Capítulo 1Después de hacer el amor.Georgina Torres estaba arrodillada junto a la cama, limpiando a su esposo.Una vez que terminó, Armando Omar bajó la mirada, observó a su esposa de reojo y apartó las sábanas para ir a la regadera.Georgina se apresuró a detenerlo, sondeándolo en voz baja: —Armando, Rita tiene cita de seguimiento mañana. En el hospital dicen que encontraron un donador de médula compatible.—¿Mañana?—Mañana tengo un cliente importante.Armando lo pensó un momento. —Le diré a mi asistente que te acompañe.A pesar de saber cuál sería la respuesta, Georgina se sintió profundamente decepcionada. Con un nudo en la garganta, intentó insistir: —Pero, Armando, nuestra hija necesita a su papá.Armando se molestó visiblemente. —Te doy quinientos mil pesos al mes para tus gastos y te dejo ser ama de casa de tiempo completo, ¿no es justo para esto? Para que cuides a la niña y te encargues de la casa.Esa frase dejó a Georgina sin palabras.Aún quería abogar por su hija.En ese momento, sonó el celular en el buró.Era el teléfono de Armando.El hombre miró de reojo a su esposa, se enredó una toalla en la cintura y esbozó una leve sonrisa, mostrando una alegría casi imperceptible.Con un portazo, el hombre entró al baño.Desde adentro, se escuchó el murmullo de su voz.Georgina se quedó sentada en la cama, escuchando atónita, y tardó un buen rato en tirar a la basura los pañuelos que tenía en las manos.***A la mañana siguiente, el asistente de Armando llamó para decir que había surgido una emergencia y no podría ir.Georgina llevó sola a su hija al hospital.Mientras el doctor revisaba el expediente, a ella le sudaban las manos de los nervios.Después de un momento, el doctor le dio la mala noticia: —Lo siento mucho, señora Omar. Ingresó un paciente con una enfermedad en la sangre en estado crítico que casualmente también es compatible con el donador. Por política de prioridad en urgencias médicas, su hija tendrá que esperar un poco más.Esperar un poco más...Su pequeña Rita ya llevaba un año esperando.Una enorme sensación de decepción la invadió, devorándola y hundiéndola en un instante, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.Rita era muy buena niña. Levantó su carita y limpió las lágrimas de su mamá con sus manitas. —No llores, mami. No tengo miedo, puedo esperar otro ratito.Georgina hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír.Pero no pudo.Al salir del consultorio, Georgina abrazó a Rita.Necesitaba urgentemente hablar con Armando para ver si él podía hacer algo, pero lo llamó varias veces y él le colgó en todas.En ese instante, la dulce voz de Rita exclamó: —¡Papá!Georgina se quedó helada.¿Armando había venido a acompañar a Rita?Sin embargo, al ver aquella silueta familiar y alta, se quedó paralizada.Armando llevaba en brazos a una niña pequeña.De la misma edad que Rita, más o menos.Una mujer muy hermosa y elegante se apoyaba en su hombro, llorando desconsolada, mientras Armando le daba unas suaves palmadas en la espalda, consolándola en silencio.¿Ese era su cliente importante?A Georgina le dolió el pecho de tal forma que sintió que le faltaba el aire. Se quedó mirando en silencio; observando a su esposo consolar a otra mujer, viéndolo cargar a la hija de otra persona.Conocía a esa mujer.Tatiana Suárez, compañera de la universidad de Armando.En sus tiempos universitarios, Armando, Tatiana y Noé Romero eran conocidos como «Los Tres Mosqueteros», las estrellas del Instituto Tecnológico de Massachusetts.Tatiana era el amor platónico de Armando.Tras graduarse, Tatiana se casó con Noé.Con el corazón roto, Armando gastó veinte millones de pesos en un ostentoso compromiso para casarse con Georgina, que entonces estaba en su segundo año de carrera. Una boda del siglo, un hotel de súper lujo, regalos de treinta mil pesos para los invitados; todo un evento espectacular que logró entristecer a la señorita Suárez aquel día.Durante la luna de miel, Armando se acostaba con ella todas las noches, excepto cuando estaba en sus días.Al principio, Georgina creía que él la quería.Tiempo después, ella quedó embarazada antes que Tatiana.Fue entonces cuando descubrió que solo se trataba del orgullo competitivo de su marido.Armando nunca la había querido; ella era simplemente una herramienta para darle celos a la mujer que de verdad amaba.Sintió un apretón en la palma de su mano; era Rita, que la jalaba.Los grandes ojos oscuros de Rita se llenaron de lágrimas y murmuró de nuevo, casi por inercia: —Papá.Armando por fin se dio cuenta de la presencia de ambas.Y frunció el ceño.La pequeña que llevaba en brazos se aferró de inmediato a su cuello y anunció con un tono mimado: —El señor Omar es mi papá. Él va a ser mi papá de ahora en adelante.Rita soltó en llanto.Con la carita roja, jaló la mano de Georgina. —¡Mi papá no va a ser su papá! Mami, quiero a mi papá...Georgina sintió que se le partía el alma.Tomó a su hija de la mano, se acercó a Armando y le dijo con la voz entrecortada: —Armando, tengo que hablar contigo. Hace un momento, Rita...A su lado, Tatiana le recordó con tono dulce: —Armando, ya es el turno de Emilia.Armando miró a su esposa y le respondió con frialdad: —Si tienes algo que decir, lo hablamos en la casa. Llévate a Rita por ahora.Georgina sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza; no podía dejar de temblar.—Pero, Armando...—¡Ya basta! No te lo voy a repetir.***Se escucharon unos pasos apresurados acercándose.Resultó ser el asistente de Armando.El asistente, que supuestamente debía acompañar a Georgina, traía en la mano el expediente de la hija de Tatiana. Se atrevió a reprender a Georgina: —Señora, debería controlar a Rita. No moleste al señor Omar.Georgina no podía creer lo que escuchaba.Hasta el asistente de Armando se atrevía a levantarle la voz.Y a su esposo no le importó en lo absoluto; simplemente caminó junto a Tatiana hacia el consultorio del especialista.La niña le hizo una mueca a Rita. —De ahora en adelante, el señor Omar es mi papá.Rita se soltó a llorar de pura impotencia.Esa noche, al irse a dormir, Rita todavía tenía lágrimas secas en las mejillas.Después de que Georgina logró dormir a la niña, se escuchó el motor de un coche en la entrada de la planta baja.Era Armando, que acababa de llegar.Georgina arropó a Rita con cuidado y regresó a la habitación principal.Estaba acomodando la cama cuando entró Armando.El hombre fue directo a sentarse en el sofá y se quedó observando la delgada figura de su esposa.En su momento, se casó con Georgina porque tenía buen carácter y era muy bonita.De piel blanca, suave; era una mujer físicamente muy deseable.Al ver que su esposa no decía nada, Armando habló en tono indiferente: —¿Sigues enojada? Tatiana perdió a su marido, es normal que la cuide un poco más. Son solo tonterías de niños, no te lo tomes tan a pecho.—¿Tonterías de niños? ¿Que no me lo tome a pecho?—¿Tienes idea de lo mal que se sintió Rita? Ella...Georgina se dio la vuelta, a punto de contarle lo de la donación de médula.Pero el hombre perdió la paciencia de inmediato: —¿Acaso Rita no está bien? Contigo a su lado, siento que está creciendo de maravilla. Para un niño, lo más importante es su propia madre.Georgina se quedó helada.Miró a su marido con incredulidad y por fin abrió los ojos a la realidad.Armando no la amaba; ¿cómo iba a amar a su hija?En el fondo, la hija de Tatiana era la que él consideraba su verdadera hija.Con una mirada cargada de tristeza, Georgina murmuró: —Tienes razón, Armando. A una niña solo le hace falta su mamá.Al ver que ella cedía, el hombre se sintió mucho mejor.Georgina siempre había sido obediente y fácil de manejar.Últimamente, con la enfermedad de la hija de Tatiana, él había movido cielo y tierra hasta conseguirle una médula compatible.Ahora que por fin podía relajarse, le entraron las ganas, así que le apartó la bata a su esposa con la intención de tener intimidad.Armando la abrazó con fuerza.Le sujetó los brazos en alto, en una postura humillante.Desde que nació Rita, Armando rara vez la tocaba, salvo los viernes por la noche, como por rutina.A una hora fija, simplemente para desahogarse.Sin excepciones.Antes, Georgina siempre lo soportaba todo en silencio.Había estado enamorada de él durante cuatro años; no se casó solo por el dinero, incluso dejó sus estudios para dedicarse a su hogar y a su hija.Pero Armando la trataba como a una sirvienta.Frente a su exnovia, derrochaba todo su encanto y jugaba a ser el padre perfecto para otra niña, mientras que con Rita era frío y no le tenía ni una gota de paciencia. Y para colmo, ella tenía que aguantar sus instintos básicos cuando a él se le antojara.Ella, Georgina, ya no iba a tolerar esa vida.¡Estaba harta!De ahora en adelante, Rita solo tendría mamá; se quedaría sin padre.Justo como Armando decía, justo como él quería.Justo cuando Armando estaba a punto de consumar el acto, Georgina levantó la cara y, con voz ronca, le dijo: —Armando, quiero el divorcio.¿Divorcio?Armando frunció el ceño.Su esposa, que siempre había sido tan sumisa, ¿le estaba pidiendo el divorcio?Pensó que seguro había perdido la cabeza.Al segundo siguiente, el hombre la agarró del brazo y la jaló hasta el descanso de la escalera en el segundo piso.Desde ahí, se veía la lujosa sala de la casa.Armando señaló al personal de servicio que pasaba y a los cuadros carísimos colgados en la pared, soltando una risa sarcástica. —Míralo bien, Georgina. Si me dejas, ¿crees que vas a poder seguir viviendo rodeada de lujos? Vives en una casa de más de mil metros cuadrados, te atienden más de diez empleados. ¿De qué te quejas? Sin mí, ¿tu familia tendría la vida tan cómoda que tiene? Lo único que te pido es que cuides a la niña, ¿qué motivos tienes para reclamar?Georgina temblaba del coraje.Apretó los puños, con las lágrimas a punto de desbordarse.—¡Pues muchas gracias, Armando!—¡Gracias por darme esta vida llena de lujos!—Sí, habrá más de diez empleados en la casa, pero tu madre nunca me dejó descansar. Decía que la comida que hacían ellos no te gustaba, y me obligó a aprender a cocinar. Está bien, aprendí. Desde que estaba embarazada, me la pasaba metida en la cocina con mi enorme panza, pareciendo una simple sirvienta. Luego, tu madre dijo que la tintorería no dejaba la ropa limpia y me exigió que aprendiera a lavar a mano. Perfecto. De día y de noche me hago cargo de la niña, y en cuanto Rita se duerme, me pongo a lavar tus malditas prendas finas y delicadas.—¡Y aun así tu madre nunca estaba conforme!—Siempre buscándole tres pies al gato.—Tu hermana me desprecia aún más a mí y a mi familia. A cada rato me llamaban a la casa principal para servirles, ¡hasta para lavar a mano una alfombra importada inmensa! ¿Sabes cuántas veces me eché a llorar de agotamiento abrazando a Rita? ¿Y dónde estabas tú, Armando? ¡Tú estabas muy ocupado consolando a tu ex, la viuda reciente! ¡Ocupado jugando a ser el papá perfecto de otra niña!—Esa es la gran vida llena de lujos que me das, Armando.***Un rayo de luz iluminó el perfil recto de Armando, resaltando sus facciones marcadas y atractivas.Físicamente siempre había sido muy atractivo.De no ser así, Georgina no habría perdido la cabeza por él ni se habría casado tan joven.Después de un silencio, el hombre soltó una burla. —Señora Omar, me costaste veinte millones, ¿no fue precisamente para eso?Georgina soltó una risa amarga.—Sí, me pagaste para eso.—Pero, ¿sabes qué, Armando? Ya no quiero hacerlo. ¿Te queda claro?***Armando examinó a su esposa con una mirada penetrante.Tras un momento, pareció ceder un poco y suavizó su tono: —Estás haciendo un berrinche por Rita, ¿verdad? Dime, ¿qué le pasó? ¿Acaso no encontraron ya una médula compatible? ¿Por qué sigues molesta?Georgina soltó una carcajada de indignación y estaba a punto de contestar.Cuando entró una llamada al celular. Era Tatiana.Al tercer timbre, Armando miró a su esposa y contestó de todos modos.Su tono de voz era suave y profundo: —Dime, Tatiana. ¿Qué pasa?Tras intercambiar un par de frases, Armando colgó y le dijo de manera cortante: —Tengo que ir al hospital. Hablaremos de Rita cuando regrese.—Armando...—Te dije que hablaremos cuando vuelva.Tras decir eso, el hombre bajó rápidamente las escaleras.Al poco tiempo, se escuchó el motor del coche arrancando en la entrada. Era Armando, que no podía perder un segundo más para irse directo con Tatiana.La noche estaba en completo silencio.Georgina se quedó de pie en el mismo lugar. La luz la iluminaba, haciendo que hasta su sombra proyectara una profunda soledad.Tenía marido, pero era lo mismo que no tenerlo.Le habían quitado la médula que era para Rita.Armando ni siquiera le dio la oportunidad de decirle esa simple frase.Aunque, pensándolo bien, probablemente habría dado igual si se lo decía.Armando no la amaba, ni tampoco quería a Rita.Debió haberse dado cuenta de la realidad hace mucho tiempo. Pero nunca era tarde para empezar de nuevo. Iba a llevarse a Rita, retomaría su propia vida y escaparía de ese matrimonio en el que prácticamente estaba viuda en vida.A partir de ahora, poco le importaba a quién quisiera él o a quién tratara bien.Ya no era su problema.Georgina regresó a la habitación, se acercó al tocador y abrió los cajones de su joyero.Adentro había varias piezas de joyería.Capítulo 2Después de hacer el amor.Georgina Torres estaba arrodillada junto a la cama, limpiando a su esposo.Una vez que terminó, Armando Omar bajó la mirada, observó a su esposa de reojo y apartó las sábanas para ir a la regadera.Georgina se apresuró a detenerlo, sondeándolo en voz baja: —Armando, Rita tiene cita de seguimiento mañana. En el hospital dicen que encontraron un donador de médula compatible.—¿Mañana?—Mañana tengo un cliente importante.Armando lo pensó un momento. —Le diré a mi asistente que te acompañe.A pesar de saber cuál sería la respuesta, Georgina se sintió profundamente decepcionada. Con un nudo en la garganta, intentó insistir: —Pero, Armando, nuestra hija necesita a su papá.Armando se molestó visiblemente. —Te doy quinientos mil pesos al mes para tus gastos y te dejo ser ama de casa de tiempo completo, ¿no es justo para esto? Para que cuides a la niña y te encargues de la casa.Esa frase dejó a Georgina sin palabras.Aún quería abogar por su hija.En ese momento, sonó el celular en el buró.Era el teléfono de Armando.El hombre miró de reojo a su esposa, se enredó una toalla en la cintura y esbozó una leve sonrisa, mostrando una alegría casi imperceptible.Con un portazo, el hombre entró al baño.Desde adentro, se escuchó el murmullo de su voz.Georgina se quedó sentada en la cama, escuchando atónita, y tardó un buen rato en tirar a la basura los pañuelos que tenía en las manos.***A la mañana siguiente, el asistente de Armando llamó para decir que había surgido una emergencia y no podría ir.Georgina llevó sola a su hija al hospital.Mientras el doctor revisaba el expediente, a ella le sudaban las manos de los nervios.Después de un momento, el doctor le dio la mala noticia: —Lo siento mucho, señora Omar. Ingresó un paciente con una enfermedad en la sangre en estado crítico que casualmente también es compatible con el donador. Por política de prioridad en urgencias médicas, su hija tendrá que esperar un poco más.Esperar un poco más...Su pequeña Rita ya llevaba un año esperando.Una enorme sensación de decepción la invadió, devorándola y hundiéndola en un instante, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.Rita era muy buena niña. Levantó su carita y limpió las lágrimas de su mamá con sus manitas. —No llores, mami. No tengo miedo, puedo esperar otro ratito.Georgina hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír.Pero no pudo.Al salir del consultorio, Georgina abrazó a Rita.Necesitaba urgentemente hablar con Armando para ver si él podía hacer algo, pero lo llamó varias veces y él le colgó en todas.En ese instante, la dulce voz de Rita exclamó: —¡Papá!Georgina se quedó helada.¿Armando había venido a acompañar a Rita?Sin embargo, al ver aquella silueta familiar y alta, se quedó paralizada.Armando llevaba en brazos a una niña pequeña.De la misma edad que Rita, más o menos.Una mujer muy hermosa y elegante se apoyaba en su hombro, llorando desconsolada, mientras Armando le daba unas suaves palmadas en la espalda, consolándola en silencio.¿Ese era su cliente importante?A Georgina le dolió el pecho de tal forma que sintió que le faltaba el aire. Se quedó mirando en silencio; observando a su esposo consolar a otra mujer, viéndolo cargar a la hija de otra persona.Conocía a esa mujer.Tatiana Suárez, compañera de la universidad de Armando.En sus tiempos universitarios, Armando, Tatiana y Noé Romero eran conocidos como «Los Tres Mosqueteros», las estrellas del Instituto Tecnológico de Massachusetts.Tatiana era el amor platónico de Armando.Tras graduarse, Tatiana se casó con Noé.Con el corazón roto, Armando gastó veinte millones de pesos en un ostentoso compromiso para casarse con Georgina, que entonces estaba en su segundo año de carrera. Una boda del siglo, un hotel de súper lujo, regalos de treinta mil pesos para los invitados; todo un evento espectacular que logró entristecer a la señorita Suárez aquel día.Durante la luna de miel, Armando se acostaba con ella todas las noches, excepto cuando estaba en sus días.Al principio, Georgina creía que él la quería.Tiempo después, ella quedó embarazada antes que Tatiana.Fue entonces cuando descubrió que solo se trataba del orgullo competitivo de su marido.Armando nunca la había querido; ella era simplemente una herramienta para darle celos a la mujer que de verdad amaba.Sintió un apretón en la palma de su mano; era Rita, que la jalaba.Los grandes ojos oscuros de Rita se llenaron de lágrimas y murmuró de nuevo, casi por inercia: —Papá.Armando por fin se dio cuenta de la presencia de ambas.Y frunció el ceño.La pequeña que llevaba en brazos se aferró de inmediato a su cuello y anunció con un tono mimado: —El señor Omar es mi papá. Él va a ser mi papá de ahora en adelante.Rita soltó en llanto.Con la carita roja, jaló la mano de Georgina. —¡Mi papá no va a ser su papá! Mami, quiero a mi papá...Georgina sintió que se le partía el alma.Tomó a su hija de la mano, se acercó a Armando y le dijo con la voz entrecortada: —Armando, tengo que hablar contigo. Hace un momento, Rita...A su lado, Tatiana le recordó con tono dulce: —Armando, ya es el turno de Emilia.Armando miró a su esposa y le respondió con frialdad: —Si tienes algo que decir, lo hablamos en la casa. Llévate a Rita por ahora.Georgina sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza; no podía dejar de temblar.—Pero, Armando...—¡Ya basta! No te lo voy a repetir.***Se escucharon unos pasos apresurados acercándose.Resultó ser el asistente de Armando.El asistente, que supuestamente debía acompañar a Georgina, traía en la mano el expediente de la hija de Tatiana. Se atrevió a reprender a Georgina: —Señora, debería controlar a Rita. No moleste al señor Omar.Georgina no podía creer lo que escuchaba.Hasta el asistente de Armando se atrevía a levantarle la voz.Y a su esposo no le importó en lo absoluto; simplemente caminó junto a Tatiana hacia el consultorio del especialista.La niña le hizo una mueca a Rita. —De ahora en adelante, el señor Omar es mi papá.Rita se soltó a llorar de pura impotencia.Esa noche, al irse a dormir, Rita todavía tenía lágrimas secas en las mejillas.Después de que Georgina logró dormir a la niña, se escuchó el motor de un coche en la entrada de la planta baja.Era Armando, que acababa de llegar.Georgina arropó a Rita con cuidado y regresó a la habitación principal.Estaba acomodando la cama cuando entró Armando.El hombre fue directo a sentarse en el sofá y se quedó observando la delgada figura de su esposa.En su momento, se casó con Georgina porque tenía buen carácter y era muy bonita.De piel blanca, suave; era una mujer físicamente muy deseable.Al ver que su esposa no decía nada, Armando habló en tono indiferente: —¿Sigues enojada? Tatiana perdió a su marido, es normal que la cuide un poco más. Son solo tonterías de niños, no te lo tomes tan a pecho.—¿Tonterías de niños? ¿Que no me lo tome a pecho?—¿Tienes idea de lo mal que se sintió Rita? Ella...Georgina se dio la vuelta, a punto de contarle lo de la donación de médula.Pero el hombre perdió la paciencia de inmediato: —¿Acaso Rita no está bien? Contigo a su lado, siento que está creciendo de maravilla. Para un niño, lo más importante es su propia madre.Georgina se quedó helada.Miró a su marido con incredulidad y por fin abrió los ojos a la realidad.Armando no la amaba; ¿cómo iba a amar a su hija?En el fondo, la hija de Tatiana era la que él consideraba su verdadera hija.Con una mirada cargada de tristeza, Georgina murmuró: —Tienes razón, Armando. A una niña solo le hace falta su mamá.Al ver que ella cedía, el hombre se sintió mucho mejor.Georgina siempre había sido obediente y fácil de manejar.Últimamente, con la enfermedad de la hija de Tatiana, él había movido cielo y tierra hasta conseguirle una médula compatible.Ahora que por fin podía relajarse, le entraron las ganas, así que le apartó la bata a su esposa con la intención de tener intimidad.Armando la abrazó con fuerza.Le sujetó los brazos en alto, en una postura humillante.Desde que nació Rita, Armando rara vez la tocaba, salvo los viernes por la noche, como por rutina.A una hora fija, simplemente para desahogarse.Sin excepciones.Antes, Georgina siempre lo soportaba todo en silencio.Había estado enamorada de él durante cuatro años; no se casó solo por el dinero, incluso dejó sus estudios para dedicarse a su hogar y a su hija.Pero Armando la trataba como a una sirvienta.Frente a su exnovia, derrochaba todo su encanto y jugaba a ser el padre perfecto para otra niña, mientras que con Rita era frío y no le tenía ni una gota de paciencia. Y para colmo, ella tenía que aguantar sus instintos básicos cuando a él se le antojara.Ella, Georgina, ya no iba a tolerar esa vida.¡Estaba harta!De ahora en adelante, Rita solo tendría mamá; se quedaría sin padre.Justo como Armando decía, justo como él quería.Justo cuando Armando estaba a punto de consumar el acto, Georgina levantó la cara y, con voz ronca, le dijo: —Armando, quiero el divorcio.¿Divorcio?Armando frunció el ceño.Su esposa, que siempre había sido tan sumisa, ¿le estaba pidiendo el divorcio?Pensó que seguro había perdido la cabeza.Al segundo siguiente, el hombre la agarró del brazo y la jaló hasta el descanso de la escalera en el segundo piso.Desde ahí, se veía la lujosa sala de la casa.Armando señaló al personal de servicio que pasaba y a los cuadros carísimos colgados en la pared, soltando una risa sarcástica. —Míralo bien, Georgina. Si me dejas, ¿crees que vas a poder seguir viviendo rodeada de lujos? Vives en una casa de más de mil metros cuadrados, te atienden más de diez empleados. ¿De qué te quejas? Sin mí, ¿tu familia tendría la vida tan cómoda que tiene? Lo único que te pido es que cuides a la niña, ¿qué motivos tienes para reclamar?Georgina temblaba del coraje.Apretó los puños, con las lágrimas a punto de desbordarse.—¡Pues muchas gracias, Armando!—¡Gracias por darme esta vida llena de lujos!—Sí, habrá más de diez empleados en la casa, pero tu madre nunca me dejó descansar. Decía que la comida que hacían ellos no te gustaba, y me obligó a aprender a cocinar. Está bien, aprendí. Desde que estaba embarazada, me la pasaba metida en la cocina con mi enorme panza, pareciendo una simple sirvienta. Luego, tu madre dijo que la tintorería no dejaba la ropa limpia y me exigió que aprendiera a lavar a mano. Perfecto. De día y de noche me hago cargo de la niña, y en cuanto Rita se duerme, me pongo a lavar tus malditas prendas finas y delicadas.—¡Y aun así tu madre nunca estaba conforme!—Siempre buscándole tres pies al gato.—Tu hermana me desprecia aún más a mí y a mi familia. A cada rato me llamaban a la casa principal para servirles, ¡hasta para lavar a mano una alfombra importada inmensa! ¿Sabes cuántas veces me eché a llorar de agotamiento abrazando a Rita? ¿Y dónde estabas tú, Armando? ¡Tú estabas muy ocupado consolando a tu ex, la viuda reciente! ¡Ocupado jugando a ser el papá perfecto de otra niña!—Esa es la gran vida llena de lujos que me das, Armando.***Un rayo de luz iluminó el perfil recto de Armando, resaltando sus facciones marcadas y atractivas.Físicamente siempre había sido muy atractivo.De no ser así, Georgina no habría perdido la cabeza por él ni se habría casado tan joven.Después de un silencio, el hombre soltó una burla. —Señora Omar, me costaste veinte millones, ¿no fue precisamente para eso?Georgina soltó una risa amarga.—Sí, me pagaste para eso.—Pero, ¿sabes qué, Armando? Ya no quiero hacerlo. ¿Te queda claro?***Armando examinó a su esposa con una mirada penetrante.Tras un momento, pareció ceder un poco y suavizó su tono: —Estás haciendo un berrinche por Rita, ¿verdad? Dime, ¿qué le pasó? ¿Acaso no encontraron ya una médula compatible? ¿Por qué sigues molesta?Georgina soltó una carcajada de indignación y estaba a punto de contestar.Cuando entró una llamada al celular. Era Tatiana.Al tercer timbre, Armando miró a su esposa y contestó de todos modos.Su tono de voz era suave y profundo: —Dime, Tatiana. ¿Qué pasa?Tras intercambiar un par de frases, Armando colgó y le dijo de manera cortante: —Tengo que ir al hospital. Hablaremos de Rita cuando regrese.—Armando...—Te dije que hablaremos cuando vuelva.Tras decir eso, el hombre bajó rápidamente las escaleras.Al poco tiempo, se escuchó el motor del coche arrancando en la entrada. Era Armando, que no podía perder un segundo más para irse directo con Tatiana.La noche estaba en completo silencio.Georgina se quedó de pie en el mismo lugar. La luz la iluminaba, haciendo que hasta su sombra proyectara una profunda soledad.Tenía marido, pero era lo mismo que no tenerlo.Le habían quitado la médula que era para Rita.Armando ni siquiera le dio la oportunidad de decirle esa simple frase.Aunque, pensándolo bien, probablemente habría dado igual si se lo decía.Armando no la amaba, ni tampoco quería a Rita.Debió haberse dado cuenta de la realidad hace mucho tiempo. Pero nunca era tarde para empezar de nuevo. Iba a llevarse a Rita, retomaría su propia vida y escaparía de ese matrimonio en el que prácticamente estaba viuda en vida.A partir de ahora, poco le importaba a quién quisiera él o a quién tratara bien.Ya no era su problema.Georgina regresó a la habitación, se acercó al tocador y abrió los cajones de su joyero.Adentro había varias piezas de joyería.Capítulo 3Después de hacer el amor.Georgina Torres estaba arrodillada junto a la cama, limpiando a su esposo.Una vez que terminó, Armando Omar bajó la mirada, observó a su esposa de reojo y apartó las sábanas para ir a la regadera.Georgina se apresuró a detenerlo, sondeándolo en voz baja: —Armando, Rita tiene cita de seguimiento mañana. En el hospital dicen que encontraron un donador de médula compatible.—¿Mañana?—Mañana tengo un cliente importante.Armando lo pensó un momento. —Le diré a mi asistente que te acompañe.A pesar de saber cuál sería la respuesta, Georgina se sintió profundamente decepcionada. Con un nudo en la garganta, intentó insistir: —Pero, Armando, nuestra hija necesita a su papá.Armando se molestó visiblemente. —Te doy quinientos mil pesos al mes para tus gastos y te dejo ser ama de casa de tiempo completo, ¿no es justo para esto? Para que cuides a la niña y te encargues de la casa.Esa frase dejó a Georgina sin palabras.Aún quería abogar por su hija.En ese momento, sonó el celular en el buró.Era el teléfono de Armando.El hombre miró de reojo a su esposa, se enredó una toalla en la cintura y esbozó una leve sonrisa, mostrando una alegría casi imperceptible.Con un portazo, el hombre entró al baño.Desde adentro, se escuchó el murmullo de su voz.Georgina se quedó sentada en la cama, escuchando atónita, y tardó un buen rato en tirar a la basura los pañuelos que tenía en las manos.***A la mañana siguiente, el asistente de Armando llamó para decir que había surgido una emergencia y no podría ir.Georgina llevó sola a su hija al hospital.Mientras el doctor revisaba el expediente, a ella le sudaban las manos de los nervios.Después de un momento, el doctor le dio la mala noticia: —Lo siento mucho, señora Omar. Ingresó un paciente con una enfermedad en la sangre en estado crítico que casualmente también es compatible con el donador. Por política de prioridad en urgencias médicas, su hija tendrá que esperar un poco más.Esperar un poco más...Su pequeña Rita ya llevaba un año esperando.Una enorme sensación de decepción la invadió, devorándola y hundiéndola en un instante, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.Rita era muy buena niña. Levantó su carita y limpió las lágrimas de su mamá con sus manitas. —No llores, mami. No tengo miedo, puedo esperar otro ratito.Georgina hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír.Pero no pudo.Al salir del consultorio, Georgina abrazó a Rita.Necesitaba urgentemente hablar con Armando para ver si él podía hacer algo, pero lo llamó varias veces y él le colgó en todas.En ese instante, la dulce voz de Rita exclamó: —¡Papá!Georgina se quedó helada.¿Armando había venido a acompañar a Rita?Sin embargo, al ver aquella silueta familiar y alta, se quedó paralizada.Armando llevaba en brazos a una niña pequeña.De la misma edad que Rita, más o menos.Una mujer muy hermosa y elegante se apoyaba en su hombro, llorando desconsolada, mientras Armando le daba unas suaves palmadas en la espalda, consolándola en silencio.¿Ese era su cliente importante?A Georgina le dolió el pecho de tal forma que sintió que le faltaba el aire. Se quedó mirando en silencio; observando a su esposo consolar a otra mujer, viéndolo cargar a la hija de otra persona.Conocía a esa mujer.Tatiana Suárez, compañera de la universidad de Armando.En sus tiempos universitarios, Armando, Tatiana y Noé Romero eran conocidos como «Los Tres Mosqueteros», las estrellas del Instituto Tecnológico de Massachusetts.Tatiana era el amor platónico de Armando.Tras graduarse, Tatiana se casó con Noé.Con el corazón roto, Armando gastó veinte millones de pesos en un ostentoso compromiso para casarse con Georgina, que entonces estaba en su segundo año de carrera. Una boda del siglo, un hotel de súper lujo, regalos de treinta mil pesos para los invitados; todo un evento espectacular que logró entristecer a la señorita Suárez aquel día.Durante la luna de miel, Armando se acostaba con ella todas las noches, excepto cuando estaba en sus días.Al principio, Georgina creía que él la quería.Tiempo después, ella quedó embarazada antes que Tatiana.Fue entonces cuando descubrió que solo se trataba del orgullo competitivo de su marido.Armando nunca la había querido; ella era simplemente una herramienta para darle celos a la mujer que de verdad amaba.Sintió un apretón en la palma de su mano; era Rita, que la jalaba.Los grandes ojos oscuros de Rita se llenaron de lágrimas y murmuró de nuevo, casi por inercia: —Papá.Armando por fin se dio cuenta de la presencia de ambas.Y frunció el ceño.La pequeña que llevaba en brazos se aferró de inmediato a su cuello y anunció con un tono mimado: —El señor Omar es mi papá. Él va a ser mi papá de ahora en adelante.Rita soltó en llanto.Con la carita roja, jaló la mano de Georgina. —¡Mi papá no va a ser su papá! Mami, quiero a mi papá...Georgina sintió que se le partía el alma.Tomó a su hija de la mano, se acercó a Armando y le dijo con la voz entrecortada: —Armando, tengo que hablar contigo. Hace un momento, Rita...A su lado, Tatiana le recordó con tono dulce: —Armando, ya es el turno de Emilia.Armando miró a su esposa y le respondió con frialdad: —Si tienes algo que decir, lo hablamos en la casa. Llévate a Rita por ahora.Georgina sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza; no podía dejar de temblar.—Pero, Armando...—¡Ya basta! No te lo voy a repetir.***Se escucharon unos pasos apresurados acercándose.Resultó ser el asistente de Armando.El asistente, que supuestamente debía acompañar a Georgina, traía en la mano el expediente de la hija de Tatiana. Se atrevió a reprender a Georgina: —Señora, debería controlar a Rita. No moleste al señor Omar.Georgina no podía creer lo que escuchaba.Hasta el asistente de Armando se atrevía a levantarle la voz.Y a su esposo no le importó en lo absoluto; simplemente caminó junto a Tatiana hacia el consultorio del especialista.La niña le hizo una mueca a Rita. —De ahora en adelante, el señor Omar es mi papá.Rita se soltó a llorar de pura impotencia.Esa noche, al irse a dormir, Rita todavía tenía lágrimas secas en las mejillas.Después de que Georgina logró dormir a la niña, se escuchó el motor de un coche en la entrada de la planta baja.Era Armando, que acababa de llegar.Georgina arropó a Rita con cuidado y regresó a la habitación principal.Estaba acomodando la cama cuando entró Armando.El hombre fue directo a sentarse en el sofá y se quedó observando la delgada figura de su esposa.En su momento, se casó con Georgina porque tenía buen carácter y era muy bonita.De piel blanca, suave; era una mujer físicamente muy deseable.Al ver que su esposa no decía nada, Armando habló en tono indiferente: —¿Sigues enojada? Tatiana perdió a su marido, es normal que la cuide un poco más. Son solo tonterías de niños, no te lo tomes tan a pecho.—¿Tonterías de niños? ¿Que no me lo tome a pecho?—¿Tienes idea de lo mal que se sintió Rita? Ella...Georgina se dio la vuelta, a punto de contarle lo de la donación de médula.Pero el hombre perdió la paciencia de inmediato: —¿Acaso Rita no está bien? Contigo a su lado, siento que está creciendo de maravilla. Para un niño, lo más importante es su propia madre.Georgina se quedó helada.Miró a su marido con incredulidad y por fin abrió los ojos a la realidad.Armando no la amaba; ¿cómo iba a amar a su hija?En el fondo, la hija de Tatiana era la que él consideraba su verdadera hija.Con una mirada cargada de tristeza, Georgina murmuró: —Tienes razón, Armando. A una niña solo le hace falta su mamá.Al ver que ella cedía, el hombre se sintió mucho mejor.Georgina siempre había sido obediente y fácil de manejar.Últimamente, con la enfermedad de la hija de Tatiana, él había movido cielo y tierra hasta conseguirle una médula compatible.Ahora que por fin podía relajarse, le entraron las ganas, así que le apartó la bata a su esposa con la intención de tener intimidad.Armando la abrazó con fuerza.Le sujetó los brazos en alto, en una postura humillante.Desde que nació Rita, Armando rara vez la tocaba, salvo los viernes por la noche, como por rutina.A una hora fija, simplemente para desahogarse.Sin excepciones.Antes, Georgina siempre lo soportaba todo en silencio.Había estado enamorada de él durante cuatro años; no se casó solo por el dinero, incluso dejó sus estudios para dedicarse a su hogar y a su hija.Pero Armando la trataba como a una sirvienta.Frente a su exnovia, derrochaba todo su encanto y jugaba a ser el padre perfecto para otra niña, mientras que con Rita era frío y no le tenía ni una gota de paciencia. Y para colmo, ella tenía que aguantar sus instintos básicos cuando a él se le antojara.Ella, Georgina, ya no iba a tolerar esa vida.¡Estaba harta!De ahora en adelante, Rita solo tendría mamá; se quedaría sin padre.Justo como Armando decía, justo como él quería.Justo cuando Armando estaba a punto de consumar el acto, Georgina levantó la cara y, con voz ronca, le dijo: —Armando, quiero el divorcio.¿Divorcio?Armando frunció el ceño.Su esposa, que siempre había sido tan sumisa, ¿le estaba pidiendo el divorcio?Pensó que seguro había perdido la cabeza.Al segundo siguiente, el hombre la agarró del brazo y la jaló hasta el descanso de la escalera en el segundo piso.Desde ahí, se veía la lujosa sala de la casa.Armando señaló al personal de servicio que pasaba y a los cuadros carísimos colgados en la pared, soltando una risa sarcástica. —Míralo bien, Georgina. Si me dejas, ¿crees que vas a poder seguir viviendo rodeada de lujos? Vives en una casa de más de mil metros cuadrados, te atienden más de diez empleados. ¿De qué te quejas? Sin mí, ¿tu familia tendría la vida tan cómoda que tiene? Lo único que te pido es que cuides a la niña, ¿qué motivos tienes para reclamar?Georgina temblaba del coraje.Apretó los puños, con las lágrimas a punto de desbordarse.—¡Pues muchas gracias, Armando!—¡Gracias por darme esta vida llena de lujos!—Sí, habrá más de diez empleados en la casa, pero tu madre nunca me dejó descansar. Decía que la comida que hacían ellos no te gustaba, y me obligó a aprender a cocinar. Está bien, aprendí. Desde que estaba embarazada, me la pasaba metida en la cocina con mi enorme panza, pareciendo una simple sirvienta. Luego, tu madre dijo que la tintorería no dejaba la ropa limpia y me exigió que aprendiera a lavar a mano. Perfecto. De día y de noche me hago cargo de la niña, y en cuanto Rita se duerme, me pongo a lavar tus malditas prendas finas y delicadas.—¡Y aun así tu madre nunca estaba conforme!—Siempre buscándole tres pies al gato.—Tu hermana me desprecia aún más a mí y a mi familia. A cada rato me llamaban a la casa principal para servirles, ¡hasta para lavar a mano una alfombra importada inmensa! ¿Sabes cuántas veces me eché a llorar de agotamiento abrazando a Rita? ¿Y dónde estabas tú, Armando? ¡Tú estabas muy ocupado consolando a tu ex, la viuda reciente! ¡Ocupado jugando a ser el papá perfecto de otra niña!—Esa es la gran vida llena de lujos que me das, Armando.***Un rayo de luz iluminó el perfil recto de Armando, resaltando sus facciones marcadas y atractivas.Físicamente siempre había sido muy atractivo.De no ser así, Georgina no habría perdido la cabeza por él ni se habría casado tan joven.Después de un silencio, el hombre soltó una burla. —Señora Omar, me costaste veinte millones, ¿no fue precisamente para eso?Georgina soltó una risa amarga.—Sí, me pagaste para eso.—Pero, ¿sabes qué, Armando? Ya no quiero hacerlo. ¿Te queda claro?***Armando examinó a su esposa con una mirada penetrante.Tras un momento, pareció ceder un poco y suavizó su tono: —Estás haciendo un berrinche por Rita, ¿verdad? Dime, ¿qué le pasó? ¿Acaso no encontraron ya una médula compatible? ¿Por qué sigues molesta?Georgina soltó una carcajada de indignación y estaba a punto de contestar.Cuando entró una llamada al celular. Era Tatiana.Al tercer timbre, Armando miró a su esposa y contestó de todos modos.Su tono de voz era suave y profundo: —Dime, Tatiana. ¿Qué pasa?Tras intercambiar un par de frases, Armando colgó y le dijo de manera cortante: —Tengo que ir al hospital. Hablaremos de Rita cuando regrese.—Armando...—Te dije que hablaremos cuando vuelva.Tras decir eso, el hombre bajó rápidamente las escaleras.Al poco tiempo, se escuchó el motor del coche arrancando en la entrada. Era Armando, que no podía perder un segundo más para irse directo con Tatiana.La noche estaba en completo silencio.Georgina se quedó de pie en el mismo lugar. La luz la iluminaba, haciendo que hasta su sombra proyectara una profunda soledad.Tenía marido, pero era lo mismo que no tenerlo.Le habían quitado la médula que era para Rita.Armando ni siquiera le dio la oportunidad de decirle esa simple frase.Aunque, pensándolo bien, probablemente habría dado igual si se lo decía.Armando no la amaba, ni tampoco quería a Rita.Debió haberse dado cuenta de la realidad hace mucho tiempo. Pero nunca era tarde para empezar de nuevo. Iba a llevarse a Rita, retomaría su propia vida y escaparía de ese matrimonio en el que prácticamente estaba viuda en vida.A partir de ahora, poco le importaba a quién quisiera él o a quién tratara bien.Ya no era su problema.Georgina regresó a la habitación, se acercó al tocador y abrió los cajones de su joyero.Adentro había varias piezas de joyería.