La familia Mendes ha recibido a una niña que todos consideran un fracaso, una rebelde que apenas asiste a clases y se enfrenta a todos. Después de ser expulsada de casa y regresar a las calles, la gente aplaude, pensando que su historia ha terminado. Pero, ¿quién podría imaginar que su hermano mayor es un famoso actor, su segundo hermano un renombrado médico, y su tercer hermano el legendario campeón de carreras, junto a varias hermanas con identidades sorprendentes? Todos se burlan: "¿De qué sirve tener hermanos talentosos si ella es un desastre?" Pero en un giro inesperado, un magnate del comercio la llama maestra, un genio tecnológico le rinde homenaje, y el mejor hacker la reconoce como su mentora. En un momento de rendición, el misterioso magnate de la capital se arrodilla y le susurra: "Dame un lugar a tu lado, ¿sí?" ¡Y todos quedan atónitos!

Capítulo 1—¡Fuera de aquí!Aldana Mendes acababa de llegar a la vieja casona cuando se topó con la chocante decoración del velatorio.Al segundo siguiente, un montón de cachivaches, mezclados con algunas prendas viejas, salieron volando y se esparcieron por el lodo.—Don Joaquín te adoraba más que a nadie, ¡pero ni siquiera te presentaste a su funeral!Una mujer, ataviada completamente en un traje de luto negro y con un maquillaje refinado y elegante, la acusaba con arrogancia desde lo alto de la escalinata:—¡La familia Mendes te acogió hasta los dieciocho años, ha sido más que generosa!»¡A partir de hoy, dejas de ser nuestra hija!Al oír el alboroto, los invitados que habían venido a presentar sus respetos voltearon hacia donde miraba la señora Mendes.Bajo la lluvia, vieron a una chica con camiseta blanca y pantalones negros, cubierta de lodo y heridas, en un estado lamentable.Una ráfaga de viento le apartó el cabello desordenado del rostro, revelando una belleza exquisita. Tenía cejas perfectamente delineadas, ojos expresivos y un rostro de una pureza casi etérea, una belleza que deslumbraba por completo.Un rostro así, incluso en la capital, una ciudad llena de mujeres hermosas, sería absolutamente impactante.—Ah…Al verla bien, los invitados contuvieron el aliento.¡Así que ella era la infame falsa heredera de la familia Mendes!Se decía que, años atrás, cuando la verdadera heredera de los Mendes, Lucrecia Mendes estaba gravemente enferma y todos los hospitales la habían desahuciado, sus padres, desesperados, siguieron el consejo de un vidente y adoptaron a Aldana, una huérfana de la misma edad, para atraer buena suerte para su propia hija.Y, efectivamente, a los pocos años, Lucrecia se recuperó milagrosamente.La familia Mendes, en un gesto de bondad, no solo no devolvió a Aldana, sino que la crio como si fuera su propia hija durante quince años.Pero quién iba a pensar que Aldana sería un caso perdido. No se comparaba en nada con Lucrecia, ni en carácter ni en talento, y no hacía más que meterse en peleas y causar problemas.Incluso se corrió el rumor vergonzoso de que había intentado seducir al novio de su hermana.Y ahora que su verdadera familia la había encontrado, se negaba a irse, aferrándose a la riqueza y el lujo.¿Y qué si era guapa? Era un bello exterior pero vacío por dentro, careciendo de auténtica profundidad....Los murmullos la rodeaban, pero la chica actuaba como si no oyera nada.Apretó con fuerza la Hierba de Sangre que había encontrado tras cruzar montañas, sus ojos inyectados en sangre fijos en el retrato del anciano, sus labios pálidos temblando ligeramente.*Abu, no cumpliste tu promesa.**Dijiste que aguantarías hasta que yo volviera con la medicina para salvarte.*—Deja de fingir ya. Lo único que quieres es dinero, ¿no? —dijo la señora Mendes con una sonrisa fría y cruel—. ¡Lucrecia!—Hermana, aquí tienes treinta mil. Tómalos—intervino Lucrecia, ofreciéndole una tarjeta bancaria a Aldana. Su voz suave tenía un tono de caridad—. Sé que no es mucho, pero es más de lo que tu familia de la Alameda podría ahorrar en varios años.La Alameda, es el barrio bajo más famoso de toda la capital, e incluso del Continente del Norte.—...Aldana la ignoró. Se agachó y empezó a buscar las pertenencias de su abuelo entre la ropa desparramada.—Ah, y una cosa más —dijo Lucrecia, acercándose y mostrando deliberadamente el anillo de un millón que llevaba en el dedo, con una sonrisa que no ocultaba su presunción—. ¿Es hermoso, no? Me lo regaló Silvino.»Dijo que en cuanto terminen mis exámenes de admisión a la uni, vendrá a pedir mi mano. Y entonces…—Lucrecia, ¿estás enferma?Aldana terminó de limpiar las fotos de su abuelo, una por una, y las guardó con cuidado en su mochila.—¿Qué?Lucrecia se quedó helada, sin entender.—¿Se te pudrió la boca? ¡Hablas demasiada basura! —La chica levantó la mirada, su voz era gélida mientras pronunciaba cada palabra—. No me obligues a darte una bofetada hoy.El abuelo acababa de ser enterrado; no quería perturbar su paz.—Oye tú…La sonrisa forzada de Lucrecia se congeló, su rostro alternando entre el rojo y el blanco, su expresión volviéndose monstruosa.—¡Ya basta!Su padre adoptivo, Justino Mendes, sentía un profundo desprecio por Aldana, pero los presentes eran gente importante de la capital.Para guardar las apariencias, adoptó un tono paternal:—Aldana, no queremos que te vayas, pero deseamos aún más que estés con tu verdadera familia.»No te preocupes. Si en el futuro tienes alguna dificultad, te ayudaremos en lo que podamos.La aparente “bondad” de la familia de tres provocó elogios entre los presentes, quienes intensificaron sus insultos hacia Aldana.Mientras tanto, la aludida seguía limpiando tranquilamente sus cosas cubiertas de lodo, sin dignarse a responder, ni siquiera a mirar de reojo.Todos se quedaron perplejos. Provocarla era como golpear una almohada; no había reacción alguna.Una vez que terminó de recoger las pertenencias de su abuelo, Aldana se arrodilló y se inclinó tres veces respetuosamente en dirección al velatorio. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia y desaparecieron al instante.Tras unos segundos de silencio, se levantó y encaró a la familia Mendes, su voz fría y cortante:—A partir de hoy, no tengo ninguna relación con la familia Mendes. Y en cuanto a este dinero…La mirada de la chica se posó en la tarjeta bancaria. Entrecerró los ojos y dijo:—Guárdenlo. Cómprense un laxante y desatasquen los cerebros de los tres.—¡Aldana Mendes…!Humillado de esa manera, Justino apenas pudo mantener su máscara de falsedad.—¡Soy Aldana Carrillo! —lo corrigió ella, ocultando la desolación en su mirada antes de marcharse a grandes zancadas.¿Eh?¿No se suponía que codiciaba la fortuna y se negaba a irse?¿Qué había pasado?Los invitados se miraron unos a otros, completamente confundidos.—¿Se fue así, sin más? —La señora Mendes también lo encontró extraño. Apretó los dientes y murmuró en voz baja—: Parece que no sabe lo de la herencia.—¡Cállate! —la reprendió Justino de inmediato con voz gélida. Miró a su alrededor y bajó la voz—: ¿Qué tiene que ver la herencia con una bastarda como ella?El ascenso de la familia Mendes había sido meteórico. En pocos años, pasaron de ser una empresa desconocida en una ciudad pequeña a un conglomerado de renombre, lo que les permitió mudarse a la capital. Lucrecia, además, se había relacionado con el joven heredero de la influyente familia Targo de la capital, asegurándose un futuro prometedor.Pero, por alguna razón, don Joaquín estaba completamente ciego. Ignoraba a su propia familia para colmar de afecto a la adoptada, Aldana, e incluso planeaba dejarle el ochenta por ciento de su patrimonio.Si no hubiera sido porque Joaquín, compadeciéndose de ella, insistió en que se quedara, la habrían echado hace mucho tiempo.¿Querer dinero?Sin la protección de Joaquín, aplastarla sería más fácil que aplastar una hormiga....Era primavera. La ciudad entera estaba envuelta en una llovizna brumosa y las calles estaban casi desiertas.Un hombre de figura esbelta y aire distinguido estaba recostado en el asiento trasero de un deportivo, con las piernas elegantemente cruzadas. Revisaba unos documentos con aire despreocupado, pero su aura imponente era casi intimidante.—¿Y bien? —preguntó el hombre, con la cabeza ligeramente inclinada. La tenue luz del coche perfilaba un rostro atractivo, de facciones finas y una elegancia distante.—Jefe, perdimos el rastro —respondió Iván, inclinándose con sumo respeto—. Aparte de Fantasma, no hemos encontrado ninguna pista de otros miembros del Submundo.El Submundo es un arsenal de reciente aparición en el Continente del Sur que, bajo el liderazgo de “Fantasma”, había crecido a un ritmo vertiginoso. En pocos años, se había convertido en un formidable rival para la Alianza del Cracker del Continente del Norte, la organización del hombre.Por el control del mercado y las materias primas, ambos bandos se habían enfrentado en múltiples ocasiones, y la Alianza del Cracker había sufrido varios reveses.Siguieron a Fantasma hasta la capital en cuanto supieron que había aparecido allí, pero, inesperadamente, el rastro se había desvanecido por completo en un abrir y cerrar de ojos.El hombre detuvo el movimiento de sus dedos, su rostro ensombrecido por una furia contenida.—Sigan buscando —ordenó con voz gélida.Justo en ese momento, el timbre de un teléfono sonó inoportunamente.—Ay, Rogelio, querido, ¿ya viste las fotos? —La voz jovial de una anciana sonó un tanto estridente—. ¿Te gustaron, eh?—...El hombre se aflojó la corbata negra, su rostro severo era una máscara de hielo. Con una paciencia forzada, dijo:—Abuela, pues, necesito que me expliques algo. ¿Me puedes decir por qué hay un hombre en los perfiles para la cita a ciegas?—Eh… —La voz de la anciana vaciló. Tras dos segundos, explicó con voz apagada—: Bueno, es que temía que no te gustaran las chicas, así que…»Pero no te preocupes, en esta familia somos muy abiertos de mente. Mientras a ti te guste, nos da igual si es un gatito o un perrito.—...Rogelio Lucero levantó lentamente la mirada, sus ojos oscuros teñidos de un ligero cansancio. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.—Qué considerado de su parte, abue.El hombre sonrió y giró la cabeza. De repente, una esbelta silueta, envuelta en la bruma, apareció ante sus ojos.Afuera de la ventanilla del coche, la chica estaba de pie bajo el alero, con la mirada perdida en la distancia.Estaba completamente empapada, su cuerpo se apoyaba lánguidamente contra la pared y su rostro no tenía ni una pizca de color. Parecía una pobretona sin hogar.—¿No es esa la falsa heredera que expulsó la familia Mendes?Ese rostro era tan hermoso que resultaba inconfundible. Eliseo, en el asiento del copiloto, la reconoció al instante.—¿La falsa heredera?Rogelio entrecerró los ojos y soltó una bocanada de humo. La emoción en el fondo de su mirada era oscura e indescifrable.—Estaba persiguiendo a Fantasma y justo la vi cuando la echaban —respondió Eliseo respetuosamente—. Todos se metían con ella, fue bastante lamentable.—¿Ah, sí?Los delgados dedos del hombre descansaban sobre la ventanilla. Con pereza, sacudió la ceniza del cigarrillo mientras su mirada, fija en la chica, se volvía cada vez más profunda.Tras unos segundos de distracción, la pobretona apartó la vista, sacó una botella con un líquido transparente de su mochila, se arremangó la manga derecha y dejó al descubierto un corte tan profundo que casi se veía el hueso.La expresión de la chica no cambió. Se limpió la sangre con indiferencia y destapó la botella con la boca.Sin la menor vacilación, vertió todo el líquido sobre la herida.La sangre, mezclada con el desinfectante, goteaba sin cesar, formando un charco rojizo en el suelo.—¡Miér... Mierda!Eliseo casi pierde el control del volante. Con los ojos desorbitados, exclamó entre dientes:—¡Qué tipa tan dura!Tipos rudos como ellos, que habían pasado por todo tipo de peligros, ¿quién no aullaba como si lo estuvieran matando al limpiarse una herida?Ella, en cambio, parecía no sentir dolor. Su expresión era increíblemente serena; incluso se comió un caramelo a mitad del proceso.Al oír el claxon, Aldana levantó ligeramente los párpados y se encontró de improviso con una mirada profunda y penetrante.Aldana se detuvo unos segundos, confirmando que el hombre la estaba mirando a ella.—Iván.Al ver el rostro desconcertado de la chica, Rogelio apagó el cigarrillo y ordenó:—Ve a preguntarle si necesita ayuda.Se veía muy joven. No quería que alguien se aprovechara de ella.—Sí, señor.Justo cuando Iván iba a moverse, Aldana ya había terminado de curar su herida. Apartó la vista y se dio la vuelta para irse.Tras unos pocos pasos, se giró de repente. Con las manos en los bolsillos y la barbilla elegantemente alzada, dijo con calma:—El tanque de gasolina, en la posición de las siete, tiene un problema.Era el aniversario luctuoso de su abuelo, no era un buen día para que corriera la sangre.Además, había oído lo que el hombre acababa de decir. Que lo tomara como una forma de devolverle el favor.—¿El tanque de gasolina?Iván y Eliseo se bajaron rápidamente a comprobarlo y, en efecto, descubrieron que algo andaba mal.Si no lo hubieran revisado a tiempo, podría haber provocado un incendio por fricción mientras conducían, causando una explosión.—El tanque de este modelo está muy oculto, ¿cómo lo descubrió?Eliseo estaba asombrado. Incluso en un taller especializado tendrían que desmontarlo para confirmar la ubicación del daño.Mirando la espalda de la chica, la nuez de Adán de Rogelio se movió un par de veces y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.¿La falsa heredera? Interesante.—¿Bueno? ¡Oye mocoso!Marcela, después de hablar sola un buen rato sin recibir respuesta de su nieto, se enfadó.—Roge, ¿quieres matarme de un disgusto? ¡Solo dime si es hombre o mujer!—Abuela.El hombre cerró el expediente. Una leve sonrisa apareció en su apuesto rostro mientras sus labios se curvaban con picardía.—La orientación sexual de tu nieto... es perfectamente normal.---Dos horas después.En un barrio pobre y remoto de la capital: La Alameda.Innumerables casas destartaladas se agolpaban a ambos lados de caminos de tierra llenos de baches.Bajo la brumosa luz de la luna, todo el lugar parecía grisáceo, como si estuviera aislado del mundo, con una atmósfera lúgubre y escalofriante.Aldana siguió el mapa, atravesando callejones sinuosos. Finalmente, se detuvo frente a una casa modesta. Para ser exactos, la casa de una pariente.Según la familia Mendes, esta pariente era una prima lejana de su madre. Aldana la llamaba tía, pero en realidad, no tenían ningún lazo de sangre.Cuando tenía tres años, salió al mar con su familia y sufrieron un naufragio. Sus padres, con todas sus fuerzas, la lanzaron al pequeño barco de pesca que pilotaba Serena Carrillo, salvándole la vida.Capítulo 2—¡Fuera de aquí!Aldana Mendes acababa de llegar a la vieja casona cuando se topó con la chocante decoración del velatorio.Al segundo siguiente, un montón de cachivaches, mezclados con algunas prendas viejas, salieron volando y se esparcieron por el lodo.—Don Joaquín te adoraba más que a nadie, ¡pero ni siquiera te presentaste a su funeral!Una mujer, ataviada completamente en un traje de luto negro y con un maquillaje refinado y elegante, la acusaba con arrogancia desde lo alto de la escalinata:—¡La familia Mendes te acogió hasta los dieciocho años, ha sido más que generosa!»¡A partir de hoy, dejas de ser nuestra hija!Al oír el alboroto, los invitados que habían venido a presentar sus respetos voltearon hacia donde miraba la señora Mendes.Bajo la lluvia, vieron a una chica con camiseta blanca y pantalones negros, cubierta de lodo y heridas, en un estado lamentable.Una ráfaga de viento le apartó el cabello desordenado del rostro, revelando una belleza exquisita. Tenía cejas perfectamente delineadas, ojos expresivos y un rostro de una pureza casi etérea, una belleza que deslumbraba por completo.Un rostro así, incluso en la capital, una ciudad llena de mujeres hermosas, sería absolutamente impactante.—Ah…Al verla bien, los invitados contuvieron el aliento.¡Así que ella era la infame falsa heredera de la familia Mendes!Se decía que, años atrás, cuando la verdadera heredera de los Mendes, Lucrecia Mendes estaba gravemente enferma y todos los hospitales la habían desahuciado, sus padres, desesperados, siguieron el consejo de un vidente y adoptaron a Aldana, una huérfana de la misma edad, para atraer buena suerte para su propia hija.Y, efectivamente, a los pocos años, Lucrecia se recuperó milagrosamente.La familia Mendes, en un gesto de bondad, no solo no devolvió a Aldana, sino que la crio como si fuera su propia hija durante quince años.Pero quién iba a pensar que Aldana sería un caso perdido. No se comparaba en nada con Lucrecia, ni en carácter ni en talento, y no hacía más que meterse en peleas y causar problemas.Incluso se corrió el rumor vergonzoso de que había intentado seducir al novio de su hermana.Y ahora que su verdadera familia la había encontrado, se negaba a irse, aferrándose a la riqueza y el lujo.¿Y qué si era guapa? Era un bello exterior pero vacío por dentro, careciendo de auténtica profundidad....Los murmullos la rodeaban, pero la chica actuaba como si no oyera nada.Apretó con fuerza la Hierba de Sangre que había encontrado tras cruzar montañas, sus ojos inyectados en sangre fijos en el retrato del anciano, sus labios pálidos temblando ligeramente.*Abu, no cumpliste tu promesa.**Dijiste que aguantarías hasta que yo volviera con la medicina para salvarte.*—Deja de fingir ya. Lo único que quieres es dinero, ¿no? —dijo la señora Mendes con una sonrisa fría y cruel—. ¡Lucrecia!—Hermana, aquí tienes treinta mil. Tómalos—intervino Lucrecia, ofreciéndole una tarjeta bancaria a Aldana. Su voz suave tenía un tono de caridad—. Sé que no es mucho, pero es más de lo que tu familia de la Alameda podría ahorrar en varios años.La Alameda, es el barrio bajo más famoso de toda la capital, e incluso del Continente del Norte.—...Aldana la ignoró. Se agachó y empezó a buscar las pertenencias de su abuelo entre la ropa desparramada.—Ah, y una cosa más —dijo Lucrecia, acercándose y mostrando deliberadamente el anillo de un millón que llevaba en el dedo, con una sonrisa que no ocultaba su presunción—. ¿Es hermoso, no? Me lo regaló Silvino.»Dijo que en cuanto terminen mis exámenes de admisión a la uni, vendrá a pedir mi mano. Y entonces…—Lucrecia, ¿estás enferma?Aldana terminó de limpiar las fotos de su abuelo, una por una, y las guardó con cuidado en su mochila.—¿Qué?Lucrecia se quedó helada, sin entender.—¿Se te pudrió la boca? ¡Hablas demasiada basura! —La chica levantó la mirada, su voz era gélida mientras pronunciaba cada palabra—. No me obligues a darte una bofetada hoy.El abuelo acababa de ser enterrado; no quería perturbar su paz.—Oye tú…La sonrisa forzada de Lucrecia se congeló, su rostro alternando entre el rojo y el blanco, su expresión volviéndose monstruosa.—¡Ya basta!Su padre adoptivo, Justino Mendes, sentía un profundo desprecio por Aldana, pero los presentes eran gente importante de la capital.Para guardar las apariencias, adoptó un tono paternal:—Aldana, no queremos que te vayas, pero deseamos aún más que estés con tu verdadera familia.»No te preocupes. Si en el futuro tienes alguna dificultad, te ayudaremos en lo que podamos.La aparente “bondad” de la familia de tres provocó elogios entre los presentes, quienes intensificaron sus insultos hacia Aldana.Mientras tanto, la aludida seguía limpiando tranquilamente sus cosas cubiertas de lodo, sin dignarse a responder, ni siquiera a mirar de reojo.Todos se quedaron perplejos. Provocarla era como golpear una almohada; no había reacción alguna.Una vez que terminó de recoger las pertenencias de su abuelo, Aldana se arrodilló y se inclinó tres veces respetuosamente en dirección al velatorio. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia y desaparecieron al instante.Tras unos segundos de silencio, se levantó y encaró a la familia Mendes, su voz fría y cortante:—A partir de hoy, no tengo ninguna relación con la familia Mendes. Y en cuanto a este dinero…La mirada de la chica se posó en la tarjeta bancaria. Entrecerró los ojos y dijo:—Guárdenlo. Cómprense un laxante y desatasquen los cerebros de los tres.—¡Aldana Mendes…!Humillado de esa manera, Justino apenas pudo mantener su máscara de falsedad.—¡Soy Aldana Carrillo! —lo corrigió ella, ocultando la desolación en su mirada antes de marcharse a grandes zancadas.¿Eh?¿No se suponía que codiciaba la fortuna y se negaba a irse?¿Qué había pasado?Los invitados se miraron unos a otros, completamente confundidos.—¿Se fue así, sin más? —La señora Mendes también lo encontró extraño. Apretó los dientes y murmuró en voz baja—: Parece que no sabe lo de la herencia.—¡Cállate! —la reprendió Justino de inmediato con voz gélida. Miró a su alrededor y bajó la voz—: ¿Qué tiene que ver la herencia con una bastarda como ella?El ascenso de la familia Mendes había sido meteórico. En pocos años, pasaron de ser una empresa desconocida en una ciudad pequeña a un conglomerado de renombre, lo que les permitió mudarse a la capital. Lucrecia, además, se había relacionado con el joven heredero de la influyente familia Targo de la capital, asegurándose un futuro prometedor.Pero, por alguna razón, don Joaquín estaba completamente ciego. Ignoraba a su propia familia para colmar de afecto a la adoptada, Aldana, e incluso planeaba dejarle el ochenta por ciento de su patrimonio.Si no hubiera sido porque Joaquín, compadeciéndose de ella, insistió en que se quedara, la habrían echado hace mucho tiempo.¿Querer dinero?Sin la protección de Joaquín, aplastarla sería más fácil que aplastar una hormiga....Era primavera. La ciudad entera estaba envuelta en una llovizna brumosa y las calles estaban casi desiertas.Un hombre de figura esbelta y aire distinguido estaba recostado en el asiento trasero de un deportivo, con las piernas elegantemente cruzadas. Revisaba unos documentos con aire despreocupado, pero su aura imponente era casi intimidante.—¿Y bien? —preguntó el hombre, con la cabeza ligeramente inclinada. La tenue luz del coche perfilaba un rostro atractivo, de facciones finas y una elegancia distante.—Jefe, perdimos el rastro —respondió Iván, inclinándose con sumo respeto—. Aparte de Fantasma, no hemos encontrado ninguna pista de otros miembros del Submundo.El Submundo es un arsenal de reciente aparición en el Continente del Sur que, bajo el liderazgo de “Fantasma”, había crecido a un ritmo vertiginoso. En pocos años, se había convertido en un formidable rival para la Alianza del Cracker del Continente del Norte, la organización del hombre.Por el control del mercado y las materias primas, ambos bandos se habían enfrentado en múltiples ocasiones, y la Alianza del Cracker había sufrido varios reveses.Siguieron a Fantasma hasta la capital en cuanto supieron que había aparecido allí, pero, inesperadamente, el rastro se había desvanecido por completo en un abrir y cerrar de ojos.El hombre detuvo el movimiento de sus dedos, su rostro ensombrecido por una furia contenida.—Sigan buscando —ordenó con voz gélida.Justo en ese momento, el timbre de un teléfono sonó inoportunamente.—Ay, Rogelio, querido, ¿ya viste las fotos? —La voz jovial de una anciana sonó un tanto estridente—. ¿Te gustaron, eh?—...El hombre se aflojó la corbata negra, su rostro severo era una máscara de hielo. Con una paciencia forzada, dijo:—Abuela, pues, necesito que me expliques algo. ¿Me puedes decir por qué hay un hombre en los perfiles para la cita a ciegas?—Eh… —La voz de la anciana vaciló. Tras dos segundos, explicó con voz apagada—: Bueno, es que temía que no te gustaran las chicas, así que…»Pero no te preocupes, en esta familia somos muy abiertos de mente. Mientras a ti te guste, nos da igual si es un gatito o un perrito.—...Rogelio Lucero levantó lentamente la mirada, sus ojos oscuros teñidos de un ligero cansancio. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.—Qué considerado de su parte, abue.El hombre sonrió y giró la cabeza. De repente, una esbelta silueta, envuelta en la bruma, apareció ante sus ojos.Afuera de la ventanilla del coche, la chica estaba de pie bajo el alero, con la mirada perdida en la distancia.Estaba completamente empapada, su cuerpo se apoyaba lánguidamente contra la pared y su rostro no tenía ni una pizca de color. Parecía una pobretona sin hogar.—¿No es esa la falsa heredera que expulsó la familia Mendes?Ese rostro era tan hermoso que resultaba inconfundible. Eliseo, en el asiento del copiloto, la reconoció al instante.—¿La falsa heredera?Rogelio entrecerró los ojos y soltó una bocanada de humo. La emoción en el fondo de su mirada era oscura e indescifrable.—Estaba persiguiendo a Fantasma y justo la vi cuando la echaban —respondió Eliseo respetuosamente—. Todos se metían con ella, fue bastante lamentable.—¿Ah, sí?Los delgados dedos del hombre descansaban sobre la ventanilla. Con pereza, sacudió la ceniza del cigarrillo mientras su mirada, fija en la chica, se volvía cada vez más profunda.Tras unos segundos de distracción, la pobretona apartó la vista, sacó una botella con un líquido transparente de su mochila, se arremangó la manga derecha y dejó al descubierto un corte tan profundo que casi se veía el hueso.La expresión de la chica no cambió. Se limpió la sangre con indiferencia y destapó la botella con la boca.Sin la menor vacilación, vertió todo el líquido sobre la herida.La sangre, mezclada con el desinfectante, goteaba sin cesar, formando un charco rojizo en el suelo.—¡Miér... Mierda!Eliseo casi pierde el control del volante. Con los ojos desorbitados, exclamó entre dientes:—¡Qué tipa tan dura!Tipos rudos como ellos, que habían pasado por todo tipo de peligros, ¿quién no aullaba como si lo estuvieran matando al limpiarse una herida?Ella, en cambio, parecía no sentir dolor. Su expresión era increíblemente serena; incluso se comió un caramelo a mitad del proceso.Al oír el claxon, Aldana levantó ligeramente los párpados y se encontró de improviso con una mirada profunda y penetrante.Aldana se detuvo unos segundos, confirmando que el hombre la estaba mirando a ella.—Iván.Al ver el rostro desconcertado de la chica, Rogelio apagó el cigarrillo y ordenó:—Ve a preguntarle si necesita ayuda.Se veía muy joven. No quería que alguien se aprovechara de ella.—Sí, señor.Justo cuando Iván iba a moverse, Aldana ya había terminado de curar su herida. Apartó la vista y se dio la vuelta para irse.Tras unos pocos pasos, se giró de repente. Con las manos en los bolsillos y la barbilla elegantemente alzada, dijo con calma:—El tanque de gasolina, en la posición de las siete, tiene un problema.Era el aniversario luctuoso de su abuelo, no era un buen día para que corriera la sangre.Además, había oído lo que el hombre acababa de decir. Que lo tomara como una forma de devolverle el favor.—¿El tanque de gasolina?Iván y Eliseo se bajaron rápidamente a comprobarlo y, en efecto, descubrieron que algo andaba mal.Si no lo hubieran revisado a tiempo, podría haber provocado un incendio por fricción mientras conducían, causando una explosión.—El tanque de este modelo está muy oculto, ¿cómo lo descubrió?Eliseo estaba asombrado. Incluso en un taller especializado tendrían que desmontarlo para confirmar la ubicación del daño.Mirando la espalda de la chica, la nuez de Adán de Rogelio se movió un par de veces y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.¿La falsa heredera? Interesante.—¿Bueno? ¡Oye mocoso!Marcela, después de hablar sola un buen rato sin recibir respuesta de su nieto, se enfadó.—Roge, ¿quieres matarme de un disgusto? ¡Solo dime si es hombre o mujer!—Abuela.El hombre cerró el expediente. Una leve sonrisa apareció en su apuesto rostro mientras sus labios se curvaban con picardía.—La orientación sexual de tu nieto... es perfectamente normal.---Dos horas después.En un barrio pobre y remoto de la capital: La Alameda.Innumerables casas destartaladas se agolpaban a ambos lados de caminos de tierra llenos de baches.Bajo la brumosa luz de la luna, todo el lugar parecía grisáceo, como si estuviera aislado del mundo, con una atmósfera lúgubre y escalofriante.Aldana siguió el mapa, atravesando callejones sinuosos. Finalmente, se detuvo frente a una casa modesta. Para ser exactos, la casa de una pariente.Según la familia Mendes, esta pariente era una prima lejana de su madre. Aldana la llamaba tía, pero en realidad, no tenían ningún lazo de sangre.Cuando tenía tres años, salió al mar con su familia y sufrieron un naufragio. Sus padres, con todas sus fuerzas, la lanzaron al pequeño barco de pesca que pilotaba Serena Carrillo, salvándole la vida.Capítulo 3—¡Fuera de aquí!Aldana Mendes acababa de llegar a la vieja casona cuando se topó con la chocante decoración del velatorio.Al segundo siguiente, un montón de cachivaches, mezclados con algunas prendas viejas, salieron volando y se esparcieron por el lodo.—Don Joaquín te adoraba más que a nadie, ¡pero ni siquiera te presentaste a su funeral!Una mujer, ataviada completamente en un traje de luto negro y con un maquillaje refinado y elegante, la acusaba con arrogancia desde lo alto de la escalinata:—¡La familia Mendes te acogió hasta los dieciocho años, ha sido más que generosa!»¡A partir de hoy, dejas de ser nuestra hija!Al oír el alboroto, los invitados que habían venido a presentar sus respetos voltearon hacia donde miraba la señora Mendes.Bajo la lluvia, vieron a una chica con camiseta blanca y pantalones negros, cubierta de lodo y heridas, en un estado lamentable.Una ráfaga de viento le apartó el cabello desordenado del rostro, revelando una belleza exquisita. Tenía cejas perfectamente delineadas, ojos expresivos y un rostro de una pureza casi etérea, una belleza que deslumbraba por completo.Un rostro así, incluso en la capital, una ciudad llena de mujeres hermosas, sería absolutamente impactante.—Ah…Al verla bien, los invitados contuvieron el aliento.¡Así que ella era la infame falsa heredera de la familia Mendes!Se decía que, años atrás, cuando la verdadera heredera de los Mendes, Lucrecia Mendes estaba gravemente enferma y todos los hospitales la habían desahuciado, sus padres, desesperados, siguieron el consejo de un vidente y adoptaron a Aldana, una huérfana de la misma edad, para atraer buena suerte para su propia hija.Y, efectivamente, a los pocos años, Lucrecia se recuperó milagrosamente.La familia Mendes, en un gesto de bondad, no solo no devolvió a Aldana, sino que la crio como si fuera su propia hija durante quince años.Pero quién iba a pensar que Aldana sería un caso perdido. No se comparaba en nada con Lucrecia, ni en carácter ni en talento, y no hacía más que meterse en peleas y causar problemas.Incluso se corrió el rumor vergonzoso de que había intentado seducir al novio de su hermana.Y ahora que su verdadera familia la había encontrado, se negaba a irse, aferrándose a la riqueza y el lujo.¿Y qué si era guapa? Era un bello exterior pero vacío por dentro, careciendo de auténtica profundidad....Los murmullos la rodeaban, pero la chica actuaba como si no oyera nada.Apretó con fuerza la Hierba de Sangre que había encontrado tras cruzar montañas, sus ojos inyectados en sangre fijos en el retrato del anciano, sus labios pálidos temblando ligeramente.*Abu, no cumpliste tu promesa.**Dijiste que aguantarías hasta que yo volviera con la medicina para salvarte.*—Deja de fingir ya. Lo único que quieres es dinero, ¿no? —dijo la señora Mendes con una sonrisa fría y cruel—. ¡Lucrecia!—Hermana, aquí tienes treinta mil. Tómalos—intervino Lucrecia, ofreciéndole una tarjeta bancaria a Aldana. Su voz suave tenía un tono de caridad—. Sé que no es mucho, pero es más de lo que tu familia de la Alameda podría ahorrar en varios años.La Alameda, es el barrio bajo más famoso de toda la capital, e incluso del Continente del Norte.—...Aldana la ignoró. Se agachó y empezó a buscar las pertenencias de su abuelo entre la ropa desparramada.—Ah, y una cosa más —dijo Lucrecia, acercándose y mostrando deliberadamente el anillo de un millón que llevaba en el dedo, con una sonrisa que no ocultaba su presunción—. ¿Es hermoso, no? Me lo regaló Silvino.»Dijo que en cuanto terminen mis exámenes de admisión a la uni, vendrá a pedir mi mano. Y entonces…—Lucrecia, ¿estás enferma?Aldana terminó de limpiar las fotos de su abuelo, una por una, y las guardó con cuidado en su mochila.—¿Qué?Lucrecia se quedó helada, sin entender.—¿Se te pudrió la boca? ¡Hablas demasiada basura! —La chica levantó la mirada, su voz era gélida mientras pronunciaba cada palabra—. No me obligues a darte una bofetada hoy.El abuelo acababa de ser enterrado; no quería perturbar su paz.—Oye tú…La sonrisa forzada de Lucrecia se congeló, su rostro alternando entre el rojo y el blanco, su expresión volviéndose monstruosa.—¡Ya basta!Su padre adoptivo, Justino Mendes, sentía un profundo desprecio por Aldana, pero los presentes eran gente importante de la capital.Para guardar las apariencias, adoptó un tono paternal:—Aldana, no queremos que te vayas, pero deseamos aún más que estés con tu verdadera familia.»No te preocupes. Si en el futuro tienes alguna dificultad, te ayudaremos en lo que podamos.La aparente “bondad” de la familia de tres provocó elogios entre los presentes, quienes intensificaron sus insultos hacia Aldana.Mientras tanto, la aludida seguía limpiando tranquilamente sus cosas cubiertas de lodo, sin dignarse a responder, ni siquiera a mirar de reojo.Todos se quedaron perplejos. Provocarla era como golpear una almohada; no había reacción alguna.Una vez que terminó de recoger las pertenencias de su abuelo, Aldana se arrodilló y se inclinó tres veces respetuosamente en dirección al velatorio. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia y desaparecieron al instante.Tras unos segundos de silencio, se levantó y encaró a la familia Mendes, su voz fría y cortante:—A partir de hoy, no tengo ninguna relación con la familia Mendes. Y en cuanto a este dinero…La mirada de la chica se posó en la tarjeta bancaria. Entrecerró los ojos y dijo:—Guárdenlo. Cómprense un laxante y desatasquen los cerebros de los tres.—¡Aldana Mendes…!Humillado de esa manera, Justino apenas pudo mantener su máscara de falsedad.—¡Soy Aldana Carrillo! —lo corrigió ella, ocultando la desolación en su mirada antes de marcharse a grandes zancadas.¿Eh?¿No se suponía que codiciaba la fortuna y se negaba a irse?¿Qué había pasado?Los invitados se miraron unos a otros, completamente confundidos.—¿Se fue así, sin más? —La señora Mendes también lo encontró extraño. Apretó los dientes y murmuró en voz baja—: Parece que no sabe lo de la herencia.—¡Cállate! —la reprendió Justino de inmediato con voz gélida. Miró a su alrededor y bajó la voz—: ¿Qué tiene que ver la herencia con una bastarda como ella?El ascenso de la familia Mendes había sido meteórico. En pocos años, pasaron de ser una empresa desconocida en una ciudad pequeña a un conglomerado de renombre, lo que les permitió mudarse a la capital. Lucrecia, además, se había relacionado con el joven heredero de la influyente familia Targo de la capital, asegurándose un futuro prometedor.Pero, por alguna razón, don Joaquín estaba completamente ciego. Ignoraba a su propia familia para colmar de afecto a la adoptada, Aldana, e incluso planeaba dejarle el ochenta por ciento de su patrimonio.Si no hubiera sido porque Joaquín, compadeciéndose de ella, insistió en que se quedara, la habrían echado hace mucho tiempo.¿Querer dinero?Sin la protección de Joaquín, aplastarla sería más fácil que aplastar una hormiga....Era primavera. La ciudad entera estaba envuelta en una llovizna brumosa y las calles estaban casi desiertas.Un hombre de figura esbelta y aire distinguido estaba recostado en el asiento trasero de un deportivo, con las piernas elegantemente cruzadas. Revisaba unos documentos con aire despreocupado, pero su aura imponente era casi intimidante.—¿Y bien? —preguntó el hombre, con la cabeza ligeramente inclinada. La tenue luz del coche perfilaba un rostro atractivo, de facciones finas y una elegancia distante.—Jefe, perdimos el rastro —respondió Iván, inclinándose con sumo respeto—. Aparte de Fantasma, no hemos encontrado ninguna pista de otros miembros del Submundo.El Submundo es un arsenal de reciente aparición en el Continente del Sur que, bajo el liderazgo de “Fantasma”, había crecido a un ritmo vertiginoso. En pocos años, se había convertido en un formidable rival para la Alianza del Cracker del Continente del Norte, la organización del hombre.Por el control del mercado y las materias primas, ambos bandos se habían enfrentado en múltiples ocasiones, y la Alianza del Cracker había sufrido varios reveses.Siguieron a Fantasma hasta la capital en cuanto supieron que había aparecido allí, pero, inesperadamente, el rastro se había desvanecido por completo en un abrir y cerrar de ojos.El hombre detuvo el movimiento de sus dedos, su rostro ensombrecido por una furia contenida.—Sigan buscando —ordenó con voz gélida.Justo en ese momento, el timbre de un teléfono sonó inoportunamente.—Ay, Rogelio, querido, ¿ya viste las fotos? —La voz jovial de una anciana sonó un tanto estridente—. ¿Te gustaron, eh?—...El hombre se aflojó la corbata negra, su rostro severo era una máscara de hielo. Con una paciencia forzada, dijo:—Abuela, pues, necesito que me expliques algo. ¿Me puedes decir por qué hay un hombre en los perfiles para la cita a ciegas?—Eh… —La voz de la anciana vaciló. Tras dos segundos, explicó con voz apagada—: Bueno, es que temía que no te gustaran las chicas, así que…»Pero no te preocupes, en esta familia somos muy abiertos de mente. Mientras a ti te guste, nos da igual si es un gatito o un perrito.—...Rogelio Lucero levantó lentamente la mirada, sus ojos oscuros teñidos de un ligero cansancio. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.—Qué considerado de su parte, abue.El hombre sonrió y giró la cabeza. De repente, una esbelta silueta, envuelta en la bruma, apareció ante sus ojos.Afuera de la ventanilla del coche, la chica estaba de pie bajo el alero, con la mirada perdida en la distancia.Estaba completamente empapada, su cuerpo se apoyaba lánguidamente contra la pared y su rostro no tenía ni una pizca de color. Parecía una pobretona sin hogar.—¿No es esa la falsa heredera que expulsó la familia Mendes?Ese rostro era tan hermoso que resultaba inconfundible. Eliseo, en el asiento del copiloto, la reconoció al instante.—¿La falsa heredera?Rogelio entrecerró los ojos y soltó una bocanada de humo. La emoción en el fondo de su mirada era oscura e indescifrable.—Estaba persiguiendo a Fantasma y justo la vi cuando la echaban —respondió Eliseo respetuosamente—. Todos se metían con ella, fue bastante lamentable.—¿Ah, sí?Los delgados dedos del hombre descansaban sobre la ventanilla. Con pereza, sacudió la ceniza del cigarrillo mientras su mirada, fija en la chica, se volvía cada vez más profunda.Tras unos segundos de distracción, la pobretona apartó la vista, sacó una botella con un líquido transparente de su mochila, se arremangó la manga derecha y dejó al descubierto un corte tan profundo que casi se veía el hueso.La expresión de la chica no cambió. Se limpió la sangre con indiferencia y destapó la botella con la boca.Sin la menor vacilación, vertió todo el líquido sobre la herida.La sangre, mezclada con el desinfectante, goteaba sin cesar, formando un charco rojizo en el suelo.—¡Miér... Mierda!Eliseo casi pierde el control del volante. Con los ojos desorbitados, exclamó entre dientes:—¡Qué tipa tan dura!Tipos rudos como ellos, que habían pasado por todo tipo de peligros, ¿quién no aullaba como si lo estuvieran matando al limpiarse una herida?Ella, en cambio, parecía no sentir dolor. Su expresión era increíblemente serena; incluso se comió un caramelo a mitad del proceso.Al oír el claxon, Aldana levantó ligeramente los párpados y se encontró de improviso con una mirada profunda y penetrante.Aldana se detuvo unos segundos, confirmando que el hombre la estaba mirando a ella.—Iván.Al ver el rostro desconcertado de la chica, Rogelio apagó el cigarrillo y ordenó:—Ve a preguntarle si necesita ayuda.Se veía muy joven. No quería que alguien se aprovechara de ella.—Sí, señor.Justo cuando Iván iba a moverse, Aldana ya había terminado de curar su herida. Apartó la vista y se dio la vuelta para irse.Tras unos pocos pasos, se giró de repente. Con las manos en los bolsillos y la barbilla elegantemente alzada, dijo con calma:—El tanque de gasolina, en la posición de las siete, tiene un problema.Era el aniversario luctuoso de su abuelo, no era un buen día para que corriera la sangre.Además, había oído lo que el hombre acababa de decir. Que lo tomara como una forma de devolverle el favor.—¿El tanque de gasolina?Iván y Eliseo se bajaron rápidamente a comprobarlo y, en efecto, descubrieron que algo andaba mal.Si no lo hubieran revisado a tiempo, podría haber provocado un incendio por fricción mientras conducían, causando una explosión.—El tanque de este modelo está muy oculto, ¿cómo lo descubrió?Eliseo estaba asombrado. Incluso en un taller especializado tendrían que desmontarlo para confirmar la ubicación del daño.Mirando la espalda de la chica, la nuez de Adán de Rogelio se movió un par de veces y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.¿La falsa heredera? Interesante.—¿Bueno? ¡Oye mocoso!Marcela, después de hablar sola un buen rato sin recibir respuesta de su nieto, se enfadó.—Roge, ¿quieres matarme de un disgusto? ¡Solo dime si es hombre o mujer!—Abuela.El hombre cerró el expediente. Una leve sonrisa apareció en su apuesto rostro mientras sus labios se curvaban con picardía.—La orientación sexual de tu nieto... es perfectamente normal.---Dos horas después.En un barrio pobre y remoto de la capital: La Alameda.Innumerables casas destartaladas se agolpaban a ambos lados de caminos de tierra llenos de baches.Bajo la brumosa luz de la luna, todo el lugar parecía grisáceo, como si estuviera aislado del mundo, con una atmósfera lúgubre y escalofriante.Aldana siguió el mapa, atravesando callejones sinuosos. Finalmente, se detuvo frente a una casa modesta. Para ser exactos, la casa de una pariente.Según la familia Mendes, esta pariente era una prima lejana de su madre. Aldana la llamaba tía, pero en realidad, no tenían ningún lazo de sangre.Cuando tenía tres años, salió al mar con su familia y sufrieron un naufragio. Sus padres, con todas sus fuerzas, la lanzaron al pequeño barco de pesca que pilotaba Serena Carrillo, salvándole la vida.

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