Capítulo 1San Hernán, en la suite presidencial del único Hotel Four Seasons de la ciudad.Sonaron unos golpes en la puerta de la habitación 8868, pero antes de que Ángela Gámez pudiera responder, una mujer de mediana edad, vestida con un elegante traje rojo, entró sin esperar invitación.—Ángela, la boda empieza en diez minutos, ¿ya estás lista?Frente al espejo del tocador, Ángela lucía un elaborado y exquisito vestido de novia, también rojo, que hacía resaltar aún más su piel, pálida como la nieve. El maquillaje profesional acentuaba sus facciones delicadas, dándole un aire de belleza casi irreal.Levantó la vista hacia la puerta, con una mueca de desdén en los labios.—Si acepté casarme con Cristian Montenegro, voy a cumplir mi palabra. No tienes que venir a vigilarme cada diez minutos para ver si sigo aquí.Lucía Mendoza se frotó los ojos, fingiendo una emoción que no sentía, antes de lanzarle un chantaje emocional sin el menor reparo.—Ángela, todo esto es por la empresa. Como hija, no puedes quedarte de brazos cruzados mientras la compañía de tu padre se hunde.—Ya que ustedes me venden a la familia Montenegro por una dote millonaria con la excusa de un milagro, de ahora en adelante no quiero tener ningún vínculo con la familia Gámez. Se acabó.—Ángela, aunque no soy tu madre biológica, yo…—Señorita Gámez, la ceremonia está a punto de comenzar. Vengo a acompañarla a la antesala.La aparición repentina de un miembro del personal del hotel interrumpió las palabras de Lucía.Ángela le lanzó una mirada gélida.—Voy en un momento.El salón de ceremonias había sido decorado con un estilo clásico y señorial que transportaba a los invitados a otra época. Cualquiera que entrara podía notar el esmero y el presupuesto invertido en cada detalle.Hoy era el día de la boda de Ángela con Cristian Montenegro, el heredero y líder de la tercera generación de la familia. Sin embargo, en el altar, solo estaría ella.Su futuro esposo, el novio, había sufrido un terrible accidente de carro tres meses atrás. Aunque sobrevivió de milagro, no había despertado desde entonces. El diagnóstico de los médicos era definitivo: Cristian Montenegro estaba en estado vegetativo.¿Por qué casar a un hombre en coma?Porque cuando la ciencia falló, la familia Montenegro recurrió a la superstición. Intentaban usar la antigua creencia de una boda propiciatoria para traerlo de vuelta.Al observar la impecable decoración, Ángela sintió una punzada de ironía. Siempre había soñado con una boda así, pero en su sueño, el novio la esperaba al final del pasillo.Durante los últimos dos días, había intentado contactar a su novio una y otra vez. La primera vez, la llamada se cortó apenas contestó. Después de eso, ni sus llamadas ni sus mensajes obtuvieron respuesta. El silencio absoluto.Con la ceremonia a segundos de empezar, hizo un último intento desesperado. Sacó el celular que había escondido en los pliegues del vestido y marcó el número que se sabía de memoria.Esta vez, el teléfono sonó.Un brillo de esperanza iluminó los ojos de Ángela.Pero, al segundo siguiente, la llamada fue rechazada sin la menor vacilación.La luz en su mirada se extinguió. Justo en ese instante, una notificación de mensaje vibró en su mano. Con el corazón en un puño, desbloqueó la pantalla y leyó las palabras que destrozaron sus últimas esperanzas:[Ángela, vas a casarte con mi tío. Por favor, compórtate.]Una simple línea de texto fue suficiente para derrumbarlo todo. El hombre con el que había salido durante un año, el mismo que le juró amor eterno, ahora le pedía que no hiciera un escándalo mientras la obligaban a casarse con otro.Ella estaba dispuesta a dejarlo todo. Si Esteban Montenegro le hubiera pedido que huyera con él, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. Pero él ni siquiera le dio la oportunidad de proponérselo. Quizás leyó sus mensajes suplicantes y simplemente eligió ignorarlos.Al final, su única respuesta fue un frío: «compórtate».Así, sin más, Ángela fue abandonada.—Ángela, la boda está por comenzar, ¿y tú sigues jugando con el celular como una niña? Guárdalo ya, no dejes que la gente se ría de nosotros.Su hermanastra, Sabrina Gámez, apareció de la nada, con un tonito burlón que no intentaba disimular.Ángela la miró de reojo, sin entender esa expresión de triunfo en su rostro. Se consoló pensando que, una vez casada con Cristian, apenas tendría que volver a ver esa cara detestable. No valía la pena prestarle atención.Pero Sabrina se acercó más y le susurró al oído, con la voz cargada de veneno:—Seguro no lo sabes, ¿verdad, hermanita? Esteban ha estado cuidándome estos últimos días. Yo no me sentía muy bien, y él no se separó de mi lado.La incredulidad golpeó a Ángela como un rayo. Se giró bruscamente, mirándola con los ojos desorbitados, y su voz se quebró al preguntar en un grito ahogado:—¡¿Qué estás diciendo?!Como la boda era un evento discreto y con pocos invitados, el exabrupto pasó casi desapercibido.Viendo el pánico en el rostro de Ángela, Sabrina se regodeó, acercándose aún más para asestar el golpe final.—Esteban dice que eres demasiado anticuada, que no lo dejas ni tocarte. La verdad, le pareces muy aburrida. Es una lástima, con lo bueno que es en la cama… y tú ni siquiera lo probaste.Ángela apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sus ojos, fijos en Sabrina, ardían de furia. ¡Esteban le había jurado que la amaba solo a ella, que la esperaría con toda la paciencia del mundo!Sabrina ignoró su mirada asesina y continuó, con una sonrisa de suficiencia.—Pronto serás la esposa de su tío, así que más te vale que dejes de pensar en él. ¿Qué imagen darías si la gente se enterara? No querrás manchar el nombre de los Montenegro. Una tía enredada con su sobrino… qué vergüenza, ¿no crees? Tú dedícate a cuidar a tu marido en coma. Yo me encargaré de Esteban.—Tú… ¡tú…!Ángela sintió que un velo negro le cubría los ojos; el mundo a su alrededor pareció tambalearse. Había imaginado mil razones por las que Esteban no respondía a sus llamadas, pero jamás se le cruzó por la mente que su propia hermanastra y su novio la estaban traicionando juntos.Retrocedió un paso, inestable, mordiéndose el labio con rabia.—¡Sabrina!—Señorita Gámez, la ceremonia va a empezar. Debemos ir al salón.La voz de un empleado de los Montenegro la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.—Anda, Ángela, ve a tu boda. Escuché que la hora de la ceremonia fue calculada por un maestro que contrataron especialmente. No vayas a arruinar el momento propicio.Sabrina la empujó suavemente, fingiendo preocupación, como si de verdad le importara el ritual de los Montenegro.Como una marioneta, Ángela se dejó guiar por el personal. Avanzó por el pasillo y cumplió con cada paso de la ceremonia, pero su mente estaba en otra parte, repitiendo una y otra vez las crueles palabras de Sabrina. Cada frase era una daga helada que se le clavaba en el pecho, cada sílaba un veneno que le quemaba el corazón.¿Por qué su novio había elegido a Sabrina?¿Por qué, cuando la empresa de su padre tuvo problemas, Lucía decidió sacrificarla a ella a cambio de una dote millonaria para tapar el agujero?¿Por qué, si nunca había disfrutado de los privilegios de ser una Gámez, ahora tenía que ser ella quien pagara los platos rotos, sacrificando su propia felicidad?¿Por qué?¡¿Por qué?!Una amarga sensación de injusticia le quemaba el pecho. Si no hubiera sido por el respeto que le tenía a su padre, jamás habría tolerado los abusos de Lucía y su hija. Pero ahora se daba cuenta de que su paciencia solo había servido para que la vieran como una tonta de la que podían aprovecharse.La decepción acumulada durante años había llegado a su límite. Su padre ya no era el hombre que recordaba, y su hogar se había convertido en un lugar extraño y hostil. No iba a soportarlo más.Lucía pagaría por cada humillación. Sabrina le devolvería todo lo que le había robado.La ceremonia continuó, paso a paso. Aunque no había novio, ella completó el ritual sin flaquear.¿Casarse con un hombre en estado vegetativo? ¿Y qué?Era Cristian Montenegro. Un hombre que, con solo mover un dedo, podía hacer temblar a todo San Hernán. Podría estar en coma, ¡pero la fortuna de los Montenegro seguía intacta! Mientras esa familia existiera, ella sería la esposa de uno de los hombres más poderosos del país, dueña de una riqueza inimaginable.Aunque solo la hubieran traído para un ritual desesperado, nadie volvería a atreverse a humillarla.Ni siquiera Esteban. Él también pagaría por haber jugado con sus sentimientos.Una vez finalizada la ceremonia, Ángela fue trasladada directamente a la mansión de los Montenegro.Desde el accidente de Cristian, su abuelo, Aníbal Montenegro, no había querido dejarlo en un hospital. Lo había llevado a casa y contratado al mejor equipo médico para que lo atendieran día y noche. Debido a la condición de su nieto, Aníbal no había asistido a la boda.Aunque el cabello y la barba de Aníbal eran completamente blancos y su rostro estaba surcado de arrugas, su mirada era enérgica y su postura erguida. No parecía un anciano frágil. En ese momento, la observaba con una intensidad que la hacía sentir examinada hasta el alma. A pesar de su silencio, Ángela percibió una autoridad que se imponía sin necesidad de palabras.Ella se mantuvo firme, con la espalda recta, permitiendo que el patriarca la evaluara. Si no podía soportar una simple mirada, ¿cómo planeaba llevar a cabo su venganza?Después de un largo momento, Aníbal asintió levemente.—Sígueme —dijo, dándose la vuelta para subir las escaleras—. Te llevaré a conocer a Cristian.Ángela lo siguió en silencio, sin hacer preguntas.En el dormitorio principal del tercer piso, vio por primera vez a su nuevo esposo.Incluso postrado en la cama, con los ojos cerrados, Cristian Montenegro emanaba un aura de poder y distinción. Sus facciones eran perfectas: una nariz recta y una mandíbula definida que le daban a su rostro un perfil imponente. Su piel, sin embargo, estaba pálida por el largo tiempo en cama, lo que le confería una extraña fragilidad, como si fuera una pieza de arte a punto de romperse.La imagen despertó en Ángela un pensamiento fugaz y peligroso: el deseo de profanar esa belleza inerte. Sacudió la cabeza de inmediato. ¿Cómo podía tener una idea tan retorcida? Era el líder del Grupo Montenegro. Aunque ahora estuviera indefenso, seguía siendo intocable.—De ahora en adelante, Cristian estará a tu cuidado.—De acuerdo —respondió Ángela por inercia, antes de procesar sus palabras. Miró a Aníbal, confundida—. ¿Qué significa que estará a mi cuidado?Como si le leyera la mente, Aníbal aclaró:—Los médicos te enseñarán lo necesario durante los primeros días. Después, su cuidado dependerá enteramente de ti.Ángela había supuesto que tendría que atenderlo, pero no esperaba que Aníbal confiara en ella de esa manera.—El maestro dijo que el contacto constante entre ustedes es lo que ayudará a Cristian a recuperarse.Aunque la lógica detrás de aquello le parecía absurda, no lo cuestionó. Para vengarse de Lucía y Sabrina, necesitaba ganarse un lugar en la familia Montenegro.Capítulo 2San Hernán, en la suite presidencial del único Hotel Four Seasons de la ciudad.Sonaron unos golpes en la puerta de la habitación 8868, pero antes de que Ángela Gámez pudiera responder, una mujer de mediana edad, vestida con un elegante traje rojo, entró sin esperar invitación.—Ángela, la boda empieza en diez minutos, ¿ya estás lista?Frente al espejo del tocador, Ángela lucía un elaborado y exquisito vestido de novia, también rojo, que hacía resaltar aún más su piel, pálida como la nieve. El maquillaje profesional acentuaba sus facciones delicadas, dándole un aire de belleza casi irreal.Levantó la vista hacia la puerta, con una mueca de desdén en los labios.—Si acepté casarme con Cristian Montenegro, voy a cumplir mi palabra. No tienes que venir a vigilarme cada diez minutos para ver si sigo aquí.Lucía Mendoza se frotó los ojos, fingiendo una emoción que no sentía, antes de lanzarle un chantaje emocional sin el menor reparo.—Ángela, todo esto es por la empresa. Como hija, no puedes quedarte de brazos cruzados mientras la compañía de tu padre se hunde.—Ya que ustedes me venden a la familia Montenegro por una dote millonaria con la excusa de un milagro, de ahora en adelante no quiero tener ningún vínculo con la familia Gámez. Se acabó.—Ángela, aunque no soy tu madre biológica, yo…—Señorita Gámez, la ceremonia está a punto de comenzar. Vengo a acompañarla a la antesala.La aparición repentina de un miembro del personal del hotel interrumpió las palabras de Lucía.Ángela le lanzó una mirada gélida.—Voy en un momento.El salón de ceremonias había sido decorado con un estilo clásico y señorial que transportaba a los invitados a otra época. Cualquiera que entrara podía notar el esmero y el presupuesto invertido en cada detalle.Hoy era el día de la boda de Ángela con Cristian Montenegro, el heredero y líder de la tercera generación de la familia. Sin embargo, en el altar, solo estaría ella.Su futuro esposo, el novio, había sufrido un terrible accidente de carro tres meses atrás. Aunque sobrevivió de milagro, no había despertado desde entonces. El diagnóstico de los médicos era definitivo: Cristian Montenegro estaba en estado vegetativo.¿Por qué casar a un hombre en coma?Porque cuando la ciencia falló, la familia Montenegro recurrió a la superstición. Intentaban usar la antigua creencia de una boda propiciatoria para traerlo de vuelta.Al observar la impecable decoración, Ángela sintió una punzada de ironía. Siempre había soñado con una boda así, pero en su sueño, el novio la esperaba al final del pasillo.Durante los últimos dos días, había intentado contactar a su novio una y otra vez. La primera vez, la llamada se cortó apenas contestó. Después de eso, ni sus llamadas ni sus mensajes obtuvieron respuesta. El silencio absoluto.Con la ceremonia a segundos de empezar, hizo un último intento desesperado. Sacó el celular que había escondido en los pliegues del vestido y marcó el número que se sabía de memoria.Esta vez, el teléfono sonó.Un brillo de esperanza iluminó los ojos de Ángela.Pero, al segundo siguiente, la llamada fue rechazada sin la menor vacilación.La luz en su mirada se extinguió. Justo en ese instante, una notificación de mensaje vibró en su mano. Con el corazón en un puño, desbloqueó la pantalla y leyó las palabras que destrozaron sus últimas esperanzas:[Ángela, vas a casarte con mi tío. Por favor, compórtate.]Una simple línea de texto fue suficiente para derrumbarlo todo. El hombre con el que había salido durante un año, el mismo que le juró amor eterno, ahora le pedía que no hiciera un escándalo mientras la obligaban a casarse con otro.Ella estaba dispuesta a dejarlo todo. Si Esteban Montenegro le hubiera pedido que huyera con él, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. Pero él ni siquiera le dio la oportunidad de proponérselo. Quizás leyó sus mensajes suplicantes y simplemente eligió ignorarlos.Al final, su única respuesta fue un frío: «compórtate».Así, sin más, Ángela fue abandonada.—Ángela, la boda está por comenzar, ¿y tú sigues jugando con el celular como una niña? Guárdalo ya, no dejes que la gente se ría de nosotros.Su hermanastra, Sabrina Gámez, apareció de la nada, con un tonito burlón que no intentaba disimular.Ángela la miró de reojo, sin entender esa expresión de triunfo en su rostro. Se consoló pensando que, una vez casada con Cristian, apenas tendría que volver a ver esa cara detestable. No valía la pena prestarle atención.Pero Sabrina se acercó más y le susurró al oído, con la voz cargada de veneno:—Seguro no lo sabes, ¿verdad, hermanita? Esteban ha estado cuidándome estos últimos días. Yo no me sentía muy bien, y él no se separó de mi lado.La incredulidad golpeó a Ángela como un rayo. Se giró bruscamente, mirándola con los ojos desorbitados, y su voz se quebró al preguntar en un grito ahogado:—¡¿Qué estás diciendo?!Como la boda era un evento discreto y con pocos invitados, el exabrupto pasó casi desapercibido.Viendo el pánico en el rostro de Ángela, Sabrina se regodeó, acercándose aún más para asestar el golpe final.—Esteban dice que eres demasiado anticuada, que no lo dejas ni tocarte. La verdad, le pareces muy aburrida. Es una lástima, con lo bueno que es en la cama… y tú ni siquiera lo probaste.Ángela apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sus ojos, fijos en Sabrina, ardían de furia. ¡Esteban le había jurado que la amaba solo a ella, que la esperaría con toda la paciencia del mundo!Sabrina ignoró su mirada asesina y continuó, con una sonrisa de suficiencia.—Pronto serás la esposa de su tío, así que más te vale que dejes de pensar en él. ¿Qué imagen darías si la gente se enterara? No querrás manchar el nombre de los Montenegro. Una tía enredada con su sobrino… qué vergüenza, ¿no crees? Tú dedícate a cuidar a tu marido en coma. Yo me encargaré de Esteban.—Tú… ¡tú…!Ángela sintió que un velo negro le cubría los ojos; el mundo a su alrededor pareció tambalearse. Había imaginado mil razones por las que Esteban no respondía a sus llamadas, pero jamás se le cruzó por la mente que su propia hermanastra y su novio la estaban traicionando juntos.Retrocedió un paso, inestable, mordiéndose el labio con rabia.—¡Sabrina!—Señorita Gámez, la ceremonia va a empezar. Debemos ir al salón.La voz de un empleado de los Montenegro la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.—Anda, Ángela, ve a tu boda. Escuché que la hora de la ceremonia fue calculada por un maestro que contrataron especialmente. No vayas a arruinar el momento propicio.Sabrina la empujó suavemente, fingiendo preocupación, como si de verdad le importara el ritual de los Montenegro.Como una marioneta, Ángela se dejó guiar por el personal. Avanzó por el pasillo y cumplió con cada paso de la ceremonia, pero su mente estaba en otra parte, repitiendo una y otra vez las crueles palabras de Sabrina. Cada frase era una daga helada que se le clavaba en el pecho, cada sílaba un veneno que le quemaba el corazón.¿Por qué su novio había elegido a Sabrina?¿Por qué, cuando la empresa de su padre tuvo problemas, Lucía decidió sacrificarla a ella a cambio de una dote millonaria para tapar el agujero?¿Por qué, si nunca había disfrutado de los privilegios de ser una Gámez, ahora tenía que ser ella quien pagara los platos rotos, sacrificando su propia felicidad?¿Por qué?¡¿Por qué?!Una amarga sensación de injusticia le quemaba el pecho. Si no hubiera sido por el respeto que le tenía a su padre, jamás habría tolerado los abusos de Lucía y su hija. Pero ahora se daba cuenta de que su paciencia solo había servido para que la vieran como una tonta de la que podían aprovecharse.La decepción acumulada durante años había llegado a su límite. Su padre ya no era el hombre que recordaba, y su hogar se había convertido en un lugar extraño y hostil. No iba a soportarlo más.Lucía pagaría por cada humillación. Sabrina le devolvería todo lo que le había robado.La ceremonia continuó, paso a paso. Aunque no había novio, ella completó el ritual sin flaquear.¿Casarse con un hombre en estado vegetativo? ¿Y qué?Era Cristian Montenegro. Un hombre que, con solo mover un dedo, podía hacer temblar a todo San Hernán. Podría estar en coma, ¡pero la fortuna de los Montenegro seguía intacta! Mientras esa familia existiera, ella sería la esposa de uno de los hombres más poderosos del país, dueña de una riqueza inimaginable.Aunque solo la hubieran traído para un ritual desesperado, nadie volvería a atreverse a humillarla.Ni siquiera Esteban. Él también pagaría por haber jugado con sus sentimientos.Una vez finalizada la ceremonia, Ángela fue trasladada directamente a la mansión de los Montenegro.Desde el accidente de Cristian, su abuelo, Aníbal Montenegro, no había querido dejarlo en un hospital. Lo había llevado a casa y contratado al mejor equipo médico para que lo atendieran día y noche. Debido a la condición de su nieto, Aníbal no había asistido a la boda.Aunque el cabello y la barba de Aníbal eran completamente blancos y su rostro estaba surcado de arrugas, su mirada era enérgica y su postura erguida. No parecía un anciano frágil. En ese momento, la observaba con una intensidad que la hacía sentir examinada hasta el alma. A pesar de su silencio, Ángela percibió una autoridad que se imponía sin necesidad de palabras.Ella se mantuvo firme, con la espalda recta, permitiendo que el patriarca la evaluara. Si no podía soportar una simple mirada, ¿cómo planeaba llevar a cabo su venganza?Después de un largo momento, Aníbal asintió levemente.—Sígueme —dijo, dándose la vuelta para subir las escaleras—. Te llevaré a conocer a Cristian.Ángela lo siguió en silencio, sin hacer preguntas.En el dormitorio principal del tercer piso, vio por primera vez a su nuevo esposo.Incluso postrado en la cama, con los ojos cerrados, Cristian Montenegro emanaba un aura de poder y distinción. Sus facciones eran perfectas: una nariz recta y una mandíbula definida que le daban a su rostro un perfil imponente. Su piel, sin embargo, estaba pálida por el largo tiempo en cama, lo que le confería una extraña fragilidad, como si fuera una pieza de arte a punto de romperse.La imagen despertó en Ángela un pensamiento fugaz y peligroso: el deseo de profanar esa belleza inerte. Sacudió la cabeza de inmediato. ¿Cómo podía tener una idea tan retorcida? Era el líder del Grupo Montenegro. Aunque ahora estuviera indefenso, seguía siendo intocable.—De ahora en adelante, Cristian estará a tu cuidado.—De acuerdo —respondió Ángela por inercia, antes de procesar sus palabras. Miró a Aníbal, confundida—. ¿Qué significa que estará a mi cuidado?Como si le leyera la mente, Aníbal aclaró:—Los médicos te enseñarán lo necesario durante los primeros días. Después, su cuidado dependerá enteramente de ti.Ángela había supuesto que tendría que atenderlo, pero no esperaba que Aníbal confiara en ella de esa manera.—El maestro dijo que el contacto constante entre ustedes es lo que ayudará a Cristian a recuperarse.Aunque la lógica detrás de aquello le parecía absurda, no lo cuestionó. Para vengarse de Lucía y Sabrina, necesitaba ganarse un lugar en la familia Montenegro.Capítulo 3San Hernán, en la suite presidencial del único Hotel Four Seasons de la ciudad.Sonaron unos golpes en la puerta de la habitación 8868, pero antes de que Ángela Gámez pudiera responder, una mujer de mediana edad, vestida con un elegante traje rojo, entró sin esperar invitación.—Ángela, la boda empieza en diez minutos, ¿ya estás lista?Frente al espejo del tocador, Ángela lucía un elaborado y exquisito vestido de novia, también rojo, que hacía resaltar aún más su piel, pálida como la nieve. El maquillaje profesional acentuaba sus facciones delicadas, dándole un aire de belleza casi irreal.Levantó la vista hacia la puerta, con una mueca de desdén en los labios.—Si acepté casarme con Cristian Montenegro, voy a cumplir mi palabra. No tienes que venir a vigilarme cada diez minutos para ver si sigo aquí.Lucía Mendoza se frotó los ojos, fingiendo una emoción que no sentía, antes de lanzarle un chantaje emocional sin el menor reparo.—Ángela, todo esto es por la empresa. Como hija, no puedes quedarte de brazos cruzados mientras la compañía de tu padre se hunde.—Ya que ustedes me venden a la familia Montenegro por una dote millonaria con la excusa de un milagro, de ahora en adelante no quiero tener ningún vínculo con la familia Gámez. Se acabó.—Ángela, aunque no soy tu madre biológica, yo…—Señorita Gámez, la ceremonia está a punto de comenzar. Vengo a acompañarla a la antesala.La aparición repentina de un miembro del personal del hotel interrumpió las palabras de Lucía.Ángela le lanzó una mirada gélida.—Voy en un momento.El salón de ceremonias había sido decorado con un estilo clásico y señorial que transportaba a los invitados a otra época. Cualquiera que entrara podía notar el esmero y el presupuesto invertido en cada detalle.Hoy era el día de la boda de Ángela con Cristian Montenegro, el heredero y líder de la tercera generación de la familia. Sin embargo, en el altar, solo estaría ella.Su futuro esposo, el novio, había sufrido un terrible accidente de carro tres meses atrás. Aunque sobrevivió de milagro, no había despertado desde entonces. El diagnóstico de los médicos era definitivo: Cristian Montenegro estaba en estado vegetativo.¿Por qué casar a un hombre en coma?Porque cuando la ciencia falló, la familia Montenegro recurrió a la superstición. Intentaban usar la antigua creencia de una boda propiciatoria para traerlo de vuelta.Al observar la impecable decoración, Ángela sintió una punzada de ironía. Siempre había soñado con una boda así, pero en su sueño, el novio la esperaba al final del pasillo.Durante los últimos dos días, había intentado contactar a su novio una y otra vez. La primera vez, la llamada se cortó apenas contestó. Después de eso, ni sus llamadas ni sus mensajes obtuvieron respuesta. El silencio absoluto.Con la ceremonia a segundos de empezar, hizo un último intento desesperado. Sacó el celular que había escondido en los pliegues del vestido y marcó el número que se sabía de memoria.Esta vez, el teléfono sonó.Un brillo de esperanza iluminó los ojos de Ángela.Pero, al segundo siguiente, la llamada fue rechazada sin la menor vacilación.La luz en su mirada se extinguió. Justo en ese instante, una notificación de mensaje vibró en su mano. Con el corazón en un puño, desbloqueó la pantalla y leyó las palabras que destrozaron sus últimas esperanzas:[Ángela, vas a casarte con mi tío. Por favor, compórtate.]Una simple línea de texto fue suficiente para derrumbarlo todo. El hombre con el que había salido durante un año, el mismo que le juró amor eterno, ahora le pedía que no hiciera un escándalo mientras la obligaban a casarse con otro.Ella estaba dispuesta a dejarlo todo. Si Esteban Montenegro le hubiera pedido que huyera con él, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. Pero él ni siquiera le dio la oportunidad de proponérselo. Quizás leyó sus mensajes suplicantes y simplemente eligió ignorarlos.Al final, su única respuesta fue un frío: «compórtate».Así, sin más, Ángela fue abandonada.—Ángela, la boda está por comenzar, ¿y tú sigues jugando con el celular como una niña? Guárdalo ya, no dejes que la gente se ría de nosotros.Su hermanastra, Sabrina Gámez, apareció de la nada, con un tonito burlón que no intentaba disimular.Ángela la miró de reojo, sin entender esa expresión de triunfo en su rostro. Se consoló pensando que, una vez casada con Cristian, apenas tendría que volver a ver esa cara detestable. No valía la pena prestarle atención.Pero Sabrina se acercó más y le susurró al oído, con la voz cargada de veneno:—Seguro no lo sabes, ¿verdad, hermanita? Esteban ha estado cuidándome estos últimos días. Yo no me sentía muy bien, y él no se separó de mi lado.La incredulidad golpeó a Ángela como un rayo. Se giró bruscamente, mirándola con los ojos desorbitados, y su voz se quebró al preguntar en un grito ahogado:—¡¿Qué estás diciendo?!Como la boda era un evento discreto y con pocos invitados, el exabrupto pasó casi desapercibido.Viendo el pánico en el rostro de Ángela, Sabrina se regodeó, acercándose aún más para asestar el golpe final.—Esteban dice que eres demasiado anticuada, que no lo dejas ni tocarte. La verdad, le pareces muy aburrida. Es una lástima, con lo bueno que es en la cama… y tú ni siquiera lo probaste.Ángela apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Sus ojos, fijos en Sabrina, ardían de furia. ¡Esteban le había jurado que la amaba solo a ella, que la esperaría con toda la paciencia del mundo!Sabrina ignoró su mirada asesina y continuó, con una sonrisa de suficiencia.—Pronto serás la esposa de su tío, así que más te vale que dejes de pensar en él. ¿Qué imagen darías si la gente se enterara? No querrás manchar el nombre de los Montenegro. Una tía enredada con su sobrino… qué vergüenza, ¿no crees? Tú dedícate a cuidar a tu marido en coma. Yo me encargaré de Esteban.—Tú… ¡tú…!Ángela sintió que un velo negro le cubría los ojos; el mundo a su alrededor pareció tambalearse. Había imaginado mil razones por las que Esteban no respondía a sus llamadas, pero jamás se le cruzó por la mente que su propia hermanastra y su novio la estaban traicionando juntos.Retrocedió un paso, inestable, mordiéndose el labio con rabia.—¡Sabrina!—Señorita Gámez, la ceremonia va a empezar. Debemos ir al salón.La voz de un empleado de los Montenegro la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.—Anda, Ángela, ve a tu boda. Escuché que la hora de la ceremonia fue calculada por un maestro que contrataron especialmente. No vayas a arruinar el momento propicio.Sabrina la empujó suavemente, fingiendo preocupación, como si de verdad le importara el ritual de los Montenegro.Como una marioneta, Ángela se dejó guiar por el personal. Avanzó por el pasillo y cumplió con cada paso de la ceremonia, pero su mente estaba en otra parte, repitiendo una y otra vez las crueles palabras de Sabrina. Cada frase era una daga helada que se le clavaba en el pecho, cada sílaba un veneno que le quemaba el corazón.¿Por qué su novio había elegido a Sabrina?¿Por qué, cuando la empresa de su padre tuvo problemas, Lucía decidió sacrificarla a ella a cambio de una dote millonaria para tapar el agujero?¿Por qué, si nunca había disfrutado de los privilegios de ser una Gámez, ahora tenía que ser ella quien pagara los platos rotos, sacrificando su propia felicidad?¿Por qué?¡¿Por qué?!Una amarga sensación de injusticia le quemaba el pecho. Si no hubiera sido por el respeto que le tenía a su padre, jamás habría tolerado los abusos de Lucía y su hija. Pero ahora se daba cuenta de que su paciencia solo había servido para que la vieran como una tonta de la que podían aprovecharse.La decepción acumulada durante años había llegado a su límite. Su padre ya no era el hombre que recordaba, y su hogar se había convertido en un lugar extraño y hostil. No iba a soportarlo más.Lucía pagaría por cada humillación. Sabrina le devolvería todo lo que le había robado.La ceremonia continuó, paso a paso. Aunque no había novio, ella completó el ritual sin flaquear.¿Casarse con un hombre en estado vegetativo? ¿Y qué?Era Cristian Montenegro. Un hombre que, con solo mover un dedo, podía hacer temblar a todo San Hernán. Podría estar en coma, ¡pero la fortuna de los Montenegro seguía intacta! Mientras esa familia existiera, ella sería la esposa de uno de los hombres más poderosos del país, dueña de una riqueza inimaginable.Aunque solo la hubieran traído para un ritual desesperado, nadie volvería a atreverse a humillarla.Ni siquiera Esteban. Él también pagaría por haber jugado con sus sentimientos.Una vez finalizada la ceremonia, Ángela fue trasladada directamente a la mansión de los Montenegro.Desde el accidente de Cristian, su abuelo, Aníbal Montenegro, no había querido dejarlo en un hospital. Lo había llevado a casa y contratado al mejor equipo médico para que lo atendieran día y noche. Debido a la condición de su nieto, Aníbal no había asistido a la boda.Aunque el cabello y la barba de Aníbal eran completamente blancos y su rostro estaba surcado de arrugas, su mirada era enérgica y su postura erguida. No parecía un anciano frágil. En ese momento, la observaba con una intensidad que la hacía sentir examinada hasta el alma. A pesar de su silencio, Ángela percibió una autoridad que se imponía sin necesidad de palabras.Ella se mantuvo firme, con la espalda recta, permitiendo que el patriarca la evaluara. Si no podía soportar una simple mirada, ¿cómo planeaba llevar a cabo su venganza?Después de un largo momento, Aníbal asintió levemente.—Sígueme —dijo, dándose la vuelta para subir las escaleras—. Te llevaré a conocer a Cristian.Ángela lo siguió en silencio, sin hacer preguntas.En el dormitorio principal del tercer piso, vio por primera vez a su nuevo esposo.Incluso postrado en la cama, con los ojos cerrados, Cristian Montenegro emanaba un aura de poder y distinción. Sus facciones eran perfectas: una nariz recta y una mandíbula definida que le daban a su rostro un perfil imponente. Su piel, sin embargo, estaba pálida por el largo tiempo en cama, lo que le confería una extraña fragilidad, como si fuera una pieza de arte a punto de romperse.La imagen despertó en Ángela un pensamiento fugaz y peligroso: el deseo de profanar esa belleza inerte. Sacudió la cabeza de inmediato. ¿Cómo podía tener una idea tan retorcida? Era el líder del Grupo Montenegro. Aunque ahora estuviera indefenso, seguía siendo intocable.—De ahora en adelante, Cristian estará a tu cuidado.—De acuerdo —respondió Ángela por inercia, antes de procesar sus palabras. Miró a Aníbal, confundida—. ¿Qué significa que estará a mi cuidado?Como si le leyera la mente, Aníbal aclaró:—Los médicos te enseñarán lo necesario durante los primeros días. Después, su cuidado dependerá enteramente de ti.Ángela había supuesto que tendría que atenderlo, pero no esperaba que Aníbal confiara en ella de esa manera.—El maestro dijo que el contacto constante entre ustedes es lo que ayudará a Cristian a recuperarse.Aunque la lógica detrás de aquello le parecía absurda, no lo cuestionó. Para vengarse de Lucía y Sabrina, necesitaba ganarse un lugar en la familia Montenegro.