Norma Romero lo tenía todo para brillar: educación de élite, un futuro en el diseño de joyas que hacía temblar a la industria y un matrimonio que debía sellar la alianza entre dos clanes poderosos. Hasta que un solo golpe la derriba del pedestal: no es hija biológica de los Romero. Convertida de la noche a la mañana en “falsa heredera”, pasa de joya de vitrina a nuera incómoda en la familia Lobos. Dispuesta a salvar su matrimonio con Isaac, el flamante presidente del Grupo Lobos, Norma se somete a una FIV. Pero lo que descubre a espaldas de todos quiebra cualquier ilusión: su esposo y su primer amor, Blanca, planean que ella geste al hijo de ambos. Cuando la traición parece total, el destino juega su carta: hubo un error en el banco de semen, y el padre biológico del bebé que lleva Norma no es Isaac, sino un magnate cuyo nombre domina Santa Catalina del Mar… y que no tardará en cruzarse con ella en la noche más inesperada. Entre intrigas de suegra y cuñada, humillaciones públicas y un mundo que la da por muerta, Norma deja de ser la esposa de papel. Vuelve a empuñar su talento oculto —el de la enigmática diseñadora Nory y el del genio de la pintura que firmaba solo con una letra— y, con jade, tinta y estrategia, abre una guerra silenciosa contra los que la usaron. La única mano tendida en medio del incendio lleva un apellido que todos temen; una protección que llega con condiciones… y con secretos compartidos. Con gemelos en el vientre, un imperio bursátil tambaleando y la opinión pública convertida en arma, Norma aprenderá a poner precio a la venganza, a blindar su corazón y a elegir su propio destino. ¿Será suficiente su fuego para derribar a los Lobos? ¿Qué hará cuando la verdad sobre la sangre de sus hijos amenace con salir a la luz? En la ciudad donde todo se compra, una mujer convierte su libertad en la joya más cara.

Capítulo 1—Señora, por lo que vemos, esta vez la fertilización in vitro parece haber sido un éxito. Por el momento, usted y el feto están sanos.Norma Romero estaba sentada en el consultorio del especialista en reproducción. Sostenía el ultrasonido recién impreso y, al fin, en su rostro tenso se asomó una leve sonrisa.—Qué bien. No en vano me sometí a dos ciclos de fecundación in vitro.Recordó que la primera fecundación había fallado. Para no decepcionar a su esposo, Isaac Lobos, no le dijo nada: vino de inmediato al hospital y se hizo la segunda transferencia, a escondidas. Por suerte, esta vez por fin lo logró.Norma estaba por ponerse de pie para irse cuando se acordó de algo.—A propósito, doctor Rojas, le pido que no le cuente a mi esposo que la primera in vitro falló. No quiero que se ponga triste por algo que ya pasó.A Norma, cuando le diagnosticaron obstrucción bilateral de trompas, el mundo se le vino abajo. Fue Isaac quien le apretó la mano y le dijo: «No tengas miedo. La medicina está muy avanzada. Siempre podemos hacer in vitro. Yo te acompaño».Hasta el médico los había elogiado: —El señor Lobos es realmente inusual, muy atento.Así que, ahora, haber sufrido dos rondas de in vitro no era más que un precio a pagar. Con tal de dar a luz al bebé que llevaba en el vientre, preservar ese matrimonio y preservar su felicidad, Norma sentía que todo valía la pena.Apenas salió del hospital, Norma pensó en ir al Grupo Lobos a darle a Isaac la buena noticia.Quizá porque era la hora de la comida, en todo el trayecto no se topó con nadie.La puerta de la oficina de Isaac estaba entreabierta.Norma iba a tocar cuando, de pronto, oyó una voz familiar desde adentro, con un dejo de sorna:—Isaac, te estás pasando. ¡Qué cruel!—¿De verdad quieres que Norma le tenga un hijo a Blanca? Si se llega a enterar de que tanta prisa por convencerla de embarazarse era solo para entregarle el bebé a Blanca, ¿no se va a volver loca?Al oír eso, a Norma casi se le doblaron las piernas. Incluso pensó que había escuchado mal.—Además, hacer esto para criar ese niño con Blanca… ¿No es demasiado arriesgado? ¿No te da miedo que Norma se enfurezca, arme un escándalo y se entere todo el mundo?El que hablaba era Daniel Molina, amigo de infancia de Isaac.Isaac soltó una risita indiferente, con frialdad:—¿Armar un escándalo? ¿Qué derecho tiene Norma a armar un escándalo? Si no hubiera sido por sus trucos sucios que ahuyentaron a Blanca, ¿cómo habría Blanca podido pedirme que cortáramos y acabar exiliada en otro país?—Esto es lo que Norma nos debe a Blanca y a mí. Ya es hora de que nos pague.—Además, que lleve en su vientre un hijo para Blanca y para mí es su fortuna. Debe agradecerlo, no “armar un escándalo”.Norma se quedó rígida en el lugar. No podía creer lo que acababa de escuchar.Pálida, llevó una mano a su vientre. La alegría que había sentido hacía un momento, cuando supo que la in vitro había funcionado, se desvaneció de golpe. En su lugar llegaron el miedo y la tristeza.Daniel insistió:—Pero en estos seis meses, Norma no ha dejado de intentar embarazarse. Por ti ha probado de todo… ¿Su cuerpo lo va a resistir?La voz de Isaac se volvió aún más fría:—¿Y si no lo resiste, qué? ¿Acaso vamos a dejar que sufra Blanca? Blanca tiene un físico delicado y le teme al dolor. No puedo permitir que Blanca soporte las penas de un embarazo.—Y además…La voz de Isaac se oscureció:—¿No ha querido siempre Norma darme un hijo? Esto no es más que cumplirle su deseo. Como acabo de decir: debería agradecer lo mucho que me ocupo de ella.—Ese es el hijo de Blanca y mío. Lo cuidaré con esmero.Daniel soltó:—¡Isaac, eres demasiado cruel!—¿Cruel? Esto, se lo buscó Norma. Igual, cuando dé a luz sin problemas, le daré una suma de dinero como compensación.—Pero, ¿y si…?Isaac supo lo que Daniel iba a decir.Lo fulminó con la mirada y le cortó:—¡No hay “y si”! ¡No dejes que Norma se entere de esto!—Norma debe dar a luz sin contratiempos. Es el hijo que Blanca y yo vamos a criar. No puede haber errores.Conteniendo a duras penas las lágrimas y el dolor, Norma ya ni recordaba cómo salió del pasillo de oficinas.Llegó a la escalera; su cuerpo temblaba sin control. De no ser porque se aferró al pasamanos, casi se habría desplomado.Resulta que el bebé por el cual ella se había esforzado tanto, probando de todo para poder concebir, su propio marido pensaba entregárselo en bandeja a otra mujer: su primer amor.Para Norma, esa mujer no era más que la amante en este matrimonio.Lo irónico era que su marido amaba a la amante, y no a su esposa legítima.Para su esposo, ella no era más que una herramienta de reproducción.Al pensarlo, las lágrimas comenzaron a correrle sin freno. Y pensó:«Qué risa… ¡Es ridículo hasta el extremo!»Las atenciones de Isaac de antes no habían sido más que una actuación.«Da lástima. Este matrimonio es una lástima; yo, como esposa, doy lástima; y la “historia de amor” que creí tener no era más que una mentira patética. Todo es falso. Todo es engañarme a mí misma. »Entonces Norma recordó que la primera in vitro había fallado; ahora lo que llevaba en el vientre era el embrión de la segunda in vitro.Entonces, lo que tenía en el vientre… ¿era su propia sangre o la de esa Blanca Navarro?—No… No. Tengo que ir al hospital. ¡Necesito saber la verdad!Norma se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, se dio media vuelta y bajó a toda prisa.Ya en el hospital, buscó de nuevo al médico a cargo de su tratamiento de FIV, Patricio Rojas.La puerta del consultorio no estaba con llave. Empujó y entró. Vio al doctor Rojas regañando a una enfermera a los gritos.La enfermera lloraba a mares; los hombros le temblaban, y mascullaba una defensa:—Doctor Rojas, de verdad no fue a propósito. Era mi primera vez en el banco de semen y… me equivoqué de código…Al oír la puerta, el doctor Rojas dio un respingo y se volvió de golpe.Al ver a Norma, el enojo le desapareció de la cara para dar lugar al pánico.La enfermera se asustó tanto que contuvo el llanto, apretó el dobladillo del uniforme y bajó aún más la cabeza.Norma habló con frialdad:—Doctor Rojas, no tengo tiempo para escucharlo sermonear a su personal. El embrión que llevo en el vientre, ¿de quién es?El rostro del doctor se puso blanco como el papel; la voz le temblaba:—Señora… ¿Ya lo sabe? Sí… Sí, fue un error.Extendió una mano y señaló a la enfermera encogida a un lado, con tono nervioso y evasivo:—Fue su error. Es nueva. Hace dos meses, el día que fue al banco de semen del hospital a recoger la muestra, ¡tomó el esperma equivocado!—Yo… yo me acabo de dar cuenta de que algo no cuadraba. Pero ahora ya es demasiado tarde…¿Tomar el esperma equivocado? ¿Qué significaba eso?El doctor Rojas miró de reojo el vientre de Norma. Sin darle tiempo a preguntar, se apuró a confesarlo todo:—El material genético paterno del embrión no corresponde al señor Lobos.A Norma se le detuvo el corazón un latido.—¿De qué demonios está hablando? Si el esperma estaba mal, ¿qué hay del óvulo?Y lanzó la advertencia:—Doctor Rojas, si vuelve a ocultarme algo, le juro que demandaré a su hospital hasta llevarlo a la quiebra. Y lo cumpliré.—Señora, no se altere. Se lo diré todo; por favor, cálmese. En realidad…—El embrión que lleva… el origen del esperma no es del señor Lobos.Le extendió un documento:—El donante de esperma se llama Julián Córdoba.—Hace dos años, el señor Julián Córdoba casi muere en un accidente. Como es el único hijo varón de su familia, para preservar la línea de sangre, sus familiares ordenaron extraer esperma de urgencia y congelarlo, y lo almacenaron en nuestro hospital. Si el señor llegaba a morir, al menos su familia no quedaría sin descendencia.—Después, cuando el señor Julián Córdoba se recuperó, su familia no retiró el esperma.—La primera in vitro falló porque la calidad del esperma del señor Lobos no era buena. Y los óvulos que obtuvimos esa vez también tenían un problema. Por eso, cuando usted vino a realizar la segunda in vitro, le hicimos una nueva punción de óvulos; eso usted lo sabe.—Así que usamos los óvulos recién obtenidos de su cuerpo. Pero, durante el proceso, la enfermera se equivocó otra vez y tomó el esperma equivocado…—Así que lo que lleva, aunque es su propio hijo, no es hijo de su esposo…A Norma se le heló el cuerpo; la cara se le quedó sin una gota de sangre. Apenas si registró lo que decía el médico: no podía concentrarse.En cuestión de horas, su vida había sido una montaña rusa.Un segundo antes, creía ser la herramienta de procreación de su esposo y de su amante; al segundo siguiente, le informaban que, por un giro absurdo, el bebé de su esposo y su amante había sido el de la primera in vitro fallida, y el que ahora llevaba en secreto —la segunda in vitro— era de ella y de un hombre desconocido.¿Qué era eso?¿Una broma cruel del destino?Alzó la mano y la apoyó en su vientre. La cara de Isaac aparecía una y otra vez en su mente.En su mente, dos imágenes se superponían: Isaac abrazándola y diciendo «No tengas miedo, me tienes a mí», frente al Isaac de la oficina hacía un rato diciendo «Que nos lleve un hijo es su buena suerte». Las dos máscaras, juntas, le revolvieron el estómago.De no ser porque el embrión de Isaac y Blanca no prosperó y se perdió, el que estaría ahora en su vientre —en secreto— sería el hijo de su marido con su amante.Odioso.Norma dejó de llorar. Se pasó con fuerza el dorso de la mano por las mejillas, borrando cualquier rastro. En los ojos, solo quedó una frialdad cortante.El doctor Rojas y la enfermera guardaron silencio.Norma caminó directo hasta el doctor:—Doctor Rojas, lo de hoy no puede salir de esta habitación. Nadie más, además de nosotros tres, debe enterarse.—Señora, nosotros… —el doctor intentó explicarse, pero ella lo calló con la mirada.—Su error puedo no perseguirlo por ahora.—Pero si esta información se filtra, primero, demandaré al hospital hasta la quiebra. Segundo, a usted le suspenderán su licencia de médico tratante, y me aseguraré de que no vuelva a ejercer en el sector salud. Tercero, esta enfermera: error de procedimiento y ocultamiento de un evento adverso sanitario. ¿Alcanza para que afrontes responsabilidad penal y pases unos años en la cárcel?El doctor casi se desplomó; a la enfermera le volvieron las lágrimas y tembló todavía más.—Señora, lo juramos. ¡No diremos nada!El doctor se apresuró a asentir, suplicante.Norma no los volvió a mirar.Lo único por lo que podía agradecer era por llevar en el vientre a sus propios hijos, y no a los de Isaac y Blanca.En cuanto a ese tal Julián Córdoba, Norma pensó que, si ocultaba esto con cuidado, la familia de ese hombre jamás sabría la verdad.Respiró hondo y salió del consultorio.Esta vez, debía divorciarse.No quería pasar ni un minuto más al lado de Isaac.Ese hombre, hecho de mentiras, que la veía como una herramienta de parir, una cosa fácil de manipular… verla un segundo más la hacía nausear.En cuanto a los bebés que llevaba, los tendría y los criaría bien.Desde ese momento, viviría solo para ella y para sus hijos.Norma entró a casa arrastrando el cansancio. La luz con sensor del zaguán se encendió sola.Dentro no había nadie; el lugar estaba vacío.Antes, aquel hogar le parecía un refugio cálido. Mirado ahora, no era más que la jaula donde Isaac la tenía en cautiverio.No podía quedarse. Apuró el paso hasta la habitación para hacer la maleta.Abrió el armario y descubrió que sus cosas eran poquísimas.Antes, cuando aún era la hija de la familia Romero, la familia Lobos, para consolidar la cooperación comercial con la familia Romero, se acercó a sus padres y prometió que su joven hijo, Isaac, le pediría matrimonio.En ese entonces, Isaac estaba en pleno romance con su primer amor, Blanca. De pronto, le comunicaron que la familia lo casaría con la señorita Romero: no lo podía aceptar.Aunque se resistió, no sirvió de nada: no podía ir contra la voluntad de su familia.Así, los Lobos mandaron a Blanca al extranjero. Le dieron, además, una gran suma en pesos como “dinero por silencio”.Isaac no lo supo. Convencido de que Norma, por celos, movió hilos para que los Romero echaran a Blanca, desde entonces la odió.Le atribuyó a Norma la culpa de la partida de Blanca.Aunque Norma no había hecho nada, su razón le repetía: esa mujer es astuta y sucia. Debía mantenerse lejos.Quién iba a decir que, a los pocos meses de casados, salió a la luz que Norma no era hija biológica de los Romero.La familia Romero volcó toda su atención en la verdadera hija perdida y la arrojaron a ella como a basura.La actitud de la familia Lobos cambió aún más drásticamente.Sin el respaldo de los Romero, Norma perdió cualquier valor de alianza.Se convirtió en una espina en la familia Lobos. Su suegra, Elena Cisneros, le soltaba sarcasmos a diario, esperando que Norma pidiera el divorcio por su cuenta para hacerle lugar a la “verdadera nuera” del futuro.Norma suspiró, metió tres prendas a las apuradas en la maleta y, cuando estaba cerrando el cierre, sonó el teléfono: era Elena.—Norma, ¿acaso olvidaste qué día es hoy? ¡Muévete de una vez para acá! Si se retrasa lo importante, ya verás cómo te va.Colgó sin más.A Norma se le desfiguró la cara de rabia.Cierto: hoy era el día de su visita semanal a la casa de los Lobos.Desde que supieron que no era hija biológica de los Romero, Elena no había dejado de hostigarla por todo.Siempre se quejaba de por qué esa basura, echada por los Romero, insistía en aferrarse al hijo de los Lobos.Pero Isaac y Norma ya estaban casados, e Isaac no quería divorciarse en el acto.Así que Elena empezó a humillarla.Olvidó, claro, que en su momento los Lobos ansiaban la alianza con los Romero y querían a Norma de nuera.Las vueltas de la vida: ahora deseaban que Norma desapareciera.La única excepción era la anciana enferma de la familia, la abuela de Isaac.Cada semana volvía de la residencia a la mansión, y su persona favorita era Norma.Norma le estaba agradecida: era la única en los Lobos que la trataba con calidez. Por eso, de todos modos fue a la mansión.Apenas entró, Elena arrojó un florero al piso.—Norma, así que sí recuerdas qué día es. Con lo tarde que llegas… ¿por qué no te mueres afuera, de una vez? ¡Qué mal fario!Norma esquivó con un movimiento limpio el florero.El florero estalló en el suelo. El agua salpicó y le mojó la bastilla del vestido.Elena, al verla esquivar, avanzó furiosa y alzó la mano para darle una bofetada.Norma le sujetó la muñeca de un tirón.—¡Ya basta!Los ojos de Norma, fríos.Elena se quedó momentáneamente pasmada por la resistencia.—¿Te atreves…?Norma apretó y le soltó el brazo con violencia.Elena no había reaccionado aún cuando Flora Lobos, la hermana menor de Isaac, llegó corriendo y empujó con fuerza a Norma.—¡Norma, qué problema tienes!—¡Aquí no es tu propia casa! ¡Estás en la casa de los Lobos, compórtate! Mi madre es tu suegra, ¿cómo te atreves a ponerle una mano encima? ¡Perra!Norma casi pierde el equilibrio.De pronto, sintió un cuerpo fuerte detrás de ella que la sostuvo.Al volverse, vio a Isaac, que acababa de llegar.Isaac frunció el ceño.—Norma, ¿estás bien? ¿Cómo no te cuidas?Palabras que sonaban a preocupación pero que, para Norma, sonaron a reproche.Desde que supo la verdad del “embarázate” de Isaac, verlo le provocaba náuseas. Con la cara helada, lo apartó de un empujón.Isaac se extrañó por su reacción y, justo entonces, oyó el bufido de Flora:—Hermano, mírala, cómo malcriaste a esta desgraciada.—Hace un rato por poco hiere a mamá. ¡Y ahora te trata así! ¿Qué clase de cosa se cree?—No es más que la basura que los Romero desecharon, una impostora. Se aprovechó del nombre de la hija Romero y vivió a cuerpo de reina tantos años; ahora que se destapó su origen y la echaron, es una perra apaleada.—Y vaya si tiene suerte: todavía se metió en nuestra familia. En vez de agradecer, se rebela contra los mayores. Tienes que ponerla en su lugar.Las acusaciones de Flora hicieron que Isaac frunciera aún más el ceño.—Norma, ¿cómo le pusiste una mano encima a mi madre?—Aunque te haya dicho dos cosas y te molestaron, tienes que aguantar. ¿Cómo vas a atacarla? Hazlo por mí: ve y discúlpate con mi mamá.Norma apretó el puño a un costado y tragó su ira. Ya debería haber visto la hipocresía de Isaac. Antes aún lo excusaba por estar en medio, ahora solo le parecía risible.Alzó la mirada a Isaac.—Isaac, cállate. Me he bancado un año de burlas y sarcasmos de Elena. ¿Te parece poco? ¿A ti no te insultaron, cierto? No tienes idea de todo lo que me ha pasado en esta casa; así que no me des órdenes.Capítulo 2—Señora, por lo que vemos, esta vez la fertilización in vitro parece haber sido un éxito. Por el momento, usted y el feto están sanos.Norma Romero estaba sentada en el consultorio del especialista en reproducción. Sostenía el ultrasonido recién impreso y, al fin, en su rostro tenso se asomó una leve sonrisa.—Qué bien. No en vano me sometí a dos ciclos de fecundación in vitro.Recordó que la primera fecundación había fallado. Para no decepcionar a su esposo, Isaac Lobos, no le dijo nada: vino de inmediato al hospital y se hizo la segunda transferencia, a escondidas. Por suerte, esta vez por fin lo logró.Norma estaba por ponerse de pie para irse cuando se acordó de algo.—A propósito, doctor Rojas, le pido que no le cuente a mi esposo que la primera in vitro falló. No quiero que se ponga triste por algo que ya pasó.A Norma, cuando le diagnosticaron obstrucción bilateral de trompas, el mundo se le vino abajo. Fue Isaac quien le apretó la mano y le dijo: «No tengas miedo. La medicina está muy avanzada. Siempre podemos hacer in vitro. Yo te acompaño».Hasta el médico los había elogiado: —El señor Lobos es realmente inusual, muy atento.Así que, ahora, haber sufrido dos rondas de in vitro no era más que un precio a pagar. Con tal de dar a luz al bebé que llevaba en el vientre, preservar ese matrimonio y preservar su felicidad, Norma sentía que todo valía la pena.Apenas salió del hospital, Norma pensó en ir al Grupo Lobos a darle a Isaac la buena noticia.Quizá porque era la hora de la comida, en todo el trayecto no se topó con nadie.La puerta de la oficina de Isaac estaba entreabierta.Norma iba a tocar cuando, de pronto, oyó una voz familiar desde adentro, con un dejo de sorna:—Isaac, te estás pasando. ¡Qué cruel!—¿De verdad quieres que Norma le tenga un hijo a Blanca? Si se llega a enterar de que tanta prisa por convencerla de embarazarse era solo para entregarle el bebé a Blanca, ¿no se va a volver loca?Al oír eso, a Norma casi se le doblaron las piernas. Incluso pensó que había escuchado mal.—Además, hacer esto para criar ese niño con Blanca… ¿No es demasiado arriesgado? ¿No te da miedo que Norma se enfurezca, arme un escándalo y se entere todo el mundo?El que hablaba era Daniel Molina, amigo de infancia de Isaac.Isaac soltó una risita indiferente, con frialdad:—¿Armar un escándalo? ¿Qué derecho tiene Norma a armar un escándalo? Si no hubiera sido por sus trucos sucios que ahuyentaron a Blanca, ¿cómo habría Blanca podido pedirme que cortáramos y acabar exiliada en otro país?—Esto es lo que Norma nos debe a Blanca y a mí. Ya es hora de que nos pague.—Además, que lleve en su vientre un hijo para Blanca y para mí es su fortuna. Debe agradecerlo, no “armar un escándalo”.Norma se quedó rígida en el lugar. No podía creer lo que acababa de escuchar.Pálida, llevó una mano a su vientre. La alegría que había sentido hacía un momento, cuando supo que la in vitro había funcionado, se desvaneció de golpe. En su lugar llegaron el miedo y la tristeza.Daniel insistió:—Pero en estos seis meses, Norma no ha dejado de intentar embarazarse. Por ti ha probado de todo… ¿Su cuerpo lo va a resistir?La voz de Isaac se volvió aún más fría:—¿Y si no lo resiste, qué? ¿Acaso vamos a dejar que sufra Blanca? Blanca tiene un físico delicado y le teme al dolor. No puedo permitir que Blanca soporte las penas de un embarazo.—Y además…La voz de Isaac se oscureció:—¿No ha querido siempre Norma darme un hijo? Esto no es más que cumplirle su deseo. Como acabo de decir: debería agradecer lo mucho que me ocupo de ella.—Ese es el hijo de Blanca y mío. Lo cuidaré con esmero.Daniel soltó:—¡Isaac, eres demasiado cruel!—¿Cruel? Esto, se lo buscó Norma. Igual, cuando dé a luz sin problemas, le daré una suma de dinero como compensación.—Pero, ¿y si…?Isaac supo lo que Daniel iba a decir.Lo fulminó con la mirada y le cortó:—¡No hay “y si”! ¡No dejes que Norma se entere de esto!—Norma debe dar a luz sin contratiempos. Es el hijo que Blanca y yo vamos a criar. No puede haber errores.Conteniendo a duras penas las lágrimas y el dolor, Norma ya ni recordaba cómo salió del pasillo de oficinas.Llegó a la escalera; su cuerpo temblaba sin control. De no ser porque se aferró al pasamanos, casi se habría desplomado.Resulta que el bebé por el cual ella se había esforzado tanto, probando de todo para poder concebir, su propio marido pensaba entregárselo en bandeja a otra mujer: su primer amor.Para Norma, esa mujer no era más que la amante en este matrimonio.Lo irónico era que su marido amaba a la amante, y no a su esposa legítima.Para su esposo, ella no era más que una herramienta de reproducción.Al pensarlo, las lágrimas comenzaron a correrle sin freno. Y pensó:«Qué risa… ¡Es ridículo hasta el extremo!»Las atenciones de Isaac de antes no habían sido más que una actuación.«Da lástima. Este matrimonio es una lástima; yo, como esposa, doy lástima; y la “historia de amor” que creí tener no era más que una mentira patética. Todo es falso. Todo es engañarme a mí misma. »Entonces Norma recordó que la primera in vitro había fallado; ahora lo que llevaba en el vientre era el embrión de la segunda in vitro.Entonces, lo que tenía en el vientre… ¿era su propia sangre o la de esa Blanca Navarro?—No… No. Tengo que ir al hospital. ¡Necesito saber la verdad!Norma se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, se dio media vuelta y bajó a toda prisa.Ya en el hospital, buscó de nuevo al médico a cargo de su tratamiento de FIV, Patricio Rojas.La puerta del consultorio no estaba con llave. Empujó y entró. Vio al doctor Rojas regañando a una enfermera a los gritos.La enfermera lloraba a mares; los hombros le temblaban, y mascullaba una defensa:—Doctor Rojas, de verdad no fue a propósito. Era mi primera vez en el banco de semen y… me equivoqué de código…Al oír la puerta, el doctor Rojas dio un respingo y se volvió de golpe.Al ver a Norma, el enojo le desapareció de la cara para dar lugar al pánico.La enfermera se asustó tanto que contuvo el llanto, apretó el dobladillo del uniforme y bajó aún más la cabeza.Norma habló con frialdad:—Doctor Rojas, no tengo tiempo para escucharlo sermonear a su personal. El embrión que llevo en el vientre, ¿de quién es?El rostro del doctor se puso blanco como el papel; la voz le temblaba:—Señora… ¿Ya lo sabe? Sí… Sí, fue un error.Extendió una mano y señaló a la enfermera encogida a un lado, con tono nervioso y evasivo:—Fue su error. Es nueva. Hace dos meses, el día que fue al banco de semen del hospital a recoger la muestra, ¡tomó el esperma equivocado!—Yo… yo me acabo de dar cuenta de que algo no cuadraba. Pero ahora ya es demasiado tarde…¿Tomar el esperma equivocado? ¿Qué significaba eso?El doctor Rojas miró de reojo el vientre de Norma. Sin darle tiempo a preguntar, se apuró a confesarlo todo:—El material genético paterno del embrión no corresponde al señor Lobos.A Norma se le detuvo el corazón un latido.—¿De qué demonios está hablando? Si el esperma estaba mal, ¿qué hay del óvulo?Y lanzó la advertencia:—Doctor Rojas, si vuelve a ocultarme algo, le juro que demandaré a su hospital hasta llevarlo a la quiebra. Y lo cumpliré.—Señora, no se altere. Se lo diré todo; por favor, cálmese. En realidad…—El embrión que lleva… el origen del esperma no es del señor Lobos.Le extendió un documento:—El donante de esperma se llama Julián Córdoba.—Hace dos años, el señor Julián Córdoba casi muere en un accidente. Como es el único hijo varón de su familia, para preservar la línea de sangre, sus familiares ordenaron extraer esperma de urgencia y congelarlo, y lo almacenaron en nuestro hospital. Si el señor llegaba a morir, al menos su familia no quedaría sin descendencia.—Después, cuando el señor Julián Córdoba se recuperó, su familia no retiró el esperma.—La primera in vitro falló porque la calidad del esperma del señor Lobos no era buena. Y los óvulos que obtuvimos esa vez también tenían un problema. Por eso, cuando usted vino a realizar la segunda in vitro, le hicimos una nueva punción de óvulos; eso usted lo sabe.—Así que usamos los óvulos recién obtenidos de su cuerpo. Pero, durante el proceso, la enfermera se equivocó otra vez y tomó el esperma equivocado…—Así que lo que lleva, aunque es su propio hijo, no es hijo de su esposo…A Norma se le heló el cuerpo; la cara se le quedó sin una gota de sangre. Apenas si registró lo que decía el médico: no podía concentrarse.En cuestión de horas, su vida había sido una montaña rusa.Un segundo antes, creía ser la herramienta de procreación de su esposo y de su amante; al segundo siguiente, le informaban que, por un giro absurdo, el bebé de su esposo y su amante había sido el de la primera in vitro fallida, y el que ahora llevaba en secreto —la segunda in vitro— era de ella y de un hombre desconocido.¿Qué era eso?¿Una broma cruel del destino?Alzó la mano y la apoyó en su vientre. La cara de Isaac aparecía una y otra vez en su mente.En su mente, dos imágenes se superponían: Isaac abrazándola y diciendo «No tengas miedo, me tienes a mí», frente al Isaac de la oficina hacía un rato diciendo «Que nos lleve un hijo es su buena suerte». Las dos máscaras, juntas, le revolvieron el estómago.De no ser porque el embrión de Isaac y Blanca no prosperó y se perdió, el que estaría ahora en su vientre —en secreto— sería el hijo de su marido con su amante.Odioso.Norma dejó de llorar. Se pasó con fuerza el dorso de la mano por las mejillas, borrando cualquier rastro. En los ojos, solo quedó una frialdad cortante.El doctor Rojas y la enfermera guardaron silencio.Norma caminó directo hasta el doctor:—Doctor Rojas, lo de hoy no puede salir de esta habitación. Nadie más, además de nosotros tres, debe enterarse.—Señora, nosotros… —el doctor intentó explicarse, pero ella lo calló con la mirada.—Su error puedo no perseguirlo por ahora.—Pero si esta información se filtra, primero, demandaré al hospital hasta la quiebra. Segundo, a usted le suspenderán su licencia de médico tratante, y me aseguraré de que no vuelva a ejercer en el sector salud. Tercero, esta enfermera: error de procedimiento y ocultamiento de un evento adverso sanitario. ¿Alcanza para que afrontes responsabilidad penal y pases unos años en la cárcel?El doctor casi se desplomó; a la enfermera le volvieron las lágrimas y tembló todavía más.—Señora, lo juramos. ¡No diremos nada!El doctor se apresuró a asentir, suplicante.Norma no los volvió a mirar.Lo único por lo que podía agradecer era por llevar en el vientre a sus propios hijos, y no a los de Isaac y Blanca.En cuanto a ese tal Julián Córdoba, Norma pensó que, si ocultaba esto con cuidado, la familia de ese hombre jamás sabría la verdad.Respiró hondo y salió del consultorio.Esta vez, debía divorciarse.No quería pasar ni un minuto más al lado de Isaac.Ese hombre, hecho de mentiras, que la veía como una herramienta de parir, una cosa fácil de manipular… verla un segundo más la hacía nausear.En cuanto a los bebés que llevaba, los tendría y los criaría bien.Desde ese momento, viviría solo para ella y para sus hijos.Norma entró a casa arrastrando el cansancio. La luz con sensor del zaguán se encendió sola.Dentro no había nadie; el lugar estaba vacío.Antes, aquel hogar le parecía un refugio cálido. Mirado ahora, no era más que la jaula donde Isaac la tenía en cautiverio.No podía quedarse. Apuró el paso hasta la habitación para hacer la maleta.Abrió el armario y descubrió que sus cosas eran poquísimas.Antes, cuando aún era la hija de la familia Romero, la familia Lobos, para consolidar la cooperación comercial con la familia Romero, se acercó a sus padres y prometió que su joven hijo, Isaac, le pediría matrimonio.En ese entonces, Isaac estaba en pleno romance con su primer amor, Blanca. De pronto, le comunicaron que la familia lo casaría con la señorita Romero: no lo podía aceptar.Aunque se resistió, no sirvió de nada: no podía ir contra la voluntad de su familia.Así, los Lobos mandaron a Blanca al extranjero. Le dieron, además, una gran suma en pesos como “dinero por silencio”.Isaac no lo supo. Convencido de que Norma, por celos, movió hilos para que los Romero echaran a Blanca, desde entonces la odió.Le atribuyó a Norma la culpa de la partida de Blanca.Aunque Norma no había hecho nada, su razón le repetía: esa mujer es astuta y sucia. Debía mantenerse lejos.Quién iba a decir que, a los pocos meses de casados, salió a la luz que Norma no era hija biológica de los Romero.La familia Romero volcó toda su atención en la verdadera hija perdida y la arrojaron a ella como a basura.La actitud de la familia Lobos cambió aún más drásticamente.Sin el respaldo de los Romero, Norma perdió cualquier valor de alianza.Se convirtió en una espina en la familia Lobos. Su suegra, Elena Cisneros, le soltaba sarcasmos a diario, esperando que Norma pidiera el divorcio por su cuenta para hacerle lugar a la “verdadera nuera” del futuro.Norma suspiró, metió tres prendas a las apuradas en la maleta y, cuando estaba cerrando el cierre, sonó el teléfono: era Elena.—Norma, ¿acaso olvidaste qué día es hoy? ¡Muévete de una vez para acá! Si se retrasa lo importante, ya verás cómo te va.Colgó sin más.A Norma se le desfiguró la cara de rabia.Cierto: hoy era el día de su visita semanal a la casa de los Lobos.Desde que supieron que no era hija biológica de los Romero, Elena no había dejado de hostigarla por todo.Siempre se quejaba de por qué esa basura, echada por los Romero, insistía en aferrarse al hijo de los Lobos.Pero Isaac y Norma ya estaban casados, e Isaac no quería divorciarse en el acto.Así que Elena empezó a humillarla.Olvidó, claro, que en su momento los Lobos ansiaban la alianza con los Romero y querían a Norma de nuera.Las vueltas de la vida: ahora deseaban que Norma desapareciera.La única excepción era la anciana enferma de la familia, la abuela de Isaac.Cada semana volvía de la residencia a la mansión, y su persona favorita era Norma.Norma le estaba agradecida: era la única en los Lobos que la trataba con calidez. Por eso, de todos modos fue a la mansión.Apenas entró, Elena arrojó un florero al piso.—Norma, así que sí recuerdas qué día es. Con lo tarde que llegas… ¿por qué no te mueres afuera, de una vez? ¡Qué mal fario!Norma esquivó con un movimiento limpio el florero.El florero estalló en el suelo. El agua salpicó y le mojó la bastilla del vestido.Elena, al verla esquivar, avanzó furiosa y alzó la mano para darle una bofetada.Norma le sujetó la muñeca de un tirón.—¡Ya basta!Los ojos de Norma, fríos.Elena se quedó momentáneamente pasmada por la resistencia.—¿Te atreves…?Norma apretó y le soltó el brazo con violencia.Elena no había reaccionado aún cuando Flora Lobos, la hermana menor de Isaac, llegó corriendo y empujó con fuerza a Norma.—¡Norma, qué problema tienes!—¡Aquí no es tu propia casa! ¡Estás en la casa de los Lobos, compórtate! Mi madre es tu suegra, ¿cómo te atreves a ponerle una mano encima? ¡Perra!Norma casi pierde el equilibrio.De pronto, sintió un cuerpo fuerte detrás de ella que la sostuvo.Al volverse, vio a Isaac, que acababa de llegar.Isaac frunció el ceño.—Norma, ¿estás bien? ¿Cómo no te cuidas?Palabras que sonaban a preocupación pero que, para Norma, sonaron a reproche.Desde que supo la verdad del “embarázate” de Isaac, verlo le provocaba náuseas. Con la cara helada, lo apartó de un empujón.Isaac se extrañó por su reacción y, justo entonces, oyó el bufido de Flora:—Hermano, mírala, cómo malcriaste a esta desgraciada.—Hace un rato por poco hiere a mamá. ¡Y ahora te trata así! ¿Qué clase de cosa se cree?—No es más que la basura que los Romero desecharon, una impostora. Se aprovechó del nombre de la hija Romero y vivió a cuerpo de reina tantos años; ahora que se destapó su origen y la echaron, es una perra apaleada.—Y vaya si tiene suerte: todavía se metió en nuestra familia. En vez de agradecer, se rebela contra los mayores. Tienes que ponerla en su lugar.Las acusaciones de Flora hicieron que Isaac frunciera aún más el ceño.—Norma, ¿cómo le pusiste una mano encima a mi madre?—Aunque te haya dicho dos cosas y te molestaron, tienes que aguantar. ¿Cómo vas a atacarla? Hazlo por mí: ve y discúlpate con mi mamá.Norma apretó el puño a un costado y tragó su ira. Ya debería haber visto la hipocresía de Isaac. Antes aún lo excusaba por estar en medio, ahora solo le parecía risible.Alzó la mirada a Isaac.—Isaac, cállate. Me he bancado un año de burlas y sarcasmos de Elena. ¿Te parece poco? ¿A ti no te insultaron, cierto? No tienes idea de todo lo que me ha pasado en esta casa; así que no me des órdenes.Capítulo 3—Señora, por lo que vemos, esta vez la fertilización in vitro parece haber sido un éxito. Por el momento, usted y el feto están sanos.Norma Romero estaba sentada en el consultorio del especialista en reproducción. Sostenía el ultrasonido recién impreso y, al fin, en su rostro tenso se asomó una leve sonrisa.—Qué bien. No en vano me sometí a dos ciclos de fecundación in vitro.Recordó que la primera fecundación había fallado. Para no decepcionar a su esposo, Isaac Lobos, no le dijo nada: vino de inmediato al hospital y se hizo la segunda transferencia, a escondidas. Por suerte, esta vez por fin lo logró.Norma estaba por ponerse de pie para irse cuando se acordó de algo.—A propósito, doctor Rojas, le pido que no le cuente a mi esposo que la primera in vitro falló. No quiero que se ponga triste por algo que ya pasó.A Norma, cuando le diagnosticaron obstrucción bilateral de trompas, el mundo se le vino abajo. Fue Isaac quien le apretó la mano y le dijo: «No tengas miedo. La medicina está muy avanzada. Siempre podemos hacer in vitro. Yo te acompaño».Hasta el médico los había elogiado: —El señor Lobos es realmente inusual, muy atento.Así que, ahora, haber sufrido dos rondas de in vitro no era más que un precio a pagar. Con tal de dar a luz al bebé que llevaba en el vientre, preservar ese matrimonio y preservar su felicidad, Norma sentía que todo valía la pena.Apenas salió del hospital, Norma pensó en ir al Grupo Lobos a darle a Isaac la buena noticia.Quizá porque era la hora de la comida, en todo el trayecto no se topó con nadie.La puerta de la oficina de Isaac estaba entreabierta.Norma iba a tocar cuando, de pronto, oyó una voz familiar desde adentro, con un dejo de sorna:—Isaac, te estás pasando. ¡Qué cruel!—¿De verdad quieres que Norma le tenga un hijo a Blanca? Si se llega a enterar de que tanta prisa por convencerla de embarazarse era solo para entregarle el bebé a Blanca, ¿no se va a volver loca?Al oír eso, a Norma casi se le doblaron las piernas. Incluso pensó que había escuchado mal.—Además, hacer esto para criar ese niño con Blanca… ¿No es demasiado arriesgado? ¿No te da miedo que Norma se enfurezca, arme un escándalo y se entere todo el mundo?El que hablaba era Daniel Molina, amigo de infancia de Isaac.Isaac soltó una risita indiferente, con frialdad:—¿Armar un escándalo? ¿Qué derecho tiene Norma a armar un escándalo? Si no hubiera sido por sus trucos sucios que ahuyentaron a Blanca, ¿cómo habría Blanca podido pedirme que cortáramos y acabar exiliada en otro país?—Esto es lo que Norma nos debe a Blanca y a mí. Ya es hora de que nos pague.—Además, que lleve en su vientre un hijo para Blanca y para mí es su fortuna. Debe agradecerlo, no “armar un escándalo”.Norma se quedó rígida en el lugar. No podía creer lo que acababa de escuchar.Pálida, llevó una mano a su vientre. La alegría que había sentido hacía un momento, cuando supo que la in vitro había funcionado, se desvaneció de golpe. En su lugar llegaron el miedo y la tristeza.Daniel insistió:—Pero en estos seis meses, Norma no ha dejado de intentar embarazarse. Por ti ha probado de todo… ¿Su cuerpo lo va a resistir?La voz de Isaac se volvió aún más fría:—¿Y si no lo resiste, qué? ¿Acaso vamos a dejar que sufra Blanca? Blanca tiene un físico delicado y le teme al dolor. No puedo permitir que Blanca soporte las penas de un embarazo.—Y además…La voz de Isaac se oscureció:—¿No ha querido siempre Norma darme un hijo? Esto no es más que cumplirle su deseo. Como acabo de decir: debería agradecer lo mucho que me ocupo de ella.—Ese es el hijo de Blanca y mío. Lo cuidaré con esmero.Daniel soltó:—¡Isaac, eres demasiado cruel!—¿Cruel? Esto, se lo buscó Norma. Igual, cuando dé a luz sin problemas, le daré una suma de dinero como compensación.—Pero, ¿y si…?Isaac supo lo que Daniel iba a decir.Lo fulminó con la mirada y le cortó:—¡No hay “y si”! ¡No dejes que Norma se entere de esto!—Norma debe dar a luz sin contratiempos. Es el hijo que Blanca y yo vamos a criar. No puede haber errores.Conteniendo a duras penas las lágrimas y el dolor, Norma ya ni recordaba cómo salió del pasillo de oficinas.Llegó a la escalera; su cuerpo temblaba sin control. De no ser porque se aferró al pasamanos, casi se habría desplomado.Resulta que el bebé por el cual ella se había esforzado tanto, probando de todo para poder concebir, su propio marido pensaba entregárselo en bandeja a otra mujer: su primer amor.Para Norma, esa mujer no era más que la amante en este matrimonio.Lo irónico era que su marido amaba a la amante, y no a su esposa legítima.Para su esposo, ella no era más que una herramienta de reproducción.Al pensarlo, las lágrimas comenzaron a correrle sin freno. Y pensó:«Qué risa… ¡Es ridículo hasta el extremo!»Las atenciones de Isaac de antes no habían sido más que una actuación.«Da lástima. Este matrimonio es una lástima; yo, como esposa, doy lástima; y la “historia de amor” que creí tener no era más que una mentira patética. Todo es falso. Todo es engañarme a mí misma. »Entonces Norma recordó que la primera in vitro había fallado; ahora lo que llevaba en el vientre era el embrión de la segunda in vitro.Entonces, lo que tenía en el vientre… ¿era su propia sangre o la de esa Blanca Navarro?—No… No. Tengo que ir al hospital. ¡Necesito saber la verdad!Norma se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, se dio media vuelta y bajó a toda prisa.Ya en el hospital, buscó de nuevo al médico a cargo de su tratamiento de FIV, Patricio Rojas.La puerta del consultorio no estaba con llave. Empujó y entró. Vio al doctor Rojas regañando a una enfermera a los gritos.La enfermera lloraba a mares; los hombros le temblaban, y mascullaba una defensa:—Doctor Rojas, de verdad no fue a propósito. Era mi primera vez en el banco de semen y… me equivoqué de código…Al oír la puerta, el doctor Rojas dio un respingo y se volvió de golpe.Al ver a Norma, el enojo le desapareció de la cara para dar lugar al pánico.La enfermera se asustó tanto que contuvo el llanto, apretó el dobladillo del uniforme y bajó aún más la cabeza.Norma habló con frialdad:—Doctor Rojas, no tengo tiempo para escucharlo sermonear a su personal. El embrión que llevo en el vientre, ¿de quién es?El rostro del doctor se puso blanco como el papel; la voz le temblaba:—Señora… ¿Ya lo sabe? Sí… Sí, fue un error.Extendió una mano y señaló a la enfermera encogida a un lado, con tono nervioso y evasivo:—Fue su error. Es nueva. Hace dos meses, el día que fue al banco de semen del hospital a recoger la muestra, ¡tomó el esperma equivocado!—Yo… yo me acabo de dar cuenta de que algo no cuadraba. Pero ahora ya es demasiado tarde…¿Tomar el esperma equivocado? ¿Qué significaba eso?El doctor Rojas miró de reojo el vientre de Norma. Sin darle tiempo a preguntar, se apuró a confesarlo todo:—El material genético paterno del embrión no corresponde al señor Lobos.A Norma se le detuvo el corazón un latido.—¿De qué demonios está hablando? Si el esperma estaba mal, ¿qué hay del óvulo?Y lanzó la advertencia:—Doctor Rojas, si vuelve a ocultarme algo, le juro que demandaré a su hospital hasta llevarlo a la quiebra. Y lo cumpliré.—Señora, no se altere. Se lo diré todo; por favor, cálmese. En realidad…—El embrión que lleva… el origen del esperma no es del señor Lobos.Le extendió un documento:—El donante de esperma se llama Julián Córdoba.—Hace dos años, el señor Julián Córdoba casi muere en un accidente. Como es el único hijo varón de su familia, para preservar la línea de sangre, sus familiares ordenaron extraer esperma de urgencia y congelarlo, y lo almacenaron en nuestro hospital. Si el señor llegaba a morir, al menos su familia no quedaría sin descendencia.—Después, cuando el señor Julián Córdoba se recuperó, su familia no retiró el esperma.—La primera in vitro falló porque la calidad del esperma del señor Lobos no era buena. Y los óvulos que obtuvimos esa vez también tenían un problema. Por eso, cuando usted vino a realizar la segunda in vitro, le hicimos una nueva punción de óvulos; eso usted lo sabe.—Así que usamos los óvulos recién obtenidos de su cuerpo. Pero, durante el proceso, la enfermera se equivocó otra vez y tomó el esperma equivocado…—Así que lo que lleva, aunque es su propio hijo, no es hijo de su esposo…A Norma se le heló el cuerpo; la cara se le quedó sin una gota de sangre. Apenas si registró lo que decía el médico: no podía concentrarse.En cuestión de horas, su vida había sido una montaña rusa.Un segundo antes, creía ser la herramienta de procreación de su esposo y de su amante; al segundo siguiente, le informaban que, por un giro absurdo, el bebé de su esposo y su amante había sido el de la primera in vitro fallida, y el que ahora llevaba en secreto —la segunda in vitro— era de ella y de un hombre desconocido.¿Qué era eso?¿Una broma cruel del destino?Alzó la mano y la apoyó en su vientre. La cara de Isaac aparecía una y otra vez en su mente.En su mente, dos imágenes se superponían: Isaac abrazándola y diciendo «No tengas miedo, me tienes a mí», frente al Isaac de la oficina hacía un rato diciendo «Que nos lleve un hijo es su buena suerte». Las dos máscaras, juntas, le revolvieron el estómago.De no ser porque el embrión de Isaac y Blanca no prosperó y se perdió, el que estaría ahora en su vientre —en secreto— sería el hijo de su marido con su amante.Odioso.Norma dejó de llorar. Se pasó con fuerza el dorso de la mano por las mejillas, borrando cualquier rastro. En los ojos, solo quedó una frialdad cortante.El doctor Rojas y la enfermera guardaron silencio.Norma caminó directo hasta el doctor:—Doctor Rojas, lo de hoy no puede salir de esta habitación. Nadie más, además de nosotros tres, debe enterarse.—Señora, nosotros… —el doctor intentó explicarse, pero ella lo calló con la mirada.—Su error puedo no perseguirlo por ahora.—Pero si esta información se filtra, primero, demandaré al hospital hasta la quiebra. Segundo, a usted le suspenderán su licencia de médico tratante, y me aseguraré de que no vuelva a ejercer en el sector salud. Tercero, esta enfermera: error de procedimiento y ocultamiento de un evento adverso sanitario. ¿Alcanza para que afrontes responsabilidad penal y pases unos años en la cárcel?El doctor casi se desplomó; a la enfermera le volvieron las lágrimas y tembló todavía más.—Señora, lo juramos. ¡No diremos nada!El doctor se apresuró a asentir, suplicante.Norma no los volvió a mirar.Lo único por lo que podía agradecer era por llevar en el vientre a sus propios hijos, y no a los de Isaac y Blanca.En cuanto a ese tal Julián Córdoba, Norma pensó que, si ocultaba esto con cuidado, la familia de ese hombre jamás sabría la verdad.Respiró hondo y salió del consultorio.Esta vez, debía divorciarse.No quería pasar ni un minuto más al lado de Isaac.Ese hombre, hecho de mentiras, que la veía como una herramienta de parir, una cosa fácil de manipular… verla un segundo más la hacía nausear.En cuanto a los bebés que llevaba, los tendría y los criaría bien.Desde ese momento, viviría solo para ella y para sus hijos.Norma entró a casa arrastrando el cansancio. La luz con sensor del zaguán se encendió sola.Dentro no había nadie; el lugar estaba vacío.Antes, aquel hogar le parecía un refugio cálido. Mirado ahora, no era más que la jaula donde Isaac la tenía en cautiverio.No podía quedarse. Apuró el paso hasta la habitación para hacer la maleta.Abrió el armario y descubrió que sus cosas eran poquísimas.Antes, cuando aún era la hija de la familia Romero, la familia Lobos, para consolidar la cooperación comercial con la familia Romero, se acercó a sus padres y prometió que su joven hijo, Isaac, le pediría matrimonio.En ese entonces, Isaac estaba en pleno romance con su primer amor, Blanca. De pronto, le comunicaron que la familia lo casaría con la señorita Romero: no lo podía aceptar.Aunque se resistió, no sirvió de nada: no podía ir contra la voluntad de su familia.Así, los Lobos mandaron a Blanca al extranjero. Le dieron, además, una gran suma en pesos como “dinero por silencio”.Isaac no lo supo. Convencido de que Norma, por celos, movió hilos para que los Romero echaran a Blanca, desde entonces la odió.Le atribuyó a Norma la culpa de la partida de Blanca.Aunque Norma no había hecho nada, su razón le repetía: esa mujer es astuta y sucia. Debía mantenerse lejos.Quién iba a decir que, a los pocos meses de casados, salió a la luz que Norma no era hija biológica de los Romero.La familia Romero volcó toda su atención en la verdadera hija perdida y la arrojaron a ella como a basura.La actitud de la familia Lobos cambió aún más drásticamente.Sin el respaldo de los Romero, Norma perdió cualquier valor de alianza.Se convirtió en una espina en la familia Lobos. Su suegra, Elena Cisneros, le soltaba sarcasmos a diario, esperando que Norma pidiera el divorcio por su cuenta para hacerle lugar a la “verdadera nuera” del futuro.Norma suspiró, metió tres prendas a las apuradas en la maleta y, cuando estaba cerrando el cierre, sonó el teléfono: era Elena.—Norma, ¿acaso olvidaste qué día es hoy? ¡Muévete de una vez para acá! Si se retrasa lo importante, ya verás cómo te va.Colgó sin más.A Norma se le desfiguró la cara de rabia.Cierto: hoy era el día de su visita semanal a la casa de los Lobos.Desde que supieron que no era hija biológica de los Romero, Elena no había dejado de hostigarla por todo.Siempre se quejaba de por qué esa basura, echada por los Romero, insistía en aferrarse al hijo de los Lobos.Pero Isaac y Norma ya estaban casados, e Isaac no quería divorciarse en el acto.Así que Elena empezó a humillarla.Olvidó, claro, que en su momento los Lobos ansiaban la alianza con los Romero y querían a Norma de nuera.Las vueltas de la vida: ahora deseaban que Norma desapareciera.La única excepción era la anciana enferma de la familia, la abuela de Isaac.Cada semana volvía de la residencia a la mansión, y su persona favorita era Norma.Norma le estaba agradecida: era la única en los Lobos que la trataba con calidez. Por eso, de todos modos fue a la mansión.Apenas entró, Elena arrojó un florero al piso.—Norma, así que sí recuerdas qué día es. Con lo tarde que llegas… ¿por qué no te mueres afuera, de una vez? ¡Qué mal fario!Norma esquivó con un movimiento limpio el florero.El florero estalló en el suelo. El agua salpicó y le mojó la bastilla del vestido.Elena, al verla esquivar, avanzó furiosa y alzó la mano para darle una bofetada.Norma le sujetó la muñeca de un tirón.—¡Ya basta!Los ojos de Norma, fríos.Elena se quedó momentáneamente pasmada por la resistencia.—¿Te atreves…?Norma apretó y le soltó el brazo con violencia.Elena no había reaccionado aún cuando Flora Lobos, la hermana menor de Isaac, llegó corriendo y empujó con fuerza a Norma.—¡Norma, qué problema tienes!—¡Aquí no es tu propia casa! ¡Estás en la casa de los Lobos, compórtate! Mi madre es tu suegra, ¿cómo te atreves a ponerle una mano encima? ¡Perra!Norma casi pierde el equilibrio.De pronto, sintió un cuerpo fuerte detrás de ella que la sostuvo.Al volverse, vio a Isaac, que acababa de llegar.Isaac frunció el ceño.—Norma, ¿estás bien? ¿Cómo no te cuidas?Palabras que sonaban a preocupación pero que, para Norma, sonaron a reproche.Desde que supo la verdad del “embarázate” de Isaac, verlo le provocaba náuseas. Con la cara helada, lo apartó de un empujón.Isaac se extrañó por su reacción y, justo entonces, oyó el bufido de Flora:—Hermano, mírala, cómo malcriaste a esta desgraciada.—Hace un rato por poco hiere a mamá. ¡Y ahora te trata así! ¿Qué clase de cosa se cree?—No es más que la basura que los Romero desecharon, una impostora. Se aprovechó del nombre de la hija Romero y vivió a cuerpo de reina tantos años; ahora que se destapó su origen y la echaron, es una perra apaleada.—Y vaya si tiene suerte: todavía se metió en nuestra familia. En vez de agradecer, se rebela contra los mayores. Tienes que ponerla en su lugar.Las acusaciones de Flora hicieron que Isaac frunciera aún más el ceño.—Norma, ¿cómo le pusiste una mano encima a mi madre?—Aunque te haya dicho dos cosas y te molestaron, tienes que aguantar. ¿Cómo vas a atacarla? Hazlo por mí: ve y discúlpate con mi mamá.Norma apretó el puño a un costado y tragó su ira. Ya debería haber visto la hipocresía de Isaac. Antes aún lo excusaba por estar en medio, ahora solo le parecía risible.Alzó la mirada a Isaac.—Isaac, cállate. Me he bancado un año de burlas y sarcasmos de Elena. ¿Te parece poco? ¿A ti no te insultaron, cierto? No tienes idea de todo lo que me ha pasado en esta casa; así que no me des órdenes.

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