El día que Simona Rivera salió de la cárcel, su mundo ya estaba hecho cenizas. No solo perdió la movilidad de sus piernas de bailarina y la destreza de sus manos de cirujana, sino que descubrió la verdad más cruel: fue su propio esposo, el poderoso Ulises Gracia, quien la incriminó y la envió a prisión para proteger la carrera de Anabel, la «hermana» que le robó su identidad y el cariño de sus padres. Sin embargo, lo más desgarrador no fue la traición conyugal, sino ver cómo su propio hijo, Álvaro, la despreciaba con crueldad, llamándola «inútil» y «bruja», prefiriendo el cariño hipócrita de Anabel. Simona, la esposa devota y madre sacrificada, se convirtió en un estorbo para la «familia perfecta» que ellos soñaban. Humillada por su suegra, abandonada emocionalmente por su esposo y rechazada por su hijo, Simona decide que ya ha tenido suficiente. Cuando Simona firma los papeles de divorcio y decide marcharse, el arrepentimiento llega demasiado tarde para los Gracia. Lo que nadie esperaba es que, en su momento más oscuro, apareciera Enzo Mendoza, un hombre misterioso, inmensamente rico y peligrosamente atractivo, que ha esperado años en las sombras solo por ella. Bajo su protección, Simona no solo sanará sus heridas y descubrirá un talento oculto que deslumbrará al mundo, sino que aprenderá que la mejor venganza es ser feliz y exitosa sin ellos. ¿Qué harán Ulises y Álvaro cuando se den cuenta de que cambiaron un diamante por una piedra? ¿Podrá Simona aceptar el amor incondicional de Enzo o las cicatrices del pasado se lo impedirán? Una historia de dolor, redención y una dulce venganza donde el verdadero amor es la mejor arma.

Capítulo 1El día que salió de la cárcel, a Simona Rivera la sacaron en una camilla.Estaba tan flaca que apenas parecía humana; su mano derecha colgaba lacia y sus piernas estaban cubiertas de sangre.Tres meses antes, alguien había presentado un falso testimonio, provocando que fuera a la cárcel en lugar de la verdadera heredera de la familia Rivera.En prisión, le habían seccionado los tendones de la mano con la que sostenía el bisturí.Y las piernas que la habían llevado a ganar campeonatos internacionales de danza, se las habían destrozado a golpes.Cuando estaba a punto de perder toda esperanza, fue su esposo, Ulises Gracia, quien movió todos sus contactos para lograr sacarla de allí.Afuera de la puerta.Al ver la camilla, Ulises, que había ido a recogerla, se quedó helado por un instante. Luego, bajó del carro tambaleándose y la estrechó entre sus brazos.—Simona, es mi culpa. Llegué tarde.Mientras subían a la ambulancia con el resto del equipo, su voz temblaba.El hombre, usualmente tan distinguido y distante, dejó escapar una lágrima.Simona solo lo había visto llorar dos veces: una cuando se casaron y otra cuando nació Álvaro Gracia.La lágrima cayó sobre el rostro de Simona, y sus emociones finalmente estallaron.No había llorado cuando la golpeaban, ni cuando le cortaron los tendones. Pero ahora, no podía contener más las lágrimas.Simona se refugió en su abrazo, mientras aspiraba su aroma, ese que siempre la tranquilizaba.Por suerte, tenía a su esposo, a su hijo. Tenía una familia que la amaba.Con los ojos enrojecidos, Ulises la abrazó y juró, con la mirada inyectada en sangre:—Simona, te juro que encontraré al verdadero culpable que te incriminó y limpiaré tu nombre.Acurrucada en su pecho, Simona escuchaba la vibración de su corazón.Su alma, herida y llena de cicatrices, finalmente encontró un poco de consuelo.Tenía un esposo y un hijo que la amaban tanto… Aunque para la familia Rivera, que la había criado, solo existiera Anabel Rivera, y aunque su ex prometido la hubiera abandonado, ya no le importaba.—Todo es mi culpa. Si no te hubiera pedido que salieras en el carro ese día, no te habrían encontrado un pretexto para acusarte de atropello y fuga.La voz de Ulises se quebró. Parecía incapaz de mirarla y bajó la vista, con una mirada que se sentía un poco fría.Simona negó con la cabeza.¿Cómo podría ser culpa suya?Ulises era conocido en su círculo como el esposo perfecto.Desde que se casaron, no la dejaba hacer nada, la consentía como a una princesa.Incluso le preocupaba que se cansara demasiado en el trabajo y le había insistido varias veces que renunciara, diciéndole que él la mantendría.El heredero de la prestigiosa familia Gracia de San Luis la amaba con una devoción absoluta; todo el mundo envidiaba su buena suerte.Pero ahora, en este estado, ¿seguía siendo digna de él?—Me temo que nunca más podré sostener un bisturí, que nunca más podré bailar… —su voz se quebró en un sollozo.Los ojos de Ulises se enrojecieron de nuevo y, con voz temblorosa, intentó consolarla:—Tranquila, Simona. Si no puedes volver a operar, yo te cuidaré toda la vida. Y si no puedes bailar, pues no bailes. Me pongo celoso cuando los demás te miran…Simona esbozó una sonrisa amarga.A él le encantaban sus piernas, pero ahora estaban cubiertas de heridas.Incluso si sanaban, quedarían cicatrices.Si las veía demasiado, terminaría por cansarse.Al llegar al hospital, Simona vio a su hijo.Álvaro se abalanzó sobre la cama, llorando desconsoladamente:—¡Perdóname, mamá! ¡No sabía que lo que dije se usaría como testimonio! ¡Todo es mi culpa por recordarlo mal! ¡Te doy mis piernas para compensarte!Simona recordó cómo, tres meses atrás, la habían acusado falsamente de atropello y fuga.Y Álvaro, como testigo, también había dicho que ella había salido de casa ese día.Álvaro siempre había sido un niño obediente y sensato, precoz y un poco reservado.En ese momento, sin embargo, lloraba a moco tendido, con una expresión que daba mucha lástima.Por muy maduro que fuera, seguía siendo solo un niño; era normal que se equivocara.Simona sintió una punzada de ternura y le acarició la cabeza.—Mamá no te culpa.—Mamá, de ahora en adelante, yo seré tus piernas —dijo Álvaro entre sollozos—. Correré por ti y veré el mundo por ti.Simona sintió una punzada de amargura, pero a la vez, se consideró afortunada.Ni su hijo ni su esposo la habían abandonado; al contrario, la trataban incluso mejor que antes.Su familia biológica no le había dado felicidad, pero por suerte, ella había elegido un hogar cálido para sí misma.***Después de la operación, Simona todavía no sentía sus extremidades.Tenía la garganta completamente seca. Movió los labios, pero en ese momento escuchó la voz de Álvaro al otro lado de la puerta.—Papá, mamá se ve muy mal. Podrá volver a caminar, pero nunca más podrá bailar. El doctor dijo que tampoco podrá volver a sostener un bisturí.Los ojos de Simona se humedecieron y una amarga tristeza inundó su corazón.Era un resultado que podía prever, pero escucharlo de boca de otros le provocaba una mezcla de emociones indescriptible.—Papá, ¿no crees que fuimos demasiado lejos al incriminar a mamá con un falso testimonio para proteger a Anabel? —continuó Álvaro.¿Proteger?¿Incriminar?De repente, Simona se quedó paralizada. Creyó haber escuchado mal.Abrió los ojos con incredulidad y oyó la voz fría de Ulises desde el pasillo:—Anabel es primera bailarina. Su reputación no puede tener ni la más mínima mancha.—En cuanto a tu madre, como la falsa heredera, usurpó la identidad de Anabel como la hija de la familia Rivera durante tantos años, haciendo que Anabel viviera como una huérfana todo ese tiempo. Esto es lo que le debe. Además, ya es la señora Gracia, ¿de qué más se puede quejar?Entonces, ¿los verdaderos culpables de que la incriminaran y la metieran en la cárcel eran su propio esposo y su hijo?Tumbada en la cama, Simona se mordió el labio con todas sus fuerzas para no hacer ningún ruido.Que la confundieran en el hospital al nacer no había sido su decisión.¿Cómo podían decir que había usurpado la identidad de la heredera de los Rivera durante tantos años?¿Acaso todas las promesas de amor eterno de Ulises eran mentira?Álvaro suspiró y añadió, de acuerdo:—Mamá siempre está buscando pleito con Anabel, ¡ya era hora de que aprendiera la lección! Ya la compensaremos más adelante.¿Más adelante?¿Acaso le quedaba un «más adelante»?Las voces de padre e hijo llegaron con una claridad hiriente a los oídos de Simona.Un dolor agudo, como una puñalada, se extendió por su pecho, y una lágrima rodó por su mejilla.El dolor en sus piernas y su mano no era nada comparado con el dolor que sentía en el corazón.Resultaba que los artífices de todo esto eran el hombre que dormía a su lado y su propio hijo.No habían dudado en hacerle tanto daño solo para que ella pagara por el crimen de Anabel.Al parecer, para ellos, solo existía la mujer que amaban.Afuera, la voz de Álvaro sonó un poco arrepentida:—Pero… retrasamos su operación a propósito. Por eso su mano y sus piernas ya no tienen remedio. Si mamá se entera, ¿no se volverá loca?Si la hubieran operado a tiempo, ¿habría tenido una oportunidad?¡Pero ellos habían retrasado la cirugía deliberadamente!Sintió como si un cuchillo le desgarrara el corazón; a Simona casi le faltó el aire.Escuchó a Ulises, que sonaba un poco impaciente, pero con un tono paternalista.—¿Y qué si se entera? No puede volver con los Rivera, y con las manos y piernas destrozadas, no tiene a dónde ir más que con los Gracia.La voz de Ulises tenía un matiz de alegría, como si estuviera de muy buen humor.—Álvaro, ¿no te gusta Anabel? De ahora en adelante, tu mamá ya no podrá meterse cuando vayas a verla, ¿no estás contento?La voz de Álvaro sonó inocente y cruel a la vez.—¡Claro que estoy contento! Mamá es como una amargada. Supongo que así es la gente que no estudió. Siempre se comporta como una resentida, y lo único que ve es la rivalidad con otras mujeres. A veces solo hablo con Anabel y ella ya me está regañando.Sintió como si su corazón sangrara. Simona abrió los ojos de par en par, mientras gruesas lágrimas caían sin cesar.¡Fue Álvaro quien le dijo que no le gustaba Anabel! ¡Por eso ella había rechazado las invitaciones de Anabel en su nombre una y otra vez!¿Cómo era posible que ahora todo fuera culpa suya?Ulises suspiró, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.—Además, es mejor que tu madre no pueda bailar; así nadie competirá con Anabel. Ser primera bailarina es el sueño de Anabel. No tienes idea de todo lo que he hecho para que Anabel sea feliz.—Incluso me puse en juego a mí mismo…«¿Ponerse en juego a sí mismo?».Simona escuchaba, aturdida, mientras un dolor punzante se extendía por su pecho.Ocho años atrás, cuando Anabel apareció, descubrió que no era hija biológica de la familia Rivera.Su prometido decidió romper el compromiso en público, amenazando con expulsarla de San Luis, solo para casarse con Anabel poco después.De la noche a la mañana, se convirtió en el hazmerreír de su círculo social.Sus padres y amigos la acusaron de haberse adueñado de un nido que no era suyo y la humillaron de mil maneras.Incluso se rumoreaba que se aferraba a la fortuna de los Rivera.Solo Ulises la encontró, desolada y perdida, y le dijo:—Simona, cásate conmigo. De ahora en adelante, yo seré tu apoyo.En ese momento, Simona se sintió tan conmovida que aceptó casarse con él.Estaba convencida de que era el hombre de su vida, y por eso, para casarse, rechazó la oferta de una bailarina maestra de fama internacional que la había invitado a estudiar en el extranjero.Más tarde se enteró de que Anabel se convirtió en la discípula predilecta de esa bailarina.Y así, de un salto, se convirtió en la primera bailarina del país.En su momento no le dio mayor importancia, pero ahora se daba cuenta de que, detrás de todo, seguramente estaba la mano de Ulises.Con razón, con razón después de casarse, aunque Ulises la trataba bien, siempre sintió que nunca pudo llegar a su corazón.¡Resultaba que todo había sido una trampa cuidadosamente planeada por él, con el único fin de que Anabel cumpliera sus sueños y fuera completamente feliz!¡Qué gran manera de «ponerse en juego»!Simona rio en silencio, rio hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.¿Cómo podía haber alguien tan tonta en el mundo?¿Cómo pudo dejar que la misma persona la engañara de esa manera durante ocho años?En esos ocho años, renunció a sus propios sueños por ellos.Como su hijo tenía una salud delicada, abandonó el baile para convertirse en médico. Como no lograba conectar con su esposo, buscaba mil maneras de hacerlo feliz.Incluso llegó a pensar que el problema era ella…Las lágrimas de Simona casi empaparon la almohada.Quiso levantar la mano para secárselas, pero la sintió colgar inerte, como si fuera de trapo.La gente de la cárcel, temiendo que no obedeciera, le había seccionado a la fuerza los tendones de la mano derecha.Nunca más podría sostener un bisturí.¡Pero si ella era cirujana!Había llegado al puesto de jefa de cirugía paso a paso, todo gracias a esa mano.Ahora, por culpa de una operación retrasada, todo estaba arruinado.¡Crash!El vaso de vidrio sobre la mesa fue golpeado y cayó al suelo, haciendo un ruido estridente.La conversación de afuera se detuvo de golpe, y Ulises entró corriendo a la habitación.Un destello de pánico cruzó por sus ojos mientras abrazaba a Simona.—Simona, ¿despertaste? La operación fue un éxito, ¿te sientes mal en alguna parte?Ulises frunció el ceño, y su rostro, apuesto y de facciones duras, estaba lleno de preocupación.Si Simona no hubiera escuchado su conversación, su corazón se habría conmovido por un instante ante esa expresión.Su hijo también se acercó corriendo a la cama, con la voz entrecortada.—Mamá, ¿quieres agua? ¡Voy a traerte un poco!Si hubiera sido antes, Simona se habría sentido inmensamente feliz.Su esposo la trataba como la joya más preciada, y su hijo, aunque precoz, era increíblemente atento con ella.Pero ahora, Simona solo los veía como unos farsantes repugnantes.Y a sí misma, engañada por ellos de esa manera, la veía ridícula y digna de lástima.Simona sintió un nudo en la garganta y un dolor sordo en cada rincón de su cuerpo. Bajó la cabeza, contuvo las lágrimas y esbozó una sonrisa pálida.Al verla así, la voz de Ulises casi tembló.Bajó la mirada y, al volver a levantarla, tenía el rabillo de los ojos enrojecido.—Simona, ¿te duele algo? ¿Quieres que llame al médico otra vez? No te preocupes, te juro que encontraré a la persona que dio el falso testimonio para que no sufras ninguna injusticia.Una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo de Simona.Sus pupilas temblaron por un instante, y un frío glacial la recorrió por completo.Capítulo 2El día que salió de la cárcel, a Simona Rivera la sacaron en una camilla.Estaba tan flaca que apenas parecía humana; su mano derecha colgaba lacia y sus piernas estaban cubiertas de sangre.Tres meses antes, alguien había presentado un falso testimonio, provocando que fuera a la cárcel en lugar de la verdadera heredera de la familia Rivera.En prisión, le habían seccionado los tendones de la mano con la que sostenía el bisturí.Y las piernas que la habían llevado a ganar campeonatos internacionales de danza, se las habían destrozado a golpes.Cuando estaba a punto de perder toda esperanza, fue su esposo, Ulises Gracia, quien movió todos sus contactos para lograr sacarla de allí.Afuera de la puerta.Al ver la camilla, Ulises, que había ido a recogerla, se quedó helado por un instante. Luego, bajó del carro tambaleándose y la estrechó entre sus brazos.—Simona, es mi culpa. Llegué tarde.Mientras subían a la ambulancia con el resto del equipo, su voz temblaba.El hombre, usualmente tan distinguido y distante, dejó escapar una lágrima.Simona solo lo había visto llorar dos veces: una cuando se casaron y otra cuando nació Álvaro Gracia.La lágrima cayó sobre el rostro de Simona, y sus emociones finalmente estallaron.No había llorado cuando la golpeaban, ni cuando le cortaron los tendones. Pero ahora, no podía contener más las lágrimas.Simona se refugió en su abrazo, mientras aspiraba su aroma, ese que siempre la tranquilizaba.Por suerte, tenía a su esposo, a su hijo. Tenía una familia que la amaba.Con los ojos enrojecidos, Ulises la abrazó y juró, con la mirada inyectada en sangre:—Simona, te juro que encontraré al verdadero culpable que te incriminó y limpiaré tu nombre.Acurrucada en su pecho, Simona escuchaba la vibración de su corazón.Su alma, herida y llena de cicatrices, finalmente encontró un poco de consuelo.Tenía un esposo y un hijo que la amaban tanto… Aunque para la familia Rivera, que la había criado, solo existiera Anabel Rivera, y aunque su ex prometido la hubiera abandonado, ya no le importaba.—Todo es mi culpa. Si no te hubiera pedido que salieras en el carro ese día, no te habrían encontrado un pretexto para acusarte de atropello y fuga.La voz de Ulises se quebró. Parecía incapaz de mirarla y bajó la vista, con una mirada que se sentía un poco fría.Simona negó con la cabeza.¿Cómo podría ser culpa suya?Ulises era conocido en su círculo como el esposo perfecto.Desde que se casaron, no la dejaba hacer nada, la consentía como a una princesa.Incluso le preocupaba que se cansara demasiado en el trabajo y le había insistido varias veces que renunciara, diciéndole que él la mantendría.El heredero de la prestigiosa familia Gracia de San Luis la amaba con una devoción absoluta; todo el mundo envidiaba su buena suerte.Pero ahora, en este estado, ¿seguía siendo digna de él?—Me temo que nunca más podré sostener un bisturí, que nunca más podré bailar… —su voz se quebró en un sollozo.Los ojos de Ulises se enrojecieron de nuevo y, con voz temblorosa, intentó consolarla:—Tranquila, Simona. Si no puedes volver a operar, yo te cuidaré toda la vida. Y si no puedes bailar, pues no bailes. Me pongo celoso cuando los demás te miran…Simona esbozó una sonrisa amarga.A él le encantaban sus piernas, pero ahora estaban cubiertas de heridas.Incluso si sanaban, quedarían cicatrices.Si las veía demasiado, terminaría por cansarse.Al llegar al hospital, Simona vio a su hijo.Álvaro se abalanzó sobre la cama, llorando desconsoladamente:—¡Perdóname, mamá! ¡No sabía que lo que dije se usaría como testimonio! ¡Todo es mi culpa por recordarlo mal! ¡Te doy mis piernas para compensarte!Simona recordó cómo, tres meses atrás, la habían acusado falsamente de atropello y fuga.Y Álvaro, como testigo, también había dicho que ella había salido de casa ese día.Álvaro siempre había sido un niño obediente y sensato, precoz y un poco reservado.En ese momento, sin embargo, lloraba a moco tendido, con una expresión que daba mucha lástima.Por muy maduro que fuera, seguía siendo solo un niño; era normal que se equivocara.Simona sintió una punzada de ternura y le acarició la cabeza.—Mamá no te culpa.—Mamá, de ahora en adelante, yo seré tus piernas —dijo Álvaro entre sollozos—. Correré por ti y veré el mundo por ti.Simona sintió una punzada de amargura, pero a la vez, se consideró afortunada.Ni su hijo ni su esposo la habían abandonado; al contrario, la trataban incluso mejor que antes.Su familia biológica no le había dado felicidad, pero por suerte, ella había elegido un hogar cálido para sí misma.***Después de la operación, Simona todavía no sentía sus extremidades.Tenía la garganta completamente seca. Movió los labios, pero en ese momento escuchó la voz de Álvaro al otro lado de la puerta.—Papá, mamá se ve muy mal. Podrá volver a caminar, pero nunca más podrá bailar. El doctor dijo que tampoco podrá volver a sostener un bisturí.Los ojos de Simona se humedecieron y una amarga tristeza inundó su corazón.Era un resultado que podía prever, pero escucharlo de boca de otros le provocaba una mezcla de emociones indescriptible.—Papá, ¿no crees que fuimos demasiado lejos al incriminar a mamá con un falso testimonio para proteger a Anabel? —continuó Álvaro.¿Proteger?¿Incriminar?De repente, Simona se quedó paralizada. Creyó haber escuchado mal.Abrió los ojos con incredulidad y oyó la voz fría de Ulises desde el pasillo:—Anabel es primera bailarina. Su reputación no puede tener ni la más mínima mancha.—En cuanto a tu madre, como la falsa heredera, usurpó la identidad de Anabel como la hija de la familia Rivera durante tantos años, haciendo que Anabel viviera como una huérfana todo ese tiempo. Esto es lo que le debe. Además, ya es la señora Gracia, ¿de qué más se puede quejar?Entonces, ¿los verdaderos culpables de que la incriminaran y la metieran en la cárcel eran su propio esposo y su hijo?Tumbada en la cama, Simona se mordió el labio con todas sus fuerzas para no hacer ningún ruido.Que la confundieran en el hospital al nacer no había sido su decisión.¿Cómo podían decir que había usurpado la identidad de la heredera de los Rivera durante tantos años?¿Acaso todas las promesas de amor eterno de Ulises eran mentira?Álvaro suspiró y añadió, de acuerdo:—Mamá siempre está buscando pleito con Anabel, ¡ya era hora de que aprendiera la lección! Ya la compensaremos más adelante.¿Más adelante?¿Acaso le quedaba un «más adelante»?Las voces de padre e hijo llegaron con una claridad hiriente a los oídos de Simona.Un dolor agudo, como una puñalada, se extendió por su pecho, y una lágrima rodó por su mejilla.El dolor en sus piernas y su mano no era nada comparado con el dolor que sentía en el corazón.Resultaba que los artífices de todo esto eran el hombre que dormía a su lado y su propio hijo.No habían dudado en hacerle tanto daño solo para que ella pagara por el crimen de Anabel.Al parecer, para ellos, solo existía la mujer que amaban.Afuera, la voz de Álvaro sonó un poco arrepentida:—Pero… retrasamos su operación a propósito. Por eso su mano y sus piernas ya no tienen remedio. Si mamá se entera, ¿no se volverá loca?Si la hubieran operado a tiempo, ¿habría tenido una oportunidad?¡Pero ellos habían retrasado la cirugía deliberadamente!Sintió como si un cuchillo le desgarrara el corazón; a Simona casi le faltó el aire.Escuchó a Ulises, que sonaba un poco impaciente, pero con un tono paternalista.—¿Y qué si se entera? No puede volver con los Rivera, y con las manos y piernas destrozadas, no tiene a dónde ir más que con los Gracia.La voz de Ulises tenía un matiz de alegría, como si estuviera de muy buen humor.—Álvaro, ¿no te gusta Anabel? De ahora en adelante, tu mamá ya no podrá meterse cuando vayas a verla, ¿no estás contento?La voz de Álvaro sonó inocente y cruel a la vez.—¡Claro que estoy contento! Mamá es como una amargada. Supongo que así es la gente que no estudió. Siempre se comporta como una resentida, y lo único que ve es la rivalidad con otras mujeres. A veces solo hablo con Anabel y ella ya me está regañando.Sintió como si su corazón sangrara. Simona abrió los ojos de par en par, mientras gruesas lágrimas caían sin cesar.¡Fue Álvaro quien le dijo que no le gustaba Anabel! ¡Por eso ella había rechazado las invitaciones de Anabel en su nombre una y otra vez!¿Cómo era posible que ahora todo fuera culpa suya?Ulises suspiró, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.—Además, es mejor que tu madre no pueda bailar; así nadie competirá con Anabel. Ser primera bailarina es el sueño de Anabel. No tienes idea de todo lo que he hecho para que Anabel sea feliz.—Incluso me puse en juego a mí mismo…«¿Ponerse en juego a sí mismo?».Simona escuchaba, aturdida, mientras un dolor punzante se extendía por su pecho.Ocho años atrás, cuando Anabel apareció, descubrió que no era hija biológica de la familia Rivera.Su prometido decidió romper el compromiso en público, amenazando con expulsarla de San Luis, solo para casarse con Anabel poco después.De la noche a la mañana, se convirtió en el hazmerreír de su círculo social.Sus padres y amigos la acusaron de haberse adueñado de un nido que no era suyo y la humillaron de mil maneras.Incluso se rumoreaba que se aferraba a la fortuna de los Rivera.Solo Ulises la encontró, desolada y perdida, y le dijo:—Simona, cásate conmigo. De ahora en adelante, yo seré tu apoyo.En ese momento, Simona se sintió tan conmovida que aceptó casarse con él.Estaba convencida de que era el hombre de su vida, y por eso, para casarse, rechazó la oferta de una bailarina maestra de fama internacional que la había invitado a estudiar en el extranjero.Más tarde se enteró de que Anabel se convirtió en la discípula predilecta de esa bailarina.Y así, de un salto, se convirtió en la primera bailarina del país.En su momento no le dio mayor importancia, pero ahora se daba cuenta de que, detrás de todo, seguramente estaba la mano de Ulises.Con razón, con razón después de casarse, aunque Ulises la trataba bien, siempre sintió que nunca pudo llegar a su corazón.¡Resultaba que todo había sido una trampa cuidadosamente planeada por él, con el único fin de que Anabel cumpliera sus sueños y fuera completamente feliz!¡Qué gran manera de «ponerse en juego»!Simona rio en silencio, rio hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.¿Cómo podía haber alguien tan tonta en el mundo?¿Cómo pudo dejar que la misma persona la engañara de esa manera durante ocho años?En esos ocho años, renunció a sus propios sueños por ellos.Como su hijo tenía una salud delicada, abandonó el baile para convertirse en médico. Como no lograba conectar con su esposo, buscaba mil maneras de hacerlo feliz.Incluso llegó a pensar que el problema era ella…Las lágrimas de Simona casi empaparon la almohada.Quiso levantar la mano para secárselas, pero la sintió colgar inerte, como si fuera de trapo.La gente de la cárcel, temiendo que no obedeciera, le había seccionado a la fuerza los tendones de la mano derecha.Nunca más podría sostener un bisturí.¡Pero si ella era cirujana!Había llegado al puesto de jefa de cirugía paso a paso, todo gracias a esa mano.Ahora, por culpa de una operación retrasada, todo estaba arruinado.¡Crash!El vaso de vidrio sobre la mesa fue golpeado y cayó al suelo, haciendo un ruido estridente.La conversación de afuera se detuvo de golpe, y Ulises entró corriendo a la habitación.Un destello de pánico cruzó por sus ojos mientras abrazaba a Simona.—Simona, ¿despertaste? La operación fue un éxito, ¿te sientes mal en alguna parte?Ulises frunció el ceño, y su rostro, apuesto y de facciones duras, estaba lleno de preocupación.Si Simona no hubiera escuchado su conversación, su corazón se habría conmovido por un instante ante esa expresión.Su hijo también se acercó corriendo a la cama, con la voz entrecortada.—Mamá, ¿quieres agua? ¡Voy a traerte un poco!Si hubiera sido antes, Simona se habría sentido inmensamente feliz.Su esposo la trataba como la joya más preciada, y su hijo, aunque precoz, era increíblemente atento con ella.Pero ahora, Simona solo los veía como unos farsantes repugnantes.Y a sí misma, engañada por ellos de esa manera, la veía ridícula y digna de lástima.Simona sintió un nudo en la garganta y un dolor sordo en cada rincón de su cuerpo. Bajó la cabeza, contuvo las lágrimas y esbozó una sonrisa pálida.Al verla así, la voz de Ulises casi tembló.Bajó la mirada y, al volver a levantarla, tenía el rabillo de los ojos enrojecido.—Simona, ¿te duele algo? ¿Quieres que llame al médico otra vez? No te preocupes, te juro que encontraré a la persona que dio el falso testimonio para que no sufras ninguna injusticia.Una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo de Simona.Sus pupilas temblaron por un instante, y un frío glacial la recorrió por completo.Capítulo 3El día que salió de la cárcel, a Simona Rivera la sacaron en una camilla.Estaba tan flaca que apenas parecía humana; su mano derecha colgaba lacia y sus piernas estaban cubiertas de sangre.Tres meses antes, alguien había presentado un falso testimonio, provocando que fuera a la cárcel en lugar de la verdadera heredera de la familia Rivera.En prisión, le habían seccionado los tendones de la mano con la que sostenía el bisturí.Y las piernas que la habían llevado a ganar campeonatos internacionales de danza, se las habían destrozado a golpes.Cuando estaba a punto de perder toda esperanza, fue su esposo, Ulises Gracia, quien movió todos sus contactos para lograr sacarla de allí.Afuera de la puerta.Al ver la camilla, Ulises, que había ido a recogerla, se quedó helado por un instante. Luego, bajó del carro tambaleándose y la estrechó entre sus brazos.—Simona, es mi culpa. Llegué tarde.Mientras subían a la ambulancia con el resto del equipo, su voz temblaba.El hombre, usualmente tan distinguido y distante, dejó escapar una lágrima.Simona solo lo había visto llorar dos veces: una cuando se casaron y otra cuando nació Álvaro Gracia.La lágrima cayó sobre el rostro de Simona, y sus emociones finalmente estallaron.No había llorado cuando la golpeaban, ni cuando le cortaron los tendones. Pero ahora, no podía contener más las lágrimas.Simona se refugió en su abrazo, mientras aspiraba su aroma, ese que siempre la tranquilizaba.Por suerte, tenía a su esposo, a su hijo. Tenía una familia que la amaba.Con los ojos enrojecidos, Ulises la abrazó y juró, con la mirada inyectada en sangre:—Simona, te juro que encontraré al verdadero culpable que te incriminó y limpiaré tu nombre.Acurrucada en su pecho, Simona escuchaba la vibración de su corazón.Su alma, herida y llena de cicatrices, finalmente encontró un poco de consuelo.Tenía un esposo y un hijo que la amaban tanto… Aunque para la familia Rivera, que la había criado, solo existiera Anabel Rivera, y aunque su ex prometido la hubiera abandonado, ya no le importaba.—Todo es mi culpa. Si no te hubiera pedido que salieras en el carro ese día, no te habrían encontrado un pretexto para acusarte de atropello y fuga.La voz de Ulises se quebró. Parecía incapaz de mirarla y bajó la vista, con una mirada que se sentía un poco fría.Simona negó con la cabeza.¿Cómo podría ser culpa suya?Ulises era conocido en su círculo como el esposo perfecto.Desde que se casaron, no la dejaba hacer nada, la consentía como a una princesa.Incluso le preocupaba que se cansara demasiado en el trabajo y le había insistido varias veces que renunciara, diciéndole que él la mantendría.El heredero de la prestigiosa familia Gracia de San Luis la amaba con una devoción absoluta; todo el mundo envidiaba su buena suerte.Pero ahora, en este estado, ¿seguía siendo digna de él?—Me temo que nunca más podré sostener un bisturí, que nunca más podré bailar… —su voz se quebró en un sollozo.Los ojos de Ulises se enrojecieron de nuevo y, con voz temblorosa, intentó consolarla:—Tranquila, Simona. Si no puedes volver a operar, yo te cuidaré toda la vida. Y si no puedes bailar, pues no bailes. Me pongo celoso cuando los demás te miran…Simona esbozó una sonrisa amarga.A él le encantaban sus piernas, pero ahora estaban cubiertas de heridas.Incluso si sanaban, quedarían cicatrices.Si las veía demasiado, terminaría por cansarse.Al llegar al hospital, Simona vio a su hijo.Álvaro se abalanzó sobre la cama, llorando desconsoladamente:—¡Perdóname, mamá! ¡No sabía que lo que dije se usaría como testimonio! ¡Todo es mi culpa por recordarlo mal! ¡Te doy mis piernas para compensarte!Simona recordó cómo, tres meses atrás, la habían acusado falsamente de atropello y fuga.Y Álvaro, como testigo, también había dicho que ella había salido de casa ese día.Álvaro siempre había sido un niño obediente y sensato, precoz y un poco reservado.En ese momento, sin embargo, lloraba a moco tendido, con una expresión que daba mucha lástima.Por muy maduro que fuera, seguía siendo solo un niño; era normal que se equivocara.Simona sintió una punzada de ternura y le acarició la cabeza.—Mamá no te culpa.—Mamá, de ahora en adelante, yo seré tus piernas —dijo Álvaro entre sollozos—. Correré por ti y veré el mundo por ti.Simona sintió una punzada de amargura, pero a la vez, se consideró afortunada.Ni su hijo ni su esposo la habían abandonado; al contrario, la trataban incluso mejor que antes.Su familia biológica no le había dado felicidad, pero por suerte, ella había elegido un hogar cálido para sí misma.***Después de la operación, Simona todavía no sentía sus extremidades.Tenía la garganta completamente seca. Movió los labios, pero en ese momento escuchó la voz de Álvaro al otro lado de la puerta.—Papá, mamá se ve muy mal. Podrá volver a caminar, pero nunca más podrá bailar. El doctor dijo que tampoco podrá volver a sostener un bisturí.Los ojos de Simona se humedecieron y una amarga tristeza inundó su corazón.Era un resultado que podía prever, pero escucharlo de boca de otros le provocaba una mezcla de emociones indescriptible.—Papá, ¿no crees que fuimos demasiado lejos al incriminar a mamá con un falso testimonio para proteger a Anabel? —continuó Álvaro.¿Proteger?¿Incriminar?De repente, Simona se quedó paralizada. Creyó haber escuchado mal.Abrió los ojos con incredulidad y oyó la voz fría de Ulises desde el pasillo:—Anabel es primera bailarina. Su reputación no puede tener ni la más mínima mancha.—En cuanto a tu madre, como la falsa heredera, usurpó la identidad de Anabel como la hija de la familia Rivera durante tantos años, haciendo que Anabel viviera como una huérfana todo ese tiempo. Esto es lo que le debe. Además, ya es la señora Gracia, ¿de qué más se puede quejar?Entonces, ¿los verdaderos culpables de que la incriminaran y la metieran en la cárcel eran su propio esposo y su hijo?Tumbada en la cama, Simona se mordió el labio con todas sus fuerzas para no hacer ningún ruido.Que la confundieran en el hospital al nacer no había sido su decisión.¿Cómo podían decir que había usurpado la identidad de la heredera de los Rivera durante tantos años?¿Acaso todas las promesas de amor eterno de Ulises eran mentira?Álvaro suspiró y añadió, de acuerdo:—Mamá siempre está buscando pleito con Anabel, ¡ya era hora de que aprendiera la lección! Ya la compensaremos más adelante.¿Más adelante?¿Acaso le quedaba un «más adelante»?Las voces de padre e hijo llegaron con una claridad hiriente a los oídos de Simona.Un dolor agudo, como una puñalada, se extendió por su pecho, y una lágrima rodó por su mejilla.El dolor en sus piernas y su mano no era nada comparado con el dolor que sentía en el corazón.Resultaba que los artífices de todo esto eran el hombre que dormía a su lado y su propio hijo.No habían dudado en hacerle tanto daño solo para que ella pagara por el crimen de Anabel.Al parecer, para ellos, solo existía la mujer que amaban.Afuera, la voz de Álvaro sonó un poco arrepentida:—Pero… retrasamos su operación a propósito. Por eso su mano y sus piernas ya no tienen remedio. Si mamá se entera, ¿no se volverá loca?Si la hubieran operado a tiempo, ¿habría tenido una oportunidad?¡Pero ellos habían retrasado la cirugía deliberadamente!Sintió como si un cuchillo le desgarrara el corazón; a Simona casi le faltó el aire.Escuchó a Ulises, que sonaba un poco impaciente, pero con un tono paternalista.—¿Y qué si se entera? No puede volver con los Rivera, y con las manos y piernas destrozadas, no tiene a dónde ir más que con los Gracia.La voz de Ulises tenía un matiz de alegría, como si estuviera de muy buen humor.—Álvaro, ¿no te gusta Anabel? De ahora en adelante, tu mamá ya no podrá meterse cuando vayas a verla, ¿no estás contento?La voz de Álvaro sonó inocente y cruel a la vez.—¡Claro que estoy contento! Mamá es como una amargada. Supongo que así es la gente que no estudió. Siempre se comporta como una resentida, y lo único que ve es la rivalidad con otras mujeres. A veces solo hablo con Anabel y ella ya me está regañando.Sintió como si su corazón sangrara. Simona abrió los ojos de par en par, mientras gruesas lágrimas caían sin cesar.¡Fue Álvaro quien le dijo que no le gustaba Anabel! ¡Por eso ella había rechazado las invitaciones de Anabel en su nombre una y otra vez!¿Cómo era posible que ahora todo fuera culpa suya?Ulises suspiró, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.—Además, es mejor que tu madre no pueda bailar; así nadie competirá con Anabel. Ser primera bailarina es el sueño de Anabel. No tienes idea de todo lo que he hecho para que Anabel sea feliz.—Incluso me puse en juego a mí mismo…«¿Ponerse en juego a sí mismo?».Simona escuchaba, aturdida, mientras un dolor punzante se extendía por su pecho.Ocho años atrás, cuando Anabel apareció, descubrió que no era hija biológica de la familia Rivera.Su prometido decidió romper el compromiso en público, amenazando con expulsarla de San Luis, solo para casarse con Anabel poco después.De la noche a la mañana, se convirtió en el hazmerreír de su círculo social.Sus padres y amigos la acusaron de haberse adueñado de un nido que no era suyo y la humillaron de mil maneras.Incluso se rumoreaba que se aferraba a la fortuna de los Rivera.Solo Ulises la encontró, desolada y perdida, y le dijo:—Simona, cásate conmigo. De ahora en adelante, yo seré tu apoyo.En ese momento, Simona se sintió tan conmovida que aceptó casarse con él.Estaba convencida de que era el hombre de su vida, y por eso, para casarse, rechazó la oferta de una bailarina maestra de fama internacional que la había invitado a estudiar en el extranjero.Más tarde se enteró de que Anabel se convirtió en la discípula predilecta de esa bailarina.Y así, de un salto, se convirtió en la primera bailarina del país.En su momento no le dio mayor importancia, pero ahora se daba cuenta de que, detrás de todo, seguramente estaba la mano de Ulises.Con razón, con razón después de casarse, aunque Ulises la trataba bien, siempre sintió que nunca pudo llegar a su corazón.¡Resultaba que todo había sido una trampa cuidadosamente planeada por él, con el único fin de que Anabel cumpliera sus sueños y fuera completamente feliz!¡Qué gran manera de «ponerse en juego»!Simona rio en silencio, rio hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.¿Cómo podía haber alguien tan tonta en el mundo?¿Cómo pudo dejar que la misma persona la engañara de esa manera durante ocho años?En esos ocho años, renunció a sus propios sueños por ellos.Como su hijo tenía una salud delicada, abandonó el baile para convertirse en médico. Como no lograba conectar con su esposo, buscaba mil maneras de hacerlo feliz.Incluso llegó a pensar que el problema era ella…Las lágrimas de Simona casi empaparon la almohada.Quiso levantar la mano para secárselas, pero la sintió colgar inerte, como si fuera de trapo.La gente de la cárcel, temiendo que no obedeciera, le había seccionado a la fuerza los tendones de la mano derecha.Nunca más podría sostener un bisturí.¡Pero si ella era cirujana!Había llegado al puesto de jefa de cirugía paso a paso, todo gracias a esa mano.Ahora, por culpa de una operación retrasada, todo estaba arruinado.¡Crash!El vaso de vidrio sobre la mesa fue golpeado y cayó al suelo, haciendo un ruido estridente.La conversación de afuera se detuvo de golpe, y Ulises entró corriendo a la habitación.Un destello de pánico cruzó por sus ojos mientras abrazaba a Simona.—Simona, ¿despertaste? La operación fue un éxito, ¿te sientes mal en alguna parte?Ulises frunció el ceño, y su rostro, apuesto y de facciones duras, estaba lleno de preocupación.Si Simona no hubiera escuchado su conversación, su corazón se habría conmovido por un instante ante esa expresión.Su hijo también se acercó corriendo a la cama, con la voz entrecortada.—Mamá, ¿quieres agua? ¡Voy a traerte un poco!Si hubiera sido antes, Simona se habría sentido inmensamente feliz.Su esposo la trataba como la joya más preciada, y su hijo, aunque precoz, era increíblemente atento con ella.Pero ahora, Simona solo los veía como unos farsantes repugnantes.Y a sí misma, engañada por ellos de esa manera, la veía ridícula y digna de lástima.Simona sintió un nudo en la garganta y un dolor sordo en cada rincón de su cuerpo. Bajó la cabeza, contuvo las lágrimas y esbozó una sonrisa pálida.Al verla así, la voz de Ulises casi tembló.Bajó la mirada y, al volver a levantarla, tenía el rabillo de los ojos enrojecido.—Simona, ¿te duele algo? ¿Quieres que llame al médico otra vez? No te preocupes, te juro que encontraré a la persona que dio el falso testimonio para que no sufras ninguna injusticia.Una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo de Simona.Sus pupilas temblaron por un instante, y un frío glacial la recorrió por completo.

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