Alma Varela lo tenía todo para ser feliz, o eso creía. Pero el día que sufrió un aborto espontáneo, sola y desamparada en un hospital, la venda cayó de sus ojos. Mientras ella perdía a su segundo hijo, su esposo, Víctor Meléndez, disfrutaba de la nieve en Aspen con su "cuñada" viuda, Susana, y la hija de Alma, la pequeña Luna. Para Alma, la traición no fue solo una infidelidad emocional; fue descubrir que en su propia casa, ella era la intrusa. Su esposo ama a otra, su suegra la desprecia y su propia hija llama "mamá" a la mujer que destruyó su hogar. Humillada, ignorada y tratada como un simple reemplazo, Alma toma una decisión radical: el divorcio. Pero Víctor, arrogante y ciego, cree que es solo un berrinche. Cree que Alma, la mujer que renunció a su brillante carrera científica para ser ama de casa, no es nada sin él. Se equivoca. Alma no solo reclama su libertad, sino que recupera su identidad como una genio de la biotecnología, llevándose consigo patentes millonarias y uniéndose a la competencia: Corporación Vanguardia. Allí, el destino le tiene preparada la sorpresa más dulce y peligrosa: Félix Meléndez. Él es el tío de Víctor, el hombre más poderoso de la ciudad y el único que ve en Alma a una mujer digna de ser adorada, no escondida. Mientras Víctor se hunde en los celos y el arrepentimiento al ver a su exesposa brillar, y Susana ve cómo sus mentiras se desmoronan, Alma descubre que la mejor venganza no es el odio, sino el éxito... y quizás, un amor prohibido en los brazos del hombre que su exmarido más teme.

Capítulo 1—Señora Varela, lo lamento mucho. No pudimos salvar al bebé.Alma Varela se acarició el vientre, con la mirada perdida en el blanco inmaculado del techo del hospital.No fue hasta el día de su aborto espontáneo que descubrió que la persona que Víctor Meléndez siempre había amado profundamente era su cuñada.Hoy debía ser su primera consulta prenatal. Víctor le había prometido, con mucha antelación, que la acompañaría. Sin embargo, en el día de la cita, Alma le marcó treinta y seis veces. Incluso en el momento en que un carrito de servicio la embistió en el pasillo del centro comercial, lanzándola al suelo, él nunca apareció.Justo en ese instante, mientras yacía en el piso tras el golpe, la videollamada por fin se conectó.El celular había caído a unos diez metros de ella, pero Alma pudo escuchar con claridad la risa de su hija a través del altavoz.—¡Papá, mira, está nevando!—Lunita, ven rápido con Susi, vamos a hacer un muñeco de nieve.La voz del hombre, fría y con un toque de impaciencia, resonó desde el aparato:—Alma, ¿qué quieres?Alma se sujetaba el vientre, desgarrada por el dolor.—Víctor…Trató de estirar la mano para alcanzar el celular que no estaba lejos, pero un segundo después, una risa coqueta y cristalina salió del dispositivo, haciendo que se le helara la sangre.—Víctor, ¿es Alma? ¿Será que no sabe que vinimos a Aspen?—¡Papá, ven rápido! ¿Otra vez es mamá molestando?—Ay, qué fastidio con ella. ¡Papá, cuelga ya! ¡Mejor vamos a tomarnos una foto con mami Susi!Víctor echó un vistazo rápido a la pantalla, donde solo se veía un techo blanco y borroso, y dijo con voz grave:—Voy a colgar. Lo que sea que tengas, lo hablamos cuando regrese. Voy a estar con Susi y Lunita.Alma, apoyándose con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó acercarse al celular, deseando que él la viera, que viera su estado.Pero en el último segundo antes de que se cortara la imagen, vio a los tres en la pantalla, sonriendo felices bajo la nieve, tan dulces como una verdadera familia.¿No había prometido acompañarla hoy al médico? ¿Por qué él y su hija estaban acompañando a su cuñada a esquiar?Finalmente, abrumada por una desolación absoluta, Alma se desmayó.Cuando despertó, el médico le dio la noticia de que había perdido a su segundo hijo.—Señora Varela, ¿su familia aún no llega?Alma sonrió con amargura. ¿Qué familia le quedaba?Su esposo y su hija estaban en el extranjero viendo la nieve con su cuñada. Y su madre... Alma no quería decirle para no preocuparla.—Gracias, doctor. ¿Cuántos días debo quedarme para que me den el alta?El médico suspiró; pobre mujer, qué mala suerte tenía.—Necesitamos observarla unos dos o tres días más. Si no se recupera bien, será muy difícil que pueda volver a embarazarse en el futuro.Al pensar en ese bebé de apenas tres meses, las lágrimas de Alma brotaron sin control. Era un hijo que había concebido con mucho esfuerzo, porque su hija le rogaba y lloraba pidiendo un hermanito o hermanita.Originalmente, Alma no quería tener otro, pero no pudo resistirse cuando Víctor dijo que él también quería "la parejita".Sin embargo, las dos personas más cercanas a ella estaban ahora acompañando a otra mujer. Incluso se negaron a escuchar su llamada de auxilio.Alma sabía que Víctor tenía un carácter frío y que nunca había estado muy dispuesto a tener intimidad emocional con ella. ¿Pero su hija? ¿Por qué su tesoro, a quien cuidaba con tanto esmero, actuaba así?«Mami Susi...».Resulta que, en privado, su hija llamaba "mami" a la cuñada de Víctor.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en el corazón de su hija?El día del alta, Alma hizo los trámites sola.—Recuerde venir a sus revisiones periódicas —le indicó el médico—. Si se cuida bien, en el futuro todavía podrá intentar un segundo embarazo.En el rostro pálido de Alma se dibujó una sonrisa forzada.—Gracias, doctor.—Un segundo hijo... Eso no volverá a pasar.Sentada en el taxi de aplicación, vio que llegaba un video al grupo familiar de Messenger.Entre los copos de nieve que bailaban en el aire, una pequeña figura sostenía torpemente un helado.—¡Wow! Mami Susi, este helado está delicioso, ¡pruébalo rápido!En el video, una mujer se agachaba con ternura y daba un pequeño mordisco.—¡Qué rico! Víctor, ¿quieres probar? Está muy dulce.La mirada del hombre, cargada de afecto, no se apartaba del rostro de la mujer. Bajó ligeramente la cabeza y mordió justo en el mismo lugar donde ella había comido.Su voz, usualmente fría, sonaba con una calidez inusual:—Mm, muy dulce.Apenas terminó de ver el video de cincuenta segundos, este fue eliminado.El siguiente mensaje fue una nota de voz de su hija:[Ay, me equivoqué, me equivoqué. Jeje, grupo equivocado].Su suegra preguntó cariñosamente en el chat:[Tesoro, ¿qué mandaste por error? Mándalo otra vez para que la abuela lo vea, ¿sí?].Alma cerró los ojos a medias, recostándose en el asiento, sintiendo un sabor amargo en la garganta.Víctor era extremadamente quisquilloso con la higiene; nunca tocaba nada que ella hubiera mordido antes. Sin embargo, ahora estaba dispuesto a comer lo que otra mujer había probado.Al pensar que esa "otra mujer" era su cuñada, el estómago de Alma se revolvió.Dante había muerto en un accidente automovilístico hacía apenas un mes. ¿Tan poco tiempo le tomó a Víctor dejar salir sus intenciones ocultas?«Grupo equivocado...».No sabía desde cuándo tenían un pequeño grupo a sus espaldas.Alma no regresó de inmediato a la casa de los Meléndez; primero pasó por un despacho de abogados.Había estado desaparecida tres días y nadie en esa casa había preguntado por ella.Al llegar a casa, su suegra, Regina Medina, la miró de reojo con desdén.—Tú, una embarazada, al fin te dignas a aparecer.Alma subió las escaleras sin decir una palabra; hoy no tenía fuerzas para discutir.Esa noche, finalmente vio al hombre que la había dejado plantada.Víctor empujó su maleta hacia el vestidor.—Ayúdame a desempacar en un rato, hay ropa sucia mía y de Lunita que debe ir a la lavandería.Se quitó el abrigo y notó que la mujer estaba inusualmente callada hoy. En su rostro atractivo cruzó una fugaz sombra de duda.—¿Por qué no hablas? ¿Cómo te fue en la consulta el otro día? —preguntó alzando una ceja.¿La consulta?¡Víctor todavía tenía el descaro de mencionar la consulta!Alma pensó en el bebé que acababa de perder y sintió una punzada agonizante en el corazón. Con los ojos enrojecidos, gritó histérica:—¡Víctor, ya no hay bebé! ¡Nunca vas a tener un segundo hijo en esta vida!Víctor se quedó atónito. Era la primera vez que veía a esta mujer perder el control de esa manera.Frunció el ceño ligeramente.—Alma, ¿qué estupideces estás diciendo? Con esa actitud, ¡con razón a Lunita no le agradas!Alma, con los ojos inyectados en sangre, clavó su mirada en el hombre.—Ja. ¿Y a quién quiere entonces? ¿A la "mami Susi" que apenas enviudó y ya vino a seducir a su cuñado?—¡Basta, Alma! ¿Ahora hasta tienes celos de mi cuñada?Era la primera vez que Víctor se refería a Susana Villegas como "cuñada". ¡Al menos recordaba que era la esposa de su propio hermano!—Lunita me espera en el comedor, aún no cenamos. Tú —Víctor miró hacia atrás a la mujer de rostro pálido—, quédate aquí y reflexiona sobre tu actitud.En el instante en que se cerró la puerta, las lágrimas de Alma rodaron por sus mejillas. Se las limpió con rabia y marcó al número de su mejor amiga, Daniela.—Dani, ¿conoces a algún buen abogado de divorcios?Como era de esperarse, Víctor no volvió a la habitación en toda la noche, y su hija tampoco.Su cuñada Susana no vivía en la mansión; decía que quedarse ahí le traía demasiados recuerdos dolorosos, así que se había mudado a un departamento de lujo de la familia en el centro.Alma podía imaginar perfectamente dónde estaban sin necesidad de abrir los ojos.Guardó algunos documentos importantes en su bolsa y abrió la puerta para salir, encontrándose con la mirada crítica de su suegra.—Vaya, la embarazada despertó. Qué temprano te levantas.Alma sabía que a Regina no le caía bien, simplemente porque ella no venía de una familia adinerada, sino que era hija de la empleada doméstica. Después de casarse, Regina le criticaba todo, aunque la situación se había suavizado un poco tras el nacimiento de su nieta.Pero comparada con Susana, la heredera de la familia Villegas, Regina prefería mil veces a su nuera mayor.—Suegra, tengo cosas que hacer, voy a salir.Regina le lanzó una mirada indiferente, resopló y subió las escaleras.Alma recordó que le faltaba algo y se dirigió directamente al estudio de Víctor. Normalmente, cuando Víctor estaba en casa, rara vez le permitía entrar ahí.En aquel entonces, Alma bromeaba preguntándole si escondía algún secreto. Hasta que vio ese pequeño cuarto de almacenamiento con cerradura electrónica dentro del estudio. Se detuvo un momento y se acercó.En el primer intento ingresó el cumpleaños de Víctor; como era de esperarse, marcó error.En el segundo, usó el cumpleaños de su hija; error nuevamente.Alma nunca había querido pensar mal, pero ahora, con los dedos temblorosos, ingresó el cumpleaños de Susana.¡Desbloqueado!Alma sintió que le faltaba el aire y empujó la puerta del pequeño cuarto.Las paredes estaban cubiertas de fotos de Susana. Fue como recibir una bofetada tras otra, sintiendo el ardor en las mejillas.Resulta que no le permitía entrar a su estudio porque estaba lleno de sus fantasías prohibidas.Había fotos del perfil de Susana dormida, de Susana leyendo en el jardín, de Susana abrazando cariñosamente a su hija. Y sobre las fotos, una caligrafía firme y potente rezaba: «El amor de mi vida».Si ella era el amor de su vida, ¿qué era Alma entonces?En un instante, la decepción, el frío en el alma y la tristeza inundaron su pecho.Solo en ese momento Alma despertó por completo: no era más que un reemplazo.Sacó su celular, tomó varias fotos y volvió a cerrar la puerta, dejándolo todo tal como si nunca hubiera estado allí.En el despacho de abogados, Alma esperaba sentada en la recepción.—Señora Varela, disculpe la espera. Hoy los abogados están fuera, el licenciado Aguilar no regresará hasta las once, le pedimos paciencia.Alma tomó el vaso de agua y sonrió levemente.—Gracias.La recepcionista, al darse la vuelta después de entregar el agua, se quedó hipnotizada por una figura imponente que entraba por la puerta principal.El hombre tenía cejas afiladas como navajas, facciones marcadas y unos ojos negros como la tinta que transmitían una distancia gélida.—¿Se encuentra Pablo Farías? —su voz, grave y magnética, tenía un toque frío.La recepcionista se quedó pasmada por el aura de poder innato que emanaba el hombre. Tartamudeó un poco:—S-sí, aquí está. Señor, ¿tiene cita?El hombre frunció ligeramente los labios finos.—No es necesario. Dile que soy Meléndez.Mientras la recepcionista confirmaba con su jefe, los ojos profundos del hombre parecieron deslizarse casualmente hacia la figura de espaldas que vestía de rojo en la sala de espera.Alma, al escuchar la voz en la recepción, se giró de golpe, pero solo alcanzó a ver una espalda alejándose.¿Un Meléndez? ¿Era algún pariente de Víctor?Parecía que no era el abogado Aguilar a quien ella buscaba.Alma pensó que tendría que esperar mucho tiempo, pero diez minutos después, la recepcionista se acercó amablemente:—Señora Varela, nuestro director, el licenciado Farías, tiene un espacio libre. También es experto en divorcios, ¿le gustaría verlo?Capítulo 2—Señora Varela, lo lamento mucho. No pudimos salvar al bebé.Alma Varela se acarició el vientre, con la mirada perdida en el blanco inmaculado del techo del hospital.No fue hasta el día de su aborto espontáneo que descubrió que la persona que Víctor Meléndez siempre había amado profundamente era su cuñada.Hoy debía ser su primera consulta prenatal. Víctor le había prometido, con mucha antelación, que la acompañaría. Sin embargo, en el día de la cita, Alma le marcó treinta y seis veces. Incluso en el momento en que un carrito de servicio la embistió en el pasillo del centro comercial, lanzándola al suelo, él nunca apareció.Justo en ese instante, mientras yacía en el piso tras el golpe, la videollamada por fin se conectó.El celular había caído a unos diez metros de ella, pero Alma pudo escuchar con claridad la risa de su hija a través del altavoz.—¡Papá, mira, está nevando!—Lunita, ven rápido con Susi, vamos a hacer un muñeco de nieve.La voz del hombre, fría y con un toque de impaciencia, resonó desde el aparato:—Alma, ¿qué quieres?Alma se sujetaba el vientre, desgarrada por el dolor.—Víctor…Trató de estirar la mano para alcanzar el celular que no estaba lejos, pero un segundo después, una risa coqueta y cristalina salió del dispositivo, haciendo que se le helara la sangre.—Víctor, ¿es Alma? ¿Será que no sabe que vinimos a Aspen?—¡Papá, ven rápido! ¿Otra vez es mamá molestando?—Ay, qué fastidio con ella. ¡Papá, cuelga ya! ¡Mejor vamos a tomarnos una foto con mami Susi!Víctor echó un vistazo rápido a la pantalla, donde solo se veía un techo blanco y borroso, y dijo con voz grave:—Voy a colgar. Lo que sea que tengas, lo hablamos cuando regrese. Voy a estar con Susi y Lunita.Alma, apoyándose con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó acercarse al celular, deseando que él la viera, que viera su estado.Pero en el último segundo antes de que se cortara la imagen, vio a los tres en la pantalla, sonriendo felices bajo la nieve, tan dulces como una verdadera familia.¿No había prometido acompañarla hoy al médico? ¿Por qué él y su hija estaban acompañando a su cuñada a esquiar?Finalmente, abrumada por una desolación absoluta, Alma se desmayó.Cuando despertó, el médico le dio la noticia de que había perdido a su segundo hijo.—Señora Varela, ¿su familia aún no llega?Alma sonrió con amargura. ¿Qué familia le quedaba?Su esposo y su hija estaban en el extranjero viendo la nieve con su cuñada. Y su madre... Alma no quería decirle para no preocuparla.—Gracias, doctor. ¿Cuántos días debo quedarme para que me den el alta?El médico suspiró; pobre mujer, qué mala suerte tenía.—Necesitamos observarla unos dos o tres días más. Si no se recupera bien, será muy difícil que pueda volver a embarazarse en el futuro.Al pensar en ese bebé de apenas tres meses, las lágrimas de Alma brotaron sin control. Era un hijo que había concebido con mucho esfuerzo, porque su hija le rogaba y lloraba pidiendo un hermanito o hermanita.Originalmente, Alma no quería tener otro, pero no pudo resistirse cuando Víctor dijo que él también quería "la parejita".Sin embargo, las dos personas más cercanas a ella estaban ahora acompañando a otra mujer. Incluso se negaron a escuchar su llamada de auxilio.Alma sabía que Víctor tenía un carácter frío y que nunca había estado muy dispuesto a tener intimidad emocional con ella. ¿Pero su hija? ¿Por qué su tesoro, a quien cuidaba con tanto esmero, actuaba así?«Mami Susi...».Resulta que, en privado, su hija llamaba "mami" a la cuñada de Víctor.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en el corazón de su hija?El día del alta, Alma hizo los trámites sola.—Recuerde venir a sus revisiones periódicas —le indicó el médico—. Si se cuida bien, en el futuro todavía podrá intentar un segundo embarazo.En el rostro pálido de Alma se dibujó una sonrisa forzada.—Gracias, doctor.—Un segundo hijo... Eso no volverá a pasar.Sentada en el taxi de aplicación, vio que llegaba un video al grupo familiar de Messenger.Entre los copos de nieve que bailaban en el aire, una pequeña figura sostenía torpemente un helado.—¡Wow! Mami Susi, este helado está delicioso, ¡pruébalo rápido!En el video, una mujer se agachaba con ternura y daba un pequeño mordisco.—¡Qué rico! Víctor, ¿quieres probar? Está muy dulce.La mirada del hombre, cargada de afecto, no se apartaba del rostro de la mujer. Bajó ligeramente la cabeza y mordió justo en el mismo lugar donde ella había comido.Su voz, usualmente fría, sonaba con una calidez inusual:—Mm, muy dulce.Apenas terminó de ver el video de cincuenta segundos, este fue eliminado.El siguiente mensaje fue una nota de voz de su hija:[Ay, me equivoqué, me equivoqué. Jeje, grupo equivocado].Su suegra preguntó cariñosamente en el chat:[Tesoro, ¿qué mandaste por error? Mándalo otra vez para que la abuela lo vea, ¿sí?].Alma cerró los ojos a medias, recostándose en el asiento, sintiendo un sabor amargo en la garganta.Víctor era extremadamente quisquilloso con la higiene; nunca tocaba nada que ella hubiera mordido antes. Sin embargo, ahora estaba dispuesto a comer lo que otra mujer había probado.Al pensar que esa "otra mujer" era su cuñada, el estómago de Alma se revolvió.Dante había muerto en un accidente automovilístico hacía apenas un mes. ¿Tan poco tiempo le tomó a Víctor dejar salir sus intenciones ocultas?«Grupo equivocado...».No sabía desde cuándo tenían un pequeño grupo a sus espaldas.Alma no regresó de inmediato a la casa de los Meléndez; primero pasó por un despacho de abogados.Había estado desaparecida tres días y nadie en esa casa había preguntado por ella.Al llegar a casa, su suegra, Regina Medina, la miró de reojo con desdén.—Tú, una embarazada, al fin te dignas a aparecer.Alma subió las escaleras sin decir una palabra; hoy no tenía fuerzas para discutir.Esa noche, finalmente vio al hombre que la había dejado plantada.Víctor empujó su maleta hacia el vestidor.—Ayúdame a desempacar en un rato, hay ropa sucia mía y de Lunita que debe ir a la lavandería.Se quitó el abrigo y notó que la mujer estaba inusualmente callada hoy. En su rostro atractivo cruzó una fugaz sombra de duda.—¿Por qué no hablas? ¿Cómo te fue en la consulta el otro día? —preguntó alzando una ceja.¿La consulta?¡Víctor todavía tenía el descaro de mencionar la consulta!Alma pensó en el bebé que acababa de perder y sintió una punzada agonizante en el corazón. Con los ojos enrojecidos, gritó histérica:—¡Víctor, ya no hay bebé! ¡Nunca vas a tener un segundo hijo en esta vida!Víctor se quedó atónito. Era la primera vez que veía a esta mujer perder el control de esa manera.Frunció el ceño ligeramente.—Alma, ¿qué estupideces estás diciendo? Con esa actitud, ¡con razón a Lunita no le agradas!Alma, con los ojos inyectados en sangre, clavó su mirada en el hombre.—Ja. ¿Y a quién quiere entonces? ¿A la "mami Susi" que apenas enviudó y ya vino a seducir a su cuñado?—¡Basta, Alma! ¿Ahora hasta tienes celos de mi cuñada?Era la primera vez que Víctor se refería a Susana Villegas como "cuñada". ¡Al menos recordaba que era la esposa de su propio hermano!—Lunita me espera en el comedor, aún no cenamos. Tú —Víctor miró hacia atrás a la mujer de rostro pálido—, quédate aquí y reflexiona sobre tu actitud.En el instante en que se cerró la puerta, las lágrimas de Alma rodaron por sus mejillas. Se las limpió con rabia y marcó al número de su mejor amiga, Daniela.—Dani, ¿conoces a algún buen abogado de divorcios?Como era de esperarse, Víctor no volvió a la habitación en toda la noche, y su hija tampoco.Su cuñada Susana no vivía en la mansión; decía que quedarse ahí le traía demasiados recuerdos dolorosos, así que se había mudado a un departamento de lujo de la familia en el centro.Alma podía imaginar perfectamente dónde estaban sin necesidad de abrir los ojos.Guardó algunos documentos importantes en su bolsa y abrió la puerta para salir, encontrándose con la mirada crítica de su suegra.—Vaya, la embarazada despertó. Qué temprano te levantas.Alma sabía que a Regina no le caía bien, simplemente porque ella no venía de una familia adinerada, sino que era hija de la empleada doméstica. Después de casarse, Regina le criticaba todo, aunque la situación se había suavizado un poco tras el nacimiento de su nieta.Pero comparada con Susana, la heredera de la familia Villegas, Regina prefería mil veces a su nuera mayor.—Suegra, tengo cosas que hacer, voy a salir.Regina le lanzó una mirada indiferente, resopló y subió las escaleras.Alma recordó que le faltaba algo y se dirigió directamente al estudio de Víctor. Normalmente, cuando Víctor estaba en casa, rara vez le permitía entrar ahí.En aquel entonces, Alma bromeaba preguntándole si escondía algún secreto. Hasta que vio ese pequeño cuarto de almacenamiento con cerradura electrónica dentro del estudio. Se detuvo un momento y se acercó.En el primer intento ingresó el cumpleaños de Víctor; como era de esperarse, marcó error.En el segundo, usó el cumpleaños de su hija; error nuevamente.Alma nunca había querido pensar mal, pero ahora, con los dedos temblorosos, ingresó el cumpleaños de Susana.¡Desbloqueado!Alma sintió que le faltaba el aire y empujó la puerta del pequeño cuarto.Las paredes estaban cubiertas de fotos de Susana. Fue como recibir una bofetada tras otra, sintiendo el ardor en las mejillas.Resulta que no le permitía entrar a su estudio porque estaba lleno de sus fantasías prohibidas.Había fotos del perfil de Susana dormida, de Susana leyendo en el jardín, de Susana abrazando cariñosamente a su hija. Y sobre las fotos, una caligrafía firme y potente rezaba: «El amor de mi vida».Si ella era el amor de su vida, ¿qué era Alma entonces?En un instante, la decepción, el frío en el alma y la tristeza inundaron su pecho.Solo en ese momento Alma despertó por completo: no era más que un reemplazo.Sacó su celular, tomó varias fotos y volvió a cerrar la puerta, dejándolo todo tal como si nunca hubiera estado allí.En el despacho de abogados, Alma esperaba sentada en la recepción.—Señora Varela, disculpe la espera. Hoy los abogados están fuera, el licenciado Aguilar no regresará hasta las once, le pedimos paciencia.Alma tomó el vaso de agua y sonrió levemente.—Gracias.La recepcionista, al darse la vuelta después de entregar el agua, se quedó hipnotizada por una figura imponente que entraba por la puerta principal.El hombre tenía cejas afiladas como navajas, facciones marcadas y unos ojos negros como la tinta que transmitían una distancia gélida.—¿Se encuentra Pablo Farías? —su voz, grave y magnética, tenía un toque frío.La recepcionista se quedó pasmada por el aura de poder innato que emanaba el hombre. Tartamudeó un poco:—S-sí, aquí está. Señor, ¿tiene cita?El hombre frunció ligeramente los labios finos.—No es necesario. Dile que soy Meléndez.Mientras la recepcionista confirmaba con su jefe, los ojos profundos del hombre parecieron deslizarse casualmente hacia la figura de espaldas que vestía de rojo en la sala de espera.Alma, al escuchar la voz en la recepción, se giró de golpe, pero solo alcanzó a ver una espalda alejándose.¿Un Meléndez? ¿Era algún pariente de Víctor?Parecía que no era el abogado Aguilar a quien ella buscaba.Alma pensó que tendría que esperar mucho tiempo, pero diez minutos después, la recepcionista se acercó amablemente:—Señora Varela, nuestro director, el licenciado Farías, tiene un espacio libre. También es experto en divorcios, ¿le gustaría verlo?Capítulo 3—Señora Varela, lo lamento mucho. No pudimos salvar al bebé.Alma Varela se acarició el vientre, con la mirada perdida en el blanco inmaculado del techo del hospital.No fue hasta el día de su aborto espontáneo que descubrió que la persona que Víctor Meléndez siempre había amado profundamente era su cuñada.Hoy debía ser su primera consulta prenatal. Víctor le había prometido, con mucha antelación, que la acompañaría. Sin embargo, en el día de la cita, Alma le marcó treinta y seis veces. Incluso en el momento en que un carrito de servicio la embistió en el pasillo del centro comercial, lanzándola al suelo, él nunca apareció.Justo en ese instante, mientras yacía en el piso tras el golpe, la videollamada por fin se conectó.El celular había caído a unos diez metros de ella, pero Alma pudo escuchar con claridad la risa de su hija a través del altavoz.—¡Papá, mira, está nevando!—Lunita, ven rápido con Susi, vamos a hacer un muñeco de nieve.La voz del hombre, fría y con un toque de impaciencia, resonó desde el aparato:—Alma, ¿qué quieres?Alma se sujetaba el vientre, desgarrada por el dolor.—Víctor…Trató de estirar la mano para alcanzar el celular que no estaba lejos, pero un segundo después, una risa coqueta y cristalina salió del dispositivo, haciendo que se le helara la sangre.—Víctor, ¿es Alma? ¿Será que no sabe que vinimos a Aspen?—¡Papá, ven rápido! ¿Otra vez es mamá molestando?—Ay, qué fastidio con ella. ¡Papá, cuelga ya! ¡Mejor vamos a tomarnos una foto con mami Susi!Víctor echó un vistazo rápido a la pantalla, donde solo se veía un techo blanco y borroso, y dijo con voz grave:—Voy a colgar. Lo que sea que tengas, lo hablamos cuando regrese. Voy a estar con Susi y Lunita.Alma, apoyándose con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó acercarse al celular, deseando que él la viera, que viera su estado.Pero en el último segundo antes de que se cortara la imagen, vio a los tres en la pantalla, sonriendo felices bajo la nieve, tan dulces como una verdadera familia.¿No había prometido acompañarla hoy al médico? ¿Por qué él y su hija estaban acompañando a su cuñada a esquiar?Finalmente, abrumada por una desolación absoluta, Alma se desmayó.Cuando despertó, el médico le dio la noticia de que había perdido a su segundo hijo.—Señora Varela, ¿su familia aún no llega?Alma sonrió con amargura. ¿Qué familia le quedaba?Su esposo y su hija estaban en el extranjero viendo la nieve con su cuñada. Y su madre... Alma no quería decirle para no preocuparla.—Gracias, doctor. ¿Cuántos días debo quedarme para que me den el alta?El médico suspiró; pobre mujer, qué mala suerte tenía.—Necesitamos observarla unos dos o tres días más. Si no se recupera bien, será muy difícil que pueda volver a embarazarse en el futuro.Al pensar en ese bebé de apenas tres meses, las lágrimas de Alma brotaron sin control. Era un hijo que había concebido con mucho esfuerzo, porque su hija le rogaba y lloraba pidiendo un hermanito o hermanita.Originalmente, Alma no quería tener otro, pero no pudo resistirse cuando Víctor dijo que él también quería "la parejita".Sin embargo, las dos personas más cercanas a ella estaban ahora acompañando a otra mujer. Incluso se negaron a escuchar su llamada de auxilio.Alma sabía que Víctor tenía un carácter frío y que nunca había estado muy dispuesto a tener intimidad emocional con ella. ¿Pero su hija? ¿Por qué su tesoro, a quien cuidaba con tanto esmero, actuaba así?«Mami Susi...».Resulta que, en privado, su hija llamaba "mami" a la cuñada de Víctor.¿Y ella? ¿Qué lugar ocupaba en el corazón de su hija?El día del alta, Alma hizo los trámites sola.—Recuerde venir a sus revisiones periódicas —le indicó el médico—. Si se cuida bien, en el futuro todavía podrá intentar un segundo embarazo.En el rostro pálido de Alma se dibujó una sonrisa forzada.—Gracias, doctor.—Un segundo hijo... Eso no volverá a pasar.Sentada en el taxi de aplicación, vio que llegaba un video al grupo familiar de Messenger.Entre los copos de nieve que bailaban en el aire, una pequeña figura sostenía torpemente un helado.—¡Wow! Mami Susi, este helado está delicioso, ¡pruébalo rápido!En el video, una mujer se agachaba con ternura y daba un pequeño mordisco.—¡Qué rico! Víctor, ¿quieres probar? Está muy dulce.La mirada del hombre, cargada de afecto, no se apartaba del rostro de la mujer. Bajó ligeramente la cabeza y mordió justo en el mismo lugar donde ella había comido.Su voz, usualmente fría, sonaba con una calidez inusual:—Mm, muy dulce.Apenas terminó de ver el video de cincuenta segundos, este fue eliminado.El siguiente mensaje fue una nota de voz de su hija:[Ay, me equivoqué, me equivoqué. Jeje, grupo equivocado].Su suegra preguntó cariñosamente en el chat:[Tesoro, ¿qué mandaste por error? Mándalo otra vez para que la abuela lo vea, ¿sí?].Alma cerró los ojos a medias, recostándose en el asiento, sintiendo un sabor amargo en la garganta.Víctor era extremadamente quisquilloso con la higiene; nunca tocaba nada que ella hubiera mordido antes. Sin embargo, ahora estaba dispuesto a comer lo que otra mujer había probado.Al pensar que esa "otra mujer" era su cuñada, el estómago de Alma se revolvió.Dante había muerto en un accidente automovilístico hacía apenas un mes. ¿Tan poco tiempo le tomó a Víctor dejar salir sus intenciones ocultas?«Grupo equivocado...».No sabía desde cuándo tenían un pequeño grupo a sus espaldas.Alma no regresó de inmediato a la casa de los Meléndez; primero pasó por un despacho de abogados.Había estado desaparecida tres días y nadie en esa casa había preguntado por ella.Al llegar a casa, su suegra, Regina Medina, la miró de reojo con desdén.—Tú, una embarazada, al fin te dignas a aparecer.Alma subió las escaleras sin decir una palabra; hoy no tenía fuerzas para discutir.Esa noche, finalmente vio al hombre que la había dejado plantada.Víctor empujó su maleta hacia el vestidor.—Ayúdame a desempacar en un rato, hay ropa sucia mía y de Lunita que debe ir a la lavandería.Se quitó el abrigo y notó que la mujer estaba inusualmente callada hoy. En su rostro atractivo cruzó una fugaz sombra de duda.—¿Por qué no hablas? ¿Cómo te fue en la consulta el otro día? —preguntó alzando una ceja.¿La consulta?¡Víctor todavía tenía el descaro de mencionar la consulta!Alma pensó en el bebé que acababa de perder y sintió una punzada agonizante en el corazón. Con los ojos enrojecidos, gritó histérica:—¡Víctor, ya no hay bebé! ¡Nunca vas a tener un segundo hijo en esta vida!Víctor se quedó atónito. Era la primera vez que veía a esta mujer perder el control de esa manera.Frunció el ceño ligeramente.—Alma, ¿qué estupideces estás diciendo? Con esa actitud, ¡con razón a Lunita no le agradas!Alma, con los ojos inyectados en sangre, clavó su mirada en el hombre.—Ja. ¿Y a quién quiere entonces? ¿A la "mami Susi" que apenas enviudó y ya vino a seducir a su cuñado?—¡Basta, Alma! ¿Ahora hasta tienes celos de mi cuñada?Era la primera vez que Víctor se refería a Susana Villegas como "cuñada". ¡Al menos recordaba que era la esposa de su propio hermano!—Lunita me espera en el comedor, aún no cenamos. Tú —Víctor miró hacia atrás a la mujer de rostro pálido—, quédate aquí y reflexiona sobre tu actitud.En el instante en que se cerró la puerta, las lágrimas de Alma rodaron por sus mejillas. Se las limpió con rabia y marcó al número de su mejor amiga, Daniela.—Dani, ¿conoces a algún buen abogado de divorcios?Como era de esperarse, Víctor no volvió a la habitación en toda la noche, y su hija tampoco.Su cuñada Susana no vivía en la mansión; decía que quedarse ahí le traía demasiados recuerdos dolorosos, así que se había mudado a un departamento de lujo de la familia en el centro.Alma podía imaginar perfectamente dónde estaban sin necesidad de abrir los ojos.Guardó algunos documentos importantes en su bolsa y abrió la puerta para salir, encontrándose con la mirada crítica de su suegra.—Vaya, la embarazada despertó. Qué temprano te levantas.Alma sabía que a Regina no le caía bien, simplemente porque ella no venía de una familia adinerada, sino que era hija de la empleada doméstica. Después de casarse, Regina le criticaba todo, aunque la situación se había suavizado un poco tras el nacimiento de su nieta.Pero comparada con Susana, la heredera de la familia Villegas, Regina prefería mil veces a su nuera mayor.—Suegra, tengo cosas que hacer, voy a salir.Regina le lanzó una mirada indiferente, resopló y subió las escaleras.Alma recordó que le faltaba algo y se dirigió directamente al estudio de Víctor. Normalmente, cuando Víctor estaba en casa, rara vez le permitía entrar ahí.En aquel entonces, Alma bromeaba preguntándole si escondía algún secreto. Hasta que vio ese pequeño cuarto de almacenamiento con cerradura electrónica dentro del estudio. Se detuvo un momento y se acercó.En el primer intento ingresó el cumpleaños de Víctor; como era de esperarse, marcó error.En el segundo, usó el cumpleaños de su hija; error nuevamente.Alma nunca había querido pensar mal, pero ahora, con los dedos temblorosos, ingresó el cumpleaños de Susana.¡Desbloqueado!Alma sintió que le faltaba el aire y empujó la puerta del pequeño cuarto.Las paredes estaban cubiertas de fotos de Susana. Fue como recibir una bofetada tras otra, sintiendo el ardor en las mejillas.Resulta que no le permitía entrar a su estudio porque estaba lleno de sus fantasías prohibidas.Había fotos del perfil de Susana dormida, de Susana leyendo en el jardín, de Susana abrazando cariñosamente a su hija. Y sobre las fotos, una caligrafía firme y potente rezaba: «El amor de mi vida».Si ella era el amor de su vida, ¿qué era Alma entonces?En un instante, la decepción, el frío en el alma y la tristeza inundaron su pecho.Solo en ese momento Alma despertó por completo: no era más que un reemplazo.Sacó su celular, tomó varias fotos y volvió a cerrar la puerta, dejándolo todo tal como si nunca hubiera estado allí.En el despacho de abogados, Alma esperaba sentada en la recepción.—Señora Varela, disculpe la espera. Hoy los abogados están fuera, el licenciado Aguilar no regresará hasta las once, le pedimos paciencia.Alma tomó el vaso de agua y sonrió levemente.—Gracias.La recepcionista, al darse la vuelta después de entregar el agua, se quedó hipnotizada por una figura imponente que entraba por la puerta principal.El hombre tenía cejas afiladas como navajas, facciones marcadas y unos ojos negros como la tinta que transmitían una distancia gélida.—¿Se encuentra Pablo Farías? —su voz, grave y magnética, tenía un toque frío.La recepcionista se quedó pasmada por el aura de poder innato que emanaba el hombre. Tartamudeó un poco:—S-sí, aquí está. Señor, ¿tiene cita?El hombre frunció ligeramente los labios finos.—No es necesario. Dile que soy Meléndez.Mientras la recepcionista confirmaba con su jefe, los ojos profundos del hombre parecieron deslizarse casualmente hacia la figura de espaldas que vestía de rojo en la sala de espera.Alma, al escuchar la voz en la recepción, se giró de golpe, pero solo alcanzó a ver una espalda alejándose.¿Un Meléndez? ¿Era algún pariente de Víctor?Parecía que no era el abogado Aguilar a quien ella buscaba.Alma pensó que tendría que esperar mucho tiempo, pero diez minutos después, la recepcionista se acercó amablemente:—Señora Varela, nuestro director, el licenciado Farías, tiene un espacio libre. También es experto en divorcios, ¿le gustaría verlo?

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