Capítulo 1—Oigan, señor Federico, hoy es el día para que te cases con Naiara Torres. ¿No vas a ir? ¿No te preocupa que se enoje contigo?—¿Quién no sabe que Naiara se pega como chicle? Aunque sepa que Federico no fue hoy por Mariela, ni así se atrevería a enojarse.—¡Exacto! Naiara nunca va a ser tan importante como Mariela. Desde siempre, Federico ha consentido más a Mariela…...La Mariela de la que hablaban se llamaba Mariela Jurado, la supuesta hermana de Federico Jurado.Naiara se quedó parada frente a la puerta del salón privado del hotel, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas.¡Ese era el hombre al que había amado durante tantos años! ¡Qué decepción tan grande!Apretó los puños, tanto que las uñas se le marcaron en las palmas.Pero ese dolor físico no era nada comparado con el que sentía por dentro.Inspiró profundo y empujó la puerta.—¡Pum!—De inmediato, el ambiente bullicioso se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.—Naiara…— exclamaron varios, sorprendidos.En la puerta, Naiara lucía impecable: piel clara, piernas largas, un vestido rosa que resaltaba su figura y el cabello medio recogido al estilo coreano, con una elegancia que robaba miradas.Pero sus ojos, en ese momento, estaban duros como el hielo. Miró de arriba abajo a Federico y Mariela y lanzó una pregunta mordaz:—Federico, ¿esta es la razón por la que no pudiste venir a casarte hoy?Por un momento, el rostro atractivo de Federico reflejó incomodidad. Se acercó a ella y dijo:—Podemos casarnos cualquier día. Hoy Mariela volvió del extranjero y, como su hermano, tengo que recibirla.Naiara dejó escapar una carcajada amarga.—¿De verdad? ¿El único aniversario de novios en todo el año tampoco te importa?—¿No lo sabes? Si no firmamos hoy, tendremos que esperar hasta el año que viene.Eso era lo que habían planeado juntos. Convertir su aniversario de novios en su aniversario de matrimonio, un solo día para celebrar todo, con un significado especial.Pero estaba claro que a Federico no le interesaba casarse con ella.La que él quería como esposa era Mariela.¡Su adorada amiga de la infancia!Quizá Federico notó su enojo, porque intentó tomarla del brazo.—No hagas esto aquí, vamos a platicar afuera y te explico.Naiara se soltó de inmediato.Justo entonces, Mariela intervino:—Naiara, perdóname. Fue mi culpa, no sabía que hoy iban a casarse.Habló con la cabeza baja, como si fuera la víctima, mostrando una cara de sufrida.Naiara siempre la había detestado, así que no le respondió.Mariela levantó la mirada, los ojos llenos de lágrimas, aparentando debilidad.—Naiara, discúlpame. De corazón les deseo lo mejor a ti y a Federico.¿Deseos? Naiara sonrió con sarcasmo.—¿Puedes dejar de fingir? Si de verdad quisieras vernos felices, ni se te habría ocurrido regresar.La cara de Federico se puso seria de inmediato.—Naiara, no tienes por qué ser tan dura.—¿Qué pasa? ¿Te dolió que criticara a tu consentida? —le lanzó una mirada tan distante que parecía que hablaba con un desconocido.Federico ya no pudo ocultar el enojo y le soltó con un tono seco:—Naiara, ten cuidado con lo que dices. No es el lugar ni el momento para tus dramas.Mírale nada más.¡Cómo protegía a su querida hermana!Si tanto la quería defender, Naiara le iba a dar gusto.—Si ya lo hicieron, ¿de qué sirve ocultarlo?Mariela se sonrojó y su rostro se llenó de tristeza.—Naiara, entre Federico y yo no pasa nada de lo que piensas. ¿Puedes dejar de malinterpretarme? No quiero que vuelvan a pelear por mi culpa. Si lo hubiera sabido, no hubiera regresado.Ahora, con la voz temblorosa y a punto de llorar, daba lástima a cualquiera que la viera.La gente alrededor, incapaz de ver a Mariela en esa situación, empezó a atacar a Naiara.—Naiara, lo tuyo no tiene sentido. Federico y Mariela son hermanos, ¿ahora también te vas a poner celosa por eso?—¡Eso mismo! En estos tres años, todo ha sido porque no soportas a Mariela. Ella se fue del país solo para que tú y Federico estuvieran tranquilos, ¿vas a empezar otra vez con lo mismo?—Ten cuidado, porque si te pasas, Federico va a terminar dejándote....Naiara los miró a todos con una calma sorprendente, viendo cómo se indignaban por Mariela.Antes, por Federico, Naiara había soportado todo tipo de bromas y comentarios malintencionados de esa supuesta bola de amigos. Se hacía la que no escuchaba cuando la criticaban a sus espaldas, o cuando la ponían en ridículo frente a Federico.Pero esta vez, no estaba dispuesta a tolerarlo más.La mirada de Naiara era tan cortante que casi se podía sentir el filo.—¿Ahora resulta que una hermana puede estar pegada todo el día a su hermano y eso está bien? —arremetió, sin dejar espacio para dudas.—¿O qué, se les cruzaron los cables o les fascina ver romances prohibidos? Si quieren, no tengo problema en irme, y los dejo para que ellos hagan su show aquí.Todos se quedaron helados.Jamás imaginaron que Naiara, quien siempre se mostraba tranquila frente a Federico, fuera capaz de soltar palabras tan duras.Las cosas que decía se sentían como un golpe.—Naiara, ¿por qué tienes que humillarme así? —sollozó Mariela, a punto de romper en llanto, los ojos rojos de tanto aguantar. Parecía tan frágil, tan desamparada—. Si no te caigo bien, ni modo, pero Federico te adora y ha hecho de todo por ti. ¿Cómo puedes seguir insatisfecha?Naiara frunció el ceño.Quizá los demás no lo notaban, pero ella sabía perfectamente lo buena actriz que era Mariela.Llevaban diez años de conocerse, cinco de relación con Federico.El primer año, en su cumpleaños, Mariela le llamó a Federico diciendo que había tenido un accidente.El segundo año, en San Valentín, Mariela lloraba por teléfono porque había terminado con su novio y amenazaba con quitarse la vida.Tercera vez, cuarta vez...Siempre había mil excusas para que Federico corriera a donde estaba Mariela, y cada vez, él la dejaba plantada a ella.Hasta que, tres años atrás, Mariela decidió irse a vivir al extranjero por iniciativa propia.Federico y sus amigos terminaron convencidos de que Naiara la había orillado a irse.Con una mirada impasible, cargada de ironía, Naiara no apartó los ojos de Mariela.—¿En qué universo una relación normal entre hermanos hace que uno sacrifique algo tan importante como casarse? —reviró, sin titubear—. Aquí la única verdad es que ustedes dos se prestan para lo peor, y todavía tienen el descaro de voltearme la culpa y exigirme que sea la buena de la historia. ¿Por qué? ¿Por su falta de vergüenza?El color subió al rostro de Mariela, que no encontraba palabras y sólo podía llorar, las lágrimas corriéndole por las mejillas sin control.Federico, ya sin paciencia, le gritó a Naiara, el rostro rojo de coraje.—¡Ya basta, Naiara! ¿No ves que te estás pasando? —le reprochó, la voz cargada de rabia—. Solo es una firma, si hoy no se puede, pues lo hacemos en tu cumpleaños. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no puedes simplemente dejarlo pasar?¿Dejarlo pasar?Por supuesto que podía.Pero ya no quería.Naiara sintió una calma helada en su pecho.—Federico, terminamos.Un murmullo recorrió a todos los presentes.Federico se quedó pasmado unos segundos, el gesto torcido de incredulidad.—¿Otra vez con lo mismo? Hace tres años también me dijiste que terminábamos, y fue por eso que Mariela se fue del país, porque tenía miedo de que de verdad nos separáramos. ¿Ahora también quieres correrla? ¿Por qué eres tan calculadora, Naiara? Te dije que me iba a casar contigo, ¿por qué no puedes aceptar a Mariela? ¿Qué, quieres acabar con ella? Si sigues con esa actitud, yo tampoco me caso contigo.Mariela, sintiéndose protegida, bajó la cabeza, pero no pudo evitar que sus ojos destellaran con satisfacción.Naiara escuchó todo aquello y soltó una carcajada radiante, tan viva como una rosa floreciendo.—Perfecto, entonces no hay boda. Que no se haga este matrimonio.Sin mirar atrás, Naiara giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta.Federico la miró alejarse, y le lanzó un grito cargado de amenaza.—¡Naiara! Si te vas ahora mismo sin pedirle disculpas a Mariela, te juro que no te voy a perdonar nunca.Todos apostaban a que Naiara cedería, que terminaría disculpándose.Porque todo el mundo sabía cuánto amaba a Federico.Y, por un instante, así pareció.Naiara se detuvo, escaneó con la mirada a todos los presentes. Con voz firme y alta, levantó la mano y declaró:—Justo ahora que están todos aquí, les pido que sean testigos. Yo, Naiara, juro que hoy termino con Federico. Jamás nos casaremos; si llego a romper esta promesa, que él nunca tenga descendencia y que no encuentre paz en esta vida.Soltó esa sentencia y, sin darles tiempo a reaccionar, salió decidida del salón privado, ignorando las caras de sorpresa a su alrededor....Naiara no supo ni cómo logró pedir un carro por la app, ni cómo bloqueó en automático todo lo que tuviera que ver con Federico.Hasta que el sonido del celular la sacó de sus pensamientos.Vio el número en pantalla. Era desconocido, pero algo en él le resultaba familiar. El corazón le dio un vuelco.Al contestar, del otro lado se escuchó una voz masculina, profunda y cálida.—Si tienes ganas de casarte, ¿por qué no me consideras a mí?La voz burlona llegó hasta los oídos de Naiara, y le tomó un buen rato reaccionar.—Alfredo, ¿ahora te toca a ti después de que tu hermano me hizo la misma broma? —aventó, con ese dejo de molestia que siempre le salía sin filtro.Del otro lado de la línea estaba Alfredo Jurado, el hermano mayor de Federico.Cuando Naiara y Federico empezaron a andar, Alfredo nunca la trató bien. Ni una sonrisa, ni una palabra amable, puro hielo entre ellos.—Ya te dejaron plantada una vez, ¿te asusta que pase otra vez? —la voz de Alfredo sonó cargada de burla—. No parece propio de ti, siempre tan valiente.A Naiara le hervía la sangre con facilidad. No soportaba que la picaran.—Vamos, pues. ¿Quién dijo miedo? Pero aunque vaya contigo, seguro que la alcaldía ya cerró —replicó, solo por no quedarse callada.—Eso déjamelo a mí —contestó él, con ese tono que no admitía réplicas....Veinte minutos después.Naiara volvió a plantarse frente a la entrada de la alcaldía. Alfredo ya la esperaba allí, con su porte elegante, alto y seguro de sí. Su presencia imponía tanto que era difícil ignorarlo; no solo por la pinta, sino por el aura que cargaba encima.Federico ya era un tipo atractivo, pero al lado de Alfredo, quedaba en segundo plano.—Vaya, te atreviste de verdad —dijo Alfredo, media sonrisa torcida en los labios, los ojos oscuros chispeando con un toque travieso.Naiara, parada frente a él, ya no se sentía tan valiente como en la llamada. Bajó la guardia, aunque trató de disimularlo.—De nada sirve. Mira, ya hasta bajaron la cortina de la entrada.Alfredo alzó una ceja y miró la puerta detrás de ella.—¿De verdad quieres casarte conmigo? ¿Lo pensaste bien? —preguntó con voz grave.—Si tú no tienes miedo, ¿por qué habría de tenerlo yo? —le reviró Naiara, levantando la barbilla con terquedad.Pensaba que, si alguien debía sentir nervios, era él. Al fin y al cabo, ambos eran hermanos de sangre con Federico.—Eso sí es tener agallas.Por un segundo, a Alfredo se le escapó una expresión de aprobación, apenas un destello en la mirada, antes de tomarla de la muñeca y arrastrarla hacia adentro.Naiara se quedó helada. ¿De verdad...? ¿De verdad iban a hacerlo?De repente se detuvo, y Alfredo volteó a mirarla, arqueando una ceja.—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste?Naiara dudó un momento.—¿Por qué quieres casarte conmigo?Él soltó una risa corta.—Al final, hay que casarse, ¿no? Mejor con alguien que a la familia le cae bien, en vez de perder tiempo buscando a otra persona.Naiara ya no dijo nada más.Quizá era cosa de que sus familias llevaban años de conocerse. Los padres de la familia Jurado, igual que el abuelo, siempre la habían tratado con cariño. Así que lo de Alfredo tampoco era tan raro....No pasaron ni diez minutos.Ambos salieron de la alcaldía, cada uno con un acta de matrimonio en la mano.Naiara se quedó mirando la suya, todavía en shock, cuando la voz seca de Alfredo la sacó de su ensimismamiento.—Si te arrepientes, ya es tarde. Incluso si pides el divorcio ahora, hay que esperar un mes.¡Qué mala onda! Apenas casados, ¿y ya hablando de divorcio? Ni que fuera para tanto.Naiara le lanzó una mirada de fastidio, aunque la voz le salió más educada de lo que sentía.—Con que tú no te arrepientas, Alfredo.Bajó las escaleras, pero de pronto, Alfredo la sujetó y la atrajo hacia su pecho.Naiara quedó pegada contra él. Aunque medía un metro sesenta y siete, se sentía diminuta a su lado.El aroma a cedro que llevaba Alfredo la envolvió, haciéndole perder el ritmo del corazón. Sintió que las mejillas se le encendían.—¿A dónde vas? —la voz de Alfredo sonó profunda, justo sobre su cabeza.Naiara tardó unos segundos en recobrar la compostura y contestar, ajustando la respiración:—A casa, ¿a dónde más?—¿Apenas casados y ya te quieres separar de tu esposo?Alfredo la miró desde arriba; sus pestañas largas y oscuras, la piel clara, ese toque de rubor que le daba un aire tan inocente y a la vez tan enigmático.—...Se me olvidó.Naiara levantó la vista y se encontró con sus ojos. No notó el brillo extraño que pasaba por la mirada de Alfredo.Sin decir nada más, él la soltó y desvió la mirada.—Sígueme.Y se adelantó escaleras abajo. Naiara no pensó mucho y lo siguió. Total, ya eran esposos legales. ¿Qué podía pasar? Ni que la fueran a vender.Además, ahora su ex sería su cuñado. Solo de pensarlo, hasta le daban ganas de reírse....La casa estaba en Villa Nublaria Bahía Cobre, en la ladera de la montaña, donde el terreno valía oro. La mansión, aunque de apariencia sencilla, emanaba lujo en cada rincón.Capítulo 2—Oigan, señor Federico, hoy es el día para que te cases con Naiara Torres. ¿No vas a ir? ¿No te preocupa que se enoje contigo?—¿Quién no sabe que Naiara se pega como chicle? Aunque sepa que Federico no fue hoy por Mariela, ni así se atrevería a enojarse.—¡Exacto! Naiara nunca va a ser tan importante como Mariela. Desde siempre, Federico ha consentido más a Mariela…...La Mariela de la que hablaban se llamaba Mariela Jurado, la supuesta hermana de Federico Jurado.Naiara se quedó parada frente a la puerta del salón privado del hotel, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas.¡Ese era el hombre al que había amado durante tantos años! ¡Qué decepción tan grande!Apretó los puños, tanto que las uñas se le marcaron en las palmas.Pero ese dolor físico no era nada comparado con el que sentía por dentro.Inspiró profundo y empujó la puerta.—¡Pum!—De inmediato, el ambiente bullicioso se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.—Naiara…— exclamaron varios, sorprendidos.En la puerta, Naiara lucía impecable: piel clara, piernas largas, un vestido rosa que resaltaba su figura y el cabello medio recogido al estilo coreano, con una elegancia que robaba miradas.Pero sus ojos, en ese momento, estaban duros como el hielo. Miró de arriba abajo a Federico y Mariela y lanzó una pregunta mordaz:—Federico, ¿esta es la razón por la que no pudiste venir a casarte hoy?Por un momento, el rostro atractivo de Federico reflejó incomodidad. Se acercó a ella y dijo:—Podemos casarnos cualquier día. Hoy Mariela volvió del extranjero y, como su hermano, tengo que recibirla.Naiara dejó escapar una carcajada amarga.—¿De verdad? ¿El único aniversario de novios en todo el año tampoco te importa?—¿No lo sabes? Si no firmamos hoy, tendremos que esperar hasta el año que viene.Eso era lo que habían planeado juntos. Convertir su aniversario de novios en su aniversario de matrimonio, un solo día para celebrar todo, con un significado especial.Pero estaba claro que a Federico no le interesaba casarse con ella.La que él quería como esposa era Mariela.¡Su adorada amiga de la infancia!Quizá Federico notó su enojo, porque intentó tomarla del brazo.—No hagas esto aquí, vamos a platicar afuera y te explico.Naiara se soltó de inmediato.Justo entonces, Mariela intervino:—Naiara, perdóname. Fue mi culpa, no sabía que hoy iban a casarse.Habló con la cabeza baja, como si fuera la víctima, mostrando una cara de sufrida.Naiara siempre la había detestado, así que no le respondió.Mariela levantó la mirada, los ojos llenos de lágrimas, aparentando debilidad.—Naiara, discúlpame. De corazón les deseo lo mejor a ti y a Federico.¿Deseos? Naiara sonrió con sarcasmo.—¿Puedes dejar de fingir? Si de verdad quisieras vernos felices, ni se te habría ocurrido regresar.La cara de Federico se puso seria de inmediato.—Naiara, no tienes por qué ser tan dura.—¿Qué pasa? ¿Te dolió que criticara a tu consentida? —le lanzó una mirada tan distante que parecía que hablaba con un desconocido.Federico ya no pudo ocultar el enojo y le soltó con un tono seco:—Naiara, ten cuidado con lo que dices. No es el lugar ni el momento para tus dramas.Mírale nada más.¡Cómo protegía a su querida hermana!Si tanto la quería defender, Naiara le iba a dar gusto.—Si ya lo hicieron, ¿de qué sirve ocultarlo?Mariela se sonrojó y su rostro se llenó de tristeza.—Naiara, entre Federico y yo no pasa nada de lo que piensas. ¿Puedes dejar de malinterpretarme? No quiero que vuelvan a pelear por mi culpa. Si lo hubiera sabido, no hubiera regresado.Ahora, con la voz temblorosa y a punto de llorar, daba lástima a cualquiera que la viera.La gente alrededor, incapaz de ver a Mariela en esa situación, empezó a atacar a Naiara.—Naiara, lo tuyo no tiene sentido. Federico y Mariela son hermanos, ¿ahora también te vas a poner celosa por eso?—¡Eso mismo! En estos tres años, todo ha sido porque no soportas a Mariela. Ella se fue del país solo para que tú y Federico estuvieran tranquilos, ¿vas a empezar otra vez con lo mismo?—Ten cuidado, porque si te pasas, Federico va a terminar dejándote....Naiara los miró a todos con una calma sorprendente, viendo cómo se indignaban por Mariela.Antes, por Federico, Naiara había soportado todo tipo de bromas y comentarios malintencionados de esa supuesta bola de amigos. Se hacía la que no escuchaba cuando la criticaban a sus espaldas, o cuando la ponían en ridículo frente a Federico.Pero esta vez, no estaba dispuesta a tolerarlo más.La mirada de Naiara era tan cortante que casi se podía sentir el filo.—¿Ahora resulta que una hermana puede estar pegada todo el día a su hermano y eso está bien? —arremetió, sin dejar espacio para dudas.—¿O qué, se les cruzaron los cables o les fascina ver romances prohibidos? Si quieren, no tengo problema en irme, y los dejo para que ellos hagan su show aquí.Todos se quedaron helados.Jamás imaginaron que Naiara, quien siempre se mostraba tranquila frente a Federico, fuera capaz de soltar palabras tan duras.Las cosas que decía se sentían como un golpe.—Naiara, ¿por qué tienes que humillarme así? —sollozó Mariela, a punto de romper en llanto, los ojos rojos de tanto aguantar. Parecía tan frágil, tan desamparada—. Si no te caigo bien, ni modo, pero Federico te adora y ha hecho de todo por ti. ¿Cómo puedes seguir insatisfecha?Naiara frunció el ceño.Quizá los demás no lo notaban, pero ella sabía perfectamente lo buena actriz que era Mariela.Llevaban diez años de conocerse, cinco de relación con Federico.El primer año, en su cumpleaños, Mariela le llamó a Federico diciendo que había tenido un accidente.El segundo año, en San Valentín, Mariela lloraba por teléfono porque había terminado con su novio y amenazaba con quitarse la vida.Tercera vez, cuarta vez...Siempre había mil excusas para que Federico corriera a donde estaba Mariela, y cada vez, él la dejaba plantada a ella.Hasta que, tres años atrás, Mariela decidió irse a vivir al extranjero por iniciativa propia.Federico y sus amigos terminaron convencidos de que Naiara la había orillado a irse.Con una mirada impasible, cargada de ironía, Naiara no apartó los ojos de Mariela.—¿En qué universo una relación normal entre hermanos hace que uno sacrifique algo tan importante como casarse? —reviró, sin titubear—. Aquí la única verdad es que ustedes dos se prestan para lo peor, y todavía tienen el descaro de voltearme la culpa y exigirme que sea la buena de la historia. ¿Por qué? ¿Por su falta de vergüenza?El color subió al rostro de Mariela, que no encontraba palabras y sólo podía llorar, las lágrimas corriéndole por las mejillas sin control.Federico, ya sin paciencia, le gritó a Naiara, el rostro rojo de coraje.—¡Ya basta, Naiara! ¿No ves que te estás pasando? —le reprochó, la voz cargada de rabia—. Solo es una firma, si hoy no se puede, pues lo hacemos en tu cumpleaños. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no puedes simplemente dejarlo pasar?¿Dejarlo pasar?Por supuesto que podía.Pero ya no quería.Naiara sintió una calma helada en su pecho.—Federico, terminamos.Un murmullo recorrió a todos los presentes.Federico se quedó pasmado unos segundos, el gesto torcido de incredulidad.—¿Otra vez con lo mismo? Hace tres años también me dijiste que terminábamos, y fue por eso que Mariela se fue del país, porque tenía miedo de que de verdad nos separáramos. ¿Ahora también quieres correrla? ¿Por qué eres tan calculadora, Naiara? Te dije que me iba a casar contigo, ¿por qué no puedes aceptar a Mariela? ¿Qué, quieres acabar con ella? Si sigues con esa actitud, yo tampoco me caso contigo.Mariela, sintiéndose protegida, bajó la cabeza, pero no pudo evitar que sus ojos destellaran con satisfacción.Naiara escuchó todo aquello y soltó una carcajada radiante, tan viva como una rosa floreciendo.—Perfecto, entonces no hay boda. Que no se haga este matrimonio.Sin mirar atrás, Naiara giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta.Federico la miró alejarse, y le lanzó un grito cargado de amenaza.—¡Naiara! Si te vas ahora mismo sin pedirle disculpas a Mariela, te juro que no te voy a perdonar nunca.Todos apostaban a que Naiara cedería, que terminaría disculpándose.Porque todo el mundo sabía cuánto amaba a Federico.Y, por un instante, así pareció.Naiara se detuvo, escaneó con la mirada a todos los presentes. Con voz firme y alta, levantó la mano y declaró:—Justo ahora que están todos aquí, les pido que sean testigos. Yo, Naiara, juro que hoy termino con Federico. Jamás nos casaremos; si llego a romper esta promesa, que él nunca tenga descendencia y que no encuentre paz en esta vida.Soltó esa sentencia y, sin darles tiempo a reaccionar, salió decidida del salón privado, ignorando las caras de sorpresa a su alrededor....Naiara no supo ni cómo logró pedir un carro por la app, ni cómo bloqueó en automático todo lo que tuviera que ver con Federico.Hasta que el sonido del celular la sacó de sus pensamientos.Vio el número en pantalla. Era desconocido, pero algo en él le resultaba familiar. El corazón le dio un vuelco.Al contestar, del otro lado se escuchó una voz masculina, profunda y cálida.—Si tienes ganas de casarte, ¿por qué no me consideras a mí?La voz burlona llegó hasta los oídos de Naiara, y le tomó un buen rato reaccionar.—Alfredo, ¿ahora te toca a ti después de que tu hermano me hizo la misma broma? —aventó, con ese dejo de molestia que siempre le salía sin filtro.Del otro lado de la línea estaba Alfredo Jurado, el hermano mayor de Federico.Cuando Naiara y Federico empezaron a andar, Alfredo nunca la trató bien. Ni una sonrisa, ni una palabra amable, puro hielo entre ellos.—Ya te dejaron plantada una vez, ¿te asusta que pase otra vez? —la voz de Alfredo sonó cargada de burla—. No parece propio de ti, siempre tan valiente.A Naiara le hervía la sangre con facilidad. No soportaba que la picaran.—Vamos, pues. ¿Quién dijo miedo? Pero aunque vaya contigo, seguro que la alcaldía ya cerró —replicó, solo por no quedarse callada.—Eso déjamelo a mí —contestó él, con ese tono que no admitía réplicas....Veinte minutos después.Naiara volvió a plantarse frente a la entrada de la alcaldía. Alfredo ya la esperaba allí, con su porte elegante, alto y seguro de sí. Su presencia imponía tanto que era difícil ignorarlo; no solo por la pinta, sino por el aura que cargaba encima.Federico ya era un tipo atractivo, pero al lado de Alfredo, quedaba en segundo plano.—Vaya, te atreviste de verdad —dijo Alfredo, media sonrisa torcida en los labios, los ojos oscuros chispeando con un toque travieso.Naiara, parada frente a él, ya no se sentía tan valiente como en la llamada. Bajó la guardia, aunque trató de disimularlo.—De nada sirve. Mira, ya hasta bajaron la cortina de la entrada.Alfredo alzó una ceja y miró la puerta detrás de ella.—¿De verdad quieres casarte conmigo? ¿Lo pensaste bien? —preguntó con voz grave.—Si tú no tienes miedo, ¿por qué habría de tenerlo yo? —le reviró Naiara, levantando la barbilla con terquedad.Pensaba que, si alguien debía sentir nervios, era él. Al fin y al cabo, ambos eran hermanos de sangre con Federico.—Eso sí es tener agallas.Por un segundo, a Alfredo se le escapó una expresión de aprobación, apenas un destello en la mirada, antes de tomarla de la muñeca y arrastrarla hacia adentro.Naiara se quedó helada. ¿De verdad...? ¿De verdad iban a hacerlo?De repente se detuvo, y Alfredo volteó a mirarla, arqueando una ceja.—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste?Naiara dudó un momento.—¿Por qué quieres casarte conmigo?Él soltó una risa corta.—Al final, hay que casarse, ¿no? Mejor con alguien que a la familia le cae bien, en vez de perder tiempo buscando a otra persona.Naiara ya no dijo nada más.Quizá era cosa de que sus familias llevaban años de conocerse. Los padres de la familia Jurado, igual que el abuelo, siempre la habían tratado con cariño. Así que lo de Alfredo tampoco era tan raro....No pasaron ni diez minutos.Ambos salieron de la alcaldía, cada uno con un acta de matrimonio en la mano.Naiara se quedó mirando la suya, todavía en shock, cuando la voz seca de Alfredo la sacó de su ensimismamiento.—Si te arrepientes, ya es tarde. Incluso si pides el divorcio ahora, hay que esperar un mes.¡Qué mala onda! Apenas casados, ¿y ya hablando de divorcio? Ni que fuera para tanto.Naiara le lanzó una mirada de fastidio, aunque la voz le salió más educada de lo que sentía.—Con que tú no te arrepientas, Alfredo.Bajó las escaleras, pero de pronto, Alfredo la sujetó y la atrajo hacia su pecho.Naiara quedó pegada contra él. Aunque medía un metro sesenta y siete, se sentía diminuta a su lado.El aroma a cedro que llevaba Alfredo la envolvió, haciéndole perder el ritmo del corazón. Sintió que las mejillas se le encendían.—¿A dónde vas? —la voz de Alfredo sonó profunda, justo sobre su cabeza.Naiara tardó unos segundos en recobrar la compostura y contestar, ajustando la respiración:—A casa, ¿a dónde más?—¿Apenas casados y ya te quieres separar de tu esposo?Alfredo la miró desde arriba; sus pestañas largas y oscuras, la piel clara, ese toque de rubor que le daba un aire tan inocente y a la vez tan enigmático.—...Se me olvidó.Naiara levantó la vista y se encontró con sus ojos. No notó el brillo extraño que pasaba por la mirada de Alfredo.Sin decir nada más, él la soltó y desvió la mirada.—Sígueme.Y se adelantó escaleras abajo. Naiara no pensó mucho y lo siguió. Total, ya eran esposos legales. ¿Qué podía pasar? Ni que la fueran a vender.Además, ahora su ex sería su cuñado. Solo de pensarlo, hasta le daban ganas de reírse....La casa estaba en Villa Nublaria Bahía Cobre, en la ladera de la montaña, donde el terreno valía oro. La mansión, aunque de apariencia sencilla, emanaba lujo en cada rincón.Capítulo 3—Oigan, señor Federico, hoy es el día para que te cases con Naiara Torres. ¿No vas a ir? ¿No te preocupa que se enoje contigo?—¿Quién no sabe que Naiara se pega como chicle? Aunque sepa que Federico no fue hoy por Mariela, ni así se atrevería a enojarse.—¡Exacto! Naiara nunca va a ser tan importante como Mariela. Desde siempre, Federico ha consentido más a Mariela…...La Mariela de la que hablaban se llamaba Mariela Jurado, la supuesta hermana de Federico Jurado.Naiara se quedó parada frente a la puerta del salón privado del hotel, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas.¡Ese era el hombre al que había amado durante tantos años! ¡Qué decepción tan grande!Apretó los puños, tanto que las uñas se le marcaron en las palmas.Pero ese dolor físico no era nada comparado con el que sentía por dentro.Inspiró profundo y empujó la puerta.—¡Pum!—De inmediato, el ambiente bullicioso se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.—Naiara…— exclamaron varios, sorprendidos.En la puerta, Naiara lucía impecable: piel clara, piernas largas, un vestido rosa que resaltaba su figura y el cabello medio recogido al estilo coreano, con una elegancia que robaba miradas.Pero sus ojos, en ese momento, estaban duros como el hielo. Miró de arriba abajo a Federico y Mariela y lanzó una pregunta mordaz:—Federico, ¿esta es la razón por la que no pudiste venir a casarte hoy?Por un momento, el rostro atractivo de Federico reflejó incomodidad. Se acercó a ella y dijo:—Podemos casarnos cualquier día. Hoy Mariela volvió del extranjero y, como su hermano, tengo que recibirla.Naiara dejó escapar una carcajada amarga.—¿De verdad? ¿El único aniversario de novios en todo el año tampoco te importa?—¿No lo sabes? Si no firmamos hoy, tendremos que esperar hasta el año que viene.Eso era lo que habían planeado juntos. Convertir su aniversario de novios en su aniversario de matrimonio, un solo día para celebrar todo, con un significado especial.Pero estaba claro que a Federico no le interesaba casarse con ella.La que él quería como esposa era Mariela.¡Su adorada amiga de la infancia!Quizá Federico notó su enojo, porque intentó tomarla del brazo.—No hagas esto aquí, vamos a platicar afuera y te explico.Naiara se soltó de inmediato.Justo entonces, Mariela intervino:—Naiara, perdóname. Fue mi culpa, no sabía que hoy iban a casarse.Habló con la cabeza baja, como si fuera la víctima, mostrando una cara de sufrida.Naiara siempre la había detestado, así que no le respondió.Mariela levantó la mirada, los ojos llenos de lágrimas, aparentando debilidad.—Naiara, discúlpame. De corazón les deseo lo mejor a ti y a Federico.¿Deseos? Naiara sonrió con sarcasmo.—¿Puedes dejar de fingir? Si de verdad quisieras vernos felices, ni se te habría ocurrido regresar.La cara de Federico se puso seria de inmediato.—Naiara, no tienes por qué ser tan dura.—¿Qué pasa? ¿Te dolió que criticara a tu consentida? —le lanzó una mirada tan distante que parecía que hablaba con un desconocido.Federico ya no pudo ocultar el enojo y le soltó con un tono seco:—Naiara, ten cuidado con lo que dices. No es el lugar ni el momento para tus dramas.Mírale nada más.¡Cómo protegía a su querida hermana!Si tanto la quería defender, Naiara le iba a dar gusto.—Si ya lo hicieron, ¿de qué sirve ocultarlo?Mariela se sonrojó y su rostro se llenó de tristeza.—Naiara, entre Federico y yo no pasa nada de lo que piensas. ¿Puedes dejar de malinterpretarme? No quiero que vuelvan a pelear por mi culpa. Si lo hubiera sabido, no hubiera regresado.Ahora, con la voz temblorosa y a punto de llorar, daba lástima a cualquiera que la viera.La gente alrededor, incapaz de ver a Mariela en esa situación, empezó a atacar a Naiara.—Naiara, lo tuyo no tiene sentido. Federico y Mariela son hermanos, ¿ahora también te vas a poner celosa por eso?—¡Eso mismo! En estos tres años, todo ha sido porque no soportas a Mariela. Ella se fue del país solo para que tú y Federico estuvieran tranquilos, ¿vas a empezar otra vez con lo mismo?—Ten cuidado, porque si te pasas, Federico va a terminar dejándote....Naiara los miró a todos con una calma sorprendente, viendo cómo se indignaban por Mariela.Antes, por Federico, Naiara había soportado todo tipo de bromas y comentarios malintencionados de esa supuesta bola de amigos. Se hacía la que no escuchaba cuando la criticaban a sus espaldas, o cuando la ponían en ridículo frente a Federico.Pero esta vez, no estaba dispuesta a tolerarlo más.La mirada de Naiara era tan cortante que casi se podía sentir el filo.—¿Ahora resulta que una hermana puede estar pegada todo el día a su hermano y eso está bien? —arremetió, sin dejar espacio para dudas.—¿O qué, se les cruzaron los cables o les fascina ver romances prohibidos? Si quieren, no tengo problema en irme, y los dejo para que ellos hagan su show aquí.Todos se quedaron helados.Jamás imaginaron que Naiara, quien siempre se mostraba tranquila frente a Federico, fuera capaz de soltar palabras tan duras.Las cosas que decía se sentían como un golpe.—Naiara, ¿por qué tienes que humillarme así? —sollozó Mariela, a punto de romper en llanto, los ojos rojos de tanto aguantar. Parecía tan frágil, tan desamparada—. Si no te caigo bien, ni modo, pero Federico te adora y ha hecho de todo por ti. ¿Cómo puedes seguir insatisfecha?Naiara frunció el ceño.Quizá los demás no lo notaban, pero ella sabía perfectamente lo buena actriz que era Mariela.Llevaban diez años de conocerse, cinco de relación con Federico.El primer año, en su cumpleaños, Mariela le llamó a Federico diciendo que había tenido un accidente.El segundo año, en San Valentín, Mariela lloraba por teléfono porque había terminado con su novio y amenazaba con quitarse la vida.Tercera vez, cuarta vez...Siempre había mil excusas para que Federico corriera a donde estaba Mariela, y cada vez, él la dejaba plantada a ella.Hasta que, tres años atrás, Mariela decidió irse a vivir al extranjero por iniciativa propia.Federico y sus amigos terminaron convencidos de que Naiara la había orillado a irse.Con una mirada impasible, cargada de ironía, Naiara no apartó los ojos de Mariela.—¿En qué universo una relación normal entre hermanos hace que uno sacrifique algo tan importante como casarse? —reviró, sin titubear—. Aquí la única verdad es que ustedes dos se prestan para lo peor, y todavía tienen el descaro de voltearme la culpa y exigirme que sea la buena de la historia. ¿Por qué? ¿Por su falta de vergüenza?El color subió al rostro de Mariela, que no encontraba palabras y sólo podía llorar, las lágrimas corriéndole por las mejillas sin control.Federico, ya sin paciencia, le gritó a Naiara, el rostro rojo de coraje.—¡Ya basta, Naiara! ¿No ves que te estás pasando? —le reprochó, la voz cargada de rabia—. Solo es una firma, si hoy no se puede, pues lo hacemos en tu cumpleaños. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no puedes simplemente dejarlo pasar?¿Dejarlo pasar?Por supuesto que podía.Pero ya no quería.Naiara sintió una calma helada en su pecho.—Federico, terminamos.Un murmullo recorrió a todos los presentes.Federico se quedó pasmado unos segundos, el gesto torcido de incredulidad.—¿Otra vez con lo mismo? Hace tres años también me dijiste que terminábamos, y fue por eso que Mariela se fue del país, porque tenía miedo de que de verdad nos separáramos. ¿Ahora también quieres correrla? ¿Por qué eres tan calculadora, Naiara? Te dije que me iba a casar contigo, ¿por qué no puedes aceptar a Mariela? ¿Qué, quieres acabar con ella? Si sigues con esa actitud, yo tampoco me caso contigo.Mariela, sintiéndose protegida, bajó la cabeza, pero no pudo evitar que sus ojos destellaran con satisfacción.Naiara escuchó todo aquello y soltó una carcajada radiante, tan viva como una rosa floreciendo.—Perfecto, entonces no hay boda. Que no se haga este matrimonio.Sin mirar atrás, Naiara giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta.Federico la miró alejarse, y le lanzó un grito cargado de amenaza.—¡Naiara! Si te vas ahora mismo sin pedirle disculpas a Mariela, te juro que no te voy a perdonar nunca.Todos apostaban a que Naiara cedería, que terminaría disculpándose.Porque todo el mundo sabía cuánto amaba a Federico.Y, por un instante, así pareció.Naiara se detuvo, escaneó con la mirada a todos los presentes. Con voz firme y alta, levantó la mano y declaró:—Justo ahora que están todos aquí, les pido que sean testigos. Yo, Naiara, juro que hoy termino con Federico. Jamás nos casaremos; si llego a romper esta promesa, que él nunca tenga descendencia y que no encuentre paz en esta vida.Soltó esa sentencia y, sin darles tiempo a reaccionar, salió decidida del salón privado, ignorando las caras de sorpresa a su alrededor....Naiara no supo ni cómo logró pedir un carro por la app, ni cómo bloqueó en automático todo lo que tuviera que ver con Federico.Hasta que el sonido del celular la sacó de sus pensamientos.Vio el número en pantalla. Era desconocido, pero algo en él le resultaba familiar. El corazón le dio un vuelco.Al contestar, del otro lado se escuchó una voz masculina, profunda y cálida.—Si tienes ganas de casarte, ¿por qué no me consideras a mí?La voz burlona llegó hasta los oídos de Naiara, y le tomó un buen rato reaccionar.—Alfredo, ¿ahora te toca a ti después de que tu hermano me hizo la misma broma? —aventó, con ese dejo de molestia que siempre le salía sin filtro.Del otro lado de la línea estaba Alfredo Jurado, el hermano mayor de Federico.Cuando Naiara y Federico empezaron a andar, Alfredo nunca la trató bien. Ni una sonrisa, ni una palabra amable, puro hielo entre ellos.—Ya te dejaron plantada una vez, ¿te asusta que pase otra vez? —la voz de Alfredo sonó cargada de burla—. No parece propio de ti, siempre tan valiente.A Naiara le hervía la sangre con facilidad. No soportaba que la picaran.—Vamos, pues. ¿Quién dijo miedo? Pero aunque vaya contigo, seguro que la alcaldía ya cerró —replicó, solo por no quedarse callada.—Eso déjamelo a mí —contestó él, con ese tono que no admitía réplicas....Veinte minutos después.Naiara volvió a plantarse frente a la entrada de la alcaldía. Alfredo ya la esperaba allí, con su porte elegante, alto y seguro de sí. Su presencia imponía tanto que era difícil ignorarlo; no solo por la pinta, sino por el aura que cargaba encima.Federico ya era un tipo atractivo, pero al lado de Alfredo, quedaba en segundo plano.—Vaya, te atreviste de verdad —dijo Alfredo, media sonrisa torcida en los labios, los ojos oscuros chispeando con un toque travieso.Naiara, parada frente a él, ya no se sentía tan valiente como en la llamada. Bajó la guardia, aunque trató de disimularlo.—De nada sirve. Mira, ya hasta bajaron la cortina de la entrada.Alfredo alzó una ceja y miró la puerta detrás de ella.—¿De verdad quieres casarte conmigo? ¿Lo pensaste bien? —preguntó con voz grave.—Si tú no tienes miedo, ¿por qué habría de tenerlo yo? —le reviró Naiara, levantando la barbilla con terquedad.Pensaba que, si alguien debía sentir nervios, era él. Al fin y al cabo, ambos eran hermanos de sangre con Federico.—Eso sí es tener agallas.Por un segundo, a Alfredo se le escapó una expresión de aprobación, apenas un destello en la mirada, antes de tomarla de la muñeca y arrastrarla hacia adentro.Naiara se quedó helada. ¿De verdad...? ¿De verdad iban a hacerlo?De repente se detuvo, y Alfredo volteó a mirarla, arqueando una ceja.—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste?Naiara dudó un momento.—¿Por qué quieres casarte conmigo?Él soltó una risa corta.—Al final, hay que casarse, ¿no? Mejor con alguien que a la familia le cae bien, en vez de perder tiempo buscando a otra persona.Naiara ya no dijo nada más.Quizá era cosa de que sus familias llevaban años de conocerse. Los padres de la familia Jurado, igual que el abuelo, siempre la habían tratado con cariño. Así que lo de Alfredo tampoco era tan raro....No pasaron ni diez minutos.Ambos salieron de la alcaldía, cada uno con un acta de matrimonio en la mano.Naiara se quedó mirando la suya, todavía en shock, cuando la voz seca de Alfredo la sacó de su ensimismamiento.—Si te arrepientes, ya es tarde. Incluso si pides el divorcio ahora, hay que esperar un mes.¡Qué mala onda! Apenas casados, ¿y ya hablando de divorcio? Ni que fuera para tanto.Naiara le lanzó una mirada de fastidio, aunque la voz le salió más educada de lo que sentía.—Con que tú no te arrepientas, Alfredo.Bajó las escaleras, pero de pronto, Alfredo la sujetó y la atrajo hacia su pecho.Naiara quedó pegada contra él. Aunque medía un metro sesenta y siete, se sentía diminuta a su lado.El aroma a cedro que llevaba Alfredo la envolvió, haciéndole perder el ritmo del corazón. Sintió que las mejillas se le encendían.—¿A dónde vas? —la voz de Alfredo sonó profunda, justo sobre su cabeza.Naiara tardó unos segundos en recobrar la compostura y contestar, ajustando la respiración:—A casa, ¿a dónde más?—¿Apenas casados y ya te quieres separar de tu esposo?Alfredo la miró desde arriba; sus pestañas largas y oscuras, la piel clara, ese toque de rubor que le daba un aire tan inocente y a la vez tan enigmático.—...Se me olvidó.Naiara levantó la vista y se encontró con sus ojos. No notó el brillo extraño que pasaba por la mirada de Alfredo.Sin decir nada más, él la soltó y desvió la mirada.—Sígueme.Y se adelantó escaleras abajo. Naiara no pensó mucho y lo siguió. Total, ya eran esposos legales. ¿Qué podía pasar? Ni que la fueran a vender.Además, ahora su ex sería su cuñado. Solo de pensarlo, hasta le daban ganas de reírse....La casa estaba en Villa Nublaria Bahía Cobre, en la ladera de la montaña, donde el terreno valía oro. La mansión, aunque de apariencia sencilla, emanaba lujo en cada rincón.