Marisol del Val lo ha sacrificado todo por amor. Durante dos años, ha mantenido múltiples trabajos para sostener a Federico, su novio aparentemente pobre. Pero su mundo se derrumba la noche en que lo descubre en un club de lujo: Federico no es pobre, es el heredero multimillonario de la familia Lobos, y su relación ha sido una farsa, un simple "juego" para él. La traición se vuelve más profunda cuando Federico besa a otra mujer, Abril, frente a ella, mientras Marisol, disfrazada de payaso, es forzada a bailar para su entretenimiento. Humillada y con el corazón destrozado, Marisol siente que ha tocado fondo. Pero el destino le tiene preparada una prueba aún más cruel. Esa misma noche, recibe una llamada: su madre padece un cáncer devastador y necesita un tratamiento de un millón de pesos que no pueden pagar. Desesperada, le pide ayuda a Federico, dándole una última oportunidad. Él no solo se niega, continuando con su farsa de pobreza, sino que la abandona para consolar a su amante. Sola, acorralada por un jefe abusivo y sin un centavo, su vida pende de un hilo. Es entonces cuando aparece Alfonso Rosas. Frío, enigmático, multimillonario y el hombre del que Marisol ha estado secretamente enamorada desde la preparatoria. Él conoce su situación y le hace una oferta que no puede rechazar: "Cásate conmigo. Yo pagaré todos los gastos médicos de tu madre". De la noche a la mañana, Marisol pasa de ser la novia engañada de un farsante a ser "la señora Rosas", la esposa del presidente de uno de los grupos más poderosos. Ahora, con un poder y un protector que nunca imaginó, Marisol debe navegar su nueva vida, mientras su exnovio comienza a darse cuenta de que la mujer que despreció es ahora completamente inalcanzable. ¿Es esto un simple contrato, o podrá el corazón helado de Alfonso derretirse por ella?

Capítulo 1A las diez de la noche.Marisol del Val, recién salida de su trabajo de medio tiempo como tutora, entró a un salón privado del club, guiada por un empleado y todavía vestida con una botarga de payaso.Su compañera de cuarto, Yolanda Vega, trabajaba en ese lugar. Su novio había llegado de sorpresa a visitarla esa noche, así que le pidió a Marisol que cubriera su turno.Le explicó que un grupo de juniors iba a tener una fiesta y que lo único que tenía que hacer era entretenerlos con la botarga. Le pagarían mil pesos por diez minutos y además había propinas.Era prácticamente dinero regalado.Apenas entró al salón, Marisol levantó la vista y su corazón dio un vuelco al ver un rostro conocido. Se detuvo en seco.—Fede, ¿todavía no te aburres de esa payasada de hacerte el pobre? Con tantas chavas que andan tras de ti, ¿cómo te fuiste a fijar en una muerta de hambre?Federico Lobos sonrió de lado.—Tú no entiendes. Todas esas que dicen que les gusto solo quieren mi dinero. En cambio, mi Mari me quiere de verdad. Marisol es capaz de tener tres trabajos solo para que yo pueda comer y vestir un poco mejor. ¿A ver, quién de ellas haría eso?El que hablaba era Federico, su novio desde hacía más de dos años.Diez minutos antes, le acababa de mandar un mensaje de buenas noches.¿Una payasada de hacerse el pobre?La cabeza de Marisol zumbó como si fuera a estallar.Federico le había dicho que su familia apenas le daba quinientos pesos al mes para sus gastos y que no le alcanzaba para nada, que a duras penas comía arroz con la sopa de cortesía que daban en la cafetería de la universidad.Tal como él dijo, para que Federico pudiera comer y vestir un poco mejor, ella había conseguido tres trabajos de medio tiempo.Como ya estaba en su último año de la carrera, casi no tenía clases. Durante el día trabajaba en una cafetería, por las noches era mesera en una fonda y los fines de semana daba clases particulares a niños.No tenía ni un momento de descanso.Ella no se atrevía a comprarse un vestido de doscientos o trescientos pesos, pero no dudaba en regalarle unos tenis de más de mil.Cuando comía sola, pedía el platillo vegetariano más barato de la cafetería, pero cuando salía con Federico lo llevaba a restaurantes caros de varios cientos de pesos, y siempre pagaba ella.Cada vez que el cansancio la vencía, pensaba en él.En su voz, llena de ternura, diciéndole: «Mari, te amo tanto, de verdad quiero darte un hogar».En su rostro, lleno de culpa, diciéndole: «Mari, perdóname por hacerte sufrir a mi lado. Cuando tenga dinero, te juro que te daré una vida mejor».Durante los últimos dos años, Federico había sido su única motivación para seguir adelante.Pero resultó que todo no era más que un juego para él.Otro de los chavos intervino:—Oye, Fede, escuché que tú y Marisol van a conocer a sus familias en las vacaciones de invierno y que se casan en cuanto se gradúen. No me digas que vas en serio con ella.Federico se recostó en el sofá, agitando suavemente una copa de vino tinto en una mano y sosteniendo un cigarro en la otra.—Para nada. Creció sin papá, así que desde niña le urge tener una familia completa y casarse rápido. Yo solo le sigo la corriente para tenerla contenta. ¿De verdad crees que me la llevaría al altar?—Ah, ya entendí —dijo el otro, sonriendo—. Con razón está tan clavada contigo. Llevas dos años haciéndote el pobre y ella sigue ahí, no solo sin pedirte un peso, sino manteniéndote. Resulta que es porque creció sin figura paterna.El comentario desató una oleada de burlas entre los amigos de Federico.—Pues sí, eres el heredero de la familia Lobos. ¿Cómo te ibas a casar con una pobretona como Marisol? No están al mismo nivel.—Exacto. Sería el chiste del año que el heredero de la familia Lobos se enamorara de una muerta de hambre.—Esas chavas sin papá son las más fáciles de engañar. Les dices unas cuantas palabras bonitas y ya las tienes comiendo de tu mano, ja, ja, ja.—Solo alguien como Abril está a tu altura.—Por cierto, Abril no tarda en llegar. Si se entera de que tienes novia en la universidad, ¿qué le vas a decir?Federico sonrió.—Bueno, ella también me dejó plantado y se fue tres años al extranjero, ¿no? Que se entere si quiere. De hecho, puedo usar a Marisol para darle celos.—Si Marisol supiera que un solo bolso que le compras a Abril te cuesta trescientos mil pesos, se moriría llorando.—¡Sí, es cierto! Llevas dos años engañándola, comiendo de su plato y usando su dinero, mientras ella se mata en tres trabajos para mantenerte. Si se entera de cómo despilfarras en otras, seguro se vuelve loca.La sonrisa de Federico se desvaneció. Tras un momento de silencio, dijo:—Mari no se va a enterar.Lo que él no sabía era que Marisol estaba justo frente a él.La botarga era pesada y sofocante.Marisol sentía que le faltaba el aire.Era como si le hubieran arrancado el corazón del pecho, dejándolo expuesto, sangrando y con un dolor insoportable.En ese momento, alguien más habló.—O sea, Fede, ¿piensas seguir con la farsa?Federico respondió con seriedad.—Todavía no me he aburrido. Y más les vale que ninguno de ustedes se atreva a irle con el chisme a Marisol, o se las van a ver conmigo.—Pero, bueno, hay que admitir que, aunque Marisol sea pobre, es guapísima. Es güerita, bonita y tiene un cuerpazo. Hasta a mí me mueve el tapete. Buena elección, Fede.—Por supuesto —dijo Federico, tomando un sorbo de vino con una sonrisa—. Una cosa es jugar, pero no me voy a rebajar con alguien fea.—Llevan dos años juntos, ¿supongo que ya se acostaron, no?—Todavía no —respondió Federico con desdén—. Solo estoy jugando. ¿Para qué me la voy a coger? Esas chavas de familia humilde se clavan demasiado. Si me acuesto con ella, luego no me la voy a poder quitar de encima. Qué flojera.Todos soltaron una carcajada.Marisol intentó abrir la boca, pero no le salió ni una palabra. Solo sintió un sabor metálico y salado.Se había mordido el labio con demasiada fuerza hasta hacerlo sangrar.Alguien dijo con tono despreocupado:—Pues cuando te aburras, me la pasas, ¿no? Si tú no te la vas a coger, yo sí. Una mujer tan guapa no se puede desperdiciar.El rostro de Federico se ensombreció. Su mirada se volvió gélida, cortante como un cuchillo.Al notar su enojo, el que había hablado rectificó, apenado:—Tranquilo, Fede, no te enojes. Solo estaba bromeando.Con el rostro tenso, Federico sentenció palabra por palabra:—Te lo advierto: si te atreves a tocarle un pelo a Marisol, te reviento.—No, no, Fede, perdóname. ¿Cómo crees que me atrevería?Justo en ese momento, la puerta del salón se abrió y entró una mujer con todo el porte de una heredera.Llevaba un traje Chanel de pies a cabeza y su cabello castaño caía en ondas, dándole un aire muy femenino.—¿De qué tanto hablan? —preguntó la mujer con una sonrisa mientras se sentaba junto a Federico.Federico recompuso su expresión y le dijo con un dejo de resentimiento:—Vaya, así que te acordaste de que existo. Pensé que ya me habías olvidado.Abril Márquez sonrió con una coquetería arrolladora.—¿Cómo crees? Tú eres la persona que más he extrañado.—¿En serio?—Más en serio que nada —Abril se inclinó y posó sus labios sobre los de Federico.Él no la apartó.Marisol observó la escena, paralizada. Sintió como si su corazón se hubiera detenido en ese instante.Uno de los amigos de Federico los animó.—Abril, ¿cuándo piensas volver con Fede? Lleva tres años esperándote.Abril se separó de los labios de Federico y se acomodó el cabello con una sonrisa.—Depende de cómo se porte.Luego, su mirada se posó en la botarga de payaso.—¿Y esto?—Lo traje para que te diviertas —dijo Federico, finalmente dirigiendo su atención al payaso que había permanecido en silencio durante tanto tiempo.Marisol no se movió.—¿Qué haces ahí parada? ¡Baila o algo! —ordenó Federico con impaciencia.Marisol reaccionó por fin.Antes de venir, su compañera Yolanda le había suplicado que hiciera bien este trabajo.Si lo arruinaba, no solo no le pagarían, sino que Yolanda perdería su empleo en el club.Marisol no quería perjudicar a su amiga, así que, conteniendo el dolor y la humillación, se puso a bailar como un payaso frente a su novio para entretener a otra mujer.Mientras bailaba, vio cómo Federico abrazaba a esa mujer y la besaba de nuevo.Se besaban con una pasión desenfrenada, como dos enamorados.Las lágrimas de Marisol cayeron sin previo aviso.En ese momento, se dio cuenta de que, debajo del disfraz, la verdadera payasa era ella.***Marisol no supo cómo salió del club.En diciembre, La Atarazana ya era muy fría.Afuera había empezado a lloviznar.El viento húmedo y helado se colaba por el cuello y las mangas de su ropa, calándole hasta los huesos, pero ella ni siquiera lo sentía.Caminaba sin rumbo bajo la lluvia, como un fantasma perdido.Su celular vibró varias veces antes de que, finalmente, reaccionara y lo sacara.Era una llamada de su vecina, Gianna.Marisol contestó, completamente ausente.—Mari, ¡regresa rápido! ¡Algo le pasó a tu mamá!***Marisol vivía en un pequeño municipio de La Atarazana.Normalmente, para volver a casa tomaba un autobús.A esa hora ya no había autobuses, así que intentó pedir un viaje compartido en una aplicación, pero después de cinco minutos ningún conductor había aceptado.Justo cuando la desesperación empezaba a invadirla, un Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella.La ventanilla trasera bajó, revelando un rostro casi perfecto.Marisol parpadeó, confundida, y musitó:—¿Alfonso Rosas?El hombre tenía facciones hermosas y un perfil bien definido. Detrás de sus lentes con armazón dorado, sus ojos almendrados irradiaban una agudeza gélida.Tenía la misma frialdad que imponía distancia de siempre, una presencia abrumadora.La mirada de Alfonso se posó brevemente en ella.—Sube al carro.Su tono no admitía réplica.Marisol miró su celular. Seguía sin encontrar viaje.Se mordió el labio y, tras un instante de duda, canceló la solicitud y abrió la puerta para subir.La voz magnética de Alfonso resonó a su lado:—¿Qué haces sola en la calle tan tarde? Y está lloviendo, ¿por qué no traes paraguas?Mientras Alfonso hablaba, el chofer, muy atento, bajó del carro, fue a la cajuela, sacó un paquete de toallas nuevas, sin abrir, y se lo pasó por la ventanilla trasera.El hombre tomó las toallas y se las entregó a Marisol. Sus dedos, blancos y largos, de nudillos definidos, eran elegantes.—Sécate, no te vayas a resfriar.—Gracias —dijo la joven con una voz apenas audible, y abrió el paquete para secarse el cabello.La calefacción del carro estaba encendida, y Marisol sintió cómo su cuerpo recuperaba el calor poco a poco.En el reducido espacio, el aroma a maderas, fresco y distante, que emanaba de Alfonso, invadió sus fosas nasales, trayéndole recuerdos agridulces.La primera vez que Marisol vio a Alfonso fue hacía cinco años, cuando ella estaba en segundo de preparatoria.Su compañera de pupitre, Leonor Rosas, era muy buena amiga suya, y un fin de semana la invitó a su casa.Esa fue la primera vez que Marisol pisó una mansión.Al ver aquella increíble propiedad, los ojos claros de Marisol, de diecisiete años, se llenaron de asombro.También fue la primera vez que sintió el abismo que existía entre ricos y pobres.Leonor la tomó de la mano y le enseñó la casa.Cuando pasaban junto a la alberca, Alfonso justo emergía del agua.Sus miradas se encontraron de repente. Marisol se quedó inmóvil, maravillada.Nunca había visto a alguien tan guapo.Sus facciones eran tan perfectas y refinadas que parecía una obra de arte.La luz dorada del atardecer caía sobre él, haciendo que las gotas de agua en su cabello brillaran con un destello de ensueño, mientras su abdomen perfectamente marcado quedaba a la vista.En ese instante, Marisol escuchó los latidos de su corazón acelerándose.Pum, pum, pum.Un sonido que resonó infinitamente en aquella tarde de verano.Se había enamorado de Alfonso a primera vista.Pero siempre guardó ese sentimiento en lo más profundo de su corazón.Tiempo después, durante las vacaciones de verano tras graduarse de la preparatoria, Marisol volvió a casa de Leonor y escuchó que Alfonso parecía tener novia.Era una chica con la que había crecido, amiga de la infancia, guapa y brillante en todos los aspectos. Hacían una pareja perfecta.Poco después de enterarse, en la fiesta de cumpleaños de Leonor, Marisol conoció a la novia de Alfonso. Tal como Leonor había dicho, se veían muy bien juntos.Al verlos de lejos, uno al lado del otro, la sensación de ser inferior se apoderó de ella.Su amor platónico murió ese día, sin haber nacido.—¿A dónde vas? —la voz fría del hombre la sacó de sus pensamientos.Marisol respondió, algo nerviosa:—Alfonso, ¿podrías llevarme a casa? Mi mamá tuvo un problema y no encuentro cómo regresar. Puedo pagarte el viaje.—No es necesario. La dirección.Ella le dio la dirección de su fraccionamiento.Gracias a la calefacción del carro, su ropa y su cabello no tardaron en secarse.Durante el resto del trayecto, no volvieron a hablar.Cuando estaban a punto de llegar, Alfonso rompió el silencio.—Si necesitas ayuda con algo, no dudes en decirme.Marisol no esperaba que dijera eso.«Quizá solo lo dice por cortesía», pensó, sin tomarlo muy en serio.Le agradeció educadamente:—Gracias, Alfonso, de verdad. Ya te hago una transferencia por el viaje. Y por favor… acéptalo.Habían intercambiado números hacía tiempo, aunque apenas se habían contactado en los últimos años.Dicho esto, bajó del carro a toda prisa y corrió hacia la entrada del fraccionamiento.El hombre la observó hasta que su figura desapareció en la distancia.Capítulo 2A las diez de la noche.Marisol del Val, recién salida de su trabajo de medio tiempo como tutora, entró a un salón privado del club, guiada por un empleado y todavía vestida con una botarga de payaso.Su compañera de cuarto, Yolanda Vega, trabajaba en ese lugar. Su novio había llegado de sorpresa a visitarla esa noche, así que le pidió a Marisol que cubriera su turno.Le explicó que un grupo de juniors iba a tener una fiesta y que lo único que tenía que hacer era entretenerlos con la botarga. Le pagarían mil pesos por diez minutos y además había propinas.Era prácticamente dinero regalado.Apenas entró al salón, Marisol levantó la vista y su corazón dio un vuelco al ver un rostro conocido. Se detuvo en seco.—Fede, ¿todavía no te aburres de esa payasada de hacerte el pobre? Con tantas chavas que andan tras de ti, ¿cómo te fuiste a fijar en una muerta de hambre?Federico Lobos sonrió de lado.—Tú no entiendes. Todas esas que dicen que les gusto solo quieren mi dinero. En cambio, mi Mari me quiere de verdad. Marisol es capaz de tener tres trabajos solo para que yo pueda comer y vestir un poco mejor. ¿A ver, quién de ellas haría eso?El que hablaba era Federico, su novio desde hacía más de dos años.Diez minutos antes, le acababa de mandar un mensaje de buenas noches.¿Una payasada de hacerse el pobre?La cabeza de Marisol zumbó como si fuera a estallar.Federico le había dicho que su familia apenas le daba quinientos pesos al mes para sus gastos y que no le alcanzaba para nada, que a duras penas comía arroz con la sopa de cortesía que daban en la cafetería de la universidad.Tal como él dijo, para que Federico pudiera comer y vestir un poco mejor, ella había conseguido tres trabajos de medio tiempo.Como ya estaba en su último año de la carrera, casi no tenía clases. Durante el día trabajaba en una cafetería, por las noches era mesera en una fonda y los fines de semana daba clases particulares a niños.No tenía ni un momento de descanso.Ella no se atrevía a comprarse un vestido de doscientos o trescientos pesos, pero no dudaba en regalarle unos tenis de más de mil.Cuando comía sola, pedía el platillo vegetariano más barato de la cafetería, pero cuando salía con Federico lo llevaba a restaurantes caros de varios cientos de pesos, y siempre pagaba ella.Cada vez que el cansancio la vencía, pensaba en él.En su voz, llena de ternura, diciéndole: «Mari, te amo tanto, de verdad quiero darte un hogar».En su rostro, lleno de culpa, diciéndole: «Mari, perdóname por hacerte sufrir a mi lado. Cuando tenga dinero, te juro que te daré una vida mejor».Durante los últimos dos años, Federico había sido su única motivación para seguir adelante.Pero resultó que todo no era más que un juego para él.Otro de los chavos intervino:—Oye, Fede, escuché que tú y Marisol van a conocer a sus familias en las vacaciones de invierno y que se casan en cuanto se gradúen. No me digas que vas en serio con ella.Federico se recostó en el sofá, agitando suavemente una copa de vino tinto en una mano y sosteniendo un cigarro en la otra.—Para nada. Creció sin papá, así que desde niña le urge tener una familia completa y casarse rápido. Yo solo le sigo la corriente para tenerla contenta. ¿De verdad crees que me la llevaría al altar?—Ah, ya entendí —dijo el otro, sonriendo—. Con razón está tan clavada contigo. Llevas dos años haciéndote el pobre y ella sigue ahí, no solo sin pedirte un peso, sino manteniéndote. Resulta que es porque creció sin figura paterna.El comentario desató una oleada de burlas entre los amigos de Federico.—Pues sí, eres el heredero de la familia Lobos. ¿Cómo te ibas a casar con una pobretona como Marisol? No están al mismo nivel.—Exacto. Sería el chiste del año que el heredero de la familia Lobos se enamorara de una muerta de hambre.—Esas chavas sin papá son las más fáciles de engañar. Les dices unas cuantas palabras bonitas y ya las tienes comiendo de tu mano, ja, ja, ja.—Solo alguien como Abril está a tu altura.—Por cierto, Abril no tarda en llegar. Si se entera de que tienes novia en la universidad, ¿qué le vas a decir?Federico sonrió.—Bueno, ella también me dejó plantado y se fue tres años al extranjero, ¿no? Que se entere si quiere. De hecho, puedo usar a Marisol para darle celos.—Si Marisol supiera que un solo bolso que le compras a Abril te cuesta trescientos mil pesos, se moriría llorando.—¡Sí, es cierto! Llevas dos años engañándola, comiendo de su plato y usando su dinero, mientras ella se mata en tres trabajos para mantenerte. Si se entera de cómo despilfarras en otras, seguro se vuelve loca.La sonrisa de Federico se desvaneció. Tras un momento de silencio, dijo:—Mari no se va a enterar.Lo que él no sabía era que Marisol estaba justo frente a él.La botarga era pesada y sofocante.Marisol sentía que le faltaba el aire.Era como si le hubieran arrancado el corazón del pecho, dejándolo expuesto, sangrando y con un dolor insoportable.En ese momento, alguien más habló.—O sea, Fede, ¿piensas seguir con la farsa?Federico respondió con seriedad.—Todavía no me he aburrido. Y más les vale que ninguno de ustedes se atreva a irle con el chisme a Marisol, o se las van a ver conmigo.—Pero, bueno, hay que admitir que, aunque Marisol sea pobre, es guapísima. Es güerita, bonita y tiene un cuerpazo. Hasta a mí me mueve el tapete. Buena elección, Fede.—Por supuesto —dijo Federico, tomando un sorbo de vino con una sonrisa—. Una cosa es jugar, pero no me voy a rebajar con alguien fea.—Llevan dos años juntos, ¿supongo que ya se acostaron, no?—Todavía no —respondió Federico con desdén—. Solo estoy jugando. ¿Para qué me la voy a coger? Esas chavas de familia humilde se clavan demasiado. Si me acuesto con ella, luego no me la voy a poder quitar de encima. Qué flojera.Todos soltaron una carcajada.Marisol intentó abrir la boca, pero no le salió ni una palabra. Solo sintió un sabor metálico y salado.Se había mordido el labio con demasiada fuerza hasta hacerlo sangrar.Alguien dijo con tono despreocupado:—Pues cuando te aburras, me la pasas, ¿no? Si tú no te la vas a coger, yo sí. Una mujer tan guapa no se puede desperdiciar.El rostro de Federico se ensombreció. Su mirada se volvió gélida, cortante como un cuchillo.Al notar su enojo, el que había hablado rectificó, apenado:—Tranquilo, Fede, no te enojes. Solo estaba bromeando.Con el rostro tenso, Federico sentenció palabra por palabra:—Te lo advierto: si te atreves a tocarle un pelo a Marisol, te reviento.—No, no, Fede, perdóname. ¿Cómo crees que me atrevería?Justo en ese momento, la puerta del salón se abrió y entró una mujer con todo el porte de una heredera.Llevaba un traje Chanel de pies a cabeza y su cabello castaño caía en ondas, dándole un aire muy femenino.—¿De qué tanto hablan? —preguntó la mujer con una sonrisa mientras se sentaba junto a Federico.Federico recompuso su expresión y le dijo con un dejo de resentimiento:—Vaya, así que te acordaste de que existo. Pensé que ya me habías olvidado.Abril Márquez sonrió con una coquetería arrolladora.—¿Cómo crees? Tú eres la persona que más he extrañado.—¿En serio?—Más en serio que nada —Abril se inclinó y posó sus labios sobre los de Federico.Él no la apartó.Marisol observó la escena, paralizada. Sintió como si su corazón se hubiera detenido en ese instante.Uno de los amigos de Federico los animó.—Abril, ¿cuándo piensas volver con Fede? Lleva tres años esperándote.Abril se separó de los labios de Federico y se acomodó el cabello con una sonrisa.—Depende de cómo se porte.Luego, su mirada se posó en la botarga de payaso.—¿Y esto?—Lo traje para que te diviertas —dijo Federico, finalmente dirigiendo su atención al payaso que había permanecido en silencio durante tanto tiempo.Marisol no se movió.—¿Qué haces ahí parada? ¡Baila o algo! —ordenó Federico con impaciencia.Marisol reaccionó por fin.Antes de venir, su compañera Yolanda le había suplicado que hiciera bien este trabajo.Si lo arruinaba, no solo no le pagarían, sino que Yolanda perdería su empleo en el club.Marisol no quería perjudicar a su amiga, así que, conteniendo el dolor y la humillación, se puso a bailar como un payaso frente a su novio para entretener a otra mujer.Mientras bailaba, vio cómo Federico abrazaba a esa mujer y la besaba de nuevo.Se besaban con una pasión desenfrenada, como dos enamorados.Las lágrimas de Marisol cayeron sin previo aviso.En ese momento, se dio cuenta de que, debajo del disfraz, la verdadera payasa era ella.***Marisol no supo cómo salió del club.En diciembre, La Atarazana ya era muy fría.Afuera había empezado a lloviznar.El viento húmedo y helado se colaba por el cuello y las mangas de su ropa, calándole hasta los huesos, pero ella ni siquiera lo sentía.Caminaba sin rumbo bajo la lluvia, como un fantasma perdido.Su celular vibró varias veces antes de que, finalmente, reaccionara y lo sacara.Era una llamada de su vecina, Gianna.Marisol contestó, completamente ausente.—Mari, ¡regresa rápido! ¡Algo le pasó a tu mamá!***Marisol vivía en un pequeño municipio de La Atarazana.Normalmente, para volver a casa tomaba un autobús.A esa hora ya no había autobuses, así que intentó pedir un viaje compartido en una aplicación, pero después de cinco minutos ningún conductor había aceptado.Justo cuando la desesperación empezaba a invadirla, un Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella.La ventanilla trasera bajó, revelando un rostro casi perfecto.Marisol parpadeó, confundida, y musitó:—¿Alfonso Rosas?El hombre tenía facciones hermosas y un perfil bien definido. Detrás de sus lentes con armazón dorado, sus ojos almendrados irradiaban una agudeza gélida.Tenía la misma frialdad que imponía distancia de siempre, una presencia abrumadora.La mirada de Alfonso se posó brevemente en ella.—Sube al carro.Su tono no admitía réplica.Marisol miró su celular. Seguía sin encontrar viaje.Se mordió el labio y, tras un instante de duda, canceló la solicitud y abrió la puerta para subir.La voz magnética de Alfonso resonó a su lado:—¿Qué haces sola en la calle tan tarde? Y está lloviendo, ¿por qué no traes paraguas?Mientras Alfonso hablaba, el chofer, muy atento, bajó del carro, fue a la cajuela, sacó un paquete de toallas nuevas, sin abrir, y se lo pasó por la ventanilla trasera.El hombre tomó las toallas y se las entregó a Marisol. Sus dedos, blancos y largos, de nudillos definidos, eran elegantes.—Sécate, no te vayas a resfriar.—Gracias —dijo la joven con una voz apenas audible, y abrió el paquete para secarse el cabello.La calefacción del carro estaba encendida, y Marisol sintió cómo su cuerpo recuperaba el calor poco a poco.En el reducido espacio, el aroma a maderas, fresco y distante, que emanaba de Alfonso, invadió sus fosas nasales, trayéndole recuerdos agridulces.La primera vez que Marisol vio a Alfonso fue hacía cinco años, cuando ella estaba en segundo de preparatoria.Su compañera de pupitre, Leonor Rosas, era muy buena amiga suya, y un fin de semana la invitó a su casa.Esa fue la primera vez que Marisol pisó una mansión.Al ver aquella increíble propiedad, los ojos claros de Marisol, de diecisiete años, se llenaron de asombro.También fue la primera vez que sintió el abismo que existía entre ricos y pobres.Leonor la tomó de la mano y le enseñó la casa.Cuando pasaban junto a la alberca, Alfonso justo emergía del agua.Sus miradas se encontraron de repente. Marisol se quedó inmóvil, maravillada.Nunca había visto a alguien tan guapo.Sus facciones eran tan perfectas y refinadas que parecía una obra de arte.La luz dorada del atardecer caía sobre él, haciendo que las gotas de agua en su cabello brillaran con un destello de ensueño, mientras su abdomen perfectamente marcado quedaba a la vista.En ese instante, Marisol escuchó los latidos de su corazón acelerándose.Pum, pum, pum.Un sonido que resonó infinitamente en aquella tarde de verano.Se había enamorado de Alfonso a primera vista.Pero siempre guardó ese sentimiento en lo más profundo de su corazón.Tiempo después, durante las vacaciones de verano tras graduarse de la preparatoria, Marisol volvió a casa de Leonor y escuchó que Alfonso parecía tener novia.Era una chica con la que había crecido, amiga de la infancia, guapa y brillante en todos los aspectos. Hacían una pareja perfecta.Poco después de enterarse, en la fiesta de cumpleaños de Leonor, Marisol conoció a la novia de Alfonso. Tal como Leonor había dicho, se veían muy bien juntos.Al verlos de lejos, uno al lado del otro, la sensación de ser inferior se apoderó de ella.Su amor platónico murió ese día, sin haber nacido.—¿A dónde vas? —la voz fría del hombre la sacó de sus pensamientos.Marisol respondió, algo nerviosa:—Alfonso, ¿podrías llevarme a casa? Mi mamá tuvo un problema y no encuentro cómo regresar. Puedo pagarte el viaje.—No es necesario. La dirección.Ella le dio la dirección de su fraccionamiento.Gracias a la calefacción del carro, su ropa y su cabello no tardaron en secarse.Durante el resto del trayecto, no volvieron a hablar.Cuando estaban a punto de llegar, Alfonso rompió el silencio.—Si necesitas ayuda con algo, no dudes en decirme.Marisol no esperaba que dijera eso.«Quizá solo lo dice por cortesía», pensó, sin tomarlo muy en serio.Le agradeció educadamente:—Gracias, Alfonso, de verdad. Ya te hago una transferencia por el viaje. Y por favor… acéptalo.Habían intercambiado números hacía tiempo, aunque apenas se habían contactado en los últimos años.Dicho esto, bajó del carro a toda prisa y corrió hacia la entrada del fraccionamiento.El hombre la observó hasta que su figura desapareció en la distancia.Capítulo 3A las diez de la noche.Marisol del Val, recién salida de su trabajo de medio tiempo como tutora, entró a un salón privado del club, guiada por un empleado y todavía vestida con una botarga de payaso.Su compañera de cuarto, Yolanda Vega, trabajaba en ese lugar. Su novio había llegado de sorpresa a visitarla esa noche, así que le pidió a Marisol que cubriera su turno.Le explicó que un grupo de juniors iba a tener una fiesta y que lo único que tenía que hacer era entretenerlos con la botarga. Le pagarían mil pesos por diez minutos y además había propinas.Era prácticamente dinero regalado.Apenas entró al salón, Marisol levantó la vista y su corazón dio un vuelco al ver un rostro conocido. Se detuvo en seco.—Fede, ¿todavía no te aburres de esa payasada de hacerte el pobre? Con tantas chavas que andan tras de ti, ¿cómo te fuiste a fijar en una muerta de hambre?Federico Lobos sonrió de lado.—Tú no entiendes. Todas esas que dicen que les gusto solo quieren mi dinero. En cambio, mi Mari me quiere de verdad. Marisol es capaz de tener tres trabajos solo para que yo pueda comer y vestir un poco mejor. ¿A ver, quién de ellas haría eso?El que hablaba era Federico, su novio desde hacía más de dos años.Diez minutos antes, le acababa de mandar un mensaje de buenas noches.¿Una payasada de hacerse el pobre?La cabeza de Marisol zumbó como si fuera a estallar.Federico le había dicho que su familia apenas le daba quinientos pesos al mes para sus gastos y que no le alcanzaba para nada, que a duras penas comía arroz con la sopa de cortesía que daban en la cafetería de la universidad.Tal como él dijo, para que Federico pudiera comer y vestir un poco mejor, ella había conseguido tres trabajos de medio tiempo.Como ya estaba en su último año de la carrera, casi no tenía clases. Durante el día trabajaba en una cafetería, por las noches era mesera en una fonda y los fines de semana daba clases particulares a niños.No tenía ni un momento de descanso.Ella no se atrevía a comprarse un vestido de doscientos o trescientos pesos, pero no dudaba en regalarle unos tenis de más de mil.Cuando comía sola, pedía el platillo vegetariano más barato de la cafetería, pero cuando salía con Federico lo llevaba a restaurantes caros de varios cientos de pesos, y siempre pagaba ella.Cada vez que el cansancio la vencía, pensaba en él.En su voz, llena de ternura, diciéndole: «Mari, te amo tanto, de verdad quiero darte un hogar».En su rostro, lleno de culpa, diciéndole: «Mari, perdóname por hacerte sufrir a mi lado. Cuando tenga dinero, te juro que te daré una vida mejor».Durante los últimos dos años, Federico había sido su única motivación para seguir adelante.Pero resultó que todo no era más que un juego para él.Otro de los chavos intervino:—Oye, Fede, escuché que tú y Marisol van a conocer a sus familias en las vacaciones de invierno y que se casan en cuanto se gradúen. No me digas que vas en serio con ella.Federico se recostó en el sofá, agitando suavemente una copa de vino tinto en una mano y sosteniendo un cigarro en la otra.—Para nada. Creció sin papá, así que desde niña le urge tener una familia completa y casarse rápido. Yo solo le sigo la corriente para tenerla contenta. ¿De verdad crees que me la llevaría al altar?—Ah, ya entendí —dijo el otro, sonriendo—. Con razón está tan clavada contigo. Llevas dos años haciéndote el pobre y ella sigue ahí, no solo sin pedirte un peso, sino manteniéndote. Resulta que es porque creció sin figura paterna.El comentario desató una oleada de burlas entre los amigos de Federico.—Pues sí, eres el heredero de la familia Lobos. ¿Cómo te ibas a casar con una pobretona como Marisol? No están al mismo nivel.—Exacto. Sería el chiste del año que el heredero de la familia Lobos se enamorara de una muerta de hambre.—Esas chavas sin papá son las más fáciles de engañar. Les dices unas cuantas palabras bonitas y ya las tienes comiendo de tu mano, ja, ja, ja.—Solo alguien como Abril está a tu altura.—Por cierto, Abril no tarda en llegar. Si se entera de que tienes novia en la universidad, ¿qué le vas a decir?Federico sonrió.—Bueno, ella también me dejó plantado y se fue tres años al extranjero, ¿no? Que se entere si quiere. De hecho, puedo usar a Marisol para darle celos.—Si Marisol supiera que un solo bolso que le compras a Abril te cuesta trescientos mil pesos, se moriría llorando.—¡Sí, es cierto! Llevas dos años engañándola, comiendo de su plato y usando su dinero, mientras ella se mata en tres trabajos para mantenerte. Si se entera de cómo despilfarras en otras, seguro se vuelve loca.La sonrisa de Federico se desvaneció. Tras un momento de silencio, dijo:—Mari no se va a enterar.Lo que él no sabía era que Marisol estaba justo frente a él.La botarga era pesada y sofocante.Marisol sentía que le faltaba el aire.Era como si le hubieran arrancado el corazón del pecho, dejándolo expuesto, sangrando y con un dolor insoportable.En ese momento, alguien más habló.—O sea, Fede, ¿piensas seguir con la farsa?Federico respondió con seriedad.—Todavía no me he aburrido. Y más les vale que ninguno de ustedes se atreva a irle con el chisme a Marisol, o se las van a ver conmigo.—Pero, bueno, hay que admitir que, aunque Marisol sea pobre, es guapísima. Es güerita, bonita y tiene un cuerpazo. Hasta a mí me mueve el tapete. Buena elección, Fede.—Por supuesto —dijo Federico, tomando un sorbo de vino con una sonrisa—. Una cosa es jugar, pero no me voy a rebajar con alguien fea.—Llevan dos años juntos, ¿supongo que ya se acostaron, no?—Todavía no —respondió Federico con desdén—. Solo estoy jugando. ¿Para qué me la voy a coger? Esas chavas de familia humilde se clavan demasiado. Si me acuesto con ella, luego no me la voy a poder quitar de encima. Qué flojera.Todos soltaron una carcajada.Marisol intentó abrir la boca, pero no le salió ni una palabra. Solo sintió un sabor metálico y salado.Se había mordido el labio con demasiada fuerza hasta hacerlo sangrar.Alguien dijo con tono despreocupado:—Pues cuando te aburras, me la pasas, ¿no? Si tú no te la vas a coger, yo sí. Una mujer tan guapa no se puede desperdiciar.El rostro de Federico se ensombreció. Su mirada se volvió gélida, cortante como un cuchillo.Al notar su enojo, el que había hablado rectificó, apenado:—Tranquilo, Fede, no te enojes. Solo estaba bromeando.Con el rostro tenso, Federico sentenció palabra por palabra:—Te lo advierto: si te atreves a tocarle un pelo a Marisol, te reviento.—No, no, Fede, perdóname. ¿Cómo crees que me atrevería?Justo en ese momento, la puerta del salón se abrió y entró una mujer con todo el porte de una heredera.Llevaba un traje Chanel de pies a cabeza y su cabello castaño caía en ondas, dándole un aire muy femenino.—¿De qué tanto hablan? —preguntó la mujer con una sonrisa mientras se sentaba junto a Federico.Federico recompuso su expresión y le dijo con un dejo de resentimiento:—Vaya, así que te acordaste de que existo. Pensé que ya me habías olvidado.Abril Márquez sonrió con una coquetería arrolladora.—¿Cómo crees? Tú eres la persona que más he extrañado.—¿En serio?—Más en serio que nada —Abril se inclinó y posó sus labios sobre los de Federico.Él no la apartó.Marisol observó la escena, paralizada. Sintió como si su corazón se hubiera detenido en ese instante.Uno de los amigos de Federico los animó.—Abril, ¿cuándo piensas volver con Fede? Lleva tres años esperándote.Abril se separó de los labios de Federico y se acomodó el cabello con una sonrisa.—Depende de cómo se porte.Luego, su mirada se posó en la botarga de payaso.—¿Y esto?—Lo traje para que te diviertas —dijo Federico, finalmente dirigiendo su atención al payaso que había permanecido en silencio durante tanto tiempo.Marisol no se movió.—¿Qué haces ahí parada? ¡Baila o algo! —ordenó Federico con impaciencia.Marisol reaccionó por fin.Antes de venir, su compañera Yolanda le había suplicado que hiciera bien este trabajo.Si lo arruinaba, no solo no le pagarían, sino que Yolanda perdería su empleo en el club.Marisol no quería perjudicar a su amiga, así que, conteniendo el dolor y la humillación, se puso a bailar como un payaso frente a su novio para entretener a otra mujer.Mientras bailaba, vio cómo Federico abrazaba a esa mujer y la besaba de nuevo.Se besaban con una pasión desenfrenada, como dos enamorados.Las lágrimas de Marisol cayeron sin previo aviso.En ese momento, se dio cuenta de que, debajo del disfraz, la verdadera payasa era ella.***Marisol no supo cómo salió del club.En diciembre, La Atarazana ya era muy fría.Afuera había empezado a lloviznar.El viento húmedo y helado se colaba por el cuello y las mangas de su ropa, calándole hasta los huesos, pero ella ni siquiera lo sentía.Caminaba sin rumbo bajo la lluvia, como un fantasma perdido.Su celular vibró varias veces antes de que, finalmente, reaccionara y lo sacara.Era una llamada de su vecina, Gianna.Marisol contestó, completamente ausente.—Mari, ¡regresa rápido! ¡Algo le pasó a tu mamá!***Marisol vivía en un pequeño municipio de La Atarazana.Normalmente, para volver a casa tomaba un autobús.A esa hora ya no había autobuses, así que intentó pedir un viaje compartido en una aplicación, pero después de cinco minutos ningún conductor había aceptado.Justo cuando la desesperación empezaba a invadirla, un Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella.La ventanilla trasera bajó, revelando un rostro casi perfecto.Marisol parpadeó, confundida, y musitó:—¿Alfonso Rosas?El hombre tenía facciones hermosas y un perfil bien definido. Detrás de sus lentes con armazón dorado, sus ojos almendrados irradiaban una agudeza gélida.Tenía la misma frialdad que imponía distancia de siempre, una presencia abrumadora.La mirada de Alfonso se posó brevemente en ella.—Sube al carro.Su tono no admitía réplica.Marisol miró su celular. Seguía sin encontrar viaje.Se mordió el labio y, tras un instante de duda, canceló la solicitud y abrió la puerta para subir.La voz magnética de Alfonso resonó a su lado:—¿Qué haces sola en la calle tan tarde? Y está lloviendo, ¿por qué no traes paraguas?Mientras Alfonso hablaba, el chofer, muy atento, bajó del carro, fue a la cajuela, sacó un paquete de toallas nuevas, sin abrir, y se lo pasó por la ventanilla trasera.El hombre tomó las toallas y se las entregó a Marisol. Sus dedos, blancos y largos, de nudillos definidos, eran elegantes.—Sécate, no te vayas a resfriar.—Gracias —dijo la joven con una voz apenas audible, y abrió el paquete para secarse el cabello.La calefacción del carro estaba encendida, y Marisol sintió cómo su cuerpo recuperaba el calor poco a poco.En el reducido espacio, el aroma a maderas, fresco y distante, que emanaba de Alfonso, invadió sus fosas nasales, trayéndole recuerdos agridulces.La primera vez que Marisol vio a Alfonso fue hacía cinco años, cuando ella estaba en segundo de preparatoria.Su compañera de pupitre, Leonor Rosas, era muy buena amiga suya, y un fin de semana la invitó a su casa.Esa fue la primera vez que Marisol pisó una mansión.Al ver aquella increíble propiedad, los ojos claros de Marisol, de diecisiete años, se llenaron de asombro.También fue la primera vez que sintió el abismo que existía entre ricos y pobres.Leonor la tomó de la mano y le enseñó la casa.Cuando pasaban junto a la alberca, Alfonso justo emergía del agua.Sus miradas se encontraron de repente. Marisol se quedó inmóvil, maravillada.Nunca había visto a alguien tan guapo.Sus facciones eran tan perfectas y refinadas que parecía una obra de arte.La luz dorada del atardecer caía sobre él, haciendo que las gotas de agua en su cabello brillaran con un destello de ensueño, mientras su abdomen perfectamente marcado quedaba a la vista.En ese instante, Marisol escuchó los latidos de su corazón acelerándose.Pum, pum, pum.Un sonido que resonó infinitamente en aquella tarde de verano.Se había enamorado de Alfonso a primera vista.Pero siempre guardó ese sentimiento en lo más profundo de su corazón.Tiempo después, durante las vacaciones de verano tras graduarse de la preparatoria, Marisol volvió a casa de Leonor y escuchó que Alfonso parecía tener novia.Era una chica con la que había crecido, amiga de la infancia, guapa y brillante en todos los aspectos. Hacían una pareja perfecta.Poco después de enterarse, en la fiesta de cumpleaños de Leonor, Marisol conoció a la novia de Alfonso. Tal como Leonor había dicho, se veían muy bien juntos.Al verlos de lejos, uno al lado del otro, la sensación de ser inferior se apoderó de ella.Su amor platónico murió ese día, sin haber nacido.—¿A dónde vas? —la voz fría del hombre la sacó de sus pensamientos.Marisol respondió, algo nerviosa:—Alfonso, ¿podrías llevarme a casa? Mi mamá tuvo un problema y no encuentro cómo regresar. Puedo pagarte el viaje.—No es necesario. La dirección.Ella le dio la dirección de su fraccionamiento.Gracias a la calefacción del carro, su ropa y su cabello no tardaron en secarse.Durante el resto del trayecto, no volvieron a hablar.Cuando estaban a punto de llegar, Alfonso rompió el silencio.—Si necesitas ayuda con algo, no dudes en decirme.Marisol no esperaba que dijera eso.«Quizá solo lo dice por cortesía», pensó, sin tomarlo muy en serio.Le agradeció educadamente:—Gracias, Alfonso, de verdad. Ya te hago una transferencia por el viaje. Y por favor… acéptalo.Habían intercambiado números hacía tiempo, aunque apenas se habían contactado en los últimos años.Dicho esto, bajó del carro a toda prisa y corrió hacia la entrada del fraccionamiento.El hombre la observó hasta que su figura desapareció en la distancia.

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