La vida de Doris Palma da un giro inesperado cuando un apuesto joven en silla de ruedas aparece en su puerta, afirmando ser su prometido y revelando que ella es la hija perdida de una influyente familia de la capital. Esa misma noche, un delincuente se cuela en su casa con la intención de hacerle daño, desencadenando una serie de eventos que pondrán a prueba su fortaleza. ¿Quieren jugar sucio? Doris está más que lista para enfrentar cualquier desafío. Lo siguiente es aún más sorprendente: en lugar de sus padres biológicos, son sus tíos quienes llegan para llevarla a su nuevo hogar. Pero el recibimiento allí está lejos de ser cálido; su padre, su madre y su hermano la miran con desprecio, como si fuera una extraña. No sabían que Doris tenía varios ases bajo la manga. Con firmeza les lanza una advertencia: "Si hay lugar para una hija adoptiva, no hay lugar para mí como su hija biológica". A lo que su familia responde con dureza: "¿Tú vienes a poner condiciones? O te quedas o te vas". Doris no es de las que se rinde fácilmente. Mirando a sus tíos, quienes le han brindado el amor que su familia biológica le niega, les pregunta: "¿Serán ustedes mis verdaderos papás?" A partir de entonces, Doris comenzó una vida dedicada a enfrentar y vencer a quienes la subestimaron.

Capítulo 1—Doris Palma, tenemos que terminar. Resulta que soy el heredero de la familia Benítez, una de las más ricas de Solara. Una simple curandera de pueblo como tú ya no está a mi altura.Doris recibió la llamada de su novio, Germán Rosales... No, ahora era Germán Benítez. Justo cuando iba a contarle que ella era, en realidad, la hija perdida de la opulenta familia Palma, él salió con eso.¿Que qué, una simple curandera que no estaba a su altura?¡Por favor! Sus medicinas valían una fortuna, ¡y las familias más adineradas pagaban lo que fuera por ellas! ¡Ni siquiera recordaba cuántas veces sus creaciones habían llegado a la casa de subastas más grande de Solara!¿Y él se atrevía a decir que no era suficiente para él?—Con mi nueva posición, es obvio que tendré que casarme con una heredera de mi mismo nivel. Pero como salimos por dos meses, puedo hacerte el favor de no despreciarte. Antes de mi boda, puedes seguir siendo mi novia. E incluso después de casarme, puedo mantenerte como mi amante...Doris no pudo contenerse y explotó:—Imbécil. Si quieres terminar, terminamos. Lárgate y no molestes.Dicho eso, colgó.Frente a ella, el hombre apuesto que esperaba su respuesta enarcó una ceja.—¿Qué pasó? Ahora resulta que eres la heredera de la familia Palma de Solara, ¿y te acaban de terminar?Doris levantó la vista y le dedicó una sonrisa resplandeciente.—Qué curioso, él también dijo que resultó ser el heredero de una familia rica de Solara y que yo no estaba a su altura.Llegada a este punto, lo cuestionó:—Oye, eso de que ustedes son herederos de familias ricas, ¿no será el nuevo truco de alguna red de estafadores?El hombre apuesto se quedó perplejo por un momento y luego sonrió.—Claro que no. Es verdad que eres la auténtica heredera de la familia Palma de Solara.—Ah —dijo Doris. Dejó en el suelo la canasta que traía en la espalda, se sentó en una silla y comenzó a organizar las hierbas que acababa de recolectar—. ¿Y tú quién eres? ¿Por qué vienes a buscarme tú y no mis padres biológicos?El hombre echó un vistazo a la choza de adobe con apenas cuatro paredes y luego observó detenidamente a la mujer sentada con aire despreocupado en el banco.—Si no pasa nada raro, pronto seré tu prometido. Soy Higinio Villar, el hijo mayor de la familia Villar de Solara.Doris casi se cae de la silla. Miró al hombre con incredulidad.—¿Cómo? ¿Prometido?—Así es. Pero como puedes ver, ahora soy un discapacitado. Quedé así apenas el mes pasado. —Sentado en su silla de ruedas, Higinio señaló sus piernas y sonrió con resignación.—Ah, ya veo. ¿Y eso qué tiene que ver con que hayas venido a buscarme hoy? —dijo Doris, y de repente, todo encajó—. No me digas que vienes a decirme que soy la verdadera heredera de la familia Palma, que mis padres biológicos planean llevarme de vuelta con ellos, ¿y que luego quieren que me case contigo?Higinio asintió, con una mirada de admiración.—Acertaste.Los ojos de Doris brillaron.—Por el asunto de mis piernas tullidas, a mí también están a punto de abandonarme —continuó Higinio.Doris entendió de nuevo.—O sea que, originalmente, la que se iba a casar contigo era la falsa heredera de los Palma, pero como quedaste lisiado, ya no quiere casarse.Higinio asintió una vez más.—Sí, no te equivocas en nada.Doris no sabía si reír o llorar.—¿Y por qué no pareces ni un poco triste?—A ti te acaba de dejar tu novio y tampoco pareces triste —respondió Higinio.—Solo era un patán, mejor así —dijo Doris con un gesto de desdén, sin darle importancia.Higinio la miró y la admiración en sus ojos se hizo más intensa.—Vaya que te lo tomas con calma.—Pues claro —resopló Doris—. Sufrir por alguien que no vale la pena es una pérdida de tiempo y energía.La razón por la que había salido con Germán era porque, dos años atrás, ella le había salvado la vida por casualidad. Desde entonces, él la había perseguido sin descanso con la excusa de pagarle el favor con su vida. Viendo su insistencia de dos años y su apariencia de eterno enamorado que no se casaría con nadie más, y como no parecía tener mayores problemas, Doris pensó que tener un hombre a su lado no solo le ayudaría a cuidar su jardín de hierbas, sino que también alejaría a otros pretendientes. Así que, sin más, aceptó.Quién iba a pensar que, de la noche a la mañana, se convertiría en un heredero rico y cambiaría por completo.—A mí me pasa lo mismo —dijo Higinio con una sonrisa—. Solo es una interesada, mejor no casarme con ella.Nunca había tenido sentimientos por Carolina Palma. Su compromiso había sido un simple arreglo de su abuelo por negocios.***Ahora que estaba lisiado, era natural que los padres de Carolina ya no quisieran que se casara con él. Pero la familia Villar era la más poderosa de Solara, un imperio enorme, y los padres de Carolina no querían renunciar a esa alianza comercial. Así que planearon que su hija biológica ocupara el lugar de la adoptiva, Carolina.—Lo que es raro —señaló Doris con agudeza—, es la casualidad. Justo cuando te quedas lisiado, mis padres biológicos me encuentran y planean que yo me case contigo en lugar de su hija adoptiva.Soltó una risa burlona.—Parece que sabían desde hace mucho que yo era su verdadera hija, pero como no les servía para nada, me dejaron abandonada por ahí, sin intención de reconocerme.—Supongo que sí —admitió Higinio, sin intentar consolarla inútilmente.Doris rio con frialdad. Si era así, sus padres biológicos eran de piedra.Pero había algo que no entendía.—Si ya sabes cuáles son las intenciones de la familia Palma, ¿por qué no simplemente cancelas la boda? ¿Por qué sigues adelante y te metes en la boca del lobo?—Mandé a que te investigaran. Eres una curandera muy famosa en el pueblo. Dicen que has curado muchas enfermedades raras y complicadas con métodos especiales. Llevo un mes con las piernas lisiadas, y he traído a los mejores médicos de todo el país sin que ninguno pueda curarme. Por eso decidí venir en persona a ver si casarme contigo es caer en una trampa o un golpe de suerte —confesó Higinio sin reparo alguno sobre el propósito de su visita.A Doris le pareció que aquel hombre era bastante interesante. Se encogió de hombros.—Pues ya me viste. Solo soy una muchacha de rancho que creció en el campo. A mis padres biológicos, que ni conozco, es obvio que no les importo. ¿Aún así quieres casarte con esta heredera real a la que su familia no valora y usa como un peón para una boda de reemplazo?Higinio la miró fijamente.A primera vista, no parecía deslumbrante.Su piel no era tan blanca y tersa como la de las señoritas criadas entre algodones; era más bien trigueña, lo que le daba un aire vibrante y lleno de vida.Si la mirabas con atención, te dabas cuenta de que sus facciones eran en realidad muy finas, sobre todo sus ojos: brillantes, transparentes, con una mirada que reflejaba la tenacidad de la hierba silvestre.En la mirada de Higinio no había ni una pizca de falta de respeto; al contrario, era completamente sincero.—Sí. Después de conocerte, estoy seguro de que quiero casarme contigo. Lo que no sé es si tú estás dispuesta a darme una oportunidad.Doris observó su rostro increíblemente apuesto.Había que admitirlo, era todo un galán, con una belleza tan impactante que sería inolvidable incluso entre una multitud.Facciones definidas, un contorno facial de líneas claras y marcadas.Lo más admirable era que, a pesar de haber sufrido un golpe tan duro como quedar lisiado, sus ojos seguían claros, sin rastro de confusión o resentimiento.Doris volvió a mirar las piernas del hombre.—¿Qué les pasó a tus piernas?—El mes pasado, alguien me las rompió a palos —explicó Higinio—. He visto a muchos médicos famosos y todos dicen que mis piernas están completamente destrozadas, que no volveré a caminar.—Súbete el pantalón, déjame ver —ordenó Doris.—Claro. —Higinio obedeció y se subió la pernera, revelando unas rodillas y pantorrillas cubiertas de cicatrices.La mirada de Doris se ensombreció. Dejó las hierbas a un lado, se levantó y caminó hacia él. Se agachó frente a él y presionó con cuidado sus rodillas.El dolor hizo que Higinio frunciera el ceño, pero no emitió ningún sonido.—Tiene arreglo —concluyó Doris.Al oírla, una chispa de esperanza se encendió en las pupilas de Higinio.Pensando en el cruel desinterés de sus padres biológicos, Doris decidió volver a Solara con la familia Palma, convertirse en la verdadera heredera y enfrentarlos. Se sacudió las manos y volvió a sentarse en su banquito.—Me casaré contigo.Higinio enarcó una ceja.—¿Pones alguna condición?Doris ladeó la cabeza y sonrió con una alegría deslumbrante.—Pero qué dices. ¿Acaso necesito condiciones para casarme contigo? Eres tan guapo que, si logro curar tus piernas, saldré ganando por mucho, ¿no crees?Higinio no esperaba un halago tan directo. Enarcó aún más las cejas y soltó una risita.—Bien, entonces está decidido. Esperaré tu regreso a la casa de los Palma.***Higinio le dejó su número de teléfono a Doris y se fue del pueblo con su asistente.Doris lo vio marcharse y su expresión se tornó seria.Sacó su celular y marcó un número.—Sombra, investiga de inmediato a todos los miembros de la familia Palma de Solara. Quiero toda la información, sobre todo la de la señorita Palma. Mándamela esta noche si es posible.—Sí, jefa.Tras colgar, la mirada de Doris se volvió aún más profunda.El señor Palma le había contado que, veinte años atrás, en lo más crudo del invierno, mientras se dirigía a un pequeño pueblo del sur para disfrutar de su jubilación, escuchó el llanto de un bebé proveniente de un bote de basura.Se bajó del carro y descubrió que era una niña de menos de un mes, con todo el cuerpo enrojecido por el frío.Si no hubiera sido por su llanto fuerte y porque él justo pasaba por ese camino apartado, esa noche, la bebé habría muerto en silencio en la basura.Esa bebé era ella.El señor Palma nunca dejó de buscar a sus padres biológicos, hasta el día de su muerte.Y ella también había fantaseado con que sus padres la habían abandonado temporalmente por alguna razón inconfesable.Pero ahora, parecía que no era así.Sus padres biológicos no la querían, ni querían reconocerla.Si no fuera por la hija adoptiva que habían cuidado con esmero durante veinte años, quizás ella habría sido una huérfana para toda la vida.En ese momento, alguien gritó desde fuera de la casa:—Dorita, ¿quién era el que vino a buscarte en ese carrazo?Era Sergio, el vecino de al lado, que se encargaba de explorar la montaña en busca de hierbas medicinales.Doris guardó el celular, salió y le sonrió al hombre de mediana edad que estaba en la puerta.—Sergio, para qué le miento, ¡era mi prometido!—¿Tu prometido, Dorita? —exclamó Sergio, sorprendido—. ¡Qué buen ojo tienes, qué guapo está! ¿Y por qué no lo invitaste a comer?—Tenía cosas que hacer en la ciudad, hoy no podía.—La próxima vez que venga, tienes que invitarlo a comer. La comida del pueblo es de nuestra propia cosecha, que la pruebe, ¡es mucho más sabrosa que la de fuera!—Claro que sí, Sergio.Sergio se echó el machete y el azadón al hombro y se fue hacia la montaña. Solo entonces Doris volvió a entrar a la casa para seguir organizando las hierbas que había recolectado.***Tras dejar el Pueblo de la Luna, Manuel, el asistente que conducía, miró por el retrovisor a un Higinio de expresión serena y preguntó con cautela:—Señor, ¿de verdad va a casarse con esa curandera de pueblo? Ya vio que es una huérfana a la que ni sus propios padres quieren. Se gana la vida vendiendo hierbas y con sus pocos conocimientos de medicina. Usted acaba de sufrir un accidente terrible y necesita todo el apoyo posible. Casarse con ella no le ayudará en nada a asegurar su posición en la familia Villar.Higinio apartó la vista de los campos de hierbas que pasaban por la ventana. Sus dedos acariciaban suavemente los pétalos de una flor morada que había tomado de la entrada de la casa de Doris.—Manuel, ¿recuerdas que hace seis meses mi abuelo estaba gravemente enfermo y necesitaba una hierba medicinal muy rara para sobrevivir?Manuel no entendía por qué su jefe cambiaba de tema de repente, pero asintió.—Lo recuerdo. Esa hierba se vendía en la casa de subastas más grande de Solara. Usted gastó cien millones de pesos para conseguirla.—¿No te diste cuenta de que esa misma hierba, que vale una fortuna, ella la tenía colgada como si nada en una esquina de su choza de cuatro paredes? —dijo Higinio con un tono lleno de significado.Solo ese manojo de hierbas valdría más de mil millones en una subasta en Solara.—¿Qué? —La revelación de Higinio dejó a Manuel atónito.Desde que entró en la casa, su único pensamiento había sido lo miserable que era el lugar donde vivía la curandera, y no se había fijado en absoluto en esos detalles.Ahora, por fin, entendía.—¿Quiere decir que ella no es tan simple como parece?Higinio acercó la flor morada a su nariz y la olió.—Si es simple o no, aún no lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que sus habilidades como médico no tienen nada de simple.Manuel comprendió.Si era como decía el señor, entonces al menos había una esperanza real para sus piernas.Sin embargo...—Si lo único que quiere es curar sus piernas, podría pagarle una fortuna para que lo trate. No hay necesidad de casarse con ella —Manuel no pudo evitar expresar su duda.Higinio parpadeó, haciendo girar la flor entre sus dedos, y esbozó una leve sonrisa.—Si te dijera que fue amor a primera vista, ¿me creerías?Manuel se quedó helado y volvió a mirar el rostro de su jefe por el retrovisor.Su expresión era tranquila, no parecía estar bromeando, pero tampoco se veía del todo serio.Pero su jefe nunca bromeaba, así que no estaba seguro de cuánta verdad o mentira había en sus palabras. Decidió tomarlo como si fuera en serio.—Le creo.—Si me crees, entonces está bien. Para mí, ella ya es mi prometida. De ahora en adelante, cuando la veas, debes tratarla con el máximo respeto.—Entendido.Higinio, en efecto, no estaba bromeando.En asuntos del corazón, nunca había creído en eso de que el amor nace con el tiempo.Si una persona no te atraía a primera vista, lo que surgía con el tiempo era un afecto basado en el cálculo de ventajas y desventajas, no un amor que hiciera latir el corazón.Por eso, cuando aceptó el matrimonio arreglado por su abuelo con Carolina, lo hizo basándose en un cálculo de conveniencia.Pero ahora, al ver a Doris por primera vez, sintió que el mundo giraba sobre su eje, que todo a su alrededor perdía su color y que, en su campo de visión, solo ella era un destello de vida.No podía explicar por qué, por qué precisamente ella.Quizás fue en el instante en que sus miradas se cruzaron, cuando la constelación brillante en sus ojos lo absorbió como un agujero negro en su vórtice.Higinio tomó un libro que estaba en el carro, colocó la pequeña flor morada entre sus páginas, lo cerró con cuidado y cerró los ojos.***Ocho de la noche.Doris acababa de bajar las hierbas que se secaban en el techo cuando sonó su celular.Dejó la cesta en el suelo, se sacudió el polvo de las manos y contestó.La voz fría de Sombra llegó desde el otro lado de la línea.—Jefa, ya lo tengo. La familia Palma solo tiene una hija, Carolina, nacida del segundo hijo, Julián Palma, y su esposa, Fátima Jiménez. Tiene la misma edad que usted y es la consentida de la casa. Hace dos meses, Julián le arregló un buen matrimonio con Higinio, el hijo mayor de la familia Villar, la más poderosa de Solara. Se dice que Higinio ya había sido elegido por el patriarca, Enrique Villar, como el heredero, pero el mes pasado tuvo un accidente. Le rompieron las piernas, y el asunto de la herencia quedó en el aire.***Capítulo 2—Doris Palma, tenemos que terminar. Resulta que soy el heredero de la familia Benítez, una de las más ricas de Solara. Una simple curandera de pueblo como tú ya no está a mi altura.Doris recibió la llamada de su novio, Germán Rosales... No, ahora era Germán Benítez. Justo cuando iba a contarle que ella era, en realidad, la hija perdida de la opulenta familia Palma, él salió con eso.¿Que qué, una simple curandera que no estaba a su altura?¡Por favor! Sus medicinas valían una fortuna, ¡y las familias más adineradas pagaban lo que fuera por ellas! ¡Ni siquiera recordaba cuántas veces sus creaciones habían llegado a la casa de subastas más grande de Solara!¿Y él se atrevía a decir que no era suficiente para él?—Con mi nueva posición, es obvio que tendré que casarme con una heredera de mi mismo nivel. Pero como salimos por dos meses, puedo hacerte el favor de no despreciarte. Antes de mi boda, puedes seguir siendo mi novia. E incluso después de casarme, puedo mantenerte como mi amante...Doris no pudo contenerse y explotó:—Imbécil. Si quieres terminar, terminamos. Lárgate y no molestes.Dicho eso, colgó.Frente a ella, el hombre apuesto que esperaba su respuesta enarcó una ceja.—¿Qué pasó? Ahora resulta que eres la heredera de la familia Palma de Solara, ¿y te acaban de terminar?Doris levantó la vista y le dedicó una sonrisa resplandeciente.—Qué curioso, él también dijo que resultó ser el heredero de una familia rica de Solara y que yo no estaba a su altura.Llegada a este punto, lo cuestionó:—Oye, eso de que ustedes son herederos de familias ricas, ¿no será el nuevo truco de alguna red de estafadores?El hombre apuesto se quedó perplejo por un momento y luego sonrió.—Claro que no. Es verdad que eres la auténtica heredera de la familia Palma de Solara.—Ah —dijo Doris. Dejó en el suelo la canasta que traía en la espalda, se sentó en una silla y comenzó a organizar las hierbas que acababa de recolectar—. ¿Y tú quién eres? ¿Por qué vienes a buscarme tú y no mis padres biológicos?El hombre echó un vistazo a la choza de adobe con apenas cuatro paredes y luego observó detenidamente a la mujer sentada con aire despreocupado en el banco.—Si no pasa nada raro, pronto seré tu prometido. Soy Higinio Villar, el hijo mayor de la familia Villar de Solara.Doris casi se cae de la silla. Miró al hombre con incredulidad.—¿Cómo? ¿Prometido?—Así es. Pero como puedes ver, ahora soy un discapacitado. Quedé así apenas el mes pasado. —Sentado en su silla de ruedas, Higinio señaló sus piernas y sonrió con resignación.—Ah, ya veo. ¿Y eso qué tiene que ver con que hayas venido a buscarme hoy? —dijo Doris, y de repente, todo encajó—. No me digas que vienes a decirme que soy la verdadera heredera de la familia Palma, que mis padres biológicos planean llevarme de vuelta con ellos, ¿y que luego quieren que me case contigo?Higinio asintió, con una mirada de admiración.—Acertaste.Los ojos de Doris brillaron.—Por el asunto de mis piernas tullidas, a mí también están a punto de abandonarme —continuó Higinio.Doris entendió de nuevo.—O sea que, originalmente, la que se iba a casar contigo era la falsa heredera de los Palma, pero como quedaste lisiado, ya no quiere casarse.Higinio asintió una vez más.—Sí, no te equivocas en nada.Doris no sabía si reír o llorar.—¿Y por qué no pareces ni un poco triste?—A ti te acaba de dejar tu novio y tampoco pareces triste —respondió Higinio.—Solo era un patán, mejor así —dijo Doris con un gesto de desdén, sin darle importancia.Higinio la miró y la admiración en sus ojos se hizo más intensa.—Vaya que te lo tomas con calma.—Pues claro —resopló Doris—. Sufrir por alguien que no vale la pena es una pérdida de tiempo y energía.La razón por la que había salido con Germán era porque, dos años atrás, ella le había salvado la vida por casualidad. Desde entonces, él la había perseguido sin descanso con la excusa de pagarle el favor con su vida. Viendo su insistencia de dos años y su apariencia de eterno enamorado que no se casaría con nadie más, y como no parecía tener mayores problemas, Doris pensó que tener un hombre a su lado no solo le ayudaría a cuidar su jardín de hierbas, sino que también alejaría a otros pretendientes. Así que, sin más, aceptó.Quién iba a pensar que, de la noche a la mañana, se convertiría en un heredero rico y cambiaría por completo.—A mí me pasa lo mismo —dijo Higinio con una sonrisa—. Solo es una interesada, mejor no casarme con ella.Nunca había tenido sentimientos por Carolina Palma. Su compromiso había sido un simple arreglo de su abuelo por negocios.***Ahora que estaba lisiado, era natural que los padres de Carolina ya no quisieran que se casara con él. Pero la familia Villar era la más poderosa de Solara, un imperio enorme, y los padres de Carolina no querían renunciar a esa alianza comercial. Así que planearon que su hija biológica ocupara el lugar de la adoptiva, Carolina.—Lo que es raro —señaló Doris con agudeza—, es la casualidad. Justo cuando te quedas lisiado, mis padres biológicos me encuentran y planean que yo me case contigo en lugar de su hija adoptiva.Soltó una risa burlona.—Parece que sabían desde hace mucho que yo era su verdadera hija, pero como no les servía para nada, me dejaron abandonada por ahí, sin intención de reconocerme.—Supongo que sí —admitió Higinio, sin intentar consolarla inútilmente.Doris rio con frialdad. Si era así, sus padres biológicos eran de piedra.Pero había algo que no entendía.—Si ya sabes cuáles son las intenciones de la familia Palma, ¿por qué no simplemente cancelas la boda? ¿Por qué sigues adelante y te metes en la boca del lobo?—Mandé a que te investigaran. Eres una curandera muy famosa en el pueblo. Dicen que has curado muchas enfermedades raras y complicadas con métodos especiales. Llevo un mes con las piernas lisiadas, y he traído a los mejores médicos de todo el país sin que ninguno pueda curarme. Por eso decidí venir en persona a ver si casarme contigo es caer en una trampa o un golpe de suerte —confesó Higinio sin reparo alguno sobre el propósito de su visita.A Doris le pareció que aquel hombre era bastante interesante. Se encogió de hombros.—Pues ya me viste. Solo soy una muchacha de rancho que creció en el campo. A mis padres biológicos, que ni conozco, es obvio que no les importo. ¿Aún así quieres casarte con esta heredera real a la que su familia no valora y usa como un peón para una boda de reemplazo?Higinio la miró fijamente.A primera vista, no parecía deslumbrante.Su piel no era tan blanca y tersa como la de las señoritas criadas entre algodones; era más bien trigueña, lo que le daba un aire vibrante y lleno de vida.Si la mirabas con atención, te dabas cuenta de que sus facciones eran en realidad muy finas, sobre todo sus ojos: brillantes, transparentes, con una mirada que reflejaba la tenacidad de la hierba silvestre.En la mirada de Higinio no había ni una pizca de falta de respeto; al contrario, era completamente sincero.—Sí. Después de conocerte, estoy seguro de que quiero casarme contigo. Lo que no sé es si tú estás dispuesta a darme una oportunidad.Doris observó su rostro increíblemente apuesto.Había que admitirlo, era todo un galán, con una belleza tan impactante que sería inolvidable incluso entre una multitud.Facciones definidas, un contorno facial de líneas claras y marcadas.Lo más admirable era que, a pesar de haber sufrido un golpe tan duro como quedar lisiado, sus ojos seguían claros, sin rastro de confusión o resentimiento.Doris volvió a mirar las piernas del hombre.—¿Qué les pasó a tus piernas?—El mes pasado, alguien me las rompió a palos —explicó Higinio—. He visto a muchos médicos famosos y todos dicen que mis piernas están completamente destrozadas, que no volveré a caminar.—Súbete el pantalón, déjame ver —ordenó Doris.—Claro. —Higinio obedeció y se subió la pernera, revelando unas rodillas y pantorrillas cubiertas de cicatrices.La mirada de Doris se ensombreció. Dejó las hierbas a un lado, se levantó y caminó hacia él. Se agachó frente a él y presionó con cuidado sus rodillas.El dolor hizo que Higinio frunciera el ceño, pero no emitió ningún sonido.—Tiene arreglo —concluyó Doris.Al oírla, una chispa de esperanza se encendió en las pupilas de Higinio.Pensando en el cruel desinterés de sus padres biológicos, Doris decidió volver a Solara con la familia Palma, convertirse en la verdadera heredera y enfrentarlos. Se sacudió las manos y volvió a sentarse en su banquito.—Me casaré contigo.Higinio enarcó una ceja.—¿Pones alguna condición?Doris ladeó la cabeza y sonrió con una alegría deslumbrante.—Pero qué dices. ¿Acaso necesito condiciones para casarme contigo? Eres tan guapo que, si logro curar tus piernas, saldré ganando por mucho, ¿no crees?Higinio no esperaba un halago tan directo. Enarcó aún más las cejas y soltó una risita.—Bien, entonces está decidido. Esperaré tu regreso a la casa de los Palma.***Higinio le dejó su número de teléfono a Doris y se fue del pueblo con su asistente.Doris lo vio marcharse y su expresión se tornó seria.Sacó su celular y marcó un número.—Sombra, investiga de inmediato a todos los miembros de la familia Palma de Solara. Quiero toda la información, sobre todo la de la señorita Palma. Mándamela esta noche si es posible.—Sí, jefa.Tras colgar, la mirada de Doris se volvió aún más profunda.El señor Palma le había contado que, veinte años atrás, en lo más crudo del invierno, mientras se dirigía a un pequeño pueblo del sur para disfrutar de su jubilación, escuchó el llanto de un bebé proveniente de un bote de basura.Se bajó del carro y descubrió que era una niña de menos de un mes, con todo el cuerpo enrojecido por el frío.Si no hubiera sido por su llanto fuerte y porque él justo pasaba por ese camino apartado, esa noche, la bebé habría muerto en silencio en la basura.Esa bebé era ella.El señor Palma nunca dejó de buscar a sus padres biológicos, hasta el día de su muerte.Y ella también había fantaseado con que sus padres la habían abandonado temporalmente por alguna razón inconfesable.Pero ahora, parecía que no era así.Sus padres biológicos no la querían, ni querían reconocerla.Si no fuera por la hija adoptiva que habían cuidado con esmero durante veinte años, quizás ella habría sido una huérfana para toda la vida.En ese momento, alguien gritó desde fuera de la casa:—Dorita, ¿quién era el que vino a buscarte en ese carrazo?Era Sergio, el vecino de al lado, que se encargaba de explorar la montaña en busca de hierbas medicinales.Doris guardó el celular, salió y le sonrió al hombre de mediana edad que estaba en la puerta.—Sergio, para qué le miento, ¡era mi prometido!—¿Tu prometido, Dorita? —exclamó Sergio, sorprendido—. ¡Qué buen ojo tienes, qué guapo está! ¿Y por qué no lo invitaste a comer?—Tenía cosas que hacer en la ciudad, hoy no podía.—La próxima vez que venga, tienes que invitarlo a comer. La comida del pueblo es de nuestra propia cosecha, que la pruebe, ¡es mucho más sabrosa que la de fuera!—Claro que sí, Sergio.Sergio se echó el machete y el azadón al hombro y se fue hacia la montaña. Solo entonces Doris volvió a entrar a la casa para seguir organizando las hierbas que había recolectado.***Tras dejar el Pueblo de la Luna, Manuel, el asistente que conducía, miró por el retrovisor a un Higinio de expresión serena y preguntó con cautela:—Señor, ¿de verdad va a casarse con esa curandera de pueblo? Ya vio que es una huérfana a la que ni sus propios padres quieren. Se gana la vida vendiendo hierbas y con sus pocos conocimientos de medicina. Usted acaba de sufrir un accidente terrible y necesita todo el apoyo posible. Casarse con ella no le ayudará en nada a asegurar su posición en la familia Villar.Higinio apartó la vista de los campos de hierbas que pasaban por la ventana. Sus dedos acariciaban suavemente los pétalos de una flor morada que había tomado de la entrada de la casa de Doris.—Manuel, ¿recuerdas que hace seis meses mi abuelo estaba gravemente enfermo y necesitaba una hierba medicinal muy rara para sobrevivir?Manuel no entendía por qué su jefe cambiaba de tema de repente, pero asintió.—Lo recuerdo. Esa hierba se vendía en la casa de subastas más grande de Solara. Usted gastó cien millones de pesos para conseguirla.—¿No te diste cuenta de que esa misma hierba, que vale una fortuna, ella la tenía colgada como si nada en una esquina de su choza de cuatro paredes? —dijo Higinio con un tono lleno de significado.Solo ese manojo de hierbas valdría más de mil millones en una subasta en Solara.—¿Qué? —La revelación de Higinio dejó a Manuel atónito.Desde que entró en la casa, su único pensamiento había sido lo miserable que era el lugar donde vivía la curandera, y no se había fijado en absoluto en esos detalles.Ahora, por fin, entendía.—¿Quiere decir que ella no es tan simple como parece?Higinio acercó la flor morada a su nariz y la olió.—Si es simple o no, aún no lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que sus habilidades como médico no tienen nada de simple.Manuel comprendió.Si era como decía el señor, entonces al menos había una esperanza real para sus piernas.Sin embargo...—Si lo único que quiere es curar sus piernas, podría pagarle una fortuna para que lo trate. No hay necesidad de casarse con ella —Manuel no pudo evitar expresar su duda.Higinio parpadeó, haciendo girar la flor entre sus dedos, y esbozó una leve sonrisa.—Si te dijera que fue amor a primera vista, ¿me creerías?Manuel se quedó helado y volvió a mirar el rostro de su jefe por el retrovisor.Su expresión era tranquila, no parecía estar bromeando, pero tampoco se veía del todo serio.Pero su jefe nunca bromeaba, así que no estaba seguro de cuánta verdad o mentira había en sus palabras. Decidió tomarlo como si fuera en serio.—Le creo.—Si me crees, entonces está bien. Para mí, ella ya es mi prometida. De ahora en adelante, cuando la veas, debes tratarla con el máximo respeto.—Entendido.Higinio, en efecto, no estaba bromeando.En asuntos del corazón, nunca había creído en eso de que el amor nace con el tiempo.Si una persona no te atraía a primera vista, lo que surgía con el tiempo era un afecto basado en el cálculo de ventajas y desventajas, no un amor que hiciera latir el corazón.Por eso, cuando aceptó el matrimonio arreglado por su abuelo con Carolina, lo hizo basándose en un cálculo de conveniencia.Pero ahora, al ver a Doris por primera vez, sintió que el mundo giraba sobre su eje, que todo a su alrededor perdía su color y que, en su campo de visión, solo ella era un destello de vida.No podía explicar por qué, por qué precisamente ella.Quizás fue en el instante en que sus miradas se cruzaron, cuando la constelación brillante en sus ojos lo absorbió como un agujero negro en su vórtice.Higinio tomó un libro que estaba en el carro, colocó la pequeña flor morada entre sus páginas, lo cerró con cuidado y cerró los ojos.***Ocho de la noche.Doris acababa de bajar las hierbas que se secaban en el techo cuando sonó su celular.Dejó la cesta en el suelo, se sacudió el polvo de las manos y contestó.La voz fría de Sombra llegó desde el otro lado de la línea.—Jefa, ya lo tengo. La familia Palma solo tiene una hija, Carolina, nacida del segundo hijo, Julián Palma, y su esposa, Fátima Jiménez. Tiene la misma edad que usted y es la consentida de la casa. Hace dos meses, Julián le arregló un buen matrimonio con Higinio, el hijo mayor de la familia Villar, la más poderosa de Solara. Se dice que Higinio ya había sido elegido por el patriarca, Enrique Villar, como el heredero, pero el mes pasado tuvo un accidente. Le rompieron las piernas, y el asunto de la herencia quedó en el aire.***Capítulo 3—Doris Palma, tenemos que terminar. Resulta que soy el heredero de la familia Benítez, una de las más ricas de Solara. Una simple curandera de pueblo como tú ya no está a mi altura.Doris recibió la llamada de su novio, Germán Rosales... No, ahora era Germán Benítez. Justo cuando iba a contarle que ella era, en realidad, la hija perdida de la opulenta familia Palma, él salió con eso.¿Que qué, una simple curandera que no estaba a su altura?¡Por favor! Sus medicinas valían una fortuna, ¡y las familias más adineradas pagaban lo que fuera por ellas! ¡Ni siquiera recordaba cuántas veces sus creaciones habían llegado a la casa de subastas más grande de Solara!¿Y él se atrevía a decir que no era suficiente para él?—Con mi nueva posición, es obvio que tendré que casarme con una heredera de mi mismo nivel. Pero como salimos por dos meses, puedo hacerte el favor de no despreciarte. Antes de mi boda, puedes seguir siendo mi novia. E incluso después de casarme, puedo mantenerte como mi amante...Doris no pudo contenerse y explotó:—Imbécil. Si quieres terminar, terminamos. Lárgate y no molestes.Dicho eso, colgó.Frente a ella, el hombre apuesto que esperaba su respuesta enarcó una ceja.—¿Qué pasó? Ahora resulta que eres la heredera de la familia Palma de Solara, ¿y te acaban de terminar?Doris levantó la vista y le dedicó una sonrisa resplandeciente.—Qué curioso, él también dijo que resultó ser el heredero de una familia rica de Solara y que yo no estaba a su altura.Llegada a este punto, lo cuestionó:—Oye, eso de que ustedes son herederos de familias ricas, ¿no será el nuevo truco de alguna red de estafadores?El hombre apuesto se quedó perplejo por un momento y luego sonrió.—Claro que no. Es verdad que eres la auténtica heredera de la familia Palma de Solara.—Ah —dijo Doris. Dejó en el suelo la canasta que traía en la espalda, se sentó en una silla y comenzó a organizar las hierbas que acababa de recolectar—. ¿Y tú quién eres? ¿Por qué vienes a buscarme tú y no mis padres biológicos?El hombre echó un vistazo a la choza de adobe con apenas cuatro paredes y luego observó detenidamente a la mujer sentada con aire despreocupado en el banco.—Si no pasa nada raro, pronto seré tu prometido. Soy Higinio Villar, el hijo mayor de la familia Villar de Solara.Doris casi se cae de la silla. Miró al hombre con incredulidad.—¿Cómo? ¿Prometido?—Así es. Pero como puedes ver, ahora soy un discapacitado. Quedé así apenas el mes pasado. —Sentado en su silla de ruedas, Higinio señaló sus piernas y sonrió con resignación.—Ah, ya veo. ¿Y eso qué tiene que ver con que hayas venido a buscarme hoy? —dijo Doris, y de repente, todo encajó—. No me digas que vienes a decirme que soy la verdadera heredera de la familia Palma, que mis padres biológicos planean llevarme de vuelta con ellos, ¿y que luego quieren que me case contigo?Higinio asintió, con una mirada de admiración.—Acertaste.Los ojos de Doris brillaron.—Por el asunto de mis piernas tullidas, a mí también están a punto de abandonarme —continuó Higinio.Doris entendió de nuevo.—O sea que, originalmente, la que se iba a casar contigo era la falsa heredera de los Palma, pero como quedaste lisiado, ya no quiere casarse.Higinio asintió una vez más.—Sí, no te equivocas en nada.Doris no sabía si reír o llorar.—¿Y por qué no pareces ni un poco triste?—A ti te acaba de dejar tu novio y tampoco pareces triste —respondió Higinio.—Solo era un patán, mejor así —dijo Doris con un gesto de desdén, sin darle importancia.Higinio la miró y la admiración en sus ojos se hizo más intensa.—Vaya que te lo tomas con calma.—Pues claro —resopló Doris—. Sufrir por alguien que no vale la pena es una pérdida de tiempo y energía.La razón por la que había salido con Germán era porque, dos años atrás, ella le había salvado la vida por casualidad. Desde entonces, él la había perseguido sin descanso con la excusa de pagarle el favor con su vida. Viendo su insistencia de dos años y su apariencia de eterno enamorado que no se casaría con nadie más, y como no parecía tener mayores problemas, Doris pensó que tener un hombre a su lado no solo le ayudaría a cuidar su jardín de hierbas, sino que también alejaría a otros pretendientes. Así que, sin más, aceptó.Quién iba a pensar que, de la noche a la mañana, se convertiría en un heredero rico y cambiaría por completo.—A mí me pasa lo mismo —dijo Higinio con una sonrisa—. Solo es una interesada, mejor no casarme con ella.Nunca había tenido sentimientos por Carolina Palma. Su compromiso había sido un simple arreglo de su abuelo por negocios.***Ahora que estaba lisiado, era natural que los padres de Carolina ya no quisieran que se casara con él. Pero la familia Villar era la más poderosa de Solara, un imperio enorme, y los padres de Carolina no querían renunciar a esa alianza comercial. Así que planearon que su hija biológica ocupara el lugar de la adoptiva, Carolina.—Lo que es raro —señaló Doris con agudeza—, es la casualidad. Justo cuando te quedas lisiado, mis padres biológicos me encuentran y planean que yo me case contigo en lugar de su hija adoptiva.Soltó una risa burlona.—Parece que sabían desde hace mucho que yo era su verdadera hija, pero como no les servía para nada, me dejaron abandonada por ahí, sin intención de reconocerme.—Supongo que sí —admitió Higinio, sin intentar consolarla inútilmente.Doris rio con frialdad. Si era así, sus padres biológicos eran de piedra.Pero había algo que no entendía.—Si ya sabes cuáles son las intenciones de la familia Palma, ¿por qué no simplemente cancelas la boda? ¿Por qué sigues adelante y te metes en la boca del lobo?—Mandé a que te investigaran. Eres una curandera muy famosa en el pueblo. Dicen que has curado muchas enfermedades raras y complicadas con métodos especiales. Llevo un mes con las piernas lisiadas, y he traído a los mejores médicos de todo el país sin que ninguno pueda curarme. Por eso decidí venir en persona a ver si casarme contigo es caer en una trampa o un golpe de suerte —confesó Higinio sin reparo alguno sobre el propósito de su visita.A Doris le pareció que aquel hombre era bastante interesante. Se encogió de hombros.—Pues ya me viste. Solo soy una muchacha de rancho que creció en el campo. A mis padres biológicos, que ni conozco, es obvio que no les importo. ¿Aún así quieres casarte con esta heredera real a la que su familia no valora y usa como un peón para una boda de reemplazo?Higinio la miró fijamente.A primera vista, no parecía deslumbrante.Su piel no era tan blanca y tersa como la de las señoritas criadas entre algodones; era más bien trigueña, lo que le daba un aire vibrante y lleno de vida.Si la mirabas con atención, te dabas cuenta de que sus facciones eran en realidad muy finas, sobre todo sus ojos: brillantes, transparentes, con una mirada que reflejaba la tenacidad de la hierba silvestre.En la mirada de Higinio no había ni una pizca de falta de respeto; al contrario, era completamente sincero.—Sí. Después de conocerte, estoy seguro de que quiero casarme contigo. Lo que no sé es si tú estás dispuesta a darme una oportunidad.Doris observó su rostro increíblemente apuesto.Había que admitirlo, era todo un galán, con una belleza tan impactante que sería inolvidable incluso entre una multitud.Facciones definidas, un contorno facial de líneas claras y marcadas.Lo más admirable era que, a pesar de haber sufrido un golpe tan duro como quedar lisiado, sus ojos seguían claros, sin rastro de confusión o resentimiento.Doris volvió a mirar las piernas del hombre.—¿Qué les pasó a tus piernas?—El mes pasado, alguien me las rompió a palos —explicó Higinio—. He visto a muchos médicos famosos y todos dicen que mis piernas están completamente destrozadas, que no volveré a caminar.—Súbete el pantalón, déjame ver —ordenó Doris.—Claro. —Higinio obedeció y se subió la pernera, revelando unas rodillas y pantorrillas cubiertas de cicatrices.La mirada de Doris se ensombreció. Dejó las hierbas a un lado, se levantó y caminó hacia él. Se agachó frente a él y presionó con cuidado sus rodillas.El dolor hizo que Higinio frunciera el ceño, pero no emitió ningún sonido.—Tiene arreglo —concluyó Doris.Al oírla, una chispa de esperanza se encendió en las pupilas de Higinio.Pensando en el cruel desinterés de sus padres biológicos, Doris decidió volver a Solara con la familia Palma, convertirse en la verdadera heredera y enfrentarlos. Se sacudió las manos y volvió a sentarse en su banquito.—Me casaré contigo.Higinio enarcó una ceja.—¿Pones alguna condición?Doris ladeó la cabeza y sonrió con una alegría deslumbrante.—Pero qué dices. ¿Acaso necesito condiciones para casarme contigo? Eres tan guapo que, si logro curar tus piernas, saldré ganando por mucho, ¿no crees?Higinio no esperaba un halago tan directo. Enarcó aún más las cejas y soltó una risita.—Bien, entonces está decidido. Esperaré tu regreso a la casa de los Palma.***Higinio le dejó su número de teléfono a Doris y se fue del pueblo con su asistente.Doris lo vio marcharse y su expresión se tornó seria.Sacó su celular y marcó un número.—Sombra, investiga de inmediato a todos los miembros de la familia Palma de Solara. Quiero toda la información, sobre todo la de la señorita Palma. Mándamela esta noche si es posible.—Sí, jefa.Tras colgar, la mirada de Doris se volvió aún más profunda.El señor Palma le había contado que, veinte años atrás, en lo más crudo del invierno, mientras se dirigía a un pequeño pueblo del sur para disfrutar de su jubilación, escuchó el llanto de un bebé proveniente de un bote de basura.Se bajó del carro y descubrió que era una niña de menos de un mes, con todo el cuerpo enrojecido por el frío.Si no hubiera sido por su llanto fuerte y porque él justo pasaba por ese camino apartado, esa noche, la bebé habría muerto en silencio en la basura.Esa bebé era ella.El señor Palma nunca dejó de buscar a sus padres biológicos, hasta el día de su muerte.Y ella también había fantaseado con que sus padres la habían abandonado temporalmente por alguna razón inconfesable.Pero ahora, parecía que no era así.Sus padres biológicos no la querían, ni querían reconocerla.Si no fuera por la hija adoptiva que habían cuidado con esmero durante veinte años, quizás ella habría sido una huérfana para toda la vida.En ese momento, alguien gritó desde fuera de la casa:—Dorita, ¿quién era el que vino a buscarte en ese carrazo?Era Sergio, el vecino de al lado, que se encargaba de explorar la montaña en busca de hierbas medicinales.Doris guardó el celular, salió y le sonrió al hombre de mediana edad que estaba en la puerta.—Sergio, para qué le miento, ¡era mi prometido!—¿Tu prometido, Dorita? —exclamó Sergio, sorprendido—. ¡Qué buen ojo tienes, qué guapo está! ¿Y por qué no lo invitaste a comer?—Tenía cosas que hacer en la ciudad, hoy no podía.—La próxima vez que venga, tienes que invitarlo a comer. La comida del pueblo es de nuestra propia cosecha, que la pruebe, ¡es mucho más sabrosa que la de fuera!—Claro que sí, Sergio.Sergio se echó el machete y el azadón al hombro y se fue hacia la montaña. Solo entonces Doris volvió a entrar a la casa para seguir organizando las hierbas que había recolectado.***Tras dejar el Pueblo de la Luna, Manuel, el asistente que conducía, miró por el retrovisor a un Higinio de expresión serena y preguntó con cautela:—Señor, ¿de verdad va a casarse con esa curandera de pueblo? Ya vio que es una huérfana a la que ni sus propios padres quieren. Se gana la vida vendiendo hierbas y con sus pocos conocimientos de medicina. Usted acaba de sufrir un accidente terrible y necesita todo el apoyo posible. Casarse con ella no le ayudará en nada a asegurar su posición en la familia Villar.Higinio apartó la vista de los campos de hierbas que pasaban por la ventana. Sus dedos acariciaban suavemente los pétalos de una flor morada que había tomado de la entrada de la casa de Doris.—Manuel, ¿recuerdas que hace seis meses mi abuelo estaba gravemente enfermo y necesitaba una hierba medicinal muy rara para sobrevivir?Manuel no entendía por qué su jefe cambiaba de tema de repente, pero asintió.—Lo recuerdo. Esa hierba se vendía en la casa de subastas más grande de Solara. Usted gastó cien millones de pesos para conseguirla.—¿No te diste cuenta de que esa misma hierba, que vale una fortuna, ella la tenía colgada como si nada en una esquina de su choza de cuatro paredes? —dijo Higinio con un tono lleno de significado.Solo ese manojo de hierbas valdría más de mil millones en una subasta en Solara.—¿Qué? —La revelación de Higinio dejó a Manuel atónito.Desde que entró en la casa, su único pensamiento había sido lo miserable que era el lugar donde vivía la curandera, y no se había fijado en absoluto en esos detalles.Ahora, por fin, entendía.—¿Quiere decir que ella no es tan simple como parece?Higinio acercó la flor morada a su nariz y la olió.—Si es simple o no, aún no lo sé. Pero de lo que estoy seguro es de que sus habilidades como médico no tienen nada de simple.Manuel comprendió.Si era como decía el señor, entonces al menos había una esperanza real para sus piernas.Sin embargo...—Si lo único que quiere es curar sus piernas, podría pagarle una fortuna para que lo trate. No hay necesidad de casarse con ella —Manuel no pudo evitar expresar su duda.Higinio parpadeó, haciendo girar la flor entre sus dedos, y esbozó una leve sonrisa.—Si te dijera que fue amor a primera vista, ¿me creerías?Manuel se quedó helado y volvió a mirar el rostro de su jefe por el retrovisor.Su expresión era tranquila, no parecía estar bromeando, pero tampoco se veía del todo serio.Pero su jefe nunca bromeaba, así que no estaba seguro de cuánta verdad o mentira había en sus palabras. Decidió tomarlo como si fuera en serio.—Le creo.—Si me crees, entonces está bien. Para mí, ella ya es mi prometida. De ahora en adelante, cuando la veas, debes tratarla con el máximo respeto.—Entendido.Higinio, en efecto, no estaba bromeando.En asuntos del corazón, nunca había creído en eso de que el amor nace con el tiempo.Si una persona no te atraía a primera vista, lo que surgía con el tiempo era un afecto basado en el cálculo de ventajas y desventajas, no un amor que hiciera latir el corazón.Por eso, cuando aceptó el matrimonio arreglado por su abuelo con Carolina, lo hizo basándose en un cálculo de conveniencia.Pero ahora, al ver a Doris por primera vez, sintió que el mundo giraba sobre su eje, que todo a su alrededor perdía su color y que, en su campo de visión, solo ella era un destello de vida.No podía explicar por qué, por qué precisamente ella.Quizás fue en el instante en que sus miradas se cruzaron, cuando la constelación brillante en sus ojos lo absorbió como un agujero negro en su vórtice.Higinio tomó un libro que estaba en el carro, colocó la pequeña flor morada entre sus páginas, lo cerró con cuidado y cerró los ojos.***Ocho de la noche.Doris acababa de bajar las hierbas que se secaban en el techo cuando sonó su celular.Dejó la cesta en el suelo, se sacudió el polvo de las manos y contestó.La voz fría de Sombra llegó desde el otro lado de la línea.—Jefa, ya lo tengo. La familia Palma solo tiene una hija, Carolina, nacida del segundo hijo, Julián Palma, y su esposa, Fátima Jiménez. Tiene la misma edad que usted y es la consentida de la casa. Hace dos meses, Julián le arregló un buen matrimonio con Higinio, el hijo mayor de la familia Villar, la más poderosa de Solara. Se dice que Higinio ya había sido elegido por el patriarca, Enrique Villar, como el heredero, pero el mes pasado tuvo un accidente. Le rompieron las piernas, y el asunto de la herencia quedó en el aire.***

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