Capítulo 1—Lamento informarle que, una vez más, la inseminación artificial no tuvo éxito.Helena Pérez, recostada en la camilla de la sala de ultrasonido, aceptó la noticia con una expresión de profunda vergüenza.Era la tercera vez que fallaba su intento de embarazo artificial, y el dolor que sentía era indescriptible.—Si usted y su esposo son un matrimonio legalmente constituido y ninguno de los dos tiene problemas, ¿por qué insisten en este método? ¿No sería menor el riesgo con un embarazo natural? —preguntó el médico, sin poder entender la situación.El rostro de Helena se encendió. Por supuesto que sabía que la concepción natural tenía una tasa de éxito mucho mayor.Pero ¿cómo iba a embarazarse si su esposo se negaba a tener el más mínimo contacto físico con ella?Hoy se cumplían exactamente tres años desde que se casó con Guillermo Ortega.Pero Guillermo era como una roca imposible de calentar; frío como el hielo, día tras día, durante tres años.El médico la acompañó al salir de la sala de ultrasonido y le dijo:—Si decide seguir intentándolo, necesitaré que su esposo venga una vez más para cooperar.Helena asintió.—Sí, entiendo.Se quedó sentada sola en el pasillo del hospital, mirando la conclusión del informe. Soltó un largo suspiro.Sacó su celular y llamó a Guillermo.El teléfono sonó durante un buen rato antes de que Guillermo respondiera con impaciencia.—¿Y ahora qué quieres?Con ella, Guillermo siempre era así de cortante.Pero Helena no tenía más remedio que hablar.—El médico dijo que el resultado de la inseminación volvió a fallar. Así que… necesito que vengas una vez más.—Helena, no te pases de la raya. Si no fuera porque mi abuelo me obligó, ni siquiera me habría casado contigo. ¿Y ahora me presionas para tener un hijo? ¿Es que nunca te cansas?Helena sintió una opresión en el pecho.—Solo una vez más. Prometo que será la última, ¿sí?Al otro lado de la línea, Guillermo ni siquiera se molestó en responder. Le colgó directamente.—¿Qué le dijo su esposo? —preguntó el médico.Helena solo pudo responder:—Vamos a pensarlo un poco más…—De acuerdo.Al salir del consultorio, Helena chocó con una enfermera que llevaba un jugo de arándano helado en la mano.La enfermera la sujetó rápidamente.—Disculpe, ¿se encuentra bien?Helena, con el rostro pálido, negó con la cabeza.Justo en ese momento, otra enfermera se acercó y dijo:—Eva, apúrate. La señorita Pérez está esperando en el consultorio VIP y se está impacientando. Dice que sin su jugo de arándano se pone muy nerviosa para los análisis.—Es la primera vez que veo a una paciente tan caprichosa. Solo es un embarazo, ¿es para tanto? ¿Por qué tiene que poner de cabeza a todo el departamento de ginecología?—Mejor no digas nada. ¿Acaso no sabes quién es su esposo? Guillermo Ortega, el segundo mayor accionista de este hospital. Olvídate del jugo de arándano, si quisiera que le bajáramos la luna, tendríamos que hacerlo.Tras quejarse en voz baja, las dos enfermeras se dirigieron a toda prisa hacia el área de consultorios de especialidades.Pero Helena, al escuchar el nombre de Guillermo, se quedó paralizada.La que le gustaba el jugo de arándano helado… esa tenía que ser Luna Pérez.Con razón a Guillermo no le importaba en lo más mínimo si ella tenía un hijo o no. Resultaba que Luna ya estaba embarazada.Cuando Guillermo salió del consultorio, vio una figura familiar a lo lejos.Aunque solo fue un instante, se parecía mucho a la de Helena.Sin embargo, pensó que a esa hora era imposible que estuviera allí, así que no le dio más importancia.Helena se escondió en un recodo del pasillo, apoyada contra la pared, con el corazón tan adolorido que apenas podía respirar.Poco después, Luna, su hermana sin lazos de sangre debido a un error en el hospital años atrás, también salió de la habitación.—Guillermo, el médico dice que nuestro bebé está muy sano. ¿No estás feliz?—Por supuesto que sí.En el instante en que la voz de Guillermo llegó a sus oídos, Helena sintió como si su propio corazón se hiciera pedazos.—Tu abuelo es un fastidio. Sabe perfectamente que no te gusto y aun así te obligó a casarte conmigo. ¿Y ahora también te presiona para que tengamos un hijo? No me importa, no vas a tener un hijo con ella. ¡Ni se te ocurra!La voz de Guillermo sonó cariñosa.—¿En qué estás pensando? Ni te preocupes por eso, claro que no lo haré. De hecho, las muestras que usaron para la inseminación artificial ni siquiera eran mías… Hice que alguien fuera en mi lugar.—¿De verdad?—Claro que sí.Luna finalmente pareció satisfecha.—Así me gusta.Mientras veía cómo las dos figuras se alejaban, Helena sintió un temblor recorrerle el cuerpo y las yemas de sus dedos se entumecieron.Una náusea indescriptible subió desde su estómago. Se dio la vuelta y corrió hacia el baño…***Apenas se fue Helena, el médico salió corriendo tras ella con un nuevo informe.—¡Señorita Pérez, espere! Fue un error del laboratorista. ¡Usted sí está embarazada!Por desgracia, cuando el médico levantó la vista, Helena ya había desaparecido.Un aguacero torrencial apagó el calor de la tarde.Una figura imponente llegó de improviso a la sala de espera VIP del Hospital Santo Tomás.El director Adriano salió en persona a recibirlo.En la entrada, Adriano llamó a un médico y le preguntó qué estaba pasando adentro.El médico, temblando, respondió:—Es Teodoro Esquivel…Al director se le heló la sangre y, frunciendo el ceño, preguntó:—¿Qué demonios hace este hombre aquí?No era de extrañar el pánico del director; la reputación de Teodoro era abrumadora.El Grupo Esquivel era una de las corporaciones más poderosas del país y, sumado a los múltiples y complejos antecedentes familiares del joven heredero, bastaba con que él frunciera el ceño para que todos a su alrededor sufrieran las consecuencias.El médico se apresuró a explicar:—Al parecer, hubo una negligencia grave en el departamento de ginecología. Confundieron la… muestra del señor Esquivel con la de una mujer que se preparaba para una inseminación artificial. Y ahora, el señor Esquivel se ha enterado de todo.A Adriano esta vez le temblaron hasta las piernas.Haciendo de tripas corazón, empujó la puerta de la sala de espera y se encontró con el rostro inescrutable de Teodoro.Teodoro poseía una belleza de una perfección casi severa, sin un solo defecto visible; era imponente y deslumbrante a la vez.Y si se usaba la palabra "deslumbrante" para describirlo era por una marca de nacimiento que tenía bajo el rabillo del ojo derecho.Era una marca muy tenue, de un rojo pálido, pero su forma recordaba a la delicada punta de una pluma que rozaba el borde del ojo. Lejos de restarle atractivo, le añadía un toque extra de distinción.Estaba sentado en un sillón individual con las largas piernas cruzadas. El asiento, a pesar de ser costoso, parecía no estar a su altura, como si se quedara pequeño para él.Su aura de poder era innata.Adriano forzó una sonrisa.—Si hubiera sabido que era usted quien venía, habría salido a recibirlo a la entrada. Mis más sinceras disculpas, señor Esquivel.Pero Teodoro no estaba de humor para formalidades.—Quiero el expediente de esa mujer en menos de diez minutos.***Helena, después de vomitar todo lo que tenía en el estómago, salió de la zona de urgencias sintiéndose completamente vacía, solo para encontrarse con que el aguacero le impedía el paso.Aunque llevaba un paraguas en el bolso, no tenía ganas de usarlo.Caminando como un alma en pena, llegó a la entrada principal, donde un hombre que salía detrás de ella le rozó el hombro.El hombre la sujetó del codo con firmeza y, agachándose ligeramente, le preguntó:—¿Estás bien?Helena levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Un rostro de una belleza sobrecogedora se reflejó en sus pupilas.Se soltó de su agarre.—Estoy bien.El hombre no insistió. Se dio la vuelta y salió por la puerta principal.Al instante, un paraguas negro se abrió sobre su cabeza, protegiéndolo mientras caminaba hacia un lujoso carro negro. Un chofer le abrió la puerta y subió.***En el carro.El asistente, Julio, terminó una llamada y se volvió hacia Teodoro.—Señor Esquivel, ya hemos aclarado lo que sucedió.Teodoro, que descansaba con los ojos cerrados, no se molestó en abrirlos.—Habla.—Fue cosa de la madre de su prometida, la señorita Ríos. Desde que la señorita Ríos quedó en estado vegetativo tras el accidente, Ignacia ha estado preocupada de que su hija ya no pueda casarse con usted. Así que, la noche en que usted regresó al país, alteró su comida y bebida. Luego, hizo que una empleada de limpieza del hotel entrara a su habitación para obtener… una muestra suya y la envió al hospital. Su plan era que la señorita Ríos quedara embarazada mediante inseminación artificial.Al oír esto, Teodoro abrió los ojos.Julio continuó:—Hablé con el médico. Me dijo que, aunque la señorita Ríos ha perdido la capacidad de moverse por sí misma, sus condiciones físicas permiten un embarazo exitoso por inseminación artificial, y que al llegar a término, bastaría con una cesárea para que el bebé naciera sin problemas… Lo que nadie esperaba es que en el hospital confundieran las muestras, y por eso estamos en esta situación.Tras escuchar el relato de Julio, Teodoro soltó un bufido.—Perfecto.Julio entendió perfectamente el significado de ese "perfecto". La familia Ríos iba a pagar las consecuencias.Teodoro bajó la vista hacia el expediente que aún sostenía, fijó la mirada en el nombre y lo repitió en voz baja:—Helena…Helena regresó a su carro, pero no se fue de inmediato.Afuera, la lluvia caía a cántaros. Miró fijamente el parabrisas, tan cubierto de agua que la vista era borrosa, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas como perlas de un collar roto.En la soledad del vehículo, finalmente se derrumbó sobre el volante y lloró con todas sus fuerzas.Antes de salir del hospital, había recibido una llamada de su madre, Frida Pérez.El tono de Frida era una mezcla de cautela y timidez.—Helena, cariño, tu hermana Luna por fin consiguió un nuevo trabajo. Queremos celebrarlo en familia. ¿Puedes venir a casa?Aunque Frida era la madre biológica de Helena, su corazón parecía pertenecer por completo a su hija adoptiva, Luna.Al fin y al cabo, durante los primeros veinte años de su vida, Helena se había criado en el campo.Cuando se descubrió que Helena y Luna habían sido intercambiadas al nacer en el hospital, Helena continuó viviendo con sus padres adoptivos en una zona rural.Aunque por una extraña coincidencia ambas familias se apellidaban Pérez, sus destinos fueron completamente diferentes.Frida crió a Luna como una princesa, rodeada de lujos y mimos.Mientras tanto, Helena tuvo que cargar con las enormes deudas médicas de sus padres adoptivos, y no fue hasta que se graduó de la universidad y empezó a trabajar que pudo pagarlas por completo.Lamentablemente, sus padres adoptivos fallecieron uno tras otro, dejándola con la única compañía de la abuela que la había criado.Cuando Frida se enteró de que su verdadera hija había sido intercambiada, dudó durante medio mes antes de decidir no reconocerla, prefiriendo que Luna permaneciera en la familia Pérez.La razón que dio fue que el vínculo que había formado con Luna era demasiado profundo y no quería herir sus sentimientos.La única razón por la que finalmente accedió a reconocer a Helena fue porque esta se había casado con Guillermo.La familia Ortega era una de las más prestigiosas y adineradas de Valenciora, y los Pérez estaban más que dispuestos a emparentar con ellos.Fue gracias a ese matrimonio que Enrique y Frida comenzaron a mostrarle a Helena un poco más de afecto.Con la voz algo congestionada, Helena respondió:—Tengo cosas que hacer. Celebren ustedes.En ese momento, no quería ver a Luna.Pero Frida insistió:—¿No puedes posponer lo que sea que tengas que hacer? Tu hermana dice que te tiene preparada una gran sorpresa.Helena sabía perfectamente si sería una sorpresa o un susto.Como no podía evitar lo inevitable, se armó de valor.—Está bien, voy para allá.El tono de Frida se aligeró al instante.—Entonces ven rápido, no hagas esperar a tu hermana.***En casa de los Pérez, la celebración por el nuevo trabajo de Luna fue por todo lo alto.Frida le había preparado a Luna un regalo de bienvenida a su nuevo puesto: un par de lujosos y delicados aretes de perla de una marca reconocida, que a Luna le encantaron.En cambio, en los más de dos años que habían pasado desde que reconoció a Helena, esta nunca había recibido un solo regalo de su madre biológica.Frida siempre recordaba el cumpleaños de Luna y le preparaba un regalo con antelación.Pero cuando llegaba el de Helena, o estaba demasiado ocupada y se le olvidaba, o simplemente le enviaba dinero por WhatsApp como gesto, y nada más.Al ver la mesa llena de los platos favoritos de Luna, Helena no sintió el menor apetito.Al notar que Helena no comía, Luna preguntó con falsa inocencia:—Hermana, ¿no te gusta la comida? Parece que no tienes ganas de comer.La mente de Helena se llenó con imágenes de ella y Guillermo juntos, y sintió una punzada de náuseas.Luna, ignorando la expresión de rabia contenida de Helena, sonrió y preguntó:—Hermana, papá y mamá me dieron regalos por mi nuevo trabajo. ¿Y tú? ¿Me darás algo?Helena la miró con frialdad.—¿Qué quieres?Luna sonrió de oreja a oreja, sacó un informe de embarazo de su bolso y se lo puso a Helena en frente.Con una sonrisa radiante, dijo:—¿Me darás lo que sea que te pida? Entonces, ¿qué tal si me cedes a tu esposo? ¿Te parece bien?Capítulo 2—Lamento informarle que, una vez más, la inseminación artificial no tuvo éxito.Helena Pérez, recostada en la camilla de la sala de ultrasonido, aceptó la noticia con una expresión de profunda vergüenza.Era la tercera vez que fallaba su intento de embarazo artificial, y el dolor que sentía era indescriptible.—Si usted y su esposo son un matrimonio legalmente constituido y ninguno de los dos tiene problemas, ¿por qué insisten en este método? ¿No sería menor el riesgo con un embarazo natural? —preguntó el médico, sin poder entender la situación.El rostro de Helena se encendió. Por supuesto que sabía que la concepción natural tenía una tasa de éxito mucho mayor.Pero ¿cómo iba a embarazarse si su esposo se negaba a tener el más mínimo contacto físico con ella?Hoy se cumplían exactamente tres años desde que se casó con Guillermo Ortega.Pero Guillermo era como una roca imposible de calentar; frío como el hielo, día tras día, durante tres años.El médico la acompañó al salir de la sala de ultrasonido y le dijo:—Si decide seguir intentándolo, necesitaré que su esposo venga una vez más para cooperar.Helena asintió.—Sí, entiendo.Se quedó sentada sola en el pasillo del hospital, mirando la conclusión del informe. Soltó un largo suspiro.Sacó su celular y llamó a Guillermo.El teléfono sonó durante un buen rato antes de que Guillermo respondiera con impaciencia.—¿Y ahora qué quieres?Con ella, Guillermo siempre era así de cortante.Pero Helena no tenía más remedio que hablar.—El médico dijo que el resultado de la inseminación volvió a fallar. Así que… necesito que vengas una vez más.—Helena, no te pases de la raya. Si no fuera porque mi abuelo me obligó, ni siquiera me habría casado contigo. ¿Y ahora me presionas para tener un hijo? ¿Es que nunca te cansas?Helena sintió una opresión en el pecho.—Solo una vez más. Prometo que será la última, ¿sí?Al otro lado de la línea, Guillermo ni siquiera se molestó en responder. Le colgó directamente.—¿Qué le dijo su esposo? —preguntó el médico.Helena solo pudo responder:—Vamos a pensarlo un poco más…—De acuerdo.Al salir del consultorio, Helena chocó con una enfermera que llevaba un jugo de arándano helado en la mano.La enfermera la sujetó rápidamente.—Disculpe, ¿se encuentra bien?Helena, con el rostro pálido, negó con la cabeza.Justo en ese momento, otra enfermera se acercó y dijo:—Eva, apúrate. La señorita Pérez está esperando en el consultorio VIP y se está impacientando. Dice que sin su jugo de arándano se pone muy nerviosa para los análisis.—Es la primera vez que veo a una paciente tan caprichosa. Solo es un embarazo, ¿es para tanto? ¿Por qué tiene que poner de cabeza a todo el departamento de ginecología?—Mejor no digas nada. ¿Acaso no sabes quién es su esposo? Guillermo Ortega, el segundo mayor accionista de este hospital. Olvídate del jugo de arándano, si quisiera que le bajáramos la luna, tendríamos que hacerlo.Tras quejarse en voz baja, las dos enfermeras se dirigieron a toda prisa hacia el área de consultorios de especialidades.Pero Helena, al escuchar el nombre de Guillermo, se quedó paralizada.La que le gustaba el jugo de arándano helado… esa tenía que ser Luna Pérez.Con razón a Guillermo no le importaba en lo más mínimo si ella tenía un hijo o no. Resultaba que Luna ya estaba embarazada.Cuando Guillermo salió del consultorio, vio una figura familiar a lo lejos.Aunque solo fue un instante, se parecía mucho a la de Helena.Sin embargo, pensó que a esa hora era imposible que estuviera allí, así que no le dio más importancia.Helena se escondió en un recodo del pasillo, apoyada contra la pared, con el corazón tan adolorido que apenas podía respirar.Poco después, Luna, su hermana sin lazos de sangre debido a un error en el hospital años atrás, también salió de la habitación.—Guillermo, el médico dice que nuestro bebé está muy sano. ¿No estás feliz?—Por supuesto que sí.En el instante en que la voz de Guillermo llegó a sus oídos, Helena sintió como si su propio corazón se hiciera pedazos.—Tu abuelo es un fastidio. Sabe perfectamente que no te gusto y aun así te obligó a casarte conmigo. ¿Y ahora también te presiona para que tengamos un hijo? No me importa, no vas a tener un hijo con ella. ¡Ni se te ocurra!La voz de Guillermo sonó cariñosa.—¿En qué estás pensando? Ni te preocupes por eso, claro que no lo haré. De hecho, las muestras que usaron para la inseminación artificial ni siquiera eran mías… Hice que alguien fuera en mi lugar.—¿De verdad?—Claro que sí.Luna finalmente pareció satisfecha.—Así me gusta.Mientras veía cómo las dos figuras se alejaban, Helena sintió un temblor recorrerle el cuerpo y las yemas de sus dedos se entumecieron.Una náusea indescriptible subió desde su estómago. Se dio la vuelta y corrió hacia el baño…***Apenas se fue Helena, el médico salió corriendo tras ella con un nuevo informe.—¡Señorita Pérez, espere! Fue un error del laboratorista. ¡Usted sí está embarazada!Por desgracia, cuando el médico levantó la vista, Helena ya había desaparecido.Un aguacero torrencial apagó el calor de la tarde.Una figura imponente llegó de improviso a la sala de espera VIP del Hospital Santo Tomás.El director Adriano salió en persona a recibirlo.En la entrada, Adriano llamó a un médico y le preguntó qué estaba pasando adentro.El médico, temblando, respondió:—Es Teodoro Esquivel…Al director se le heló la sangre y, frunciendo el ceño, preguntó:—¿Qué demonios hace este hombre aquí?No era de extrañar el pánico del director; la reputación de Teodoro era abrumadora.El Grupo Esquivel era una de las corporaciones más poderosas del país y, sumado a los múltiples y complejos antecedentes familiares del joven heredero, bastaba con que él frunciera el ceño para que todos a su alrededor sufrieran las consecuencias.El médico se apresuró a explicar:—Al parecer, hubo una negligencia grave en el departamento de ginecología. Confundieron la… muestra del señor Esquivel con la de una mujer que se preparaba para una inseminación artificial. Y ahora, el señor Esquivel se ha enterado de todo.A Adriano esta vez le temblaron hasta las piernas.Haciendo de tripas corazón, empujó la puerta de la sala de espera y se encontró con el rostro inescrutable de Teodoro.Teodoro poseía una belleza de una perfección casi severa, sin un solo defecto visible; era imponente y deslumbrante a la vez.Y si se usaba la palabra "deslumbrante" para describirlo era por una marca de nacimiento que tenía bajo el rabillo del ojo derecho.Era una marca muy tenue, de un rojo pálido, pero su forma recordaba a la delicada punta de una pluma que rozaba el borde del ojo. Lejos de restarle atractivo, le añadía un toque extra de distinción.Estaba sentado en un sillón individual con las largas piernas cruzadas. El asiento, a pesar de ser costoso, parecía no estar a su altura, como si se quedara pequeño para él.Su aura de poder era innata.Adriano forzó una sonrisa.—Si hubiera sabido que era usted quien venía, habría salido a recibirlo a la entrada. Mis más sinceras disculpas, señor Esquivel.Pero Teodoro no estaba de humor para formalidades.—Quiero el expediente de esa mujer en menos de diez minutos.***Helena, después de vomitar todo lo que tenía en el estómago, salió de la zona de urgencias sintiéndose completamente vacía, solo para encontrarse con que el aguacero le impedía el paso.Aunque llevaba un paraguas en el bolso, no tenía ganas de usarlo.Caminando como un alma en pena, llegó a la entrada principal, donde un hombre que salía detrás de ella le rozó el hombro.El hombre la sujetó del codo con firmeza y, agachándose ligeramente, le preguntó:—¿Estás bien?Helena levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Un rostro de una belleza sobrecogedora se reflejó en sus pupilas.Se soltó de su agarre.—Estoy bien.El hombre no insistió. Se dio la vuelta y salió por la puerta principal.Al instante, un paraguas negro se abrió sobre su cabeza, protegiéndolo mientras caminaba hacia un lujoso carro negro. Un chofer le abrió la puerta y subió.***En el carro.El asistente, Julio, terminó una llamada y se volvió hacia Teodoro.—Señor Esquivel, ya hemos aclarado lo que sucedió.Teodoro, que descansaba con los ojos cerrados, no se molestó en abrirlos.—Habla.—Fue cosa de la madre de su prometida, la señorita Ríos. Desde que la señorita Ríos quedó en estado vegetativo tras el accidente, Ignacia ha estado preocupada de que su hija ya no pueda casarse con usted. Así que, la noche en que usted regresó al país, alteró su comida y bebida. Luego, hizo que una empleada de limpieza del hotel entrara a su habitación para obtener… una muestra suya y la envió al hospital. Su plan era que la señorita Ríos quedara embarazada mediante inseminación artificial.Al oír esto, Teodoro abrió los ojos.Julio continuó:—Hablé con el médico. Me dijo que, aunque la señorita Ríos ha perdido la capacidad de moverse por sí misma, sus condiciones físicas permiten un embarazo exitoso por inseminación artificial, y que al llegar a término, bastaría con una cesárea para que el bebé naciera sin problemas… Lo que nadie esperaba es que en el hospital confundieran las muestras, y por eso estamos en esta situación.Tras escuchar el relato de Julio, Teodoro soltó un bufido.—Perfecto.Julio entendió perfectamente el significado de ese "perfecto". La familia Ríos iba a pagar las consecuencias.Teodoro bajó la vista hacia el expediente que aún sostenía, fijó la mirada en el nombre y lo repitió en voz baja:—Helena…Helena regresó a su carro, pero no se fue de inmediato.Afuera, la lluvia caía a cántaros. Miró fijamente el parabrisas, tan cubierto de agua que la vista era borrosa, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas como perlas de un collar roto.En la soledad del vehículo, finalmente se derrumbó sobre el volante y lloró con todas sus fuerzas.Antes de salir del hospital, había recibido una llamada de su madre, Frida Pérez.El tono de Frida era una mezcla de cautela y timidez.—Helena, cariño, tu hermana Luna por fin consiguió un nuevo trabajo. Queremos celebrarlo en familia. ¿Puedes venir a casa?Aunque Frida era la madre biológica de Helena, su corazón parecía pertenecer por completo a su hija adoptiva, Luna.Al fin y al cabo, durante los primeros veinte años de su vida, Helena se había criado en el campo.Cuando se descubrió que Helena y Luna habían sido intercambiadas al nacer en el hospital, Helena continuó viviendo con sus padres adoptivos en una zona rural.Aunque por una extraña coincidencia ambas familias se apellidaban Pérez, sus destinos fueron completamente diferentes.Frida crió a Luna como una princesa, rodeada de lujos y mimos.Mientras tanto, Helena tuvo que cargar con las enormes deudas médicas de sus padres adoptivos, y no fue hasta que se graduó de la universidad y empezó a trabajar que pudo pagarlas por completo.Lamentablemente, sus padres adoptivos fallecieron uno tras otro, dejándola con la única compañía de la abuela que la había criado.Cuando Frida se enteró de que su verdadera hija había sido intercambiada, dudó durante medio mes antes de decidir no reconocerla, prefiriendo que Luna permaneciera en la familia Pérez.La razón que dio fue que el vínculo que había formado con Luna era demasiado profundo y no quería herir sus sentimientos.La única razón por la que finalmente accedió a reconocer a Helena fue porque esta se había casado con Guillermo.La familia Ortega era una de las más prestigiosas y adineradas de Valenciora, y los Pérez estaban más que dispuestos a emparentar con ellos.Fue gracias a ese matrimonio que Enrique y Frida comenzaron a mostrarle a Helena un poco más de afecto.Con la voz algo congestionada, Helena respondió:—Tengo cosas que hacer. Celebren ustedes.En ese momento, no quería ver a Luna.Pero Frida insistió:—¿No puedes posponer lo que sea que tengas que hacer? Tu hermana dice que te tiene preparada una gran sorpresa.Helena sabía perfectamente si sería una sorpresa o un susto.Como no podía evitar lo inevitable, se armó de valor.—Está bien, voy para allá.El tono de Frida se aligeró al instante.—Entonces ven rápido, no hagas esperar a tu hermana.***En casa de los Pérez, la celebración por el nuevo trabajo de Luna fue por todo lo alto.Frida le había preparado a Luna un regalo de bienvenida a su nuevo puesto: un par de lujosos y delicados aretes de perla de una marca reconocida, que a Luna le encantaron.En cambio, en los más de dos años que habían pasado desde que reconoció a Helena, esta nunca había recibido un solo regalo de su madre biológica.Frida siempre recordaba el cumpleaños de Luna y le preparaba un regalo con antelación.Pero cuando llegaba el de Helena, o estaba demasiado ocupada y se le olvidaba, o simplemente le enviaba dinero por WhatsApp como gesto, y nada más.Al ver la mesa llena de los platos favoritos de Luna, Helena no sintió el menor apetito.Al notar que Helena no comía, Luna preguntó con falsa inocencia:—Hermana, ¿no te gusta la comida? Parece que no tienes ganas de comer.La mente de Helena se llenó con imágenes de ella y Guillermo juntos, y sintió una punzada de náuseas.Luna, ignorando la expresión de rabia contenida de Helena, sonrió y preguntó:—Hermana, papá y mamá me dieron regalos por mi nuevo trabajo. ¿Y tú? ¿Me darás algo?Helena la miró con frialdad.—¿Qué quieres?Luna sonrió de oreja a oreja, sacó un informe de embarazo de su bolso y se lo puso a Helena en frente.Con una sonrisa radiante, dijo:—¿Me darás lo que sea que te pida? Entonces, ¿qué tal si me cedes a tu esposo? ¿Te parece bien?Capítulo 3—Lamento informarle que, una vez más, la inseminación artificial no tuvo éxito.Helena Pérez, recostada en la camilla de la sala de ultrasonido, aceptó la noticia con una expresión de profunda vergüenza.Era la tercera vez que fallaba su intento de embarazo artificial, y el dolor que sentía era indescriptible.—Si usted y su esposo son un matrimonio legalmente constituido y ninguno de los dos tiene problemas, ¿por qué insisten en este método? ¿No sería menor el riesgo con un embarazo natural? —preguntó el médico, sin poder entender la situación.El rostro de Helena se encendió. Por supuesto que sabía que la concepción natural tenía una tasa de éxito mucho mayor.Pero ¿cómo iba a embarazarse si su esposo se negaba a tener el más mínimo contacto físico con ella?Hoy se cumplían exactamente tres años desde que se casó con Guillermo Ortega.Pero Guillermo era como una roca imposible de calentar; frío como el hielo, día tras día, durante tres años.El médico la acompañó al salir de la sala de ultrasonido y le dijo:—Si decide seguir intentándolo, necesitaré que su esposo venga una vez más para cooperar.Helena asintió.—Sí, entiendo.Se quedó sentada sola en el pasillo del hospital, mirando la conclusión del informe. Soltó un largo suspiro.Sacó su celular y llamó a Guillermo.El teléfono sonó durante un buen rato antes de que Guillermo respondiera con impaciencia.—¿Y ahora qué quieres?Con ella, Guillermo siempre era así de cortante.Pero Helena no tenía más remedio que hablar.—El médico dijo que el resultado de la inseminación volvió a fallar. Así que… necesito que vengas una vez más.—Helena, no te pases de la raya. Si no fuera porque mi abuelo me obligó, ni siquiera me habría casado contigo. ¿Y ahora me presionas para tener un hijo? ¿Es que nunca te cansas?Helena sintió una opresión en el pecho.—Solo una vez más. Prometo que será la última, ¿sí?Al otro lado de la línea, Guillermo ni siquiera se molestó en responder. Le colgó directamente.—¿Qué le dijo su esposo? —preguntó el médico.Helena solo pudo responder:—Vamos a pensarlo un poco más…—De acuerdo.Al salir del consultorio, Helena chocó con una enfermera que llevaba un jugo de arándano helado en la mano.La enfermera la sujetó rápidamente.—Disculpe, ¿se encuentra bien?Helena, con el rostro pálido, negó con la cabeza.Justo en ese momento, otra enfermera se acercó y dijo:—Eva, apúrate. La señorita Pérez está esperando en el consultorio VIP y se está impacientando. Dice que sin su jugo de arándano se pone muy nerviosa para los análisis.—Es la primera vez que veo a una paciente tan caprichosa. Solo es un embarazo, ¿es para tanto? ¿Por qué tiene que poner de cabeza a todo el departamento de ginecología?—Mejor no digas nada. ¿Acaso no sabes quién es su esposo? Guillermo Ortega, el segundo mayor accionista de este hospital. Olvídate del jugo de arándano, si quisiera que le bajáramos la luna, tendríamos que hacerlo.Tras quejarse en voz baja, las dos enfermeras se dirigieron a toda prisa hacia el área de consultorios de especialidades.Pero Helena, al escuchar el nombre de Guillermo, se quedó paralizada.La que le gustaba el jugo de arándano helado… esa tenía que ser Luna Pérez.Con razón a Guillermo no le importaba en lo más mínimo si ella tenía un hijo o no. Resultaba que Luna ya estaba embarazada.Cuando Guillermo salió del consultorio, vio una figura familiar a lo lejos.Aunque solo fue un instante, se parecía mucho a la de Helena.Sin embargo, pensó que a esa hora era imposible que estuviera allí, así que no le dio más importancia.Helena se escondió en un recodo del pasillo, apoyada contra la pared, con el corazón tan adolorido que apenas podía respirar.Poco después, Luna, su hermana sin lazos de sangre debido a un error en el hospital años atrás, también salió de la habitación.—Guillermo, el médico dice que nuestro bebé está muy sano. ¿No estás feliz?—Por supuesto que sí.En el instante en que la voz de Guillermo llegó a sus oídos, Helena sintió como si su propio corazón se hiciera pedazos.—Tu abuelo es un fastidio. Sabe perfectamente que no te gusto y aun así te obligó a casarte conmigo. ¿Y ahora también te presiona para que tengamos un hijo? No me importa, no vas a tener un hijo con ella. ¡Ni se te ocurra!La voz de Guillermo sonó cariñosa.—¿En qué estás pensando? Ni te preocupes por eso, claro que no lo haré. De hecho, las muestras que usaron para la inseminación artificial ni siquiera eran mías… Hice que alguien fuera en mi lugar.—¿De verdad?—Claro que sí.Luna finalmente pareció satisfecha.—Así me gusta.Mientras veía cómo las dos figuras se alejaban, Helena sintió un temblor recorrerle el cuerpo y las yemas de sus dedos se entumecieron.Una náusea indescriptible subió desde su estómago. Se dio la vuelta y corrió hacia el baño…***Apenas se fue Helena, el médico salió corriendo tras ella con un nuevo informe.—¡Señorita Pérez, espere! Fue un error del laboratorista. ¡Usted sí está embarazada!Por desgracia, cuando el médico levantó la vista, Helena ya había desaparecido.Un aguacero torrencial apagó el calor de la tarde.Una figura imponente llegó de improviso a la sala de espera VIP del Hospital Santo Tomás.El director Adriano salió en persona a recibirlo.En la entrada, Adriano llamó a un médico y le preguntó qué estaba pasando adentro.El médico, temblando, respondió:—Es Teodoro Esquivel…Al director se le heló la sangre y, frunciendo el ceño, preguntó:—¿Qué demonios hace este hombre aquí?No era de extrañar el pánico del director; la reputación de Teodoro era abrumadora.El Grupo Esquivel era una de las corporaciones más poderosas del país y, sumado a los múltiples y complejos antecedentes familiares del joven heredero, bastaba con que él frunciera el ceño para que todos a su alrededor sufrieran las consecuencias.El médico se apresuró a explicar:—Al parecer, hubo una negligencia grave en el departamento de ginecología. Confundieron la… muestra del señor Esquivel con la de una mujer que se preparaba para una inseminación artificial. Y ahora, el señor Esquivel se ha enterado de todo.A Adriano esta vez le temblaron hasta las piernas.Haciendo de tripas corazón, empujó la puerta de la sala de espera y se encontró con el rostro inescrutable de Teodoro.Teodoro poseía una belleza de una perfección casi severa, sin un solo defecto visible; era imponente y deslumbrante a la vez.Y si se usaba la palabra "deslumbrante" para describirlo era por una marca de nacimiento que tenía bajo el rabillo del ojo derecho.Era una marca muy tenue, de un rojo pálido, pero su forma recordaba a la delicada punta de una pluma que rozaba el borde del ojo. Lejos de restarle atractivo, le añadía un toque extra de distinción.Estaba sentado en un sillón individual con las largas piernas cruzadas. El asiento, a pesar de ser costoso, parecía no estar a su altura, como si se quedara pequeño para él.Su aura de poder era innata.Adriano forzó una sonrisa.—Si hubiera sabido que era usted quien venía, habría salido a recibirlo a la entrada. Mis más sinceras disculpas, señor Esquivel.Pero Teodoro no estaba de humor para formalidades.—Quiero el expediente de esa mujer en menos de diez minutos.***Helena, después de vomitar todo lo que tenía en el estómago, salió de la zona de urgencias sintiéndose completamente vacía, solo para encontrarse con que el aguacero le impedía el paso.Aunque llevaba un paraguas en el bolso, no tenía ganas de usarlo.Caminando como un alma en pena, llegó a la entrada principal, donde un hombre que salía detrás de ella le rozó el hombro.El hombre la sujetó del codo con firmeza y, agachándose ligeramente, le preguntó:—¿Estás bien?Helena levantó la vista y sus miradas se cruzaron. Un rostro de una belleza sobrecogedora se reflejó en sus pupilas.Se soltó de su agarre.—Estoy bien.El hombre no insistió. Se dio la vuelta y salió por la puerta principal.Al instante, un paraguas negro se abrió sobre su cabeza, protegiéndolo mientras caminaba hacia un lujoso carro negro. Un chofer le abrió la puerta y subió.***En el carro.El asistente, Julio, terminó una llamada y se volvió hacia Teodoro.—Señor Esquivel, ya hemos aclarado lo que sucedió.Teodoro, que descansaba con los ojos cerrados, no se molestó en abrirlos.—Habla.—Fue cosa de la madre de su prometida, la señorita Ríos. Desde que la señorita Ríos quedó en estado vegetativo tras el accidente, Ignacia ha estado preocupada de que su hija ya no pueda casarse con usted. Así que, la noche en que usted regresó al país, alteró su comida y bebida. Luego, hizo que una empleada de limpieza del hotel entrara a su habitación para obtener… una muestra suya y la envió al hospital. Su plan era que la señorita Ríos quedara embarazada mediante inseminación artificial.Al oír esto, Teodoro abrió los ojos.Julio continuó:—Hablé con el médico. Me dijo que, aunque la señorita Ríos ha perdido la capacidad de moverse por sí misma, sus condiciones físicas permiten un embarazo exitoso por inseminación artificial, y que al llegar a término, bastaría con una cesárea para que el bebé naciera sin problemas… Lo que nadie esperaba es que en el hospital confundieran las muestras, y por eso estamos en esta situación.Tras escuchar el relato de Julio, Teodoro soltó un bufido.—Perfecto.Julio entendió perfectamente el significado de ese "perfecto". La familia Ríos iba a pagar las consecuencias.Teodoro bajó la vista hacia el expediente que aún sostenía, fijó la mirada en el nombre y lo repitió en voz baja:—Helena…Helena regresó a su carro, pero no se fue de inmediato.Afuera, la lluvia caía a cántaros. Miró fijamente el parabrisas, tan cubierto de agua que la vista era borrosa, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas como perlas de un collar roto.En la soledad del vehículo, finalmente se derrumbó sobre el volante y lloró con todas sus fuerzas.Antes de salir del hospital, había recibido una llamada de su madre, Frida Pérez.El tono de Frida era una mezcla de cautela y timidez.—Helena, cariño, tu hermana Luna por fin consiguió un nuevo trabajo. Queremos celebrarlo en familia. ¿Puedes venir a casa?Aunque Frida era la madre biológica de Helena, su corazón parecía pertenecer por completo a su hija adoptiva, Luna.Al fin y al cabo, durante los primeros veinte años de su vida, Helena se había criado en el campo.Cuando se descubrió que Helena y Luna habían sido intercambiadas al nacer en el hospital, Helena continuó viviendo con sus padres adoptivos en una zona rural.Aunque por una extraña coincidencia ambas familias se apellidaban Pérez, sus destinos fueron completamente diferentes.Frida crió a Luna como una princesa, rodeada de lujos y mimos.Mientras tanto, Helena tuvo que cargar con las enormes deudas médicas de sus padres adoptivos, y no fue hasta que se graduó de la universidad y empezó a trabajar que pudo pagarlas por completo.Lamentablemente, sus padres adoptivos fallecieron uno tras otro, dejándola con la única compañía de la abuela que la había criado.Cuando Frida se enteró de que su verdadera hija había sido intercambiada, dudó durante medio mes antes de decidir no reconocerla, prefiriendo que Luna permaneciera en la familia Pérez.La razón que dio fue que el vínculo que había formado con Luna era demasiado profundo y no quería herir sus sentimientos.La única razón por la que finalmente accedió a reconocer a Helena fue porque esta se había casado con Guillermo.La familia Ortega era una de las más prestigiosas y adineradas de Valenciora, y los Pérez estaban más que dispuestos a emparentar con ellos.Fue gracias a ese matrimonio que Enrique y Frida comenzaron a mostrarle a Helena un poco más de afecto.Con la voz algo congestionada, Helena respondió:—Tengo cosas que hacer. Celebren ustedes.En ese momento, no quería ver a Luna.Pero Frida insistió:—¿No puedes posponer lo que sea que tengas que hacer? Tu hermana dice que te tiene preparada una gran sorpresa.Helena sabía perfectamente si sería una sorpresa o un susto.Como no podía evitar lo inevitable, se armó de valor.—Está bien, voy para allá.El tono de Frida se aligeró al instante.—Entonces ven rápido, no hagas esperar a tu hermana.***En casa de los Pérez, la celebración por el nuevo trabajo de Luna fue por todo lo alto.Frida le había preparado a Luna un regalo de bienvenida a su nuevo puesto: un par de lujosos y delicados aretes de perla de una marca reconocida, que a Luna le encantaron.En cambio, en los más de dos años que habían pasado desde que reconoció a Helena, esta nunca había recibido un solo regalo de su madre biológica.Frida siempre recordaba el cumpleaños de Luna y le preparaba un regalo con antelación.Pero cuando llegaba el de Helena, o estaba demasiado ocupada y se le olvidaba, o simplemente le enviaba dinero por WhatsApp como gesto, y nada más.Al ver la mesa llena de los platos favoritos de Luna, Helena no sintió el menor apetito.Al notar que Helena no comía, Luna preguntó con falsa inocencia:—Hermana, ¿no te gusta la comida? Parece que no tienes ganas de comer.La mente de Helena se llenó con imágenes de ella y Guillermo juntos, y sintió una punzada de náuseas.Luna, ignorando la expresión de rabia contenida de Helena, sonrió y preguntó:—Hermana, papá y mamá me dieron regalos por mi nuevo trabajo. ¿Y tú? ¿Me darás algo?Helena la miró con frialdad.—¿Qué quieres?Luna sonrió de oreja a oreja, sacó un informe de embarazo de su bolso y se lo puso a Helena en frente.Con una sonrisa radiante, dijo:—¿Me darás lo que sea que te pida? Entonces, ¿qué tal si me cedes a tu esposo? ¿Te parece bien?