Capítulo 1Rosa Solís nunca había entendido por qué en las telenovelas los ricos siempre vivían todos juntos en una casona. Por más grande que fuera la casa, ¿dónde quedaba la privacidad?Ahora lo entendía.—Señorita Rosa, esta es su habitación —le dijo la empleada, Melanie Vargas, guiándola hasta la entrada.La puerta era de dos hojas, más grande que la puerta principal de una casa normal. Al abrirla, entró a una especie de sala de estar con su propio sofá y televisión. A los lados había otras dos puertas: a la izquierda, un baño con lavadora y secadora; a la derecha, el dormitorio.Melanie señaló hacia el baño.—Puede dejar su ropa sucia en el cesto. Yo vendré a limpiar todos los días, la lavaré y la secaré. Todo se mantendrá limpio y su ropa no se mezclará con la de los demás.Lo decía con amabilidad, pero en realidad le estaba enseñando sutilmente los detalles de la vida en una casa como esa. El tema de la privacidad no existía.Rosa asintió, captando el mensaje, y entró al dormitorio. La habitación era un lujo. Tenía un vestidor con un tocador y una fila de armarios enormes, todos de madera de nogal con puertas de cristal ahumado. Estaban nuevos, pero completamente vacíos.Rosa se alegró de haber traído su propia ropa.Todo aquello conformaba la suite de una señorita de alta sociedad, tan grande como un departamento pequeño y con todas las comodidades.Melanie sonrió con calidez.—Sus abuelos no están en Nuevo Riachuelo estos días. El señor y la señora tienen una cena esta noche y no sé a qué hora volverán, pero su hermano sale de la escuela a las cinco y media.—Ah... —respondió Rosa con indiferencia.El padre que nunca había conocido y su madrastra se habían esforzado tanto para traerla desde la sierra, y ahora que llegaba, no había nadie para recibirla.Qué ironía.—Yo me encargo de cuidarlos a usted y a su hermano —continuó Melanie—. Cualquier cosa que necesite, puede buscarme. La habitación del señor Félix está justo al lado de la suya.Todo el segundo piso tenía cuatro suites. Las dos de la derecha, destinadas a invitados, estaban vacías, y en las dos de la izquierda se alojaban Rosa y Félix.Su medio hermano, al que tampoco conocía...—¿En qué año está Félix? —preguntó.—Félix tiene dieciséis, un año menos que usted. Acaba de entrar a primero de preparatoria.Rosa enarcó una ceja. Ella todavía no cumplía los diecisiete. La diferencia de edad entre ellos era... delicada.Hasta ese momento, sabía muy poco sobre su origen. Solo que su madre había muerto por una hemorragia al dar a luz.Al llegar a Nuevo Riachuelo, se enteró de que su padre biológico era muy rico, que sus abuelos vivían, y que tenía una madrastra y un hermano.Melanie miró la hora.—Descanse un poco, señorita Rosa. Iré a prepararle algo de comer. ¿Tiene alguna alergia?Rosa se tocó el vientre hundido.—No soy delicada, pero me gustaría comer tres platos de sopa, bien servidos.—¿Có-cómo dice? —Melanie, al ver lo delgada que estaba Rosa, tartamudeó por la sorpresa.—En la sierra hacía mucho ejercicio y comía bastante, mi cuerpo ya se acostumbró —explicó Rosa con sinceridad—. La comida del avión no fue suficiente, no me llené.Lomas Claras estaba a mil kilómetros de Nuevo Riachuelo, pero ella ni siquiera vivía en el pueblo, sino en las montañas. Había salido de madrugada, bajó de la sierra, tomó un carro hasta el aeropuerto... Realmente no había comido bien en todo el día.Melanie abrió la boca.—Ah... de acuerdo.Para asegurarse, Rosa volvió a preguntar:—¿Después de esto... también hay cena?—Claro que hay cena.Rosa suspiró aliviada. Le preocupaba que en una casa tan elegante tuvieran demasiadas reglas.Ya más tranquila, se dejó caer en el sofá. Los viajes en carro y avión la habían agotado, pero estar aquí era aún más desgastante. Necesitaba descansar, sobre todo mentalmente.Melanie, que ya se había retirado, regresó un momento como si hubiera recordado algo.—Ah, señorita Rosa... puede usar su habitación como guste, todo lo que hay aquí es para usted, pero las demás habitaciones...—Entendido. No andaré de curiosa —dijo Rosa.Melanie sonrió, cerró la puerta al salir y bajó a la cocina.Solo cuando las dos hojas de la puerta se cerraron por completo, Rosa se relajó de verdad y se tumbó en el sofá a mirar el techo.Sí, hasta el techo se veía carísimo.Después de dos minutos de silencio absoluto, se incorporó y sacó su celular para marcar un número.Era un smartphone que su maestro le había comprado la noche antes de irse, bajando de la montaña exclusivamente para eso. Hasta entonces, ella no había tenido un aparato propio; solo había jugado con los celulares de sus compañeros.La persona al otro lado contestó al instante.—Rosi, ¿ya llegaste?—Sí... —respondió Rosa, con la voz apagada.Hubo un silencio de unos segundos.—¿No te gusta el lugar?—No —admitió ella con desánimo.La persona al otro lado suspiró.—Tranquila, Rosi. No te preocupes por nada más, solo enfócate en estudiar. Cuando seas mayor de edad, ya no necesitarás un tutor.—Ariel... —dijo Rosa, y tras una pausa, preguntó—: ¿Puedes venir a verme?—En cuanto pase un tiempo, hablaré con el maestro.—Está bien.Después de colgar, Rosa se sintió un poco mejor y fue a ducharse. Al salir, se puso la ropa que había traído: una sencilla camisa de manga larga y pantalones de tela áspera, junto con unos zapatos de lona. Ya había entrado el otoño.En ese momento, Melanie le avisó que la comida estaba lista.Sobre la enorme mesa había tres tazones humeantes: una sopa de tortilla, un caldo tlalpeño y una sopa de fideos con pollo. Se notaba que Melanie se había esmerado en cuidar a la nueva integrante de la familia.Rosa guardó silencio de nuevo, agradecida de haber pedido tres platos y no solo uno. Las porciones eran muy diferentes a las que estaba acostumbrada; cada tazón era diminuto."Definitivamente, algunas personas comen muy poco", pensó.Estaba tan hambrienta que devoró los tres platos a toda velocidad, sin dejar ni una gota de caldo.Melanie la observó con lástima.—¿No comía bien en la sierra, verdad?No era posible que estuviera tan delgada, casi en los huesos. Parecía que no tenía ni un gramo de carne. Y esa ropa, tan desgastada y remendada... En otoño, una tela tan fina no podía abrigar nada. Melanie suspiró, pensando que la muchacha había sufrido mucho en la montaña y que, ahora que estaba de vuelta, probablemente seguiría sufriendo.Rosa negó con la cabeza.—Al contrario, comía muy bien.Se llenaba siempre.—El chef sabe que llegaba hoy —le dijo Melanie, acariciándole la mano—. Preparará una cena especial esta noche.Rosa miró los tres tazones vacíos y, aguantando el hambre, asintió.Normalmente, de tres a seis de la tarde era su hora de entrenamiento: una hora de posturas de combate, una hora de acondicionamiento físico y una hora de sparring.Pero en ese momento... todavía no se sentía satisfecha. Sin la energía suficiente, no pasaría nada si se saltaba el entrenamiento por un día, ¿o sí?Regresó a su habitación, hizo unos estiramientos en el suelo y se sentó a meditar, intentando que la postura le ayudara a contener la sensación de hambre.Pero no pudo contenerse y, mientras meditaba, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. El entrenamiento era duro, su maestro era estricto y sus compañeros de práctica eran rudos, pero al menos en la sierra su vida era libre, feliz y autosuficiente.¡Era la primera vez en sus diecisiete años de vida que pasaba hambre!A duras penas, meditando, aguantó hasta las seis de la tarde. Por fin, era hora de cenar.Ni siquiera tuvo que esperar a que Melanie la llamara. En cuanto dio la hora, Rosa salió disparada de su habitación como un guepardo. Recorrió el largo pasillo de la mansión en un parpadeo y, en lugar de usar las escaleras o el elevador, saltó por encima de la barandilla del segundo piso.Aterrizó con un suave pac.Melanie, que justo iba a subir para llamarla, se quedó petrificada en el primer escalón, con una pierna en el aire.¡Se quedó congelada!Si no había visto mal, ¡¿Rosa acababa de saltar desde el segundo piso?!Rosa, sin perder la compostura, la saludó amablemente.—Hola, Melanie. Voy a cenar.Y con otro arranque de velocidad, salió disparada hacia el comedor, levantando una ráfaga de viento a su paso.Melanie se quedó sin palabras.En la mesa solo había cuatro platitos de ensalada y nada de pan o tortillas. Rosa estuvo a punto de llorar de nuevo. ¿A quién le podía alcanzar eso?Justo entonces, Melanie comenzó a sacar platos de la cocina.—¿Qué va a querer de plato fuerte? ¿Arroz o pasta?—¡Arroz! ¡Un plato grande! —exclamó Rosa, emocionada.La cena duró una hora. Comió hasta llenarse, tanto que Melanie la miraba preocupada, temiendo que fuera a reventar. Aun así, hasta que terminó, nadie más apareció. Félix, que supuestamente salía a las cinco y media, no había llegado.Siendo la recién llegada, Rosa no iba a preguntar ni a meterse. Después de cenar, hizo un poco la digestión, se aseó y a las nueve se fue a dormir.La cama era grande y suave, pero no durmió bien.¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc!En mitad de la noche, alguien llamó a la puerta con golpes fuertes y apresurados.—Señorita Rosa, voy a entrar.Era la voz de Melanie. La luz de la sala se encendió y la puerta del dormitorio se abrió un poco.—Señorita, el señor quiere verla en su despacho.—¿Ahora? —preguntó Rosa, entre sorprendida e indignada.Eran las once y media de la noche, una hora en la que el cuerpo ya resiente todo el cansancio del día.Melanie abrió por completo la puerta del dormitorio y se acercó.—Apúrese, por favor. El señor no tiene mucha paciencia y podría enfadarse."A mí también me gustaría enfadarme", pensó Rosa.Y así fue como, en plena noche, su padre biológico la mandó llamar a su despacho.El despacho de Álvaro Ríos estaba en el tercer piso y era incluso más grande que las suites del segundo. Lujo por donde se mirara. Él estaba sentado en un sofá, hablando por teléfono con un puro en la mano. A su lado, una mujer hermosa sostenía una copa de vino tinto.Nadie le hizo caso cuando entró. Álvaro apenas le dirigió una mirada antes de seguir con su llamada. La mujer hermosa, que debía ser su madrastra, ni siquiera levantó la vista.Rosa respiró hondo para calmar la ira que empezaba a sentir.Finalmente, Álvaro terminó su llamada y examinó a su hija."Delgada como un mono", pensó.La miró con evidente desdén. Sin invitarla a sentarse, dijo directamente:—Rosa, soy tu padre.—Lo sé. ¿Para qué me llamaste? Tengo mucho sueño —respondió ella sin rodeos.Álvaro frunció el ceño.—¿Estás impaciente?—De verdad tengo mucho sueño.¿Qué persona normal despertaba a alguien a las once y media de la noche solo para hablar?Ximena Pineda levantó por fin la cabeza y la examinó de arriba abajo. Con una postura impecable, sentenció:—Rosa, cuida tus modales al hablar con tu padre.Rosa, bostezando de sueño, asintió.—Ah.Ximena frunció el ceño por un instante, pero enseguida relajó el gesto y sus ojos mostraron una chispa de diversión.Álvaro pareció querer sermonearla y empezó un largo discurso que a Rosa le entró por un oído y le salió por el otro.—Bueno, ya vete a dormir. Mañana tienes escuela, no llegues tarde.Capítulo 2Rosa Solís nunca había entendido por qué en las telenovelas los ricos siempre vivían todos juntos en una casona. Por más grande que fuera la casa, ¿dónde quedaba la privacidad?Ahora lo entendía.—Señorita Rosa, esta es su habitación —le dijo la empleada, Melanie Vargas, guiándola hasta la entrada.La puerta era de dos hojas, más grande que la puerta principal de una casa normal. Al abrirla, entró a una especie de sala de estar con su propio sofá y televisión. A los lados había otras dos puertas: a la izquierda, un baño con lavadora y secadora; a la derecha, el dormitorio.Melanie señaló hacia el baño.—Puede dejar su ropa sucia en el cesto. Yo vendré a limpiar todos los días, la lavaré y la secaré. Todo se mantendrá limpio y su ropa no se mezclará con la de los demás.Lo decía con amabilidad, pero en realidad le estaba enseñando sutilmente los detalles de la vida en una casa como esa. El tema de la privacidad no existía.Rosa asintió, captando el mensaje, y entró al dormitorio. La habitación era un lujo. Tenía un vestidor con un tocador y una fila de armarios enormes, todos de madera de nogal con puertas de cristal ahumado. Estaban nuevos, pero completamente vacíos.Rosa se alegró de haber traído su propia ropa.Todo aquello conformaba la suite de una señorita de alta sociedad, tan grande como un departamento pequeño y con todas las comodidades.Melanie sonrió con calidez.—Sus abuelos no están en Nuevo Riachuelo estos días. El señor y la señora tienen una cena esta noche y no sé a qué hora volverán, pero su hermano sale de la escuela a las cinco y media.—Ah... —respondió Rosa con indiferencia.El padre que nunca había conocido y su madrastra se habían esforzado tanto para traerla desde la sierra, y ahora que llegaba, no había nadie para recibirla.Qué ironía.—Yo me encargo de cuidarlos a usted y a su hermano —continuó Melanie—. Cualquier cosa que necesite, puede buscarme. La habitación del señor Félix está justo al lado de la suya.Todo el segundo piso tenía cuatro suites. Las dos de la derecha, destinadas a invitados, estaban vacías, y en las dos de la izquierda se alojaban Rosa y Félix.Su medio hermano, al que tampoco conocía...—¿En qué año está Félix? —preguntó.—Félix tiene dieciséis, un año menos que usted. Acaba de entrar a primero de preparatoria.Rosa enarcó una ceja. Ella todavía no cumplía los diecisiete. La diferencia de edad entre ellos era... delicada.Hasta ese momento, sabía muy poco sobre su origen. Solo que su madre había muerto por una hemorragia al dar a luz.Al llegar a Nuevo Riachuelo, se enteró de que su padre biológico era muy rico, que sus abuelos vivían, y que tenía una madrastra y un hermano.Melanie miró la hora.—Descanse un poco, señorita Rosa. Iré a prepararle algo de comer. ¿Tiene alguna alergia?Rosa se tocó el vientre hundido.—No soy delicada, pero me gustaría comer tres platos de sopa, bien servidos.—¿Có-cómo dice? —Melanie, al ver lo delgada que estaba Rosa, tartamudeó por la sorpresa.—En la sierra hacía mucho ejercicio y comía bastante, mi cuerpo ya se acostumbró —explicó Rosa con sinceridad—. La comida del avión no fue suficiente, no me llené.Lomas Claras estaba a mil kilómetros de Nuevo Riachuelo, pero ella ni siquiera vivía en el pueblo, sino en las montañas. Había salido de madrugada, bajó de la sierra, tomó un carro hasta el aeropuerto... Realmente no había comido bien en todo el día.Melanie abrió la boca.—Ah... de acuerdo.Para asegurarse, Rosa volvió a preguntar:—¿Después de esto... también hay cena?—Claro que hay cena.Rosa suspiró aliviada. Le preocupaba que en una casa tan elegante tuvieran demasiadas reglas.Ya más tranquila, se dejó caer en el sofá. Los viajes en carro y avión la habían agotado, pero estar aquí era aún más desgastante. Necesitaba descansar, sobre todo mentalmente.Melanie, que ya se había retirado, regresó un momento como si hubiera recordado algo.—Ah, señorita Rosa... puede usar su habitación como guste, todo lo que hay aquí es para usted, pero las demás habitaciones...—Entendido. No andaré de curiosa —dijo Rosa.Melanie sonrió, cerró la puerta al salir y bajó a la cocina.Solo cuando las dos hojas de la puerta se cerraron por completo, Rosa se relajó de verdad y se tumbó en el sofá a mirar el techo.Sí, hasta el techo se veía carísimo.Después de dos minutos de silencio absoluto, se incorporó y sacó su celular para marcar un número.Era un smartphone que su maestro le había comprado la noche antes de irse, bajando de la montaña exclusivamente para eso. Hasta entonces, ella no había tenido un aparato propio; solo había jugado con los celulares de sus compañeros.La persona al otro lado contestó al instante.—Rosi, ¿ya llegaste?—Sí... —respondió Rosa, con la voz apagada.Hubo un silencio de unos segundos.—¿No te gusta el lugar?—No —admitió ella con desánimo.La persona al otro lado suspiró.—Tranquila, Rosi. No te preocupes por nada más, solo enfócate en estudiar. Cuando seas mayor de edad, ya no necesitarás un tutor.—Ariel... —dijo Rosa, y tras una pausa, preguntó—: ¿Puedes venir a verme?—En cuanto pase un tiempo, hablaré con el maestro.—Está bien.Después de colgar, Rosa se sintió un poco mejor y fue a ducharse. Al salir, se puso la ropa que había traído: una sencilla camisa de manga larga y pantalones de tela áspera, junto con unos zapatos de lona. Ya había entrado el otoño.En ese momento, Melanie le avisó que la comida estaba lista.Sobre la enorme mesa había tres tazones humeantes: una sopa de tortilla, un caldo tlalpeño y una sopa de fideos con pollo. Se notaba que Melanie se había esmerado en cuidar a la nueva integrante de la familia.Rosa guardó silencio de nuevo, agradecida de haber pedido tres platos y no solo uno. Las porciones eran muy diferentes a las que estaba acostumbrada; cada tazón era diminuto."Definitivamente, algunas personas comen muy poco", pensó.Estaba tan hambrienta que devoró los tres platos a toda velocidad, sin dejar ni una gota de caldo.Melanie la observó con lástima.—¿No comía bien en la sierra, verdad?No era posible que estuviera tan delgada, casi en los huesos. Parecía que no tenía ni un gramo de carne. Y esa ropa, tan desgastada y remendada... En otoño, una tela tan fina no podía abrigar nada. Melanie suspiró, pensando que la muchacha había sufrido mucho en la montaña y que, ahora que estaba de vuelta, probablemente seguiría sufriendo.Rosa negó con la cabeza.—Al contrario, comía muy bien.Se llenaba siempre.—El chef sabe que llegaba hoy —le dijo Melanie, acariciándole la mano—. Preparará una cena especial esta noche.Rosa miró los tres tazones vacíos y, aguantando el hambre, asintió.Normalmente, de tres a seis de la tarde era su hora de entrenamiento: una hora de posturas de combate, una hora de acondicionamiento físico y una hora de sparring.Pero en ese momento... todavía no se sentía satisfecha. Sin la energía suficiente, no pasaría nada si se saltaba el entrenamiento por un día, ¿o sí?Regresó a su habitación, hizo unos estiramientos en el suelo y se sentó a meditar, intentando que la postura le ayudara a contener la sensación de hambre.Pero no pudo contenerse y, mientras meditaba, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. El entrenamiento era duro, su maestro era estricto y sus compañeros de práctica eran rudos, pero al menos en la sierra su vida era libre, feliz y autosuficiente.¡Era la primera vez en sus diecisiete años de vida que pasaba hambre!A duras penas, meditando, aguantó hasta las seis de la tarde. Por fin, era hora de cenar.Ni siquiera tuvo que esperar a que Melanie la llamara. En cuanto dio la hora, Rosa salió disparada de su habitación como un guepardo. Recorrió el largo pasillo de la mansión en un parpadeo y, en lugar de usar las escaleras o el elevador, saltó por encima de la barandilla del segundo piso.Aterrizó con un suave pac.Melanie, que justo iba a subir para llamarla, se quedó petrificada en el primer escalón, con una pierna en el aire.¡Se quedó congelada!Si no había visto mal, ¡¿Rosa acababa de saltar desde el segundo piso?!Rosa, sin perder la compostura, la saludó amablemente.—Hola, Melanie. Voy a cenar.Y con otro arranque de velocidad, salió disparada hacia el comedor, levantando una ráfaga de viento a su paso.Melanie se quedó sin palabras.En la mesa solo había cuatro platitos de ensalada y nada de pan o tortillas. Rosa estuvo a punto de llorar de nuevo. ¿A quién le podía alcanzar eso?Justo entonces, Melanie comenzó a sacar platos de la cocina.—¿Qué va a querer de plato fuerte? ¿Arroz o pasta?—¡Arroz! ¡Un plato grande! —exclamó Rosa, emocionada.La cena duró una hora. Comió hasta llenarse, tanto que Melanie la miraba preocupada, temiendo que fuera a reventar. Aun así, hasta que terminó, nadie más apareció. Félix, que supuestamente salía a las cinco y media, no había llegado.Siendo la recién llegada, Rosa no iba a preguntar ni a meterse. Después de cenar, hizo un poco la digestión, se aseó y a las nueve se fue a dormir.La cama era grande y suave, pero no durmió bien.¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc!En mitad de la noche, alguien llamó a la puerta con golpes fuertes y apresurados.—Señorita Rosa, voy a entrar.Era la voz de Melanie. La luz de la sala se encendió y la puerta del dormitorio se abrió un poco.—Señorita, el señor quiere verla en su despacho.—¿Ahora? —preguntó Rosa, entre sorprendida e indignada.Eran las once y media de la noche, una hora en la que el cuerpo ya resiente todo el cansancio del día.Melanie abrió por completo la puerta del dormitorio y se acercó.—Apúrese, por favor. El señor no tiene mucha paciencia y podría enfadarse."A mí también me gustaría enfadarme", pensó Rosa.Y así fue como, en plena noche, su padre biológico la mandó llamar a su despacho.El despacho de Álvaro Ríos estaba en el tercer piso y era incluso más grande que las suites del segundo. Lujo por donde se mirara. Él estaba sentado en un sofá, hablando por teléfono con un puro en la mano. A su lado, una mujer hermosa sostenía una copa de vino tinto.Nadie le hizo caso cuando entró. Álvaro apenas le dirigió una mirada antes de seguir con su llamada. La mujer hermosa, que debía ser su madrastra, ni siquiera levantó la vista.Rosa respiró hondo para calmar la ira que empezaba a sentir.Finalmente, Álvaro terminó su llamada y examinó a su hija."Delgada como un mono", pensó.La miró con evidente desdén. Sin invitarla a sentarse, dijo directamente:—Rosa, soy tu padre.—Lo sé. ¿Para qué me llamaste? Tengo mucho sueño —respondió ella sin rodeos.Álvaro frunció el ceño.—¿Estás impaciente?—De verdad tengo mucho sueño.¿Qué persona normal despertaba a alguien a las once y media de la noche solo para hablar?Ximena Pineda levantó por fin la cabeza y la examinó de arriba abajo. Con una postura impecable, sentenció:—Rosa, cuida tus modales al hablar con tu padre.Rosa, bostezando de sueño, asintió.—Ah.Ximena frunció el ceño por un instante, pero enseguida relajó el gesto y sus ojos mostraron una chispa de diversión.Álvaro pareció querer sermonearla y empezó un largo discurso que a Rosa le entró por un oído y le salió por el otro.—Bueno, ya vete a dormir. Mañana tienes escuela, no llegues tarde.Capítulo 3Rosa Solís nunca había entendido por qué en las telenovelas los ricos siempre vivían todos juntos en una casona. Por más grande que fuera la casa, ¿dónde quedaba la privacidad?Ahora lo entendía.—Señorita Rosa, esta es su habitación —le dijo la empleada, Melanie Vargas, guiándola hasta la entrada.La puerta era de dos hojas, más grande que la puerta principal de una casa normal. Al abrirla, entró a una especie de sala de estar con su propio sofá y televisión. A los lados había otras dos puertas: a la izquierda, un baño con lavadora y secadora; a la derecha, el dormitorio.Melanie señaló hacia el baño.—Puede dejar su ropa sucia en el cesto. Yo vendré a limpiar todos los días, la lavaré y la secaré. Todo se mantendrá limpio y su ropa no se mezclará con la de los demás.Lo decía con amabilidad, pero en realidad le estaba enseñando sutilmente los detalles de la vida en una casa como esa. El tema de la privacidad no existía.Rosa asintió, captando el mensaje, y entró al dormitorio. La habitación era un lujo. Tenía un vestidor con un tocador y una fila de armarios enormes, todos de madera de nogal con puertas de cristal ahumado. Estaban nuevos, pero completamente vacíos.Rosa se alegró de haber traído su propia ropa.Todo aquello conformaba la suite de una señorita de alta sociedad, tan grande como un departamento pequeño y con todas las comodidades.Melanie sonrió con calidez.—Sus abuelos no están en Nuevo Riachuelo estos días. El señor y la señora tienen una cena esta noche y no sé a qué hora volverán, pero su hermano sale de la escuela a las cinco y media.—Ah... —respondió Rosa con indiferencia.El padre que nunca había conocido y su madrastra se habían esforzado tanto para traerla desde la sierra, y ahora que llegaba, no había nadie para recibirla.Qué ironía.—Yo me encargo de cuidarlos a usted y a su hermano —continuó Melanie—. Cualquier cosa que necesite, puede buscarme. La habitación del señor Félix está justo al lado de la suya.Todo el segundo piso tenía cuatro suites. Las dos de la derecha, destinadas a invitados, estaban vacías, y en las dos de la izquierda se alojaban Rosa y Félix.Su medio hermano, al que tampoco conocía...—¿En qué año está Félix? —preguntó.—Félix tiene dieciséis, un año menos que usted. Acaba de entrar a primero de preparatoria.Rosa enarcó una ceja. Ella todavía no cumplía los diecisiete. La diferencia de edad entre ellos era... delicada.Hasta ese momento, sabía muy poco sobre su origen. Solo que su madre había muerto por una hemorragia al dar a luz.Al llegar a Nuevo Riachuelo, se enteró de que su padre biológico era muy rico, que sus abuelos vivían, y que tenía una madrastra y un hermano.Melanie miró la hora.—Descanse un poco, señorita Rosa. Iré a prepararle algo de comer. ¿Tiene alguna alergia?Rosa se tocó el vientre hundido.—No soy delicada, pero me gustaría comer tres platos de sopa, bien servidos.—¿Có-cómo dice? —Melanie, al ver lo delgada que estaba Rosa, tartamudeó por la sorpresa.—En la sierra hacía mucho ejercicio y comía bastante, mi cuerpo ya se acostumbró —explicó Rosa con sinceridad—. La comida del avión no fue suficiente, no me llené.Lomas Claras estaba a mil kilómetros de Nuevo Riachuelo, pero ella ni siquiera vivía en el pueblo, sino en las montañas. Había salido de madrugada, bajó de la sierra, tomó un carro hasta el aeropuerto... Realmente no había comido bien en todo el día.Melanie abrió la boca.—Ah... de acuerdo.Para asegurarse, Rosa volvió a preguntar:—¿Después de esto... también hay cena?—Claro que hay cena.Rosa suspiró aliviada. Le preocupaba que en una casa tan elegante tuvieran demasiadas reglas.Ya más tranquila, se dejó caer en el sofá. Los viajes en carro y avión la habían agotado, pero estar aquí era aún más desgastante. Necesitaba descansar, sobre todo mentalmente.Melanie, que ya se había retirado, regresó un momento como si hubiera recordado algo.—Ah, señorita Rosa... puede usar su habitación como guste, todo lo que hay aquí es para usted, pero las demás habitaciones...—Entendido. No andaré de curiosa —dijo Rosa.Melanie sonrió, cerró la puerta al salir y bajó a la cocina.Solo cuando las dos hojas de la puerta se cerraron por completo, Rosa se relajó de verdad y se tumbó en el sofá a mirar el techo.Sí, hasta el techo se veía carísimo.Después de dos minutos de silencio absoluto, se incorporó y sacó su celular para marcar un número.Era un smartphone que su maestro le había comprado la noche antes de irse, bajando de la montaña exclusivamente para eso. Hasta entonces, ella no había tenido un aparato propio; solo había jugado con los celulares de sus compañeros.La persona al otro lado contestó al instante.—Rosi, ¿ya llegaste?—Sí... —respondió Rosa, con la voz apagada.Hubo un silencio de unos segundos.—¿No te gusta el lugar?—No —admitió ella con desánimo.La persona al otro lado suspiró.—Tranquila, Rosi. No te preocupes por nada más, solo enfócate en estudiar. Cuando seas mayor de edad, ya no necesitarás un tutor.—Ariel... —dijo Rosa, y tras una pausa, preguntó—: ¿Puedes venir a verme?—En cuanto pase un tiempo, hablaré con el maestro.—Está bien.Después de colgar, Rosa se sintió un poco mejor y fue a ducharse. Al salir, se puso la ropa que había traído: una sencilla camisa de manga larga y pantalones de tela áspera, junto con unos zapatos de lona. Ya había entrado el otoño.En ese momento, Melanie le avisó que la comida estaba lista.Sobre la enorme mesa había tres tazones humeantes: una sopa de tortilla, un caldo tlalpeño y una sopa de fideos con pollo. Se notaba que Melanie se había esmerado en cuidar a la nueva integrante de la familia.Rosa guardó silencio de nuevo, agradecida de haber pedido tres platos y no solo uno. Las porciones eran muy diferentes a las que estaba acostumbrada; cada tazón era diminuto."Definitivamente, algunas personas comen muy poco", pensó.Estaba tan hambrienta que devoró los tres platos a toda velocidad, sin dejar ni una gota de caldo.Melanie la observó con lástima.—¿No comía bien en la sierra, verdad?No era posible que estuviera tan delgada, casi en los huesos. Parecía que no tenía ni un gramo de carne. Y esa ropa, tan desgastada y remendada... En otoño, una tela tan fina no podía abrigar nada. Melanie suspiró, pensando que la muchacha había sufrido mucho en la montaña y que, ahora que estaba de vuelta, probablemente seguiría sufriendo.Rosa negó con la cabeza.—Al contrario, comía muy bien.Se llenaba siempre.—El chef sabe que llegaba hoy —le dijo Melanie, acariciándole la mano—. Preparará una cena especial esta noche.Rosa miró los tres tazones vacíos y, aguantando el hambre, asintió.Normalmente, de tres a seis de la tarde era su hora de entrenamiento: una hora de posturas de combate, una hora de acondicionamiento físico y una hora de sparring.Pero en ese momento... todavía no se sentía satisfecha. Sin la energía suficiente, no pasaría nada si se saltaba el entrenamiento por un día, ¿o sí?Regresó a su habitación, hizo unos estiramientos en el suelo y se sentó a meditar, intentando que la postura le ayudara a contener la sensación de hambre.Pero no pudo contenerse y, mientras meditaba, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. El entrenamiento era duro, su maestro era estricto y sus compañeros de práctica eran rudos, pero al menos en la sierra su vida era libre, feliz y autosuficiente.¡Era la primera vez en sus diecisiete años de vida que pasaba hambre!A duras penas, meditando, aguantó hasta las seis de la tarde. Por fin, era hora de cenar.Ni siquiera tuvo que esperar a que Melanie la llamara. En cuanto dio la hora, Rosa salió disparada de su habitación como un guepardo. Recorrió el largo pasillo de la mansión en un parpadeo y, en lugar de usar las escaleras o el elevador, saltó por encima de la barandilla del segundo piso.Aterrizó con un suave pac.Melanie, que justo iba a subir para llamarla, se quedó petrificada en el primer escalón, con una pierna en el aire.¡Se quedó congelada!Si no había visto mal, ¡¿Rosa acababa de saltar desde el segundo piso?!Rosa, sin perder la compostura, la saludó amablemente.—Hola, Melanie. Voy a cenar.Y con otro arranque de velocidad, salió disparada hacia el comedor, levantando una ráfaga de viento a su paso.Melanie se quedó sin palabras.En la mesa solo había cuatro platitos de ensalada y nada de pan o tortillas. Rosa estuvo a punto de llorar de nuevo. ¿A quién le podía alcanzar eso?Justo entonces, Melanie comenzó a sacar platos de la cocina.—¿Qué va a querer de plato fuerte? ¿Arroz o pasta?—¡Arroz! ¡Un plato grande! —exclamó Rosa, emocionada.La cena duró una hora. Comió hasta llenarse, tanto que Melanie la miraba preocupada, temiendo que fuera a reventar. Aun así, hasta que terminó, nadie más apareció. Félix, que supuestamente salía a las cinco y media, no había llegado.Siendo la recién llegada, Rosa no iba a preguntar ni a meterse. Después de cenar, hizo un poco la digestión, se aseó y a las nueve se fue a dormir.La cama era grande y suave, pero no durmió bien.¡Toc, toc, toc! ¡Toc, toc!En mitad de la noche, alguien llamó a la puerta con golpes fuertes y apresurados.—Señorita Rosa, voy a entrar.Era la voz de Melanie. La luz de la sala se encendió y la puerta del dormitorio se abrió un poco.—Señorita, el señor quiere verla en su despacho.—¿Ahora? —preguntó Rosa, entre sorprendida e indignada.Eran las once y media de la noche, una hora en la que el cuerpo ya resiente todo el cansancio del día.Melanie abrió por completo la puerta del dormitorio y se acercó.—Apúrese, por favor. El señor no tiene mucha paciencia y podría enfadarse."A mí también me gustaría enfadarme", pensó Rosa.Y así fue como, en plena noche, su padre biológico la mandó llamar a su despacho.El despacho de Álvaro Ríos estaba en el tercer piso y era incluso más grande que las suites del segundo. Lujo por donde se mirara. Él estaba sentado en un sofá, hablando por teléfono con un puro en la mano. A su lado, una mujer hermosa sostenía una copa de vino tinto.Nadie le hizo caso cuando entró. Álvaro apenas le dirigió una mirada antes de seguir con su llamada. La mujer hermosa, que debía ser su madrastra, ni siquiera levantó la vista.Rosa respiró hondo para calmar la ira que empezaba a sentir.Finalmente, Álvaro terminó su llamada y examinó a su hija."Delgada como un mono", pensó.La miró con evidente desdén. Sin invitarla a sentarse, dijo directamente:—Rosa, soy tu padre.—Lo sé. ¿Para qué me llamaste? Tengo mucho sueño —respondió ella sin rodeos.Álvaro frunció el ceño.—¿Estás impaciente?—De verdad tengo mucho sueño.¿Qué persona normal despertaba a alguien a las once y media de la noche solo para hablar?Ximena Pineda levantó por fin la cabeza y la examinó de arriba abajo. Con una postura impecable, sentenció:—Rosa, cuida tus modales al hablar con tu padre.Rosa, bostezando de sueño, asintió.—Ah.Ximena frunció el ceño por un instante, pero enseguida relajó el gesto y sus ojos mostraron una chispa de diversión.Álvaro pareció querer sermonearla y empezó un largo discurso que a Rosa le entró por un oído y le salió por el otro.—Bueno, ya vete a dormir. Mañana tienes escuela, no llegues tarde.