Tres años de matrimonio y Clara Ramos no logró ablandarle el corazón a Izan Salazar. Ella se mató intentando que lo suyo funcionara, pero cuando regresa la mujer que él siempre quiso, a Clara no le dan ni una explicación... le ponen enfrente el acuerdo de divorcio, así de seco, como cubetada de agua fría. Con el orgullo hecho trizas, Clara se juega su última carta y pregunta, casi en un susurro: —¿Y si estuviera embarazada... igual te divorciarías? Izan no duda ni un segundo: —Sí. Ahí se le apaga la esperanza. Clara, tendida en una cama de hospital, con el corazón hecho cenizas, firma el divorcio. Sin drama, sin escándalo, como quien por fin suelta la cuerda: —Izan, ya. No me debes nada y yo no te debo nada. Pero justo cuando ella decide cerrar la puerta, él —el mismo hombre frío, de decisiones tajantes, de los que nunca ruegan— se quiebra. Se acerca a su cama, en voz baja, casi sin aire, y le suplica: —Clari... no te divorcies, ¿sí? Te lo pido. Y Clara se queda con la pregunta que duele más que cualquier “sí”: ¿qué haces cuando por fin te vas... y justo ahí él decide que no quiere perderte?

Capítulo 1—Señorita Ramos, los estudios muestran que usted tiene la pared del útero más delgada de lo normal desde siempre. El embarazo está algo inestable, así que en su día a día—en la comida y el ejercicio—tiene que cuidarse mucho.El doctor le hablaba mientras le extendía la receta. Luego le pasó una tarjeta.—Pasa a la farmacia con esto para que te surtan la receta.—Está bien, gracias, doctor. —Clara Ramos recibió la tarjeta y se levantó despacio.El doctor insistió:—De verdad, no lo tomes a la ligera. Con la pared del útero delgada es más fácil perder al bebé. Muchas mujeres, después de una pérdida, ya no logran embarazarse otra vez.—Gracias, doctor. Voy a tener cuidado. —Clara sonrió y asintió.Después de tres años de matrimonio, nadie deseaba más que ella la llegada de ese bebé. Y lo iba a proteger como fuera.Cuando terminó de recoger los medicamentos, Clara salió del edificio de consultorios y volvió al coche.El chofer encendió el carro y, viéndola por el retrovisor, preguntó:—Señora, el vuelo del señor llega a las tres. Faltan veinte minutos. ¿Nos vamos directo al aeropuerto?—Sí, vámonos.Pensar que en veinte minutos lo vería le sacó una sonrisa; por dentro ya se moría de ganas.Izan Salazar llevaba casi un mes de viaje de trabajo. Lo extrañaba.En el camino, no pudo evitar sacar de su bolsa el reporte del ultrasonido y leerlo varias veces. Luego se llevó la mano al vientre.Ahí estaba el bebé de los dos; en ocho meses nacería.Quería contarle la noticia a Izan en cuanto lo viera.Al llegar al aeropuerto, el chofer estacionó en un lugar visible.—Señora, ¿le marca al señor?Clara checó la hora. Calculó que Izan ya debía haber bajado del avión y le marcó. Una grabación le indicó que no estaba disponible.—Seguro el vuelo se retrasó. Esperemos tantito —dijo Clara.Pasó un rato y no veía salir a Izan.Clara volvió a marcar. Otra vez: no estaba disponible.—Un ratito más.Los retrasos eran comunes; a veces se alargaban una o dos horas.Dos horas después.Clara volvió a marcarle a Izan. Esta vez ya no fue la grabación fría; le contestaron casi de inmediato.—¿Izi? ¿Ya bajaste?Del otro lado se hizo un silencio breve y luego se escuchó una voz de mujer:—Perdón, Izi fue al baño. Ahorita que regrese le digo que te marque.Clara todavía no alcanzaba a hablar cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla del celular, aturdida por un instante.Ella recordaba que en este viaje Izan no había llevado secretaria.Clara se quedó mirando la pantalla apagada, esperando que Izan le devolviera la llamada.Diez minutos.Nada.Cinco minutos más y ya no aguantó: le marcó otra vez.Sonó mucho tiempo. Casi se iba a colgar sola cuando por fin entró la llamada. En el auricular se oyó la voz conocida de Izan, baja y con ese tono que siempre la desarmaba:—¿Bueno, Clara?—Izi, ¿dónde estás? El chofer y yo estamos en el estacionamiento de la Terminal D. Ven directo acá.Del otro lado se detuvo un segundo.—Perdón. Se me olvidó prender el celular al bajar. Ya salí del aeropuerto.A Clara se le cayó la sonrisa.—Entonces… ¿te espero en la casa? —se mordió el labio—. Tengo algo que decirte.—Va. Yo también tengo algo que decirte.—Para la cena le digo a Lucía que te prepare lo que te gusta…—Cena tú. Tengo cosas que hacer. Llego más tarde.Clara se sintió bajoneada, pero su voz salió tranquila.—Está bien.Iba a colgar cuando del lado de Izan volvió a escucharse la misma voz de mujer:—Izi, perdón, hace rato Clara te marcó y se me fue decirte…A Clara se le hizo un nudo en el estómago. Frunció el ceño; iba a preguntar quién era esa mujer cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla, apretó los labios y le dijo al chofer:—Vámonos a la casa.El chofer, con lo poco que había escuchado, se imaginó algo y arrancó.En la cena, Clara no tenía hambre, pero por el bebé se obligó a comer un poco.La tele estaba prendida en la sala.Ella se sentó en el sillón abrazando un cojín, mirando el reloj a cada rato. Ni sabía qué estaba pasando en la pantalla.Ya eran las diez de la noche.Clara bostezó y, sin darse cuenta, se quedó dormida.Entre sueños, sintió que la levantaban con cuidado.Medio dormida, le llegó un olor familiar mezclado con un ligero tufo a alcohol.—¿Izi…? —murmuró.—Soy yo.—¿Tomaste…?—Sí. Un poco, con unos amigos.Desde el baño se escuchaba el agua de la regadera. Clara frunció el ceño y se volteó, durmiendo inquieta.El colchón se hundió a su lado.Una mano grande se posó en su cintura y fue bajando por la curva de su cuerpo, con intención.—Mmm… hoy no… —con los ojos cerrados, entre dormida y despierta, lo detuvo.En el fondo, le daba miedo poner en riesgo el embarazo.La mano se detuvo y subió a su espalda.—Duerme.Clara estaba rendida y se durmió por completo.Por la mañana, cuando despertó, él ya no estaba. Solo las sábanas algo arrugadas mostraban que él sí había regresado.Le dio coraje consigo misma: ¿cómo se quedó dormida?No importaba. Hoy se lo decía.Después de arreglarse, Clara fue al vestidor y le escogió a Izan un traje blanco. Como lo del embarazo era una buena noticia, también eligió una corbata de rayas rojas y la dejó al pie de la cama.Izan ya había vuelto de correr. Con ropa cómoda, estaba sentado en el sillón. Alzó la mirada hacia Clara cuando bajó las escaleras, dejó el documento que tenía en la mano y dijo:—Vamos a desayunar.Terminando, Clara respiró hondo. En la cara se le notaba una ilusión cuidadosa.—Izi, tengo algo que decirte.Si él se enteraba de que iban a tener un bebé… debía alegrarse, ¿no?—Yo también tengo algo que decirte —respondió Izan, sereno.—Entonces tú primero. —Clara sonrió, dulce, con un toque de pena.—Clara… vamos a divorciarnos. —Izan se levantó, tomó un documento del sillón y se lo extendió—. Aquí está el acuerdo. Léelo primero; si tienes alguna objeción, dímela. Voy a tratar de cumplir lo que pidas.A Clara se le paró el corazón un segundo. Se quedó viendo a Izan, sin entender.Se le quedó la mente en blanco. Pensó que había escuchado mal.Tardó un buen rato en recuperar la voz. Los labios le temblaron al repetir:—¿Divorcio?¿Él quería divorciarse de ella?¿Así, de la nada?Sin aviso, sin señales… la tomó por sorpresa.—Esa noche nos tendieron una trampa y terminamos casándonos por fuerza. Ni siquiera lo hicimos público. Si es así, mejor terminarlo de una vez —dijo Izan, como si estuviera hablando de cualquier cosa.Clara se puso pálida. Sintió que el aire se le helaba alrededor.Como si una mano le apretara el pecho con fuerza; le costaba respirar.No.No.Ella lo había amado nueve años.Desde los dieciséis, cuando llegó a casa de los Salazar, hasta los veinticinco, cuando ya tenía carrera hecha.Desde el primer enamoramiento hasta tres años de matrimonio: toda su juventud estaba atravesada por él.Para ella no había sido “por fuerza”. Ella lo había querido con todo.Pero para él sí.Tragó saliva, respiró hondo y lo miró de frente, esforzándose por mantener la voz estable.—¿Estos tres años no hemos estado bien? ¿De verdad ya lo decidiste? ¿De verdad quieres… divorciarte?Decir esa palabra le dolió como si le pesara en la lengua.—Ya lo decidí.—¿Y tus abuelos…?—Yo lo voy a hablar con ellos.—¿Y si yo…? —«Estoy embarazada», quiso decir.Izan, como fastidiado, la cortó:—Rebeca ya volvió al país.A Clara se le fue el aire. Esa frase le entró como cuchillo al pecho.Tomó el acuerdo de divorcio con manos torpes y se escuchó decir, en automático:—Está bien. Lo voy a leer.Lo de la trampa y el matrimonio “por fuerza” no era lo importante.Lo importante era la última frase.Rebeca Gómez había vuelto.Durante esos tres años, aunque no lo hicieron público, vivieron como cualquier pareja.Cada mañana, ella le elegía el traje, le acomodaba la corbata y salían juntos a la oficina.Por las noches, cuando él tenía cenas de trabajo, le avisaba dónde andaba.A veces terminaban en la cama; a veces se metían a bañar juntos. Nunca faltaba el beso de buenas noches.En su aniversario, en San Valentín, en los cumpleaños… él nunca se olvidaba de los regalos.Lo que ella quería, él se lo daba.Romance, detalles, “gestos”: él cumplía con todo lo que se supone que hace un buen esposo.Hasta ella misma creyó que su vida seguiría así, feliz, para siempre.Pero Rebeca regresó.Así que todo tenía que acabarse.Entonces la voz de ayer en el teléfono… seguro era Rebeca.¿Ya se habían puesto en contacto?¿En ese mes de viaje él estuvo con ella?¿Ayer volvieron juntos?¿Anoche él estuvo con Rebeca?Pensarlo le heló el corazón. Sentía que Izan se lo despedazaba de a poco.—Clara, tranquila. Aunque nos divorciemos, tú sigues siendo de los Salazar. Eres mi prioridad… como mi hermana.¿Hermana?Tres años casados, tres años compartiendo cama… y al final, volver a ese lugar.¿Cómo iba a aceptarlo?—Luego lo vemos —respondió Clara, bajando la mirada, como quitándole importancia.Izan se acomodó el cuello de la camisa, con la mirada oscura.—Por cierto… hace rato dijiste que querías hablar conmigo. ¿Qué era?Clara hojeó el documento sin ganas y se forzó a sonreír.—Nada. Ya salió el plan de lanzamiento de la nueva temporada. Había un punto que no terminábamos de cerrar y quería consultártelo, pero ya se me ocurrió una mejor idea.Había cosas que ya no valía la pena decir.—Bien. Gracias por el trabajo.Como directora de marca del Grupo Salazar, Izan nunca dudó de la capacidad de Clara.Ella había nacido para esto: todo lo que pasaba por sus manos —joyería, ropa, videojuegos, electrónicos— terminaba siendo un éxito.—Es mi trabajo. Bueno, me voy a la oficina.Clara respiró hondo. Se dio la vuelta con calma, caminando firme, sosteniendo la compostura.—Vámonos juntos —dijo Izan, y subió a cambiarse.Clara se detuvo. Le subió una acidez a la garganta y se le enrojecieron los ojos.¿Cómo podía estar tan tranquilo después de pedirle el divorcio, y todavía invitarla a ir juntos al trabajo?Ahí estaba la respuesta: no la amaba.—No. Si ya casi nos vamos a divorciar, mejor que no nos vean juntos.Soltó eso y se fue rápido.Le daba miedo que al siguiente segundo se le quebrara la voz frente a él.No podía.Si se había casado con ella fue porque creyó que ella era “razonable” y obediente.«Perdón, bebé. Al final, solo vas a tener a tu mamá».Detrás, Izan la vio alejarse con el paso desordenado y frunció el ceño apenas.En el estacionamiento, Clara abrió la puerta del conductor. No encendió de inmediato; sacó el celular y abrió Instagram.Siguió deslizando hasta que por fin encontró algo raro.Izan y la mayoría de sus amigos casi no subían nada, pero había uno o dos que sí.Darío Ibáñez era uno de ellos.Clara vio que la noche anterior había subido una foto de una mesa llena de botellas caras. El texto decía:“Recibiendo a la guapísima Rebeca. ¡Bienvenida de vuelta! Ya mero nos toca el dulce de la boda de Izi”.Y venía con un emoji de felicitación.La ubicación era el club donde siempre se juntaban.Se le escapó una risa amarga.Una lágrima cayó sobre la pantalla del celular.Capítulo 2—Señorita Ramos, los estudios muestran que usted tiene la pared del útero más delgada de lo normal desde siempre. El embarazo está algo inestable, así que en su día a día—en la comida y el ejercicio—tiene que cuidarse mucho.El doctor le hablaba mientras le extendía la receta. Luego le pasó una tarjeta.—Pasa a la farmacia con esto para que te surtan la receta.—Está bien, gracias, doctor. —Clara Ramos recibió la tarjeta y se levantó despacio.El doctor insistió:—De verdad, no lo tomes a la ligera. Con la pared del útero delgada es más fácil perder al bebé. Muchas mujeres, después de una pérdida, ya no logran embarazarse otra vez.—Gracias, doctor. Voy a tener cuidado. —Clara sonrió y asintió.Después de tres años de matrimonio, nadie deseaba más que ella la llegada de ese bebé. Y lo iba a proteger como fuera.Cuando terminó de recoger los medicamentos, Clara salió del edificio de consultorios y volvió al coche.El chofer encendió el carro y, viéndola por el retrovisor, preguntó:—Señora, el vuelo del señor llega a las tres. Faltan veinte minutos. ¿Nos vamos directo al aeropuerto?—Sí, vámonos.Pensar que en veinte minutos lo vería le sacó una sonrisa; por dentro ya se moría de ganas.Izan Salazar llevaba casi un mes de viaje de trabajo. Lo extrañaba.En el camino, no pudo evitar sacar de su bolsa el reporte del ultrasonido y leerlo varias veces. Luego se llevó la mano al vientre.Ahí estaba el bebé de los dos; en ocho meses nacería.Quería contarle la noticia a Izan en cuanto lo viera.Al llegar al aeropuerto, el chofer estacionó en un lugar visible.—Señora, ¿le marca al señor?Clara checó la hora. Calculó que Izan ya debía haber bajado del avión y le marcó. Una grabación le indicó que no estaba disponible.—Seguro el vuelo se retrasó. Esperemos tantito —dijo Clara.Pasó un rato y no veía salir a Izan.Clara volvió a marcar. Otra vez: no estaba disponible.—Un ratito más.Los retrasos eran comunes; a veces se alargaban una o dos horas.Dos horas después.Clara volvió a marcarle a Izan. Esta vez ya no fue la grabación fría; le contestaron casi de inmediato.—¿Izi? ¿Ya bajaste?Del otro lado se hizo un silencio breve y luego se escuchó una voz de mujer:—Perdón, Izi fue al baño. Ahorita que regrese le digo que te marque.Clara todavía no alcanzaba a hablar cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla del celular, aturdida por un instante.Ella recordaba que en este viaje Izan no había llevado secretaria.Clara se quedó mirando la pantalla apagada, esperando que Izan le devolviera la llamada.Diez minutos.Nada.Cinco minutos más y ya no aguantó: le marcó otra vez.Sonó mucho tiempo. Casi se iba a colgar sola cuando por fin entró la llamada. En el auricular se oyó la voz conocida de Izan, baja y con ese tono que siempre la desarmaba:—¿Bueno, Clara?—Izi, ¿dónde estás? El chofer y yo estamos en el estacionamiento de la Terminal D. Ven directo acá.Del otro lado se detuvo un segundo.—Perdón. Se me olvidó prender el celular al bajar. Ya salí del aeropuerto.A Clara se le cayó la sonrisa.—Entonces… ¿te espero en la casa? —se mordió el labio—. Tengo algo que decirte.—Va. Yo también tengo algo que decirte.—Para la cena le digo a Lucía que te prepare lo que te gusta…—Cena tú. Tengo cosas que hacer. Llego más tarde.Clara se sintió bajoneada, pero su voz salió tranquila.—Está bien.Iba a colgar cuando del lado de Izan volvió a escucharse la misma voz de mujer:—Izi, perdón, hace rato Clara te marcó y se me fue decirte…A Clara se le hizo un nudo en el estómago. Frunció el ceño; iba a preguntar quién era esa mujer cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla, apretó los labios y le dijo al chofer:—Vámonos a la casa.El chofer, con lo poco que había escuchado, se imaginó algo y arrancó.En la cena, Clara no tenía hambre, pero por el bebé se obligó a comer un poco.La tele estaba prendida en la sala.Ella se sentó en el sillón abrazando un cojín, mirando el reloj a cada rato. Ni sabía qué estaba pasando en la pantalla.Ya eran las diez de la noche.Clara bostezó y, sin darse cuenta, se quedó dormida.Entre sueños, sintió que la levantaban con cuidado.Medio dormida, le llegó un olor familiar mezclado con un ligero tufo a alcohol.—¿Izi…? —murmuró.—Soy yo.—¿Tomaste…?—Sí. Un poco, con unos amigos.Desde el baño se escuchaba el agua de la regadera. Clara frunció el ceño y se volteó, durmiendo inquieta.El colchón se hundió a su lado.Una mano grande se posó en su cintura y fue bajando por la curva de su cuerpo, con intención.—Mmm… hoy no… —con los ojos cerrados, entre dormida y despierta, lo detuvo.En el fondo, le daba miedo poner en riesgo el embarazo.La mano se detuvo y subió a su espalda.—Duerme.Clara estaba rendida y se durmió por completo.Por la mañana, cuando despertó, él ya no estaba. Solo las sábanas algo arrugadas mostraban que él sí había regresado.Le dio coraje consigo misma: ¿cómo se quedó dormida?No importaba. Hoy se lo decía.Después de arreglarse, Clara fue al vestidor y le escogió a Izan un traje blanco. Como lo del embarazo era una buena noticia, también eligió una corbata de rayas rojas y la dejó al pie de la cama.Izan ya había vuelto de correr. Con ropa cómoda, estaba sentado en el sillón. Alzó la mirada hacia Clara cuando bajó las escaleras, dejó el documento que tenía en la mano y dijo:—Vamos a desayunar.Terminando, Clara respiró hondo. En la cara se le notaba una ilusión cuidadosa.—Izi, tengo algo que decirte.Si él se enteraba de que iban a tener un bebé… debía alegrarse, ¿no?—Yo también tengo algo que decirte —respondió Izan, sereno.—Entonces tú primero. —Clara sonrió, dulce, con un toque de pena.—Clara… vamos a divorciarnos. —Izan se levantó, tomó un documento del sillón y se lo extendió—. Aquí está el acuerdo. Léelo primero; si tienes alguna objeción, dímela. Voy a tratar de cumplir lo que pidas.A Clara se le paró el corazón un segundo. Se quedó viendo a Izan, sin entender.Se le quedó la mente en blanco. Pensó que había escuchado mal.Tardó un buen rato en recuperar la voz. Los labios le temblaron al repetir:—¿Divorcio?¿Él quería divorciarse de ella?¿Así, de la nada?Sin aviso, sin señales… la tomó por sorpresa.—Esa noche nos tendieron una trampa y terminamos casándonos por fuerza. Ni siquiera lo hicimos público. Si es así, mejor terminarlo de una vez —dijo Izan, como si estuviera hablando de cualquier cosa.Clara se puso pálida. Sintió que el aire se le helaba alrededor.Como si una mano le apretara el pecho con fuerza; le costaba respirar.No.No.Ella lo había amado nueve años.Desde los dieciséis, cuando llegó a casa de los Salazar, hasta los veinticinco, cuando ya tenía carrera hecha.Desde el primer enamoramiento hasta tres años de matrimonio: toda su juventud estaba atravesada por él.Para ella no había sido “por fuerza”. Ella lo había querido con todo.Pero para él sí.Tragó saliva, respiró hondo y lo miró de frente, esforzándose por mantener la voz estable.—¿Estos tres años no hemos estado bien? ¿De verdad ya lo decidiste? ¿De verdad quieres… divorciarte?Decir esa palabra le dolió como si le pesara en la lengua.—Ya lo decidí.—¿Y tus abuelos…?—Yo lo voy a hablar con ellos.—¿Y si yo…? —«Estoy embarazada», quiso decir.Izan, como fastidiado, la cortó:—Rebeca ya volvió al país.A Clara se le fue el aire. Esa frase le entró como cuchillo al pecho.Tomó el acuerdo de divorcio con manos torpes y se escuchó decir, en automático:—Está bien. Lo voy a leer.Lo de la trampa y el matrimonio “por fuerza” no era lo importante.Lo importante era la última frase.Rebeca Gómez había vuelto.Durante esos tres años, aunque no lo hicieron público, vivieron como cualquier pareja.Cada mañana, ella le elegía el traje, le acomodaba la corbata y salían juntos a la oficina.Por las noches, cuando él tenía cenas de trabajo, le avisaba dónde andaba.A veces terminaban en la cama; a veces se metían a bañar juntos. Nunca faltaba el beso de buenas noches.En su aniversario, en San Valentín, en los cumpleaños… él nunca se olvidaba de los regalos.Lo que ella quería, él se lo daba.Romance, detalles, “gestos”: él cumplía con todo lo que se supone que hace un buen esposo.Hasta ella misma creyó que su vida seguiría así, feliz, para siempre.Pero Rebeca regresó.Así que todo tenía que acabarse.Entonces la voz de ayer en el teléfono… seguro era Rebeca.¿Ya se habían puesto en contacto?¿En ese mes de viaje él estuvo con ella?¿Ayer volvieron juntos?¿Anoche él estuvo con Rebeca?Pensarlo le heló el corazón. Sentía que Izan se lo despedazaba de a poco.—Clara, tranquila. Aunque nos divorciemos, tú sigues siendo de los Salazar. Eres mi prioridad… como mi hermana.¿Hermana?Tres años casados, tres años compartiendo cama… y al final, volver a ese lugar.¿Cómo iba a aceptarlo?—Luego lo vemos —respondió Clara, bajando la mirada, como quitándole importancia.Izan se acomodó el cuello de la camisa, con la mirada oscura.—Por cierto… hace rato dijiste que querías hablar conmigo. ¿Qué era?Clara hojeó el documento sin ganas y se forzó a sonreír.—Nada. Ya salió el plan de lanzamiento de la nueva temporada. Había un punto que no terminábamos de cerrar y quería consultártelo, pero ya se me ocurrió una mejor idea.Había cosas que ya no valía la pena decir.—Bien. Gracias por el trabajo.Como directora de marca del Grupo Salazar, Izan nunca dudó de la capacidad de Clara.Ella había nacido para esto: todo lo que pasaba por sus manos —joyería, ropa, videojuegos, electrónicos— terminaba siendo un éxito.—Es mi trabajo. Bueno, me voy a la oficina.Clara respiró hondo. Se dio la vuelta con calma, caminando firme, sosteniendo la compostura.—Vámonos juntos —dijo Izan, y subió a cambiarse.Clara se detuvo. Le subió una acidez a la garganta y se le enrojecieron los ojos.¿Cómo podía estar tan tranquilo después de pedirle el divorcio, y todavía invitarla a ir juntos al trabajo?Ahí estaba la respuesta: no la amaba.—No. Si ya casi nos vamos a divorciar, mejor que no nos vean juntos.Soltó eso y se fue rápido.Le daba miedo que al siguiente segundo se le quebrara la voz frente a él.No podía.Si se había casado con ella fue porque creyó que ella era “razonable” y obediente.«Perdón, bebé. Al final, solo vas a tener a tu mamá».Detrás, Izan la vio alejarse con el paso desordenado y frunció el ceño apenas.En el estacionamiento, Clara abrió la puerta del conductor. No encendió de inmediato; sacó el celular y abrió Instagram.Siguió deslizando hasta que por fin encontró algo raro.Izan y la mayoría de sus amigos casi no subían nada, pero había uno o dos que sí.Darío Ibáñez era uno de ellos.Clara vio que la noche anterior había subido una foto de una mesa llena de botellas caras. El texto decía:“Recibiendo a la guapísima Rebeca. ¡Bienvenida de vuelta! Ya mero nos toca el dulce de la boda de Izi”.Y venía con un emoji de felicitación.La ubicación era el club donde siempre se juntaban.Se le escapó una risa amarga.Una lágrima cayó sobre la pantalla del celular.Capítulo 3—Señorita Ramos, los estudios muestran que usted tiene la pared del útero más delgada de lo normal desde siempre. El embarazo está algo inestable, así que en su día a día—en la comida y el ejercicio—tiene que cuidarse mucho.El doctor le hablaba mientras le extendía la receta. Luego le pasó una tarjeta.—Pasa a la farmacia con esto para que te surtan la receta.—Está bien, gracias, doctor. —Clara Ramos recibió la tarjeta y se levantó despacio.El doctor insistió:—De verdad, no lo tomes a la ligera. Con la pared del útero delgada es más fácil perder al bebé. Muchas mujeres, después de una pérdida, ya no logran embarazarse otra vez.—Gracias, doctor. Voy a tener cuidado. —Clara sonrió y asintió.Después de tres años de matrimonio, nadie deseaba más que ella la llegada de ese bebé. Y lo iba a proteger como fuera.Cuando terminó de recoger los medicamentos, Clara salió del edificio de consultorios y volvió al coche.El chofer encendió el carro y, viéndola por el retrovisor, preguntó:—Señora, el vuelo del señor llega a las tres. Faltan veinte minutos. ¿Nos vamos directo al aeropuerto?—Sí, vámonos.Pensar que en veinte minutos lo vería le sacó una sonrisa; por dentro ya se moría de ganas.Izan Salazar llevaba casi un mes de viaje de trabajo. Lo extrañaba.En el camino, no pudo evitar sacar de su bolsa el reporte del ultrasonido y leerlo varias veces. Luego se llevó la mano al vientre.Ahí estaba el bebé de los dos; en ocho meses nacería.Quería contarle la noticia a Izan en cuanto lo viera.Al llegar al aeropuerto, el chofer estacionó en un lugar visible.—Señora, ¿le marca al señor?Clara checó la hora. Calculó que Izan ya debía haber bajado del avión y le marcó. Una grabación le indicó que no estaba disponible.—Seguro el vuelo se retrasó. Esperemos tantito —dijo Clara.Pasó un rato y no veía salir a Izan.Clara volvió a marcar. Otra vez: no estaba disponible.—Un ratito más.Los retrasos eran comunes; a veces se alargaban una o dos horas.Dos horas después.Clara volvió a marcarle a Izan. Esta vez ya no fue la grabación fría; le contestaron casi de inmediato.—¿Izi? ¿Ya bajaste?Del otro lado se hizo un silencio breve y luego se escuchó una voz de mujer:—Perdón, Izi fue al baño. Ahorita que regrese le digo que te marque.Clara todavía no alcanzaba a hablar cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla del celular, aturdida por un instante.Ella recordaba que en este viaje Izan no había llevado secretaria.Clara se quedó mirando la pantalla apagada, esperando que Izan le devolviera la llamada.Diez minutos.Nada.Cinco minutos más y ya no aguantó: le marcó otra vez.Sonó mucho tiempo. Casi se iba a colgar sola cuando por fin entró la llamada. En el auricular se oyó la voz conocida de Izan, baja y con ese tono que siempre la desarmaba:—¿Bueno, Clara?—Izi, ¿dónde estás? El chofer y yo estamos en el estacionamiento de la Terminal D. Ven directo acá.Del otro lado se detuvo un segundo.—Perdón. Se me olvidó prender el celular al bajar. Ya salí del aeropuerto.A Clara se le cayó la sonrisa.—Entonces… ¿te espero en la casa? —se mordió el labio—. Tengo algo que decirte.—Va. Yo también tengo algo que decirte.—Para la cena le digo a Lucía que te prepare lo que te gusta…—Cena tú. Tengo cosas que hacer. Llego más tarde.Clara se sintió bajoneada, pero su voz salió tranquila.—Está bien.Iba a colgar cuando del lado de Izan volvió a escucharse la misma voz de mujer:—Izi, perdón, hace rato Clara te marcó y se me fue decirte…A Clara se le hizo un nudo en el estómago. Frunció el ceño; iba a preguntar quién era esa mujer cuando la llamada se cortó.Se quedó viendo la pantalla, apretó los labios y le dijo al chofer:—Vámonos a la casa.El chofer, con lo poco que había escuchado, se imaginó algo y arrancó.En la cena, Clara no tenía hambre, pero por el bebé se obligó a comer un poco.La tele estaba prendida en la sala.Ella se sentó en el sillón abrazando un cojín, mirando el reloj a cada rato. Ni sabía qué estaba pasando en la pantalla.Ya eran las diez de la noche.Clara bostezó y, sin darse cuenta, se quedó dormida.Entre sueños, sintió que la levantaban con cuidado.Medio dormida, le llegó un olor familiar mezclado con un ligero tufo a alcohol.—¿Izi…? —murmuró.—Soy yo.—¿Tomaste…?—Sí. Un poco, con unos amigos.Desde el baño se escuchaba el agua de la regadera. Clara frunció el ceño y se volteó, durmiendo inquieta.El colchón se hundió a su lado.Una mano grande se posó en su cintura y fue bajando por la curva de su cuerpo, con intención.—Mmm… hoy no… —con los ojos cerrados, entre dormida y despierta, lo detuvo.En el fondo, le daba miedo poner en riesgo el embarazo.La mano se detuvo y subió a su espalda.—Duerme.Clara estaba rendida y se durmió por completo.Por la mañana, cuando despertó, él ya no estaba. Solo las sábanas algo arrugadas mostraban que él sí había regresado.Le dio coraje consigo misma: ¿cómo se quedó dormida?No importaba. Hoy se lo decía.Después de arreglarse, Clara fue al vestidor y le escogió a Izan un traje blanco. Como lo del embarazo era una buena noticia, también eligió una corbata de rayas rojas y la dejó al pie de la cama.Izan ya había vuelto de correr. Con ropa cómoda, estaba sentado en el sillón. Alzó la mirada hacia Clara cuando bajó las escaleras, dejó el documento que tenía en la mano y dijo:—Vamos a desayunar.Terminando, Clara respiró hondo. En la cara se le notaba una ilusión cuidadosa.—Izi, tengo algo que decirte.Si él se enteraba de que iban a tener un bebé… debía alegrarse, ¿no?—Yo también tengo algo que decirte —respondió Izan, sereno.—Entonces tú primero. —Clara sonrió, dulce, con un toque de pena.—Clara… vamos a divorciarnos. —Izan se levantó, tomó un documento del sillón y se lo extendió—. Aquí está el acuerdo. Léelo primero; si tienes alguna objeción, dímela. Voy a tratar de cumplir lo que pidas.A Clara se le paró el corazón un segundo. Se quedó viendo a Izan, sin entender.Se le quedó la mente en blanco. Pensó que había escuchado mal.Tardó un buen rato en recuperar la voz. Los labios le temblaron al repetir:—¿Divorcio?¿Él quería divorciarse de ella?¿Así, de la nada?Sin aviso, sin señales… la tomó por sorpresa.—Esa noche nos tendieron una trampa y terminamos casándonos por fuerza. Ni siquiera lo hicimos público. Si es así, mejor terminarlo de una vez —dijo Izan, como si estuviera hablando de cualquier cosa.Clara se puso pálida. Sintió que el aire se le helaba alrededor.Como si una mano le apretara el pecho con fuerza; le costaba respirar.No.No.Ella lo había amado nueve años.Desde los dieciséis, cuando llegó a casa de los Salazar, hasta los veinticinco, cuando ya tenía carrera hecha.Desde el primer enamoramiento hasta tres años de matrimonio: toda su juventud estaba atravesada por él.Para ella no había sido “por fuerza”. Ella lo había querido con todo.Pero para él sí.Tragó saliva, respiró hondo y lo miró de frente, esforzándose por mantener la voz estable.—¿Estos tres años no hemos estado bien? ¿De verdad ya lo decidiste? ¿De verdad quieres… divorciarte?Decir esa palabra le dolió como si le pesara en la lengua.—Ya lo decidí.—¿Y tus abuelos…?—Yo lo voy a hablar con ellos.—¿Y si yo…? —«Estoy embarazada», quiso decir.Izan, como fastidiado, la cortó:—Rebeca ya volvió al país.A Clara se le fue el aire. Esa frase le entró como cuchillo al pecho.Tomó el acuerdo de divorcio con manos torpes y se escuchó decir, en automático:—Está bien. Lo voy a leer.Lo de la trampa y el matrimonio “por fuerza” no era lo importante.Lo importante era la última frase.Rebeca Gómez había vuelto.Durante esos tres años, aunque no lo hicieron público, vivieron como cualquier pareja.Cada mañana, ella le elegía el traje, le acomodaba la corbata y salían juntos a la oficina.Por las noches, cuando él tenía cenas de trabajo, le avisaba dónde andaba.A veces terminaban en la cama; a veces se metían a bañar juntos. Nunca faltaba el beso de buenas noches.En su aniversario, en San Valentín, en los cumpleaños… él nunca se olvidaba de los regalos.Lo que ella quería, él se lo daba.Romance, detalles, “gestos”: él cumplía con todo lo que se supone que hace un buen esposo.Hasta ella misma creyó que su vida seguiría así, feliz, para siempre.Pero Rebeca regresó.Así que todo tenía que acabarse.Entonces la voz de ayer en el teléfono… seguro era Rebeca.¿Ya se habían puesto en contacto?¿En ese mes de viaje él estuvo con ella?¿Ayer volvieron juntos?¿Anoche él estuvo con Rebeca?Pensarlo le heló el corazón. Sentía que Izan se lo despedazaba de a poco.—Clara, tranquila. Aunque nos divorciemos, tú sigues siendo de los Salazar. Eres mi prioridad… como mi hermana.¿Hermana?Tres años casados, tres años compartiendo cama… y al final, volver a ese lugar.¿Cómo iba a aceptarlo?—Luego lo vemos —respondió Clara, bajando la mirada, como quitándole importancia.Izan se acomodó el cuello de la camisa, con la mirada oscura.—Por cierto… hace rato dijiste que querías hablar conmigo. ¿Qué era?Clara hojeó el documento sin ganas y se forzó a sonreír.—Nada. Ya salió el plan de lanzamiento de la nueva temporada. Había un punto que no terminábamos de cerrar y quería consultártelo, pero ya se me ocurrió una mejor idea.Había cosas que ya no valía la pena decir.—Bien. Gracias por el trabajo.Como directora de marca del Grupo Salazar, Izan nunca dudó de la capacidad de Clara.Ella había nacido para esto: todo lo que pasaba por sus manos —joyería, ropa, videojuegos, electrónicos— terminaba siendo un éxito.—Es mi trabajo. Bueno, me voy a la oficina.Clara respiró hondo. Se dio la vuelta con calma, caminando firme, sosteniendo la compostura.—Vámonos juntos —dijo Izan, y subió a cambiarse.Clara se detuvo. Le subió una acidez a la garganta y se le enrojecieron los ojos.¿Cómo podía estar tan tranquilo después de pedirle el divorcio, y todavía invitarla a ir juntos al trabajo?Ahí estaba la respuesta: no la amaba.—No. Si ya casi nos vamos a divorciar, mejor que no nos vean juntos.Soltó eso y se fue rápido.Le daba miedo que al siguiente segundo se le quebrara la voz frente a él.No podía.Si se había casado con ella fue porque creyó que ella era “razonable” y obediente.«Perdón, bebé. Al final, solo vas a tener a tu mamá».Detrás, Izan la vio alejarse con el paso desordenado y frunció el ceño apenas.En el estacionamiento, Clara abrió la puerta del conductor. No encendió de inmediato; sacó el celular y abrió Instagram.Siguió deslizando hasta que por fin encontró algo raro.Izan y la mayoría de sus amigos casi no subían nada, pero había uno o dos que sí.Darío Ibáñez era uno de ellos.Clara vio que la noche anterior había subido una foto de una mesa llena de botellas caras. El texto decía:“Recibiendo a la guapísima Rebeca. ¡Bienvenida de vuelta! Ya mero nos toca el dulce de la boda de Izi”.Y venía con un emoji de felicitación.La ubicación era el club donde siempre se juntaban.Se le escapó una risa amarga.Una lágrima cayó sobre la pantalla del celular.

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