Cinco años de amor incondicional, noventa y nueve donaciones de sangre y una vida entera entregada a un solo hombre. Isabel Monroy lo sacrificó todo por Jonathan Moya, el genio indiferente al que ayudó a construir un imperio legal desde cero, solo para ser abandonada cruelmente en el altar. Una y otra vez, Jonathan elige a su "inocente" amiga de la infancia, Anaís, una mujer que usa la manipulación y falsos intentos de suicidio como armas para mantenerlo a su lado. Harta de ser la segunda opción, la que siempre debe ceder y perdonar, Isabel decide que la nonagésima novena vez será la última. Se arranca el vestido de novia y, con él, cinco años de mentiras y humillaciones. Renuncia a su trabajo, vende la casa que albergaba sus sueños y desaparece sin dejar rastro, decidida a renacer de sus cenizas. Ahora, convertida en una brillante y temida abogada con su propio bufete en una nueva ciudad, Isabel es más fuerte e independiente que nunca. Sin embargo, el destino le presenta un nuevo desafío: Esteban Hidalgo, un enigmático y poderoso CEO, tan letal como atractivo, que parece tener un interés inexplicable en ella y que resulta ser el archienemigo de su propia familia. Mientras tanto, Jonathan, consumido por el vacío de su ausencia y atormentado por verdades que empiezan a salir a la luz, se da cuenta de su terrible error. El hombre que la despreció ahora la busca desesperadamente, dispuesto a todo por recuperarla.

Capítulo 1—¡Qué ambientazo en esta boda! ¿Pero ya se enteraron? ¡Dicen que la amiguita de la infancia de Jonathan Moya se está queriendo aventar de la azotea del hotel!Al escuchar los murmullos al otro lado de la puerta, Isabel Monroy sintió un nudo de amargura en el estómago.Era la nonagésima novena vez que Anaís Galarza armaba un escándalo con quitarse la vida.Isabel creía que ya se había acostumbrado.Pero hoy era diferente.Hoy era el día de su boda con Jonathan.Con el numerito que estaba montando Anaís, sabía que, una vez más, le tocaría ceder.Llevaba cinco años de novia con Jonathan, y Anaís llevaba cinco años haciendo exactamente lo mismo.Y cada vez, Jonathan corría a consolarla sin pensarlo dos veces.A veces, Isabel sentía que en esa relación, la que sobraba era ella, como si fuera la amante.Pero la última vez que Jonathan la había dejado plantada para irse con Anaís, le prometió que sería la última vez.Y fue por creer en esa «última vez» que hoy estaba vestida de novia.—¡Pues que se muera si tantas ganas tiene! ¿A mí para qué me llamas?Isabel levantó la vista de golpe. La puerta del balcón no estaba bien cerrada y la voz grave y fría de Jonathan se coló en la habitación.—¿Saltar? No se atreve. ¿Cuántas veces ha hecho el mismo drama? ¿Cuándo se ha hecho un solo rasguño de verdad?Al final, lo escuchó dar unas cuantas instrucciones más en voz baja, pero tan bajo que no alcanzó a entender qué decía.Jonathan colgó y, al voltear, su mirada se encontró con la de Isabel.El corazón de Isabel latió con fuerza. Esta vez… esta vez no había salido corriendo a buscar a Anaís.Entonces, ¿no le había mentido?¿De verdad había sido la última vez?—¿Por qué me miras así? La ceremonia está por empezar, ¿estás lista? —preguntó Jonathan, con el rostro inexpresivo de siempre.Aun así, Isabel se sintió inmensamente feliz.Sabía que Jonathan padecía de una incapacidad congénita para sentir empatía; la mayor parte del tiempo, le era imposible conectar con las emociones de los demás.Pero después de tantos años, desde aquel cariño inocente de la adolescencia hasta el amor sincero que sentía ahora, por fin sentía que todo su esfuerzo había valido la pena.Para Jonathan, ella tenía que ser alguien especial.Si no, ¿por qué habría aceptado casarse con ella?Isabel, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, lo tomó del brazo. La alegría se le desbordaba en la mirada.—Jonathan, por fin nos vamos a casar…Jonathan seguía sin mostrar emoción alguna.—Sí, lo sé.La puerta de la habitación se abrió.—Es momento de recibir a los novios en el altar —anunció el maestro de ceremonias con voz potente, captando la atención de todos.Con una expresión de pura felicidad, Isabel caminó del brazo de Jonathan hacia el estrado.—Demos un fuerte aplauso para…Antes de que pudiera terminar la frase, el celular de Jonathan empezó a sonar.El maestro de ceremonias se quedó desconcertado por un instante, mientras que abajo, los invitados soltaron una carcajada.La sonrisa de Isabel se congeló en su rostro. Ese tono de llamada era una pesadilla para ella; era el tono exclusivo que le había asignado a Anaís.Jonathan se soltó de su brazo y contestó el teléfono.—Diga. ¿Ahora qué pasó?El maestro de ceremonias, tratando de salvar la situación, intentó reanimar el ambiente. Seguramente, en todos sus años de experiencia, nunca le había tocado algo así.Pero antes de que pudiera decir algo…—Voy para allá.Jonathan soltó la frase y, sin más, se dirigió a grandes zancadas hacia la salida.El silencio se rompió con el murmullo generalizado de los invitados.—¡Jon, no te vayas…! —Isabel, levantando el vestido de novia como pudo, corrió tras él, con el rostro desencajado por la súplica—. ¡Me prometiste que era la última vez!Jonathan frunció el ceño, como si estuviera sopesando fríamente los pros y los contras.Tras unos segundos, le explicó con calma:—Anaís de verdad saltó. Tengo que ir a ver qué pasa, tú entretén a los invitados, voy y vuelvo.—¡Jonathan! —Isabel le sujetó la muñeca con fuerza—. ¡Si te vas, lo nuestro se acaba aquí mismo! ¡Y nunca jamás nos vamos a casar!Jonathan le apartó la mano sin miramientos.—Como quieras, pero luego no te arrepientas.Isabel sintió como si el corazón se le hiciera pedazos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.Al verla llorar, Jonathan sintió una extraña punzada en el pecho, pero supo que, como siempre, ella terminaría cediendo.Como todas las veces anteriores.Ella no era capaz de dejarlo.Sabía cuánto lo quería Isabel. A pesar de ser una niña rica y consentida, no había dudado en romper relaciones con su familia para empezar de cero con él en San Ciriaco.Pasara lo que pasara, ella siempre estaba a su lado, apoyándolo.Su mayor sueño era casarse con él.Además, las veces anteriores que Anaís había montado un escándalo, siempre era Isabel quien terminaba arreglando el desastre.Pero que esta vez lo amenazara con «no casarse», era señal de que realmente la había llevado al límite.Sin embargo, lo de Anaís era una emergencia real.No podía dejar que Isabel hiciera un berrinche sin sentido.Jonathan abrió la boca para decir algo, pero el celular en su bolsillo vibró de nuevo. Contestó la llamada y, sin pensarlo dos veces, salió corriendo.Por un momento, los invitados se quedaron mirándose unos a otros, sin entender nada.Pero ¿qué demonios…?¿Por qué se había ido el novio?Viendo el caos que se estaba formando, Isabel se secó las lágrimas y, armándose de valor, se giró y le quitó el micrófono al atónito maestro de ceremonias.—Una disculpa a todos, pero la boda de hoy se cancela…La noticia cayó como una bomba en el salón.Pero a Isabel ya no le importaba.Sabía que, a partir de hoy, sería la comidilla de todo San Ciriaco.Todo el mundo sabía que Isabel Monroy estaba perdidamente enamorada de Jonathan Moya. Que habiendo tenido a los mejores partidos a sus pies, había elegido a un don nadie y había luchado a su lado desde abajo. Y ahora, justo cuando por fin iba a ver la luz al final del túnel, Jonathan la abandonaba en el altar.Para cuando Isabel salió corriendo del hotel, la entrada principal ya era un caos de gente.A lo lejos, vio que Jonathan ya había bajado a Anaís del colchón de aire de los bomberos. Ella llevaba puesto un vestido de novia y tenía los ojos rojos de tanto llorar.—Jonathan, ¿cómo pudiste dejarme sola? ¿No habíamos prometido que estaríamos juntos para siempre?—Ya deja de hacer drama —dijo Jonathan con el ceño ligeramente fruncido, su rostro tan inexpresivo como siempre.Anaís le tomó la cara entre las manos, mirándolo fijamente a sus ojos oscuros como la noche.—¡Pues no quiero!Al ver ese gesto, la primera reacción de Isabel fue pensar que Jonathan se enojaría.Recordó que una vez, cuando eran más jóvenes, ella también le había tomado la cara para mirarlo, pero él la había apartado con frialdad.«No me gusta que me toquen la cara», le había dicho.Su voz era gélida, su mirada vacía de cualquier emoción.Pero ahora, Jonathan no hizo nada. Se quedó quieto, dejando que Anaís le apretujara el rostro como si quisiera desahogarse, hasta que finalmente consiguió que ella sonriera entre lágrimas.Isabel siempre había pensado que la incapacidad de Jonathan para sentir era una barrera que ponía con todo el mundo, pero en ese instante, viéndolo cargar a Anaís hacia la ambulancia, comprendió la magnitud de su propia ridiculez.Creyó que, con el tiempo, día tras día, año tras año, lograría derretir el glaciar que rodeaba el corazón de Jonathan. Que él terminaría por quererla, que en su mirada fría y hermosa algún día encontraría un destello de cariño y complicidad solo para ella.Pero el resultado…Todo había sido un ridículo.Resulta que Jonathan sí tenía sentimientos. Simplemente no eran para ella.Isabel empezó a reír, y de la risa pasó al llanto.En estos cinco años…¿Qué había sido ella en realidad?«Isabel, qué ingenua, qué patética eres».Estos cinco años no habían sido más que un sueño del que se negaba a despertar.Pero ahora el sueño se había roto.Y era hora de abrir los ojos.Isabel regresó a la habitación, se quitó el vestido de novia y se puso su propia ropa.El escándalo de la boda cancelada seguía en boca de todos, así que cuando Isabel llegó al bufete de abogados, sus colegas, que estaban en plena discusión, se callaron de golpe.A Isabel no le importó. Siempre había tenido la piel gruesa. Desde que en la universidad empezó a perseguir al genio de la facultad de derecho, Jonathan Moya, ya se había convertido en el chiste de toda la escuela.Se había lanzado a la conquista con una valentía ciega, sin medir las consecuencias, y ahora, después de estrellarse de frente contra la realidad, por fin entendía que Jonathan, simplemente, no la quería.Isabel fue a su escritorio, imprimió su carta de renuncia desde la computadora, la firmó y la dejó sobre el escritorio de la oficina de Jonathan.Justo en ese momento, su celular vibró.Era una llamada de Jonathan.—Me enteré de que cancelaste la boda. ¿Por qué no lo hablaste conmigo antes? ¿No te das cuenta de lo que dirán y de cómo afectará al bufete?—¿Y qué querías que hiciera? —replicó Isabel con frialdad—. ¿Que me quedara sentada con los invitados, esperando a que volvieras de jugar al héroe?Jonathan guardó silencio por unos segundos, como si no esperara que Isabel se atreviera a contestarle así.Desde que empezaron a salir, siempre había sido ella la que giraba a su alrededor como un sol caliente, parloteando sin cesar. Parecía tener una energía inagotable, siempre con una sonrisa en la cara.Nunca le había levantado la voz.—Fue mi culpa —dijo Jonathan, siempre tan racional y sereno—. No lo pensé bien.Isabel soltó una risa amarga. Qué ingenua había sido. ¿Cómo pudo pensar que una persona incapaz de sentir emociones podría enamorarse de ella?Isabel miró la carta de renuncia sobre el escritorio.—Jonathan, mi renun…Antes de que pudiera terminar, una voz melosa se escuchó al otro lado de la línea.—Jonathan, me duele la espalda, ven a darme un masaje.—Estoy ocupado, hablamos luego.La llamada se cortó, dejando solo el pitido monótono en el oído de Isabel.Isabel respiró hondo, tratando de reprimir la amargura que le subía por la garganta, y se giró para mirar por el ventanal.Afuera, el sol brillaba y el tráfico fluía sin cesar. La inmensidad de San Ciriaco se extendía ante sus ojos.De repente, recordó que el ahora prestigioso Bufete Moya-Monroy, conocido en toda la ciudad, había empezado siendo solo esa pequeña oficina.La misma que ella había conseguido alquilar tras vender el único departamento que tenía a su nombre para ayudar a Jonathan.Ahora, todo el piso le pertenecía a él.Recordaba que el día que alquilaron esa oficina, el clima era igual de soleado que hoy.«¿Qué te parece si le ponemos Bufete Moya-Monroy? ¿Con nuestros apellidos?».«Como sea —había respondido Jonathan sin expresión—. Ponle como quieras, tú decides».Ella, emocionada, se había lanzado a sus brazos, pero él, sin contemplaciones, la había apartado pellizcándole la mejilla.«No me gusta que me abracen».Aun así, Isabel había sonreído como si nada y se había vuelto a colgar de su cuello.«Pues a mí sí me gusta abrazarte».Una vez, con una confianza arrolladora, le había dicho a Jonathan que lo ayudaría a convertirse en el mejor abogado de todo San Ciriaco.Jonathan había respondido que eso no le importaba, que para él, lo más importante era que Isabel fuera feliz.Ella no le había fallado.Pero él sí le había mentido.***Isabel tenía muchas cosas en la oficina.Tantas, que después de un buen rato empacando, todavía no terminaba.Después de todo, desde la fundación del bufete hasta hoy, ella había sido la que trabajaba tras bambalinas, planeando y solucionando problemas para Jonathan.Aunque la firma era de él, también era el fruto de su propio esfuerzo.Los demás empleados la veían empacar sus cosas y se miraban entre ellos, pero nadie se atrevía a acercarse.Era obvio que ya se habían enterado de lo que había pasado en la boda.Pero Jonathan era el jefe, y nadie se atrevería a hablar mal de él a sus espaldas, a menos que quisieran perder su trabajo.Justo cuando Isabel terminó de empacar todo y estaba a punto de llamar a una empresa de mudanzas, su celular sonó.Era la madre de Jonathan.Isabel frunció los labios y contestó.—¿Bueno, señorita Monroy? —pero la voz que escuchó al otro lado era la de la empleada doméstica, y sonaba angustiada.—Es que no puedo localizar al señor Moya. Su mamá se puso mal de repente y la trajimos al hospital, ¿podría venir?—Claro, voy para allá.Cuando Isabel llegó al hospital, encontró a la señora Moya sentada en la cama, comiendo una manzana que la empleada le estaba pelando.Al ver entrar a Isabel, el pálido rostro de Emilia se llenó de preocupación y enojo. Inmediatamente, la reprendió con severidad:—Isabel, ¿qué está pasando entre tú y Jon? El matrimonio es algo muy serio. ¿Cómo pudieron hacer algo así? Cancelar la boda el mismo día... ¡Qué vergüenza si la gente se entera!Isabel tenía la frente perlada de sudor. Al ver que Emilia ya tenía fuerzas para regañarla, supo que no era nada grave. Seguramente la noticia de la boda cancelada le había provocado un disgusto y por eso se había sentido mal.—Señora, por favor, no se enoje.—¿Cómo no me voy a enojar? —Emilia frunció el ceño, su pecho subía y bajaba agitadamente, quizá por haber hablado tan deprisa—. Jon es muy terco, hace lo que se le viene en gana, pero tú, Isabel, ¿por qué no lo detuviste? ¿Por qué dejaste que hiciera una locura así?Isabel respiró profundo y, con paciencia, le explicó:—Mientras estábamos en la ceremonia, Anaís se aventó de un edificio.—¿Qué? —exclamó Emilia, horrorizada—. ¿Y Anaís está bien?—Sí, está bien. Jonathan ya la llevó al hospital.Emilia se llevó una mano al pecho.—¡Ay, qué susto! Menos mal que no le pasó nada.Una vez que entendió lo que había sucedido, Emilia se tranquilizó y le encargó a Isabel que se ocupara de arreglar todo el lío de la cancelación de la boda para no causarle más problemas a Jonathan.Después de tanto ajetreo, su cuerpo debilitado no aguantó más y pronto se quedó dormida.—Señorita Monroy, qué pena haberla hecho venir hasta acá. Yo me encargo de todo, usted vuelva a sus asuntos —dijo la empleada con una expresión de disculpa.Isabel miró a Emilia, que dormía profundamente en la cama.—De ahora en adelante, si pasa algo con la señora, ya no me llame a mí, yo…Capítulo 2—¡Qué ambientazo en esta boda! ¿Pero ya se enteraron? ¡Dicen que la amiguita de la infancia de Jonathan Moya se está queriendo aventar de la azotea del hotel!Al escuchar los murmullos al otro lado de la puerta, Isabel Monroy sintió un nudo de amargura en el estómago.Era la nonagésima novena vez que Anaís Galarza armaba un escándalo con quitarse la vida.Isabel creía que ya se había acostumbrado.Pero hoy era diferente.Hoy era el día de su boda con Jonathan.Con el numerito que estaba montando Anaís, sabía que, una vez más, le tocaría ceder.Llevaba cinco años de novia con Jonathan, y Anaís llevaba cinco años haciendo exactamente lo mismo.Y cada vez, Jonathan corría a consolarla sin pensarlo dos veces.A veces, Isabel sentía que en esa relación, la que sobraba era ella, como si fuera la amante.Pero la última vez que Jonathan la había dejado plantada para irse con Anaís, le prometió que sería la última vez.Y fue por creer en esa «última vez» que hoy estaba vestida de novia.—¡Pues que se muera si tantas ganas tiene! ¿A mí para qué me llamas?Isabel levantó la vista de golpe. La puerta del balcón no estaba bien cerrada y la voz grave y fría de Jonathan se coló en la habitación.—¿Saltar? No se atreve. ¿Cuántas veces ha hecho el mismo drama? ¿Cuándo se ha hecho un solo rasguño de verdad?Al final, lo escuchó dar unas cuantas instrucciones más en voz baja, pero tan bajo que no alcanzó a entender qué decía.Jonathan colgó y, al voltear, su mirada se encontró con la de Isabel.El corazón de Isabel latió con fuerza. Esta vez… esta vez no había salido corriendo a buscar a Anaís.Entonces, ¿no le había mentido?¿De verdad había sido la última vez?—¿Por qué me miras así? La ceremonia está por empezar, ¿estás lista? —preguntó Jonathan, con el rostro inexpresivo de siempre.Aun así, Isabel se sintió inmensamente feliz.Sabía que Jonathan padecía de una incapacidad congénita para sentir empatía; la mayor parte del tiempo, le era imposible conectar con las emociones de los demás.Pero después de tantos años, desde aquel cariño inocente de la adolescencia hasta el amor sincero que sentía ahora, por fin sentía que todo su esfuerzo había valido la pena.Para Jonathan, ella tenía que ser alguien especial.Si no, ¿por qué habría aceptado casarse con ella?Isabel, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, lo tomó del brazo. La alegría se le desbordaba en la mirada.—Jonathan, por fin nos vamos a casar…Jonathan seguía sin mostrar emoción alguna.—Sí, lo sé.La puerta de la habitación se abrió.—Es momento de recibir a los novios en el altar —anunció el maestro de ceremonias con voz potente, captando la atención de todos.Con una expresión de pura felicidad, Isabel caminó del brazo de Jonathan hacia el estrado.—Demos un fuerte aplauso para…Antes de que pudiera terminar la frase, el celular de Jonathan empezó a sonar.El maestro de ceremonias se quedó desconcertado por un instante, mientras que abajo, los invitados soltaron una carcajada.La sonrisa de Isabel se congeló en su rostro. Ese tono de llamada era una pesadilla para ella; era el tono exclusivo que le había asignado a Anaís.Jonathan se soltó de su brazo y contestó el teléfono.—Diga. ¿Ahora qué pasó?El maestro de ceremonias, tratando de salvar la situación, intentó reanimar el ambiente. Seguramente, en todos sus años de experiencia, nunca le había tocado algo así.Pero antes de que pudiera decir algo…—Voy para allá.Jonathan soltó la frase y, sin más, se dirigió a grandes zancadas hacia la salida.El silencio se rompió con el murmullo generalizado de los invitados.—¡Jon, no te vayas…! —Isabel, levantando el vestido de novia como pudo, corrió tras él, con el rostro desencajado por la súplica—. ¡Me prometiste que era la última vez!Jonathan frunció el ceño, como si estuviera sopesando fríamente los pros y los contras.Tras unos segundos, le explicó con calma:—Anaís de verdad saltó. Tengo que ir a ver qué pasa, tú entretén a los invitados, voy y vuelvo.—¡Jonathan! —Isabel le sujetó la muñeca con fuerza—. ¡Si te vas, lo nuestro se acaba aquí mismo! ¡Y nunca jamás nos vamos a casar!Jonathan le apartó la mano sin miramientos.—Como quieras, pero luego no te arrepientas.Isabel sintió como si el corazón se le hiciera pedazos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.Al verla llorar, Jonathan sintió una extraña punzada en el pecho, pero supo que, como siempre, ella terminaría cediendo.Como todas las veces anteriores.Ella no era capaz de dejarlo.Sabía cuánto lo quería Isabel. A pesar de ser una niña rica y consentida, no había dudado en romper relaciones con su familia para empezar de cero con él en San Ciriaco.Pasara lo que pasara, ella siempre estaba a su lado, apoyándolo.Su mayor sueño era casarse con él.Además, las veces anteriores que Anaís había montado un escándalo, siempre era Isabel quien terminaba arreglando el desastre.Pero que esta vez lo amenazara con «no casarse», era señal de que realmente la había llevado al límite.Sin embargo, lo de Anaís era una emergencia real.No podía dejar que Isabel hiciera un berrinche sin sentido.Jonathan abrió la boca para decir algo, pero el celular en su bolsillo vibró de nuevo. Contestó la llamada y, sin pensarlo dos veces, salió corriendo.Por un momento, los invitados se quedaron mirándose unos a otros, sin entender nada.Pero ¿qué demonios…?¿Por qué se había ido el novio?Viendo el caos que se estaba formando, Isabel se secó las lágrimas y, armándose de valor, se giró y le quitó el micrófono al atónito maestro de ceremonias.—Una disculpa a todos, pero la boda de hoy se cancela…La noticia cayó como una bomba en el salón.Pero a Isabel ya no le importaba.Sabía que, a partir de hoy, sería la comidilla de todo San Ciriaco.Todo el mundo sabía que Isabel Monroy estaba perdidamente enamorada de Jonathan Moya. Que habiendo tenido a los mejores partidos a sus pies, había elegido a un don nadie y había luchado a su lado desde abajo. Y ahora, justo cuando por fin iba a ver la luz al final del túnel, Jonathan la abandonaba en el altar.Para cuando Isabel salió corriendo del hotel, la entrada principal ya era un caos de gente.A lo lejos, vio que Jonathan ya había bajado a Anaís del colchón de aire de los bomberos. Ella llevaba puesto un vestido de novia y tenía los ojos rojos de tanto llorar.—Jonathan, ¿cómo pudiste dejarme sola? ¿No habíamos prometido que estaríamos juntos para siempre?—Ya deja de hacer drama —dijo Jonathan con el ceño ligeramente fruncido, su rostro tan inexpresivo como siempre.Anaís le tomó la cara entre las manos, mirándolo fijamente a sus ojos oscuros como la noche.—¡Pues no quiero!Al ver ese gesto, la primera reacción de Isabel fue pensar que Jonathan se enojaría.Recordó que una vez, cuando eran más jóvenes, ella también le había tomado la cara para mirarlo, pero él la había apartado con frialdad.«No me gusta que me toquen la cara», le había dicho.Su voz era gélida, su mirada vacía de cualquier emoción.Pero ahora, Jonathan no hizo nada. Se quedó quieto, dejando que Anaís le apretujara el rostro como si quisiera desahogarse, hasta que finalmente consiguió que ella sonriera entre lágrimas.Isabel siempre había pensado que la incapacidad de Jonathan para sentir era una barrera que ponía con todo el mundo, pero en ese instante, viéndolo cargar a Anaís hacia la ambulancia, comprendió la magnitud de su propia ridiculez.Creyó que, con el tiempo, día tras día, año tras año, lograría derretir el glaciar que rodeaba el corazón de Jonathan. Que él terminaría por quererla, que en su mirada fría y hermosa algún día encontraría un destello de cariño y complicidad solo para ella.Pero el resultado…Todo había sido un ridículo.Resulta que Jonathan sí tenía sentimientos. Simplemente no eran para ella.Isabel empezó a reír, y de la risa pasó al llanto.En estos cinco años…¿Qué había sido ella en realidad?«Isabel, qué ingenua, qué patética eres».Estos cinco años no habían sido más que un sueño del que se negaba a despertar.Pero ahora el sueño se había roto.Y era hora de abrir los ojos.Isabel regresó a la habitación, se quitó el vestido de novia y se puso su propia ropa.El escándalo de la boda cancelada seguía en boca de todos, así que cuando Isabel llegó al bufete de abogados, sus colegas, que estaban en plena discusión, se callaron de golpe.A Isabel no le importó. Siempre había tenido la piel gruesa. Desde que en la universidad empezó a perseguir al genio de la facultad de derecho, Jonathan Moya, ya se había convertido en el chiste de toda la escuela.Se había lanzado a la conquista con una valentía ciega, sin medir las consecuencias, y ahora, después de estrellarse de frente contra la realidad, por fin entendía que Jonathan, simplemente, no la quería.Isabel fue a su escritorio, imprimió su carta de renuncia desde la computadora, la firmó y la dejó sobre el escritorio de la oficina de Jonathan.Justo en ese momento, su celular vibró.Era una llamada de Jonathan.—Me enteré de que cancelaste la boda. ¿Por qué no lo hablaste conmigo antes? ¿No te das cuenta de lo que dirán y de cómo afectará al bufete?—¿Y qué querías que hiciera? —replicó Isabel con frialdad—. ¿Que me quedara sentada con los invitados, esperando a que volvieras de jugar al héroe?Jonathan guardó silencio por unos segundos, como si no esperara que Isabel se atreviera a contestarle así.Desde que empezaron a salir, siempre había sido ella la que giraba a su alrededor como un sol caliente, parloteando sin cesar. Parecía tener una energía inagotable, siempre con una sonrisa en la cara.Nunca le había levantado la voz.—Fue mi culpa —dijo Jonathan, siempre tan racional y sereno—. No lo pensé bien.Isabel soltó una risa amarga. Qué ingenua había sido. ¿Cómo pudo pensar que una persona incapaz de sentir emociones podría enamorarse de ella?Isabel miró la carta de renuncia sobre el escritorio.—Jonathan, mi renun…Antes de que pudiera terminar, una voz melosa se escuchó al otro lado de la línea.—Jonathan, me duele la espalda, ven a darme un masaje.—Estoy ocupado, hablamos luego.La llamada se cortó, dejando solo el pitido monótono en el oído de Isabel.Isabel respiró hondo, tratando de reprimir la amargura que le subía por la garganta, y se giró para mirar por el ventanal.Afuera, el sol brillaba y el tráfico fluía sin cesar. La inmensidad de San Ciriaco se extendía ante sus ojos.De repente, recordó que el ahora prestigioso Bufete Moya-Monroy, conocido en toda la ciudad, había empezado siendo solo esa pequeña oficina.La misma que ella había conseguido alquilar tras vender el único departamento que tenía a su nombre para ayudar a Jonathan.Ahora, todo el piso le pertenecía a él.Recordaba que el día que alquilaron esa oficina, el clima era igual de soleado que hoy.«¿Qué te parece si le ponemos Bufete Moya-Monroy? ¿Con nuestros apellidos?».«Como sea —había respondido Jonathan sin expresión—. Ponle como quieras, tú decides».Ella, emocionada, se había lanzado a sus brazos, pero él, sin contemplaciones, la había apartado pellizcándole la mejilla.«No me gusta que me abracen».Aun así, Isabel había sonreído como si nada y se había vuelto a colgar de su cuello.«Pues a mí sí me gusta abrazarte».Una vez, con una confianza arrolladora, le había dicho a Jonathan que lo ayudaría a convertirse en el mejor abogado de todo San Ciriaco.Jonathan había respondido que eso no le importaba, que para él, lo más importante era que Isabel fuera feliz.Ella no le había fallado.Pero él sí le había mentido.***Isabel tenía muchas cosas en la oficina.Tantas, que después de un buen rato empacando, todavía no terminaba.Después de todo, desde la fundación del bufete hasta hoy, ella había sido la que trabajaba tras bambalinas, planeando y solucionando problemas para Jonathan.Aunque la firma era de él, también era el fruto de su propio esfuerzo.Los demás empleados la veían empacar sus cosas y se miraban entre ellos, pero nadie se atrevía a acercarse.Era obvio que ya se habían enterado de lo que había pasado en la boda.Pero Jonathan era el jefe, y nadie se atrevería a hablar mal de él a sus espaldas, a menos que quisieran perder su trabajo.Justo cuando Isabel terminó de empacar todo y estaba a punto de llamar a una empresa de mudanzas, su celular sonó.Era la madre de Jonathan.Isabel frunció los labios y contestó.—¿Bueno, señorita Monroy? —pero la voz que escuchó al otro lado era la de la empleada doméstica, y sonaba angustiada.—Es que no puedo localizar al señor Moya. Su mamá se puso mal de repente y la trajimos al hospital, ¿podría venir?—Claro, voy para allá.Cuando Isabel llegó al hospital, encontró a la señora Moya sentada en la cama, comiendo una manzana que la empleada le estaba pelando.Al ver entrar a Isabel, el pálido rostro de Emilia se llenó de preocupación y enojo. Inmediatamente, la reprendió con severidad:—Isabel, ¿qué está pasando entre tú y Jon? El matrimonio es algo muy serio. ¿Cómo pudieron hacer algo así? Cancelar la boda el mismo día... ¡Qué vergüenza si la gente se entera!Isabel tenía la frente perlada de sudor. Al ver que Emilia ya tenía fuerzas para regañarla, supo que no era nada grave. Seguramente la noticia de la boda cancelada le había provocado un disgusto y por eso se había sentido mal.—Señora, por favor, no se enoje.—¿Cómo no me voy a enojar? —Emilia frunció el ceño, su pecho subía y bajaba agitadamente, quizá por haber hablado tan deprisa—. Jon es muy terco, hace lo que se le viene en gana, pero tú, Isabel, ¿por qué no lo detuviste? ¿Por qué dejaste que hiciera una locura así?Isabel respiró profundo y, con paciencia, le explicó:—Mientras estábamos en la ceremonia, Anaís se aventó de un edificio.—¿Qué? —exclamó Emilia, horrorizada—. ¿Y Anaís está bien?—Sí, está bien. Jonathan ya la llevó al hospital.Emilia se llevó una mano al pecho.—¡Ay, qué susto! Menos mal que no le pasó nada.Una vez que entendió lo que había sucedido, Emilia se tranquilizó y le encargó a Isabel que se ocupara de arreglar todo el lío de la cancelación de la boda para no causarle más problemas a Jonathan.Después de tanto ajetreo, su cuerpo debilitado no aguantó más y pronto se quedó dormida.—Señorita Monroy, qué pena haberla hecho venir hasta acá. Yo me encargo de todo, usted vuelva a sus asuntos —dijo la empleada con una expresión de disculpa.Isabel miró a Emilia, que dormía profundamente en la cama.—De ahora en adelante, si pasa algo con la señora, ya no me llame a mí, yo…Capítulo 3—¡Qué ambientazo en esta boda! ¿Pero ya se enteraron? ¡Dicen que la amiguita de la infancia de Jonathan Moya se está queriendo aventar de la azotea del hotel!Al escuchar los murmullos al otro lado de la puerta, Isabel Monroy sintió un nudo de amargura en el estómago.Era la nonagésima novena vez que Anaís Galarza armaba un escándalo con quitarse la vida.Isabel creía que ya se había acostumbrado.Pero hoy era diferente.Hoy era el día de su boda con Jonathan.Con el numerito que estaba montando Anaís, sabía que, una vez más, le tocaría ceder.Llevaba cinco años de novia con Jonathan, y Anaís llevaba cinco años haciendo exactamente lo mismo.Y cada vez, Jonathan corría a consolarla sin pensarlo dos veces.A veces, Isabel sentía que en esa relación, la que sobraba era ella, como si fuera la amante.Pero la última vez que Jonathan la había dejado plantada para irse con Anaís, le prometió que sería la última vez.Y fue por creer en esa «última vez» que hoy estaba vestida de novia.—¡Pues que se muera si tantas ganas tiene! ¿A mí para qué me llamas?Isabel levantó la vista de golpe. La puerta del balcón no estaba bien cerrada y la voz grave y fría de Jonathan se coló en la habitación.—¿Saltar? No se atreve. ¿Cuántas veces ha hecho el mismo drama? ¿Cuándo se ha hecho un solo rasguño de verdad?Al final, lo escuchó dar unas cuantas instrucciones más en voz baja, pero tan bajo que no alcanzó a entender qué decía.Jonathan colgó y, al voltear, su mirada se encontró con la de Isabel.El corazón de Isabel latió con fuerza. Esta vez… esta vez no había salido corriendo a buscar a Anaís.Entonces, ¿no le había mentido?¿De verdad había sido la última vez?—¿Por qué me miras así? La ceremonia está por empezar, ¿estás lista? —preguntó Jonathan, con el rostro inexpresivo de siempre.Aun así, Isabel se sintió inmensamente feliz.Sabía que Jonathan padecía de una incapacidad congénita para sentir empatía; la mayor parte del tiempo, le era imposible conectar con las emociones de los demás.Pero después de tantos años, desde aquel cariño inocente de la adolescencia hasta el amor sincero que sentía ahora, por fin sentía que todo su esfuerzo había valido la pena.Para Jonathan, ella tenía que ser alguien especial.Si no, ¿por qué habría aceptado casarse con ella?Isabel, con una sonrisa que le iluminaba el rostro, lo tomó del brazo. La alegría se le desbordaba en la mirada.—Jonathan, por fin nos vamos a casar…Jonathan seguía sin mostrar emoción alguna.—Sí, lo sé.La puerta de la habitación se abrió.—Es momento de recibir a los novios en el altar —anunció el maestro de ceremonias con voz potente, captando la atención de todos.Con una expresión de pura felicidad, Isabel caminó del brazo de Jonathan hacia el estrado.—Demos un fuerte aplauso para…Antes de que pudiera terminar la frase, el celular de Jonathan empezó a sonar.El maestro de ceremonias se quedó desconcertado por un instante, mientras que abajo, los invitados soltaron una carcajada.La sonrisa de Isabel se congeló en su rostro. Ese tono de llamada era una pesadilla para ella; era el tono exclusivo que le había asignado a Anaís.Jonathan se soltó de su brazo y contestó el teléfono.—Diga. ¿Ahora qué pasó?El maestro de ceremonias, tratando de salvar la situación, intentó reanimar el ambiente. Seguramente, en todos sus años de experiencia, nunca le había tocado algo así.Pero antes de que pudiera decir algo…—Voy para allá.Jonathan soltó la frase y, sin más, se dirigió a grandes zancadas hacia la salida.El silencio se rompió con el murmullo generalizado de los invitados.—¡Jon, no te vayas…! —Isabel, levantando el vestido de novia como pudo, corrió tras él, con el rostro desencajado por la súplica—. ¡Me prometiste que era la última vez!Jonathan frunció el ceño, como si estuviera sopesando fríamente los pros y los contras.Tras unos segundos, le explicó con calma:—Anaís de verdad saltó. Tengo que ir a ver qué pasa, tú entretén a los invitados, voy y vuelvo.—¡Jonathan! —Isabel le sujetó la muñeca con fuerza—. ¡Si te vas, lo nuestro se acaba aquí mismo! ¡Y nunca jamás nos vamos a casar!Jonathan le apartó la mano sin miramientos.—Como quieras, pero luego no te arrepientas.Isabel sintió como si el corazón se le hiciera pedazos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.Al verla llorar, Jonathan sintió una extraña punzada en el pecho, pero supo que, como siempre, ella terminaría cediendo.Como todas las veces anteriores.Ella no era capaz de dejarlo.Sabía cuánto lo quería Isabel. A pesar de ser una niña rica y consentida, no había dudado en romper relaciones con su familia para empezar de cero con él en San Ciriaco.Pasara lo que pasara, ella siempre estaba a su lado, apoyándolo.Su mayor sueño era casarse con él.Además, las veces anteriores que Anaís había montado un escándalo, siempre era Isabel quien terminaba arreglando el desastre.Pero que esta vez lo amenazara con «no casarse», era señal de que realmente la había llevado al límite.Sin embargo, lo de Anaís era una emergencia real.No podía dejar que Isabel hiciera un berrinche sin sentido.Jonathan abrió la boca para decir algo, pero el celular en su bolsillo vibró de nuevo. Contestó la llamada y, sin pensarlo dos veces, salió corriendo.Por un momento, los invitados se quedaron mirándose unos a otros, sin entender nada.Pero ¿qué demonios…?¿Por qué se había ido el novio?Viendo el caos que se estaba formando, Isabel se secó las lágrimas y, armándose de valor, se giró y le quitó el micrófono al atónito maestro de ceremonias.—Una disculpa a todos, pero la boda de hoy se cancela…La noticia cayó como una bomba en el salón.Pero a Isabel ya no le importaba.Sabía que, a partir de hoy, sería la comidilla de todo San Ciriaco.Todo el mundo sabía que Isabel Monroy estaba perdidamente enamorada de Jonathan Moya. Que habiendo tenido a los mejores partidos a sus pies, había elegido a un don nadie y había luchado a su lado desde abajo. Y ahora, justo cuando por fin iba a ver la luz al final del túnel, Jonathan la abandonaba en el altar.Para cuando Isabel salió corriendo del hotel, la entrada principal ya era un caos de gente.A lo lejos, vio que Jonathan ya había bajado a Anaís del colchón de aire de los bomberos. Ella llevaba puesto un vestido de novia y tenía los ojos rojos de tanto llorar.—Jonathan, ¿cómo pudiste dejarme sola? ¿No habíamos prometido que estaríamos juntos para siempre?—Ya deja de hacer drama —dijo Jonathan con el ceño ligeramente fruncido, su rostro tan inexpresivo como siempre.Anaís le tomó la cara entre las manos, mirándolo fijamente a sus ojos oscuros como la noche.—¡Pues no quiero!Al ver ese gesto, la primera reacción de Isabel fue pensar que Jonathan se enojaría.Recordó que una vez, cuando eran más jóvenes, ella también le había tomado la cara para mirarlo, pero él la había apartado con frialdad.«No me gusta que me toquen la cara», le había dicho.Su voz era gélida, su mirada vacía de cualquier emoción.Pero ahora, Jonathan no hizo nada. Se quedó quieto, dejando que Anaís le apretujara el rostro como si quisiera desahogarse, hasta que finalmente consiguió que ella sonriera entre lágrimas.Isabel siempre había pensado que la incapacidad de Jonathan para sentir era una barrera que ponía con todo el mundo, pero en ese instante, viéndolo cargar a Anaís hacia la ambulancia, comprendió la magnitud de su propia ridiculez.Creyó que, con el tiempo, día tras día, año tras año, lograría derretir el glaciar que rodeaba el corazón de Jonathan. Que él terminaría por quererla, que en su mirada fría y hermosa algún día encontraría un destello de cariño y complicidad solo para ella.Pero el resultado…Todo había sido un ridículo.Resulta que Jonathan sí tenía sentimientos. Simplemente no eran para ella.Isabel empezó a reír, y de la risa pasó al llanto.En estos cinco años…¿Qué había sido ella en realidad?«Isabel, qué ingenua, qué patética eres».Estos cinco años no habían sido más que un sueño del que se negaba a despertar.Pero ahora el sueño se había roto.Y era hora de abrir los ojos.Isabel regresó a la habitación, se quitó el vestido de novia y se puso su propia ropa.El escándalo de la boda cancelada seguía en boca de todos, así que cuando Isabel llegó al bufete de abogados, sus colegas, que estaban en plena discusión, se callaron de golpe.A Isabel no le importó. Siempre había tenido la piel gruesa. Desde que en la universidad empezó a perseguir al genio de la facultad de derecho, Jonathan Moya, ya se había convertido en el chiste de toda la escuela.Se había lanzado a la conquista con una valentía ciega, sin medir las consecuencias, y ahora, después de estrellarse de frente contra la realidad, por fin entendía que Jonathan, simplemente, no la quería.Isabel fue a su escritorio, imprimió su carta de renuncia desde la computadora, la firmó y la dejó sobre el escritorio de la oficina de Jonathan.Justo en ese momento, su celular vibró.Era una llamada de Jonathan.—Me enteré de que cancelaste la boda. ¿Por qué no lo hablaste conmigo antes? ¿No te das cuenta de lo que dirán y de cómo afectará al bufete?—¿Y qué querías que hiciera? —replicó Isabel con frialdad—. ¿Que me quedara sentada con los invitados, esperando a que volvieras de jugar al héroe?Jonathan guardó silencio por unos segundos, como si no esperara que Isabel se atreviera a contestarle así.Desde que empezaron a salir, siempre había sido ella la que giraba a su alrededor como un sol caliente, parloteando sin cesar. Parecía tener una energía inagotable, siempre con una sonrisa en la cara.Nunca le había levantado la voz.—Fue mi culpa —dijo Jonathan, siempre tan racional y sereno—. No lo pensé bien.Isabel soltó una risa amarga. Qué ingenua había sido. ¿Cómo pudo pensar que una persona incapaz de sentir emociones podría enamorarse de ella?Isabel miró la carta de renuncia sobre el escritorio.—Jonathan, mi renun…Antes de que pudiera terminar, una voz melosa se escuchó al otro lado de la línea.—Jonathan, me duele la espalda, ven a darme un masaje.—Estoy ocupado, hablamos luego.La llamada se cortó, dejando solo el pitido monótono en el oído de Isabel.Isabel respiró hondo, tratando de reprimir la amargura que le subía por la garganta, y se giró para mirar por el ventanal.Afuera, el sol brillaba y el tráfico fluía sin cesar. La inmensidad de San Ciriaco se extendía ante sus ojos.De repente, recordó que el ahora prestigioso Bufete Moya-Monroy, conocido en toda la ciudad, había empezado siendo solo esa pequeña oficina.La misma que ella había conseguido alquilar tras vender el único departamento que tenía a su nombre para ayudar a Jonathan.Ahora, todo el piso le pertenecía a él.Recordaba que el día que alquilaron esa oficina, el clima era igual de soleado que hoy.«¿Qué te parece si le ponemos Bufete Moya-Monroy? ¿Con nuestros apellidos?».«Como sea —había respondido Jonathan sin expresión—. Ponle como quieras, tú decides».Ella, emocionada, se había lanzado a sus brazos, pero él, sin contemplaciones, la había apartado pellizcándole la mejilla.«No me gusta que me abracen».Aun así, Isabel había sonreído como si nada y se había vuelto a colgar de su cuello.«Pues a mí sí me gusta abrazarte».Una vez, con una confianza arrolladora, le había dicho a Jonathan que lo ayudaría a convertirse en el mejor abogado de todo San Ciriaco.Jonathan había respondido que eso no le importaba, que para él, lo más importante era que Isabel fuera feliz.Ella no le había fallado.Pero él sí le había mentido.***Isabel tenía muchas cosas en la oficina.Tantas, que después de un buen rato empacando, todavía no terminaba.Después de todo, desde la fundación del bufete hasta hoy, ella había sido la que trabajaba tras bambalinas, planeando y solucionando problemas para Jonathan.Aunque la firma era de él, también era el fruto de su propio esfuerzo.Los demás empleados la veían empacar sus cosas y se miraban entre ellos, pero nadie se atrevía a acercarse.Era obvio que ya se habían enterado de lo que había pasado en la boda.Pero Jonathan era el jefe, y nadie se atrevería a hablar mal de él a sus espaldas, a menos que quisieran perder su trabajo.Justo cuando Isabel terminó de empacar todo y estaba a punto de llamar a una empresa de mudanzas, su celular sonó.Era la madre de Jonathan.Isabel frunció los labios y contestó.—¿Bueno, señorita Monroy? —pero la voz que escuchó al otro lado era la de la empleada doméstica, y sonaba angustiada.—Es que no puedo localizar al señor Moya. Su mamá se puso mal de repente y la trajimos al hospital, ¿podría venir?—Claro, voy para allá.Cuando Isabel llegó al hospital, encontró a la señora Moya sentada en la cama, comiendo una manzana que la empleada le estaba pelando.Al ver entrar a Isabel, el pálido rostro de Emilia se llenó de preocupación y enojo. Inmediatamente, la reprendió con severidad:—Isabel, ¿qué está pasando entre tú y Jon? El matrimonio es algo muy serio. ¿Cómo pudieron hacer algo así? Cancelar la boda el mismo día... ¡Qué vergüenza si la gente se entera!Isabel tenía la frente perlada de sudor. Al ver que Emilia ya tenía fuerzas para regañarla, supo que no era nada grave. Seguramente la noticia de la boda cancelada le había provocado un disgusto y por eso se había sentido mal.—Señora, por favor, no se enoje.—¿Cómo no me voy a enojar? —Emilia frunció el ceño, su pecho subía y bajaba agitadamente, quizá por haber hablado tan deprisa—. Jon es muy terco, hace lo que se le viene en gana, pero tú, Isabel, ¿por qué no lo detuviste? ¿Por qué dejaste que hiciera una locura así?Isabel respiró profundo y, con paciencia, le explicó:—Mientras estábamos en la ceremonia, Anaís se aventó de un edificio.—¿Qué? —exclamó Emilia, horrorizada—. ¿Y Anaís está bien?—Sí, está bien. Jonathan ya la llevó al hospital.Emilia se llevó una mano al pecho.—¡Ay, qué susto! Menos mal que no le pasó nada.Una vez que entendió lo que había sucedido, Emilia se tranquilizó y le encargó a Isabel que se ocupara de arreglar todo el lío de la cancelación de la boda para no causarle más problemas a Jonathan.Después de tanto ajetreo, su cuerpo debilitado no aguantó más y pronto se quedó dormida.—Señorita Monroy, qué pena haberla hecho venir hasta acá. Yo me encargo de todo, usted vuelva a sus asuntos —dijo la empleada con una expresión de disculpa.Isabel miró a Emilia, que dormía profundamente en la cama.—De ahora en adelante, si pasa algo con la señora, ya no me llame a mí, yo…

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