Capítulo 1Llovió sin parar durante siete días. Las inundaciones lo cubrían todo y los deslaves arrasaban con varias zonas montañosas.Dentro de la casa, Beatriz Rosales, sentada en su silla de ruedas, observaba los relámpagos y el aguacero torrencial que caía afuera.Sostenía el teléfono, con una expresión de incredulidad total.—¿Estás diciendo que no fue Elías quien me mandó al psiquiátrico?Apoyó las manos sobre sus rodillas vacías; debajo de ellas, solo había un par de prótesis inertes.Se mordió el labio.—Entonces, la persona que provocó mi accidente de carro, que hizo que me amputaran las piernas y que perdiera un ojo, ¿tampoco fue Elías?—¿Y quién fue el que me donó médula ósea?Del otro lado de la línea, una voz respondió:—Quien le donó la médula fue el señor Quirós. El hermano que usted buscaba también era él.¡Ese era el resultado de tres años de investigación!Beatriz apretó los labios y preguntó con rabia contenida:—Entonces, ¿quién fue el que me hizo daño? ¿Quién mató a mis seis hermanos?—Fue…—¡Bea!Beatriz escuchó un grito desgarrador y, al levantar la vista, vio una figura que se abalanzaba sobre ella.-¡Bum!-La villa, ubicada en la ladera de la montaña, fue sepultada en un instante por el deslave....-Tic, tac.-Una gota de sangre cayó sobre la cara de Beatriz, despertándola.Se sentía aplastada, incómoda. Abrió los ojos y solo vio oscuridad, no podía distinguir nada. Pero el olor que emanaba de él le resultaba familiar.Beatriz levantó una mano para intentar apartarlo, pero sentía como si una montaña la estuviera aplastando; no logró moverlo ni un centímetro.Con el deslave, la villa quedó enterrada. Él había arqueado su ancha espalda para protegerla con su cuerpo, deteniendo el muro que se derrumbaba y manteniéndola a salvo entre sus brazos.Beatriz le tomó la cara entre las manos, pero solo sintió una sangre pegajosa. Su voz tembló.—¡Elías!Él respondió con un murmullo apenas audible:—Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado.La misma voz, la misma promesa.Las lágrimas brotaron de los ojos de Beatriz.—Elías, al final viniste a buscarme. ¡No debiste haber venido!Habían pasado tres años desde que escapó del psiquiátrico y se escondió de él. ¡Pensó que nunca más volverían a verse! Y ahora, en este momento de peligro, él aparecía para protegerla con su vida.Si no hubiera venido, solo ella habría muerto.—Perdóname, llegué tarde.La voz de Elías se debilitaba por momentos.—Perdóname, ya no podré protegerte más.—Elías, no te duermas, ¡despierta!Beatriz estaba aterrada y gritó con todas sus fuerzas.—Elías, ¡me debes una explicación! ¡No puedes dormirte, no puedes!No hubo respuesta, ni siquiera el sonido de su respiración.El pánico se apoderó de Beatriz.—¿Por qué tenías que venir? ¡No debiste hacerlo!¡No, no quería perderlo!Rompió a llorar.—Elías, dijiste que si todavía me querías, serías un perro…—Guau.Un ladrido suave salió de la boca de Elías.¡No estaba muerto!La sorpresa inundó a Beatriz.—Elías…Con su último aliento, Elías susurró:—En la próxima vida, tu hermano seguirá queriendo a Bea.—Guau…Con ese último murmullo, Elías dejó de respirar para siempre.—¡Elías!Beatriz lloró y gritó con el corazón roto durante un largo rato. Pero él ya descansaba en paz, y nunca más podría decirle: «Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado».A través de una grieta, Beatriz vio el cielo estrellado que aparecía después de la tormenta.Acercó su cabeza al oído de Elías y le susurró:—Dijiste que habías comprado un planeta y lo habías nombrado Beatriz para protegerme toda la vida y cumplir todos mis deseos… ¿Podrá ese planeta devolverme a Elías?Si hubiera otra vida, ya no querría libertad, ni un hogar. Podría renunciar a su propia vida, ya no quería nada.¡Solo quería a Elías!...Tres días después, llegó el equipo de rescate.Pero solo encontraron dos cuerpos abrazados con fuerza y una frase escrita con sangre en la pared, trazada por los dedos de la mujer.«Beatriz amará a Elías por toda la eternidad».-¡Bum!-Un relámpago estruendoso rasgó la oscuridad del cielo y cayó con furia.Sentada en la cama, Beatriz miraba sus piernas intactas, ya no las prótesis inertes, y no salía de su asombro.¿No estaba muerta? ¿No le habían amputado las piernas?Confundida, Beatriz levantó la cabeza y recorrió la habitación con la mirada. Sus ojos se abrieron como platos.¡Estaba en El Encanto del Lago! Pero, ¿no se había incendiado El Encanto del Lago hacía tres años? ¿Y no había perdido el ojo izquierdo? ¿Cómo era posible que pudiera ver el mosquito que volaba junto a su ojo?Un mosquito grande y gordo batía sus alas, subiendo y bajando.—Pobre Elías, ahí abajo. Lleva mucho tiempo recibiendo golpes, seguro que ya casi lo matan.—Lo peor es que lleva tres días de pie bajo esta lluvia torrencial.—Menos mal que llueve, si no, nosotras las mosquitos no tendríamos nada que hacer.—Oye, pero todo esto es por culpa de esa zorra de Beatriz…El zumbido de los mosquitos que volaban frente a ella la estaba volviendo loca.-¡Plas!-Levantó la mano y aplastó a uno de ellos.—¡Ahhh, un asesinato! No, ¡un mosquiticidio!—¡Qué mujer tan cruel! Le chupamos la sangre, lo que significa que llevamos a sus hijos en nuestras panzas, ¡y ella los mata así como si nada!Los otros dos mosquitos se alejaron volando a toda prisa.—Elías, te doy dos opciones. La primera: entregas a Beatriz a la policía tú mismo.—La segunda: te casas con Regina, y nosotros olvidaremos lo que hizo Beatriz.Bajo el sonido de la lluvia, una voz llegó desde el piso de abajo.—¡Nadie va a tocar a Beatriz!—¡Y yo jamás me casaré con Regina!Esa voz, profunda, ronca y con un filo que calaba hasta los huesos, hizo que Beatriz se estremeciera por completo.«¡Es Elías! ¡Está vivo, está vivo!».Al escuchar su voz, Beatriz se levantó de la cama con emoción. Después de tres años sin caminar, cayó al suelo al instante. Sin embargo, se adaptó con rapidez y se puso de pie.Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.Afuera, la tormenta rugía con relámpagos y un viento huracanado. En el patio, de pie y cubierto de heridas, pero con la espalda tan recta como la de un soldado, estaba Elías.Como si sintiera su mirada, él levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron, y en esa profundidad indescifrable, se leía un amor sin fin.—¡Sigan golpeándolo!Beatriz vio cómo un hombre blandía un largo látigo rojo y lo descargaba con saña sobre Elías.-¡Zas!-El látigo cayó, y el costoso traje de Elías se rasgó al momento, dejando la piel al descubierto. La carne quedó expuesta. La lluvia arrastró la sangre, formando un charco de un rojo que hería la vista.—¡Elías! —gritó Beatriz, y corrió escaleras abajo.No entendía por qué, después de morir, estaba reviviendo una escena de hacía cinco años. Lo único que sabía era que tenía que impedir que siguieran golpeando a Elías. Solo sabía que quería abrazarlo, abrazarlo con todas sus fuerzas.Abajo, el mayordomo, Horacio, levantó el látigo y se dispuso a azotar a Elías una vez más.—¡Detente!Beatriz salió corriendo y se interpuso frente a Elías con su cuerpo menudo y frágil. El látigo estaba a punto de caer sobre ella.Elías la abrazó con fuerza y, girando sobre sí mismo, la protegió con su ancha espalda, recibiendo él el golpe.—Elías…Enojado, Elías la apartó y le gritó:—¿Qué demonios haces aquí afuera?Casi la golpean. ¿Acaso intentaba usar esto como un favor para que él la dejara ir?—Yo…—Horacio, sigue.Ante la orden severa, Beatriz levantó la vista y vio a Horacio blandir el látigo de nuevo. Empujó a Elías a un lado y, con un movimiento rápido, atrapó el látigo en el aire.Horacio se quedó de piedra.Elías y los demás también estaban atónitos. ¿Beatriz, una mujer tan delicada, había detenido un latigazo con sus propias manos?Beatriz enrolló el látigo en su mano y tiró con fuerza. Horacio trastabilló hacia adelante y, al perder el equilibrio, soltó el látigo.Beatriz se lo arrebató y lo hizo restallar en el aire con una floritura impecable. Cada movimiento fue fluido y preciso.Con una mirada asesina, le preguntó a Horacio:—¿Cuántas veces golpeaste a Elías?¡Se lo iba a devolver al doble!Bajo la noche lluviosa, Beatriz sostenía el látigo, emanando un aura asesina que la hacía parecer la misma muerte encarnada, provocando un escalofrío en quienes la observaban.La imponente presencia de Beatriz dejó a Horacio, el mayordomo, paralizado por un momento, un miedo genuino comenzaba a nacer en su interior.—No… no lo sé.Su única orden era seguir golpeando hasta que el señor Quirós cediera.—¡Yo sí sé, yo sí sé! ¡Le dio treinta y cinco latigazos! —zumbó un mosquito, volando de arriba abajo.Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Beatriz.—Treinta y cinco latigazos, ¡perfecto!Horacio y los demás la miraron confundidos. ¿Quién le había dicho que eran treinta y cinco?—Beatriz, está lloviendo, entra a la casa…Elías intentó tomarla del brazo, pero ella ya había blandido el látigo con destreza.-¡Zas!-El látigo cortó el aire, rápido, preciso e implacable, directo hacia Horacio.—¡Ah!La ropa de Horacio se desgarró al instante, su piel se abrió y la sangre comenzó a brotar.—Uno.Sin pausa, Beatriz lanzó el segundo latigazo.—¡Ah! —gritó Horacio, cayendo de rodillas al suelo.—¡Dos!—¡Tres!—¡Ahhh!Beatriz no se detuvo, cada golpe caía con una precisión letal. Horacio intentaba esquivarlos, pero su velocidad no era rival para la de ella.Salvador Quirós observó a su mayordomo recibir golpe tras golpe, atónito por un buen rato, hasta que finalmente reaccionó.—¡Guardias! ¡Mátenla a palos!Cuatro guardias que estaban cerca, armados con garrotes, obedecieron la orden y se abalanzaron sobre Beatriz.La mirada de Elías se endureció y su imponente figura se movió como un relámpago. Con las manos vacías, desarmó a un guardia, derribó a otro de una patada y se colocó justo detrás de Beatriz.—¡Ya lo dije, nadie toca a Beatriz!Su voz era cortante y penetrante, helaba la sangre de quien la escuchaba.Beatriz y Elías, espalda con espalda, pegados el uno al otro. Él se encargaba de los guardias con el garrote, mientras ella castigaba a Horacio con el látigo. Sin necesidad de palabras, su coordinación era perfecta.—¡Noventa y nueve!Horacio ya agonizaba en el suelo. Al ver que Beatriz alzaba el látigo una vez más, sacó una pistola de su cinturón, apuntó y disparó.Elías sintió el peligro. Al girar, vio el oscuro cañón del arma. Sus pupilas se contrajeron, abrazó a Beatriz con fuerza y sacó su propia pistola.Horacio, con la mano atravesada por una bala, cayó al suelo aullando de dolor. Sus gritos eran más aterradores que los truenos.Elías levantó su pistola con silenciador y apuntó al anciano con traje tradicional que estaba bajo el pórtico.—¡Quien toque a Beatriz, se muere!El semblante de Salvador Quirós se ensombreció.—¡Soy tu abuelo!La voz de Elías se volvió aún más implacable, sus ojos teñidos de un rojo sanguinario.—¡No me importa quién sea!Era la persona que adoraba con el alma, a quien protegía con su vida. ¡Nadie podía tocarla!Beatriz se aferró con fuerza a la cintura de Elías, escondiendo la cara en su pecho.—De ahora en adelante, ¡quien toque a Elías, también se muere!Bajo la lluvia nocturna, Elías y Salvador Quirós se miraban fijamente, la tensión era palpable, a punto de estallar.Finalmente, Salvador Quirós cedió.—¿Estás seguro de que tiene que ser Beatriz?—¡Sí! —respondió Elías sin dudar. ¡Tenía que ser ella!—Durante un año, no podrán casarse ni hacer pública su relación. Si después de ese tiempo sigue a tu lado, ¡lo aceptaré!—No me imp…Él y Beatriz no necesitaban la aprobación de nadie.—¡Está bien, un año! —lo interrumpió Beatriz.Salvador Quirós era el patriarca de la familia Quirós. Desafiarlo ahora no les traería nada bueno. Hacía cinco años, ni ella ni Elías eran lo suficientemente fuertes. ¡Pero en un año, lo serían!Y esta vez, ella le devolvería con creces todo el amor que le había negado en su vida pasada.Capítulo 2Llovió sin parar durante siete días. Las inundaciones lo cubrían todo y los deslaves arrasaban con varias zonas montañosas.Dentro de la casa, Beatriz Rosales, sentada en su silla de ruedas, observaba los relámpagos y el aguacero torrencial que caía afuera.Sostenía el teléfono, con una expresión de incredulidad total.—¿Estás diciendo que no fue Elías quien me mandó al psiquiátrico?Apoyó las manos sobre sus rodillas vacías; debajo de ellas, solo había un par de prótesis inertes.Se mordió el labio.—Entonces, la persona que provocó mi accidente de carro, que hizo que me amputaran las piernas y que perdiera un ojo, ¿tampoco fue Elías?—¿Y quién fue el que me donó médula ósea?Del otro lado de la línea, una voz respondió:—Quien le donó la médula fue el señor Quirós. El hermano que usted buscaba también era él.¡Ese era el resultado de tres años de investigación!Beatriz apretó los labios y preguntó con rabia contenida:—Entonces, ¿quién fue el que me hizo daño? ¿Quién mató a mis seis hermanos?—Fue…—¡Bea!Beatriz escuchó un grito desgarrador y, al levantar la vista, vio una figura que se abalanzaba sobre ella.-¡Bum!-La villa, ubicada en la ladera de la montaña, fue sepultada en un instante por el deslave....-Tic, tac.-Una gota de sangre cayó sobre la cara de Beatriz, despertándola.Se sentía aplastada, incómoda. Abrió los ojos y solo vio oscuridad, no podía distinguir nada. Pero el olor que emanaba de él le resultaba familiar.Beatriz levantó una mano para intentar apartarlo, pero sentía como si una montaña la estuviera aplastando; no logró moverlo ni un centímetro.Con el deslave, la villa quedó enterrada. Él había arqueado su ancha espalda para protegerla con su cuerpo, deteniendo el muro que se derrumbaba y manteniéndola a salvo entre sus brazos.Beatriz le tomó la cara entre las manos, pero solo sintió una sangre pegajosa. Su voz tembló.—¡Elías!Él respondió con un murmullo apenas audible:—Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado.La misma voz, la misma promesa.Las lágrimas brotaron de los ojos de Beatriz.—Elías, al final viniste a buscarme. ¡No debiste haber venido!Habían pasado tres años desde que escapó del psiquiátrico y se escondió de él. ¡Pensó que nunca más volverían a verse! Y ahora, en este momento de peligro, él aparecía para protegerla con su vida.Si no hubiera venido, solo ella habría muerto.—Perdóname, llegué tarde.La voz de Elías se debilitaba por momentos.—Perdóname, ya no podré protegerte más.—Elías, no te duermas, ¡despierta!Beatriz estaba aterrada y gritó con todas sus fuerzas.—Elías, ¡me debes una explicación! ¡No puedes dormirte, no puedes!No hubo respuesta, ni siquiera el sonido de su respiración.El pánico se apoderó de Beatriz.—¿Por qué tenías que venir? ¡No debiste hacerlo!¡No, no quería perderlo!Rompió a llorar.—Elías, dijiste que si todavía me querías, serías un perro…—Guau.Un ladrido suave salió de la boca de Elías.¡No estaba muerto!La sorpresa inundó a Beatriz.—Elías…Con su último aliento, Elías susurró:—En la próxima vida, tu hermano seguirá queriendo a Bea.—Guau…Con ese último murmullo, Elías dejó de respirar para siempre.—¡Elías!Beatriz lloró y gritó con el corazón roto durante un largo rato. Pero él ya descansaba en paz, y nunca más podría decirle: «Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado».A través de una grieta, Beatriz vio el cielo estrellado que aparecía después de la tormenta.Acercó su cabeza al oído de Elías y le susurró:—Dijiste que habías comprado un planeta y lo habías nombrado Beatriz para protegerme toda la vida y cumplir todos mis deseos… ¿Podrá ese planeta devolverme a Elías?Si hubiera otra vida, ya no querría libertad, ni un hogar. Podría renunciar a su propia vida, ya no quería nada.¡Solo quería a Elías!...Tres días después, llegó el equipo de rescate.Pero solo encontraron dos cuerpos abrazados con fuerza y una frase escrita con sangre en la pared, trazada por los dedos de la mujer.«Beatriz amará a Elías por toda la eternidad».-¡Bum!-Un relámpago estruendoso rasgó la oscuridad del cielo y cayó con furia.Sentada en la cama, Beatriz miraba sus piernas intactas, ya no las prótesis inertes, y no salía de su asombro.¿No estaba muerta? ¿No le habían amputado las piernas?Confundida, Beatriz levantó la cabeza y recorrió la habitación con la mirada. Sus ojos se abrieron como platos.¡Estaba en El Encanto del Lago! Pero, ¿no se había incendiado El Encanto del Lago hacía tres años? ¿Y no había perdido el ojo izquierdo? ¿Cómo era posible que pudiera ver el mosquito que volaba junto a su ojo?Un mosquito grande y gordo batía sus alas, subiendo y bajando.—Pobre Elías, ahí abajo. Lleva mucho tiempo recibiendo golpes, seguro que ya casi lo matan.—Lo peor es que lleva tres días de pie bajo esta lluvia torrencial.—Menos mal que llueve, si no, nosotras las mosquitos no tendríamos nada que hacer.—Oye, pero todo esto es por culpa de esa zorra de Beatriz…El zumbido de los mosquitos que volaban frente a ella la estaba volviendo loca.-¡Plas!-Levantó la mano y aplastó a uno de ellos.—¡Ahhh, un asesinato! No, ¡un mosquiticidio!—¡Qué mujer tan cruel! Le chupamos la sangre, lo que significa que llevamos a sus hijos en nuestras panzas, ¡y ella los mata así como si nada!Los otros dos mosquitos se alejaron volando a toda prisa.—Elías, te doy dos opciones. La primera: entregas a Beatriz a la policía tú mismo.—La segunda: te casas con Regina, y nosotros olvidaremos lo que hizo Beatriz.Bajo el sonido de la lluvia, una voz llegó desde el piso de abajo.—¡Nadie va a tocar a Beatriz!—¡Y yo jamás me casaré con Regina!Esa voz, profunda, ronca y con un filo que calaba hasta los huesos, hizo que Beatriz se estremeciera por completo.«¡Es Elías! ¡Está vivo, está vivo!».Al escuchar su voz, Beatriz se levantó de la cama con emoción. Después de tres años sin caminar, cayó al suelo al instante. Sin embargo, se adaptó con rapidez y se puso de pie.Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.Afuera, la tormenta rugía con relámpagos y un viento huracanado. En el patio, de pie y cubierto de heridas, pero con la espalda tan recta como la de un soldado, estaba Elías.Como si sintiera su mirada, él levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron, y en esa profundidad indescifrable, se leía un amor sin fin.—¡Sigan golpeándolo!Beatriz vio cómo un hombre blandía un largo látigo rojo y lo descargaba con saña sobre Elías.-¡Zas!-El látigo cayó, y el costoso traje de Elías se rasgó al momento, dejando la piel al descubierto. La carne quedó expuesta. La lluvia arrastró la sangre, formando un charco de un rojo que hería la vista.—¡Elías! —gritó Beatriz, y corrió escaleras abajo.No entendía por qué, después de morir, estaba reviviendo una escena de hacía cinco años. Lo único que sabía era que tenía que impedir que siguieran golpeando a Elías. Solo sabía que quería abrazarlo, abrazarlo con todas sus fuerzas.Abajo, el mayordomo, Horacio, levantó el látigo y se dispuso a azotar a Elías una vez más.—¡Detente!Beatriz salió corriendo y se interpuso frente a Elías con su cuerpo menudo y frágil. El látigo estaba a punto de caer sobre ella.Elías la abrazó con fuerza y, girando sobre sí mismo, la protegió con su ancha espalda, recibiendo él el golpe.—Elías…Enojado, Elías la apartó y le gritó:—¿Qué demonios haces aquí afuera?Casi la golpean. ¿Acaso intentaba usar esto como un favor para que él la dejara ir?—Yo…—Horacio, sigue.Ante la orden severa, Beatriz levantó la vista y vio a Horacio blandir el látigo de nuevo. Empujó a Elías a un lado y, con un movimiento rápido, atrapó el látigo en el aire.Horacio se quedó de piedra.Elías y los demás también estaban atónitos. ¿Beatriz, una mujer tan delicada, había detenido un latigazo con sus propias manos?Beatriz enrolló el látigo en su mano y tiró con fuerza. Horacio trastabilló hacia adelante y, al perder el equilibrio, soltó el látigo.Beatriz se lo arrebató y lo hizo restallar en el aire con una floritura impecable. Cada movimiento fue fluido y preciso.Con una mirada asesina, le preguntó a Horacio:—¿Cuántas veces golpeaste a Elías?¡Se lo iba a devolver al doble!Bajo la noche lluviosa, Beatriz sostenía el látigo, emanando un aura asesina que la hacía parecer la misma muerte encarnada, provocando un escalofrío en quienes la observaban.La imponente presencia de Beatriz dejó a Horacio, el mayordomo, paralizado por un momento, un miedo genuino comenzaba a nacer en su interior.—No… no lo sé.Su única orden era seguir golpeando hasta que el señor Quirós cediera.—¡Yo sí sé, yo sí sé! ¡Le dio treinta y cinco latigazos! —zumbó un mosquito, volando de arriba abajo.Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Beatriz.—Treinta y cinco latigazos, ¡perfecto!Horacio y los demás la miraron confundidos. ¿Quién le había dicho que eran treinta y cinco?—Beatriz, está lloviendo, entra a la casa…Elías intentó tomarla del brazo, pero ella ya había blandido el látigo con destreza.-¡Zas!-El látigo cortó el aire, rápido, preciso e implacable, directo hacia Horacio.—¡Ah!La ropa de Horacio se desgarró al instante, su piel se abrió y la sangre comenzó a brotar.—Uno.Sin pausa, Beatriz lanzó el segundo latigazo.—¡Ah! —gritó Horacio, cayendo de rodillas al suelo.—¡Dos!—¡Tres!—¡Ahhh!Beatriz no se detuvo, cada golpe caía con una precisión letal. Horacio intentaba esquivarlos, pero su velocidad no era rival para la de ella.Salvador Quirós observó a su mayordomo recibir golpe tras golpe, atónito por un buen rato, hasta que finalmente reaccionó.—¡Guardias! ¡Mátenla a palos!Cuatro guardias que estaban cerca, armados con garrotes, obedecieron la orden y se abalanzaron sobre Beatriz.La mirada de Elías se endureció y su imponente figura se movió como un relámpago. Con las manos vacías, desarmó a un guardia, derribó a otro de una patada y se colocó justo detrás de Beatriz.—¡Ya lo dije, nadie toca a Beatriz!Su voz era cortante y penetrante, helaba la sangre de quien la escuchaba.Beatriz y Elías, espalda con espalda, pegados el uno al otro. Él se encargaba de los guardias con el garrote, mientras ella castigaba a Horacio con el látigo. Sin necesidad de palabras, su coordinación era perfecta.—¡Noventa y nueve!Horacio ya agonizaba en el suelo. Al ver que Beatriz alzaba el látigo una vez más, sacó una pistola de su cinturón, apuntó y disparó.Elías sintió el peligro. Al girar, vio el oscuro cañón del arma. Sus pupilas se contrajeron, abrazó a Beatriz con fuerza y sacó su propia pistola.Horacio, con la mano atravesada por una bala, cayó al suelo aullando de dolor. Sus gritos eran más aterradores que los truenos.Elías levantó su pistola con silenciador y apuntó al anciano con traje tradicional que estaba bajo el pórtico.—¡Quien toque a Beatriz, se muere!El semblante de Salvador Quirós se ensombreció.—¡Soy tu abuelo!La voz de Elías se volvió aún más implacable, sus ojos teñidos de un rojo sanguinario.—¡No me importa quién sea!Era la persona que adoraba con el alma, a quien protegía con su vida. ¡Nadie podía tocarla!Beatriz se aferró con fuerza a la cintura de Elías, escondiendo la cara en su pecho.—De ahora en adelante, ¡quien toque a Elías, también se muere!Bajo la lluvia nocturna, Elías y Salvador Quirós se miraban fijamente, la tensión era palpable, a punto de estallar.Finalmente, Salvador Quirós cedió.—¿Estás seguro de que tiene que ser Beatriz?—¡Sí! —respondió Elías sin dudar. ¡Tenía que ser ella!—Durante un año, no podrán casarse ni hacer pública su relación. Si después de ese tiempo sigue a tu lado, ¡lo aceptaré!—No me imp…Él y Beatriz no necesitaban la aprobación de nadie.—¡Está bien, un año! —lo interrumpió Beatriz.Salvador Quirós era el patriarca de la familia Quirós. Desafiarlo ahora no les traería nada bueno. Hacía cinco años, ni ella ni Elías eran lo suficientemente fuertes. ¡Pero en un año, lo serían!Y esta vez, ella le devolvería con creces todo el amor que le había negado en su vida pasada.Capítulo 3Llovió sin parar durante siete días. Las inundaciones lo cubrían todo y los deslaves arrasaban con varias zonas montañosas.Dentro de la casa, Beatriz Rosales, sentada en su silla de ruedas, observaba los relámpagos y el aguacero torrencial que caía afuera.Sostenía el teléfono, con una expresión de incredulidad total.—¿Estás diciendo que no fue Elías quien me mandó al psiquiátrico?Apoyó las manos sobre sus rodillas vacías; debajo de ellas, solo había un par de prótesis inertes.Se mordió el labio.—Entonces, la persona que provocó mi accidente de carro, que hizo que me amputaran las piernas y que perdiera un ojo, ¿tampoco fue Elías?—¿Y quién fue el que me donó médula ósea?Del otro lado de la línea, una voz respondió:—Quien le donó la médula fue el señor Quirós. El hermano que usted buscaba también era él.¡Ese era el resultado de tres años de investigación!Beatriz apretó los labios y preguntó con rabia contenida:—Entonces, ¿quién fue el que me hizo daño? ¿Quién mató a mis seis hermanos?—Fue…—¡Bea!Beatriz escuchó un grito desgarrador y, al levantar la vista, vio una figura que se abalanzaba sobre ella.-¡Bum!-La villa, ubicada en la ladera de la montaña, fue sepultada en un instante por el deslave....-Tic, tac.-Una gota de sangre cayó sobre la cara de Beatriz, despertándola.Se sentía aplastada, incómoda. Abrió los ojos y solo vio oscuridad, no podía distinguir nada. Pero el olor que emanaba de él le resultaba familiar.Beatriz levantó una mano para intentar apartarlo, pero sentía como si una montaña la estuviera aplastando; no logró moverlo ni un centímetro.Con el deslave, la villa quedó enterrada. Él había arqueado su ancha espalda para protegerla con su cuerpo, deteniendo el muro que se derrumbaba y manteniéndola a salvo entre sus brazos.Beatriz le tomó la cara entre las manos, pero solo sintió una sangre pegajosa. Su voz tembló.—¡Elías!Él respondió con un murmullo apenas audible:—Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado.La misma voz, la misma promesa.Las lágrimas brotaron de los ojos de Beatriz.—Elías, al final viniste a buscarme. ¡No debiste haber venido!Habían pasado tres años desde que escapó del psiquiátrico y se escondió de él. ¡Pensó que nunca más volverían a verse! Y ahora, en este momento de peligro, él aparecía para protegerla con su vida.Si no hubiera venido, solo ella habría muerto.—Perdóname, llegué tarde.La voz de Elías se debilitaba por momentos.—Perdóname, ya no podré protegerte más.—Elías, no te duermas, ¡despierta!Beatriz estaba aterrada y gritó con todas sus fuerzas.—Elías, ¡me debes una explicación! ¡No puedes dormirte, no puedes!No hubo respuesta, ni siquiera el sonido de su respiración.El pánico se apoderó de Beatriz.—¿Por qué tenías que venir? ¡No debiste hacerlo!¡No, no quería perderlo!Rompió a llorar.—Elías, dijiste que si todavía me querías, serías un perro…—Guau.Un ladrido suave salió de la boca de Elías.¡No estaba muerto!La sorpresa inundó a Beatriz.—Elías…Con su último aliento, Elías susurró:—En la próxima vida, tu hermano seguirá queriendo a Bea.—Guau…Con ese último murmullo, Elías dejó de respirar para siempre.—¡Elías!Beatriz lloró y gritó con el corazón roto durante un largo rato. Pero él ya descansaba en paz, y nunca más podría decirle: «Bea, no tengas miedo, siempre estaré a tu lado».A través de una grieta, Beatriz vio el cielo estrellado que aparecía después de la tormenta.Acercó su cabeza al oído de Elías y le susurró:—Dijiste que habías comprado un planeta y lo habías nombrado Beatriz para protegerme toda la vida y cumplir todos mis deseos… ¿Podrá ese planeta devolverme a Elías?Si hubiera otra vida, ya no querría libertad, ni un hogar. Podría renunciar a su propia vida, ya no quería nada.¡Solo quería a Elías!...Tres días después, llegó el equipo de rescate.Pero solo encontraron dos cuerpos abrazados con fuerza y una frase escrita con sangre en la pared, trazada por los dedos de la mujer.«Beatriz amará a Elías por toda la eternidad».-¡Bum!-Un relámpago estruendoso rasgó la oscuridad del cielo y cayó con furia.Sentada en la cama, Beatriz miraba sus piernas intactas, ya no las prótesis inertes, y no salía de su asombro.¿No estaba muerta? ¿No le habían amputado las piernas?Confundida, Beatriz levantó la cabeza y recorrió la habitación con la mirada. Sus ojos se abrieron como platos.¡Estaba en El Encanto del Lago! Pero, ¿no se había incendiado El Encanto del Lago hacía tres años? ¿Y no había perdido el ojo izquierdo? ¿Cómo era posible que pudiera ver el mosquito que volaba junto a su ojo?Un mosquito grande y gordo batía sus alas, subiendo y bajando.—Pobre Elías, ahí abajo. Lleva mucho tiempo recibiendo golpes, seguro que ya casi lo matan.—Lo peor es que lleva tres días de pie bajo esta lluvia torrencial.—Menos mal que llueve, si no, nosotras las mosquitos no tendríamos nada que hacer.—Oye, pero todo esto es por culpa de esa zorra de Beatriz…El zumbido de los mosquitos que volaban frente a ella la estaba volviendo loca.-¡Plas!-Levantó la mano y aplastó a uno de ellos.—¡Ahhh, un asesinato! No, ¡un mosquiticidio!—¡Qué mujer tan cruel! Le chupamos la sangre, lo que significa que llevamos a sus hijos en nuestras panzas, ¡y ella los mata así como si nada!Los otros dos mosquitos se alejaron volando a toda prisa.—Elías, te doy dos opciones. La primera: entregas a Beatriz a la policía tú mismo.—La segunda: te casas con Regina, y nosotros olvidaremos lo que hizo Beatriz.Bajo el sonido de la lluvia, una voz llegó desde el piso de abajo.—¡Nadie va a tocar a Beatriz!—¡Y yo jamás me casaré con Regina!Esa voz, profunda, ronca y con un filo que calaba hasta los huesos, hizo que Beatriz se estremeciera por completo.«¡Es Elías! ¡Está vivo, está vivo!».Al escuchar su voz, Beatriz se levantó de la cama con emoción. Después de tres años sin caminar, cayó al suelo al instante. Sin embargo, se adaptó con rapidez y se puso de pie.Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.Afuera, la tormenta rugía con relámpagos y un viento huracanado. En el patio, de pie y cubierto de heridas, pero con la espalda tan recta como la de un soldado, estaba Elías.Como si sintiera su mirada, él levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron, y en esa profundidad indescifrable, se leía un amor sin fin.—¡Sigan golpeándolo!Beatriz vio cómo un hombre blandía un largo látigo rojo y lo descargaba con saña sobre Elías.-¡Zas!-El látigo cayó, y el costoso traje de Elías se rasgó al momento, dejando la piel al descubierto. La carne quedó expuesta. La lluvia arrastró la sangre, formando un charco de un rojo que hería la vista.—¡Elías! —gritó Beatriz, y corrió escaleras abajo.No entendía por qué, después de morir, estaba reviviendo una escena de hacía cinco años. Lo único que sabía era que tenía que impedir que siguieran golpeando a Elías. Solo sabía que quería abrazarlo, abrazarlo con todas sus fuerzas.Abajo, el mayordomo, Horacio, levantó el látigo y se dispuso a azotar a Elías una vez más.—¡Detente!Beatriz salió corriendo y se interpuso frente a Elías con su cuerpo menudo y frágil. El látigo estaba a punto de caer sobre ella.Elías la abrazó con fuerza y, girando sobre sí mismo, la protegió con su ancha espalda, recibiendo él el golpe.—Elías…Enojado, Elías la apartó y le gritó:—¿Qué demonios haces aquí afuera?Casi la golpean. ¿Acaso intentaba usar esto como un favor para que él la dejara ir?—Yo…—Horacio, sigue.Ante la orden severa, Beatriz levantó la vista y vio a Horacio blandir el látigo de nuevo. Empujó a Elías a un lado y, con un movimiento rápido, atrapó el látigo en el aire.Horacio se quedó de piedra.Elías y los demás también estaban atónitos. ¿Beatriz, una mujer tan delicada, había detenido un latigazo con sus propias manos?Beatriz enrolló el látigo en su mano y tiró con fuerza. Horacio trastabilló hacia adelante y, al perder el equilibrio, soltó el látigo.Beatriz se lo arrebató y lo hizo restallar en el aire con una floritura impecable. Cada movimiento fue fluido y preciso.Con una mirada asesina, le preguntó a Horacio:—¿Cuántas veces golpeaste a Elías?¡Se lo iba a devolver al doble!Bajo la noche lluviosa, Beatriz sostenía el látigo, emanando un aura asesina que la hacía parecer la misma muerte encarnada, provocando un escalofrío en quienes la observaban.La imponente presencia de Beatriz dejó a Horacio, el mayordomo, paralizado por un momento, un miedo genuino comenzaba a nacer en su interior.—No… no lo sé.Su única orden era seguir golpeando hasta que el señor Quirós cediera.—¡Yo sí sé, yo sí sé! ¡Le dio treinta y cinco latigazos! —zumbó un mosquito, volando de arriba abajo.Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Beatriz.—Treinta y cinco latigazos, ¡perfecto!Horacio y los demás la miraron confundidos. ¿Quién le había dicho que eran treinta y cinco?—Beatriz, está lloviendo, entra a la casa…Elías intentó tomarla del brazo, pero ella ya había blandido el látigo con destreza.-¡Zas!-El látigo cortó el aire, rápido, preciso e implacable, directo hacia Horacio.—¡Ah!La ropa de Horacio se desgarró al instante, su piel se abrió y la sangre comenzó a brotar.—Uno.Sin pausa, Beatriz lanzó el segundo latigazo.—¡Ah! —gritó Horacio, cayendo de rodillas al suelo.—¡Dos!—¡Tres!—¡Ahhh!Beatriz no se detuvo, cada golpe caía con una precisión letal. Horacio intentaba esquivarlos, pero su velocidad no era rival para la de ella.Salvador Quirós observó a su mayordomo recibir golpe tras golpe, atónito por un buen rato, hasta que finalmente reaccionó.—¡Guardias! ¡Mátenla a palos!Cuatro guardias que estaban cerca, armados con garrotes, obedecieron la orden y se abalanzaron sobre Beatriz.La mirada de Elías se endureció y su imponente figura se movió como un relámpago. Con las manos vacías, desarmó a un guardia, derribó a otro de una patada y se colocó justo detrás de Beatriz.—¡Ya lo dije, nadie toca a Beatriz!Su voz era cortante y penetrante, helaba la sangre de quien la escuchaba.Beatriz y Elías, espalda con espalda, pegados el uno al otro. Él se encargaba de los guardias con el garrote, mientras ella castigaba a Horacio con el látigo. Sin necesidad de palabras, su coordinación era perfecta.—¡Noventa y nueve!Horacio ya agonizaba en el suelo. Al ver que Beatriz alzaba el látigo una vez más, sacó una pistola de su cinturón, apuntó y disparó.Elías sintió el peligro. Al girar, vio el oscuro cañón del arma. Sus pupilas se contrajeron, abrazó a Beatriz con fuerza y sacó su propia pistola.Horacio, con la mano atravesada por una bala, cayó al suelo aullando de dolor. Sus gritos eran más aterradores que los truenos.Elías levantó su pistola con silenciador y apuntó al anciano con traje tradicional que estaba bajo el pórtico.—¡Quien toque a Beatriz, se muere!El semblante de Salvador Quirós se ensombreció.—¡Soy tu abuelo!La voz de Elías se volvió aún más implacable, sus ojos teñidos de un rojo sanguinario.—¡No me importa quién sea!Era la persona que adoraba con el alma, a quien protegía con su vida. ¡Nadie podía tocarla!Beatriz se aferró con fuerza a la cintura de Elías, escondiendo la cara en su pecho.—De ahora en adelante, ¡quien toque a Elías, también se muere!Bajo la lluvia nocturna, Elías y Salvador Quirós se miraban fijamente, la tensión era palpable, a punto de estallar.Finalmente, Salvador Quirós cedió.—¿Estás seguro de que tiene que ser Beatriz?—¡Sí! —respondió Elías sin dudar. ¡Tenía que ser ella!—Durante un año, no podrán casarse ni hacer pública su relación. Si después de ese tiempo sigue a tu lado, ¡lo aceptaré!—No me imp…Él y Beatriz no necesitaban la aprobación de nadie.—¡Está bien, un año! —lo interrumpió Beatriz.Salvador Quirós era el patriarca de la familia Quirós. Desafiarlo ahora no les traería nada bueno. Hacía cinco años, ni ella ni Elías eran lo suficientemente fuertes. ¡Pero en un año, lo serían!Y esta vez, ella le devolvería con creces todo el amor que le había negado en su vida pasada.