Capítulo 1—Señorita Rivas, ¿está segura de que podrá asumir el puesto dentro de tres meses?En la pantalla del celular apareció esa frase, clara y directa.Lourdes Rivas no dudó ni un segundo:[Puedo.]El mensaje era de un instituto de investigación de plantas, ubicado a miles de kilómetros de distancia. El salario era bajo, pero al menos le ofrecía la oportunidad de alejarse de aquella ciudad que la había mantenido atrapada durante tres largos años.Apenas Lourdes contestó, la puerta de la sala sonó.De inmediato, cambió de cuenta en el teléfono, se levantó y forzó una sonrisa radiante, caminando con ligereza hasta la entrada.—¡Víctor!Víctor Núñez entró envuelto en su abrigo negro, cubierto aún por la escarcha del clima helado. El frío que traía consigo era casi palpable, pero Lourdes ni siquiera lo notó; se lanzó a su pecho y, poniéndose de puntitas, le dio un beso.La mano de Víctor fue directo a la nuca de Lourdes, sujetándola con firmeza. La atrajo con fuerza, profundizando el beso con una intensidad que rozaba lo posesivo.—Te portaste bien —murmuró después, soltándola y repasándola de arriba abajo con la mirada, como si estuviera evaluando un juguete que le resultaba cada vez más interesante—. Cada día te pareces más a ella.Lourdes se clavó las uñas en la palma, manteniendo la sonrisa deslumbrante.—Si te gusta, eso es lo único que importa. ¿Por qué llegaste tan tarde hoy? Ya casi me duermo... No puedo descansar si no estás aquí.Apenas terminó de hablar, Víctor sacó de su abrigo, casi como si fuera un truco de magia, una cadena con un colgante. Era una pieza exuberante: cristales y una piedra azul, brillante y llamativa.—Me la gané en una subasta —comentó, con tono de quien premia a una mascota—. Es para ti, un regalo. Te has portado bien últimamente, sigue así.La joya costaba seis millones de pesos, pero para él no era más que un simple capricho.Víctor Núñez era el tipo de hombre que dominaba Silvania a su antojo. Por generaciones, su familia había ocupado altos cargos en el gobierno. Su hermano mayor siguió la ruta familiar de la política, pero Víctor prefirió lanzarse al mundo de los negocios. Respaldado por su apellido y su propio talento, pronto alcanzó el éxito.Todos sabían que a Víctor no le faltaba el dinero. Lo que le hacía falta era una mujer.Una mujer que ya llevaba muchos años muerta: Yanina Benítez.Por azares del destino, Lourdes tenía un parecido notable con Yanina. No idénticas, pero lo suficiente como para que Víctor la eligiera como su reemplazo. Ya iban tres años de ese papel.—¡Qué bonita! Me encanta —exclamó Lourdes, fingiendo alegría mientras escondía el rechazo que sentía ante ese obsequio. Luego, con voz mimada, añadió—: Víctor, ¿me la pones tú?Víctor sonrió de lado.—Claro.Lourdes recogió su cabello, dejando expuesto el cuello delgado y pálido. Se giró, esperando sentir la cadena rodeándola.El contacto frío de la joya sobre su piel le provocó un escalofrío. Era como si una serpiente venenosa se enroscara en su cuello.—Estás mucho más blanca que antes —dijo Víctor, con los ojos fijos en ella y el tono grave, cargado de deseo—. Recuerdo la primera vez que te vi: estabas toda roja por el sol y ese corte de cabello corto no te quedaba nada bien.Aquel recuerdo la llevó directo al día de la fiesta de aniversario de la universidad.Lourdes había escogido biología de conservación como carrera. Justo ese día, ella y sus compañeros volvían de una salida de campo. No se protegió bien del sol y terminó con la cara y el cuello tan enrojecidos que se despellejaban.Ese mismo día, corría el rumor de que un hombre muy rico donaría una nueva biblioteca al campus. Aprovechando la fiesta universitaria, lo habían invitado; todos los estudiantes estaban emocionados, ansiosos de ver al benefactor.Si Lourdes hubiera sabido lo que iba a suceder después, jamás se habría colado al frente de la multitud con tanta ingenuidad, buscando ver de cerca a ese supuesto héroe.En resumen, después Lourdes terminó quedándose con Víctor, encerrada día tras día en esa mansión enorme que se sentía como una cárcel, aprendiendo a ser otra mujer.—Últimamente casi no salgo al sol, por eso me puse más clara —dijo Lourdes, dándole la espalda a Víctor, forzando una sonrisa que apenas se asomaba.El calor de un beso abrasador cayó sobre su hombro. Antes de que pudiera reaccionar, Víctor ya la había levantado y arrojado sobre el sofá.Por dentro, una oleada de repulsión y asco la recorría, pero no podía rechazarlo.Necesitaba dinero. Mucho, muchísimo dinero.Se dejó envolver por las caricias de Víctor, fingiendo que le gustaba aunque la incomodidad le pesaba en el pecho. El sudor le empapó el cabello, y el cuarto se llenó de una atmósfera densa, cargada de deseo fingido.Pasó un largo rato hasta que Víctor se levantó, se fue directo al baño y encendió la regadera.Lourdes se sentó, el rostro impasible, ignorando las marcas de la pasión simulada y el malestar físico. Caminó hasta el vestidor, abrió el cajón.Dentro, acomodados con esmero, estaban los estuches de regalo de todos los tamaños, los que Víctor le había dado en esos tres años. Sin excepción, eran joyas y accesorios, porque Yanina adoraba ese tipo de cosas.Se quitó el collar, lo guardó en su estuche y lo devolvió al cajón.Mientras se quedaba mirando el vacío, Víctor apareció detrás de ella, silencioso como una sombra.—¿Otra vez no lo usas?Lourdes cambió de inmediato su expresión, fingiendo alegría. Se acercó y lo abrazó del brazo.—Ay, ya te dije que quiero guardar bien tus regalos —respondió con tono dulce—. Son la prueba de todo lo bueno que me das.Víctor sonrió, pero en sus ojos no había ni rastro de sinceridad.No importaba cuánto se esforzara Lourdes en su actuación, nunca podría ocupar el lugar de la difunta Yanina.A él, de hecho, no le importaba si Lourdes usaba las joyas que le regalaba o si las guardaba. Lo único que disfrutaba era el proceso de mimarla, buscando llenar el vacío que le había dejado Yanina.Por eso jamás imaginaba que todos los estuches en el cajón estaban vacíos.Cada vez que Lourdes se acostaba con él, vendía una joya y la cambiaba por dinero.Esos estuches, apilados uno tras otro, eran todo lo que le quedaba de su dignidad....—Víctor, ¿algún día te vas a casar conmigo? —preguntó Lourdes de manera intencional.La expresión de Víctor se endureció de golpe.—Ya te dije que no quiero que me preguntes eso.¿Casarse? Esa palabra no tenía nada que ver con Lourdes.Todos decían que Víctor amaba a Lourdes, incluso más que a Yanina.En su cumpleaños, durante tres años seguidos, mandó lanzar fuegos artificiales por millones de pesos solo para ella.Cuando Lourdes no bajaba la fiebre, la llevó cargando hasta el hospital.Si alguien se atrevía a hablar mal de Lourdes, Víctor no dudaba en partirle la cara, dejando al tipo casi en el hospital.Lourdes se volvió la envidia de todas las mujeres. Venía de una familia común y, aunque era guapa, no era una belleza de esas que te dejan sin aliento. Además, al principio, ni siquiera soportaba a Víctor y jamás le sonreía.Dicen que tuvo suerte.Pero cuando nadie veía, Lourdes no podía ponerse la ropa que le gustaba, ni comer su comida favorita, ni usar el labial que realmente quería...Para Víctor, ella era solo un juguete. Un verdadero juguete. Usaba su rostro, que se parecía un poco al de Yanina, para moldear a una segunda Yanina a su antojo.Si Lourdes hacía algo mal, Víctor tenía sus propios métodos para castigarla. Le quemaba la ropa que más le gustaba, la obligaba a comer lo que más detestaba y no le permitía salir de la casa.Bajo esa tortura repetida, Lourdes llegó a quebrarse en varias ocasiones.—Ya entendí —dijo Lourdes, bajando la cabeza con sumisión—. Es que te quiero demasiado, no pude controlarme. Víctor, ¿me puedes perdonar, por favor?Pero Víctor ya se había cansado. Sin mirarla siquiera, soltó con tono distante:—No olvides tomarte las pastillas.Se puso la ropa y se marchó sin volver la vista atrás.Lo que Víctor decía era, por supuesto, que tomara pastillas anticonceptivas. Nunca pensó en casarse con Lourdes, mucho menos en tener un hijo con ella.Lo que él no sabía era que Lourdes ya se había hecho una operación para no tener hijos. Para ella, las pastillas no eran garantía; no podía permitirse ni el más mínimo accidente. La sola idea de quedar embarazada de Víctor le parecía peor que la muerte.Incluso cuando el doctor le dijo que la posibilidad de revertir la operación era de apenas entre cuarenta y ochenta por ciento, Lourdes no dudó ni un segundo.Cuando Víctor se fue, Lourdes se dio un baño y durmió sola hasta el amanecer.A la mañana siguiente, manejó su carro hasta una clínica privada.En una de las habitaciones, yacía un hombre inconsciente. Su vida dependía de suero y múltiples aparatos médicos; estaba tan delgado que daba miedo. Sus piernas, amputadas a la altura de las rodillas, ya se veían atrofiadas.—Orlando, el doctor dice que pronto vas a despertar —susurró Lourdes, sujetando con delicadeza la mano de Orlando Gómez, mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas—. A más tardar en tres meses ya vas a poder platicar conmigo. Te estoy esperando, ¿sabes? Cuando despiertes, te contaré que conseguí trabajo en un instituto de investigación de plantas. Cuando te den de alta, nos vamos juntos. Podemos comprar una casita en las afueras, yo trabajo durante el día y en la noche regresamos para ver una película juntos y tomar un poco de vino....Hace tres años, durante el aniversario de la universidad, Víctor vio a Lourdes por primera vez. Aunque ella lo rechazó, él no se detuvo y la persiguió sin descanso.Pero Lourdes nunca sintió el menor interés por Víctor, ni por su dinero ni por su estatus. Ya tenía novio.Pensó que si le decía eso a Víctor, él se daría por vencido.Pero una compañera le advirtió:—Con tipos como Víctor, si se entera de que tienes novio, no sólo no se rinde, capaz que se mete con él.Esa advertencia la hizo recapacitar y prefirió no provocar a Víctor.Todo siguió igual hasta que Orlando sufrió un accidente de carro y necesitó una suma enorme para su tratamiento. Lourdes pasó horas llorando a la orilla del río. Los padres de Orlando ya habían fallecido, y él no tenía a nadie más. La familia de Lourdes tampoco podía ayudarle con el dinero.Pensó en pedir un préstamo, pero como todavía no terminaba la universidad, el banco sólo podía prestarle una cantidad mínima.Con el agua hasta el cuello, no le quedó más remedio que buscar a Víctor.—¿Cuánto necesitas? —preguntó él, sin rodeos.—Ochenta mil —contestó Lourdes, casi en un susurro.—Resort Sol Dorado. Llámame cuando llegues —dijo Víctor con frialdad, y colgó.En cuanto Lourdes le pidió ayuda, él supo que, por fin, tenía el control. Ya no tenía que rogarle ni hacer méritos.Lourdes siempre pensó que su primera vez sería con Orlando, la noche de bodas, cuando ambos estuvieran listos y enamorados.Pero el destino fue cruel. Por esos ochenta mil pesos, su primera vez ocurrió en el Resort Sol Dorado. Víctor se la llevó por la fuerza, sin ternura, sólo dolor y humillación.Desde ese momento, Lourdes quedó atrapada en una jaula de la que no logró salir. Ochenta mil pesos no era tanto dinero, pero en esa situación, para ella, era imposible reunirlo en tan poco tiempo.Capítulo 2—Señorita Rivas, ¿está segura de que podrá asumir el puesto dentro de tres meses?En la pantalla del celular apareció esa frase, clara y directa.Lourdes Rivas no dudó ni un segundo:[Puedo.]El mensaje era de un instituto de investigación de plantas, ubicado a miles de kilómetros de distancia. El salario era bajo, pero al menos le ofrecía la oportunidad de alejarse de aquella ciudad que la había mantenido atrapada durante tres largos años.Apenas Lourdes contestó, la puerta de la sala sonó.De inmediato, cambió de cuenta en el teléfono, se levantó y forzó una sonrisa radiante, caminando con ligereza hasta la entrada.—¡Víctor!Víctor Núñez entró envuelto en su abrigo negro, cubierto aún por la escarcha del clima helado. El frío que traía consigo era casi palpable, pero Lourdes ni siquiera lo notó; se lanzó a su pecho y, poniéndose de puntitas, le dio un beso.La mano de Víctor fue directo a la nuca de Lourdes, sujetándola con firmeza. La atrajo con fuerza, profundizando el beso con una intensidad que rozaba lo posesivo.—Te portaste bien —murmuró después, soltándola y repasándola de arriba abajo con la mirada, como si estuviera evaluando un juguete que le resultaba cada vez más interesante—. Cada día te pareces más a ella.Lourdes se clavó las uñas en la palma, manteniendo la sonrisa deslumbrante.—Si te gusta, eso es lo único que importa. ¿Por qué llegaste tan tarde hoy? Ya casi me duermo... No puedo descansar si no estás aquí.Apenas terminó de hablar, Víctor sacó de su abrigo, casi como si fuera un truco de magia, una cadena con un colgante. Era una pieza exuberante: cristales y una piedra azul, brillante y llamativa.—Me la gané en una subasta —comentó, con tono de quien premia a una mascota—. Es para ti, un regalo. Te has portado bien últimamente, sigue así.La joya costaba seis millones de pesos, pero para él no era más que un simple capricho.Víctor Núñez era el tipo de hombre que dominaba Silvania a su antojo. Por generaciones, su familia había ocupado altos cargos en el gobierno. Su hermano mayor siguió la ruta familiar de la política, pero Víctor prefirió lanzarse al mundo de los negocios. Respaldado por su apellido y su propio talento, pronto alcanzó el éxito.Todos sabían que a Víctor no le faltaba el dinero. Lo que le hacía falta era una mujer.Una mujer que ya llevaba muchos años muerta: Yanina Benítez.Por azares del destino, Lourdes tenía un parecido notable con Yanina. No idénticas, pero lo suficiente como para que Víctor la eligiera como su reemplazo. Ya iban tres años de ese papel.—¡Qué bonita! Me encanta —exclamó Lourdes, fingiendo alegría mientras escondía el rechazo que sentía ante ese obsequio. Luego, con voz mimada, añadió—: Víctor, ¿me la pones tú?Víctor sonrió de lado.—Claro.Lourdes recogió su cabello, dejando expuesto el cuello delgado y pálido. Se giró, esperando sentir la cadena rodeándola.El contacto frío de la joya sobre su piel le provocó un escalofrío. Era como si una serpiente venenosa se enroscara en su cuello.—Estás mucho más blanca que antes —dijo Víctor, con los ojos fijos en ella y el tono grave, cargado de deseo—. Recuerdo la primera vez que te vi: estabas toda roja por el sol y ese corte de cabello corto no te quedaba nada bien.Aquel recuerdo la llevó directo al día de la fiesta de aniversario de la universidad.Lourdes había escogido biología de conservación como carrera. Justo ese día, ella y sus compañeros volvían de una salida de campo. No se protegió bien del sol y terminó con la cara y el cuello tan enrojecidos que se despellejaban.Ese mismo día, corría el rumor de que un hombre muy rico donaría una nueva biblioteca al campus. Aprovechando la fiesta universitaria, lo habían invitado; todos los estudiantes estaban emocionados, ansiosos de ver al benefactor.Si Lourdes hubiera sabido lo que iba a suceder después, jamás se habría colado al frente de la multitud con tanta ingenuidad, buscando ver de cerca a ese supuesto héroe.En resumen, después Lourdes terminó quedándose con Víctor, encerrada día tras día en esa mansión enorme que se sentía como una cárcel, aprendiendo a ser otra mujer.—Últimamente casi no salgo al sol, por eso me puse más clara —dijo Lourdes, dándole la espalda a Víctor, forzando una sonrisa que apenas se asomaba.El calor de un beso abrasador cayó sobre su hombro. Antes de que pudiera reaccionar, Víctor ya la había levantado y arrojado sobre el sofá.Por dentro, una oleada de repulsión y asco la recorría, pero no podía rechazarlo.Necesitaba dinero. Mucho, muchísimo dinero.Se dejó envolver por las caricias de Víctor, fingiendo que le gustaba aunque la incomodidad le pesaba en el pecho. El sudor le empapó el cabello, y el cuarto se llenó de una atmósfera densa, cargada de deseo fingido.Pasó un largo rato hasta que Víctor se levantó, se fue directo al baño y encendió la regadera.Lourdes se sentó, el rostro impasible, ignorando las marcas de la pasión simulada y el malestar físico. Caminó hasta el vestidor, abrió el cajón.Dentro, acomodados con esmero, estaban los estuches de regalo de todos los tamaños, los que Víctor le había dado en esos tres años. Sin excepción, eran joyas y accesorios, porque Yanina adoraba ese tipo de cosas.Se quitó el collar, lo guardó en su estuche y lo devolvió al cajón.Mientras se quedaba mirando el vacío, Víctor apareció detrás de ella, silencioso como una sombra.—¿Otra vez no lo usas?Lourdes cambió de inmediato su expresión, fingiendo alegría. Se acercó y lo abrazó del brazo.—Ay, ya te dije que quiero guardar bien tus regalos —respondió con tono dulce—. Son la prueba de todo lo bueno que me das.Víctor sonrió, pero en sus ojos no había ni rastro de sinceridad.No importaba cuánto se esforzara Lourdes en su actuación, nunca podría ocupar el lugar de la difunta Yanina.A él, de hecho, no le importaba si Lourdes usaba las joyas que le regalaba o si las guardaba. Lo único que disfrutaba era el proceso de mimarla, buscando llenar el vacío que le había dejado Yanina.Por eso jamás imaginaba que todos los estuches en el cajón estaban vacíos.Cada vez que Lourdes se acostaba con él, vendía una joya y la cambiaba por dinero.Esos estuches, apilados uno tras otro, eran todo lo que le quedaba de su dignidad....—Víctor, ¿algún día te vas a casar conmigo? —preguntó Lourdes de manera intencional.La expresión de Víctor se endureció de golpe.—Ya te dije que no quiero que me preguntes eso.¿Casarse? Esa palabra no tenía nada que ver con Lourdes.Todos decían que Víctor amaba a Lourdes, incluso más que a Yanina.En su cumpleaños, durante tres años seguidos, mandó lanzar fuegos artificiales por millones de pesos solo para ella.Cuando Lourdes no bajaba la fiebre, la llevó cargando hasta el hospital.Si alguien se atrevía a hablar mal de Lourdes, Víctor no dudaba en partirle la cara, dejando al tipo casi en el hospital.Lourdes se volvió la envidia de todas las mujeres. Venía de una familia común y, aunque era guapa, no era una belleza de esas que te dejan sin aliento. Además, al principio, ni siquiera soportaba a Víctor y jamás le sonreía.Dicen que tuvo suerte.Pero cuando nadie veía, Lourdes no podía ponerse la ropa que le gustaba, ni comer su comida favorita, ni usar el labial que realmente quería...Para Víctor, ella era solo un juguete. Un verdadero juguete. Usaba su rostro, que se parecía un poco al de Yanina, para moldear a una segunda Yanina a su antojo.Si Lourdes hacía algo mal, Víctor tenía sus propios métodos para castigarla. Le quemaba la ropa que más le gustaba, la obligaba a comer lo que más detestaba y no le permitía salir de la casa.Bajo esa tortura repetida, Lourdes llegó a quebrarse en varias ocasiones.—Ya entendí —dijo Lourdes, bajando la cabeza con sumisión—. Es que te quiero demasiado, no pude controlarme. Víctor, ¿me puedes perdonar, por favor?Pero Víctor ya se había cansado. Sin mirarla siquiera, soltó con tono distante:—No olvides tomarte las pastillas.Se puso la ropa y se marchó sin volver la vista atrás.Lo que Víctor decía era, por supuesto, que tomara pastillas anticonceptivas. Nunca pensó en casarse con Lourdes, mucho menos en tener un hijo con ella.Lo que él no sabía era que Lourdes ya se había hecho una operación para no tener hijos. Para ella, las pastillas no eran garantía; no podía permitirse ni el más mínimo accidente. La sola idea de quedar embarazada de Víctor le parecía peor que la muerte.Incluso cuando el doctor le dijo que la posibilidad de revertir la operación era de apenas entre cuarenta y ochenta por ciento, Lourdes no dudó ni un segundo.Cuando Víctor se fue, Lourdes se dio un baño y durmió sola hasta el amanecer.A la mañana siguiente, manejó su carro hasta una clínica privada.En una de las habitaciones, yacía un hombre inconsciente. Su vida dependía de suero y múltiples aparatos médicos; estaba tan delgado que daba miedo. Sus piernas, amputadas a la altura de las rodillas, ya se veían atrofiadas.—Orlando, el doctor dice que pronto vas a despertar —susurró Lourdes, sujetando con delicadeza la mano de Orlando Gómez, mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas—. A más tardar en tres meses ya vas a poder platicar conmigo. Te estoy esperando, ¿sabes? Cuando despiertes, te contaré que conseguí trabajo en un instituto de investigación de plantas. Cuando te den de alta, nos vamos juntos. Podemos comprar una casita en las afueras, yo trabajo durante el día y en la noche regresamos para ver una película juntos y tomar un poco de vino....Hace tres años, durante el aniversario de la universidad, Víctor vio a Lourdes por primera vez. Aunque ella lo rechazó, él no se detuvo y la persiguió sin descanso.Pero Lourdes nunca sintió el menor interés por Víctor, ni por su dinero ni por su estatus. Ya tenía novio.Pensó que si le decía eso a Víctor, él se daría por vencido.Pero una compañera le advirtió:—Con tipos como Víctor, si se entera de que tienes novio, no sólo no se rinde, capaz que se mete con él.Esa advertencia la hizo recapacitar y prefirió no provocar a Víctor.Todo siguió igual hasta que Orlando sufrió un accidente de carro y necesitó una suma enorme para su tratamiento. Lourdes pasó horas llorando a la orilla del río. Los padres de Orlando ya habían fallecido, y él no tenía a nadie más. La familia de Lourdes tampoco podía ayudarle con el dinero.Pensó en pedir un préstamo, pero como todavía no terminaba la universidad, el banco sólo podía prestarle una cantidad mínima.Con el agua hasta el cuello, no le quedó más remedio que buscar a Víctor.—¿Cuánto necesitas? —preguntó él, sin rodeos.—Ochenta mil —contestó Lourdes, casi en un susurro.—Resort Sol Dorado. Llámame cuando llegues —dijo Víctor con frialdad, y colgó.En cuanto Lourdes le pidió ayuda, él supo que, por fin, tenía el control. Ya no tenía que rogarle ni hacer méritos.Lourdes siempre pensó que su primera vez sería con Orlando, la noche de bodas, cuando ambos estuvieran listos y enamorados.Pero el destino fue cruel. Por esos ochenta mil pesos, su primera vez ocurrió en el Resort Sol Dorado. Víctor se la llevó por la fuerza, sin ternura, sólo dolor y humillación.Desde ese momento, Lourdes quedó atrapada en una jaula de la que no logró salir. Ochenta mil pesos no era tanto dinero, pero en esa situación, para ella, era imposible reunirlo en tan poco tiempo.Capítulo 3—Señorita Rivas, ¿está segura de que podrá asumir el puesto dentro de tres meses?En la pantalla del celular apareció esa frase, clara y directa.Lourdes Rivas no dudó ni un segundo:[Puedo.]El mensaje era de un instituto de investigación de plantas, ubicado a miles de kilómetros de distancia. El salario era bajo, pero al menos le ofrecía la oportunidad de alejarse de aquella ciudad que la había mantenido atrapada durante tres largos años.Apenas Lourdes contestó, la puerta de la sala sonó.De inmediato, cambió de cuenta en el teléfono, se levantó y forzó una sonrisa radiante, caminando con ligereza hasta la entrada.—¡Víctor!Víctor Núñez entró envuelto en su abrigo negro, cubierto aún por la escarcha del clima helado. El frío que traía consigo era casi palpable, pero Lourdes ni siquiera lo notó; se lanzó a su pecho y, poniéndose de puntitas, le dio un beso.La mano de Víctor fue directo a la nuca de Lourdes, sujetándola con firmeza. La atrajo con fuerza, profundizando el beso con una intensidad que rozaba lo posesivo.—Te portaste bien —murmuró después, soltándola y repasándola de arriba abajo con la mirada, como si estuviera evaluando un juguete que le resultaba cada vez más interesante—. Cada día te pareces más a ella.Lourdes se clavó las uñas en la palma, manteniendo la sonrisa deslumbrante.—Si te gusta, eso es lo único que importa. ¿Por qué llegaste tan tarde hoy? Ya casi me duermo... No puedo descansar si no estás aquí.Apenas terminó de hablar, Víctor sacó de su abrigo, casi como si fuera un truco de magia, una cadena con un colgante. Era una pieza exuberante: cristales y una piedra azul, brillante y llamativa.—Me la gané en una subasta —comentó, con tono de quien premia a una mascota—. Es para ti, un regalo. Te has portado bien últimamente, sigue así.La joya costaba seis millones de pesos, pero para él no era más que un simple capricho.Víctor Núñez era el tipo de hombre que dominaba Silvania a su antojo. Por generaciones, su familia había ocupado altos cargos en el gobierno. Su hermano mayor siguió la ruta familiar de la política, pero Víctor prefirió lanzarse al mundo de los negocios. Respaldado por su apellido y su propio talento, pronto alcanzó el éxito.Todos sabían que a Víctor no le faltaba el dinero. Lo que le hacía falta era una mujer.Una mujer que ya llevaba muchos años muerta: Yanina Benítez.Por azares del destino, Lourdes tenía un parecido notable con Yanina. No idénticas, pero lo suficiente como para que Víctor la eligiera como su reemplazo. Ya iban tres años de ese papel.—¡Qué bonita! Me encanta —exclamó Lourdes, fingiendo alegría mientras escondía el rechazo que sentía ante ese obsequio. Luego, con voz mimada, añadió—: Víctor, ¿me la pones tú?Víctor sonrió de lado.—Claro.Lourdes recogió su cabello, dejando expuesto el cuello delgado y pálido. Se giró, esperando sentir la cadena rodeándola.El contacto frío de la joya sobre su piel le provocó un escalofrío. Era como si una serpiente venenosa se enroscara en su cuello.—Estás mucho más blanca que antes —dijo Víctor, con los ojos fijos en ella y el tono grave, cargado de deseo—. Recuerdo la primera vez que te vi: estabas toda roja por el sol y ese corte de cabello corto no te quedaba nada bien.Aquel recuerdo la llevó directo al día de la fiesta de aniversario de la universidad.Lourdes había escogido biología de conservación como carrera. Justo ese día, ella y sus compañeros volvían de una salida de campo. No se protegió bien del sol y terminó con la cara y el cuello tan enrojecidos que se despellejaban.Ese mismo día, corría el rumor de que un hombre muy rico donaría una nueva biblioteca al campus. Aprovechando la fiesta universitaria, lo habían invitado; todos los estudiantes estaban emocionados, ansiosos de ver al benefactor.Si Lourdes hubiera sabido lo que iba a suceder después, jamás se habría colado al frente de la multitud con tanta ingenuidad, buscando ver de cerca a ese supuesto héroe.En resumen, después Lourdes terminó quedándose con Víctor, encerrada día tras día en esa mansión enorme que se sentía como una cárcel, aprendiendo a ser otra mujer.—Últimamente casi no salgo al sol, por eso me puse más clara —dijo Lourdes, dándole la espalda a Víctor, forzando una sonrisa que apenas se asomaba.El calor de un beso abrasador cayó sobre su hombro. Antes de que pudiera reaccionar, Víctor ya la había levantado y arrojado sobre el sofá.Por dentro, una oleada de repulsión y asco la recorría, pero no podía rechazarlo.Necesitaba dinero. Mucho, muchísimo dinero.Se dejó envolver por las caricias de Víctor, fingiendo que le gustaba aunque la incomodidad le pesaba en el pecho. El sudor le empapó el cabello, y el cuarto se llenó de una atmósfera densa, cargada de deseo fingido.Pasó un largo rato hasta que Víctor se levantó, se fue directo al baño y encendió la regadera.Lourdes se sentó, el rostro impasible, ignorando las marcas de la pasión simulada y el malestar físico. Caminó hasta el vestidor, abrió el cajón.Dentro, acomodados con esmero, estaban los estuches de regalo de todos los tamaños, los que Víctor le había dado en esos tres años. Sin excepción, eran joyas y accesorios, porque Yanina adoraba ese tipo de cosas.Se quitó el collar, lo guardó en su estuche y lo devolvió al cajón.Mientras se quedaba mirando el vacío, Víctor apareció detrás de ella, silencioso como una sombra.—¿Otra vez no lo usas?Lourdes cambió de inmediato su expresión, fingiendo alegría. Se acercó y lo abrazó del brazo.—Ay, ya te dije que quiero guardar bien tus regalos —respondió con tono dulce—. Son la prueba de todo lo bueno que me das.Víctor sonrió, pero en sus ojos no había ni rastro de sinceridad.No importaba cuánto se esforzara Lourdes en su actuación, nunca podría ocupar el lugar de la difunta Yanina.A él, de hecho, no le importaba si Lourdes usaba las joyas que le regalaba o si las guardaba. Lo único que disfrutaba era el proceso de mimarla, buscando llenar el vacío que le había dejado Yanina.Por eso jamás imaginaba que todos los estuches en el cajón estaban vacíos.Cada vez que Lourdes se acostaba con él, vendía una joya y la cambiaba por dinero.Esos estuches, apilados uno tras otro, eran todo lo que le quedaba de su dignidad....—Víctor, ¿algún día te vas a casar conmigo? —preguntó Lourdes de manera intencional.La expresión de Víctor se endureció de golpe.—Ya te dije que no quiero que me preguntes eso.¿Casarse? Esa palabra no tenía nada que ver con Lourdes.Todos decían que Víctor amaba a Lourdes, incluso más que a Yanina.En su cumpleaños, durante tres años seguidos, mandó lanzar fuegos artificiales por millones de pesos solo para ella.Cuando Lourdes no bajaba la fiebre, la llevó cargando hasta el hospital.Si alguien se atrevía a hablar mal de Lourdes, Víctor no dudaba en partirle la cara, dejando al tipo casi en el hospital.Lourdes se volvió la envidia de todas las mujeres. Venía de una familia común y, aunque era guapa, no era una belleza de esas que te dejan sin aliento. Además, al principio, ni siquiera soportaba a Víctor y jamás le sonreía.Dicen que tuvo suerte.Pero cuando nadie veía, Lourdes no podía ponerse la ropa que le gustaba, ni comer su comida favorita, ni usar el labial que realmente quería...Para Víctor, ella era solo un juguete. Un verdadero juguete. Usaba su rostro, que se parecía un poco al de Yanina, para moldear a una segunda Yanina a su antojo.Si Lourdes hacía algo mal, Víctor tenía sus propios métodos para castigarla. Le quemaba la ropa que más le gustaba, la obligaba a comer lo que más detestaba y no le permitía salir de la casa.Bajo esa tortura repetida, Lourdes llegó a quebrarse en varias ocasiones.—Ya entendí —dijo Lourdes, bajando la cabeza con sumisión—. Es que te quiero demasiado, no pude controlarme. Víctor, ¿me puedes perdonar, por favor?Pero Víctor ya se había cansado. Sin mirarla siquiera, soltó con tono distante:—No olvides tomarte las pastillas.Se puso la ropa y se marchó sin volver la vista atrás.Lo que Víctor decía era, por supuesto, que tomara pastillas anticonceptivas. Nunca pensó en casarse con Lourdes, mucho menos en tener un hijo con ella.Lo que él no sabía era que Lourdes ya se había hecho una operación para no tener hijos. Para ella, las pastillas no eran garantía; no podía permitirse ni el más mínimo accidente. La sola idea de quedar embarazada de Víctor le parecía peor que la muerte.Incluso cuando el doctor le dijo que la posibilidad de revertir la operación era de apenas entre cuarenta y ochenta por ciento, Lourdes no dudó ni un segundo.Cuando Víctor se fue, Lourdes se dio un baño y durmió sola hasta el amanecer.A la mañana siguiente, manejó su carro hasta una clínica privada.En una de las habitaciones, yacía un hombre inconsciente. Su vida dependía de suero y múltiples aparatos médicos; estaba tan delgado que daba miedo. Sus piernas, amputadas a la altura de las rodillas, ya se veían atrofiadas.—Orlando, el doctor dice que pronto vas a despertar —susurró Lourdes, sujetando con delicadeza la mano de Orlando Gómez, mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas—. A más tardar en tres meses ya vas a poder platicar conmigo. Te estoy esperando, ¿sabes? Cuando despiertes, te contaré que conseguí trabajo en un instituto de investigación de plantas. Cuando te den de alta, nos vamos juntos. Podemos comprar una casita en las afueras, yo trabajo durante el día y en la noche regresamos para ver una película juntos y tomar un poco de vino....Hace tres años, durante el aniversario de la universidad, Víctor vio a Lourdes por primera vez. Aunque ella lo rechazó, él no se detuvo y la persiguió sin descanso.Pero Lourdes nunca sintió el menor interés por Víctor, ni por su dinero ni por su estatus. Ya tenía novio.Pensó que si le decía eso a Víctor, él se daría por vencido.Pero una compañera le advirtió:—Con tipos como Víctor, si se entera de que tienes novio, no sólo no se rinde, capaz que se mete con él.Esa advertencia la hizo recapacitar y prefirió no provocar a Víctor.Todo siguió igual hasta que Orlando sufrió un accidente de carro y necesitó una suma enorme para su tratamiento. Lourdes pasó horas llorando a la orilla del río. Los padres de Orlando ya habían fallecido, y él no tenía a nadie más. La familia de Lourdes tampoco podía ayudarle con el dinero.Pensó en pedir un préstamo, pero como todavía no terminaba la universidad, el banco sólo podía prestarle una cantidad mínima.Con el agua hasta el cuello, no le quedó más remedio que buscar a Víctor.—¿Cuánto necesitas? —preguntó él, sin rodeos.—Ochenta mil —contestó Lourdes, casi en un susurro.—Resort Sol Dorado. Llámame cuando llegues —dijo Víctor con frialdad, y colgó.En cuanto Lourdes le pidió ayuda, él supo que, por fin, tenía el control. Ya no tenía que rogarle ni hacer méritos.Lourdes siempre pensó que su primera vez sería con Orlando, la noche de bodas, cuando ambos estuvieran listos y enamorados.Pero el destino fue cruel. Por esos ochenta mil pesos, su primera vez ocurrió en el Resort Sol Dorado. Víctor se la llevó por la fuerza, sin ternura, sólo dolor y humillación.Desde ese momento, Lourdes quedó atrapada en una jaula de la que no logró salir. Ochenta mil pesos no era tanto dinero, pero en esa situación, para ella, era imposible reunirlo en tan poco tiempo.