Capítulo 1¡Impactante!Hoy, en San Martín, se reportó un caso aterrador: el asesinato y desmembramiento de una joven de la alta sociedad.La víctima era Cecilia Valdés, la hija que los Valdés habían criado.Su cabeza fue encontrada a la orilla del río por un aficionado a la pesca.Fuera de eso, el resto del cuerpo todavía no aparecía completo.Al confirmarse la noticia, la familia Valdés se echó a llorar.Cecilia era la única hija en esa casa; además de Iker y Clara, tenía cinco hermanos que siempre la consentían.—¿Este reporte… habla de mí? ¿Ya me morí? —Cecilia miró a sus papás y a sus hermanos, destrozados de dolor.Había muchos reporteros alrededor, tomando fotos.—¡Papá, mamá…! ¡Soy yo, Cecilia! —intentó acercarse, pero su cuerpo se le fue como si flotara.Se miró a sí misma. «¿Entonces… estoy muerta? ¿Soy un fantasma?»Recordaba que ayer había cenado con su familia en un hotel. Luego se subió a un carro… y de ahí en adelante, no se acordaba de nada.La familia Valdés lloraba desconsolada, suplicándole a la policía que atrapara al culpable lo antes posible.Se negaron a dar entrevistas y, escoltados por sus guardaespaldas, regresaron a casa.Cecilia los siguió.No entendía por qué había muerto.Pero en cuanto llegaron, sus papás y sus cinco hermanos cambiaron de cara.Ya no quedaba nada del drama.Iker Valdés habló con furia:—Gael, ¿qué hiciste? ¿Cómo se te ocurre tirar la cabeza en un lugar así? ¡La encontraron en nada! ¿No te dije que lo dejaras limpio?—Papá, yo pensé que si la aventaba al río se la iba a llevar la corriente… ¿cómo iba a saber que un pinche pescador la iba a sacar? Pero olvídate de eso: ¿qué hago con los restos que traigo en el carro?Gael estaba desesperado. Las partes que faltaban del cuerpo las tenía escondidas.Clara Lamas de Valdés tronó:—¿Y por qué no lo tiraste todo de una vez? ¿Para qué te lo quedaste?—Pensé en ir tirando por partes, para que nadie se diera cuenta… ¡y mira! Si la policía encuentra eso en mi carro, ya valí.Iker se quedó pensando un momento.—Por ahora, no lo muevas. Ahorita todos nos traen en la mira; no conviene hacer nada raro. Somos la familia de la víctima, nadie va a sospechar. Cuando se calme el asunto, lo desapareces.Cecilia escuchó eso y se quedó helada.¡Los asesinos eran sus papás y sus cinco hermanos!¿Por qué…?Ayer, después de cenar con ellos, se subió al carro.No sabía qué pasó, pero en el camino le dio muchísimo sueño y se quedó dormida.Y ese sueño… fue el último.¡La mataron… y todavía la hicieron pedazos para deshacerse del cuerpo!—¡¿Por qué?! —Cecilia quiso gritarles.Eran su gente. Los más cercanos.Pero no sirvió de nada. Ya no era más que una presencia sin cuerpo.Darío Valdés, de pronto, se estremeció.—No sé… siento como un aire bien raro. ¿Y si… el espíritu de Cecilia regresó?Iker lo fulminó con la mirada.—No digas tonterías. Es de día.Luego suspiró.—La verdad, Cecilia era buena niña. Obediente, y siempre nos trató bien… pero al final no era nuestra hija de sangre. Ahora que murió, mejor: por fin podemos traer de vuelta a nuestra hija de verdad.A Cecilia se le vino el mundo encima.¿No era hija biológica?Escuchando a escondidas, entendió que un mes antes la familia Valdés descubrió que en el hospital habían cambiado a las bebés.Cecilia no era su hija. Su hija verdadera estaba con otra familia.Y como tenían miedo de que Cecilia volviera con esa familia y se llevara dinero con ella, decidieron matarla.En la cena le pusieron veneno en la bebida. Ya en el carro, se durmió.Y después… la desmembraron en secreto.Gael dijo, aliviado:—Bueno, ya. Ahora sí, nuestra hermana por fin va a volver a casa.Darío soltó con desprecio:—Esa impostora ya debía morirse desde hace rato. Años comiendo de lo nuestro.Bruno frunció el ceño.—Con razón siempre me caía mal… ni era nuestra hermana.Marcos apretó los dientes.—Nada más de pensar en todo lo que sufrió nuestra hermana allá afuera… me revienta.Víctor remató:—Cuando regrese, nos vamos a desvivir por ella. Esa sí es de sangre.Cada palabra le caía como una puñalada, dejándola hecha trizas por dentro.La familia que ella creyó tener… era pura maldad.Con las manos manchadas por su muerte, y aun así deseando que se hubiera ido antes.Solo porque la hija verdadera iba a regresar.Cecilia se llenó de rabia, quiso lanzarse sobre ellos, pero no podía tocar nada.No era nada más que una presencia.Los odiaba.Los odiaba con todo.Su desesperación reventó en un grito… y entonces una luz blanca entró por la ventana y la envolvió.Le ardieron los ojos; no podía ni abrirlos.Cuando recuperó la conciencia, estaba acostada en una habitación.—Cici, ándale, levántate. Hoy vamos a salir a cenar —dijo Clara.Cecilia se sobresaltó.Vio a Clara frente a ella y, debajo de la cobija, se pellizcó la pierna.Le dolió.Estaba viva. ¿Qué estaba pasando?—¿Qué tienes? ¿No quedamos en que hoy acompañas a tu papá y a mí al hotel?Lo entendió.Había vuelto al día anterior a que la mataran.Ese mismo día, Clara había entrado a su cuarto a llamarla. Luego vendría la cena, el carro… y el final.Había regresado.Tenía otra oportunidad.Al recordar las caras de su familia adoptiva, Cecilia decidió que no iba a repetir ese destino.—Mamá… me siento medio mal. No quiero ir al hotel. Mejor comemos aquí.—¿Qué? ¡Pero si me dijiste que sí! —Clara se quedó pasmada.Todo ya estaba listo. Solo faltaba que Cecilia cayera.—De verdad me siento mal. Es solo una cena, ¿no? Aquí también se puede. Tú dices que me quieres… entonces no vas a querer verme así.Clara apretó la boca.—¿Quieres que te traiga un doctor?—No, gracias. Con que me acueste un rato, se me pasa.Clara no tuvo de otra que salir.Cecilia soltó el aire… pero debajo de la cobija apretó los puños.Esta vez, les iba a cobrar todo.Cuando Clara salió, le dijo a Iker:—Dice que se siente mal. Que no va.—¿Que no va? ¡Si ya está todo armado! —Iker se molestó—. ¿Cómo que no va?—¿Y qué quieres? ¿Que la arrastre? —Clara se justificó.Iker soltó un suspiro de fastidio.—Carajo… y nuestra hija verdadera allá, sufriendo.En ese momento, Cecilia apareció.—¿Papá? ¿Mamá? ¿De qué están hablando? ¿Hija verdadera? ¿Entonces yo no soy…?Iker y Clara se quedaron congelados.—Díganme —insistió Cecilia—. ¿Soy su hija o no?Ante su presión, Clara no pudo seguir escondiéndolo.—Cici… no. No eres nuestra hija biológica. En el hospital hubo un cambio. Por eso pensamos regresarlas a cada familia. Íbamos a decírtelo después, para que no te doliera… pero si ya lo sabes, pues ni modo.Cecilia fingió que se le rompía el corazón.Su objetivo era echarles a perder el plan y evitar que la mataran.Lo demás… ya se los cobraría.Al día siguiente.Los Valdés —Iker, Clara y los cinco hermanos— se alistaron en casa.Ese día harían el cambio: regresar a Cecilia con su familia biológica y traer a la hija verdadera.Cecilia no dijo una sola palabra. Ya había visto de lo que eran capaces.Clara, al verla callada, intentó “consolarla”:—Cici, tampoco nos odies. No es por ser crueles… pero tus papás de sangre no somos nosotros. Lo correcto es que regreses con ellos.—Sí… no soy de sangre —murmuró Cecilia.Y justo por eso habían planeado algo tan monstruoso.Eran unos miserables.Había vivido entre depredadores sin darse cuenta.Ahora, lo único que le quedaba era odio.Gael vio que Cecilia llevaba una mochila y se puso alerta.—Cecilia, nada de la casa es tuyo. No te vas a llevar ni una cosa.Cecilia se la aventó.—Revísala, si quieres.Gael la abrió. Solo había ropa para cambiarse, unos libros y un espejo de cobre viejo, bastante gastado.Nada más.Iker, al ver que no faltaba nada importante, se hizo el buena onda.—Gael, ya. Cecilia fue tu hermana muchos años. ¿Qué tanto revisas? Aunque se llevara algo, sería lo justo. No vamos a ponernos así.Gael respondió con tono venenoso:—Quién sabe. Dicen que sus papás de verdad están bien amolados, que hasta crían cerdos.Cecilia no supo qué contestar.Poco después, Cecilia se subió al carro con ellos. Tras un par de horas de camino, llegaron a una zona rural, en las orillas de la ciudad, donde todavía no llegaba el desarrollo.Ahí vivía la familia Galindo.La hija verdadera se llamaba Noa Galindo.En ese momento, Noa le dio una patada al recipiente de comida de los puercos y lo tiró.—Noa, ¿qué te pasa? —le reclamó Marina Cabrera de Galindo, su mamá adoptiva.Noa se cruzó de brazos.—Ya vienen por mí mis papás de verdad. Yo sí soy la hija rica. Lo que me tocaba, me lo robó otra. A mí me dejaron aquí sufriendo… ¿y quién sabe si ustedes no lo hicieron a propósito? Para que su “hija” se quedara con lo bueno.Marina no discutió. A ella también le dolía. ¿Cómo demonios se habían equivocado así?Que Noa les reclamara… era entendible.Al rato llegó la familia Valdés.Clara, al ver el lugar, se quedó espantada.—¡Dios mío! ¿De verdad existe un lugar tan… así? Hasta la carretera está toda horrible. ¡Mi hija ha sufrido demasiado!En el carro, todos se desvivían por la “hija verdadera”.Menos Cecilia, que no dijo nada.—Mamá, ya llegamos. Es aquí —dijo Gael, estacionándose.Bajaron todos.—¡Hija! ¡Mi hija! ¡Perdóname, mi vida, lo que has pasado! —Clara corrió a abrazar a Noa.Y era igualita a ella. A simple vista.En ese instante Clara entendió por qué Cecilia nunca se le pareció.Noa, al verlos, se iluminó.Carros de lujo, escoltas, puro trajeado… se le hizo un nudo en la garganta.—Papá… mamá… por fin vinieron. Ya no aguantaba aquí…Los hermanos también se acercaron a verla.Iker le habló con ternura:—Noa, de hoy en adelante eres Noa Valdés. Ya no llevas el apellido Galindo. Con esa familia ya no tienes nada que ver.Noa asintió. Por fin se iba.Cecilia miró esa escena “familiar” y solo sintió asco… y un odio que le subía como fuego.Clara le acarició la cara a Noa.—Mi niña… ya estás en casa. Te vamos a compensar todo. Lo que quieras, lo vas a tener.Capítulo 2¡Impactante!Hoy, en San Martín, se reportó un caso aterrador: el asesinato y desmembramiento de una joven de la alta sociedad.La víctima era Cecilia Valdés, la hija que los Valdés habían criado.Su cabeza fue encontrada a la orilla del río por un aficionado a la pesca.Fuera de eso, el resto del cuerpo todavía no aparecía completo.Al confirmarse la noticia, la familia Valdés se echó a llorar.Cecilia era la única hija en esa casa; además de Iker y Clara, tenía cinco hermanos que siempre la consentían.—¿Este reporte… habla de mí? ¿Ya me morí? —Cecilia miró a sus papás y a sus hermanos, destrozados de dolor.Había muchos reporteros alrededor, tomando fotos.—¡Papá, mamá…! ¡Soy yo, Cecilia! —intentó acercarse, pero su cuerpo se le fue como si flotara.Se miró a sí misma. «¿Entonces… estoy muerta? ¿Soy un fantasma?»Recordaba que ayer había cenado con su familia en un hotel. Luego se subió a un carro… y de ahí en adelante, no se acordaba de nada.La familia Valdés lloraba desconsolada, suplicándole a la policía que atrapara al culpable lo antes posible.Se negaron a dar entrevistas y, escoltados por sus guardaespaldas, regresaron a casa.Cecilia los siguió.No entendía por qué había muerto.Pero en cuanto llegaron, sus papás y sus cinco hermanos cambiaron de cara.Ya no quedaba nada del drama.Iker Valdés habló con furia:—Gael, ¿qué hiciste? ¿Cómo se te ocurre tirar la cabeza en un lugar así? ¡La encontraron en nada! ¿No te dije que lo dejaras limpio?—Papá, yo pensé que si la aventaba al río se la iba a llevar la corriente… ¿cómo iba a saber que un pinche pescador la iba a sacar? Pero olvídate de eso: ¿qué hago con los restos que traigo en el carro?Gael estaba desesperado. Las partes que faltaban del cuerpo las tenía escondidas.Clara Lamas de Valdés tronó:—¿Y por qué no lo tiraste todo de una vez? ¿Para qué te lo quedaste?—Pensé en ir tirando por partes, para que nadie se diera cuenta… ¡y mira! Si la policía encuentra eso en mi carro, ya valí.Iker se quedó pensando un momento.—Por ahora, no lo muevas. Ahorita todos nos traen en la mira; no conviene hacer nada raro. Somos la familia de la víctima, nadie va a sospechar. Cuando se calme el asunto, lo desapareces.Cecilia escuchó eso y se quedó helada.¡Los asesinos eran sus papás y sus cinco hermanos!¿Por qué…?Ayer, después de cenar con ellos, se subió al carro.No sabía qué pasó, pero en el camino le dio muchísimo sueño y se quedó dormida.Y ese sueño… fue el último.¡La mataron… y todavía la hicieron pedazos para deshacerse del cuerpo!—¡¿Por qué?! —Cecilia quiso gritarles.Eran su gente. Los más cercanos.Pero no sirvió de nada. Ya no era más que una presencia sin cuerpo.Darío Valdés, de pronto, se estremeció.—No sé… siento como un aire bien raro. ¿Y si… el espíritu de Cecilia regresó?Iker lo fulminó con la mirada.—No digas tonterías. Es de día.Luego suspiró.—La verdad, Cecilia era buena niña. Obediente, y siempre nos trató bien… pero al final no era nuestra hija de sangre. Ahora que murió, mejor: por fin podemos traer de vuelta a nuestra hija de verdad.A Cecilia se le vino el mundo encima.¿No era hija biológica?Escuchando a escondidas, entendió que un mes antes la familia Valdés descubrió que en el hospital habían cambiado a las bebés.Cecilia no era su hija. Su hija verdadera estaba con otra familia.Y como tenían miedo de que Cecilia volviera con esa familia y se llevara dinero con ella, decidieron matarla.En la cena le pusieron veneno en la bebida. Ya en el carro, se durmió.Y después… la desmembraron en secreto.Gael dijo, aliviado:—Bueno, ya. Ahora sí, nuestra hermana por fin va a volver a casa.Darío soltó con desprecio:—Esa impostora ya debía morirse desde hace rato. Años comiendo de lo nuestro.Bruno frunció el ceño.—Con razón siempre me caía mal… ni era nuestra hermana.Marcos apretó los dientes.—Nada más de pensar en todo lo que sufrió nuestra hermana allá afuera… me revienta.Víctor remató:—Cuando regrese, nos vamos a desvivir por ella. Esa sí es de sangre.Cada palabra le caía como una puñalada, dejándola hecha trizas por dentro.La familia que ella creyó tener… era pura maldad.Con las manos manchadas por su muerte, y aun así deseando que se hubiera ido antes.Solo porque la hija verdadera iba a regresar.Cecilia se llenó de rabia, quiso lanzarse sobre ellos, pero no podía tocar nada.No era nada más que una presencia.Los odiaba.Los odiaba con todo.Su desesperación reventó en un grito… y entonces una luz blanca entró por la ventana y la envolvió.Le ardieron los ojos; no podía ni abrirlos.Cuando recuperó la conciencia, estaba acostada en una habitación.—Cici, ándale, levántate. Hoy vamos a salir a cenar —dijo Clara.Cecilia se sobresaltó.Vio a Clara frente a ella y, debajo de la cobija, se pellizcó la pierna.Le dolió.Estaba viva. ¿Qué estaba pasando?—¿Qué tienes? ¿No quedamos en que hoy acompañas a tu papá y a mí al hotel?Lo entendió.Había vuelto al día anterior a que la mataran.Ese mismo día, Clara había entrado a su cuarto a llamarla. Luego vendría la cena, el carro… y el final.Había regresado.Tenía otra oportunidad.Al recordar las caras de su familia adoptiva, Cecilia decidió que no iba a repetir ese destino.—Mamá… me siento medio mal. No quiero ir al hotel. Mejor comemos aquí.—¿Qué? ¡Pero si me dijiste que sí! —Clara se quedó pasmada.Todo ya estaba listo. Solo faltaba que Cecilia cayera.—De verdad me siento mal. Es solo una cena, ¿no? Aquí también se puede. Tú dices que me quieres… entonces no vas a querer verme así.Clara apretó la boca.—¿Quieres que te traiga un doctor?—No, gracias. Con que me acueste un rato, se me pasa.Clara no tuvo de otra que salir.Cecilia soltó el aire… pero debajo de la cobija apretó los puños.Esta vez, les iba a cobrar todo.Cuando Clara salió, le dijo a Iker:—Dice que se siente mal. Que no va.—¿Que no va? ¡Si ya está todo armado! —Iker se molestó—. ¿Cómo que no va?—¿Y qué quieres? ¿Que la arrastre? —Clara se justificó.Iker soltó un suspiro de fastidio.—Carajo… y nuestra hija verdadera allá, sufriendo.En ese momento, Cecilia apareció.—¿Papá? ¿Mamá? ¿De qué están hablando? ¿Hija verdadera? ¿Entonces yo no soy…?Iker y Clara se quedaron congelados.—Díganme —insistió Cecilia—. ¿Soy su hija o no?Ante su presión, Clara no pudo seguir escondiéndolo.—Cici… no. No eres nuestra hija biológica. En el hospital hubo un cambio. Por eso pensamos regresarlas a cada familia. Íbamos a decírtelo después, para que no te doliera… pero si ya lo sabes, pues ni modo.Cecilia fingió que se le rompía el corazón.Su objetivo era echarles a perder el plan y evitar que la mataran.Lo demás… ya se los cobraría.Al día siguiente.Los Valdés —Iker, Clara y los cinco hermanos— se alistaron en casa.Ese día harían el cambio: regresar a Cecilia con su familia biológica y traer a la hija verdadera.Cecilia no dijo una sola palabra. Ya había visto de lo que eran capaces.Clara, al verla callada, intentó “consolarla”:—Cici, tampoco nos odies. No es por ser crueles… pero tus papás de sangre no somos nosotros. Lo correcto es que regreses con ellos.—Sí… no soy de sangre —murmuró Cecilia.Y justo por eso habían planeado algo tan monstruoso.Eran unos miserables.Había vivido entre depredadores sin darse cuenta.Ahora, lo único que le quedaba era odio.Gael vio que Cecilia llevaba una mochila y se puso alerta.—Cecilia, nada de la casa es tuyo. No te vas a llevar ni una cosa.Cecilia se la aventó.—Revísala, si quieres.Gael la abrió. Solo había ropa para cambiarse, unos libros y un espejo de cobre viejo, bastante gastado.Nada más.Iker, al ver que no faltaba nada importante, se hizo el buena onda.—Gael, ya. Cecilia fue tu hermana muchos años. ¿Qué tanto revisas? Aunque se llevara algo, sería lo justo. No vamos a ponernos así.Gael respondió con tono venenoso:—Quién sabe. Dicen que sus papás de verdad están bien amolados, que hasta crían cerdos.Cecilia no supo qué contestar.Poco después, Cecilia se subió al carro con ellos. Tras un par de horas de camino, llegaron a una zona rural, en las orillas de la ciudad, donde todavía no llegaba el desarrollo.Ahí vivía la familia Galindo.La hija verdadera se llamaba Noa Galindo.En ese momento, Noa le dio una patada al recipiente de comida de los puercos y lo tiró.—Noa, ¿qué te pasa? —le reclamó Marina Cabrera de Galindo, su mamá adoptiva.Noa se cruzó de brazos.—Ya vienen por mí mis papás de verdad. Yo sí soy la hija rica. Lo que me tocaba, me lo robó otra. A mí me dejaron aquí sufriendo… ¿y quién sabe si ustedes no lo hicieron a propósito? Para que su “hija” se quedara con lo bueno.Marina no discutió. A ella también le dolía. ¿Cómo demonios se habían equivocado así?Que Noa les reclamara… era entendible.Al rato llegó la familia Valdés.Clara, al ver el lugar, se quedó espantada.—¡Dios mío! ¿De verdad existe un lugar tan… así? Hasta la carretera está toda horrible. ¡Mi hija ha sufrido demasiado!En el carro, todos se desvivían por la “hija verdadera”.Menos Cecilia, que no dijo nada.—Mamá, ya llegamos. Es aquí —dijo Gael, estacionándose.Bajaron todos.—¡Hija! ¡Mi hija! ¡Perdóname, mi vida, lo que has pasado! —Clara corrió a abrazar a Noa.Y era igualita a ella. A simple vista.En ese instante Clara entendió por qué Cecilia nunca se le pareció.Noa, al verlos, se iluminó.Carros de lujo, escoltas, puro trajeado… se le hizo un nudo en la garganta.—Papá… mamá… por fin vinieron. Ya no aguantaba aquí…Los hermanos también se acercaron a verla.Iker le habló con ternura:—Noa, de hoy en adelante eres Noa Valdés. Ya no llevas el apellido Galindo. Con esa familia ya no tienes nada que ver.Noa asintió. Por fin se iba.Cecilia miró esa escena “familiar” y solo sintió asco… y un odio que le subía como fuego.Clara le acarició la cara a Noa.—Mi niña… ya estás en casa. Te vamos a compensar todo. Lo que quieras, lo vas a tener.Capítulo 3¡Impactante!Hoy, en San Martín, se reportó un caso aterrador: el asesinato y desmembramiento de una joven de la alta sociedad.La víctima era Cecilia Valdés, la hija que los Valdés habían criado.Su cabeza fue encontrada a la orilla del río por un aficionado a la pesca.Fuera de eso, el resto del cuerpo todavía no aparecía completo.Al confirmarse la noticia, la familia Valdés se echó a llorar.Cecilia era la única hija en esa casa; además de Iker y Clara, tenía cinco hermanos que siempre la consentían.—¿Este reporte… habla de mí? ¿Ya me morí? —Cecilia miró a sus papás y a sus hermanos, destrozados de dolor.Había muchos reporteros alrededor, tomando fotos.—¡Papá, mamá…! ¡Soy yo, Cecilia! —intentó acercarse, pero su cuerpo se le fue como si flotara.Se miró a sí misma. «¿Entonces… estoy muerta? ¿Soy un fantasma?»Recordaba que ayer había cenado con su familia en un hotel. Luego se subió a un carro… y de ahí en adelante, no se acordaba de nada.La familia Valdés lloraba desconsolada, suplicándole a la policía que atrapara al culpable lo antes posible.Se negaron a dar entrevistas y, escoltados por sus guardaespaldas, regresaron a casa.Cecilia los siguió.No entendía por qué había muerto.Pero en cuanto llegaron, sus papás y sus cinco hermanos cambiaron de cara.Ya no quedaba nada del drama.Iker Valdés habló con furia:—Gael, ¿qué hiciste? ¿Cómo se te ocurre tirar la cabeza en un lugar así? ¡La encontraron en nada! ¿No te dije que lo dejaras limpio?—Papá, yo pensé que si la aventaba al río se la iba a llevar la corriente… ¿cómo iba a saber que un pinche pescador la iba a sacar? Pero olvídate de eso: ¿qué hago con los restos que traigo en el carro?Gael estaba desesperado. Las partes que faltaban del cuerpo las tenía escondidas.Clara Lamas de Valdés tronó:—¿Y por qué no lo tiraste todo de una vez? ¿Para qué te lo quedaste?—Pensé en ir tirando por partes, para que nadie se diera cuenta… ¡y mira! Si la policía encuentra eso en mi carro, ya valí.Iker se quedó pensando un momento.—Por ahora, no lo muevas. Ahorita todos nos traen en la mira; no conviene hacer nada raro. Somos la familia de la víctima, nadie va a sospechar. Cuando se calme el asunto, lo desapareces.Cecilia escuchó eso y se quedó helada.¡Los asesinos eran sus papás y sus cinco hermanos!¿Por qué…?Ayer, después de cenar con ellos, se subió al carro.No sabía qué pasó, pero en el camino le dio muchísimo sueño y se quedó dormida.Y ese sueño… fue el último.¡La mataron… y todavía la hicieron pedazos para deshacerse del cuerpo!—¡¿Por qué?! —Cecilia quiso gritarles.Eran su gente. Los más cercanos.Pero no sirvió de nada. Ya no era más que una presencia sin cuerpo.Darío Valdés, de pronto, se estremeció.—No sé… siento como un aire bien raro. ¿Y si… el espíritu de Cecilia regresó?Iker lo fulminó con la mirada.—No digas tonterías. Es de día.Luego suspiró.—La verdad, Cecilia era buena niña. Obediente, y siempre nos trató bien… pero al final no era nuestra hija de sangre. Ahora que murió, mejor: por fin podemos traer de vuelta a nuestra hija de verdad.A Cecilia se le vino el mundo encima.¿No era hija biológica?Escuchando a escondidas, entendió que un mes antes la familia Valdés descubrió que en el hospital habían cambiado a las bebés.Cecilia no era su hija. Su hija verdadera estaba con otra familia.Y como tenían miedo de que Cecilia volviera con esa familia y se llevara dinero con ella, decidieron matarla.En la cena le pusieron veneno en la bebida. Ya en el carro, se durmió.Y después… la desmembraron en secreto.Gael dijo, aliviado:—Bueno, ya. Ahora sí, nuestra hermana por fin va a volver a casa.Darío soltó con desprecio:—Esa impostora ya debía morirse desde hace rato. Años comiendo de lo nuestro.Bruno frunció el ceño.—Con razón siempre me caía mal… ni era nuestra hermana.Marcos apretó los dientes.—Nada más de pensar en todo lo que sufrió nuestra hermana allá afuera… me revienta.Víctor remató:—Cuando regrese, nos vamos a desvivir por ella. Esa sí es de sangre.Cada palabra le caía como una puñalada, dejándola hecha trizas por dentro.La familia que ella creyó tener… era pura maldad.Con las manos manchadas por su muerte, y aun así deseando que se hubiera ido antes.Solo porque la hija verdadera iba a regresar.Cecilia se llenó de rabia, quiso lanzarse sobre ellos, pero no podía tocar nada.No era nada más que una presencia.Los odiaba.Los odiaba con todo.Su desesperación reventó en un grito… y entonces una luz blanca entró por la ventana y la envolvió.Le ardieron los ojos; no podía ni abrirlos.Cuando recuperó la conciencia, estaba acostada en una habitación.—Cici, ándale, levántate. Hoy vamos a salir a cenar —dijo Clara.Cecilia se sobresaltó.Vio a Clara frente a ella y, debajo de la cobija, se pellizcó la pierna.Le dolió.Estaba viva. ¿Qué estaba pasando?—¿Qué tienes? ¿No quedamos en que hoy acompañas a tu papá y a mí al hotel?Lo entendió.Había vuelto al día anterior a que la mataran.Ese mismo día, Clara había entrado a su cuarto a llamarla. Luego vendría la cena, el carro… y el final.Había regresado.Tenía otra oportunidad.Al recordar las caras de su familia adoptiva, Cecilia decidió que no iba a repetir ese destino.—Mamá… me siento medio mal. No quiero ir al hotel. Mejor comemos aquí.—¿Qué? ¡Pero si me dijiste que sí! —Clara se quedó pasmada.Todo ya estaba listo. Solo faltaba que Cecilia cayera.—De verdad me siento mal. Es solo una cena, ¿no? Aquí también se puede. Tú dices que me quieres… entonces no vas a querer verme así.Clara apretó la boca.—¿Quieres que te traiga un doctor?—No, gracias. Con que me acueste un rato, se me pasa.Clara no tuvo de otra que salir.Cecilia soltó el aire… pero debajo de la cobija apretó los puños.Esta vez, les iba a cobrar todo.Cuando Clara salió, le dijo a Iker:—Dice que se siente mal. Que no va.—¿Que no va? ¡Si ya está todo armado! —Iker se molestó—. ¿Cómo que no va?—¿Y qué quieres? ¿Que la arrastre? —Clara se justificó.Iker soltó un suspiro de fastidio.—Carajo… y nuestra hija verdadera allá, sufriendo.En ese momento, Cecilia apareció.—¿Papá? ¿Mamá? ¿De qué están hablando? ¿Hija verdadera? ¿Entonces yo no soy…?Iker y Clara se quedaron congelados.—Díganme —insistió Cecilia—. ¿Soy su hija o no?Ante su presión, Clara no pudo seguir escondiéndolo.—Cici… no. No eres nuestra hija biológica. En el hospital hubo un cambio. Por eso pensamos regresarlas a cada familia. Íbamos a decírtelo después, para que no te doliera… pero si ya lo sabes, pues ni modo.Cecilia fingió que se le rompía el corazón.Su objetivo era echarles a perder el plan y evitar que la mataran.Lo demás… ya se los cobraría.Al día siguiente.Los Valdés —Iker, Clara y los cinco hermanos— se alistaron en casa.Ese día harían el cambio: regresar a Cecilia con su familia biológica y traer a la hija verdadera.Cecilia no dijo una sola palabra. Ya había visto de lo que eran capaces.Clara, al verla callada, intentó “consolarla”:—Cici, tampoco nos odies. No es por ser crueles… pero tus papás de sangre no somos nosotros. Lo correcto es que regreses con ellos.—Sí… no soy de sangre —murmuró Cecilia.Y justo por eso habían planeado algo tan monstruoso.Eran unos miserables.Había vivido entre depredadores sin darse cuenta.Ahora, lo único que le quedaba era odio.Gael vio que Cecilia llevaba una mochila y se puso alerta.—Cecilia, nada de la casa es tuyo. No te vas a llevar ni una cosa.Cecilia se la aventó.—Revísala, si quieres.Gael la abrió. Solo había ropa para cambiarse, unos libros y un espejo de cobre viejo, bastante gastado.Nada más.Iker, al ver que no faltaba nada importante, se hizo el buena onda.—Gael, ya. Cecilia fue tu hermana muchos años. ¿Qué tanto revisas? Aunque se llevara algo, sería lo justo. No vamos a ponernos así.Gael respondió con tono venenoso:—Quién sabe. Dicen que sus papás de verdad están bien amolados, que hasta crían cerdos.Cecilia no supo qué contestar.Poco después, Cecilia se subió al carro con ellos. Tras un par de horas de camino, llegaron a una zona rural, en las orillas de la ciudad, donde todavía no llegaba el desarrollo.Ahí vivía la familia Galindo.La hija verdadera se llamaba Noa Galindo.En ese momento, Noa le dio una patada al recipiente de comida de los puercos y lo tiró.—Noa, ¿qué te pasa? —le reclamó Marina Cabrera de Galindo, su mamá adoptiva.Noa se cruzó de brazos.—Ya vienen por mí mis papás de verdad. Yo sí soy la hija rica. Lo que me tocaba, me lo robó otra. A mí me dejaron aquí sufriendo… ¿y quién sabe si ustedes no lo hicieron a propósito? Para que su “hija” se quedara con lo bueno.Marina no discutió. A ella también le dolía. ¿Cómo demonios se habían equivocado así?Que Noa les reclamara… era entendible.Al rato llegó la familia Valdés.Clara, al ver el lugar, se quedó espantada.—¡Dios mío! ¿De verdad existe un lugar tan… así? Hasta la carretera está toda horrible. ¡Mi hija ha sufrido demasiado!En el carro, todos se desvivían por la “hija verdadera”.Menos Cecilia, que no dijo nada.—Mamá, ya llegamos. Es aquí —dijo Gael, estacionándose.Bajaron todos.—¡Hija! ¡Mi hija! ¡Perdóname, mi vida, lo que has pasado! —Clara corrió a abrazar a Noa.Y era igualita a ella. A simple vista.En ese instante Clara entendió por qué Cecilia nunca se le pareció.Noa, al verlos, se iluminó.Carros de lujo, escoltas, puro trajeado… se le hizo un nudo en la garganta.—Papá… mamá… por fin vinieron. Ya no aguantaba aquí…Los hermanos también se acercaron a verla.Iker le habló con ternura:—Noa, de hoy en adelante eres Noa Valdés. Ya no llevas el apellido Galindo. Con esa familia ya no tienes nada que ver.Noa asintió. Por fin se iba.Cecilia miró esa escena “familiar” y solo sintió asco… y un odio que le subía como fuego.Clara le acarició la cara a Noa.—Mi niña… ya estás en casa. Te vamos a compensar todo. Lo que quieras, lo vas a tener.