Capítulo 1Cuando a Dolores Blancas le dieron el diagnóstico de cáncer, en el fondo no se sorprendió.Su madre había partido de la misma manera. Desde entonces, se había preparado para ese golpe.Sin embargo, al menos su madre le había permitido llegar al mundo.Pero el pequeño ser que crecía en su vientre… dudaba que pudiera salvarlo....—¿Señorita Blancas? ¿Señorita Blancas?El doctor Luis la llamó varias veces antes de que Dolores reaccionara. Cuando por fin habló, su voz sonó áspera, como si le costara trabajo sacar las palabras.—Perdón.Se había desmayado en la calle y unos desconocidos la llevaron al hospital. El dolor en su vientre no cedía, como si le retorcieran las entrañas.Luis echó un vistazo hacia el pasillo, tragándose algo que parecía querer decir.Ahí, la figura delgada de Dolores yacía sola en la cama. Ni un familiar, ni un amigo, nadie a su lado.—Por como están tus análisis y tu estado general, tenemos que hacer una cirugía para interrumpir el embarazo de inmediato. Si no, podrías perder la vida en cualquier momento. Llama a algún familiar para que firme, vamos a programar la cirugía ya.¿Familiar?Dolores bajó la mirada, su expresión se ensombreció.—¿Puedo firmar un consentimiento yo misma? Dame el formato, yo lo firmo.Luis cruzó los brazos y arrugó la frente.—¿De verdad entiendes el riesgo? Si algo sale mal, no podemos hacernos responsables de esto.Dolores tomó su celular, dudó un momento y al final marcó ese número que ya conocía de memoria.Antes, sin importar si la situación era grave o trivial, bastaba una llamada para que Bautista Herrera apareciera a su lado.Quién diría que ahora, todo cambiaría tan rápido.El teléfono timbró siete, ocho veces antes de que alguien contestara.Del otro lado, la voz del hombre sonó baja y ya cargada de fastidio.—¿Qué pasa?Esa indiferencia atravesó la bocina y heló el corazón de Dolores. Apretó el celular con fuerza, los nudillos blancos, aguantando el dolor que le estallaba en el vientre.—Bautista, estoy en el Hospital San Salvador. ¿Podrías… venir a firmar un papel?No le contó que tenía cáncer. Tampoco que el bebé no sobreviviría.Seguía aferrándose a una pequeña esperanza, como si aún pudiera cambiar algo.—No puedo ir.Bautista estaba con Silvia Ayala en ese momento, acompañándola a terapia psicológica. Su respuesta fue cortante, y estuvo a punto de colgar.Dolores apretó los labios. Los hombros le temblaron y, por un instante, su piel palideció aún más.—Si firmas, me divorcio de ti.Bautista soltó una risa seca, su voz grave y áspera, como si cada palabra llevara una espina.—No gastes tu energía, Dolores. Ya te lo dije: después de que nazca el bebé, firmo el divorcio. No es tu decisión.El silencio llenó la habitación. La voz de Bautista, tan dura, retumbó en el teléfono.Luis miró a Dolores con compasión, pero ella fingió no notar la mirada.Sí, Bautista solo seguía atado a ese matrimonio por el bebé que aún no llegaba al mundo.Y ella, por su parte, había guardado su dignidad solo para no dejar que su hijo creciera sin padre, como le sucedió a ella.Pero ahora, el bebé ya no estaba.Ese matrimonio, para ambos, había perdido todo sentido.Dolores sintió que el pecho se le desgarraba. El calor le subió a los ojos y estuvo a punto de hablar, pero la interrumpió una voz ajena que salió del teléfono.—¿Quién es el familiar de la señorita Silvia Ayala?De inmediato, Bautista contestó con voz firme y controlada:—Yo soy.Dolores tembló. Con los ojos llenos de lágrimas, esbozó una pequeña sonrisa.Era como si una cuerda que la mantenía en pie finalmente se hubiera roto.Todo se volvió negro frente a ella. Perdió el conocimiento y el olor a sangre empezó a llenar la habitación.—¡Paciente en shock por hemorragia masiva! ¡Preparen quirófano de ginecología!Bautista estaba a punto de colgar cuando alcanzó a escuchar el ruido confuso por el celular; después, solo quedó el tono de llamada.Guardó su inquietud tras una expresión serena. Su mirada, afilada y calmada como siempre, cruzó la puerta de la sala de terapia y entró....Hospital San Salvador.Dolores sintió que caía en un sueño larguísimo, donde no dejaba de llorar.Sin embargo, todas sus lágrimas caían en las manos cálidas de Bautista.Él la consolaba con voz suave, paciente, como si su ternura no tuviera fin.Un dolor punzante la sacudió, y en medio de esa tormenta, Dolores abrió los ojos. La luz blanca del techo la cegaba, obligándola a entrecerrar los párpados.No podía distinguir si el dolor era mayor en su cuerpo o en su alma.¿De qué servía haber amado tantos años?Recordó: ella y Bautista estaban a punto de divorciarse.Antes, cuando se caía, Bautista se desesperaba y la cargaba para que ni siquiera rozara el suelo.Ahora, la habían llevado a cirugía… y él ni siquiera se había molestado en llamar.Una enfermera entró para la revisión de rutina.—Señorita Blancas, ¿ya despertó? ¿Siente dolor en algún lado?Dolores negó con la cabeza, el rostro tan pálido que parecía desaparecer, tan frágil que el más leve suspiro la habría desvanecido.La enfermera acomodó un poco la cama y ajustó la velocidad del suero.—Tu familiar ya llegó, está afuera haciendo los trámites. En un momento entra.Dolores alzó la mirada, un destello de esperanza fugaz bailó en sus ojos.¿Había venido?Se escucharon pasos acercándose, y la voz de Luis resonó desde la puerta.—…La próxima vez llega temprano, mira cómo está tu esposa, no es momento de berrinches.La puerta se abrió. El corazón de Dolores golpeó frenético, paralizándola.Un hombre, con expresión insegura, venía tras Luis. Apenas la vio, se le iluminó el rostro.—¿Dolores, ya despertaste?Por un instante, Dolores se quedó en blanco. Sintió algo rompiéndosele en el pecho, una ilusión desmoronada.No era él. ¿Cómo iba a ser Bautista?No podía creer que todavía tuviera esperanzas.Disimuló sus emociones tras una sonrisa forzada.—Valen, ¿tú qué haces aquí?El visitante era Valentín Lemus, el cuidador de su abuelo.El chico, con sus jeans y sudadera gris, parecía cualquier estudiante universitario. En las manos traía un montón de recibos y análisis médicos. Había corrido tanto que el sudor le perlaba la frente.Valentín notó cómo la chispa en los ojos de Dolores se apagó en un segundo.Él sabía que no era a quien Dolores esperaba.Valen intentó mostrarse animado y sonrió.—Ya dejé a alguien encargado en el asilo, no te preocupes por tu abuelo.Dolores aceptó el vaso de agua que le ofrecía y asintió en silencio.—Gracias.Luis le dio un par de indicaciones a Valentín y salió.El silencio llenó la habitación, grueso y pesado.Valentín se sentó junto a la cama y trató de sonar despreocupado.—Lo de tu enfermedad… Luis ya me contó. Primero intenta con el tratamiento, si no, vemos la quimioterapia. Lo de la compatibilidad de médula, lo buscaremos con calma.Dolores apartó la mirada, enfocándose en la ventana. Sus ojos parecían un lago sin vida.—Buscar un donante es como encontrar una aguja en un pajar, Valen. Mejor ya no insistas… no hace falta.No se atrevía a tocar su vientre, ya plano.Había perdido a otro ser querido.Después de la muerte de su madre, su abuelo era lo único que le quedaba.Pero la mayoría del tiempo, su abuelo ya ni la reconocía.En ese mundo solitario, Bautista había sido su única luz.Hace un año, la hija adoptiva de la familia Herrera, Silvia, tuvo un accidente. Para colmo, la acusaron de intento de asesinato.Bautista, que siempre la defendía, le creyó a Silvia y le pidió el divorcio.Dolores bajó la mirada, contemplando sus manos vacías.En el fondo, ella también era una huérfana más.Valentín vio el cansancio en su rostro y dejó de hablar. Se levantó y arropó con cuidado a Dolores, acomodándole la sábana.De pronto, la puerta se abrió de golpe. Unas pisadas pesadas se detuvieron en la entrada.Dolores miró por encima del hombro de Valentín y vio a un hombre de traje negro, con el ceño fruncido, parado en el umbral.La voz de Bautista retumbó en la habitación, dura, con una mirada que traspasaba a Valentín como si fuera un intruso, con una mueca desdeñosa en los labios.—¿Así que este es tu motivo para deshacerte del bebé, Dolores?La atmósfera en la habitación del hospital se volvió tan tensa que casi se podía cortar con un cuchillo.Dolores, con los ojos enrojecidos por el llanto, miraba a Bautista mientras apretaba las sábanas, sumida en un silencio desgarrador.Valentín, al darse la vuelta y ver quién había entrado, cambió la expresión de inmediato y se colocó frente a la cama, protegiendo a Dolores.—¿A qué vienes?Bautista ni siquiera se dignó a responderle; solo lanzó una mirada cortante, como una puñalada que atravesaba el aire.Valentín se quedó desconcertado, pero no dio un paso atrás.Dolores sabía bien que Bautista tenía conexiones poderosas en Clarosol, y no quería arrastrar a Valentín a más problemas.Le puso la mano en el brazo, dándole una palmada suave.—No pasa nada, déjame hablar con él.Bautista observó la mano de Dolores sobre el brazo de Valentín, y su rostro se tensó aún más, la mandíbula apretada con furia y un evidente desagrado. Por dentro, se recriminaba haber sentido compasión por esa mujer.Pensó en cómo, hacía nada, Dolores parecía dispuesta a morir antes que aceptar el divorcio, pero ahora se rendía sin pelear. ¿Será que estaba tan desesperada por deshacerse del hijo porque ya tenía un nuevo amor? Todo cuadraba. Así que por eso se había apresurado a perder al bebé.El silencio se apoderó del cuarto, hasta que Luis abrió la puerta.Al ver el ambiente, dudó un segundo antes de asomar la cabeza y llamar a Valentín.—Familiar del paciente, señor Lemus, ¿puede salir un momento? Faltan algunas firmas en los papeles.¿Familiar del paciente?Bautista soltó una risa burlona, entre rabia y desprecio.¡Él y Dolores ni siquiera estaban divorciados!Valentín miró a Dolores por última vez, y al ver su gesto, decidió no insistir más. Salió, y al cruzar la puerta, se topó de frente con Bautista. Se miraron, pero ninguno cedió. Finalmente, Valentín salió. La puerta se cerró tras él, devolviendo el silencio a la habitación.Dolores sentía una mezcla de vacío y resignación. Ya ni siquiera tenía fuerzas para defenderse.—Bautista, quiero que nos divorciemos.El rostro de Bautista se endureció aún más. Su mirada cayó en el vientre de Dolores, y en ese momento su expresión se llenó de una crueldad apenas contenida.Dolores se enderezó con dificultad y sacó los papeles del divorcio, que ya tenía preparados. El simple movimiento le arrancó el color del rostro y su frente se cubrió de sudor, que caía en gotas gruesas por su cuello.Bautista la miró impasible, los brazos cruzados. Nada en su semblante delataba emoción alguna.Ella le acercó los documentos.—Este es el acuerdo de divorcio. Cuando salga de aquí, iremos a firmar los papeles.En ese instante, ya no le importaban muchas cosas.Bautista tomó los papeles y la miró sin la más mínima calidez. Pasó las hojas con sus dedos largos y elegantes, cada vez más rápido, hasta que de repente los aventó de regreso a Dolores con un golpe seco. Su voz cargada de sarcasmo.—¿Así que quieres recuperar los bienes de la familia Blancas?Dolores levantó el rostro, enfrentando su mirada con terquedad.—Solo quiero lo que por derecho me corresponde.Los ojos oscuros de Bautista destilaban odio, burla, celos y algo más que Dolores no lograba descifrar.Bautista avanzó con paso largo y seguro, su figura imponente cubriendo la cama donde Dolores, tan diminuta y frágil, parecía encogerse aún más.—Fue la familia Herrera la que pagó todas las deudas de los Blancas. Esa familia ya ni existe. Dolores, tú nunca tuviste nada.Las palabras de Bautista le calaron hasta los huesos. Dolores temblaba, los hombros delgados estremeciéndose.En ese momento, se dio cuenta de que, en efecto, no tenía nada.Al ver cómo le afectaban sus palabras, Bautista dejó escapar una sonrisa juguetona, entre satisfacción y amargura. Se frotó el anillo en el dedo sin darse cuenta.—¿Así que perdiste al bebé y aceptas el divorcio por él?Dolores levantó la cabeza y soltó una risa amarga.—Aunque te dijera que no es así, sé que no me creerías, señor Herrera.Los ojos de Bautista ardían de rabia.Sin previo aviso, extendió la mano y le apretó la barbilla a Dolores, haciéndola jadear de dolor.—No te olvides que aún hay cuentas pendientes entre tú y yo.Dolores intentó zafarse, pero la mano de Bautista era como un grillete. A pesar del dolor en el vientre, alzó la mirada y, apretando los dientes, le habló.—El accidente de Silvia no fue mi culpa.La mirada de Bautista se volvió aún más dura. Apretó con más fuerza y su voz sonó cortante.—Ese asunto ya quedó resuelto. Por tu culpa, Silvia no puede bailar más y tampoco podrá tener hijos. Si no fuera porque ella se negó a denunciarte, ahora mismo estarías en la cárcel.Capítulo 2Cuando a Dolores Blancas le dieron el diagnóstico de cáncer, en el fondo no se sorprendió.Su madre había partido de la misma manera. Desde entonces, se había preparado para ese golpe.Sin embargo, al menos su madre le había permitido llegar al mundo.Pero el pequeño ser que crecía en su vientre… dudaba que pudiera salvarlo....—¿Señorita Blancas? ¿Señorita Blancas?El doctor Luis la llamó varias veces antes de que Dolores reaccionara. Cuando por fin habló, su voz sonó áspera, como si le costara trabajo sacar las palabras.—Perdón.Se había desmayado en la calle y unos desconocidos la llevaron al hospital. El dolor en su vientre no cedía, como si le retorcieran las entrañas.Luis echó un vistazo hacia el pasillo, tragándose algo que parecía querer decir.Ahí, la figura delgada de Dolores yacía sola en la cama. Ni un familiar, ni un amigo, nadie a su lado.—Por como están tus análisis y tu estado general, tenemos que hacer una cirugía para interrumpir el embarazo de inmediato. Si no, podrías perder la vida en cualquier momento. Llama a algún familiar para que firme, vamos a programar la cirugía ya.¿Familiar?Dolores bajó la mirada, su expresión se ensombreció.—¿Puedo firmar un consentimiento yo misma? Dame el formato, yo lo firmo.Luis cruzó los brazos y arrugó la frente.—¿De verdad entiendes el riesgo? Si algo sale mal, no podemos hacernos responsables de esto.Dolores tomó su celular, dudó un momento y al final marcó ese número que ya conocía de memoria.Antes, sin importar si la situación era grave o trivial, bastaba una llamada para que Bautista Herrera apareciera a su lado.Quién diría que ahora, todo cambiaría tan rápido.El teléfono timbró siete, ocho veces antes de que alguien contestara.Del otro lado, la voz del hombre sonó baja y ya cargada de fastidio.—¿Qué pasa?Esa indiferencia atravesó la bocina y heló el corazón de Dolores. Apretó el celular con fuerza, los nudillos blancos, aguantando el dolor que le estallaba en el vientre.—Bautista, estoy en el Hospital San Salvador. ¿Podrías… venir a firmar un papel?No le contó que tenía cáncer. Tampoco que el bebé no sobreviviría.Seguía aferrándose a una pequeña esperanza, como si aún pudiera cambiar algo.—No puedo ir.Bautista estaba con Silvia Ayala en ese momento, acompañándola a terapia psicológica. Su respuesta fue cortante, y estuvo a punto de colgar.Dolores apretó los labios. Los hombros le temblaron y, por un instante, su piel palideció aún más.—Si firmas, me divorcio de ti.Bautista soltó una risa seca, su voz grave y áspera, como si cada palabra llevara una espina.—No gastes tu energía, Dolores. Ya te lo dije: después de que nazca el bebé, firmo el divorcio. No es tu decisión.El silencio llenó la habitación. La voz de Bautista, tan dura, retumbó en el teléfono.Luis miró a Dolores con compasión, pero ella fingió no notar la mirada.Sí, Bautista solo seguía atado a ese matrimonio por el bebé que aún no llegaba al mundo.Y ella, por su parte, había guardado su dignidad solo para no dejar que su hijo creciera sin padre, como le sucedió a ella.Pero ahora, el bebé ya no estaba.Ese matrimonio, para ambos, había perdido todo sentido.Dolores sintió que el pecho se le desgarraba. El calor le subió a los ojos y estuvo a punto de hablar, pero la interrumpió una voz ajena que salió del teléfono.—¿Quién es el familiar de la señorita Silvia Ayala?De inmediato, Bautista contestó con voz firme y controlada:—Yo soy.Dolores tembló. Con los ojos llenos de lágrimas, esbozó una pequeña sonrisa.Era como si una cuerda que la mantenía en pie finalmente se hubiera roto.Todo se volvió negro frente a ella. Perdió el conocimiento y el olor a sangre empezó a llenar la habitación.—¡Paciente en shock por hemorragia masiva! ¡Preparen quirófano de ginecología!Bautista estaba a punto de colgar cuando alcanzó a escuchar el ruido confuso por el celular; después, solo quedó el tono de llamada.Guardó su inquietud tras una expresión serena. Su mirada, afilada y calmada como siempre, cruzó la puerta de la sala de terapia y entró....Hospital San Salvador.Dolores sintió que caía en un sueño larguísimo, donde no dejaba de llorar.Sin embargo, todas sus lágrimas caían en las manos cálidas de Bautista.Él la consolaba con voz suave, paciente, como si su ternura no tuviera fin.Un dolor punzante la sacudió, y en medio de esa tormenta, Dolores abrió los ojos. La luz blanca del techo la cegaba, obligándola a entrecerrar los párpados.No podía distinguir si el dolor era mayor en su cuerpo o en su alma.¿De qué servía haber amado tantos años?Recordó: ella y Bautista estaban a punto de divorciarse.Antes, cuando se caía, Bautista se desesperaba y la cargaba para que ni siquiera rozara el suelo.Ahora, la habían llevado a cirugía… y él ni siquiera se había molestado en llamar.Una enfermera entró para la revisión de rutina.—Señorita Blancas, ¿ya despertó? ¿Siente dolor en algún lado?Dolores negó con la cabeza, el rostro tan pálido que parecía desaparecer, tan frágil que el más leve suspiro la habría desvanecido.La enfermera acomodó un poco la cama y ajustó la velocidad del suero.—Tu familiar ya llegó, está afuera haciendo los trámites. En un momento entra.Dolores alzó la mirada, un destello de esperanza fugaz bailó en sus ojos.¿Había venido?Se escucharon pasos acercándose, y la voz de Luis resonó desde la puerta.—…La próxima vez llega temprano, mira cómo está tu esposa, no es momento de berrinches.La puerta se abrió. El corazón de Dolores golpeó frenético, paralizándola.Un hombre, con expresión insegura, venía tras Luis. Apenas la vio, se le iluminó el rostro.—¿Dolores, ya despertaste?Por un instante, Dolores se quedó en blanco. Sintió algo rompiéndosele en el pecho, una ilusión desmoronada.No era él. ¿Cómo iba a ser Bautista?No podía creer que todavía tuviera esperanzas.Disimuló sus emociones tras una sonrisa forzada.—Valen, ¿tú qué haces aquí?El visitante era Valentín Lemus, el cuidador de su abuelo.El chico, con sus jeans y sudadera gris, parecía cualquier estudiante universitario. En las manos traía un montón de recibos y análisis médicos. Había corrido tanto que el sudor le perlaba la frente.Valentín notó cómo la chispa en los ojos de Dolores se apagó en un segundo.Él sabía que no era a quien Dolores esperaba.Valen intentó mostrarse animado y sonrió.—Ya dejé a alguien encargado en el asilo, no te preocupes por tu abuelo.Dolores aceptó el vaso de agua que le ofrecía y asintió en silencio.—Gracias.Luis le dio un par de indicaciones a Valentín y salió.El silencio llenó la habitación, grueso y pesado.Valentín se sentó junto a la cama y trató de sonar despreocupado.—Lo de tu enfermedad… Luis ya me contó. Primero intenta con el tratamiento, si no, vemos la quimioterapia. Lo de la compatibilidad de médula, lo buscaremos con calma.Dolores apartó la mirada, enfocándose en la ventana. Sus ojos parecían un lago sin vida.—Buscar un donante es como encontrar una aguja en un pajar, Valen. Mejor ya no insistas… no hace falta.No se atrevía a tocar su vientre, ya plano.Había perdido a otro ser querido.Después de la muerte de su madre, su abuelo era lo único que le quedaba.Pero la mayoría del tiempo, su abuelo ya ni la reconocía.En ese mundo solitario, Bautista había sido su única luz.Hace un año, la hija adoptiva de la familia Herrera, Silvia, tuvo un accidente. Para colmo, la acusaron de intento de asesinato.Bautista, que siempre la defendía, le creyó a Silvia y le pidió el divorcio.Dolores bajó la mirada, contemplando sus manos vacías.En el fondo, ella también era una huérfana más.Valentín vio el cansancio en su rostro y dejó de hablar. Se levantó y arropó con cuidado a Dolores, acomodándole la sábana.De pronto, la puerta se abrió de golpe. Unas pisadas pesadas se detuvieron en la entrada.Dolores miró por encima del hombro de Valentín y vio a un hombre de traje negro, con el ceño fruncido, parado en el umbral.La voz de Bautista retumbó en la habitación, dura, con una mirada que traspasaba a Valentín como si fuera un intruso, con una mueca desdeñosa en los labios.—¿Así que este es tu motivo para deshacerte del bebé, Dolores?La atmósfera en la habitación del hospital se volvió tan tensa que casi se podía cortar con un cuchillo.Dolores, con los ojos enrojecidos por el llanto, miraba a Bautista mientras apretaba las sábanas, sumida en un silencio desgarrador.Valentín, al darse la vuelta y ver quién había entrado, cambió la expresión de inmediato y se colocó frente a la cama, protegiendo a Dolores.—¿A qué vienes?Bautista ni siquiera se dignó a responderle; solo lanzó una mirada cortante, como una puñalada que atravesaba el aire.Valentín se quedó desconcertado, pero no dio un paso atrás.Dolores sabía bien que Bautista tenía conexiones poderosas en Clarosol, y no quería arrastrar a Valentín a más problemas.Le puso la mano en el brazo, dándole una palmada suave.—No pasa nada, déjame hablar con él.Bautista observó la mano de Dolores sobre el brazo de Valentín, y su rostro se tensó aún más, la mandíbula apretada con furia y un evidente desagrado. Por dentro, se recriminaba haber sentido compasión por esa mujer.Pensó en cómo, hacía nada, Dolores parecía dispuesta a morir antes que aceptar el divorcio, pero ahora se rendía sin pelear. ¿Será que estaba tan desesperada por deshacerse del hijo porque ya tenía un nuevo amor? Todo cuadraba. Así que por eso se había apresurado a perder al bebé.El silencio se apoderó del cuarto, hasta que Luis abrió la puerta.Al ver el ambiente, dudó un segundo antes de asomar la cabeza y llamar a Valentín.—Familiar del paciente, señor Lemus, ¿puede salir un momento? Faltan algunas firmas en los papeles.¿Familiar del paciente?Bautista soltó una risa burlona, entre rabia y desprecio.¡Él y Dolores ni siquiera estaban divorciados!Valentín miró a Dolores por última vez, y al ver su gesto, decidió no insistir más. Salió, y al cruzar la puerta, se topó de frente con Bautista. Se miraron, pero ninguno cedió. Finalmente, Valentín salió. La puerta se cerró tras él, devolviendo el silencio a la habitación.Dolores sentía una mezcla de vacío y resignación. Ya ni siquiera tenía fuerzas para defenderse.—Bautista, quiero que nos divorciemos.El rostro de Bautista se endureció aún más. Su mirada cayó en el vientre de Dolores, y en ese momento su expresión se llenó de una crueldad apenas contenida.Dolores se enderezó con dificultad y sacó los papeles del divorcio, que ya tenía preparados. El simple movimiento le arrancó el color del rostro y su frente se cubrió de sudor, que caía en gotas gruesas por su cuello.Bautista la miró impasible, los brazos cruzados. Nada en su semblante delataba emoción alguna.Ella le acercó los documentos.—Este es el acuerdo de divorcio. Cuando salga de aquí, iremos a firmar los papeles.En ese instante, ya no le importaban muchas cosas.Bautista tomó los papeles y la miró sin la más mínima calidez. Pasó las hojas con sus dedos largos y elegantes, cada vez más rápido, hasta que de repente los aventó de regreso a Dolores con un golpe seco. Su voz cargada de sarcasmo.—¿Así que quieres recuperar los bienes de la familia Blancas?Dolores levantó el rostro, enfrentando su mirada con terquedad.—Solo quiero lo que por derecho me corresponde.Los ojos oscuros de Bautista destilaban odio, burla, celos y algo más que Dolores no lograba descifrar.Bautista avanzó con paso largo y seguro, su figura imponente cubriendo la cama donde Dolores, tan diminuta y frágil, parecía encogerse aún más.—Fue la familia Herrera la que pagó todas las deudas de los Blancas. Esa familia ya ni existe. Dolores, tú nunca tuviste nada.Las palabras de Bautista le calaron hasta los huesos. Dolores temblaba, los hombros delgados estremeciéndose.En ese momento, se dio cuenta de que, en efecto, no tenía nada.Al ver cómo le afectaban sus palabras, Bautista dejó escapar una sonrisa juguetona, entre satisfacción y amargura. Se frotó el anillo en el dedo sin darse cuenta.—¿Así que perdiste al bebé y aceptas el divorcio por él?Dolores levantó la cabeza y soltó una risa amarga.—Aunque te dijera que no es así, sé que no me creerías, señor Herrera.Los ojos de Bautista ardían de rabia.Sin previo aviso, extendió la mano y le apretó la barbilla a Dolores, haciéndola jadear de dolor.—No te olvides que aún hay cuentas pendientes entre tú y yo.Dolores intentó zafarse, pero la mano de Bautista era como un grillete. A pesar del dolor en el vientre, alzó la mirada y, apretando los dientes, le habló.—El accidente de Silvia no fue mi culpa.La mirada de Bautista se volvió aún más dura. Apretó con más fuerza y su voz sonó cortante.—Ese asunto ya quedó resuelto. Por tu culpa, Silvia no puede bailar más y tampoco podrá tener hijos. Si no fuera porque ella se negó a denunciarte, ahora mismo estarías en la cárcel.Capítulo 3Cuando a Dolores Blancas le dieron el diagnóstico de cáncer, en el fondo no se sorprendió.Su madre había partido de la misma manera. Desde entonces, se había preparado para ese golpe.Sin embargo, al menos su madre le había permitido llegar al mundo.Pero el pequeño ser que crecía en su vientre… dudaba que pudiera salvarlo....—¿Señorita Blancas? ¿Señorita Blancas?El doctor Luis la llamó varias veces antes de que Dolores reaccionara. Cuando por fin habló, su voz sonó áspera, como si le costara trabajo sacar las palabras.—Perdón.Se había desmayado en la calle y unos desconocidos la llevaron al hospital. El dolor en su vientre no cedía, como si le retorcieran las entrañas.Luis echó un vistazo hacia el pasillo, tragándose algo que parecía querer decir.Ahí, la figura delgada de Dolores yacía sola en la cama. Ni un familiar, ni un amigo, nadie a su lado.—Por como están tus análisis y tu estado general, tenemos que hacer una cirugía para interrumpir el embarazo de inmediato. Si no, podrías perder la vida en cualquier momento. Llama a algún familiar para que firme, vamos a programar la cirugía ya.¿Familiar?Dolores bajó la mirada, su expresión se ensombreció.—¿Puedo firmar un consentimiento yo misma? Dame el formato, yo lo firmo.Luis cruzó los brazos y arrugó la frente.—¿De verdad entiendes el riesgo? Si algo sale mal, no podemos hacernos responsables de esto.Dolores tomó su celular, dudó un momento y al final marcó ese número que ya conocía de memoria.Antes, sin importar si la situación era grave o trivial, bastaba una llamada para que Bautista Herrera apareciera a su lado.Quién diría que ahora, todo cambiaría tan rápido.El teléfono timbró siete, ocho veces antes de que alguien contestara.Del otro lado, la voz del hombre sonó baja y ya cargada de fastidio.—¿Qué pasa?Esa indiferencia atravesó la bocina y heló el corazón de Dolores. Apretó el celular con fuerza, los nudillos blancos, aguantando el dolor que le estallaba en el vientre.—Bautista, estoy en el Hospital San Salvador. ¿Podrías… venir a firmar un papel?No le contó que tenía cáncer. Tampoco que el bebé no sobreviviría.Seguía aferrándose a una pequeña esperanza, como si aún pudiera cambiar algo.—No puedo ir.Bautista estaba con Silvia Ayala en ese momento, acompañándola a terapia psicológica. Su respuesta fue cortante, y estuvo a punto de colgar.Dolores apretó los labios. Los hombros le temblaron y, por un instante, su piel palideció aún más.—Si firmas, me divorcio de ti.Bautista soltó una risa seca, su voz grave y áspera, como si cada palabra llevara una espina.—No gastes tu energía, Dolores. Ya te lo dije: después de que nazca el bebé, firmo el divorcio. No es tu decisión.El silencio llenó la habitación. La voz de Bautista, tan dura, retumbó en el teléfono.Luis miró a Dolores con compasión, pero ella fingió no notar la mirada.Sí, Bautista solo seguía atado a ese matrimonio por el bebé que aún no llegaba al mundo.Y ella, por su parte, había guardado su dignidad solo para no dejar que su hijo creciera sin padre, como le sucedió a ella.Pero ahora, el bebé ya no estaba.Ese matrimonio, para ambos, había perdido todo sentido.Dolores sintió que el pecho se le desgarraba. El calor le subió a los ojos y estuvo a punto de hablar, pero la interrumpió una voz ajena que salió del teléfono.—¿Quién es el familiar de la señorita Silvia Ayala?De inmediato, Bautista contestó con voz firme y controlada:—Yo soy.Dolores tembló. Con los ojos llenos de lágrimas, esbozó una pequeña sonrisa.Era como si una cuerda que la mantenía en pie finalmente se hubiera roto.Todo se volvió negro frente a ella. Perdió el conocimiento y el olor a sangre empezó a llenar la habitación.—¡Paciente en shock por hemorragia masiva! ¡Preparen quirófano de ginecología!Bautista estaba a punto de colgar cuando alcanzó a escuchar el ruido confuso por el celular; después, solo quedó el tono de llamada.Guardó su inquietud tras una expresión serena. Su mirada, afilada y calmada como siempre, cruzó la puerta de la sala de terapia y entró....Hospital San Salvador.Dolores sintió que caía en un sueño larguísimo, donde no dejaba de llorar.Sin embargo, todas sus lágrimas caían en las manos cálidas de Bautista.Él la consolaba con voz suave, paciente, como si su ternura no tuviera fin.Un dolor punzante la sacudió, y en medio de esa tormenta, Dolores abrió los ojos. La luz blanca del techo la cegaba, obligándola a entrecerrar los párpados.No podía distinguir si el dolor era mayor en su cuerpo o en su alma.¿De qué servía haber amado tantos años?Recordó: ella y Bautista estaban a punto de divorciarse.Antes, cuando se caía, Bautista se desesperaba y la cargaba para que ni siquiera rozara el suelo.Ahora, la habían llevado a cirugía… y él ni siquiera se había molestado en llamar.Una enfermera entró para la revisión de rutina.—Señorita Blancas, ¿ya despertó? ¿Siente dolor en algún lado?Dolores negó con la cabeza, el rostro tan pálido que parecía desaparecer, tan frágil que el más leve suspiro la habría desvanecido.La enfermera acomodó un poco la cama y ajustó la velocidad del suero.—Tu familiar ya llegó, está afuera haciendo los trámites. En un momento entra.Dolores alzó la mirada, un destello de esperanza fugaz bailó en sus ojos.¿Había venido?Se escucharon pasos acercándose, y la voz de Luis resonó desde la puerta.—…La próxima vez llega temprano, mira cómo está tu esposa, no es momento de berrinches.La puerta se abrió. El corazón de Dolores golpeó frenético, paralizándola.Un hombre, con expresión insegura, venía tras Luis. Apenas la vio, se le iluminó el rostro.—¿Dolores, ya despertaste?Por un instante, Dolores se quedó en blanco. Sintió algo rompiéndosele en el pecho, una ilusión desmoronada.No era él. ¿Cómo iba a ser Bautista?No podía creer que todavía tuviera esperanzas.Disimuló sus emociones tras una sonrisa forzada.—Valen, ¿tú qué haces aquí?El visitante era Valentín Lemus, el cuidador de su abuelo.El chico, con sus jeans y sudadera gris, parecía cualquier estudiante universitario. En las manos traía un montón de recibos y análisis médicos. Había corrido tanto que el sudor le perlaba la frente.Valentín notó cómo la chispa en los ojos de Dolores se apagó en un segundo.Él sabía que no era a quien Dolores esperaba.Valen intentó mostrarse animado y sonrió.—Ya dejé a alguien encargado en el asilo, no te preocupes por tu abuelo.Dolores aceptó el vaso de agua que le ofrecía y asintió en silencio.—Gracias.Luis le dio un par de indicaciones a Valentín y salió.El silencio llenó la habitación, grueso y pesado.Valentín se sentó junto a la cama y trató de sonar despreocupado.—Lo de tu enfermedad… Luis ya me contó. Primero intenta con el tratamiento, si no, vemos la quimioterapia. Lo de la compatibilidad de médula, lo buscaremos con calma.Dolores apartó la mirada, enfocándose en la ventana. Sus ojos parecían un lago sin vida.—Buscar un donante es como encontrar una aguja en un pajar, Valen. Mejor ya no insistas… no hace falta.No se atrevía a tocar su vientre, ya plano.Había perdido a otro ser querido.Después de la muerte de su madre, su abuelo era lo único que le quedaba.Pero la mayoría del tiempo, su abuelo ya ni la reconocía.En ese mundo solitario, Bautista había sido su única luz.Hace un año, la hija adoptiva de la familia Herrera, Silvia, tuvo un accidente. Para colmo, la acusaron de intento de asesinato.Bautista, que siempre la defendía, le creyó a Silvia y le pidió el divorcio.Dolores bajó la mirada, contemplando sus manos vacías.En el fondo, ella también era una huérfana más.Valentín vio el cansancio en su rostro y dejó de hablar. Se levantó y arropó con cuidado a Dolores, acomodándole la sábana.De pronto, la puerta se abrió de golpe. Unas pisadas pesadas se detuvieron en la entrada.Dolores miró por encima del hombro de Valentín y vio a un hombre de traje negro, con el ceño fruncido, parado en el umbral.La voz de Bautista retumbó en la habitación, dura, con una mirada que traspasaba a Valentín como si fuera un intruso, con una mueca desdeñosa en los labios.—¿Así que este es tu motivo para deshacerte del bebé, Dolores?La atmósfera en la habitación del hospital se volvió tan tensa que casi se podía cortar con un cuchillo.Dolores, con los ojos enrojecidos por el llanto, miraba a Bautista mientras apretaba las sábanas, sumida en un silencio desgarrador.Valentín, al darse la vuelta y ver quién había entrado, cambió la expresión de inmediato y se colocó frente a la cama, protegiendo a Dolores.—¿A qué vienes?Bautista ni siquiera se dignó a responderle; solo lanzó una mirada cortante, como una puñalada que atravesaba el aire.Valentín se quedó desconcertado, pero no dio un paso atrás.Dolores sabía bien que Bautista tenía conexiones poderosas en Clarosol, y no quería arrastrar a Valentín a más problemas.Le puso la mano en el brazo, dándole una palmada suave.—No pasa nada, déjame hablar con él.Bautista observó la mano de Dolores sobre el brazo de Valentín, y su rostro se tensó aún más, la mandíbula apretada con furia y un evidente desagrado. Por dentro, se recriminaba haber sentido compasión por esa mujer.Pensó en cómo, hacía nada, Dolores parecía dispuesta a morir antes que aceptar el divorcio, pero ahora se rendía sin pelear. ¿Será que estaba tan desesperada por deshacerse del hijo porque ya tenía un nuevo amor? Todo cuadraba. Así que por eso se había apresurado a perder al bebé.El silencio se apoderó del cuarto, hasta que Luis abrió la puerta.Al ver el ambiente, dudó un segundo antes de asomar la cabeza y llamar a Valentín.—Familiar del paciente, señor Lemus, ¿puede salir un momento? Faltan algunas firmas en los papeles.¿Familiar del paciente?Bautista soltó una risa burlona, entre rabia y desprecio.¡Él y Dolores ni siquiera estaban divorciados!Valentín miró a Dolores por última vez, y al ver su gesto, decidió no insistir más. Salió, y al cruzar la puerta, se topó de frente con Bautista. Se miraron, pero ninguno cedió. Finalmente, Valentín salió. La puerta se cerró tras él, devolviendo el silencio a la habitación.Dolores sentía una mezcla de vacío y resignación. Ya ni siquiera tenía fuerzas para defenderse.—Bautista, quiero que nos divorciemos.El rostro de Bautista se endureció aún más. Su mirada cayó en el vientre de Dolores, y en ese momento su expresión se llenó de una crueldad apenas contenida.Dolores se enderezó con dificultad y sacó los papeles del divorcio, que ya tenía preparados. El simple movimiento le arrancó el color del rostro y su frente se cubrió de sudor, que caía en gotas gruesas por su cuello.Bautista la miró impasible, los brazos cruzados. Nada en su semblante delataba emoción alguna.Ella le acercó los documentos.—Este es el acuerdo de divorcio. Cuando salga de aquí, iremos a firmar los papeles.En ese instante, ya no le importaban muchas cosas.Bautista tomó los papeles y la miró sin la más mínima calidez. Pasó las hojas con sus dedos largos y elegantes, cada vez más rápido, hasta que de repente los aventó de regreso a Dolores con un golpe seco. Su voz cargada de sarcasmo.—¿Así que quieres recuperar los bienes de la familia Blancas?Dolores levantó el rostro, enfrentando su mirada con terquedad.—Solo quiero lo que por derecho me corresponde.Los ojos oscuros de Bautista destilaban odio, burla, celos y algo más que Dolores no lograba descifrar.Bautista avanzó con paso largo y seguro, su figura imponente cubriendo la cama donde Dolores, tan diminuta y frágil, parecía encogerse aún más.—Fue la familia Herrera la que pagó todas las deudas de los Blancas. Esa familia ya ni existe. Dolores, tú nunca tuviste nada.Las palabras de Bautista le calaron hasta los huesos. Dolores temblaba, los hombros delgados estremeciéndose.En ese momento, se dio cuenta de que, en efecto, no tenía nada.Al ver cómo le afectaban sus palabras, Bautista dejó escapar una sonrisa juguetona, entre satisfacción y amargura. Se frotó el anillo en el dedo sin darse cuenta.—¿Así que perdiste al bebé y aceptas el divorcio por él?Dolores levantó la cabeza y soltó una risa amarga.—Aunque te dijera que no es así, sé que no me creerías, señor Herrera.Los ojos de Bautista ardían de rabia.Sin previo aviso, extendió la mano y le apretó la barbilla a Dolores, haciéndola jadear de dolor.—No te olvides que aún hay cuentas pendientes entre tú y yo.Dolores intentó zafarse, pero la mano de Bautista era como un grillete. A pesar del dolor en el vientre, alzó la mirada y, apretando los dientes, le habló.—El accidente de Silvia no fue mi culpa.La mirada de Bautista se volvió aún más dura. Apretó con más fuerza y su voz sonó cortante.—Ese asunto ya quedó resuelto. Por tu culpa, Silvia no puede bailar más y tampoco podrá tener hijos. Si no fuera porque ella se negó a denunciarte, ahora mismo estarías en la cárcel.