Se reencontraron ocho años después. Él era Jeremías Huerta, un poderoso magnate. Ella, Noemí Juárez, una cirujana maxilofacial. Una "ruptura pacífica". ¿Cuánta tensión no resuelta y cuántos viejos sentimientos ocultaba esa simple frase? Cuando Jeremías irrumpió de nuevo en el mundo de Noemí, le envió esencias, la esperó al salir de sus cirugías y la protegió en todo momento. A cambio, solo obtuvo de ella un "sigamos cada uno por nuestro lado". Pero un video grabado mientras ella estaba ebria y las indirectas en mitad de la noche lo gritaban claramente: este reencuentro nunca fue una coincidencia.

Capítulo 1Tras la última cirugía del día, Noemí Juárez por fin terminó su ajetreado turno.Cuando salió por la puerta principal del hospital, el atardecer ya había terminado. El cielo de la ciudad estaba cubierto por un azul profundo y sereno, esa hora mágica que tanto le gustaba.Subió al carro, le confirmó al conductor los últimos dígitos de su celular y luego bajó la cabeza para responder un mensaje de Almendra, su compañera de departamento.Metasequoia del Sur: [Acabo de salir.]Metasequoia del Sur: [Voy en camino.]Llevaba más de dos años viviendo con Almendra. Tenían edades parecidas, se llevaban muy bien y la convivencia era excelente.Hacía media hora, Almendra le había mandado la foto de dos paquetes de alitas para llevar, preguntándole a qué hora salía para esperarla y cenar juntas.Cuando Noemí entró, Almendra estaba en el sofá, en medio de una videollamada con su familia, mientras acariciaba a Naranja, el gato que descansaba sobre sus piernas.Al oír el ruido en la entrada, estiró el cuello para ver.—¡Noemí, ya llegaste! Qué rápido hoy.—Sí, pedí un carro y no había nada de tráfico.Como era raro que pudieran cenar juntas, Noemí preparó una ensalada de nopales y un guacamole para acompañar, además de un plato con fruta picada.Almendra sacó unas cervezas del refrigerador y justo cuando inclinaba la cabeza para abrir una con los dientes, Noemí soltó con calma:—Cada diente te va a costar como diez mil pesos.—¡¿Tan caro?!Almendra, obediente, buscó un destapador para abrir la botella.Al ver que la misma que llevaba semanas a pura ensalada ahora comía y bebía con ganas, Noemí adivinó:—¿Mal día?Almendra suspiró.—¡Ni me digas! El borrador que me maté escribiendo anoche me lo regresó el editor para que lo hiciera de nuevo. Y para colmo, la entrevista exclusiva que tenía esta tarde me la cancelaron a última hora. ¡Vengo con una frustración que quisiera quemar el mundo entero!Noemí le pasó un tenedor.—Pues come más, que con ese cuerpecito no me derribas ni a mí.Almendra tomó un poco de ensalada, se lo metió a la boca y, después de disfrutar una alita, se puso a contarle un chisme a Noemí.—Oye, Noemí, ¿has oído hablar de Compañía Austral?Noemí se detuvo con la comida a medio camino y asintió.—Sí, he escuchado de ellos.—Pues resulta que el hijo del presidente de Compañía Austral regresó al país hace poco. Estudió en el extranjero y después de graduarse se quedó trabajando en la filial de allá, pero ahora lo transfirieron como director general de la sede principal.—Dicen que las solicitudes de entrevistas tienen saturada la línea de la oficina del presidente. Ni siquiera nuestra directora en jefe pudo conseguir una. Es el tema de conversación en la revista últimamente.—¡Si yo consiguiera esa entrevista, me darían un ascenso y un aumento de sueldo al instante! Olvídate del editor, ¡el director de la revista tendría que tratarme como si fuera la reina!—Pero qué lastima que no tengo los contactos. No puedo, así que solo me queda soñar con eso mientras duermo con el aire acondicionado.Noemí pelaba un litchi, con la mirada algo perdida.—Por cierto, se filtró una foto que le tomaron y el tipo es guapísimo.Almendra se quitó los guantes desechables, tomó su celular de la mesa y buscó la foto en su historial de chat.—Mira, ¿a que está súper guapo?El hombre de la foto tenía una postura erguida y estaba parado en la entrada de lo que parecía un club privado. El traje oscuro, hecho a la medida, acentuaba su aire de madurez y elegancia. Sus facciones ya eran de por sí marcadas, pero su expresión fría le daba un aire aún más imponente.Noemí asintió y respondió con indiferencia:—Sí, es bastante guapo.***—Y su nombre también es muy bonito, se llama Jeremías Huerta.Hacía demasiado tiempo que no escuchaba ese nombre.Al oírlo de nuevo, una ola incontrolable agitó el corazón de Noemí, como la superficie de un lago cuando una piedra rompe su calma, creando ondas que se expanden hasta desaparecer.Almendra dejó el celular.—Dicen que regresó para un matrimonio arreglado por negocios.—Ah, ¿sí? —murmuró Noemí con la vista baja, su tono aún indiferente—. Qué bien.Almendra abrió un nuevo par de guantes desechables y se los puso, reflexionando en voz alta.—La gente que nace en cuna de oro no se casa, hace alianzas de negocios, una unión de dos imperios. Es como nosotras, aquí, comiendo alitas que pedimos para llevar, mientras ellos están en un restaurante Michelin donde la cuenta por persona es de miles, o hasta decenas de miles de pesos. Simplemente no pertenecemos al mismo mundo.Noemí tomó un sorbo de agua de su vaso.—No, la verdad es que no.***A la mañana siguiente, Noemí se despertó con la alarma. Desayunó algo rápido y se fue a trabajar.En el hospital, se encontró en el elevador con Julieta, una de las nuevas internas, quien la saludó con entusiasmo.—¡Doctora Noemí, buenos días!Noemí asintió.—Buenos días.Julieta sacó una botellita de leche de su bolsa.—Doctora Noemí, la acabo de comprar en la tienda. La otra vez me invitó un café, hoy yo le invito una leche.Noemí la tomó y sonrió levemente.—Gracias.—De nada.Julieta todavía recordaba la primera vez que vio a la doctora Noemí. Se quedó boquiabierta, pensó que era alguna actriz famosa que había ido al hospital a grabar una serie.Noemí era, sin duda, muy guapa. Tenía el cabello negro y la piel blanca y translúcida. Sus ojos eran profundos, enmarcados por unas cejas pobladas y naturales. Su nariz era recta y bien definida, dándole a su rostro una belleza con carácter.Medía un metro setenta, era delgada pero con porte. Su personalidad tranquila y sus gestos serenos, combinados con la ropa de tonos fríos y neutros que solía usar, le daban un aire distante. Cuando no sonreía, se percibía una ligera barrera a su alrededor.Después de pasar visita con varios de los internos, Noemí fue al consultorio. Se sentó frente al escritorio y, con la mano en el ratón, abrió la agenda de citas para recibir a su primer paciente del día.Echó un vistazo a la información: Guadalupe Orozco, mujer, 24 años.Llamaron a la puerta.—Adelante —dijo Noemí.Al levantar la vista, vio entrar a una mujer con una gasa pegada en la barbilla.Guadalupe vestía un top de cuello *halter* con rayas de colores, combinado con unos jeans rosas de talle alto y un bolso de diseñador cruzado sobre el hombro. A pesar de la herida, iba impecablemente arreglada.La mirada de Noemí se desvió hacia la persona que venía detrás de ella.Y de repente, sus ojos se encontraron con los de él.El hombre poseía una estructura ósea perfecta. Tenía los ojos almendrados y expresivos, de esos que parecen sonreír por sí solos, lo que suavizaba la dureza de sus rasgos definidos.Recordaba que, cuando él sonreía, las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba y esos ojos se llenaban de una picardía descarada y vibrante.Pero ahora, su expresión era fría y sus ojos transmitían una distancia total, como si estuviera viendo a una completa desconocida, sin la menor intención de saludar o recordar viejos tiempos.Después de ocho años sin verse, no había necesidad de formalidades.Sobre todo porque la ruptura había sido de todo menos amistosa.Noemí apartó la vista y se dirigió a Guadalupe.—Por favor, toma asiento.***—Hola, doctora Noemí.Guadalupe se sentó y le entregó su expediente médico. Hablaba con dificultad y su voz era apenas un susurro.Tenía la cara hinchada y el dolor punzante de la herida no la dejaba hablar mucho. Giró la cabeza y miró con desamparo a Jeremías, que estaba de pie a su lado.Jeremías intercambió una mirada con ella por unos segundos y luego sacó las radiografías de una bolsa para entregárselas a Noemí.—Salió a andar en bici anoche, se cayó sin casco y se abrió la barbilla. Fuimos a un hospital general donde le hicieron una tomografía maxilofacial que confirmó una fractura en la mandíbula.Noemí revisó las imágenes y luego examinó la cara y la barbilla de Guadalupe.—Es una fractura conminuta del hueso mandibular. Necesita cirugía y hospitalización. Sin embargo, está muy inflamada. Operar ahora podría dificultar la sutura y aumentar el riesgo de infección. Tendremos que esperar de tres a siete días a que baje la hinchazón para programarla.Al oír la palabra «cirugía», el pánico se reflejó en los ojos de Guadalupe, quien instintivamente jaló a Jeremías del brazo.El rostro de Jeremías reflejó un toque de resignación que suavizó su frialdad inicial, dejando entrever un atisbo de cercanía.Preguntó en nombre de Guadalupe:—La cirugía, ¿le dejará cicatriz en la cara?La complicidad entre ellos no pasó desapercibida para Noemí, quien desvió la vista hacia la pantalla de la computadora.—La incisión se hace por dentro de la boca, no deja cicatriz visible en la piel.Guadalupe suspiró aliviada por dentro. Por suerte, no le quedaría marca.Noemí tecleó en la computadora.—Voy a recetarte algo para la inflamación y a darte una orden de ingreso. Espera en casa a que te llamemos del hospital para avisarte cuándo tienes que venir.La mirada de Jeremías se posó en ella, indiferente.—En una habitación VIP.—Se puede arreglar —respondió Noemí con tono profesional—. El costo de la habitación VIP no está cubierto por el seguro médico.Sabía que el dinero no era un problema para él, pero era su deber informar al paciente y a sus familiares.—Entendido —dijo Jeremías.Después de escuchar el plan de tratamiento, el proceso esperado y las precauciones, Guadalupe se levantó, dio las gracias y salió del consultorio seguida de Jeremías.Al ver sus espaldas alejarse, Noemí se quedó absorta por un instante.Recordó la noche en que había terminado con Jeremías.Estaban en el campus de la Universidad Ribera Verde. La orilla del lago estaba rodeada de una espesa arboleda, y todo era silencio. Una luna clara colgaba en el cielo nocturno, su luz plateada se derramaba sobre el agua, que ondulaba con la brisa.No recordaba qué emoción fue más fuerte esa noche.Solo recordaba que, en medio de la discusión, sintió que no había mejor momento que ese y las palabras «tenemos que terminar» salieron de su boca.Jeremías se quedó helado por un momento antes de soltar una risa amarga.—La verdad es que nunca me quisiste de verdad, ¿o sí?Su voz era controlada y tranquila, pero sus palabras, cargadas de un dolor definitivo, empujaron su relación al borde del abismo.—Noemí, piénsalo bien, porque si me doy la vuelta esta noche, no voy a regresar jamás.Ese día era su cumpleaños, y fue la última vez que se vieron.Su relación cayó por ese precipicio y se hizo añicos. Ella y Jeremías fueron como dos líneas rectas que, tras un breve punto de encuentro, se separaron para siempre.Ese recuerdo, que se había desvanecido con el tiempo, ahora volvía con una claridad dolorosa debido a este reencuentro inesperado.La llegada del siguiente paciente fue lo único que logró calmar el torbellino en su mente.Ocho años después, él era el director general de un corporativo y tenía una nueva relación.Ella, por su parte, había cumplido su sueño de entrar a una de las mejores clínicas dentales del país y se había convertido en cirujana maxilofacial, llevando la vida tranquila que siempre había deseado.Cada uno había vuelto a su propio camino, sin que volvieran a cruzarse.Ese era el mejor final posible.***Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo en el estacionamiento de la Clínica Dental Universitaria Ribera Verde, atrayendo las miradas de quienes pasaban por ahí.Jeremías se sentó en el asiento trasero. Guadalupe lo siguió de inmediato y lo escuchó decirle al conductor:—Llévala a su casa primero.El conductor asintió, encendió el motor y salió lentamente por la puerta de la clínica.Guadalupe miró de reojo a Jeremías. Él tenía la vista baja, como si estuviera perdido en sus pensamientos.Su expresión era algo sombría.***Capítulo 2Tras la última cirugía del día, Noemí Juárez por fin terminó su ajetreado turno.Cuando salió por la puerta principal del hospital, el atardecer ya había terminado. El cielo de la ciudad estaba cubierto por un azul profundo y sereno, esa hora mágica que tanto le gustaba.Subió al carro, le confirmó al conductor los últimos dígitos de su celular y luego bajó la cabeza para responder un mensaje de Almendra, su compañera de departamento.Metasequoia del Sur: [Acabo de salir.]Metasequoia del Sur: [Voy en camino.]Llevaba más de dos años viviendo con Almendra. Tenían edades parecidas, se llevaban muy bien y la convivencia era excelente.Hacía media hora, Almendra le había mandado la foto de dos paquetes de alitas para llevar, preguntándole a qué hora salía para esperarla y cenar juntas.Cuando Noemí entró, Almendra estaba en el sofá, en medio de una videollamada con su familia, mientras acariciaba a Naranja, el gato que descansaba sobre sus piernas.Al oír el ruido en la entrada, estiró el cuello para ver.—¡Noemí, ya llegaste! Qué rápido hoy.—Sí, pedí un carro y no había nada de tráfico.Como era raro que pudieran cenar juntas, Noemí preparó una ensalada de nopales y un guacamole para acompañar, además de un plato con fruta picada.Almendra sacó unas cervezas del refrigerador y justo cuando inclinaba la cabeza para abrir una con los dientes, Noemí soltó con calma:—Cada diente te va a costar como diez mil pesos.—¡¿Tan caro?!Almendra, obediente, buscó un destapador para abrir la botella.Al ver que la misma que llevaba semanas a pura ensalada ahora comía y bebía con ganas, Noemí adivinó:—¿Mal día?Almendra suspiró.—¡Ni me digas! El borrador que me maté escribiendo anoche me lo regresó el editor para que lo hiciera de nuevo. Y para colmo, la entrevista exclusiva que tenía esta tarde me la cancelaron a última hora. ¡Vengo con una frustración que quisiera quemar el mundo entero!Noemí le pasó un tenedor.—Pues come más, que con ese cuerpecito no me derribas ni a mí.Almendra tomó un poco de ensalada, se lo metió a la boca y, después de disfrutar una alita, se puso a contarle un chisme a Noemí.—Oye, Noemí, ¿has oído hablar de Compañía Austral?Noemí se detuvo con la comida a medio camino y asintió.—Sí, he escuchado de ellos.—Pues resulta que el hijo del presidente de Compañía Austral regresó al país hace poco. Estudió en el extranjero y después de graduarse se quedó trabajando en la filial de allá, pero ahora lo transfirieron como director general de la sede principal.—Dicen que las solicitudes de entrevistas tienen saturada la línea de la oficina del presidente. Ni siquiera nuestra directora en jefe pudo conseguir una. Es el tema de conversación en la revista últimamente.—¡Si yo consiguiera esa entrevista, me darían un ascenso y un aumento de sueldo al instante! Olvídate del editor, ¡el director de la revista tendría que tratarme como si fuera la reina!—Pero qué lastima que no tengo los contactos. No puedo, así que solo me queda soñar con eso mientras duermo con el aire acondicionado.Noemí pelaba un litchi, con la mirada algo perdida.—Por cierto, se filtró una foto que le tomaron y el tipo es guapísimo.Almendra se quitó los guantes desechables, tomó su celular de la mesa y buscó la foto en su historial de chat.—Mira, ¿a que está súper guapo?El hombre de la foto tenía una postura erguida y estaba parado en la entrada de lo que parecía un club privado. El traje oscuro, hecho a la medida, acentuaba su aire de madurez y elegancia. Sus facciones ya eran de por sí marcadas, pero su expresión fría le daba un aire aún más imponente.Noemí asintió y respondió con indiferencia:—Sí, es bastante guapo.***—Y su nombre también es muy bonito, se llama Jeremías Huerta.Hacía demasiado tiempo que no escuchaba ese nombre.Al oírlo de nuevo, una ola incontrolable agitó el corazón de Noemí, como la superficie de un lago cuando una piedra rompe su calma, creando ondas que se expanden hasta desaparecer.Almendra dejó el celular.—Dicen que regresó para un matrimonio arreglado por negocios.—Ah, ¿sí? —murmuró Noemí con la vista baja, su tono aún indiferente—. Qué bien.Almendra abrió un nuevo par de guantes desechables y se los puso, reflexionando en voz alta.—La gente que nace en cuna de oro no se casa, hace alianzas de negocios, una unión de dos imperios. Es como nosotras, aquí, comiendo alitas que pedimos para llevar, mientras ellos están en un restaurante Michelin donde la cuenta por persona es de miles, o hasta decenas de miles de pesos. Simplemente no pertenecemos al mismo mundo.Noemí tomó un sorbo de agua de su vaso.—No, la verdad es que no.***A la mañana siguiente, Noemí se despertó con la alarma. Desayunó algo rápido y se fue a trabajar.En el hospital, se encontró en el elevador con Julieta, una de las nuevas internas, quien la saludó con entusiasmo.—¡Doctora Noemí, buenos días!Noemí asintió.—Buenos días.Julieta sacó una botellita de leche de su bolsa.—Doctora Noemí, la acabo de comprar en la tienda. La otra vez me invitó un café, hoy yo le invito una leche.Noemí la tomó y sonrió levemente.—Gracias.—De nada.Julieta todavía recordaba la primera vez que vio a la doctora Noemí. Se quedó boquiabierta, pensó que era alguna actriz famosa que había ido al hospital a grabar una serie.Noemí era, sin duda, muy guapa. Tenía el cabello negro y la piel blanca y translúcida. Sus ojos eran profundos, enmarcados por unas cejas pobladas y naturales. Su nariz era recta y bien definida, dándole a su rostro una belleza con carácter.Medía un metro setenta, era delgada pero con porte. Su personalidad tranquila y sus gestos serenos, combinados con la ropa de tonos fríos y neutros que solía usar, le daban un aire distante. Cuando no sonreía, se percibía una ligera barrera a su alrededor.Después de pasar visita con varios de los internos, Noemí fue al consultorio. Se sentó frente al escritorio y, con la mano en el ratón, abrió la agenda de citas para recibir a su primer paciente del día.Echó un vistazo a la información: Guadalupe Orozco, mujer, 24 años.Llamaron a la puerta.—Adelante —dijo Noemí.Al levantar la vista, vio entrar a una mujer con una gasa pegada en la barbilla.Guadalupe vestía un top de cuello *halter* con rayas de colores, combinado con unos jeans rosas de talle alto y un bolso de diseñador cruzado sobre el hombro. A pesar de la herida, iba impecablemente arreglada.La mirada de Noemí se desvió hacia la persona que venía detrás de ella.Y de repente, sus ojos se encontraron con los de él.El hombre poseía una estructura ósea perfecta. Tenía los ojos almendrados y expresivos, de esos que parecen sonreír por sí solos, lo que suavizaba la dureza de sus rasgos definidos.Recordaba que, cuando él sonreía, las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba y esos ojos se llenaban de una picardía descarada y vibrante.Pero ahora, su expresión era fría y sus ojos transmitían una distancia total, como si estuviera viendo a una completa desconocida, sin la menor intención de saludar o recordar viejos tiempos.Después de ocho años sin verse, no había necesidad de formalidades.Sobre todo porque la ruptura había sido de todo menos amistosa.Noemí apartó la vista y se dirigió a Guadalupe.—Por favor, toma asiento.***—Hola, doctora Noemí.Guadalupe se sentó y le entregó su expediente médico. Hablaba con dificultad y su voz era apenas un susurro.Tenía la cara hinchada y el dolor punzante de la herida no la dejaba hablar mucho. Giró la cabeza y miró con desamparo a Jeremías, que estaba de pie a su lado.Jeremías intercambió una mirada con ella por unos segundos y luego sacó las radiografías de una bolsa para entregárselas a Noemí.—Salió a andar en bici anoche, se cayó sin casco y se abrió la barbilla. Fuimos a un hospital general donde le hicieron una tomografía maxilofacial que confirmó una fractura en la mandíbula.Noemí revisó las imágenes y luego examinó la cara y la barbilla de Guadalupe.—Es una fractura conminuta del hueso mandibular. Necesita cirugía y hospitalización. Sin embargo, está muy inflamada. Operar ahora podría dificultar la sutura y aumentar el riesgo de infección. Tendremos que esperar de tres a siete días a que baje la hinchazón para programarla.Al oír la palabra «cirugía», el pánico se reflejó en los ojos de Guadalupe, quien instintivamente jaló a Jeremías del brazo.El rostro de Jeremías reflejó un toque de resignación que suavizó su frialdad inicial, dejando entrever un atisbo de cercanía.Preguntó en nombre de Guadalupe:—La cirugía, ¿le dejará cicatriz en la cara?La complicidad entre ellos no pasó desapercibida para Noemí, quien desvió la vista hacia la pantalla de la computadora.—La incisión se hace por dentro de la boca, no deja cicatriz visible en la piel.Guadalupe suspiró aliviada por dentro. Por suerte, no le quedaría marca.Noemí tecleó en la computadora.—Voy a recetarte algo para la inflamación y a darte una orden de ingreso. Espera en casa a que te llamemos del hospital para avisarte cuándo tienes que venir.La mirada de Jeremías se posó en ella, indiferente.—En una habitación VIP.—Se puede arreglar —respondió Noemí con tono profesional—. El costo de la habitación VIP no está cubierto por el seguro médico.Sabía que el dinero no era un problema para él, pero era su deber informar al paciente y a sus familiares.—Entendido —dijo Jeremías.Después de escuchar el plan de tratamiento, el proceso esperado y las precauciones, Guadalupe se levantó, dio las gracias y salió del consultorio seguida de Jeremías.Al ver sus espaldas alejarse, Noemí se quedó absorta por un instante.Recordó la noche en que había terminado con Jeremías.Estaban en el campus de la Universidad Ribera Verde. La orilla del lago estaba rodeada de una espesa arboleda, y todo era silencio. Una luna clara colgaba en el cielo nocturno, su luz plateada se derramaba sobre el agua, que ondulaba con la brisa.No recordaba qué emoción fue más fuerte esa noche.Solo recordaba que, en medio de la discusión, sintió que no había mejor momento que ese y las palabras «tenemos que terminar» salieron de su boca.Jeremías se quedó helado por un momento antes de soltar una risa amarga.—La verdad es que nunca me quisiste de verdad, ¿o sí?Su voz era controlada y tranquila, pero sus palabras, cargadas de un dolor definitivo, empujaron su relación al borde del abismo.—Noemí, piénsalo bien, porque si me doy la vuelta esta noche, no voy a regresar jamás.Ese día era su cumpleaños, y fue la última vez que se vieron.Su relación cayó por ese precipicio y se hizo añicos. Ella y Jeremías fueron como dos líneas rectas que, tras un breve punto de encuentro, se separaron para siempre.Ese recuerdo, que se había desvanecido con el tiempo, ahora volvía con una claridad dolorosa debido a este reencuentro inesperado.La llegada del siguiente paciente fue lo único que logró calmar el torbellino en su mente.Ocho años después, él era el director general de un corporativo y tenía una nueva relación.Ella, por su parte, había cumplido su sueño de entrar a una de las mejores clínicas dentales del país y se había convertido en cirujana maxilofacial, llevando la vida tranquila que siempre había deseado.Cada uno había vuelto a su propio camino, sin que volvieran a cruzarse.Ese era el mejor final posible.***Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo en el estacionamiento de la Clínica Dental Universitaria Ribera Verde, atrayendo las miradas de quienes pasaban por ahí.Jeremías se sentó en el asiento trasero. Guadalupe lo siguió de inmediato y lo escuchó decirle al conductor:—Llévala a su casa primero.El conductor asintió, encendió el motor y salió lentamente por la puerta de la clínica.Guadalupe miró de reojo a Jeremías. Él tenía la vista baja, como si estuviera perdido en sus pensamientos.Su expresión era algo sombría.***Capítulo 3Tras la última cirugía del día, Noemí Juárez por fin terminó su ajetreado turno.Cuando salió por la puerta principal del hospital, el atardecer ya había terminado. El cielo de la ciudad estaba cubierto por un azul profundo y sereno, esa hora mágica que tanto le gustaba.Subió al carro, le confirmó al conductor los últimos dígitos de su celular y luego bajó la cabeza para responder un mensaje de Almendra, su compañera de departamento.Metasequoia del Sur: [Acabo de salir.]Metasequoia del Sur: [Voy en camino.]Llevaba más de dos años viviendo con Almendra. Tenían edades parecidas, se llevaban muy bien y la convivencia era excelente.Hacía media hora, Almendra le había mandado la foto de dos paquetes de alitas para llevar, preguntándole a qué hora salía para esperarla y cenar juntas.Cuando Noemí entró, Almendra estaba en el sofá, en medio de una videollamada con su familia, mientras acariciaba a Naranja, el gato que descansaba sobre sus piernas.Al oír el ruido en la entrada, estiró el cuello para ver.—¡Noemí, ya llegaste! Qué rápido hoy.—Sí, pedí un carro y no había nada de tráfico.Como era raro que pudieran cenar juntas, Noemí preparó una ensalada de nopales y un guacamole para acompañar, además de un plato con fruta picada.Almendra sacó unas cervezas del refrigerador y justo cuando inclinaba la cabeza para abrir una con los dientes, Noemí soltó con calma:—Cada diente te va a costar como diez mil pesos.—¡¿Tan caro?!Almendra, obediente, buscó un destapador para abrir la botella.Al ver que la misma que llevaba semanas a pura ensalada ahora comía y bebía con ganas, Noemí adivinó:—¿Mal día?Almendra suspiró.—¡Ni me digas! El borrador que me maté escribiendo anoche me lo regresó el editor para que lo hiciera de nuevo. Y para colmo, la entrevista exclusiva que tenía esta tarde me la cancelaron a última hora. ¡Vengo con una frustración que quisiera quemar el mundo entero!Noemí le pasó un tenedor.—Pues come más, que con ese cuerpecito no me derribas ni a mí.Almendra tomó un poco de ensalada, se lo metió a la boca y, después de disfrutar una alita, se puso a contarle un chisme a Noemí.—Oye, Noemí, ¿has oído hablar de Compañía Austral?Noemí se detuvo con la comida a medio camino y asintió.—Sí, he escuchado de ellos.—Pues resulta que el hijo del presidente de Compañía Austral regresó al país hace poco. Estudió en el extranjero y después de graduarse se quedó trabajando en la filial de allá, pero ahora lo transfirieron como director general de la sede principal.—Dicen que las solicitudes de entrevistas tienen saturada la línea de la oficina del presidente. Ni siquiera nuestra directora en jefe pudo conseguir una. Es el tema de conversación en la revista últimamente.—¡Si yo consiguiera esa entrevista, me darían un ascenso y un aumento de sueldo al instante! Olvídate del editor, ¡el director de la revista tendría que tratarme como si fuera la reina!—Pero qué lastima que no tengo los contactos. No puedo, así que solo me queda soñar con eso mientras duermo con el aire acondicionado.Noemí pelaba un litchi, con la mirada algo perdida.—Por cierto, se filtró una foto que le tomaron y el tipo es guapísimo.Almendra se quitó los guantes desechables, tomó su celular de la mesa y buscó la foto en su historial de chat.—Mira, ¿a que está súper guapo?El hombre de la foto tenía una postura erguida y estaba parado en la entrada de lo que parecía un club privado. El traje oscuro, hecho a la medida, acentuaba su aire de madurez y elegancia. Sus facciones ya eran de por sí marcadas, pero su expresión fría le daba un aire aún más imponente.Noemí asintió y respondió con indiferencia:—Sí, es bastante guapo.***—Y su nombre también es muy bonito, se llama Jeremías Huerta.Hacía demasiado tiempo que no escuchaba ese nombre.Al oírlo de nuevo, una ola incontrolable agitó el corazón de Noemí, como la superficie de un lago cuando una piedra rompe su calma, creando ondas que se expanden hasta desaparecer.Almendra dejó el celular.—Dicen que regresó para un matrimonio arreglado por negocios.—Ah, ¿sí? —murmuró Noemí con la vista baja, su tono aún indiferente—. Qué bien.Almendra abrió un nuevo par de guantes desechables y se los puso, reflexionando en voz alta.—La gente que nace en cuna de oro no se casa, hace alianzas de negocios, una unión de dos imperios. Es como nosotras, aquí, comiendo alitas que pedimos para llevar, mientras ellos están en un restaurante Michelin donde la cuenta por persona es de miles, o hasta decenas de miles de pesos. Simplemente no pertenecemos al mismo mundo.Noemí tomó un sorbo de agua de su vaso.—No, la verdad es que no.***A la mañana siguiente, Noemí se despertó con la alarma. Desayunó algo rápido y se fue a trabajar.En el hospital, se encontró en el elevador con Julieta, una de las nuevas internas, quien la saludó con entusiasmo.—¡Doctora Noemí, buenos días!Noemí asintió.—Buenos días.Julieta sacó una botellita de leche de su bolsa.—Doctora Noemí, la acabo de comprar en la tienda. La otra vez me invitó un café, hoy yo le invito una leche.Noemí la tomó y sonrió levemente.—Gracias.—De nada.Julieta todavía recordaba la primera vez que vio a la doctora Noemí. Se quedó boquiabierta, pensó que era alguna actriz famosa que había ido al hospital a grabar una serie.Noemí era, sin duda, muy guapa. Tenía el cabello negro y la piel blanca y translúcida. Sus ojos eran profundos, enmarcados por unas cejas pobladas y naturales. Su nariz era recta y bien definida, dándole a su rostro una belleza con carácter.Medía un metro setenta, era delgada pero con porte. Su personalidad tranquila y sus gestos serenos, combinados con la ropa de tonos fríos y neutros que solía usar, le daban un aire distante. Cuando no sonreía, se percibía una ligera barrera a su alrededor.Después de pasar visita con varios de los internos, Noemí fue al consultorio. Se sentó frente al escritorio y, con la mano en el ratón, abrió la agenda de citas para recibir a su primer paciente del día.Echó un vistazo a la información: Guadalupe Orozco, mujer, 24 años.Llamaron a la puerta.—Adelante —dijo Noemí.Al levantar la vista, vio entrar a una mujer con una gasa pegada en la barbilla.Guadalupe vestía un top de cuello *halter* con rayas de colores, combinado con unos jeans rosas de talle alto y un bolso de diseñador cruzado sobre el hombro. A pesar de la herida, iba impecablemente arreglada.La mirada de Noemí se desvió hacia la persona que venía detrás de ella.Y de repente, sus ojos se encontraron con los de él.El hombre poseía una estructura ósea perfecta. Tenía los ojos almendrados y expresivos, de esos que parecen sonreír por sí solos, lo que suavizaba la dureza de sus rasgos definidos.Recordaba que, cuando él sonreía, las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba y esos ojos se llenaban de una picardía descarada y vibrante.Pero ahora, su expresión era fría y sus ojos transmitían una distancia total, como si estuviera viendo a una completa desconocida, sin la menor intención de saludar o recordar viejos tiempos.Después de ocho años sin verse, no había necesidad de formalidades.Sobre todo porque la ruptura había sido de todo menos amistosa.Noemí apartó la vista y se dirigió a Guadalupe.—Por favor, toma asiento.***—Hola, doctora Noemí.Guadalupe se sentó y le entregó su expediente médico. Hablaba con dificultad y su voz era apenas un susurro.Tenía la cara hinchada y el dolor punzante de la herida no la dejaba hablar mucho. Giró la cabeza y miró con desamparo a Jeremías, que estaba de pie a su lado.Jeremías intercambió una mirada con ella por unos segundos y luego sacó las radiografías de una bolsa para entregárselas a Noemí.—Salió a andar en bici anoche, se cayó sin casco y se abrió la barbilla. Fuimos a un hospital general donde le hicieron una tomografía maxilofacial que confirmó una fractura en la mandíbula.Noemí revisó las imágenes y luego examinó la cara y la barbilla de Guadalupe.—Es una fractura conminuta del hueso mandibular. Necesita cirugía y hospitalización. Sin embargo, está muy inflamada. Operar ahora podría dificultar la sutura y aumentar el riesgo de infección. Tendremos que esperar de tres a siete días a que baje la hinchazón para programarla.Al oír la palabra «cirugía», el pánico se reflejó en los ojos de Guadalupe, quien instintivamente jaló a Jeremías del brazo.El rostro de Jeremías reflejó un toque de resignación que suavizó su frialdad inicial, dejando entrever un atisbo de cercanía.Preguntó en nombre de Guadalupe:—La cirugía, ¿le dejará cicatriz en la cara?La complicidad entre ellos no pasó desapercibida para Noemí, quien desvió la vista hacia la pantalla de la computadora.—La incisión se hace por dentro de la boca, no deja cicatriz visible en la piel.Guadalupe suspiró aliviada por dentro. Por suerte, no le quedaría marca.Noemí tecleó en la computadora.—Voy a recetarte algo para la inflamación y a darte una orden de ingreso. Espera en casa a que te llamemos del hospital para avisarte cuándo tienes que venir.La mirada de Jeremías se posó en ella, indiferente.—En una habitación VIP.—Se puede arreglar —respondió Noemí con tono profesional—. El costo de la habitación VIP no está cubierto por el seguro médico.Sabía que el dinero no era un problema para él, pero era su deber informar al paciente y a sus familiares.—Entendido —dijo Jeremías.Después de escuchar el plan de tratamiento, el proceso esperado y las precauciones, Guadalupe se levantó, dio las gracias y salió del consultorio seguida de Jeremías.Al ver sus espaldas alejarse, Noemí se quedó absorta por un instante.Recordó la noche en que había terminado con Jeremías.Estaban en el campus de la Universidad Ribera Verde. La orilla del lago estaba rodeada de una espesa arboleda, y todo era silencio. Una luna clara colgaba en el cielo nocturno, su luz plateada se derramaba sobre el agua, que ondulaba con la brisa.No recordaba qué emoción fue más fuerte esa noche.Solo recordaba que, en medio de la discusión, sintió que no había mejor momento que ese y las palabras «tenemos que terminar» salieron de su boca.Jeremías se quedó helado por un momento antes de soltar una risa amarga.—La verdad es que nunca me quisiste de verdad, ¿o sí?Su voz era controlada y tranquila, pero sus palabras, cargadas de un dolor definitivo, empujaron su relación al borde del abismo.—Noemí, piénsalo bien, porque si me doy la vuelta esta noche, no voy a regresar jamás.Ese día era su cumpleaños, y fue la última vez que se vieron.Su relación cayó por ese precipicio y se hizo añicos. Ella y Jeremías fueron como dos líneas rectas que, tras un breve punto de encuentro, se separaron para siempre.Ese recuerdo, que se había desvanecido con el tiempo, ahora volvía con una claridad dolorosa debido a este reencuentro inesperado.La llegada del siguiente paciente fue lo único que logró calmar el torbellino en su mente.Ocho años después, él era el director general de un corporativo y tenía una nueva relación.Ella, por su parte, había cumplido su sueño de entrar a una de las mejores clínicas dentales del país y se había convertido en cirujana maxilofacial, llevando la vida tranquila que siempre había deseado.Cada uno había vuelto a su propio camino, sin que volvieran a cruzarse.Ese era el mejor final posible.***Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo en el estacionamiento de la Clínica Dental Universitaria Ribera Verde, atrayendo las miradas de quienes pasaban por ahí.Jeremías se sentó en el asiento trasero. Guadalupe lo siguió de inmediato y lo escuchó decirle al conductor:—Llévala a su casa primero.El conductor asintió, encendió el motor y salió lentamente por la puerta de la clínica.Guadalupe miró de reojo a Jeremías. Él tenía la vista baja, como si estuviera perdido en sus pensamientos.Su expresión era algo sombría.***

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