Capítulo 1—Número Diez, se cumplieron los dos años. La familia Aguilar vino a recogerte.En la penumbra de la habitación, solo parpadeaba una bombilla incandescente en el techo.Otilia Méndez, acurrucada en un rincón, levantó la cabeza al escuchar aquellas palabras. Una pizca de emoción pareció por fin atravesar su rostro, sucio y entumecido.Desde que llegó a aquel infierno llamado «Academia de Formación Ángel», había tenido que enfrentar a diario los «maestros» y sus látigos de «enseñanza», soportar el tormento y las humillaciones de sus «compañeros» y cuidarse a cada instante de las traiciones. Cada día se sentía como un siglo.Y, sin embargo, solo habían pasado dos años.Como un autómata, se dejó arrastrar fuera del cuarto y a lo largo de un pasillo interminable.No fue hasta que la puerta de hierro a sus espaldas se cerró con un chasquido metálico, y la luz del sol le hirió los ojos, que Otilia volvió en sí.Había pasado dos años intentando escapar, dos años en los que estuvo a punto de morir incontables veces. Ahora, por fin, estaba fuera.—¿Otilia Méndez?Una voz la sacó de golpe de sus pensamientos. Al mirar en esa dirección, vio a un hombre de pie frente a un llamativo carro deportivo. Vestía una chamarra de cuero color café, pantalones de tipo cargo y botas militares, y la miraba con sorpresa mientras sostenía unos lentes de sol en la mano.El rostro le resultaba tan familiar como extraño. Otilia tardó un buen rato en reconocer a la persona que, durante dieciocho años, la había llamado hermana: Karim Aguilar.Antes de cumplir los dieciocho, Otilia era la joya más deslumbrante de Vientario, el tesoro que la familia Aguilar protegía con recelo. No solo tenía el amor de sus padres, sino también el cariño de su hermano mayor y la complicidad de su hermano menor. Incluso tenía un prometido, su amigo de toda la vida.Pero todo se vino abajo el día de su decimoctavo cumpleaños.Una joven que se presentó como Juliana Aguilar llegó con una prueba de paternidad, afirmando ser la verdadera heredera de los Aguilar y que una enfermera las había intercambiado al nacer.La fiesta de cumpleaños que Otilia había esperado con tanta ilusión se transformó en una reunión familiar en la que sus padres, los que la habían adorado durante dieciocho años, lloraban abrazados a su hija biológica, prometiéndole que la compensarían por todo.Nadie se acordó de Otilia, que, pálida y arrinconada, se suponía que era la protagonista de la velada.—Como los Méndez ya fallecieron, quédate. En la casa Aguilar hay lugar para una hija más —le dijo su padre.—De ahora en adelante, serás nuestra hija, igual que Juli. Además, tendrás una hermana. ¿No es maravilloso? —añadió su madre.Incluso sus hermanos, que siempre la habían defendido, le dijeron:—No te preocupes. Aunque no seamos familia de sangre, siempre lo seremos de corazón.Sin embargo, cuando Otilia supuestamente empujó a Juliana por las escaleras, todos ellos se unieron para enviarla a la Academia de Formación Ángel, un internado de máxima disciplina donde la élite encerraba a sus hijos rebeldes.—La puerta de la familia Aguilar no es para cualquiera. De ahora en adelante, llevarás el apellido de tu padre biológico, Méndez —sentenció José Aguilar.—Otilia, tu hermana sufrió mucho allá afuera mientras tú disfrutabas de nuestro cariño. ¿Por qué no puedes ceder un poco por ella? —le recriminó Susana Aguilar.—¡No tengo una hermana tan malvada como tú! —le espetaron sus hermanos.Se deshicieron del problema sin pensar ni por un segundo en qué clase de lugar podía ser aquel que acogía a la «basura» abandonada por los suyos.—¿De verdad eres Otilia? —la voz de Karim estaba cargada de incredulidad.En su memoria, Otilia era una luna altiva en el cielo, siempre con la barbilla en alto, vestida con las últimas colecciones de las marcas más exclusivas y con las uñas impecables.Pero la joven que tenía delante llevaba el mismo vestido blanco, ahora amarillento y demasiado pequeño, que vestía dos años atrás, cubierto por una vieja sudadera gris. Tenía las uñas rotas y una expresión vacía y ausente en el rostro que antes rebosaba vida.De no ser por su cara, habría jurado que se había equivocado de persona.Karim frunció el ceño, sintiendo una opresión en el pecho.La Otilia que él conocía no debía tener ese aspecto.Otilia reaccionó y sus ojos se encontraron con los de Karim. Fue solo un instante; enseguida bajó la cabeza y, por puro instinto, dio un paso atrás, con todo el cuerpo en tensión.En la Academia de Formación Ángel, una simple mirada era considerada una provocación. La insultaban con las palabras más crueles, la maldecían y la golpeaban sin piedad.Después de incontables palizas, su cuerpo había aprendido a reaccionar por sí solo.Pero Karim se rio.—Vaya, parece que en esa Academia sí que saben hacer su trabajo. Te han dejado muy dócil y obediente. Deberíamos haberte mandado antes, así Juli se habría ahorrado muchos de tus maltratos.Otilia mantuvo la cabeza gacha, en silencio. No se defendió a gritos como habría hecho antes, como si estuviera aceptando la acusación.Karim se puso los lentes de sol con impaciencia.—Bueno, súbete ya al carro, que no quiero llegar tarde a la carrera.»Y que conste que esto es porque Juli es un alma de bien. Si no fuera por ella, ¡ni loco vendría a buscarte!Con la cabeza baja, Otilia abrió la puerta del copiloto.Apenas se sentó, antes de que pudiera abrocharse el cinturón, Karim pisó el acelerador a fondo.El rugido del motor resonó como un trueno y el carro deportivo salió disparado como una flecha.Karim sonrió con emoción. De reojo, la miró, esperando escuchar sus gritos de pánico, esperando que le suplicara que parara.O que, como antes, usara su autoridad de hermana mayor para prohibirle correr fuera de la pista.Si decía una sola palabra, él se lo contaría a sus padres y a su hermano mayor. Les diría que en la Academia no había aprendido nada, que seguía siendo la misma arrogante de siempre, incapaz de entender cuál era su lugar.Solo si le rogaba y le prometía no volver a meterse en sus asuntos, tal vez, solo tal vez, la perdonaría.Pero pasó el tiempo y Otilia no dijo nada.Se aferraba con todas sus fuerzas a la agarradera del techo y, aunque su rostro estaba pálido por el miedo, no se atrevía a emitir ni un solo sonido.Dos años de lecciones habían sido más que suficientes para enseñarle a ocultar su miedo, a no dejar que ni un atisbo de emoción se reflejara en su cara.Solo si escondía su terror, los que la atormentaban se aburrirían y la dejarían en paz.Su silencio, sin embargo, enfureció a Karim.Como si fuera un desafío personal, pisó el acelerador con más fuerza, aumentando la velocidad.Pero, por mucho que acelerara, Otilia solo apretaba la mandíbula con tal fuerza que se le marcaban las sienes, sin la menor intención de decir nada.El timbre de un teléfono rompió la tensión. Karim frenó en seco. El chirrido ensordecedor de las llantas retumbó en la solitaria carretera de montaña.*¡Pum!*La cabeza de Otilia se estrelló contra el tablero. El dolor vino acompañado de un mareo intenso.Karim la observó con indiferencia mientras contestaba la llamada.Lo había hecho a propósito.Era su castigo por haber empujado a Juli por las escaleras dos años atrás.—Señor Aguilar, la carrera se adelantó. ¿Ya viene para acá?Karim miró a Otilia.—Enseguida.Colgó y le ordenó con frialdad:—¡Bájate!Antes de que Otilia pudiera reaccionar, Karim abrió la puerta y la empujó fuera del carro.—Pide un taxi para volver a casa.Y sin más, la abandonó en medio de la carretera.Otilia se quedó sentada en el asfalto un buen rato, esperando a que el mareo se le pasara. Cuando por fin pudo, se levantó con el cuerpo entumecido.No sentía tristeza ni se sentía humillada.Se registró los bolsillos y solo encontró un billete de veinte pesos, dos de cinco y un par de monedas.Karim le había dicho que tomara un taxi, pero no le dejó dinero para pagarlo. Parecía haber olvidado por completo que, dos años atrás, cuando la enviaron a la Academia, los Aguilar le habían quitado todo lo que llevaba encima con la excusa de que «sin esas distracciones, podría reformarse mejor». No le dejaron ni una simple liga para el cabello.Esos treinta y un pesos eran lo único que la antigua dueña de la sudadera le había dejado.Otilia apretó el dinero en su mano y sintió una punzada en el pecho. El dolor le subió hasta la nariz.Se ajustó la sudadera, se puso la capucha, guardó las monedas en el bolsillo y empezó a bajar la montaña a pie.El viento frío soplaba a su alrededor, mientras su figura, solitaria y delgada, se perdía poco a poco al final de la carretera.…El clima se enfriaba y la noche caía deprisa.Tras ganar la carrera con facilidad y celebrarlo con sus amigos, Karim por fin llegó a casa.Al entrar, se encontró a toda su familia sentada en el sofá con cara de pocos amigos.Su hermano mayor, Rafael Aguilar, lo reprendió con el ceño fruncido:—Te pedí que recogieras a alguien, ¿por qué tardaste tanto en volver? ¿Y por qué no contestabas el teléfono?Karim, confundido, sacó su celular y vio varias llamadas perdidas.Se encogió de hombros, restándole importancia.—Ya les dije que hoy tenía una carrera. Si no fuera porque Juli me lo pidió, ¿quién querría ir a buscarla?Rodeó el sofá y entonces notó la furia en el rostro de sus padres y los ojos enrojecidos de Juliana, como si hubiera estado llorando.De repente, pareció entender.—Juli, ¿fue Otilia? ¿Volvió a molestarte? —exclamó—. ¡Esa tipa no cambia más! Sabía que dos años no eran suficientes para domarla.Lleno de ira, se arremangó.—¿Dónde está? ¡Que salga, que hoy le voy a dar su merecido!Después de su arrebato, se dio cuenta de que toda la familia lo miraba con asombro.—¿No se suponía que Otilia volvía contigo? —preguntó Susana, extrañada—. Pensamos que no contestabas porque ella no te dejaba.—¿Aún no ha llegado? —se sorprendió Karim—. ¡Pero si le dije que se volviera en taxi!Rafael se ajustó sus lentes con armazón dorado y dedujo al instante:—La dejaste tirada en la carretera para irte a correr, ¿verdad?Karim siempre le había tenido miedo a su hermano mayor, tan serio y formal. Bajo su mirada, se sintió culpable, pero aun así, se defendió entre dientes:—Tampoco es que no sepa el camino. Además, había apostado con unos amigos. Si perdía, me tocaba invitar la cena.Juliana, con los ojos llorosos, se dirigió a Rafael.—Hermano, si ella no ha vuelto todavía, seguro que es por mi culpa.Se mordió el labio, y sus ojos se llenaron de lágrimas.—Debí haber dicho que me caí sola, que ella no tuvo nada que ver. Todo es mi culpa…Se acercó y tiró de la manga de Rafael.—Vamos a buscarla, hermano. Iré a pedirle perdón, seguro que logro convencerla de que vuelva.Al ver llorar a la hermana que tanto defendía, la preocupación y la culpa de Karim se desvanecieron.—¡Ni se te ocurra pedirle perdón! Juli, esto no tiene nada que ver contigo.Capítulo 2—Número Diez, se cumplieron los dos años. La familia Aguilar vino a recogerte.En la penumbra de la habitación, solo parpadeaba una bombilla incandescente en el techo.Otilia Méndez, acurrucada en un rincón, levantó la cabeza al escuchar aquellas palabras. Una pizca de emoción pareció por fin atravesar su rostro, sucio y entumecido.Desde que llegó a aquel infierno llamado «Academia de Formación Ángel», había tenido que enfrentar a diario los «maestros» y sus látigos de «enseñanza», soportar el tormento y las humillaciones de sus «compañeros» y cuidarse a cada instante de las traiciones. Cada día se sentía como un siglo.Y, sin embargo, solo habían pasado dos años.Como un autómata, se dejó arrastrar fuera del cuarto y a lo largo de un pasillo interminable.No fue hasta que la puerta de hierro a sus espaldas se cerró con un chasquido metálico, y la luz del sol le hirió los ojos, que Otilia volvió en sí.Había pasado dos años intentando escapar, dos años en los que estuvo a punto de morir incontables veces. Ahora, por fin, estaba fuera.—¿Otilia Méndez?Una voz la sacó de golpe de sus pensamientos. Al mirar en esa dirección, vio a un hombre de pie frente a un llamativo carro deportivo. Vestía una chamarra de cuero color café, pantalones de tipo cargo y botas militares, y la miraba con sorpresa mientras sostenía unos lentes de sol en la mano.El rostro le resultaba tan familiar como extraño. Otilia tardó un buen rato en reconocer a la persona que, durante dieciocho años, la había llamado hermana: Karim Aguilar.Antes de cumplir los dieciocho, Otilia era la joya más deslumbrante de Vientario, el tesoro que la familia Aguilar protegía con recelo. No solo tenía el amor de sus padres, sino también el cariño de su hermano mayor y la complicidad de su hermano menor. Incluso tenía un prometido, su amigo de toda la vida.Pero todo se vino abajo el día de su decimoctavo cumpleaños.Una joven que se presentó como Juliana Aguilar llegó con una prueba de paternidad, afirmando ser la verdadera heredera de los Aguilar y que una enfermera las había intercambiado al nacer.La fiesta de cumpleaños que Otilia había esperado con tanta ilusión se transformó en una reunión familiar en la que sus padres, los que la habían adorado durante dieciocho años, lloraban abrazados a su hija biológica, prometiéndole que la compensarían por todo.Nadie se acordó de Otilia, que, pálida y arrinconada, se suponía que era la protagonista de la velada.—Como los Méndez ya fallecieron, quédate. En la casa Aguilar hay lugar para una hija más —le dijo su padre.—De ahora en adelante, serás nuestra hija, igual que Juli. Además, tendrás una hermana. ¿No es maravilloso? —añadió su madre.Incluso sus hermanos, que siempre la habían defendido, le dijeron:—No te preocupes. Aunque no seamos familia de sangre, siempre lo seremos de corazón.Sin embargo, cuando Otilia supuestamente empujó a Juliana por las escaleras, todos ellos se unieron para enviarla a la Academia de Formación Ángel, un internado de máxima disciplina donde la élite encerraba a sus hijos rebeldes.—La puerta de la familia Aguilar no es para cualquiera. De ahora en adelante, llevarás el apellido de tu padre biológico, Méndez —sentenció José Aguilar.—Otilia, tu hermana sufrió mucho allá afuera mientras tú disfrutabas de nuestro cariño. ¿Por qué no puedes ceder un poco por ella? —le recriminó Susana Aguilar.—¡No tengo una hermana tan malvada como tú! —le espetaron sus hermanos.Se deshicieron del problema sin pensar ni por un segundo en qué clase de lugar podía ser aquel que acogía a la «basura» abandonada por los suyos.—¿De verdad eres Otilia? —la voz de Karim estaba cargada de incredulidad.En su memoria, Otilia era una luna altiva en el cielo, siempre con la barbilla en alto, vestida con las últimas colecciones de las marcas más exclusivas y con las uñas impecables.Pero la joven que tenía delante llevaba el mismo vestido blanco, ahora amarillento y demasiado pequeño, que vestía dos años atrás, cubierto por una vieja sudadera gris. Tenía las uñas rotas y una expresión vacía y ausente en el rostro que antes rebosaba vida.De no ser por su cara, habría jurado que se había equivocado de persona.Karim frunció el ceño, sintiendo una opresión en el pecho.La Otilia que él conocía no debía tener ese aspecto.Otilia reaccionó y sus ojos se encontraron con los de Karim. Fue solo un instante; enseguida bajó la cabeza y, por puro instinto, dio un paso atrás, con todo el cuerpo en tensión.En la Academia de Formación Ángel, una simple mirada era considerada una provocación. La insultaban con las palabras más crueles, la maldecían y la golpeaban sin piedad.Después de incontables palizas, su cuerpo había aprendido a reaccionar por sí solo.Pero Karim se rio.—Vaya, parece que en esa Academia sí que saben hacer su trabajo. Te han dejado muy dócil y obediente. Deberíamos haberte mandado antes, así Juli se habría ahorrado muchos de tus maltratos.Otilia mantuvo la cabeza gacha, en silencio. No se defendió a gritos como habría hecho antes, como si estuviera aceptando la acusación.Karim se puso los lentes de sol con impaciencia.—Bueno, súbete ya al carro, que no quiero llegar tarde a la carrera.»Y que conste que esto es porque Juli es un alma de bien. Si no fuera por ella, ¡ni loco vendría a buscarte!Con la cabeza baja, Otilia abrió la puerta del copiloto.Apenas se sentó, antes de que pudiera abrocharse el cinturón, Karim pisó el acelerador a fondo.El rugido del motor resonó como un trueno y el carro deportivo salió disparado como una flecha.Karim sonrió con emoción. De reojo, la miró, esperando escuchar sus gritos de pánico, esperando que le suplicara que parara.O que, como antes, usara su autoridad de hermana mayor para prohibirle correr fuera de la pista.Si decía una sola palabra, él se lo contaría a sus padres y a su hermano mayor. Les diría que en la Academia no había aprendido nada, que seguía siendo la misma arrogante de siempre, incapaz de entender cuál era su lugar.Solo si le rogaba y le prometía no volver a meterse en sus asuntos, tal vez, solo tal vez, la perdonaría.Pero pasó el tiempo y Otilia no dijo nada.Se aferraba con todas sus fuerzas a la agarradera del techo y, aunque su rostro estaba pálido por el miedo, no se atrevía a emitir ni un solo sonido.Dos años de lecciones habían sido más que suficientes para enseñarle a ocultar su miedo, a no dejar que ni un atisbo de emoción se reflejara en su cara.Solo si escondía su terror, los que la atormentaban se aburrirían y la dejarían en paz.Su silencio, sin embargo, enfureció a Karim.Como si fuera un desafío personal, pisó el acelerador con más fuerza, aumentando la velocidad.Pero, por mucho que acelerara, Otilia solo apretaba la mandíbula con tal fuerza que se le marcaban las sienes, sin la menor intención de decir nada.El timbre de un teléfono rompió la tensión. Karim frenó en seco. El chirrido ensordecedor de las llantas retumbó en la solitaria carretera de montaña.*¡Pum!*La cabeza de Otilia se estrelló contra el tablero. El dolor vino acompañado de un mareo intenso.Karim la observó con indiferencia mientras contestaba la llamada.Lo había hecho a propósito.Era su castigo por haber empujado a Juli por las escaleras dos años atrás.—Señor Aguilar, la carrera se adelantó. ¿Ya viene para acá?Karim miró a Otilia.—Enseguida.Colgó y le ordenó con frialdad:—¡Bájate!Antes de que Otilia pudiera reaccionar, Karim abrió la puerta y la empujó fuera del carro.—Pide un taxi para volver a casa.Y sin más, la abandonó en medio de la carretera.Otilia se quedó sentada en el asfalto un buen rato, esperando a que el mareo se le pasara. Cuando por fin pudo, se levantó con el cuerpo entumecido.No sentía tristeza ni se sentía humillada.Se registró los bolsillos y solo encontró un billete de veinte pesos, dos de cinco y un par de monedas.Karim le había dicho que tomara un taxi, pero no le dejó dinero para pagarlo. Parecía haber olvidado por completo que, dos años atrás, cuando la enviaron a la Academia, los Aguilar le habían quitado todo lo que llevaba encima con la excusa de que «sin esas distracciones, podría reformarse mejor». No le dejaron ni una simple liga para el cabello.Esos treinta y un pesos eran lo único que la antigua dueña de la sudadera le había dejado.Otilia apretó el dinero en su mano y sintió una punzada en el pecho. El dolor le subió hasta la nariz.Se ajustó la sudadera, se puso la capucha, guardó las monedas en el bolsillo y empezó a bajar la montaña a pie.El viento frío soplaba a su alrededor, mientras su figura, solitaria y delgada, se perdía poco a poco al final de la carretera.…El clima se enfriaba y la noche caía deprisa.Tras ganar la carrera con facilidad y celebrarlo con sus amigos, Karim por fin llegó a casa.Al entrar, se encontró a toda su familia sentada en el sofá con cara de pocos amigos.Su hermano mayor, Rafael Aguilar, lo reprendió con el ceño fruncido:—Te pedí que recogieras a alguien, ¿por qué tardaste tanto en volver? ¿Y por qué no contestabas el teléfono?Karim, confundido, sacó su celular y vio varias llamadas perdidas.Se encogió de hombros, restándole importancia.—Ya les dije que hoy tenía una carrera. Si no fuera porque Juli me lo pidió, ¿quién querría ir a buscarla?Rodeó el sofá y entonces notó la furia en el rostro de sus padres y los ojos enrojecidos de Juliana, como si hubiera estado llorando.De repente, pareció entender.—Juli, ¿fue Otilia? ¿Volvió a molestarte? —exclamó—. ¡Esa tipa no cambia más! Sabía que dos años no eran suficientes para domarla.Lleno de ira, se arremangó.—¿Dónde está? ¡Que salga, que hoy le voy a dar su merecido!Después de su arrebato, se dio cuenta de que toda la familia lo miraba con asombro.—¿No se suponía que Otilia volvía contigo? —preguntó Susana, extrañada—. Pensamos que no contestabas porque ella no te dejaba.—¿Aún no ha llegado? —se sorprendió Karim—. ¡Pero si le dije que se volviera en taxi!Rafael se ajustó sus lentes con armazón dorado y dedujo al instante:—La dejaste tirada en la carretera para irte a correr, ¿verdad?Karim siempre le había tenido miedo a su hermano mayor, tan serio y formal. Bajo su mirada, se sintió culpable, pero aun así, se defendió entre dientes:—Tampoco es que no sepa el camino. Además, había apostado con unos amigos. Si perdía, me tocaba invitar la cena.Juliana, con los ojos llorosos, se dirigió a Rafael.—Hermano, si ella no ha vuelto todavía, seguro que es por mi culpa.Se mordió el labio, y sus ojos se llenaron de lágrimas.—Debí haber dicho que me caí sola, que ella no tuvo nada que ver. Todo es mi culpa…Se acercó y tiró de la manga de Rafael.—Vamos a buscarla, hermano. Iré a pedirle perdón, seguro que logro convencerla de que vuelva.Al ver llorar a la hermana que tanto defendía, la preocupación y la culpa de Karim se desvanecieron.—¡Ni se te ocurra pedirle perdón! Juli, esto no tiene nada que ver contigo.Capítulo 3—Número Diez, se cumplieron los dos años. La familia Aguilar vino a recogerte.En la penumbra de la habitación, solo parpadeaba una bombilla incandescente en el techo.Otilia Méndez, acurrucada en un rincón, levantó la cabeza al escuchar aquellas palabras. Una pizca de emoción pareció por fin atravesar su rostro, sucio y entumecido.Desde que llegó a aquel infierno llamado «Academia de Formación Ángel», había tenido que enfrentar a diario los «maestros» y sus látigos de «enseñanza», soportar el tormento y las humillaciones de sus «compañeros» y cuidarse a cada instante de las traiciones. Cada día se sentía como un siglo.Y, sin embargo, solo habían pasado dos años.Como un autómata, se dejó arrastrar fuera del cuarto y a lo largo de un pasillo interminable.No fue hasta que la puerta de hierro a sus espaldas se cerró con un chasquido metálico, y la luz del sol le hirió los ojos, que Otilia volvió en sí.Había pasado dos años intentando escapar, dos años en los que estuvo a punto de morir incontables veces. Ahora, por fin, estaba fuera.—¿Otilia Méndez?Una voz la sacó de golpe de sus pensamientos. Al mirar en esa dirección, vio a un hombre de pie frente a un llamativo carro deportivo. Vestía una chamarra de cuero color café, pantalones de tipo cargo y botas militares, y la miraba con sorpresa mientras sostenía unos lentes de sol en la mano.El rostro le resultaba tan familiar como extraño. Otilia tardó un buen rato en reconocer a la persona que, durante dieciocho años, la había llamado hermana: Karim Aguilar.Antes de cumplir los dieciocho, Otilia era la joya más deslumbrante de Vientario, el tesoro que la familia Aguilar protegía con recelo. No solo tenía el amor de sus padres, sino también el cariño de su hermano mayor y la complicidad de su hermano menor. Incluso tenía un prometido, su amigo de toda la vida.Pero todo se vino abajo el día de su decimoctavo cumpleaños.Una joven que se presentó como Juliana Aguilar llegó con una prueba de paternidad, afirmando ser la verdadera heredera de los Aguilar y que una enfermera las había intercambiado al nacer.La fiesta de cumpleaños que Otilia había esperado con tanta ilusión se transformó en una reunión familiar en la que sus padres, los que la habían adorado durante dieciocho años, lloraban abrazados a su hija biológica, prometiéndole que la compensarían por todo.Nadie se acordó de Otilia, que, pálida y arrinconada, se suponía que era la protagonista de la velada.—Como los Méndez ya fallecieron, quédate. En la casa Aguilar hay lugar para una hija más —le dijo su padre.—De ahora en adelante, serás nuestra hija, igual que Juli. Además, tendrás una hermana. ¿No es maravilloso? —añadió su madre.Incluso sus hermanos, que siempre la habían defendido, le dijeron:—No te preocupes. Aunque no seamos familia de sangre, siempre lo seremos de corazón.Sin embargo, cuando Otilia supuestamente empujó a Juliana por las escaleras, todos ellos se unieron para enviarla a la Academia de Formación Ángel, un internado de máxima disciplina donde la élite encerraba a sus hijos rebeldes.—La puerta de la familia Aguilar no es para cualquiera. De ahora en adelante, llevarás el apellido de tu padre biológico, Méndez —sentenció José Aguilar.—Otilia, tu hermana sufrió mucho allá afuera mientras tú disfrutabas de nuestro cariño. ¿Por qué no puedes ceder un poco por ella? —le recriminó Susana Aguilar.—¡No tengo una hermana tan malvada como tú! —le espetaron sus hermanos.Se deshicieron del problema sin pensar ni por un segundo en qué clase de lugar podía ser aquel que acogía a la «basura» abandonada por los suyos.—¿De verdad eres Otilia? —la voz de Karim estaba cargada de incredulidad.En su memoria, Otilia era una luna altiva en el cielo, siempre con la barbilla en alto, vestida con las últimas colecciones de las marcas más exclusivas y con las uñas impecables.Pero la joven que tenía delante llevaba el mismo vestido blanco, ahora amarillento y demasiado pequeño, que vestía dos años atrás, cubierto por una vieja sudadera gris. Tenía las uñas rotas y una expresión vacía y ausente en el rostro que antes rebosaba vida.De no ser por su cara, habría jurado que se había equivocado de persona.Karim frunció el ceño, sintiendo una opresión en el pecho.La Otilia que él conocía no debía tener ese aspecto.Otilia reaccionó y sus ojos se encontraron con los de Karim. Fue solo un instante; enseguida bajó la cabeza y, por puro instinto, dio un paso atrás, con todo el cuerpo en tensión.En la Academia de Formación Ángel, una simple mirada era considerada una provocación. La insultaban con las palabras más crueles, la maldecían y la golpeaban sin piedad.Después de incontables palizas, su cuerpo había aprendido a reaccionar por sí solo.Pero Karim se rio.—Vaya, parece que en esa Academia sí que saben hacer su trabajo. Te han dejado muy dócil y obediente. Deberíamos haberte mandado antes, así Juli se habría ahorrado muchos de tus maltratos.Otilia mantuvo la cabeza gacha, en silencio. No se defendió a gritos como habría hecho antes, como si estuviera aceptando la acusación.Karim se puso los lentes de sol con impaciencia.—Bueno, súbete ya al carro, que no quiero llegar tarde a la carrera.»Y que conste que esto es porque Juli es un alma de bien. Si no fuera por ella, ¡ni loco vendría a buscarte!Con la cabeza baja, Otilia abrió la puerta del copiloto.Apenas se sentó, antes de que pudiera abrocharse el cinturón, Karim pisó el acelerador a fondo.El rugido del motor resonó como un trueno y el carro deportivo salió disparado como una flecha.Karim sonrió con emoción. De reojo, la miró, esperando escuchar sus gritos de pánico, esperando que le suplicara que parara.O que, como antes, usara su autoridad de hermana mayor para prohibirle correr fuera de la pista.Si decía una sola palabra, él se lo contaría a sus padres y a su hermano mayor. Les diría que en la Academia no había aprendido nada, que seguía siendo la misma arrogante de siempre, incapaz de entender cuál era su lugar.Solo si le rogaba y le prometía no volver a meterse en sus asuntos, tal vez, solo tal vez, la perdonaría.Pero pasó el tiempo y Otilia no dijo nada.Se aferraba con todas sus fuerzas a la agarradera del techo y, aunque su rostro estaba pálido por el miedo, no se atrevía a emitir ni un solo sonido.Dos años de lecciones habían sido más que suficientes para enseñarle a ocultar su miedo, a no dejar que ni un atisbo de emoción se reflejara en su cara.Solo si escondía su terror, los que la atormentaban se aburrirían y la dejarían en paz.Su silencio, sin embargo, enfureció a Karim.Como si fuera un desafío personal, pisó el acelerador con más fuerza, aumentando la velocidad.Pero, por mucho que acelerara, Otilia solo apretaba la mandíbula con tal fuerza que se le marcaban las sienes, sin la menor intención de decir nada.El timbre de un teléfono rompió la tensión. Karim frenó en seco. El chirrido ensordecedor de las llantas retumbó en la solitaria carretera de montaña.*¡Pum!*La cabeza de Otilia se estrelló contra el tablero. El dolor vino acompañado de un mareo intenso.Karim la observó con indiferencia mientras contestaba la llamada.Lo había hecho a propósito.Era su castigo por haber empujado a Juli por las escaleras dos años atrás.—Señor Aguilar, la carrera se adelantó. ¿Ya viene para acá?Karim miró a Otilia.—Enseguida.Colgó y le ordenó con frialdad:—¡Bájate!Antes de que Otilia pudiera reaccionar, Karim abrió la puerta y la empujó fuera del carro.—Pide un taxi para volver a casa.Y sin más, la abandonó en medio de la carretera.Otilia se quedó sentada en el asfalto un buen rato, esperando a que el mareo se le pasara. Cuando por fin pudo, se levantó con el cuerpo entumecido.No sentía tristeza ni se sentía humillada.Se registró los bolsillos y solo encontró un billete de veinte pesos, dos de cinco y un par de monedas.Karim le había dicho que tomara un taxi, pero no le dejó dinero para pagarlo. Parecía haber olvidado por completo que, dos años atrás, cuando la enviaron a la Academia, los Aguilar le habían quitado todo lo que llevaba encima con la excusa de que «sin esas distracciones, podría reformarse mejor». No le dejaron ni una simple liga para el cabello.Esos treinta y un pesos eran lo único que la antigua dueña de la sudadera le había dejado.Otilia apretó el dinero en su mano y sintió una punzada en el pecho. El dolor le subió hasta la nariz.Se ajustó la sudadera, se puso la capucha, guardó las monedas en el bolsillo y empezó a bajar la montaña a pie.El viento frío soplaba a su alrededor, mientras su figura, solitaria y delgada, se perdía poco a poco al final de la carretera.…El clima se enfriaba y la noche caía deprisa.Tras ganar la carrera con facilidad y celebrarlo con sus amigos, Karim por fin llegó a casa.Al entrar, se encontró a toda su familia sentada en el sofá con cara de pocos amigos.Su hermano mayor, Rafael Aguilar, lo reprendió con el ceño fruncido:—Te pedí que recogieras a alguien, ¿por qué tardaste tanto en volver? ¿Y por qué no contestabas el teléfono?Karim, confundido, sacó su celular y vio varias llamadas perdidas.Se encogió de hombros, restándole importancia.—Ya les dije que hoy tenía una carrera. Si no fuera porque Juli me lo pidió, ¿quién querría ir a buscarla?Rodeó el sofá y entonces notó la furia en el rostro de sus padres y los ojos enrojecidos de Juliana, como si hubiera estado llorando.De repente, pareció entender.—Juli, ¿fue Otilia? ¿Volvió a molestarte? —exclamó—. ¡Esa tipa no cambia más! Sabía que dos años no eran suficientes para domarla.Lleno de ira, se arremangó.—¿Dónde está? ¡Que salga, que hoy le voy a dar su merecido!Después de su arrebato, se dio cuenta de que toda la familia lo miraba con asombro.—¿No se suponía que Otilia volvía contigo? —preguntó Susana, extrañada—. Pensamos que no contestabas porque ella no te dejaba.—¿Aún no ha llegado? —se sorprendió Karim—. ¡Pero si le dije que se volviera en taxi!Rafael se ajustó sus lentes con armazón dorado y dedujo al instante:—La dejaste tirada en la carretera para irte a correr, ¿verdad?Karim siempre le había tenido miedo a su hermano mayor, tan serio y formal. Bajo su mirada, se sintió culpable, pero aun así, se defendió entre dientes:—Tampoco es que no sepa el camino. Además, había apostado con unos amigos. Si perdía, me tocaba invitar la cena.Juliana, con los ojos llorosos, se dirigió a Rafael.—Hermano, si ella no ha vuelto todavía, seguro que es por mi culpa.Se mordió el labio, y sus ojos se llenaron de lágrimas.—Debí haber dicho que me caí sola, que ella no tuvo nada que ver. Todo es mi culpa…Se acercó y tiró de la manga de Rafael.—Vamos a buscarla, hermano. Iré a pedirle perdón, seguro que logro convencerla de que vuelva.Al ver llorar a la hermana que tanto defendía, la preocupación y la culpa de Karim se desvanecieron.—¡Ni se te ocurra pedirle perdón! Juli, esto no tiene nada que ver contigo.