Capítulo 1Finales del 2044.A mis cincuenta y tantos años, mi vida había entrado en la cuenta regresiva.El cáncer de mama se había extendido. Mi esposo me consiguió los mejores médicos y luchó por salvarme, pero yo ya no quería vivir.Llevaba tres días en huelga de hambre, sin probar una sola gota de agua.Estuvimos casados treinta años y, en mi lecho de muerte, ya no quería volver a verlo.En la habitación de cuidados paliativos.Mantenía los ojos cerrados con fuerza.Escuché unos pasos que se acercaban. Sabía que eran mi esposo y mi propia hija que venían a verme.El médico dijo con pesadez: —La paciente se niega a comer, no le queda mucho tiempo.Un largo silencio se apoderó de la habitación.La poca conciencia que me quedaba se desvanecía lentamente.Finalmente, escuché la voz de mi hija, deliberadamente baja: —¿Mamá por fin se va a morir?, ¿cuándo le vas a dar una boda a la señorita Beatriz?Mi esposo tardó un momento en responder: —Ya veremos. Por lo menos hay que encargarse de su funeral primero.Mi hija suspiró. —Mamá sufrió toda la vida, no sé por qué insistía en seguir. Si se hubiera divorciado antes, se habría evitado enfermarse de puro coraje.Al escuchar sus palabras, sentí una amargura profunda. La razón por la que no me divorcié era simple: solo quería darle una familia completa, para que cuando creciera y se casara, la familia de su novio no tuviera de dónde criticarla.Ahora, toda mi perseverancia parecía un chiste.Pero ya no importaba. Estaba a punto de dejar este mundo que tanto me había herido. Iba a ser libre.—Parecía tranquila, pero era muy terca. Se hizo daño a sí misma y a los demás… —se burló mi esposo en voz baja.Hacerme daño a mí misma y a los demás. Qué resumen tan cruel.—La señorita Beatriz sí que la ha pasado mal. Estuvo contigo media vida sin un título ni nada. Por suerte, por fin se acabó su espera —dijo mi hija con un tono de alivio.—Sí, le debo mucho. El resto de mi vida lo pasaré compensándola —dijo mi esposo, lleno de culpa y remordimiento.Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin poder contenerme. Resultaba que mi entrega incondicional no sería recordada por nadie. En cambio, la mujer que se metió en mi familia y en mi matrimonio, que soportó en silencio durante años, era a quien mi esposo y mi hija recordaban.Fue como si escuchara el tañido de una campana. Al segundo siguiente, me sentí somnolienta, agotada. Realmente quería descansar.De repente, una luz deslumbrante me cegó. Abrí los ojos, aturdida.A mi lado, escuché la voz de mi madre regañándome: —Agustina, ¿todavía durmiendo? Ya casi es hora de recoger a Penelita.Me levanté de un salto y, al voltear, vi a mi madre, fallecida hacía tantos años, de pie junto al ventanal, recogiendo las cortinas. Afuera, el sol brillaba y el jardín lucía un verde frondoso.—Agustina, ¿qué pasa? ¿Todavía no despiertas? ¡Hay que ir por la niña! —Mi madre se acercó y me dio unas palmaditas divertidas en el brazo—. ¿Otra vez te quedaste hasta tarde leyendo esas novelas románticas? Cuántas veces te he dicho que no te desveles tanto. Todavía espero que tú y Federico se animen a tener el segundo.—Mamá… —La luz deslumbrante se disipó y pude verla con claridad. La agarré de los dedos y sentí su calor. Como si hubiera encontrado un tesoro, la abracé con todas mis fuerzas—. Mamá, ¿de verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?Mi madre se asustó por mi reacción. Me apartó con extrañeza y me tocó la frente. —¿Agustina, te quedaste tonta de tanto dormir? Fuiste tú la que dijo que estabas aburrida y mandaste al chofer a recogerme al pueblo para que pasara unos días contigo.Sus palabras fueron como abrir una ventana a mis recuerdos. Era 2014, justo después del puente del primero de mayo. Mi madre se había tomado sus vacaciones y yo había enviado al chofer a recogerla a su pueblo para que se quedara conmigo unos días en Pueblo del Ángel Olvidado.¿Será que…?—Bueno, ya deja de hacer tonterías y ve a recoger a Penelita. Federico viene a cenar esta noche, así que voy a empezar a limpiar esos pescados —dijo mi madre antes de bajar las escaleras.Respiré hondo, observando todo a mi alrededor. Esta era la casa que Federico Hidalgo había comprado después de que nos casamos.***En 2014, mi hija Penélope Hidalgo ya tenía seis años y estaba en el último año de kínder.Federico era originario de Pueblo del Ángel Olvidado. La empresa era familiar y, como hijo mayor, la manejaba bastante bien. Todo el mundo me elogiaba por haberme casado tan bien, con un hombre joven, guapo y además muy capaz.Fui al balcón. El sol caía sobre mí, cálido y agradable. ¿Acaso había renacido?¿Será que el cielo se apiadó de mí? ¿Sintió que desperdicié mi vida anterior y por eso me lanzó de vuelta al 2014 para verme meter la pata otra vez?A lo lejos, unos jóvenes jugaban tenis en la cancha de la privada, llenos de energía y vitalidad.Me apoyé en la barandilla, observándolos un rato, y finalmente se me escapó una risa.Parece que mis ruegos diarios en todas las capillas que visitaba por fin se habían hecho realidad.Respiré profundo y miré la hora. Tres cuarenta de la tarde. Desde la casa hasta la escuela de mi hija eran unos treinta minutos en carro. Esa era mi rutina diaria como ama de casa.Pero hoy quería tomarme un descanso. Era cierto que yo había dado a luz a Penélope, pero no era solo mi responsabilidad.Saqué mi celular y le llamé a Federico.La voz juvenil de Federico se escuchó del otro lado: —¿Qué pasa? ¿Ya vas a recoger a la niña?Inmediatamente me recosté en el sofá y empecé a inventar: —Me siento un poco mal del estómago, ¿podrías ir a recogerla tú?—Tengo una junta —respondió—. ¿Tu mamá no puede ir?—Mi mamá está cocinando y sabes que yo no sé limpiar pescado. Mejor manda al chofer a recogerla. —Mientras yo no fuera, Federico encontraría la manera de hacerlo.—Está bien, yo lo arreglo. —Federico no dijo más y colgó.Me levanté y fui al vestidor. Frente al espejo, vi a una mujer joven con un vestido holgado y casual.En su momento, Federico no se fijó en mí por mi buen carácter o por tener cara de que le traería suerte en los negocios. Simplemente le gustó mi cara y mi cuerpo. Le parecí sensual, intensa y seductora.Sí, nadie creería que el aclamado Federico también tuvo sus momentos de superficialidad.Federico podría considerarse un caballero, supongo. Después de que empezamos a estar juntos, siempre fue muy cortés y nunca me levantó la voz. Era de los que razonan, de los que aplican la ley del hielo, pero no tenía los malos hábitos de otros hombres: no decía groserías, siempre estaba tranquilo y sereno, y era capaz de resolver cualquier problema.Recuerdo la noche de bodas. Había bebido y, al acercarse a la cama, me vio con un vestido de corte de sirena. Vi la pasión y el deseo de posesión en sus ojos, pero aun así, me preguntó cortésmente si estaba de acuerdo.Yo lo admiraba, lo idolatraba. Aunque no se abalanzó sobre mí con la ferocidad de un hombre normal, esa noche, como tanto había deseado, me convertí en su mujer.Tenía grandes esperanzas, expectativas e ilusiones de una vida feliz a su lado. Vivir juntos, apoyarnos mutuamente, criar a nuestros hijos; él se encargaría de los negocios y yo de la casa.Pero la imaginación y la realidad siempre parecen estar separadas por una línea que nunca logran cruzar.Al quinto año de nuestro matrimonio, él empezó a ver a alguien más. Se llamaba Beatriz Torres, su asistente, su mano derecha y su persona de mayor confianza. En sus propias palabras, era el mejor apoyo que podía tener, alguien que podía acompañarlo a la batalla y luchar contra el enemigo. No podía vivir sin ella.Para este entonces, ya llevaban juntos más de un año. En mi vida pasada, en este mismo momento, yo todavía no sabía nada.Pero en esta vida, he decidido dejarlo ir a él y dejarme ir a mí. Voy a interpretar mi nueva vida con la sabiduría de los memes de internet:«Valóralo, es el único que te da dinero sin esperar nada de tu cuerpo».***En mi vida pasada, tuve una mentalidad muy limitada. Ahora, tenía que abrir mi mente.Ya no necesitaba demostrar que era guapa y que siempre me amarían. Eso era una tontería.Por suerte, yo ya era guapa de por sí; lo sabía por las miradas que recibía.Sin embargo, la belleza solo podía ser una de mis virtudes. En mi vida anterior, estaba atrapada en la vanidad de ser deseada por los hombres y envidiada por las mujeres. Ahora, esa idea me parecía una burbuja que se rompería con el más mínimo toque.Habiendo vuelto a vivir, debía entender que el poder, los recursos y el respeto eran los pilares de la verdadera estabilidad.La justicia nace de tus propias manos, pero para eso necesitas las armas y la capacidad para enfrentarte al mundo.Si eres el lobo, tienes que afilar los colmillos; si eres la oveja, te toca aprender a correr.Ya había vivido una vida llena de miedo. Lo que me quedaba por delante podía ser una vida de calma.Me quedé mirándome en el espejo por un largo, largo tiempo. Luego, me quité el vestido casual y entré al baño.Durante cinco años de matrimonio, para ser una buena esposa, para comportarme y no preocupar a mi esposo, había guardado y tirado toda la ropa que realzaba mi figura. Cada vez que iba de compras, solo pensaba en comprar prendas decentes, elegantes, que me hicieran ver tranquila y modosita.Pero no. Mi cuerpo no se había deformado; al contrario, estaba lleno de la lozanía y la blancura de una mujer casada. Cualquier vestido ajustado podría devolverme a mi mejor momento. ¿Por qué desperdiciar un cuerpo tan perfecto?Afuera, el cielo se oscureció.Una camioneta todoterreno se detuvo frente a la casa.Pensé que era Esteban, el chofer de Federico, quien había ido a recoger a la niña, pero para mi sorpresa, fue el mismo Federico.Abrió la puerta trasera y Penélope, arrastrando su pequeña mochila con una mano, entró a la sala.Al verme sentada en el sofá, me arrojó la mochila. —¿Por qué no fuiste a recogerme, mamá? Dijiste que siempre irías por mí puntualmente.Miré a mi hija, tan pequeña y ya con ese genio. Definitivamente, la había malcriado.Me miraba como una princesa dándole órdenes a su sirvienta.Federico entró con el ceño fruncido. A sus apenas treinta años, ya tenía el aire de un hombre de poder. Era atractivo y refinado, y el traje que llevaba le daba el aire distinguido de un magnate de novela.En mi vida pasada, lo amé hasta perderme a mí misma. Pero ahora, al verlo, mi corazón no sintió nada. Era como mirar a un amor que había muerto el día anterior.—¡Ya no quiero hablarte nunca más! —me gritó Penélope—. ¡Eres una mala mamá!Al oírla, me levanté del sofá de un salto y la intercepté al pie de la escalera. Sin decir una palabra, le di una bofetada.No fue ni muy fuerte ni muy suave, apenas lo suficiente para hacerla entrar en razón.Penélope se cubrió la mejilla, con los ojos llenos de lágrimas, entre incrédula y furiosa.Me miraba con rabia.—Levanta la mochila —le ordené con una autoridad que no admitía réplica.—¡No quiero! —me respondió a gritos.Al instante, levanté la mano de nuevo…Penélope cerró los ojos con fuerza, esperando la segunda bofetada.—Agustina Méndez —me llamó Federico con voz grave.Me volví para mirarlo. Se acercó a grandes zancadas, recogió la mochila y se llevó de la mano a su furiosa hija escaleras arriba.Mi madre, que había escuchado el alboroto, salió de la cocina. —¿Qué pasó? ¿Penelita estaba llorando?Me acerqué a ella. —Sí, le pegué. Se está portando muy malcriada.—¿Cómo que le pegaste? Todavía es muy pequeña…—Precisamente porque es pequeña hay que educarla con rigor, para que sepa quiénes son los mayores. —Mi voz sonó algo fría, y mi madre me miró extrañada un par de veces.***Capítulo 2Finales del 2044.A mis cincuenta y tantos años, mi vida había entrado en la cuenta regresiva.El cáncer de mama se había extendido. Mi esposo me consiguió los mejores médicos y luchó por salvarme, pero yo ya no quería vivir.Llevaba tres días en huelga de hambre, sin probar una sola gota de agua.Estuvimos casados treinta años y, en mi lecho de muerte, ya no quería volver a verlo.En la habitación de cuidados paliativos.Mantenía los ojos cerrados con fuerza.Escuché unos pasos que se acercaban. Sabía que eran mi esposo y mi propia hija que venían a verme.El médico dijo con pesadez: —La paciente se niega a comer, no le queda mucho tiempo.Un largo silencio se apoderó de la habitación.La poca conciencia que me quedaba se desvanecía lentamente.Finalmente, escuché la voz de mi hija, deliberadamente baja: —¿Mamá por fin se va a morir?, ¿cuándo le vas a dar una boda a la señorita Beatriz?Mi esposo tardó un momento en responder: —Ya veremos. Por lo menos hay que encargarse de su funeral primero.Mi hija suspiró. —Mamá sufrió toda la vida, no sé por qué insistía en seguir. Si se hubiera divorciado antes, se habría evitado enfermarse de puro coraje.Al escuchar sus palabras, sentí una amargura profunda. La razón por la que no me divorcié era simple: solo quería darle una familia completa, para que cuando creciera y se casara, la familia de su novio no tuviera de dónde criticarla.Ahora, toda mi perseverancia parecía un chiste.Pero ya no importaba. Estaba a punto de dejar este mundo que tanto me había herido. Iba a ser libre.—Parecía tranquila, pero era muy terca. Se hizo daño a sí misma y a los demás… —se burló mi esposo en voz baja.Hacerme daño a mí misma y a los demás. Qué resumen tan cruel.—La señorita Beatriz sí que la ha pasado mal. Estuvo contigo media vida sin un título ni nada. Por suerte, por fin se acabó su espera —dijo mi hija con un tono de alivio.—Sí, le debo mucho. El resto de mi vida lo pasaré compensándola —dijo mi esposo, lleno de culpa y remordimiento.Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin poder contenerme. Resultaba que mi entrega incondicional no sería recordada por nadie. En cambio, la mujer que se metió en mi familia y en mi matrimonio, que soportó en silencio durante años, era a quien mi esposo y mi hija recordaban.Fue como si escuchara el tañido de una campana. Al segundo siguiente, me sentí somnolienta, agotada. Realmente quería descansar.De repente, una luz deslumbrante me cegó. Abrí los ojos, aturdida.A mi lado, escuché la voz de mi madre regañándome: —Agustina, ¿todavía durmiendo? Ya casi es hora de recoger a Penelita.Me levanté de un salto y, al voltear, vi a mi madre, fallecida hacía tantos años, de pie junto al ventanal, recogiendo las cortinas. Afuera, el sol brillaba y el jardín lucía un verde frondoso.—Agustina, ¿qué pasa? ¿Todavía no despiertas? ¡Hay que ir por la niña! —Mi madre se acercó y me dio unas palmaditas divertidas en el brazo—. ¿Otra vez te quedaste hasta tarde leyendo esas novelas románticas? Cuántas veces te he dicho que no te desveles tanto. Todavía espero que tú y Federico se animen a tener el segundo.—Mamá… —La luz deslumbrante se disipó y pude verla con claridad. La agarré de los dedos y sentí su calor. Como si hubiera encontrado un tesoro, la abracé con todas mis fuerzas—. Mamá, ¿de verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?Mi madre se asustó por mi reacción. Me apartó con extrañeza y me tocó la frente. —¿Agustina, te quedaste tonta de tanto dormir? Fuiste tú la que dijo que estabas aburrida y mandaste al chofer a recogerme al pueblo para que pasara unos días contigo.Sus palabras fueron como abrir una ventana a mis recuerdos. Era 2014, justo después del puente del primero de mayo. Mi madre se había tomado sus vacaciones y yo había enviado al chofer a recogerla a su pueblo para que se quedara conmigo unos días en Pueblo del Ángel Olvidado.¿Será que…?—Bueno, ya deja de hacer tonterías y ve a recoger a Penelita. Federico viene a cenar esta noche, así que voy a empezar a limpiar esos pescados —dijo mi madre antes de bajar las escaleras.Respiré hondo, observando todo a mi alrededor. Esta era la casa que Federico Hidalgo había comprado después de que nos casamos.***En 2014, mi hija Penélope Hidalgo ya tenía seis años y estaba en el último año de kínder.Federico era originario de Pueblo del Ángel Olvidado. La empresa era familiar y, como hijo mayor, la manejaba bastante bien. Todo el mundo me elogiaba por haberme casado tan bien, con un hombre joven, guapo y además muy capaz.Fui al balcón. El sol caía sobre mí, cálido y agradable. ¿Acaso había renacido?¿Será que el cielo se apiadó de mí? ¿Sintió que desperdicié mi vida anterior y por eso me lanzó de vuelta al 2014 para verme meter la pata otra vez?A lo lejos, unos jóvenes jugaban tenis en la cancha de la privada, llenos de energía y vitalidad.Me apoyé en la barandilla, observándolos un rato, y finalmente se me escapó una risa.Parece que mis ruegos diarios en todas las capillas que visitaba por fin se habían hecho realidad.Respiré profundo y miré la hora. Tres cuarenta de la tarde. Desde la casa hasta la escuela de mi hija eran unos treinta minutos en carro. Esa era mi rutina diaria como ama de casa.Pero hoy quería tomarme un descanso. Era cierto que yo había dado a luz a Penélope, pero no era solo mi responsabilidad.Saqué mi celular y le llamé a Federico.La voz juvenil de Federico se escuchó del otro lado: —¿Qué pasa? ¿Ya vas a recoger a la niña?Inmediatamente me recosté en el sofá y empecé a inventar: —Me siento un poco mal del estómago, ¿podrías ir a recogerla tú?—Tengo una junta —respondió—. ¿Tu mamá no puede ir?—Mi mamá está cocinando y sabes que yo no sé limpiar pescado. Mejor manda al chofer a recogerla. —Mientras yo no fuera, Federico encontraría la manera de hacerlo.—Está bien, yo lo arreglo. —Federico no dijo más y colgó.Me levanté y fui al vestidor. Frente al espejo, vi a una mujer joven con un vestido holgado y casual.En su momento, Federico no se fijó en mí por mi buen carácter o por tener cara de que le traería suerte en los negocios. Simplemente le gustó mi cara y mi cuerpo. Le parecí sensual, intensa y seductora.Sí, nadie creería que el aclamado Federico también tuvo sus momentos de superficialidad.Federico podría considerarse un caballero, supongo. Después de que empezamos a estar juntos, siempre fue muy cortés y nunca me levantó la voz. Era de los que razonan, de los que aplican la ley del hielo, pero no tenía los malos hábitos de otros hombres: no decía groserías, siempre estaba tranquilo y sereno, y era capaz de resolver cualquier problema.Recuerdo la noche de bodas. Había bebido y, al acercarse a la cama, me vio con un vestido de corte de sirena. Vi la pasión y el deseo de posesión en sus ojos, pero aun así, me preguntó cortésmente si estaba de acuerdo.Yo lo admiraba, lo idolatraba. Aunque no se abalanzó sobre mí con la ferocidad de un hombre normal, esa noche, como tanto había deseado, me convertí en su mujer.Tenía grandes esperanzas, expectativas e ilusiones de una vida feliz a su lado. Vivir juntos, apoyarnos mutuamente, criar a nuestros hijos; él se encargaría de los negocios y yo de la casa.Pero la imaginación y la realidad siempre parecen estar separadas por una línea que nunca logran cruzar.Al quinto año de nuestro matrimonio, él empezó a ver a alguien más. Se llamaba Beatriz Torres, su asistente, su mano derecha y su persona de mayor confianza. En sus propias palabras, era el mejor apoyo que podía tener, alguien que podía acompañarlo a la batalla y luchar contra el enemigo. No podía vivir sin ella.Para este entonces, ya llevaban juntos más de un año. En mi vida pasada, en este mismo momento, yo todavía no sabía nada.Pero en esta vida, he decidido dejarlo ir a él y dejarme ir a mí. Voy a interpretar mi nueva vida con la sabiduría de los memes de internet:«Valóralo, es el único que te da dinero sin esperar nada de tu cuerpo».***En mi vida pasada, tuve una mentalidad muy limitada. Ahora, tenía que abrir mi mente.Ya no necesitaba demostrar que era guapa y que siempre me amarían. Eso era una tontería.Por suerte, yo ya era guapa de por sí; lo sabía por las miradas que recibía.Sin embargo, la belleza solo podía ser una de mis virtudes. En mi vida anterior, estaba atrapada en la vanidad de ser deseada por los hombres y envidiada por las mujeres. Ahora, esa idea me parecía una burbuja que se rompería con el más mínimo toque.Habiendo vuelto a vivir, debía entender que el poder, los recursos y el respeto eran los pilares de la verdadera estabilidad.La justicia nace de tus propias manos, pero para eso necesitas las armas y la capacidad para enfrentarte al mundo.Si eres el lobo, tienes que afilar los colmillos; si eres la oveja, te toca aprender a correr.Ya había vivido una vida llena de miedo. Lo que me quedaba por delante podía ser una vida de calma.Me quedé mirándome en el espejo por un largo, largo tiempo. Luego, me quité el vestido casual y entré al baño.Durante cinco años de matrimonio, para ser una buena esposa, para comportarme y no preocupar a mi esposo, había guardado y tirado toda la ropa que realzaba mi figura. Cada vez que iba de compras, solo pensaba en comprar prendas decentes, elegantes, que me hicieran ver tranquila y modosita.Pero no. Mi cuerpo no se había deformado; al contrario, estaba lleno de la lozanía y la blancura de una mujer casada. Cualquier vestido ajustado podría devolverme a mi mejor momento. ¿Por qué desperdiciar un cuerpo tan perfecto?Afuera, el cielo se oscureció.Una camioneta todoterreno se detuvo frente a la casa.Pensé que era Esteban, el chofer de Federico, quien había ido a recoger a la niña, pero para mi sorpresa, fue el mismo Federico.Abrió la puerta trasera y Penélope, arrastrando su pequeña mochila con una mano, entró a la sala.Al verme sentada en el sofá, me arrojó la mochila. —¿Por qué no fuiste a recogerme, mamá? Dijiste que siempre irías por mí puntualmente.Miré a mi hija, tan pequeña y ya con ese genio. Definitivamente, la había malcriado.Me miraba como una princesa dándole órdenes a su sirvienta.Federico entró con el ceño fruncido. A sus apenas treinta años, ya tenía el aire de un hombre de poder. Era atractivo y refinado, y el traje que llevaba le daba el aire distinguido de un magnate de novela.En mi vida pasada, lo amé hasta perderme a mí misma. Pero ahora, al verlo, mi corazón no sintió nada. Era como mirar a un amor que había muerto el día anterior.—¡Ya no quiero hablarte nunca más! —me gritó Penélope—. ¡Eres una mala mamá!Al oírla, me levanté del sofá de un salto y la intercepté al pie de la escalera. Sin decir una palabra, le di una bofetada.No fue ni muy fuerte ni muy suave, apenas lo suficiente para hacerla entrar en razón.Penélope se cubrió la mejilla, con los ojos llenos de lágrimas, entre incrédula y furiosa.Me miraba con rabia.—Levanta la mochila —le ordené con una autoridad que no admitía réplica.—¡No quiero! —me respondió a gritos.Al instante, levanté la mano de nuevo…Penélope cerró los ojos con fuerza, esperando la segunda bofetada.—Agustina Méndez —me llamó Federico con voz grave.Me volví para mirarlo. Se acercó a grandes zancadas, recogió la mochila y se llevó de la mano a su furiosa hija escaleras arriba.Mi madre, que había escuchado el alboroto, salió de la cocina. —¿Qué pasó? ¿Penelita estaba llorando?Me acerqué a ella. —Sí, le pegué. Se está portando muy malcriada.—¿Cómo que le pegaste? Todavía es muy pequeña…—Precisamente porque es pequeña hay que educarla con rigor, para que sepa quiénes son los mayores. —Mi voz sonó algo fría, y mi madre me miró extrañada un par de veces.***Capítulo 3Finales del 2044.A mis cincuenta y tantos años, mi vida había entrado en la cuenta regresiva.El cáncer de mama se había extendido. Mi esposo me consiguió los mejores médicos y luchó por salvarme, pero yo ya no quería vivir.Llevaba tres días en huelga de hambre, sin probar una sola gota de agua.Estuvimos casados treinta años y, en mi lecho de muerte, ya no quería volver a verlo.En la habitación de cuidados paliativos.Mantenía los ojos cerrados con fuerza.Escuché unos pasos que se acercaban. Sabía que eran mi esposo y mi propia hija que venían a verme.El médico dijo con pesadez: —La paciente se niega a comer, no le queda mucho tiempo.Un largo silencio se apoderó de la habitación.La poca conciencia que me quedaba se desvanecía lentamente.Finalmente, escuché la voz de mi hija, deliberadamente baja: —¿Mamá por fin se va a morir?, ¿cuándo le vas a dar una boda a la señorita Beatriz?Mi esposo tardó un momento en responder: —Ya veremos. Por lo menos hay que encargarse de su funeral primero.Mi hija suspiró. —Mamá sufrió toda la vida, no sé por qué insistía en seguir. Si se hubiera divorciado antes, se habría evitado enfermarse de puro coraje.Al escuchar sus palabras, sentí una amargura profunda. La razón por la que no me divorcié era simple: solo quería darle una familia completa, para que cuando creciera y se casara, la familia de su novio no tuviera de dónde criticarla.Ahora, toda mi perseverancia parecía un chiste.Pero ya no importaba. Estaba a punto de dejar este mundo que tanto me había herido. Iba a ser libre.—Parecía tranquila, pero era muy terca. Se hizo daño a sí misma y a los demás… —se burló mi esposo en voz baja.Hacerme daño a mí misma y a los demás. Qué resumen tan cruel.—La señorita Beatriz sí que la ha pasado mal. Estuvo contigo media vida sin un título ni nada. Por suerte, por fin se acabó su espera —dijo mi hija con un tono de alivio.—Sí, le debo mucho. El resto de mi vida lo pasaré compensándola —dijo mi esposo, lleno de culpa y remordimiento.Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin poder contenerme. Resultaba que mi entrega incondicional no sería recordada por nadie. En cambio, la mujer que se metió en mi familia y en mi matrimonio, que soportó en silencio durante años, era a quien mi esposo y mi hija recordaban.Fue como si escuchara el tañido de una campana. Al segundo siguiente, me sentí somnolienta, agotada. Realmente quería descansar.De repente, una luz deslumbrante me cegó. Abrí los ojos, aturdida.A mi lado, escuché la voz de mi madre regañándome: —Agustina, ¿todavía durmiendo? Ya casi es hora de recoger a Penelita.Me levanté de un salto y, al voltear, vi a mi madre, fallecida hacía tantos años, de pie junto al ventanal, recogiendo las cortinas. Afuera, el sol brillaba y el jardín lucía un verde frondoso.—Agustina, ¿qué pasa? ¿Todavía no despiertas? ¡Hay que ir por la niña! —Mi madre se acercó y me dio unas palmaditas divertidas en el brazo—. ¿Otra vez te quedaste hasta tarde leyendo esas novelas románticas? Cuántas veces te he dicho que no te desveles tanto. Todavía espero que tú y Federico se animen a tener el segundo.—Mamá… —La luz deslumbrante se disipó y pude verla con claridad. La agarré de los dedos y sentí su calor. Como si hubiera encontrado un tesoro, la abracé con todas mis fuerzas—. Mamá, ¿de verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?Mi madre se asustó por mi reacción. Me apartó con extrañeza y me tocó la frente. —¿Agustina, te quedaste tonta de tanto dormir? Fuiste tú la que dijo que estabas aburrida y mandaste al chofer a recogerme al pueblo para que pasara unos días contigo.Sus palabras fueron como abrir una ventana a mis recuerdos. Era 2014, justo después del puente del primero de mayo. Mi madre se había tomado sus vacaciones y yo había enviado al chofer a recogerla a su pueblo para que se quedara conmigo unos días en Pueblo del Ángel Olvidado.¿Será que…?—Bueno, ya deja de hacer tonterías y ve a recoger a Penelita. Federico viene a cenar esta noche, así que voy a empezar a limpiar esos pescados —dijo mi madre antes de bajar las escaleras.Respiré hondo, observando todo a mi alrededor. Esta era la casa que Federico Hidalgo había comprado después de que nos casamos.***En 2014, mi hija Penélope Hidalgo ya tenía seis años y estaba en el último año de kínder.Federico era originario de Pueblo del Ángel Olvidado. La empresa era familiar y, como hijo mayor, la manejaba bastante bien. Todo el mundo me elogiaba por haberme casado tan bien, con un hombre joven, guapo y además muy capaz.Fui al balcón. El sol caía sobre mí, cálido y agradable. ¿Acaso había renacido?¿Será que el cielo se apiadó de mí? ¿Sintió que desperdicié mi vida anterior y por eso me lanzó de vuelta al 2014 para verme meter la pata otra vez?A lo lejos, unos jóvenes jugaban tenis en la cancha de la privada, llenos de energía y vitalidad.Me apoyé en la barandilla, observándolos un rato, y finalmente se me escapó una risa.Parece que mis ruegos diarios en todas las capillas que visitaba por fin se habían hecho realidad.Respiré profundo y miré la hora. Tres cuarenta de la tarde. Desde la casa hasta la escuela de mi hija eran unos treinta minutos en carro. Esa era mi rutina diaria como ama de casa.Pero hoy quería tomarme un descanso. Era cierto que yo había dado a luz a Penélope, pero no era solo mi responsabilidad.Saqué mi celular y le llamé a Federico.La voz juvenil de Federico se escuchó del otro lado: —¿Qué pasa? ¿Ya vas a recoger a la niña?Inmediatamente me recosté en el sofá y empecé a inventar: —Me siento un poco mal del estómago, ¿podrías ir a recogerla tú?—Tengo una junta —respondió—. ¿Tu mamá no puede ir?—Mi mamá está cocinando y sabes que yo no sé limpiar pescado. Mejor manda al chofer a recogerla. —Mientras yo no fuera, Federico encontraría la manera de hacerlo.—Está bien, yo lo arreglo. —Federico no dijo más y colgó.Me levanté y fui al vestidor. Frente al espejo, vi a una mujer joven con un vestido holgado y casual.En su momento, Federico no se fijó en mí por mi buen carácter o por tener cara de que le traería suerte en los negocios. Simplemente le gustó mi cara y mi cuerpo. Le parecí sensual, intensa y seductora.Sí, nadie creería que el aclamado Federico también tuvo sus momentos de superficialidad.Federico podría considerarse un caballero, supongo. Después de que empezamos a estar juntos, siempre fue muy cortés y nunca me levantó la voz. Era de los que razonan, de los que aplican la ley del hielo, pero no tenía los malos hábitos de otros hombres: no decía groserías, siempre estaba tranquilo y sereno, y era capaz de resolver cualquier problema.Recuerdo la noche de bodas. Había bebido y, al acercarse a la cama, me vio con un vestido de corte de sirena. Vi la pasión y el deseo de posesión en sus ojos, pero aun así, me preguntó cortésmente si estaba de acuerdo.Yo lo admiraba, lo idolatraba. Aunque no se abalanzó sobre mí con la ferocidad de un hombre normal, esa noche, como tanto había deseado, me convertí en su mujer.Tenía grandes esperanzas, expectativas e ilusiones de una vida feliz a su lado. Vivir juntos, apoyarnos mutuamente, criar a nuestros hijos; él se encargaría de los negocios y yo de la casa.Pero la imaginación y la realidad siempre parecen estar separadas por una línea que nunca logran cruzar.Al quinto año de nuestro matrimonio, él empezó a ver a alguien más. Se llamaba Beatriz Torres, su asistente, su mano derecha y su persona de mayor confianza. En sus propias palabras, era el mejor apoyo que podía tener, alguien que podía acompañarlo a la batalla y luchar contra el enemigo. No podía vivir sin ella.Para este entonces, ya llevaban juntos más de un año. En mi vida pasada, en este mismo momento, yo todavía no sabía nada.Pero en esta vida, he decidido dejarlo ir a él y dejarme ir a mí. Voy a interpretar mi nueva vida con la sabiduría de los memes de internet:«Valóralo, es el único que te da dinero sin esperar nada de tu cuerpo».***En mi vida pasada, tuve una mentalidad muy limitada. Ahora, tenía que abrir mi mente.Ya no necesitaba demostrar que era guapa y que siempre me amarían. Eso era una tontería.Por suerte, yo ya era guapa de por sí; lo sabía por las miradas que recibía.Sin embargo, la belleza solo podía ser una de mis virtudes. En mi vida anterior, estaba atrapada en la vanidad de ser deseada por los hombres y envidiada por las mujeres. Ahora, esa idea me parecía una burbuja que se rompería con el más mínimo toque.Habiendo vuelto a vivir, debía entender que el poder, los recursos y el respeto eran los pilares de la verdadera estabilidad.La justicia nace de tus propias manos, pero para eso necesitas las armas y la capacidad para enfrentarte al mundo.Si eres el lobo, tienes que afilar los colmillos; si eres la oveja, te toca aprender a correr.Ya había vivido una vida llena de miedo. Lo que me quedaba por delante podía ser una vida de calma.Me quedé mirándome en el espejo por un largo, largo tiempo. Luego, me quité el vestido casual y entré al baño.Durante cinco años de matrimonio, para ser una buena esposa, para comportarme y no preocupar a mi esposo, había guardado y tirado toda la ropa que realzaba mi figura. Cada vez que iba de compras, solo pensaba en comprar prendas decentes, elegantes, que me hicieran ver tranquila y modosita.Pero no. Mi cuerpo no se había deformado; al contrario, estaba lleno de la lozanía y la blancura de una mujer casada. Cualquier vestido ajustado podría devolverme a mi mejor momento. ¿Por qué desperdiciar un cuerpo tan perfecto?Afuera, el cielo se oscureció.Una camioneta todoterreno se detuvo frente a la casa.Pensé que era Esteban, el chofer de Federico, quien había ido a recoger a la niña, pero para mi sorpresa, fue el mismo Federico.Abrió la puerta trasera y Penélope, arrastrando su pequeña mochila con una mano, entró a la sala.Al verme sentada en el sofá, me arrojó la mochila. —¿Por qué no fuiste a recogerme, mamá? Dijiste que siempre irías por mí puntualmente.Miré a mi hija, tan pequeña y ya con ese genio. Definitivamente, la había malcriado.Me miraba como una princesa dándole órdenes a su sirvienta.Federico entró con el ceño fruncido. A sus apenas treinta años, ya tenía el aire de un hombre de poder. Era atractivo y refinado, y el traje que llevaba le daba el aire distinguido de un magnate de novela.En mi vida pasada, lo amé hasta perderme a mí misma. Pero ahora, al verlo, mi corazón no sintió nada. Era como mirar a un amor que había muerto el día anterior.—¡Ya no quiero hablarte nunca más! —me gritó Penélope—. ¡Eres una mala mamá!Al oírla, me levanté del sofá de un salto y la intercepté al pie de la escalera. Sin decir una palabra, le di una bofetada.No fue ni muy fuerte ni muy suave, apenas lo suficiente para hacerla entrar en razón.Penélope se cubrió la mejilla, con los ojos llenos de lágrimas, entre incrédula y furiosa.Me miraba con rabia.—Levanta la mochila —le ordené con una autoridad que no admitía réplica.—¡No quiero! —me respondió a gritos.Al instante, levanté la mano de nuevo…Penélope cerró los ojos con fuerza, esperando la segunda bofetada.—Agustina Méndez —me llamó Federico con voz grave.Me volví para mirarlo. Se acercó a grandes zancadas, recogió la mochila y se llevó de la mano a su furiosa hija escaleras arriba.Mi madre, que había escuchado el alboroto, salió de la cocina. —¿Qué pasó? ¿Penelita estaba llorando?Me acerqué a ella. —Sí, le pegué. Se está portando muy malcriada.—¿Cómo que le pegaste? Todavía es muy pequeña…—Precisamente porque es pequeña hay que educarla con rigor, para que sepa quiénes son los mayores. —Mi voz sonó algo fría, y mi madre me miró extrañada un par de veces.***