En la noche de su compromiso, Isolda Gómez decide vengarse de la traición de su prometido Tiziano, y termina enredada en una intensa noche de pasión con Nicasio, el mejor amigo de Tiziano. Lo que comenzó como un simple desahogo se convierte en un juego de deseos incontrolables. ¡Isolda se da cuenta de que ha caído en un embrollo aún más profundo! Esa noche, a solo una habitación de distancia de Tiziano, los susurros peligrosos y seductores de Nicasio la envuelven: “Cariño, si sigues huyendo, no me importará que más ojos nos vean.” Isolda, sorprendida y sin palabras, se siente cada vez más atrapada. Más tarde, Nicasio la mantiene cautiva en una remota isla, mientras Tiziano no se da por vencido. Con su rostro hundido en su cuello, Nicasio, con la voz entrecortada y un toque de desesperación, Nicasio le pregunta: “¿Qué debo hacer para que te quedes conmigo?”

Capítulo 1En el hotel.A través de la pared, los gemidos y susurros de la habitación de al lado se colaron incluso por encima del ruido del agua de la regadera, llegando, entrecortados, a los oídos de Isolda Gómez.Ese tipo de sonidos, en teoría, deberían dar vergüenza.Pero a Isolda le supieron a mofa… y a un golpe seco en el pecho.—Que tu prometido y tu prima te traicionen la noche del compromiso… debe doler, ¿no?Una voz masculina, grave y con un tono de juego, sonó de golpe a su espalda. Isolda se giró—El ruido de la regadera ya no se oía. De la zona del baño salió una figura alta y firme.El hombre solo llevaba una toalla amarrada a la cintura. En la mano tenía otra toalla con la que se secaba el cabello mojado, que todavía goteaba.En la suite no había ni una lámpara encendida; todo estaba en penumbra.Pero la luz plateada de la luna, entrando por el ventanal, dibujó con claridad sus rasgos fríos y profundos en los ojos de Isolda.¿Nicasio Ferrer?Isolda lo miró sin poder creerlo.Porque ella solo lo había visto una vez: ese mismo día, en su fiesta de compromiso con Tiziano Galván.Tiziano se lo había presentado como su mejor amigo de la infancia; que se había ido del país desde la prepa y que había regresado hacía una semana.El heredero del Grupo Ferrer, la familia más poderosa de ciudad Ébano.Isolda alzó la vista y se encontró con una mirada de esas que no piden permiso: fría, directa, peligrosa.—Nicasio, di lo que quieras decir.A esas horas, obligarla a venir hasta ahí “por las buenas” no podía ser por justicia.Nicasio arqueó una ceja y tiró la toalla, sin cuidado, sobre el sofá.—¿Quieres vengarte?Sus labios se movieron apenas. Sonrió con la esquina de la boca, y esa mirada se volvió todavía más invasiva, como si ya hubiera decidido el final.Venganza.Isolda repitió esa palabra por dentro, y su vista se le fue sola… del rostro del hombre a su cuerpo.Alto, fácil cerca del metro noventa. Hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas. Acababa de bañarse: le quedaban gotas brillantes pegadas a la piel.Se le marcaban los abdominales con una claridad ofensiva.La toalla estaba amarrada floja, y se le notaban las líneas de la cadera, tensas, peligrosamente visibles.Incluso se alcanzaba a ver cómo se le marcaban venas bajo la piel, subiendo desde donde la toalla apenas cubría…Una gota le resbaló desde el cabello y cayó justo en su abdomen. Bajó despacio… y desapareció bajo la toalla.A Isolda se le calentó la cara. La intención de Nicasio era demasiado clara.Isolda apretó los labios y lo miró de frente.—Yo soy la novia de Tiziano.Nicasio soltó una risa baja. Caminó al sofá y se dejó caer, como si estuviera en su casa.—¿Y eso qué?En la mesa había una botella de vino tinto. Se sirvió una copa y la sostuvo por el tallo con esos dedos largos, moviéndola despacio.Levantó la mirada hacia Isolda y habló con voz grave:—Tiziano ya hizo lo que hizo, y tú sigues aferrada a ese título ridículo… ¿no te da pena?Era ridículo, de verdad. A Isolda se le formó una sonrisa amarga. El dolor le subió del corazón a todo el cuerpo como una punzada fina, insistente.El hombre al que había amado durante años… la noche del compromiso, solo porque su ex dijo que le dolía el estómago, la dejó plantada y se fue a acostarse con ella.Y encima, el mejor amigo de él la tenía ahí, obligándola a escuchar en vivo y en directo la humillación.Lo peor era otra cosa: ella había sido “la elegida” porque se parecía un poco a su prima, Blanca.Sintió que le abrían el pecho por dentro, sin anestesia.Hasta respirar dolía.Y la palabra “venganza” se le estrellaba en la cabeza, queriendo arrancarle la poca cordura que le quedaba.Isolda apretó la mano a un lado del cuerpo hasta enterrarse las uñas en la palma.Ese dolor la mantuvo despierta.Vengarse usando su propio cuerpo no valía la pena.—A mí no me manipulas con provocaciones.Dijo eso y caminó directo hacia la puerta.Pero justo cuando puso la mano en la manija, de la habitación de al lado se escuchó una conversación——Tizi, ¿por qué eres tan pegajoso? ¿Con Isolda también eres así?—Ella no tiene tu encanto.Isolda se quedó quieta, sin saber qué decir.Le dio risa de pura rabia.¡Si él ni de lejos le llegaba a Nicasio en físico, en cara, en altura!Y quién sabe si en lo demás también…Sin entender ni ella misma por qué, Isolda giró la cabeza y miró a Nicasio.Ese vistazo fue suficiente para caer de lleno en sus ojos: escondido en la oscuridad, como un lobo, brillándole la mirada.Nicasio curvó la boca.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Cada quien tenía sus gustos.Y para Isolda, la manzana de Adán marcada en un hombre era una tentación mortal.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Después de decirlo, Nicasio levantó la copa y dio un trago.La luna se le derramaba encima como una capa blanca, marcándole el perfil.Cuando el vino bajó, su garganta se movió lento, visible… como si lo hiciera a propósito.Una provocación silenciosa.Nicasio, con esa cara y ese cuerpo, en cualquier lado se robaba todas las miradas.Isolda se quedó plantada, como si el suelo la tuviera agarrada.Si se acostaba con él, no era como que perdiera… hasta podría “ganar”.Pero dar ese paso… tampoco podía.En el cruce de miradas de antes, no sabía si era idea suya, pero en los ojos de Nicasio parecía haber algo demasiado intenso, demasiado posesivo.Peligroso.Esa calma suya sonaba a máscara. A trampa para que ella bajara la guardia.Nicasio, como si la hubiera leído, se inclinó y dejó la copa en la mesa, agarrando la botella, todavía con más de la mitad.Se puso de pie. Con pasos largos, contra la luz, caminó hacia ella.Su sombra la cubrió entera y el aire se le hizo chico, como si él ocupara todo el cuarto.Isolda apretó la manija con fuerza. Se le pusieron los dedos blancos.Nicasio bajó el torso, acercó los labios a su oído y soltó una risa suave.—Srta. Gómez, no tengas miedo. No muerdo.Y en cuanto terminó la frase, su mano grande cubrió la mano de ella sobre la manija.Isolda se tensó. No alcanzó ni a apartarse.Nicasio guió esa mano y se la puso sobre su garganta, justo en la manzana de Adán.En la vista, eso era sexy.Se veía provocador… pero a ella le saltó la alarma: era un lugar demasiado fácil de lastimar.Y él se lo estaba dejando, así, en la palma.A Isolda se le estremeció el pecho.Algo le brincó en los nervios, como chispa.Su mirada cayó sobre su propia mano: tan pequeña y blanca contra el cuello fuerte de él. El contraste le pegó duro.Nicasio le oscureció la mirada y sonrió con descaro.—¿Quieres un poco de vino?Isolda alzó los ojos y se hundió en esa mirada profunda, como un remolino.Sintió que se le aflojaba la cabeza, como si el buen juicio se le escurriera entre los dedos.En su cabeza peleaban dos voces: una le gritaba que se detuviera.La otra le exigía vengarse ya.—Quiero.Le salió antes de pensarlo.Y una vez dicho, ya no había vuelta atrás.Nicasio tampoco iba a dársela. Levantó la botella y se la llevó a la boca.Isolda se sorprendió. ¿No se suponía que era para ella?En eso sintió frío en la mano que tenía en su garganta.Isolda se quedó helada.El vino empezó a derramarse desde la comisura de los labios de Nicasio…El líquido oscuro le bajó por la mandíbula marcada y le corrió por el cuello…Isolda apretó con los dedos la tela que tenía a un lado del cuerpo.Dios. ¿Cómo se suponía que resistiera eso?La manzana de Adán se le movía bajo la palma, una y otra vez, mientras la botella se vaciaba.Cuando el vino casi se acabó, Isolda abrió un poco los labios, queriendo preguntar algo.—¡Pum!La botella se estrelló contra el piso.Isolda se asustó. El grito se le quedó atorado—Porque Nicasio le agarró la barbilla con fuerza.Su rostro se le vino encima. Y sus labios, fríos al principio, la aplastaron en un beso.De golpe, todo sonido murió en su garganta.El sabor del vino se le expandió a Isolda en la boca.Junto con una sensación desconocida… y el golpe del olor masculino.Isolda abrió los ojos de par en par.Nunca imaginó que Nicasio le “daría de beber” así.Tragó, obligada, y se tomó todo lo que él le pasó.Pero el vino no fue lo que más la mareó.Fue él.Con los ojos medio bajos, Nicasio la miraba como si disfrutara ver cómo caía en su trampa.Isolda tenía los labios atrapados y, encima, esa mirada encima de ella, invadiéndola.Se sintió expuesta. La mano que tenía en su cuello se le apretó sin querer, y terminó apretándole la garganta.Nicasio frunció la ceja, como si le doliera.Isolda se asustó y retiró la mano al instante.Pero apenas la apartó, él se la agarró y se la volvió a poner ahí.Soltó sus labios. Su voz salió baja, oscura.—Si eso es lo que te prende… no te contengas.Isolda se quedó en blanco.¿Apretarle el cuello?Encogió los dedos, con la cara caliente.—Yo no tengo esos gustos.Nicasio respondió, ronco:—Yo sí.Y su mano bajó de la barbilla… para cerrarse alrededor del cuello de ella.Isolda sintió la presión de inmediato. No alcanzó ni a reaccionar cuando él volvió a besarla.Entre el beso, le murmuró:—Cierra los ojos.Esta vez no fue un beso “suave” para pasarle vino.Le abrió la boca sin pedir permiso, como tormenta, arrasándolo todo.Aunque el vino no había sido mucho, a Isolda le pegó como si hubiera tomado de más. Se le nubló la cabeza.Y obedeció: cerró los ojos.Al poco rato, el cuarto parecía estar ardiendo.Caliente, pesado, pegajoso…Isolda sintió que el cuarto se le venía encima: calor, vértigo, y una sensación de no tocar el piso.Ese hombre parecía no cansarse nunca.Y cuando se enteró de que, en realidad, ella no había estado con Tiziano… Isolda vio algo en sus ojos: una oscuridad violenta, como mar de madrugada.Profundo. Revuelto.No supo qué significaba. Solo le dio miedo.La presión era demasiado.Como si una ola enorme estuviera a punto de caerle encima y tragársela por completo.Pero no tuvo tiempo de pensar.Él la arrastró de vuelta al presente con el cuerpo, con la fuerza, con la insistencia.—¿En este momento sigues pensando en otro hombre? ¿O es que no te estoy dando lo suficiente?Isolda volvió en sí.Abrió los ojos y se topó con la mirada de Nicasio: llena de deseo… y algo que no podía descifrar.Sus manos fuertes la sostenían a los lados. Él se inclinaba sobre ella, mirándola fijo.A Isolda se le aceleró el corazón. Quiso explicarse——Yo no… ¡mm!Nicasio la besó de nuevo, dominante, robándole el aire.Al lado.Tiziano y Blanca acababan de terminar. Los dos estaban recostados en la tina, remojándose.Blanca se apoyó sobre el pecho de Tiziano y, sin mirarlo, dijo:—Cuando salgamos de este hotel… haz como si esto no hubiera pasado.Tiziano apretó la mandíbula.—¿A estas alturas todavía quieres deshacerte de mí?Blanca levantó la cabeza enseguida, nerviosa.—No. Solo que… si seguimos así, los dos le fallamos a Solda.Tiziano se quedó callado. La mano que tenía sobre el borde de la tina se apretó.Blanca sintió un nudo en el estómago.Al final, habían pasado seis años separados.Y en esos seis años, la que estuvo al lado de él fue Isolda.Como Tiziano no decía nada, Blanca respiró hondo, apoyó las manos en el borde y se levantó para salir.Tiziano reaccionó como si le hubieran picado una herida. Le agarró la muñeca.—¿A dónde vas?A Blanca se le aflojó el pecho. Se le calmó el miedo.Bajó la mirada, se mordió el labio.—Hagamos como si esta noche no hubiera pasado.Tiziano le apretó la muñeca más fuerte.—Yo me encargo de esto. Y de ahora en adelante, no te vuelves a ir de mi lado.Blanca se detuvo un segundo, fingiendo duda.—Está bien.En cuanto lo dijo, de la habitación de al lado llegó un sonido: un forcejeo ahogado entre hombre y mujer.Si se escuchaba con atención… la voz de ella era familiar.Capítulo 2En el hotel.A través de la pared, los gemidos y susurros de la habitación de al lado se colaron incluso por encima del ruido del agua de la regadera, llegando, entrecortados, a los oídos de Isolda Gómez.Ese tipo de sonidos, en teoría, deberían dar vergüenza.Pero a Isolda le supieron a mofa… y a un golpe seco en el pecho.—Que tu prometido y tu prima te traicionen la noche del compromiso… debe doler, ¿no?Una voz masculina, grave y con un tono de juego, sonó de golpe a su espalda. Isolda se giró—El ruido de la regadera ya no se oía. De la zona del baño salió una figura alta y firme.El hombre solo llevaba una toalla amarrada a la cintura. En la mano tenía otra toalla con la que se secaba el cabello mojado, que todavía goteaba.En la suite no había ni una lámpara encendida; todo estaba en penumbra.Pero la luz plateada de la luna, entrando por el ventanal, dibujó con claridad sus rasgos fríos y profundos en los ojos de Isolda.¿Nicasio Ferrer?Isolda lo miró sin poder creerlo.Porque ella solo lo había visto una vez: ese mismo día, en su fiesta de compromiso con Tiziano Galván.Tiziano se lo había presentado como su mejor amigo de la infancia; que se había ido del país desde la prepa y que había regresado hacía una semana.El heredero del Grupo Ferrer, la familia más poderosa de ciudad Ébano.Isolda alzó la vista y se encontró con una mirada de esas que no piden permiso: fría, directa, peligrosa.—Nicasio, di lo que quieras decir.A esas horas, obligarla a venir hasta ahí “por las buenas” no podía ser por justicia.Nicasio arqueó una ceja y tiró la toalla, sin cuidado, sobre el sofá.—¿Quieres vengarte?Sus labios se movieron apenas. Sonrió con la esquina de la boca, y esa mirada se volvió todavía más invasiva, como si ya hubiera decidido el final.Venganza.Isolda repitió esa palabra por dentro, y su vista se le fue sola… del rostro del hombre a su cuerpo.Alto, fácil cerca del metro noventa. Hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas. Acababa de bañarse: le quedaban gotas brillantes pegadas a la piel.Se le marcaban los abdominales con una claridad ofensiva.La toalla estaba amarrada floja, y se le notaban las líneas de la cadera, tensas, peligrosamente visibles.Incluso se alcanzaba a ver cómo se le marcaban venas bajo la piel, subiendo desde donde la toalla apenas cubría…Una gota le resbaló desde el cabello y cayó justo en su abdomen. Bajó despacio… y desapareció bajo la toalla.A Isolda se le calentó la cara. La intención de Nicasio era demasiado clara.Isolda apretó los labios y lo miró de frente.—Yo soy la novia de Tiziano.Nicasio soltó una risa baja. Caminó al sofá y se dejó caer, como si estuviera en su casa.—¿Y eso qué?En la mesa había una botella de vino tinto. Se sirvió una copa y la sostuvo por el tallo con esos dedos largos, moviéndola despacio.Levantó la mirada hacia Isolda y habló con voz grave:—Tiziano ya hizo lo que hizo, y tú sigues aferrada a ese título ridículo… ¿no te da pena?Era ridículo, de verdad. A Isolda se le formó una sonrisa amarga. El dolor le subió del corazón a todo el cuerpo como una punzada fina, insistente.El hombre al que había amado durante años… la noche del compromiso, solo porque su ex dijo que le dolía el estómago, la dejó plantada y se fue a acostarse con ella.Y encima, el mejor amigo de él la tenía ahí, obligándola a escuchar en vivo y en directo la humillación.Lo peor era otra cosa: ella había sido “la elegida” porque se parecía un poco a su prima, Blanca.Sintió que le abrían el pecho por dentro, sin anestesia.Hasta respirar dolía.Y la palabra “venganza” se le estrellaba en la cabeza, queriendo arrancarle la poca cordura que le quedaba.Isolda apretó la mano a un lado del cuerpo hasta enterrarse las uñas en la palma.Ese dolor la mantuvo despierta.Vengarse usando su propio cuerpo no valía la pena.—A mí no me manipulas con provocaciones.Dijo eso y caminó directo hacia la puerta.Pero justo cuando puso la mano en la manija, de la habitación de al lado se escuchó una conversación——Tizi, ¿por qué eres tan pegajoso? ¿Con Isolda también eres así?—Ella no tiene tu encanto.Isolda se quedó quieta, sin saber qué decir.Le dio risa de pura rabia.¡Si él ni de lejos le llegaba a Nicasio en físico, en cara, en altura!Y quién sabe si en lo demás también…Sin entender ni ella misma por qué, Isolda giró la cabeza y miró a Nicasio.Ese vistazo fue suficiente para caer de lleno en sus ojos: escondido en la oscuridad, como un lobo, brillándole la mirada.Nicasio curvó la boca.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Cada quien tenía sus gustos.Y para Isolda, la manzana de Adán marcada en un hombre era una tentación mortal.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Después de decirlo, Nicasio levantó la copa y dio un trago.La luna se le derramaba encima como una capa blanca, marcándole el perfil.Cuando el vino bajó, su garganta se movió lento, visible… como si lo hiciera a propósito.Una provocación silenciosa.Nicasio, con esa cara y ese cuerpo, en cualquier lado se robaba todas las miradas.Isolda se quedó plantada, como si el suelo la tuviera agarrada.Si se acostaba con él, no era como que perdiera… hasta podría “ganar”.Pero dar ese paso… tampoco podía.En el cruce de miradas de antes, no sabía si era idea suya, pero en los ojos de Nicasio parecía haber algo demasiado intenso, demasiado posesivo.Peligroso.Esa calma suya sonaba a máscara. A trampa para que ella bajara la guardia.Nicasio, como si la hubiera leído, se inclinó y dejó la copa en la mesa, agarrando la botella, todavía con más de la mitad.Se puso de pie. Con pasos largos, contra la luz, caminó hacia ella.Su sombra la cubrió entera y el aire se le hizo chico, como si él ocupara todo el cuarto.Isolda apretó la manija con fuerza. Se le pusieron los dedos blancos.Nicasio bajó el torso, acercó los labios a su oído y soltó una risa suave.—Srta. Gómez, no tengas miedo. No muerdo.Y en cuanto terminó la frase, su mano grande cubrió la mano de ella sobre la manija.Isolda se tensó. No alcanzó ni a apartarse.Nicasio guió esa mano y se la puso sobre su garganta, justo en la manzana de Adán.En la vista, eso era sexy.Se veía provocador… pero a ella le saltó la alarma: era un lugar demasiado fácil de lastimar.Y él se lo estaba dejando, así, en la palma.A Isolda se le estremeció el pecho.Algo le brincó en los nervios, como chispa.Su mirada cayó sobre su propia mano: tan pequeña y blanca contra el cuello fuerte de él. El contraste le pegó duro.Nicasio le oscureció la mirada y sonrió con descaro.—¿Quieres un poco de vino?Isolda alzó los ojos y se hundió en esa mirada profunda, como un remolino.Sintió que se le aflojaba la cabeza, como si el buen juicio se le escurriera entre los dedos.En su cabeza peleaban dos voces: una le gritaba que se detuviera.La otra le exigía vengarse ya.—Quiero.Le salió antes de pensarlo.Y una vez dicho, ya no había vuelta atrás.Nicasio tampoco iba a dársela. Levantó la botella y se la llevó a la boca.Isolda se sorprendió. ¿No se suponía que era para ella?En eso sintió frío en la mano que tenía en su garganta.Isolda se quedó helada.El vino empezó a derramarse desde la comisura de los labios de Nicasio…El líquido oscuro le bajó por la mandíbula marcada y le corrió por el cuello…Isolda apretó con los dedos la tela que tenía a un lado del cuerpo.Dios. ¿Cómo se suponía que resistiera eso?La manzana de Adán se le movía bajo la palma, una y otra vez, mientras la botella se vaciaba.Cuando el vino casi se acabó, Isolda abrió un poco los labios, queriendo preguntar algo.—¡Pum!La botella se estrelló contra el piso.Isolda se asustó. El grito se le quedó atorado—Porque Nicasio le agarró la barbilla con fuerza.Su rostro se le vino encima. Y sus labios, fríos al principio, la aplastaron en un beso.De golpe, todo sonido murió en su garganta.El sabor del vino se le expandió a Isolda en la boca.Junto con una sensación desconocida… y el golpe del olor masculino.Isolda abrió los ojos de par en par.Nunca imaginó que Nicasio le “daría de beber” así.Tragó, obligada, y se tomó todo lo que él le pasó.Pero el vino no fue lo que más la mareó.Fue él.Con los ojos medio bajos, Nicasio la miraba como si disfrutara ver cómo caía en su trampa.Isolda tenía los labios atrapados y, encima, esa mirada encima de ella, invadiéndola.Se sintió expuesta. La mano que tenía en su cuello se le apretó sin querer, y terminó apretándole la garganta.Nicasio frunció la ceja, como si le doliera.Isolda se asustó y retiró la mano al instante.Pero apenas la apartó, él se la agarró y se la volvió a poner ahí.Soltó sus labios. Su voz salió baja, oscura.—Si eso es lo que te prende… no te contengas.Isolda se quedó en blanco.¿Apretarle el cuello?Encogió los dedos, con la cara caliente.—Yo no tengo esos gustos.Nicasio respondió, ronco:—Yo sí.Y su mano bajó de la barbilla… para cerrarse alrededor del cuello de ella.Isolda sintió la presión de inmediato. No alcanzó ni a reaccionar cuando él volvió a besarla.Entre el beso, le murmuró:—Cierra los ojos.Esta vez no fue un beso “suave” para pasarle vino.Le abrió la boca sin pedir permiso, como tormenta, arrasándolo todo.Aunque el vino no había sido mucho, a Isolda le pegó como si hubiera tomado de más. Se le nubló la cabeza.Y obedeció: cerró los ojos.Al poco rato, el cuarto parecía estar ardiendo.Caliente, pesado, pegajoso…Isolda sintió que el cuarto se le venía encima: calor, vértigo, y una sensación de no tocar el piso.Ese hombre parecía no cansarse nunca.Y cuando se enteró de que, en realidad, ella no había estado con Tiziano… Isolda vio algo en sus ojos: una oscuridad violenta, como mar de madrugada.Profundo. Revuelto.No supo qué significaba. Solo le dio miedo.La presión era demasiado.Como si una ola enorme estuviera a punto de caerle encima y tragársela por completo.Pero no tuvo tiempo de pensar.Él la arrastró de vuelta al presente con el cuerpo, con la fuerza, con la insistencia.—¿En este momento sigues pensando en otro hombre? ¿O es que no te estoy dando lo suficiente?Isolda volvió en sí.Abrió los ojos y se topó con la mirada de Nicasio: llena de deseo… y algo que no podía descifrar.Sus manos fuertes la sostenían a los lados. Él se inclinaba sobre ella, mirándola fijo.A Isolda se le aceleró el corazón. Quiso explicarse——Yo no… ¡mm!Nicasio la besó de nuevo, dominante, robándole el aire.Al lado.Tiziano y Blanca acababan de terminar. Los dos estaban recostados en la tina, remojándose.Blanca se apoyó sobre el pecho de Tiziano y, sin mirarlo, dijo:—Cuando salgamos de este hotel… haz como si esto no hubiera pasado.Tiziano apretó la mandíbula.—¿A estas alturas todavía quieres deshacerte de mí?Blanca levantó la cabeza enseguida, nerviosa.—No. Solo que… si seguimos así, los dos le fallamos a Solda.Tiziano se quedó callado. La mano que tenía sobre el borde de la tina se apretó.Blanca sintió un nudo en el estómago.Al final, habían pasado seis años separados.Y en esos seis años, la que estuvo al lado de él fue Isolda.Como Tiziano no decía nada, Blanca respiró hondo, apoyó las manos en el borde y se levantó para salir.Tiziano reaccionó como si le hubieran picado una herida. Le agarró la muñeca.—¿A dónde vas?A Blanca se le aflojó el pecho. Se le calmó el miedo.Bajó la mirada, se mordió el labio.—Hagamos como si esta noche no hubiera pasado.Tiziano le apretó la muñeca más fuerte.—Yo me encargo de esto. Y de ahora en adelante, no te vuelves a ir de mi lado.Blanca se detuvo un segundo, fingiendo duda.—Está bien.En cuanto lo dijo, de la habitación de al lado llegó un sonido: un forcejeo ahogado entre hombre y mujer.Si se escuchaba con atención… la voz de ella era familiar.Capítulo 3En el hotel.A través de la pared, los gemidos y susurros de la habitación de al lado se colaron incluso por encima del ruido del agua de la regadera, llegando, entrecortados, a los oídos de Isolda Gómez.Ese tipo de sonidos, en teoría, deberían dar vergüenza.Pero a Isolda le supieron a mofa… y a un golpe seco en el pecho.—Que tu prometido y tu prima te traicionen la noche del compromiso… debe doler, ¿no?Una voz masculina, grave y con un tono de juego, sonó de golpe a su espalda. Isolda se giró—El ruido de la regadera ya no se oía. De la zona del baño salió una figura alta y firme.El hombre solo llevaba una toalla amarrada a la cintura. En la mano tenía otra toalla con la que se secaba el cabello mojado, que todavía goteaba.En la suite no había ni una lámpara encendida; todo estaba en penumbra.Pero la luz plateada de la luna, entrando por el ventanal, dibujó con claridad sus rasgos fríos y profundos en los ojos de Isolda.¿Nicasio Ferrer?Isolda lo miró sin poder creerlo.Porque ella solo lo había visto una vez: ese mismo día, en su fiesta de compromiso con Tiziano Galván.Tiziano se lo había presentado como su mejor amigo de la infancia; que se había ido del país desde la prepa y que había regresado hacía una semana.El heredero del Grupo Ferrer, la familia más poderosa de ciudad Ébano.Isolda alzó la vista y se encontró con una mirada de esas que no piden permiso: fría, directa, peligrosa.—Nicasio, di lo que quieras decir.A esas horas, obligarla a venir hasta ahí “por las buenas” no podía ser por justicia.Nicasio arqueó una ceja y tiró la toalla, sin cuidado, sobre el sofá.—¿Quieres vengarte?Sus labios se movieron apenas. Sonrió con la esquina de la boca, y esa mirada se volvió todavía más invasiva, como si ya hubiera decidido el final.Venganza.Isolda repitió esa palabra por dentro, y su vista se le fue sola… del rostro del hombre a su cuerpo.Alto, fácil cerca del metro noventa. Hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas. Acababa de bañarse: le quedaban gotas brillantes pegadas a la piel.Se le marcaban los abdominales con una claridad ofensiva.La toalla estaba amarrada floja, y se le notaban las líneas de la cadera, tensas, peligrosamente visibles.Incluso se alcanzaba a ver cómo se le marcaban venas bajo la piel, subiendo desde donde la toalla apenas cubría…Una gota le resbaló desde el cabello y cayó justo en su abdomen. Bajó despacio… y desapareció bajo la toalla.A Isolda se le calentó la cara. La intención de Nicasio era demasiado clara.Isolda apretó los labios y lo miró de frente.—Yo soy la novia de Tiziano.Nicasio soltó una risa baja. Caminó al sofá y se dejó caer, como si estuviera en su casa.—¿Y eso qué?En la mesa había una botella de vino tinto. Se sirvió una copa y la sostuvo por el tallo con esos dedos largos, moviéndola despacio.Levantó la mirada hacia Isolda y habló con voz grave:—Tiziano ya hizo lo que hizo, y tú sigues aferrada a ese título ridículo… ¿no te da pena?Era ridículo, de verdad. A Isolda se le formó una sonrisa amarga. El dolor le subió del corazón a todo el cuerpo como una punzada fina, insistente.El hombre al que había amado durante años… la noche del compromiso, solo porque su ex dijo que le dolía el estómago, la dejó plantada y se fue a acostarse con ella.Y encima, el mejor amigo de él la tenía ahí, obligándola a escuchar en vivo y en directo la humillación.Lo peor era otra cosa: ella había sido “la elegida” porque se parecía un poco a su prima, Blanca.Sintió que le abrían el pecho por dentro, sin anestesia.Hasta respirar dolía.Y la palabra “venganza” se le estrellaba en la cabeza, queriendo arrancarle la poca cordura que le quedaba.Isolda apretó la mano a un lado del cuerpo hasta enterrarse las uñas en la palma.Ese dolor la mantuvo despierta.Vengarse usando su propio cuerpo no valía la pena.—A mí no me manipulas con provocaciones.Dijo eso y caminó directo hacia la puerta.Pero justo cuando puso la mano en la manija, de la habitación de al lado se escuchó una conversación——Tizi, ¿por qué eres tan pegajoso? ¿Con Isolda también eres así?—Ella no tiene tu encanto.Isolda se quedó quieta, sin saber qué decir.Le dio risa de pura rabia.¡Si él ni de lejos le llegaba a Nicasio en físico, en cara, en altura!Y quién sabe si en lo demás también…Sin entender ni ella misma por qué, Isolda giró la cabeza y miró a Nicasio.Ese vistazo fue suficiente para caer de lleno en sus ojos: escondido en la oscuridad, como un lobo, brillándole la mirada.Nicasio curvó la boca.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Cada quien tenía sus gustos.Y para Isolda, la manzana de Adán marcada en un hombre era una tentación mortal.—Srta. Gómez… ¿quieres probar con otro?Después de decirlo, Nicasio levantó la copa y dio un trago.La luna se le derramaba encima como una capa blanca, marcándole el perfil.Cuando el vino bajó, su garganta se movió lento, visible… como si lo hiciera a propósito.Una provocación silenciosa.Nicasio, con esa cara y ese cuerpo, en cualquier lado se robaba todas las miradas.Isolda se quedó plantada, como si el suelo la tuviera agarrada.Si se acostaba con él, no era como que perdiera… hasta podría “ganar”.Pero dar ese paso… tampoco podía.En el cruce de miradas de antes, no sabía si era idea suya, pero en los ojos de Nicasio parecía haber algo demasiado intenso, demasiado posesivo.Peligroso.Esa calma suya sonaba a máscara. A trampa para que ella bajara la guardia.Nicasio, como si la hubiera leído, se inclinó y dejó la copa en la mesa, agarrando la botella, todavía con más de la mitad.Se puso de pie. Con pasos largos, contra la luz, caminó hacia ella.Su sombra la cubrió entera y el aire se le hizo chico, como si él ocupara todo el cuarto.Isolda apretó la manija con fuerza. Se le pusieron los dedos blancos.Nicasio bajó el torso, acercó los labios a su oído y soltó una risa suave.—Srta. Gómez, no tengas miedo. No muerdo.Y en cuanto terminó la frase, su mano grande cubrió la mano de ella sobre la manija.Isolda se tensó. No alcanzó ni a apartarse.Nicasio guió esa mano y se la puso sobre su garganta, justo en la manzana de Adán.En la vista, eso era sexy.Se veía provocador… pero a ella le saltó la alarma: era un lugar demasiado fácil de lastimar.Y él se lo estaba dejando, así, en la palma.A Isolda se le estremeció el pecho.Algo le brincó en los nervios, como chispa.Su mirada cayó sobre su propia mano: tan pequeña y blanca contra el cuello fuerte de él. El contraste le pegó duro.Nicasio le oscureció la mirada y sonrió con descaro.—¿Quieres un poco de vino?Isolda alzó los ojos y se hundió en esa mirada profunda, como un remolino.Sintió que se le aflojaba la cabeza, como si el buen juicio se le escurriera entre los dedos.En su cabeza peleaban dos voces: una le gritaba que se detuviera.La otra le exigía vengarse ya.—Quiero.Le salió antes de pensarlo.Y una vez dicho, ya no había vuelta atrás.Nicasio tampoco iba a dársela. Levantó la botella y se la llevó a la boca.Isolda se sorprendió. ¿No se suponía que era para ella?En eso sintió frío en la mano que tenía en su garganta.Isolda se quedó helada.El vino empezó a derramarse desde la comisura de los labios de Nicasio…El líquido oscuro le bajó por la mandíbula marcada y le corrió por el cuello…Isolda apretó con los dedos la tela que tenía a un lado del cuerpo.Dios. ¿Cómo se suponía que resistiera eso?La manzana de Adán se le movía bajo la palma, una y otra vez, mientras la botella se vaciaba.Cuando el vino casi se acabó, Isolda abrió un poco los labios, queriendo preguntar algo.—¡Pum!La botella se estrelló contra el piso.Isolda se asustó. El grito se le quedó atorado—Porque Nicasio le agarró la barbilla con fuerza.Su rostro se le vino encima. Y sus labios, fríos al principio, la aplastaron en un beso.De golpe, todo sonido murió en su garganta.El sabor del vino se le expandió a Isolda en la boca.Junto con una sensación desconocida… y el golpe del olor masculino.Isolda abrió los ojos de par en par.Nunca imaginó que Nicasio le “daría de beber” así.Tragó, obligada, y se tomó todo lo que él le pasó.Pero el vino no fue lo que más la mareó.Fue él.Con los ojos medio bajos, Nicasio la miraba como si disfrutara ver cómo caía en su trampa.Isolda tenía los labios atrapados y, encima, esa mirada encima de ella, invadiéndola.Se sintió expuesta. La mano que tenía en su cuello se le apretó sin querer, y terminó apretándole la garganta.Nicasio frunció la ceja, como si le doliera.Isolda se asustó y retiró la mano al instante.Pero apenas la apartó, él se la agarró y se la volvió a poner ahí.Soltó sus labios. Su voz salió baja, oscura.—Si eso es lo que te prende… no te contengas.Isolda se quedó en blanco.¿Apretarle el cuello?Encogió los dedos, con la cara caliente.—Yo no tengo esos gustos.Nicasio respondió, ronco:—Yo sí.Y su mano bajó de la barbilla… para cerrarse alrededor del cuello de ella.Isolda sintió la presión de inmediato. No alcanzó ni a reaccionar cuando él volvió a besarla.Entre el beso, le murmuró:—Cierra los ojos.Esta vez no fue un beso “suave” para pasarle vino.Le abrió la boca sin pedir permiso, como tormenta, arrasándolo todo.Aunque el vino no había sido mucho, a Isolda le pegó como si hubiera tomado de más. Se le nubló la cabeza.Y obedeció: cerró los ojos.Al poco rato, el cuarto parecía estar ardiendo.Caliente, pesado, pegajoso…Isolda sintió que el cuarto se le venía encima: calor, vértigo, y una sensación de no tocar el piso.Ese hombre parecía no cansarse nunca.Y cuando se enteró de que, en realidad, ella no había estado con Tiziano… Isolda vio algo en sus ojos: una oscuridad violenta, como mar de madrugada.Profundo. Revuelto.No supo qué significaba. Solo le dio miedo.La presión era demasiado.Como si una ola enorme estuviera a punto de caerle encima y tragársela por completo.Pero no tuvo tiempo de pensar.Él la arrastró de vuelta al presente con el cuerpo, con la fuerza, con la insistencia.—¿En este momento sigues pensando en otro hombre? ¿O es que no te estoy dando lo suficiente?Isolda volvió en sí.Abrió los ojos y se topó con la mirada de Nicasio: llena de deseo… y algo que no podía descifrar.Sus manos fuertes la sostenían a los lados. Él se inclinaba sobre ella, mirándola fijo.A Isolda se le aceleró el corazón. Quiso explicarse——Yo no… ¡mm!Nicasio la besó de nuevo, dominante, robándole el aire.Al lado.Tiziano y Blanca acababan de terminar. Los dos estaban recostados en la tina, remojándose.Blanca se apoyó sobre el pecho de Tiziano y, sin mirarlo, dijo:—Cuando salgamos de este hotel… haz como si esto no hubiera pasado.Tiziano apretó la mandíbula.—¿A estas alturas todavía quieres deshacerte de mí?Blanca levantó la cabeza enseguida, nerviosa.—No. Solo que… si seguimos así, los dos le fallamos a Solda.Tiziano se quedó callado. La mano que tenía sobre el borde de la tina se apretó.Blanca sintió un nudo en el estómago.Al final, habían pasado seis años separados.Y en esos seis años, la que estuvo al lado de él fue Isolda.Como Tiziano no decía nada, Blanca respiró hondo, apoyó las manos en el borde y se levantó para salir.Tiziano reaccionó como si le hubieran picado una herida. Le agarró la muñeca.—¿A dónde vas?A Blanca se le aflojó el pecho. Se le calmó el miedo.Bajó la mirada, se mordió el labio.—Hagamos como si esta noche no hubiera pasado.Tiziano le apretó la muñeca más fuerte.—Yo me encargo de esto. Y de ahora en adelante, no te vuelves a ir de mi lado.Blanca se detuvo un segundo, fingiendo duda.—Está bien.En cuanto lo dijo, de la habitación de al lado llegó un sonido: un forcejeo ahogado entre hombre y mujer.Si se escuchaba con atención… la voz de ella era familiar.

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