo, en medio de la opulenta mansión, era un grito de disonancia.Mateo alzó la vista, le dedicó una mirada fugaz y la retiró, indiferente.Leonardo, que cortaba un filete con su camisa de diseñador, frunció el ceño con una pizca de asco.—¿Cómo te has puesto así?Natalia no dijo nada, simplemente caminó hacia la mesa.—Ve a limpiarte antes de comer —le advirtió Leonardo—. La salud de Isabela es delicada, no le vayas a pasar alguna bacteria.Natalia lo miró sin expresión y se dio la vuelta para subir las escaleras.Leonardo se quedó desconcertado.Eso fue... inesperado.

Sigue leyendo