Beatriz Mariscal siempre tuvo claro que Ismael Zamudio guardaba en su corazón un espacio para otra persona: su prima Carlota Mariscal. En la celebración de cumpleaños de la abuela de Ismael, una noche llena de música de mariachi y piñatas coloridas, un grupo de enemigos irrumpió inesperadamente. En medio del caos, Beatriz, mostrando un coraje inigualable, sacrificó sus piernas para salvar a Ismael. La familia Zamudio, agradecida y deseando devolver el favor, decidió unir a Beatriz e Ismael en matrimonio. Sin embargo, los dos años que siguieron solo le trajeron a Beatriz un frío irreversible. Cuando Carlota regresó, impactando como un relámpago en una tormenta de verano, Beatriz no dudó en pedir el divorcio, dejando claro su sentir: “Ismael, tu gratitud me resulta amarga.”

Capítulo 1—¿Hoy es su aniversario de bodas?—Qué coincidencia, tu esposo está en mi cama.En el restaurante, Beatriz Mariscal sostenía su celular, mirando la foto en pantalla, con el semblante apagado, como si le hubieran arrancado las fuerzas.Tres minutos antes, una joven la había agregado a sus contactos, presentándose como la secretaria de Ismael Zamudio.Al aceptar la solicitud, lo que recibió fue un mensaje provocador y una foto descarada.En la imagen, dos personas desnudas se abrazaban en la cama.—¿Señorita? —Julio, de pie a su lado, notaba que ya casi daban las doce y el señor Zamudio no daba señales de regresar.Le echó una mirada cargada de compasión.—Guárdalo —dijo Beatriz, apagando la pantalla del celular.Con calma, avanzó su silla eléctrica para salir del comedor.Hoy se cumplían dos años desde que Beatriz y Ismael se casaron.La abuela de la familia Zamudio había organizado una cena a la luz de las velas, con la esperanza de que la pareja tuviera un momento de intimidad. Pero Beatriz sabía que Ismael no aparecería.Si hace dos años ni siquiera se presentó a la boda, ¿por qué vendría ahora, en su aniversario?Si no hubiera sido por meterse donde no la llamaban, tal vez no habría terminado perdiendo las piernas, e Ismael no habría tenido que casarse con ella a la fuerza.Y, desde luego, no habría pasado estos dos años en un matrimonio lleno de humillaciones y desaires.Antes de entrar al elevador, recordó algo. Detuvo la silla y preguntó:—¿Ya arreglaste lo que te pedí? Quiero que lo entregues mañana temprano en su oficina.—Sí —respondió Julio cabizbajo, con los ojos rojos, limpiándose una lágrima.Había visto crecer a esa muchacha. Siempre pensó que sería una mujer brillante y llena de vida, pero ahora… su destino sería la silla de ruedas.—Julio, para mí, esto es una liberación.—No llores.—Ay… está bien —Julio se apresuró a secarse el llanto, forzando una sonrisa....A la mañana siguiente, llegó con el sobre de documentos a las oficinas del Grupo Zamudio.En la recepción del primer piso ya lo conocían; al fin y al cabo, durante estos años había ido y venido muchas veces, siempre haciendo encargos para Beatriz.Esperó en la entrada de la oficina presidencial, en el último piso.Cerca de las nueve, las puertas del elevador privado se abrieron y salió Ismael, acompañado de su secretaria.—Señor.Ismael lo miró, frunciendo apenas el ceño.—¿Qué haces aquí?—La señorita me pidió que le entregara esto —dijo Julio, extendiendo el sobre.Ismael no lo tomó. Lo miró de arriba abajo, con una mirada distante.—¿Y esto qué es?—Véalo usted mismo —respondió Julio sin vacilar.La secretaria, siempre atenta a los ánimos de su jefe, intervino y tomó el sobre.—Julio, déjeme eso a mí. Yo lo pondré en el escritorio del señor Zamudio.Julio asintió.—Gracias.Ismael giró a punto de entrar a su despacho, pero Julio lo detuvo:—Señor, ayer fue su aniversario con la señorita.Los dedos de Ismael, colgando a su costado, se tensaron apenas.—Que la secretaria le regrese el regalo más tarde —soltó, sin mirarlo.—No…—¡Pum!— La puerta del despacho se cerró de golpe antes de que Julio pudiera terminar....—Señor Zamudio, los documentos —dijo la secretaria, dejando el sobre en el escritorio.Ismael asintió, sin agregar nada.Firmó los papeles que tenía delante. Luego, la secretaria regresó para llevárselos, incluyendo el sobre que Julio había traído, que quedó enterrado bajo una montaña de expedientes....[—Izan, ¿ya firmó el señor los documentos?]Julio seguía esperando afuera.Al ver a Izan salir con el montón de papeles, se acercó al instante, entendiendo la situación.—Izan, espera.Izan llevaba cinco años trabajando al lado de Ismael.Desde que Ismael asumió la gerencia general del Grupo Zamudio, hasta convertirse en presidente, Izan se había vuelto su mano derecha.Cuando Ismael no estaba, casi cualquier asunto interno del grupo podía dejarse en manos de Izan.—¿Es este el documento? —Izan sacó de la pila un archivo que le resultaba bastante familiar.—Justo ese, gracias por la ayuda, Izan —contestó Julio con un tono educado.Para Izan, aquello ya no era ninguna novedad. En los últimos dos años, rara vez había visto a la esposa del señor Zamudio fuera de la casa, pero los documentos que enviaban desde la mansión para que el señor Zamudio los firmara llegaban con frecuencia.Había de todo tipo, cosas absurdas y de lo más variado.A veces, hasta para autorizar que movieran un par de árboles en el jardín mandaban documentos para que el señor Zamudio los firmara.Al principio, él todavía se tomaba el tiempo para revisar cada archivo.Pero luego, al notar que todos los papeles venían de la familia Zamudio, ni siquiera los miraba.Quizá pensaba que esa mujer en silla de ruedas no podía causar ningún problema.Izan observó cómo Julio se alejaba.Apenas entró en su oficina y se dispuso a sentarse, vio por el rabillo del ojo una figura vestida de rojo intenso que pasó rápido por la puerta, y su corazón se aceleró.Por suerte, Julio ya se había ido...De lo contrario......Julio regresó a la mansión Zamudio con el archivo en la mano. Cuando se lo entregó a Beatriz, no pudo evitar sentir un poco de lástima.Beatriz intentó tomar el documento, pero Julio lo sostuvo con fuerza, impidiéndoselo.—Julio... —preguntó Beatriz, extrañada.—Bea, si te vas de aquí, ¿quién va a cuidarte después? —le soltó Julio con preocupación. La familia Mariscal era un lío, y antes del accidente, Beatriz todavía podía enfrentarse a ellos, pero ahora, ni siquiera podía ponerse de pie. ¿Cómo iba a sobrevivir entre esas fieras?Ella bajó la mirada, y sus palabras salieron con una pizca de burla, pero con un trasfondo tan seco que helaba el ambiente.—Julio, ¿qué crees que hizo Ismael para que pienses que él me va a proteger?¿Qué había hecho ese hombre, que ni siquiera figuraba como vivo en la casilla de “esposo”, para que Julio tuviera esa ilusión?Si al menos Ismael se hubiera limitado a no estorbar, Beatriz lo habría aguantado.Pero lo que más le dolía era que, además de no hacer nada, traía problemas de fuera y los dejaba caer sobre ella.Julio suspiró, resignado.Por fin soltó el archivo.Beatriz hojeó el montón de papeles. Entre tanto documento apilado, en la parte inferior, apareció un contrato de divorcio.Sin decir nada, lo guardó bien y lo escondió en el fondo del cajón de seguridad de su estudio.Justo cuando giraba la silla de ruedas para salir, una de las empleadas subió para avisar:—Señora, ha llegado la señora Zamudio.En estos dos años, Beatriz había tenido que soportar muchísimos desprecios frente a la señora Zamudio.La madre de Ismael, una figura famosa en Solsepia, era cantante de profesión. En su juventud, cuando el padre de Ismael acompañó al señor Zamudio a supervisar la empresa, entre la multitud la vio: alta, distinguida, una belleza notable. Pese a la oposición de todos, decidió casarse con Isabel Hermosillo.De actriz saltó a la alta sociedad, y con el tiempo, Isabel se ganó su lugar en el mundo del arte, llegando a ser toda una autoridad.Gente como ella, acostumbrada al arte y a la élite, veía por encima del hombro a los demás.Por eso, a Beatriz, en silla de ruedas, la soportaba menos que a nadie.El sonido de la silla de ruedas hizo que Isabel frunciera el ceño.Hasta que Valeria empujó a Beatriz al salón y ambas quedaron frente a frente.Isabel la miró como si estuviera viendo algo desagradable y cerró los ojos con fuerza.Se tomó un momento para calmarse antes de hablar.—¿Ismael volvió anoche a la casa?—No.Isabel no esperaba una respuesta tan directa y sin rodeos. Cualquier otra mujer se habría puesto nerviosa porque su esposo no regresó en su aniversario de bodas.Pero Beatriz ni se inmutó.Parecía que ni marido tenía.—Beatriz, ni siquiera sabes cómo retener a un hombre.—Es cierto que en su momento le salvaste la vida a Ismael, pero estos años la familia Zamudio te ha sostenido tanto a ti como a los Mariscal, creo que ya han pagado esa deuda. Mi hijo merece un futuro mucho mejor, no estar atado toda la vida a una inválida.—¿Inválida? —Beatriz soltó una risa cargada de ironía—. Señora Zamudio, no olvide por qué terminé así.—Si no hubiera sido por salvar a Ismael, yo no estaría...—¿Y acaso te pedimos que lo salvaras? ¿La familia Zamudio te rogó que lo hicieras? —Isabel la interrumpió sin piedad, alzando la voz y lanzando una mirada dura.Las palabras tranquilas eran como cuchillos, clavándose directo en el corazón de Beatriz.El lobo del clan Zhongshan.Cuando consigue lo que quiere, se vuelve arrogante.Eso describía perfectamente a la señora Zamudio.En aquel entonces, ella había salvado a Ismael. Isabel se quedó llorando frente a Beatriz, con los ojos llenos de lágrimas.Prometió que un día le devolvería el favor.Si no hubiera sido por Beatriz, probablemente Ismael ya estaría muerto.Una historia tan conmovedora que hasta las piedras habrían llorado.Pero cuando la abuela sugirió que Ismael se casara con ella...El llanto se detuvo de golpe.La mirada de Isabel se volvió filosa, como si quisiera atravesar a Beatriz con los ojos, deseando borrarla del mapa.Todo aquello seguía tan claro en su memoria, como si hubiera ocurrido ayer.Beatriz, sentada en su silla de ruedas, miraba hacia el cielo que comenzaba a oscurecerse.En Solsepia, la primavera daba paso al verano. El clima era impredecible: a veces caluroso, a veces fresco. Por la noche, una brisa fría recorría el pueblo, y sentarse bajo el alero podía llegar a ser incómodo.Una manta sobre los hombros, Valeria se le acercó y le habló con voz suave:—Ya no le des vueltas.—Es imposible —suspiró Beatriz, y su espalda, que siempre mantenía recta, perdió algo de firmeza.Sus padres habían muerto en un accidente de carro cuando ella tenía quince años. Creció al lado de su abuela. A los veintidós, cuando la anciana enfermó, Beatriz volvió a Solsepia desde el extranjero para visitarla. Nunca imaginó que, por azares de la vida, terminaría en medio de un secuestro de la familia Zamudio, perdiendo no solo la movilidad de sus piernas, sino también su propia libertad.—Vamos a cenar —dijo Valeria, quien la había visto crecer y, aun después de casarse, seguía cuidando de ella, velando por cada detalle.Empujó la silla de ruedas hasta la mesa. Beatriz tomó una toalla caliente y se limpió las manos.Con delicadeza, tomó cuchillo y tenedor para comenzar a comer. Sus movimientos pausados y refinados delataban su educación en una familia acomodada.Ella estaba destinada a brillar.Pero había caído desde lo más alto.Valeria no pudo seguir observando esa escena.Se dio la vuelta, ocupándose en limpiar la mesa, fingiendo que no pasaba nada.En ese momento, la puerta principal se abrió.El movimiento de Beatriz con los cubiertos se detuvo, aunque no los soltó.Ismael entró. Valeria se acercó para recibir su abrigo.—¿Ya cenó, señor? —preguntó Valeria.Ismael dirigió su mirada a Beatriz. Al ver que ella no levantaba la vista, su expresión se volvió más dura:—No he comido.La sombra de Ismael cayó sobre la mesa y, solo entonces, Beatriz levantó la cabeza.—¿Mi mamá vino en la tarde?—Sí —respondió ella con indiferencia.—¿De qué hablaron?Beatriz alzó la taza de sopa, sin apuro:—Lo de siempre: insultos, burlas, advertencias.Ismael conocía bien el carácter de su madre, así que no puso en duda las palabras de Beatriz.—No le hagas caso, no vale la pena —le aconsejó.Beatriz no tenía ganas de seguir platicando. Respondió con un simple "sí", dando por terminado el tema.Por lo general, Ismael tampoco solía alargar la conversación.Pero ese día, parecía tener ganas de hablar:—Óscar Naranjo abrió un club en la zona oeste de la ciudad. Inauguraron ayer. Nos juntamos varios, hubo tragos y por eso no regresé.Beatriz asintió:—Entiendo.—¿Te molestó?—Señor Zamudio —posó los cubiertos y lo miró—, no tengo motivos para enojarme por algo que pasa continuamente.—Beatriz, no tienes por qué hablarme con ese sarcasmo —la voz de Ismael sonó dura, su mirada pesaba como una losa—. Cuando tu familia me obligó a casarme contigo, debieron prever que esto terminaría así.—No somos pareja, no hay sentimientos, solo estamos aquí por una deuda. ¿Qué esperabas que saliera bien de esto?—Jamás esperé que esto tuviera un buen final —Beatriz le soltó con rabia.Si no fuera por él, ahora estaría sentada en el piso más alto del Grupo Mariscal, no postrada en una silla de ruedas.—Estoy cansada. Me voy a mi cuarto.Beatriz presionó el botón de su silla, dispuesta a marcharse.Capítulo 2—¿Hoy es su aniversario de bodas?—Qué coincidencia, tu esposo está en mi cama.En el restaurante, Beatriz Mariscal sostenía su celular, mirando la foto en pantalla, con el semblante apagado, como si le hubieran arrancado las fuerzas.Tres minutos antes, una joven la había agregado a sus contactos, presentándose como la secretaria de Ismael Zamudio.Al aceptar la solicitud, lo que recibió fue un mensaje provocador y una foto descarada.En la imagen, dos personas desnudas se abrazaban en la cama.—¿Señorita? —Julio, de pie a su lado, notaba que ya casi daban las doce y el señor Zamudio no daba señales de regresar.Le echó una mirada cargada de compasión.—Guárdalo —dijo Beatriz, apagando la pantalla del celular.Con calma, avanzó su silla eléctrica para salir del comedor.Hoy se cumplían dos años desde que Beatriz y Ismael se casaron.La abuela de la familia Zamudio había organizado una cena a la luz de las velas, con la esperanza de que la pareja tuviera un momento de intimidad. Pero Beatriz sabía que Ismael no aparecería.Si hace dos años ni siquiera se presentó a la boda, ¿por qué vendría ahora, en su aniversario?Si no hubiera sido por meterse donde no la llamaban, tal vez no habría terminado perdiendo las piernas, e Ismael no habría tenido que casarse con ella a la fuerza.Y, desde luego, no habría pasado estos dos años en un matrimonio lleno de humillaciones y desaires.Antes de entrar al elevador, recordó algo. Detuvo la silla y preguntó:—¿Ya arreglaste lo que te pedí? Quiero que lo entregues mañana temprano en su oficina.—Sí —respondió Julio cabizbajo, con los ojos rojos, limpiándose una lágrima.Había visto crecer a esa muchacha. Siempre pensó que sería una mujer brillante y llena de vida, pero ahora… su destino sería la silla de ruedas.—Julio, para mí, esto es una liberación.—No llores.—Ay… está bien —Julio se apresuró a secarse el llanto, forzando una sonrisa....A la mañana siguiente, llegó con el sobre de documentos a las oficinas del Grupo Zamudio.En la recepción del primer piso ya lo conocían; al fin y al cabo, durante estos años había ido y venido muchas veces, siempre haciendo encargos para Beatriz.Esperó en la entrada de la oficina presidencial, en el último piso.Cerca de las nueve, las puertas del elevador privado se abrieron y salió Ismael, acompañado de su secretaria.—Señor.Ismael lo miró, frunciendo apenas el ceño.—¿Qué haces aquí?—La señorita me pidió que le entregara esto —dijo Julio, extendiendo el sobre.Ismael no lo tomó. Lo miró de arriba abajo, con una mirada distante.—¿Y esto qué es?—Véalo usted mismo —respondió Julio sin vacilar.La secretaria, siempre atenta a los ánimos de su jefe, intervino y tomó el sobre.—Julio, déjeme eso a mí. Yo lo pondré en el escritorio del señor Zamudio.Julio asintió.—Gracias.Ismael giró a punto de entrar a su despacho, pero Julio lo detuvo:—Señor, ayer fue su aniversario con la señorita.Los dedos de Ismael, colgando a su costado, se tensaron apenas.—Que la secretaria le regrese el regalo más tarde —soltó, sin mirarlo.—No…—¡Pum!— La puerta del despacho se cerró de golpe antes de que Julio pudiera terminar....—Señor Zamudio, los documentos —dijo la secretaria, dejando el sobre en el escritorio.Ismael asintió, sin agregar nada.Firmó los papeles que tenía delante. Luego, la secretaria regresó para llevárselos, incluyendo el sobre que Julio había traído, que quedó enterrado bajo una montaña de expedientes....[—Izan, ¿ya firmó el señor los documentos?]Julio seguía esperando afuera.Al ver a Izan salir con el montón de papeles, se acercó al instante, entendiendo la situación.—Izan, espera.Izan llevaba cinco años trabajando al lado de Ismael.Desde que Ismael asumió la gerencia general del Grupo Zamudio, hasta convertirse en presidente, Izan se había vuelto su mano derecha.Cuando Ismael no estaba, casi cualquier asunto interno del grupo podía dejarse en manos de Izan.—¿Es este el documento? —Izan sacó de la pila un archivo que le resultaba bastante familiar.—Justo ese, gracias por la ayuda, Izan —contestó Julio con un tono educado.Para Izan, aquello ya no era ninguna novedad. En los últimos dos años, rara vez había visto a la esposa del señor Zamudio fuera de la casa, pero los documentos que enviaban desde la mansión para que el señor Zamudio los firmara llegaban con frecuencia.Había de todo tipo, cosas absurdas y de lo más variado.A veces, hasta para autorizar que movieran un par de árboles en el jardín mandaban documentos para que el señor Zamudio los firmara.Al principio, él todavía se tomaba el tiempo para revisar cada archivo.Pero luego, al notar que todos los papeles venían de la familia Zamudio, ni siquiera los miraba.Quizá pensaba que esa mujer en silla de ruedas no podía causar ningún problema.Izan observó cómo Julio se alejaba.Apenas entró en su oficina y se dispuso a sentarse, vio por el rabillo del ojo una figura vestida de rojo intenso que pasó rápido por la puerta, y su corazón se aceleró.Por suerte, Julio ya se había ido...De lo contrario......Julio regresó a la mansión Zamudio con el archivo en la mano. Cuando se lo entregó a Beatriz, no pudo evitar sentir un poco de lástima.Beatriz intentó tomar el documento, pero Julio lo sostuvo con fuerza, impidiéndoselo.—Julio... —preguntó Beatriz, extrañada.—Bea, si te vas de aquí, ¿quién va a cuidarte después? —le soltó Julio con preocupación. La familia Mariscal era un lío, y antes del accidente, Beatriz todavía podía enfrentarse a ellos, pero ahora, ni siquiera podía ponerse de pie. ¿Cómo iba a sobrevivir entre esas fieras?Ella bajó la mirada, y sus palabras salieron con una pizca de burla, pero con un trasfondo tan seco que helaba el ambiente.—Julio, ¿qué crees que hizo Ismael para que pienses que él me va a proteger?¿Qué había hecho ese hombre, que ni siquiera figuraba como vivo en la casilla de “esposo”, para que Julio tuviera esa ilusión?Si al menos Ismael se hubiera limitado a no estorbar, Beatriz lo habría aguantado.Pero lo que más le dolía era que, además de no hacer nada, traía problemas de fuera y los dejaba caer sobre ella.Julio suspiró, resignado.Por fin soltó el archivo.Beatriz hojeó el montón de papeles. Entre tanto documento apilado, en la parte inferior, apareció un contrato de divorcio.Sin decir nada, lo guardó bien y lo escondió en el fondo del cajón de seguridad de su estudio.Justo cuando giraba la silla de ruedas para salir, una de las empleadas subió para avisar:—Señora, ha llegado la señora Zamudio.En estos dos años, Beatriz había tenido que soportar muchísimos desprecios frente a la señora Zamudio.La madre de Ismael, una figura famosa en Solsepia, era cantante de profesión. En su juventud, cuando el padre de Ismael acompañó al señor Zamudio a supervisar la empresa, entre la multitud la vio: alta, distinguida, una belleza notable. Pese a la oposición de todos, decidió casarse con Isabel Hermosillo.De actriz saltó a la alta sociedad, y con el tiempo, Isabel se ganó su lugar en el mundo del arte, llegando a ser toda una autoridad.Gente como ella, acostumbrada al arte y a la élite, veía por encima del hombro a los demás.Por eso, a Beatriz, en silla de ruedas, la soportaba menos que a nadie.El sonido de la silla de ruedas hizo que Isabel frunciera el ceño.Hasta que Valeria empujó a Beatriz al salón y ambas quedaron frente a frente.Isabel la miró como si estuviera viendo algo desagradable y cerró los ojos con fuerza.Se tomó un momento para calmarse antes de hablar.—¿Ismael volvió anoche a la casa?—No.Isabel no esperaba una respuesta tan directa y sin rodeos. Cualquier otra mujer se habría puesto nerviosa porque su esposo no regresó en su aniversario de bodas.Pero Beatriz ni se inmutó.Parecía que ni marido tenía.—Beatriz, ni siquiera sabes cómo retener a un hombre.—Es cierto que en su momento le salvaste la vida a Ismael, pero estos años la familia Zamudio te ha sostenido tanto a ti como a los Mariscal, creo que ya han pagado esa deuda. Mi hijo merece un futuro mucho mejor, no estar atado toda la vida a una inválida.—¿Inválida? —Beatriz soltó una risa cargada de ironía—. Señora Zamudio, no olvide por qué terminé así.—Si no hubiera sido por salvar a Ismael, yo no estaría...—¿Y acaso te pedimos que lo salvaras? ¿La familia Zamudio te rogó que lo hicieras? —Isabel la interrumpió sin piedad, alzando la voz y lanzando una mirada dura.Las palabras tranquilas eran como cuchillos, clavándose directo en el corazón de Beatriz.El lobo del clan Zhongshan.Cuando consigue lo que quiere, se vuelve arrogante.Eso describía perfectamente a la señora Zamudio.En aquel entonces, ella había salvado a Ismael. Isabel se quedó llorando frente a Beatriz, con los ojos llenos de lágrimas.Prometió que un día le devolvería el favor.Si no hubiera sido por Beatriz, probablemente Ismael ya estaría muerto.Una historia tan conmovedora que hasta las piedras habrían llorado.Pero cuando la abuela sugirió que Ismael se casara con ella...El llanto se detuvo de golpe.La mirada de Isabel se volvió filosa, como si quisiera atravesar a Beatriz con los ojos, deseando borrarla del mapa.Todo aquello seguía tan claro en su memoria, como si hubiera ocurrido ayer.Beatriz, sentada en su silla de ruedas, miraba hacia el cielo que comenzaba a oscurecerse.En Solsepia, la primavera daba paso al verano. El clima era impredecible: a veces caluroso, a veces fresco. Por la noche, una brisa fría recorría el pueblo, y sentarse bajo el alero podía llegar a ser incómodo.Una manta sobre los hombros, Valeria se le acercó y le habló con voz suave:—Ya no le des vueltas.—Es imposible —suspiró Beatriz, y su espalda, que siempre mantenía recta, perdió algo de firmeza.Sus padres habían muerto en un accidente de carro cuando ella tenía quince años. Creció al lado de su abuela. A los veintidós, cuando la anciana enfermó, Beatriz volvió a Solsepia desde el extranjero para visitarla. Nunca imaginó que, por azares de la vida, terminaría en medio de un secuestro de la familia Zamudio, perdiendo no solo la movilidad de sus piernas, sino también su propia libertad.—Vamos a cenar —dijo Valeria, quien la había visto crecer y, aun después de casarse, seguía cuidando de ella, velando por cada detalle.Empujó la silla de ruedas hasta la mesa. Beatriz tomó una toalla caliente y se limpió las manos.Con delicadeza, tomó cuchillo y tenedor para comenzar a comer. Sus movimientos pausados y refinados delataban su educación en una familia acomodada.Ella estaba destinada a brillar.Pero había caído desde lo más alto.Valeria no pudo seguir observando esa escena.Se dio la vuelta, ocupándose en limpiar la mesa, fingiendo que no pasaba nada.En ese momento, la puerta principal se abrió.El movimiento de Beatriz con los cubiertos se detuvo, aunque no los soltó.Ismael entró. Valeria se acercó para recibir su abrigo.—¿Ya cenó, señor? —preguntó Valeria.Ismael dirigió su mirada a Beatriz. Al ver que ella no levantaba la vista, su expresión se volvió más dura:—No he comido.La sombra de Ismael cayó sobre la mesa y, solo entonces, Beatriz levantó la cabeza.—¿Mi mamá vino en la tarde?—Sí —respondió ella con indiferencia.—¿De qué hablaron?Beatriz alzó la taza de sopa, sin apuro:—Lo de siempre: insultos, burlas, advertencias.Ismael conocía bien el carácter de su madre, así que no puso en duda las palabras de Beatriz.—No le hagas caso, no vale la pena —le aconsejó.Beatriz no tenía ganas de seguir platicando. Respondió con un simple "sí", dando por terminado el tema.Por lo general, Ismael tampoco solía alargar la conversación.Pero ese día, parecía tener ganas de hablar:—Óscar Naranjo abrió un club en la zona oeste de la ciudad. Inauguraron ayer. Nos juntamos varios, hubo tragos y por eso no regresé.Beatriz asintió:—Entiendo.—¿Te molestó?—Señor Zamudio —posó los cubiertos y lo miró—, no tengo motivos para enojarme por algo que pasa continuamente.—Beatriz, no tienes por qué hablarme con ese sarcasmo —la voz de Ismael sonó dura, su mirada pesaba como una losa—. Cuando tu familia me obligó a casarme contigo, debieron prever que esto terminaría así.—No somos pareja, no hay sentimientos, solo estamos aquí por una deuda. ¿Qué esperabas que saliera bien de esto?—Jamás esperé que esto tuviera un buen final —Beatriz le soltó con rabia.Si no fuera por él, ahora estaría sentada en el piso más alto del Grupo Mariscal, no postrada en una silla de ruedas.—Estoy cansada. Me voy a mi cuarto.Beatriz presionó el botón de su silla, dispuesta a marcharse.Capítulo 3—¿Hoy es su aniversario de bodas?—Qué coincidencia, tu esposo está en mi cama.En el restaurante, Beatriz Mariscal sostenía su celular, mirando la foto en pantalla, con el semblante apagado, como si le hubieran arrancado las fuerzas.Tres minutos antes, una joven la había agregado a sus contactos, presentándose como la secretaria de Ismael Zamudio.Al aceptar la solicitud, lo que recibió fue un mensaje provocador y una foto descarada.En la imagen, dos personas desnudas se abrazaban en la cama.—¿Señorita? —Julio, de pie a su lado, notaba que ya casi daban las doce y el señor Zamudio no daba señales de regresar.Le echó una mirada cargada de compasión.—Guárdalo —dijo Beatriz, apagando la pantalla del celular.Con calma, avanzó su silla eléctrica para salir del comedor.Hoy se cumplían dos años desde que Beatriz y Ismael se casaron.La abuela de la familia Zamudio había organizado una cena a la luz de las velas, con la esperanza de que la pareja tuviera un momento de intimidad. Pero Beatriz sabía que Ismael no aparecería.Si hace dos años ni siquiera se presentó a la boda, ¿por qué vendría ahora, en su aniversario?Si no hubiera sido por meterse donde no la llamaban, tal vez no habría terminado perdiendo las piernas, e Ismael no habría tenido que casarse con ella a la fuerza.Y, desde luego, no habría pasado estos dos años en un matrimonio lleno de humillaciones y desaires.Antes de entrar al elevador, recordó algo. Detuvo la silla y preguntó:—¿Ya arreglaste lo que te pedí? Quiero que lo entregues mañana temprano en su oficina.—Sí —respondió Julio cabizbajo, con los ojos rojos, limpiándose una lágrima.Había visto crecer a esa muchacha. Siempre pensó que sería una mujer brillante y llena de vida, pero ahora… su destino sería la silla de ruedas.—Julio, para mí, esto es una liberación.—No llores.—Ay… está bien —Julio se apresuró a secarse el llanto, forzando una sonrisa....A la mañana siguiente, llegó con el sobre de documentos a las oficinas del Grupo Zamudio.En la recepción del primer piso ya lo conocían; al fin y al cabo, durante estos años había ido y venido muchas veces, siempre haciendo encargos para Beatriz.Esperó en la entrada de la oficina presidencial, en el último piso.Cerca de las nueve, las puertas del elevador privado se abrieron y salió Ismael, acompañado de su secretaria.—Señor.Ismael lo miró, frunciendo apenas el ceño.—¿Qué haces aquí?—La señorita me pidió que le entregara esto —dijo Julio, extendiendo el sobre.Ismael no lo tomó. Lo miró de arriba abajo, con una mirada distante.—¿Y esto qué es?—Véalo usted mismo —respondió Julio sin vacilar.La secretaria, siempre atenta a los ánimos de su jefe, intervino y tomó el sobre.—Julio, déjeme eso a mí. Yo lo pondré en el escritorio del señor Zamudio.Julio asintió.—Gracias.Ismael giró a punto de entrar a su despacho, pero Julio lo detuvo:—Señor, ayer fue su aniversario con la señorita.Los dedos de Ismael, colgando a su costado, se tensaron apenas.—Que la secretaria le regrese el regalo más tarde —soltó, sin mirarlo.—No…—¡Pum!— La puerta del despacho se cerró de golpe antes de que Julio pudiera terminar....—Señor Zamudio, los documentos —dijo la secretaria, dejando el sobre en el escritorio.Ismael asintió, sin agregar nada.Firmó los papeles que tenía delante. Luego, la secretaria regresó para llevárselos, incluyendo el sobre que Julio había traído, que quedó enterrado bajo una montaña de expedientes....[—Izan, ¿ya firmó el señor los documentos?]Julio seguía esperando afuera.Al ver a Izan salir con el montón de papeles, se acercó al instante, entendiendo la situación.—Izan, espera.Izan llevaba cinco años trabajando al lado de Ismael.Desde que Ismael asumió la gerencia general del Grupo Zamudio, hasta convertirse en presidente, Izan se había vuelto su mano derecha.Cuando Ismael no estaba, casi cualquier asunto interno del grupo podía dejarse en manos de Izan.—¿Es este el documento? —Izan sacó de la pila un archivo que le resultaba bastante familiar.—Justo ese, gracias por la ayuda, Izan —contestó Julio con un tono educado.Para Izan, aquello ya no era ninguna novedad. En los últimos dos años, rara vez había visto a la esposa del señor Zamudio fuera de la casa, pero los documentos que enviaban desde la mansión para que el señor Zamudio los firmara llegaban con frecuencia.Había de todo tipo, cosas absurdas y de lo más variado.A veces, hasta para autorizar que movieran un par de árboles en el jardín mandaban documentos para que el señor Zamudio los firmara.Al principio, él todavía se tomaba el tiempo para revisar cada archivo.Pero luego, al notar que todos los papeles venían de la familia Zamudio, ni siquiera los miraba.Quizá pensaba que esa mujer en silla de ruedas no podía causar ningún problema.Izan observó cómo Julio se alejaba.Apenas entró en su oficina y se dispuso a sentarse, vio por el rabillo del ojo una figura vestida de rojo intenso que pasó rápido por la puerta, y su corazón se aceleró.Por suerte, Julio ya se había ido...De lo contrario......Julio regresó a la mansión Zamudio con el archivo en la mano. Cuando se lo entregó a Beatriz, no pudo evitar sentir un poco de lástima.Beatriz intentó tomar el documento, pero Julio lo sostuvo con fuerza, impidiéndoselo.—Julio... —preguntó Beatriz, extrañada.—Bea, si te vas de aquí, ¿quién va a cuidarte después? —le soltó Julio con preocupación. La familia Mariscal era un lío, y antes del accidente, Beatriz todavía podía enfrentarse a ellos, pero ahora, ni siquiera podía ponerse de pie. ¿Cómo iba a sobrevivir entre esas fieras?Ella bajó la mirada, y sus palabras salieron con una pizca de burla, pero con un trasfondo tan seco que helaba el ambiente.—Julio, ¿qué crees que hizo Ismael para que pienses que él me va a proteger?¿Qué había hecho ese hombre, que ni siquiera figuraba como vivo en la casilla de “esposo”, para que Julio tuviera esa ilusión?Si al menos Ismael se hubiera limitado a no estorbar, Beatriz lo habría aguantado.Pero lo que más le dolía era que, además de no hacer nada, traía problemas de fuera y los dejaba caer sobre ella.Julio suspiró, resignado.Por fin soltó el archivo.Beatriz hojeó el montón de papeles. Entre tanto documento apilado, en la parte inferior, apareció un contrato de divorcio.Sin decir nada, lo guardó bien y lo escondió en el fondo del cajón de seguridad de su estudio.Justo cuando giraba la silla de ruedas para salir, una de las empleadas subió para avisar:—Señora, ha llegado la señora Zamudio.En estos dos años, Beatriz había tenido que soportar muchísimos desprecios frente a la señora Zamudio.La madre de Ismael, una figura famosa en Solsepia, era cantante de profesión. En su juventud, cuando el padre de Ismael acompañó al señor Zamudio a supervisar la empresa, entre la multitud la vio: alta, distinguida, una belleza notable. Pese a la oposición de todos, decidió casarse con Isabel Hermosillo.De actriz saltó a la alta sociedad, y con el tiempo, Isabel se ganó su lugar en el mundo del arte, llegando a ser toda una autoridad.Gente como ella, acostumbrada al arte y a la élite, veía por encima del hombro a los demás.Por eso, a Beatriz, en silla de ruedas, la soportaba menos que a nadie.El sonido de la silla de ruedas hizo que Isabel frunciera el ceño.Hasta que Valeria empujó a Beatriz al salón y ambas quedaron frente a frente.Isabel la miró como si estuviera viendo algo desagradable y cerró los ojos con fuerza.Se tomó un momento para calmarse antes de hablar.—¿Ismael volvió anoche a la casa?—No.Isabel no esperaba una respuesta tan directa y sin rodeos. Cualquier otra mujer se habría puesto nerviosa porque su esposo no regresó en su aniversario de bodas.Pero Beatriz ni se inmutó.Parecía que ni marido tenía.—Beatriz, ni siquiera sabes cómo retener a un hombre.—Es cierto que en su momento le salvaste la vida a Ismael, pero estos años la familia Zamudio te ha sostenido tanto a ti como a los Mariscal, creo que ya han pagado esa deuda. Mi hijo merece un futuro mucho mejor, no estar atado toda la vida a una inválida.—¿Inválida? —Beatriz soltó una risa cargada de ironía—. Señora Zamudio, no olvide por qué terminé así.—Si no hubiera sido por salvar a Ismael, yo no estaría...—¿Y acaso te pedimos que lo salvaras? ¿La familia Zamudio te rogó que lo hicieras? —Isabel la interrumpió sin piedad, alzando la voz y lanzando una mirada dura.Las palabras tranquilas eran como cuchillos, clavándose directo en el corazón de Beatriz.El lobo del clan Zhongshan.Cuando consigue lo que quiere, se vuelve arrogante.Eso describía perfectamente a la señora Zamudio.En aquel entonces, ella había salvado a Ismael. Isabel se quedó llorando frente a Beatriz, con los ojos llenos de lágrimas.Prometió que un día le devolvería el favor.Si no hubiera sido por Beatriz, probablemente Ismael ya estaría muerto.Una historia tan conmovedora que hasta las piedras habrían llorado.Pero cuando la abuela sugirió que Ismael se casara con ella...El llanto se detuvo de golpe.La mirada de Isabel se volvió filosa, como si quisiera atravesar a Beatriz con los ojos, deseando borrarla del mapa.Todo aquello seguía tan claro en su memoria, como si hubiera ocurrido ayer.Beatriz, sentada en su silla de ruedas, miraba hacia el cielo que comenzaba a oscurecerse.En Solsepia, la primavera daba paso al verano. El clima era impredecible: a veces caluroso, a veces fresco. Por la noche, una brisa fría recorría el pueblo, y sentarse bajo el alero podía llegar a ser incómodo.Una manta sobre los hombros, Valeria se le acercó y le habló con voz suave:—Ya no le des vueltas.—Es imposible —suspiró Beatriz, y su espalda, que siempre mantenía recta, perdió algo de firmeza.Sus padres habían muerto en un accidente de carro cuando ella tenía quince años. Creció al lado de su abuela. A los veintidós, cuando la anciana enfermó, Beatriz volvió a Solsepia desde el extranjero para visitarla. Nunca imaginó que, por azares de la vida, terminaría en medio de un secuestro de la familia Zamudio, perdiendo no solo la movilidad de sus piernas, sino también su propia libertad.—Vamos a cenar —dijo Valeria, quien la había visto crecer y, aun después de casarse, seguía cuidando de ella, velando por cada detalle.Empujó la silla de ruedas hasta la mesa. Beatriz tomó una toalla caliente y se limpió las manos.Con delicadeza, tomó cuchillo y tenedor para comenzar a comer. Sus movimientos pausados y refinados delataban su educación en una familia acomodada.Ella estaba destinada a brillar.Pero había caído desde lo más alto.Valeria no pudo seguir observando esa escena.Se dio la vuelta, ocupándose en limpiar la mesa, fingiendo que no pasaba nada.En ese momento, la puerta principal se abrió.El movimiento de Beatriz con los cubiertos se detuvo, aunque no los soltó.Ismael entró. Valeria se acercó para recibir su abrigo.—¿Ya cenó, señor? —preguntó Valeria.Ismael dirigió su mirada a Beatriz. Al ver que ella no levantaba la vista, su expresión se volvió más dura:—No he comido.La sombra de Ismael cayó sobre la mesa y, solo entonces, Beatriz levantó la cabeza.—¿Mi mamá vino en la tarde?—Sí —respondió ella con indiferencia.—¿De qué hablaron?Beatriz alzó la taza de sopa, sin apuro:—Lo de siempre: insultos, burlas, advertencias.Ismael conocía bien el carácter de su madre, así que no puso en duda las palabras de Beatriz.—No le hagas caso, no vale la pena —le aconsejó.Beatriz no tenía ganas de seguir platicando. Respondió con un simple "sí", dando por terminado el tema.Por lo general, Ismael tampoco solía alargar la conversación.Pero ese día, parecía tener ganas de hablar:—Óscar Naranjo abrió un club en la zona oeste de la ciudad. Inauguraron ayer. Nos juntamos varios, hubo tragos y por eso no regresé.Beatriz asintió:—Entiendo.—¿Te molestó?—Señor Zamudio —posó los cubiertos y lo miró—, no tengo motivos para enojarme por algo que pasa continuamente.—Beatriz, no tienes por qué hablarme con ese sarcasmo —la voz de Ismael sonó dura, su mirada pesaba como una losa—. Cuando tu familia me obligó a casarme contigo, debieron prever que esto terminaría así.—No somos pareja, no hay sentimientos, solo estamos aquí por una deuda. ¿Qué esperabas que saliera bien de esto?—Jamás esperé que esto tuviera un buen final —Beatriz le soltó con rabia.Si no fuera por él, ahora estaría sentada en el piso más alto del Grupo Mariscal, no postrada en una silla de ruedas.—Estoy cansada. Me voy a mi cuarto.Beatriz presionó el botón de su silla, dispuesta a marcharse.

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