Capítulo 1Jardines del Horizonte.Natalia Rivas entró al vestíbulo sobre sus tacones altos. La sirvienta se inclinó de inmediato con respeto.—Señora Natalia.Ella asintió con un gesto leve. Su mirada se posó en un par de zapatos de piel hechos a medida junto al mueble, y un toque de alegría se coló en su voz.—¿Ya regresó Ricardo?—Sí, el señor Ricardo llegó poco después de las nueve. Ahora mismo está en el estudio.Ricardo viajaba al extranjero por trabajo al menos dos veces al mes. Antes, a ella nunca le había importado cuándo volvía, pero esta vez era diferente. Apretó la ecografía que guardaba en el bolso y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Quería darle la buena noticia de inmediato.Se cambió los zapatos a toda prisa y, justo cuando iba a subir corriendo las escaleras, sus dedos rozaron el papel en su bolso. De pronto, recordó las indicaciones del médico y redujo el paso a su ritmo habitual.Mientras subía, escuchó voces tenues que venían del estudio del segundo piso, cuya puerta estaba entreabierta.Natalia, con la delgada hoja de la ecografía en la mano, estaba a punto de empujar la puerta cuando la voz de Ricardo resonó desde adentro, tan fría como el hielo, tan tajante que no dejaba lugar a dudas.—¿Natalia? Ella no es más que una herramienta para vengarme de Ramón Rivas. ¿De verdad crees que me enamoraría de la hija de mi enemigo? Qué ridículo.Al otro lado del teléfono, Cristian Castro estalló en un grito furioso.—¡Animal! ¿Acaso eres humano? ¡Hasta a mí me engañaste! Si esto sale a la luz, ¡me vas a hundir contigo!Un solo pensamiento cruzó por su mente: «Se acabó». Si Susana se enteraba, jamás se lo perdonaría.Ricardo sostenía un cigarro entre los dedos. Le dio una calada profunda y el humo difuminó la frialdad en sus ojos, haciéndolo parecer una persona completamente distinta al hombre amable de siempre.—Si vas a montar una obra, tienes que hacerlo bien. Si no, ¿dónde queda el placer de la venganza?Afuera, los dedos de Natalia se cerraron con fuerza sobre la ecografía, casi arrugando el papel hasta romperlo.Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Se sintió como si la hubieran arrojado a un pozo de hielo y empezó a temblar sin control.La alegría y la emoción que brillaban en sus ojos momentos antes se habían desvanecido por completo.En su lugar, una burla infinita inundó su mirada.Los gritos de Cristian se hicieron más intensos al otro lado de la línea.—¡Qué tipo tan retorcido! El error lo cometió su padre, ¿qué tiene que ver Natalia en todo esto? La culpa no debería pasar a los hijos.La voz de Ricardo era tan fría como el viento en pleno invierno.—No le he hecho el menor daño. Simplemente nos usamos mutuamente para conseguir lo que queríamos. Además, es ley de vida que los hijos paguen las deudas de los padres.—¡Eres un desgraciado sin moral! ¡Hasta aquí llegó nuestra amistad! —El grito de Cristian casi reventó el auricular.Justo en ese momento, la voz de Carmen, la ama de llaves, sonó detrás de ella.—¿Señora Natalia? ¿Por qué no entra? ¿El señor no está en el estudio?Llevaba el café que le había preparado a Ricardo y, al ver a Natalia paralizada en la puerta, no pudo evitar preguntar con extrañeza.Dentro del estudio, Ricardo colgó el teléfono sin prisa y salió con una zancada larga.Su mirada se encontró con el rostro helado de Natalia. Levantó una ceja y, con un tono tan indiferente como si hablara del clima, preguntó:—¿Lo escuchaste todo?La mano de Natalia se aferraba con tanta fuerza a la ecografía que sus nudillos se pusieron blancos.La pequeña alegría que había sentido, esa que creía merecer, ahora estaba hecha añicos, como un cristal pisoteado que solo dejaba una ironía cortante.Esbozó una sonrisa forzada. Su voz temblaba, pero estaba cargada de espinas.—Sí, lo escuché. Lástima que no todo. Planeaste este juego tan elaborado, actuando día tras día… ¿No te cansas?La mirada de Ricardo se ensombreció. La frialdad flotaba en la superficie, pero no llegaba al fondo de sus ojos.—Si quieres culpar a alguien, culpa a Ramón Rivas.Natalia se rio, una risa que parecía hecha de trozos de hielo.¿Culpar? Claro que culpaba a alguien. Se culpaba a sí misma por ser tan estúpidamente ingenua, por creer que los cuentos de hadas existían, por ser tan tonta como para confiar en esa falsa ternura.—Divorciémonos.Levantó la vista y lo miró directamente, pronunciando cada palabra con lentitud.—La verdad es que te equivocaste de persona. Si querías venganza, debiste casarte con su hija bastarda.Para su sorpresa, Ricardo asintió con un tono despreocupado.—De acuerdo. Mañana habla con mi abogado sobre la compensación que quieres. Mientras no sea una exageración, está bien.Apenas terminó de hablar, un sonido seco resonó en el aire. Natalia le había dado una bofetada con el dorso de la mano.—¡Ricardo, esto me lo debías!Con el golpe, la ecografía que sostenía en la mano cayó al suelo.La cabeza de Ricardo se giró por la fuerza del impacto, con la mejilla ardiéndole, pero su vista se clavó de golpe en el papel.Se agachó para recogerlo. Cuando las palabras «embarazo temprano» le taladraron los ojos, sintió como si un martillo le hubiera golpeado la cabeza, que estalló en un zumbido ensordecedor.***Natalia le arrebató el papel de un tirón, con una mirada tan fría que parecía envenenada.—No te preocupes, esto no será una amenaza para ti. Porque esta criatura no va a venir a este mundo.Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó, con una determinación que no dejaba espacio para la nostalgia.Ricardo se quedó paralizado, observando cómo su figura se alejaba. Pasó un largo rato antes de que recuperara la voz y le ordenara con dureza a Carmen, que estaba a su lado:—¡Vigila a la señora Natalia! ¡No permitas que salga de Jardines del Horizonte y, sobre todo, no dejes que le haga nada a ese bebé!Carmen estaba totalmente confundida. Hacía un momento hablaban de divorcio, ¿cómo había cambiado todo tan drásticamente?Pero al ver la ferocidad en los ojos de Ricardo, respondió apresuradamente:—¡Sí, entendido!—Si ella se va, todos ustedes la van a pasar muy mal.La advertencia en el tono de Ricardo helaba la sangre.Carmen asintió repetidamente mientras lo veía darse la vuelta y entrar al estudio.Una vez dentro, Ricardo se dejó caer en la silla y tecleó un mensaje a toda prisa: [Bloquea inmediatamente todas las señales en Jardines del Horizonte].La cajetilla de cigarros se deformó en su mano. Encendió uno y se lo llevó a los labios mientras la ceniza caía en cascada.Miraba el humo que se elevaba en espirales con un solo pensamiento en la mente: «¿Cuándo pasó? Llevamos más de un año tomando precauciones…».De repente, un recuerdo borroso atravesó la neblina. La última vez que volvió de Inglaterra, Natalia había estado inusualmente apasionada. Esa noche, en el apuro, olvidó usar protección, y después también olvidó recordarle que tomara la pastilla.Soltó una risa amarga. Qué puntería, a la primera.Le dio una calada fuerte al cigarro. El sabor acre de la nicotina le apretó la garganta, pero no logró calmar ni un poco la tormenta que se desataba en su interior.Apenas se consumió el cigarro, la puerta del estudio se abrió de golpe.Natalia lo miraba fijamente con los ojos enrojecidos, la furia a punto de estallar en su mirada.—¿Qué pretendes? ¿Encerrarme?Había hecho una maleta rápida, pero la detuvieron en la puerta. Intentó llamar para pedir ayuda, pero su celular no tenía señal.Ricardo levantó la vista con pereza, su tono era tranquilo.—Ten al bebé. El niño se quedará con la familia León y yo te daré cien millones de pesos.Natalia soltó una carcajada cargada de sarcasmo.—Sigue soñando.Lo conocía demasiado bien.Ricardo solo quería a ese bebé por la señora Vanessa Morales, su abuela, no porque lo amara.La anciana llevaba tiempo pidiéndole un bisnieto, y él siempre se había excusado diciendo que «aún eran jóvenes».No fue hasta el mes pasado, cuando la señora tuvo una grave enfermedad, que el devoto nieto cambió de parecer, deseando cumplir el sueño de su abuela mientras aún vivía.—Natalia, tienes que tener a este bebé. No es tu decisión.Ricardo se levantó y se acercó a ella paso a paso.—Tenlo y te daré cien millones. Para ti, es la forma más fácil.—Puede que no tenga dinero, pero no estoy tan desesperada como para vender a mi hijo.Natalia resopló, cada palabra era una espina.—Si tanto quieres un hijo, hay muchas mujeres dispuestas a dártelo, pero yo no soy una de ellas.La mirada de Ricardo se endureció, y su tono se volvió autoritario.—¿No quieres? Entonces no saldrás de Jardines del Horizonte.Dicho esto, marcó directamente el interfono.Enseguida, Carmen entró con dos sirvientas corpulentas que, sin mediar palabra, sujetaron a Natalia y empezaron a sacarla.Natalia luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo contra ellas. Solo le quedaba gritar, llena de rabia:—¡Ricardo! ¡Esto es secuestro! ¡Es ilegal! ¡Vas a terminar en la cárcel!—¡Ricardo, eres un infeliz!—¡Animal! ¡Te vas a podrir en el infierno!Ricardo hizo oídos sordos y se limitó a darle una orden fría a Carmen:—Vigílala bien, a ella y al bebé que lleva dentro. Retira de la habitación cualquier cosa con la que puedan lastimarse.Carmen vio la desesperación en los ojos de Natalia y sintió una punzada de lástima. Dudó un momento antes de hablar.—Señor Ricardo, ¿de verdad es necesario… encerrar así a la señora Natalia?—¿A poco ahora tú me vas a decir cómo hacer mi trabajo? —La mirada de Ricardo se oscureció, y su tono frío la paralizó.Carmen bajó la cabeza rápidamente.—No me atrevería.—Consigue un nutriólogo y un médico. Que la vigilen de cerca en todo momento —añadió Ricardo.—Sí —respondió Carmen.De pronto, recordó algo más.—Si Susana Blanco pregunta por ella, dile que se fue de viaje al extranjero y que no sabemos cuándo volverá.El corazón de Carmen dio otro vuelco, pero solo pudo asentir con la cabeza.—Entendido.El estudio volvió a quedar en silencio. Ricardo se acercó a la ventana, jugueteando inconscientemente con la cajetilla de cigarros, con una expresión indescifrable en la mirada.***Ricardo permaneció un largo rato de pie frente al ventanal. Sus dedos rozaban una y otra vez el borde del celular, casi calentando el frío metal con la temperatura de su piel.Finalmente, lo dejó sobre el escritorio sin hacer ruido. La luz del exterior se reflejó en sus ojos, revelando una melancolía profunda e insondable.Cuando llevaron a Natalia de vuelta a su habitación, una de las sirvientas la detuvo justo cuando iba a tocar la manija de la puerta.—Señora Natalia, su área de movimiento se limita a este cuarto —dijo la empleada, con la vista baja, en un tono respetuoso pero firme.—¡Quítate! ¡Quiero salir! ¡Quiero el divorcio! —gritó Natalia, con la furia a punto de desbordar su razón—. ¡Ricardo, eres un desgraciado!En ese momento, Carmen se acercó a toda prisa. Al verle los ojos enrojecidos y los hombros temblorosos, sintió una punzada de compasión, pero la reprimió y le aconsejó con voz suave:—Señora Natalia, si le hace caso al señor Ricardo, tal vez las cosas sean diferentes.Natalia soltó una carcajada gélida.—Me usó como un peón en su juego de venganza y ahora me obliga a tener a su hijo. Es peor que un animal. ¿Y quieres que le haga caso? ¡Ni en sus sueños!—Señora Natalia, con calma todo se arregla. A veces, si uno busca otro camino… —Carmen no pudo terminar la frase.Natalia la ignoró y cerró la puerta de un portazo.Toda la casa estaba llena de gente de él. Diera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, nadie la iba a escuchar.Se dejó caer abatida sobre la alfombra. Volvió a tocar la pantalla de su celular, y el familiar ícono de «sin señal» se sintió como una aguja clavándosele en los nervios.De repente, una idea violenta le cruzó la mente. «Él quiere este bebé, ¿no? Pues no se lo voy a dar».La idea de una huelga de hambre surgió mientras apretaba el celular en su mano.***Ricardo pasó media hora en el estudio. El cenicero estaba a rebosar de colillas y ceniza.Finalmente, tomó su celular y se levantó para ir a la empresa.Al pasar por la habitación de ella, no detuvo el paso, solo giró la cabeza para decirle con frialdad a la sirvienta que montaba guardia en la puerta:—Vigílala bien.—Sí, señor —respondió la mujer en voz baja.Los pasos de Ricardo se alejaron por el pasillo, dejando solo un pesado silencio aplastado contra la puerta.***Cuarenta minutos después, Ricardo apenas había puesto un pie en su oficina cuando la puerta se abrió de golpe.Cristian entró como una furia y, al verlo tan impecable con su traje y su expresión indiferente, la rabia se le subió a la cabeza.Lo agarró por el cuello de la camisa.—¡Me mentiste hasta a mí, infeliz! Ricardo, ¿quieres hundirme contigo?Su mirada se detuvo en la marca roja de una mano en la mejilla de Ricardo, y sus pupilas se contrajeron.—¿Quién te hizo eso? ¿Fue Natalia? ¿Ya lo sabe?Ricardo bajó la vista y un suave «ajá» escapó de su garganta.Ese «ajá» fue como una piedra en la cabeza de Cristian. Sintió que las sienes le palpitaban con fuerza.—Si me divorcio por tu culpa, Ricardo, te juro que desmantelo el Grupo León.Lo soltó bruscamente, dejándole el cuello de la camisa torcido.Cristian lo miró fijamente, con un tono más grave.—¿De verdad no sientes nada por Natalia? ¿Todo fue un engaño desde el principio?Ricardo levantó la vista. Sus ojos fríos se encontraron con los de él, y su voz no tenía ni un rastro de calidez.—Nada.—¡Eres un completo desgraciado!A Cristian se le marcaron las venas de la frente por la rabia.—¡Fue culpa de su padre, ve y desquítate con él! Natalia es inocente. ¡Además, en la familia Rivas ni siquiera la quieren!Él no era una persona especialmente compasiva, pero pensar que Susana y Natalia eran como hermanas… Si se enteraba de la verdad, era capaz de venir con un cuchillo a hacer pedazos a ese desgraciado retorcido que tenía enfrente.Ricardo esbozó una sonrisa helada.—Simplemente le estoy pagando con la misma moneda. ¿Qué puede perder ella? ¿Acaso se compara con los siete años que Lila Rosales lleva postrada en una cama? ¿Todavía crees que hay inocentes en esto?—¿Se te zafó un tornillo? ¡Lo de Lila no tiene nada que ver con Natalia! —le gritó Cristian.***Capítulo 2Jardines del Horizonte.Natalia Rivas entró al vestíbulo sobre sus tacones altos. La sirvienta se inclinó de inmediato con respeto.—Señora Natalia.Ella asintió con un gesto leve. Su mirada se posó en un par de zapatos de piel hechos a medida junto al mueble, y un toque de alegría se coló en su voz.—¿Ya regresó Ricardo?—Sí, el señor Ricardo llegó poco después de las nueve. Ahora mismo está en el estudio.Ricardo viajaba al extranjero por trabajo al menos dos veces al mes. Antes, a ella nunca le había importado cuándo volvía, pero esta vez era diferente. Apretó la ecografía que guardaba en el bolso y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Quería darle la buena noticia de inmediato.Se cambió los zapatos a toda prisa y, justo cuando iba a subir corriendo las escaleras, sus dedos rozaron el papel en su bolso. De pronto, recordó las indicaciones del médico y redujo el paso a su ritmo habitual.Mientras subía, escuchó voces tenues que venían del estudio del segundo piso, cuya puerta estaba entreabierta.Natalia, con la delgada hoja de la ecografía en la mano, estaba a punto de empujar la puerta cuando la voz de Ricardo resonó desde adentro, tan fría como el hielo, tan tajante que no dejaba lugar a dudas.—¿Natalia? Ella no es más que una herramienta para vengarme de Ramón Rivas. ¿De verdad crees que me enamoraría de la hija de mi enemigo? Qué ridículo.Al otro lado del teléfono, Cristian Castro estalló en un grito furioso.—¡Animal! ¿Acaso eres humano? ¡Hasta a mí me engañaste! Si esto sale a la luz, ¡me vas a hundir contigo!Un solo pensamiento cruzó por su mente: «Se acabó». Si Susana se enteraba, jamás se lo perdonaría.Ricardo sostenía un cigarro entre los dedos. Le dio una calada profunda y el humo difuminó la frialdad en sus ojos, haciéndolo parecer una persona completamente distinta al hombre amable de siempre.—Si vas a montar una obra, tienes que hacerlo bien. Si no, ¿dónde queda el placer de la venganza?Afuera, los dedos de Natalia se cerraron con fuerza sobre la ecografía, casi arrugando el papel hasta romperlo.Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Se sintió como si la hubieran arrojado a un pozo de hielo y empezó a temblar sin control.La alegría y la emoción que brillaban en sus ojos momentos antes se habían desvanecido por completo.En su lugar, una burla infinita inundó su mirada.Los gritos de Cristian se hicieron más intensos al otro lado de la línea.—¡Qué tipo tan retorcido! El error lo cometió su padre, ¿qué tiene que ver Natalia en todo esto? La culpa no debería pasar a los hijos.La voz de Ricardo era tan fría como el viento en pleno invierno.—No le he hecho el menor daño. Simplemente nos usamos mutuamente para conseguir lo que queríamos. Además, es ley de vida que los hijos paguen las deudas de los padres.—¡Eres un desgraciado sin moral! ¡Hasta aquí llegó nuestra amistad! —El grito de Cristian casi reventó el auricular.Justo en ese momento, la voz de Carmen, la ama de llaves, sonó detrás de ella.—¿Señora Natalia? ¿Por qué no entra? ¿El señor no está en el estudio?Llevaba el café que le había preparado a Ricardo y, al ver a Natalia paralizada en la puerta, no pudo evitar preguntar con extrañeza.Dentro del estudio, Ricardo colgó el teléfono sin prisa y salió con una zancada larga.Su mirada se encontró con el rostro helado de Natalia. Levantó una ceja y, con un tono tan indiferente como si hablara del clima, preguntó:—¿Lo escuchaste todo?La mano de Natalia se aferraba con tanta fuerza a la ecografía que sus nudillos se pusieron blancos.La pequeña alegría que había sentido, esa que creía merecer, ahora estaba hecha añicos, como un cristal pisoteado que solo dejaba una ironía cortante.Esbozó una sonrisa forzada. Su voz temblaba, pero estaba cargada de espinas.—Sí, lo escuché. Lástima que no todo. Planeaste este juego tan elaborado, actuando día tras día… ¿No te cansas?La mirada de Ricardo se ensombreció. La frialdad flotaba en la superficie, pero no llegaba al fondo de sus ojos.—Si quieres culpar a alguien, culpa a Ramón Rivas.Natalia se rio, una risa que parecía hecha de trozos de hielo.¿Culpar? Claro que culpaba a alguien. Se culpaba a sí misma por ser tan estúpidamente ingenua, por creer que los cuentos de hadas existían, por ser tan tonta como para confiar en esa falsa ternura.—Divorciémonos.Levantó la vista y lo miró directamente, pronunciando cada palabra con lentitud.—La verdad es que te equivocaste de persona. Si querías venganza, debiste casarte con su hija bastarda.Para su sorpresa, Ricardo asintió con un tono despreocupado.—De acuerdo. Mañana habla con mi abogado sobre la compensación que quieres. Mientras no sea una exageración, está bien.Apenas terminó de hablar, un sonido seco resonó en el aire. Natalia le había dado una bofetada con el dorso de la mano.—¡Ricardo, esto me lo debías!Con el golpe, la ecografía que sostenía en la mano cayó al suelo.La cabeza de Ricardo se giró por la fuerza del impacto, con la mejilla ardiéndole, pero su vista se clavó de golpe en el papel.Se agachó para recogerlo. Cuando las palabras «embarazo temprano» le taladraron los ojos, sintió como si un martillo le hubiera golpeado la cabeza, que estalló en un zumbido ensordecedor.***Natalia le arrebató el papel de un tirón, con una mirada tan fría que parecía envenenada.—No te preocupes, esto no será una amenaza para ti. Porque esta criatura no va a venir a este mundo.Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó, con una determinación que no dejaba espacio para la nostalgia.Ricardo se quedó paralizado, observando cómo su figura se alejaba. Pasó un largo rato antes de que recuperara la voz y le ordenara con dureza a Carmen, que estaba a su lado:—¡Vigila a la señora Natalia! ¡No permitas que salga de Jardines del Horizonte y, sobre todo, no dejes que le haga nada a ese bebé!Carmen estaba totalmente confundida. Hacía un momento hablaban de divorcio, ¿cómo había cambiado todo tan drásticamente?Pero al ver la ferocidad en los ojos de Ricardo, respondió apresuradamente:—¡Sí, entendido!—Si ella se va, todos ustedes la van a pasar muy mal.La advertencia en el tono de Ricardo helaba la sangre.Carmen asintió repetidamente mientras lo veía darse la vuelta y entrar al estudio.Una vez dentro, Ricardo se dejó caer en la silla y tecleó un mensaje a toda prisa: [Bloquea inmediatamente todas las señales en Jardines del Horizonte].La cajetilla de cigarros se deformó en su mano. Encendió uno y se lo llevó a los labios mientras la ceniza caía en cascada.Miraba el humo que se elevaba en espirales con un solo pensamiento en la mente: «¿Cuándo pasó? Llevamos más de un año tomando precauciones…».De repente, un recuerdo borroso atravesó la neblina. La última vez que volvió de Inglaterra, Natalia había estado inusualmente apasionada. Esa noche, en el apuro, olvidó usar protección, y después también olvidó recordarle que tomara la pastilla.Soltó una risa amarga. Qué puntería, a la primera.Le dio una calada fuerte al cigarro. El sabor acre de la nicotina le apretó la garganta, pero no logró calmar ni un poco la tormenta que se desataba en su interior.Apenas se consumió el cigarro, la puerta del estudio se abrió de golpe.Natalia lo miraba fijamente con los ojos enrojecidos, la furia a punto de estallar en su mirada.—¿Qué pretendes? ¿Encerrarme?Había hecho una maleta rápida, pero la detuvieron en la puerta. Intentó llamar para pedir ayuda, pero su celular no tenía señal.Ricardo levantó la vista con pereza, su tono era tranquilo.—Ten al bebé. El niño se quedará con la familia León y yo te daré cien millones de pesos.Natalia soltó una carcajada cargada de sarcasmo.—Sigue soñando.Lo conocía demasiado bien.Ricardo solo quería a ese bebé por la señora Vanessa Morales, su abuela, no porque lo amara.La anciana llevaba tiempo pidiéndole un bisnieto, y él siempre se había excusado diciendo que «aún eran jóvenes».No fue hasta el mes pasado, cuando la señora tuvo una grave enfermedad, que el devoto nieto cambió de parecer, deseando cumplir el sueño de su abuela mientras aún vivía.—Natalia, tienes que tener a este bebé. No es tu decisión.Ricardo se levantó y se acercó a ella paso a paso.—Tenlo y te daré cien millones. Para ti, es la forma más fácil.—Puede que no tenga dinero, pero no estoy tan desesperada como para vender a mi hijo.Natalia resopló, cada palabra era una espina.—Si tanto quieres un hijo, hay muchas mujeres dispuestas a dártelo, pero yo no soy una de ellas.La mirada de Ricardo se endureció, y su tono se volvió autoritario.—¿No quieres? Entonces no saldrás de Jardines del Horizonte.Dicho esto, marcó directamente el interfono.Enseguida, Carmen entró con dos sirvientas corpulentas que, sin mediar palabra, sujetaron a Natalia y empezaron a sacarla.Natalia luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo contra ellas. Solo le quedaba gritar, llena de rabia:—¡Ricardo! ¡Esto es secuestro! ¡Es ilegal! ¡Vas a terminar en la cárcel!—¡Ricardo, eres un infeliz!—¡Animal! ¡Te vas a podrir en el infierno!Ricardo hizo oídos sordos y se limitó a darle una orden fría a Carmen:—Vigílala bien, a ella y al bebé que lleva dentro. Retira de la habitación cualquier cosa con la que puedan lastimarse.Carmen vio la desesperación en los ojos de Natalia y sintió una punzada de lástima. Dudó un momento antes de hablar.—Señor Ricardo, ¿de verdad es necesario… encerrar así a la señora Natalia?—¿A poco ahora tú me vas a decir cómo hacer mi trabajo? —La mirada de Ricardo se oscureció, y su tono frío la paralizó.Carmen bajó la cabeza rápidamente.—No me atrevería.—Consigue un nutriólogo y un médico. Que la vigilen de cerca en todo momento —añadió Ricardo.—Sí —respondió Carmen.De pronto, recordó algo más.—Si Susana Blanco pregunta por ella, dile que se fue de viaje al extranjero y que no sabemos cuándo volverá.El corazón de Carmen dio otro vuelco, pero solo pudo asentir con la cabeza.—Entendido.El estudio volvió a quedar en silencio. Ricardo se acercó a la ventana, jugueteando inconscientemente con la cajetilla de cigarros, con una expresión indescifrable en la mirada.***Ricardo permaneció un largo rato de pie frente al ventanal. Sus dedos rozaban una y otra vez el borde del celular, casi calentando el frío metal con la temperatura de su piel.Finalmente, lo dejó sobre el escritorio sin hacer ruido. La luz del exterior se reflejó en sus ojos, revelando una melancolía profunda e insondable.Cuando llevaron a Natalia de vuelta a su habitación, una de las sirvientas la detuvo justo cuando iba a tocar la manija de la puerta.—Señora Natalia, su área de movimiento se limita a este cuarto —dijo la empleada, con la vista baja, en un tono respetuoso pero firme.—¡Quítate! ¡Quiero salir! ¡Quiero el divorcio! —gritó Natalia, con la furia a punto de desbordar su razón—. ¡Ricardo, eres un desgraciado!En ese momento, Carmen se acercó a toda prisa. Al verle los ojos enrojecidos y los hombros temblorosos, sintió una punzada de compasión, pero la reprimió y le aconsejó con voz suave:—Señora Natalia, si le hace caso al señor Ricardo, tal vez las cosas sean diferentes.Natalia soltó una carcajada gélida.—Me usó como un peón en su juego de venganza y ahora me obliga a tener a su hijo. Es peor que un animal. ¿Y quieres que le haga caso? ¡Ni en sus sueños!—Señora Natalia, con calma todo se arregla. A veces, si uno busca otro camino… —Carmen no pudo terminar la frase.Natalia la ignoró y cerró la puerta de un portazo.Toda la casa estaba llena de gente de él. Diera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, nadie la iba a escuchar.Se dejó caer abatida sobre la alfombra. Volvió a tocar la pantalla de su celular, y el familiar ícono de «sin señal» se sintió como una aguja clavándosele en los nervios.De repente, una idea violenta le cruzó la mente. «Él quiere este bebé, ¿no? Pues no se lo voy a dar».La idea de una huelga de hambre surgió mientras apretaba el celular en su mano.***Ricardo pasó media hora en el estudio. El cenicero estaba a rebosar de colillas y ceniza.Finalmente, tomó su celular y se levantó para ir a la empresa.Al pasar por la habitación de ella, no detuvo el paso, solo giró la cabeza para decirle con frialdad a la sirvienta que montaba guardia en la puerta:—Vigílala bien.—Sí, señor —respondió la mujer en voz baja.Los pasos de Ricardo se alejaron por el pasillo, dejando solo un pesado silencio aplastado contra la puerta.***Cuarenta minutos después, Ricardo apenas había puesto un pie en su oficina cuando la puerta se abrió de golpe.Cristian entró como una furia y, al verlo tan impecable con su traje y su expresión indiferente, la rabia se le subió a la cabeza.Lo agarró por el cuello de la camisa.—¡Me mentiste hasta a mí, infeliz! Ricardo, ¿quieres hundirme contigo?Su mirada se detuvo en la marca roja de una mano en la mejilla de Ricardo, y sus pupilas se contrajeron.—¿Quién te hizo eso? ¿Fue Natalia? ¿Ya lo sabe?Ricardo bajó la vista y un suave «ajá» escapó de su garganta.Ese «ajá» fue como una piedra en la cabeza de Cristian. Sintió que las sienes le palpitaban con fuerza.—Si me divorcio por tu culpa, Ricardo, te juro que desmantelo el Grupo León.Lo soltó bruscamente, dejándole el cuello de la camisa torcido.Cristian lo miró fijamente, con un tono más grave.—¿De verdad no sientes nada por Natalia? ¿Todo fue un engaño desde el principio?Ricardo levantó la vista. Sus ojos fríos se encontraron con los de él, y su voz no tenía ni un rastro de calidez.—Nada.—¡Eres un completo desgraciado!A Cristian se le marcaron las venas de la frente por la rabia.—¡Fue culpa de su padre, ve y desquítate con él! Natalia es inocente. ¡Además, en la familia Rivas ni siquiera la quieren!Él no era una persona especialmente compasiva, pero pensar que Susana y Natalia eran como hermanas… Si se enteraba de la verdad, era capaz de venir con un cuchillo a hacer pedazos a ese desgraciado retorcido que tenía enfrente.Ricardo esbozó una sonrisa helada.—Simplemente le estoy pagando con la misma moneda. ¿Qué puede perder ella? ¿Acaso se compara con los siete años que Lila Rosales lleva postrada en una cama? ¿Todavía crees que hay inocentes en esto?—¿Se te zafó un tornillo? ¡Lo de Lila no tiene nada que ver con Natalia! —le gritó Cristian.***Capítulo 3Jardines del Horizonte.Natalia Rivas entró al vestíbulo sobre sus tacones altos. La sirvienta se inclinó de inmediato con respeto.—Señora Natalia.Ella asintió con un gesto leve. Su mirada se posó en un par de zapatos de piel hechos a medida junto al mueble, y un toque de alegría se coló en su voz.—¿Ya regresó Ricardo?—Sí, el señor Ricardo llegó poco después de las nueve. Ahora mismo está en el estudio.Ricardo viajaba al extranjero por trabajo al menos dos veces al mes. Antes, a ella nunca le había importado cuándo volvía, pero esta vez era diferente. Apretó la ecografía que guardaba en el bolso y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Quería darle la buena noticia de inmediato.Se cambió los zapatos a toda prisa y, justo cuando iba a subir corriendo las escaleras, sus dedos rozaron el papel en su bolso. De pronto, recordó las indicaciones del médico y redujo el paso a su ritmo habitual.Mientras subía, escuchó voces tenues que venían del estudio del segundo piso, cuya puerta estaba entreabierta.Natalia, con la delgada hoja de la ecografía en la mano, estaba a punto de empujar la puerta cuando la voz de Ricardo resonó desde adentro, tan fría como el hielo, tan tajante que no dejaba lugar a dudas.—¿Natalia? Ella no es más que una herramienta para vengarme de Ramón Rivas. ¿De verdad crees que me enamoraría de la hija de mi enemigo? Qué ridículo.Al otro lado del teléfono, Cristian Castro estalló en un grito furioso.—¡Animal! ¿Acaso eres humano? ¡Hasta a mí me engañaste! Si esto sale a la luz, ¡me vas a hundir contigo!Un solo pensamiento cruzó por su mente: «Se acabó». Si Susana se enteraba, jamás se lo perdonaría.Ricardo sostenía un cigarro entre los dedos. Le dio una calada profunda y el humo difuminó la frialdad en sus ojos, haciéndolo parecer una persona completamente distinta al hombre amable de siempre.—Si vas a montar una obra, tienes que hacerlo bien. Si no, ¿dónde queda el placer de la venganza?Afuera, los dedos de Natalia se cerraron con fuerza sobre la ecografía, casi arrugando el papel hasta romperlo.Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Se sintió como si la hubieran arrojado a un pozo de hielo y empezó a temblar sin control.La alegría y la emoción que brillaban en sus ojos momentos antes se habían desvanecido por completo.En su lugar, una burla infinita inundó su mirada.Los gritos de Cristian se hicieron más intensos al otro lado de la línea.—¡Qué tipo tan retorcido! El error lo cometió su padre, ¿qué tiene que ver Natalia en todo esto? La culpa no debería pasar a los hijos.La voz de Ricardo era tan fría como el viento en pleno invierno.—No le he hecho el menor daño. Simplemente nos usamos mutuamente para conseguir lo que queríamos. Además, es ley de vida que los hijos paguen las deudas de los padres.—¡Eres un desgraciado sin moral! ¡Hasta aquí llegó nuestra amistad! —El grito de Cristian casi reventó el auricular.Justo en ese momento, la voz de Carmen, la ama de llaves, sonó detrás de ella.—¿Señora Natalia? ¿Por qué no entra? ¿El señor no está en el estudio?Llevaba el café que le había preparado a Ricardo y, al ver a Natalia paralizada en la puerta, no pudo evitar preguntar con extrañeza.Dentro del estudio, Ricardo colgó el teléfono sin prisa y salió con una zancada larga.Su mirada se encontró con el rostro helado de Natalia. Levantó una ceja y, con un tono tan indiferente como si hablara del clima, preguntó:—¿Lo escuchaste todo?La mano de Natalia se aferraba con tanta fuerza a la ecografía que sus nudillos se pusieron blancos.La pequeña alegría que había sentido, esa que creía merecer, ahora estaba hecha añicos, como un cristal pisoteado que solo dejaba una ironía cortante.Esbozó una sonrisa forzada. Su voz temblaba, pero estaba cargada de espinas.—Sí, lo escuché. Lástima que no todo. Planeaste este juego tan elaborado, actuando día tras día… ¿No te cansas?La mirada de Ricardo se ensombreció. La frialdad flotaba en la superficie, pero no llegaba al fondo de sus ojos.—Si quieres culpar a alguien, culpa a Ramón Rivas.Natalia se rio, una risa que parecía hecha de trozos de hielo.¿Culpar? Claro que culpaba a alguien. Se culpaba a sí misma por ser tan estúpidamente ingenua, por creer que los cuentos de hadas existían, por ser tan tonta como para confiar en esa falsa ternura.—Divorciémonos.Levantó la vista y lo miró directamente, pronunciando cada palabra con lentitud.—La verdad es que te equivocaste de persona. Si querías venganza, debiste casarte con su hija bastarda.Para su sorpresa, Ricardo asintió con un tono despreocupado.—De acuerdo. Mañana habla con mi abogado sobre la compensación que quieres. Mientras no sea una exageración, está bien.Apenas terminó de hablar, un sonido seco resonó en el aire. Natalia le había dado una bofetada con el dorso de la mano.—¡Ricardo, esto me lo debías!Con el golpe, la ecografía que sostenía en la mano cayó al suelo.La cabeza de Ricardo se giró por la fuerza del impacto, con la mejilla ardiéndole, pero su vista se clavó de golpe en el papel.Se agachó para recogerlo. Cuando las palabras «embarazo temprano» le taladraron los ojos, sintió como si un martillo le hubiera golpeado la cabeza, que estalló en un zumbido ensordecedor.***Natalia le arrebató el papel de un tirón, con una mirada tan fría que parecía envenenada.—No te preocupes, esto no será una amenaza para ti. Porque esta criatura no va a venir a este mundo.Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó, con una determinación que no dejaba espacio para la nostalgia.Ricardo se quedó paralizado, observando cómo su figura se alejaba. Pasó un largo rato antes de que recuperara la voz y le ordenara con dureza a Carmen, que estaba a su lado:—¡Vigila a la señora Natalia! ¡No permitas que salga de Jardines del Horizonte y, sobre todo, no dejes que le haga nada a ese bebé!Carmen estaba totalmente confundida. Hacía un momento hablaban de divorcio, ¿cómo había cambiado todo tan drásticamente?Pero al ver la ferocidad en los ojos de Ricardo, respondió apresuradamente:—¡Sí, entendido!—Si ella se va, todos ustedes la van a pasar muy mal.La advertencia en el tono de Ricardo helaba la sangre.Carmen asintió repetidamente mientras lo veía darse la vuelta y entrar al estudio.Una vez dentro, Ricardo se dejó caer en la silla y tecleó un mensaje a toda prisa: [Bloquea inmediatamente todas las señales en Jardines del Horizonte].La cajetilla de cigarros se deformó en su mano. Encendió uno y se lo llevó a los labios mientras la ceniza caía en cascada.Miraba el humo que se elevaba en espirales con un solo pensamiento en la mente: «¿Cuándo pasó? Llevamos más de un año tomando precauciones…».De repente, un recuerdo borroso atravesó la neblina. La última vez que volvió de Inglaterra, Natalia había estado inusualmente apasionada. Esa noche, en el apuro, olvidó usar protección, y después también olvidó recordarle que tomara la pastilla.Soltó una risa amarga. Qué puntería, a la primera.Le dio una calada fuerte al cigarro. El sabor acre de la nicotina le apretó la garganta, pero no logró calmar ni un poco la tormenta que se desataba en su interior.Apenas se consumió el cigarro, la puerta del estudio se abrió de golpe.Natalia lo miraba fijamente con los ojos enrojecidos, la furia a punto de estallar en su mirada.—¿Qué pretendes? ¿Encerrarme?Había hecho una maleta rápida, pero la detuvieron en la puerta. Intentó llamar para pedir ayuda, pero su celular no tenía señal.Ricardo levantó la vista con pereza, su tono era tranquilo.—Ten al bebé. El niño se quedará con la familia León y yo te daré cien millones de pesos.Natalia soltó una carcajada cargada de sarcasmo.—Sigue soñando.Lo conocía demasiado bien.Ricardo solo quería a ese bebé por la señora Vanessa Morales, su abuela, no porque lo amara.La anciana llevaba tiempo pidiéndole un bisnieto, y él siempre se había excusado diciendo que «aún eran jóvenes».No fue hasta el mes pasado, cuando la señora tuvo una grave enfermedad, que el devoto nieto cambió de parecer, deseando cumplir el sueño de su abuela mientras aún vivía.—Natalia, tienes que tener a este bebé. No es tu decisión.Ricardo se levantó y se acercó a ella paso a paso.—Tenlo y te daré cien millones. Para ti, es la forma más fácil.—Puede que no tenga dinero, pero no estoy tan desesperada como para vender a mi hijo.Natalia resopló, cada palabra era una espina.—Si tanto quieres un hijo, hay muchas mujeres dispuestas a dártelo, pero yo no soy una de ellas.La mirada de Ricardo se endureció, y su tono se volvió autoritario.—¿No quieres? Entonces no saldrás de Jardines del Horizonte.Dicho esto, marcó directamente el interfono.Enseguida, Carmen entró con dos sirvientas corpulentas que, sin mediar palabra, sujetaron a Natalia y empezaron a sacarla.Natalia luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo contra ellas. Solo le quedaba gritar, llena de rabia:—¡Ricardo! ¡Esto es secuestro! ¡Es ilegal! ¡Vas a terminar en la cárcel!—¡Ricardo, eres un infeliz!—¡Animal! ¡Te vas a podrir en el infierno!Ricardo hizo oídos sordos y se limitó a darle una orden fría a Carmen:—Vigílala bien, a ella y al bebé que lleva dentro. Retira de la habitación cualquier cosa con la que puedan lastimarse.Carmen vio la desesperación en los ojos de Natalia y sintió una punzada de lástima. Dudó un momento antes de hablar.—Señor Ricardo, ¿de verdad es necesario… encerrar así a la señora Natalia?—¿A poco ahora tú me vas a decir cómo hacer mi trabajo? —La mirada de Ricardo se oscureció, y su tono frío la paralizó.Carmen bajó la cabeza rápidamente.—No me atrevería.—Consigue un nutriólogo y un médico. Que la vigilen de cerca en todo momento —añadió Ricardo.—Sí —respondió Carmen.De pronto, recordó algo más.—Si Susana Blanco pregunta por ella, dile que se fue de viaje al extranjero y que no sabemos cuándo volverá.El corazón de Carmen dio otro vuelco, pero solo pudo asentir con la cabeza.—Entendido.El estudio volvió a quedar en silencio. Ricardo se acercó a la ventana, jugueteando inconscientemente con la cajetilla de cigarros, con una expresión indescifrable en la mirada.***Ricardo permaneció un largo rato de pie frente al ventanal. Sus dedos rozaban una y otra vez el borde del celular, casi calentando el frío metal con la temperatura de su piel.Finalmente, lo dejó sobre el escritorio sin hacer ruido. La luz del exterior se reflejó en sus ojos, revelando una melancolía profunda e insondable.Cuando llevaron a Natalia de vuelta a su habitación, una de las sirvientas la detuvo justo cuando iba a tocar la manija de la puerta.—Señora Natalia, su área de movimiento se limita a este cuarto —dijo la empleada, con la vista baja, en un tono respetuoso pero firme.—¡Quítate! ¡Quiero salir! ¡Quiero el divorcio! —gritó Natalia, con la furia a punto de desbordar su razón—. ¡Ricardo, eres un desgraciado!En ese momento, Carmen se acercó a toda prisa. Al verle los ojos enrojecidos y los hombros temblorosos, sintió una punzada de compasión, pero la reprimió y le aconsejó con voz suave:—Señora Natalia, si le hace caso al señor Ricardo, tal vez las cosas sean diferentes.Natalia soltó una carcajada gélida.—Me usó como un peón en su juego de venganza y ahora me obliga a tener a su hijo. Es peor que un animal. ¿Y quieres que le haga caso? ¡Ni en sus sueños!—Señora Natalia, con calma todo se arregla. A veces, si uno busca otro camino… —Carmen no pudo terminar la frase.Natalia la ignoró y cerró la puerta de un portazo.Toda la casa estaba llena de gente de él. Diera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, nadie la iba a escuchar.Se dejó caer abatida sobre la alfombra. Volvió a tocar la pantalla de su celular, y el familiar ícono de «sin señal» se sintió como una aguja clavándosele en los nervios.De repente, una idea violenta le cruzó la mente. «Él quiere este bebé, ¿no? Pues no se lo voy a dar».La idea de una huelga de hambre surgió mientras apretaba el celular en su mano.***Ricardo pasó media hora en el estudio. El cenicero estaba a rebosar de colillas y ceniza.Finalmente, tomó su celular y se levantó para ir a la empresa.Al pasar por la habitación de ella, no detuvo el paso, solo giró la cabeza para decirle con frialdad a la sirvienta que montaba guardia en la puerta:—Vigílala bien.—Sí, señor —respondió la mujer en voz baja.Los pasos de Ricardo se alejaron por el pasillo, dejando solo un pesado silencio aplastado contra la puerta.***Cuarenta minutos después, Ricardo apenas había puesto un pie en su oficina cuando la puerta se abrió de golpe.Cristian entró como una furia y, al verlo tan impecable con su traje y su expresión indiferente, la rabia se le subió a la cabeza.Lo agarró por el cuello de la camisa.—¡Me mentiste hasta a mí, infeliz! Ricardo, ¿quieres hundirme contigo?Su mirada se detuvo en la marca roja de una mano en la mejilla de Ricardo, y sus pupilas se contrajeron.—¿Quién te hizo eso? ¿Fue Natalia? ¿Ya lo sabe?Ricardo bajó la vista y un suave «ajá» escapó de su garganta.Ese «ajá» fue como una piedra en la cabeza de Cristian. Sintió que las sienes le palpitaban con fuerza.—Si me divorcio por tu culpa, Ricardo, te juro que desmantelo el Grupo León.Lo soltó bruscamente, dejándole el cuello de la camisa torcido.Cristian lo miró fijamente, con un tono más grave.—¿De verdad no sientes nada por Natalia? ¿Todo fue un engaño desde el principio?Ricardo levantó la vista. Sus ojos fríos se encontraron con los de él, y su voz no tenía ni un rastro de calidez.—Nada.—¡Eres un completo desgraciado!A Cristian se le marcaron las venas de la frente por la rabia.—¡Fue culpa de su padre, ve y desquítate con él! Natalia es inocente. ¡Además, en la familia Rivas ni siquiera la quieren!Él no era una persona especialmente compasiva, pero pensar que Susana y Natalia eran como hermanas… Si se enteraba de la verdad, era capaz de venir con un cuchillo a hacer pedazos a ese desgraciado retorcido que tenía enfrente.Ricardo esbozó una sonrisa helada.—Simplemente le estoy pagando con la misma moneda. ¿Qué puede perder ella? ¿Acaso se compara con los siete años que Lila Rosales lleva postrada en una cama? ¿Todavía crees que hay inocentes en esto?—¿Se te zafó un tornillo? ¡Lo de Lila no tiene nada que ver con Natalia! —le gritó Cristian.***