Capítulo 1El mismo día de su cuarto aniversario de bodas, Josefina León le pidió el divorcio a Benjamín Gutiérrez.—¿Solo porque no estuve contigo en nuestro aniversario y fui a ver a mi cuñada, me pides el divorcio? —preguntó Benjamín, frunciendo el ceño sin poder entenderlo—.Jose, llevamos ocho años juntos.Josefina asintió.—Hay muchas razones, pero la de ahorita es justamente esa.La noche anterior, le había pedido a la empleada de servicio que dejara la cena lista, e incluso compró flores y regalos, preparada para pasar una velada romántica de aniversario con Benjamín.Llevaban cuatro años de casados y esa era su costumbre; pasaban todos sus aniversarios de la misma manera.Josefina incluso se había puesto un conjunto de lencería nuevo que había comprado especialmente para la ocasión.Pero justo en el momento en que se lo estaba desabrochando, sonó el celular de Benjamín.Del otro lado de la línea se escuchó el llanto de una mujer.Él se detuvo de inmediato, se levantó de la cama y se metió al baño.Pronto se escuchó el ruido del agua corriendo. Josefina seguía tumbada en la cama, todavía sonrojada.Cuando Benjamín salió, ella le hizo una sola pregunta:—¿No puedes quedarte?Él ya se había puesto la camisa, y su atractivo rostro de facciones marcadas reflejaba cierta preocupación.—Alberto tiene fiebre, voy a echarle un ojo y regreso de volada.El hombre se fue tras decir eso, y esa noche Josefina se quedó esperando su regreso en vano.Se quedó sentada hasta la madrugada, momento en que recibió un mensaje de Magdalena Salinas.En la foto, Benjamín sostenía a Alberto en una cama de hospital; su mirada era tan tierna y atenta, como si estuviera viendo a su propio hijo.Abajo de la imagen había un mensaje de texto de Magdalena:«Jose, mejor ya duérmete. Benjamín está demasiado preocupado por Alberto. A lo mejor es porque en su momento viajó al extranjero especialmente para acompañarme en el parto, pero trata a Alberto como si fuera suyo. Esta noche no va a regresar.»Josefina leyó ese párrafo una y otra vez, con la mirada perdida y los ojos llenos de incredulidad.¿Acompañarla en el parto?Años atrás, cuando el hermano mayor de Benjamín falleció de repente, Magdalena se fue al extranjero con la excusa de que necesitaba distraerse por su duelo. Poco tiempo después se enteró de que estaba embarazada y se quedó allá hasta dar a luz.De pronto recordó que, en el mes en que Magdalena estaba por aliviarse, Benjamín empezó a salir muchísimo de viaje de negocios.¡Resultaba que, después de todo, se había ido para estar con ella durante el parto!Unas gruesas lágrimas empezaron a caer, estrellándose contra la pantalla del celular, y ella cerró los ojos con profundo dolor.Así que él ya llevaba cuidando a Magdalena y a su hijo desde hacía muchísimo tiempo.Con razón no importaba cuándo fuera, siempre que Magdalena tenía el más mínimo problema, le bastaba con una llamada para que Benjamín saliera corriendo a verla.La explicación que siempre le daba a Josefina era: «Alberto es el único hijo de mi hermano. Él ya no está con nosotros, así que, como su tío, me toca cuidarlo un poco. Tú me entiendes, ¿verdad, Jose?».Josefina siempre trataba de convencerse a sí misma de que era la sangre que su cuñado había dejado, y que era lógico que lo cuidara.Pero ese día, de repente, ya no quiso soportarlo más.Si él se desvivía tanto, ¿quién podía asegurar si lo hacía por Alberto o por Magdalena?Josefina abrió el cajón y sacó de ahí un acuerdo de divorcio.Justo antes de salir de la casa, se quedó mirando la foto de bodas que colgaba de la pared, donde ella lucía una sonrisa de lo más dulce.Cuatro años de noviazgo, cuatro de matrimonio, y todo terminaba en un divorcio.Ella estaba de pie frente a la puerta de la habitación del hospital y vio a Magdalena ofreciéndole agua a Benjamín. Él ni siquiera levantó las manos para agarrar el vaso, sino que bebió directamente sostenido por las manos de Magdalena.Josefina apretó con fuerza los papeles del divorcio. En el instante en que empujó la puerta y entró, el pequeño Alberto, que tenía la carita roja por la fiebre, se estremeció y soltó en llanto en los brazos de Benjamín.Nadie se esperaba que ella apareciera en ese lugar.Benjamín frunció sus cejas pobladas y preguntó con un tono severo:—Jose, ¿qué estás haciendo aquí? A Alberto le costó muchísimo trabajo quedarse dormido.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —le soltó Josefina de vuelta, para luego rematar—: ¿Y qué tiene que ver contigo? ¿Acaso es tu propio hijo para que te importe tanto?—¡Jose! —Benjamín alzó un poco la voz—. Es un niño chiquito y está enfermo. Si quieres hacerme un berrinche, espérate a que regrese a la casa, pero no lo interrumpas ahorita que está descansando.Ya ni siquiera se trataba de que había ido a entregarle los papeles del divorcio; en una situación normal, como su tía política, tenía todo el derecho de ir a ver a su sobrino.Pero al final, con solo aparecerse por ahí, la reacción automática de Benjamín era pensar que iba a hacerle un drama.Volviendo a la realidad, Josefina le acercó el acuerdo de divorcio a Benjamín.—Fírmalo de una vez. Entre más rápido estampes tu firma, más pronto termina todo el proceso.El rostro de Benjamín se tornó frío, mirándola como si fuera una niña haciendo una rabieta sin sentido.Magdalena se acercó y le dijo:—Jose, ¿no será que hay un malentendido? Benjamín solo vino a echarle un ojo a Alberto. Ahorita que ya está más estable, me lo llevo para que se vaya contigo a la casa.Luego se inclinó hacia Alberto y le habló con voz suave para consolarlo:—Vente con mamá, Alberto. Tu tío ya tiene que irse a la casa a descansar.Alberto, de apenas tres añitos, era una masita diminuta; su carita se veía muy demacrada por la enfermedad. Aferró sus manitas al cuello de la camisa de Benjamín y se rehusó a soltarlo.—Quiero a mi tío... buaaaa, que no se vaya mi tío...Una expresión de apuro apareció en el rostro de Magdalena, y endureció un poco el tono de su voz:—Hazme caso, Alberto, vente para acá con mamá.—Ya está bien, yo me encargo de él —la interrumpió Benjamín.Luego, volteó a ver a Josefina.—Ya lo estás viendo, Alberto se siente muy mal. Por favor, Jose, ponte tantito en sus zapatos, ¿sí?Josefina contempló fríamente la escena, sintiendo un dolor desgarrador en el pecho.Ella esbozó una sonrisa ladeada y dijo:—Te entiendo perfectamente.—Así que firma, porque si no...Miró a Alberto, se acercó un poco y le dijo:—Ahí viene el lobo feroz a llevarse a los niños.Alberto, que de por sí estaba delicado, soltó en un llanto todavía más fuerte al verse asustado por ella.Pero como le daba miedo el lobo feroz, no se atrevía a llorar tan alto; solo sollozaba en bajito, viéndose aún más digno de lástima.El semblante de Benjamín se oscureció todavía más.—¡Jose! ¿Cómo te pones a pelear con un niño?—Firma el papel.Josefina señaló el acuerdo de divorcio con la barbilla. Su actitud era muy clara: si no firmaba, iba a seguir asustando al niño.¿No que le importaban tanto Magdalena y el niño?Pues iba a dejarles el camino libre.Sin ella estorbando, él podría cuidarlos como se le diera la gana; así fuera llevándose esos cuidados hasta la cama, a ella ya no le importaría en absoluto.De pronto, el ambiente en la habitación del hospital se volvió sumamente denso. Benjamín tenía muy mala cara, Alberto seguía lloriqueando en sus brazos, y a un lado estaba Magdalena, quien lucía sumamente incómoda y culpable.Josefina bajó la mirada para checar el fino reloj que llevaba en su pálida muñeca, y comentó:—Ya es tarde y tengo que irme a dormir. Benjamín, si tienes algo de hombre en ti, haz esto rápido y sin darle tantas vueltas.Capítulo 2El mismo día de su cuarto aniversario de bodas, Josefina León le pidió el divorcio a Benjamín Gutiérrez.—¿Solo porque no estuve contigo en nuestro aniversario y fui a ver a mi cuñada, me pides el divorcio? —preguntó Benjamín, frunciendo el ceño sin poder entenderlo—.Jose, llevamos ocho años juntos.Josefina asintió.—Hay muchas razones, pero la de ahorita es justamente esa.La noche anterior, le había pedido a la empleada de servicio que dejara la cena lista, e incluso compró flores y regalos, preparada para pasar una velada romántica de aniversario con Benjamín.Llevaban cuatro años de casados y esa era su costumbre; pasaban todos sus aniversarios de la misma manera.Josefina incluso se había puesto un conjunto de lencería nuevo que había comprado especialmente para la ocasión.Pero justo en el momento en que se lo estaba desabrochando, sonó el celular de Benjamín.Del otro lado de la línea se escuchó el llanto de una mujer.Él se detuvo de inmediato, se levantó de la cama y se metió al baño.Pronto se escuchó el ruido del agua corriendo. Josefina seguía tumbada en la cama, todavía sonrojada.Cuando Benjamín salió, ella le hizo una sola pregunta:—¿No puedes quedarte?Él ya se había puesto la camisa, y su atractivo rostro de facciones marcadas reflejaba cierta preocupación.—Alberto tiene fiebre, voy a echarle un ojo y regreso de volada.El hombre se fue tras decir eso, y esa noche Josefina se quedó esperando su regreso en vano.Se quedó sentada hasta la madrugada, momento en que recibió un mensaje de Magdalena Salinas.En la foto, Benjamín sostenía a Alberto en una cama de hospital; su mirada era tan tierna y atenta, como si estuviera viendo a su propio hijo.Abajo de la imagen había un mensaje de texto de Magdalena:«Jose, mejor ya duérmete. Benjamín está demasiado preocupado por Alberto. A lo mejor es porque en su momento viajó al extranjero especialmente para acompañarme en el parto, pero trata a Alberto como si fuera suyo. Esta noche no va a regresar.»Josefina leyó ese párrafo una y otra vez, con la mirada perdida y los ojos llenos de incredulidad.¿Acompañarla en el parto?Años atrás, cuando el hermano mayor de Benjamín falleció de repente, Magdalena se fue al extranjero con la excusa de que necesitaba distraerse por su duelo. Poco tiempo después se enteró de que estaba embarazada y se quedó allá hasta dar a luz.De pronto recordó que, en el mes en que Magdalena estaba por aliviarse, Benjamín empezó a salir muchísimo de viaje de negocios.¡Resultaba que, después de todo, se había ido para estar con ella durante el parto!Unas gruesas lágrimas empezaron a caer, estrellándose contra la pantalla del celular, y ella cerró los ojos con profundo dolor.Así que él ya llevaba cuidando a Magdalena y a su hijo desde hacía muchísimo tiempo.Con razón no importaba cuándo fuera, siempre que Magdalena tenía el más mínimo problema, le bastaba con una llamada para que Benjamín saliera corriendo a verla.La explicación que siempre le daba a Josefina era: «Alberto es el único hijo de mi hermano. Él ya no está con nosotros, así que, como su tío, me toca cuidarlo un poco. Tú me entiendes, ¿verdad, Jose?».Josefina siempre trataba de convencerse a sí misma de que era la sangre que su cuñado había dejado, y que era lógico que lo cuidara.Pero ese día, de repente, ya no quiso soportarlo más.Si él se desvivía tanto, ¿quién podía asegurar si lo hacía por Alberto o por Magdalena?Josefina abrió el cajón y sacó de ahí un acuerdo de divorcio.Justo antes de salir de la casa, se quedó mirando la foto de bodas que colgaba de la pared, donde ella lucía una sonrisa de lo más dulce.Cuatro años de noviazgo, cuatro de matrimonio, y todo terminaba en un divorcio.Ella estaba de pie frente a la puerta de la habitación del hospital y vio a Magdalena ofreciéndole agua a Benjamín. Él ni siquiera levantó las manos para agarrar el vaso, sino que bebió directamente sostenido por las manos de Magdalena.Josefina apretó con fuerza los papeles del divorcio. En el instante en que empujó la puerta y entró, el pequeño Alberto, que tenía la carita roja por la fiebre, se estremeció y soltó en llanto en los brazos de Benjamín.Nadie se esperaba que ella apareciera en ese lugar.Benjamín frunció sus cejas pobladas y preguntó con un tono severo:—Jose, ¿qué estás haciendo aquí? A Alberto le costó muchísimo trabajo quedarse dormido.—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —le soltó Josefina de vuelta, para luego rematar—: ¿Y qué tiene que ver contigo? ¿Acaso es tu propio hijo para que te importe tanto?—¡Jose! —Benjamín alzó un poco la voz—. Es un niño chiquito y está enfermo. Si quieres hacerme un berrinche, espérate a que regrese a la casa, pero no lo interrumpas ahorita que está descansando.Ya ni siquiera se trataba de que había ido a entregarle los papeles del divorcio; en una situación normal, como su tía política, tenía todo el derecho de ir a ver a su sobrino.Pero al final, con solo aparecerse por ahí, la reacción automática de Benjamín era pensar que iba a hacerle un drama.Volviendo a la realidad, Josefina le acercó el acuerdo de divorcio a Benjamín.—Fírmalo de una vez. Entre más rápido estampes tu firma, más pronto termina todo el proceso.El rostro de Benjamín se tornó frío, mirándola como si fuera una niña haciendo una rabieta sin sentido.Magdalena se acercó y le dijo:—Jose, ¿no será que hay un malentendido? Benjamín solo vino a echarle un ojo a Alberto. Ahorita que ya está más estable, me lo llevo para que se vaya contigo a la casa.Luego se inclinó hacia Alberto y le habló con voz suave para consolarlo:—Vente con mamá, Alberto. Tu tío ya tiene que irse a la casa a descansar.Alberto, de apenas tres añitos, era una masita diminuta; su carita se veía muy demacrada por la enfermedad. Aferró sus manitas al cuello de la camisa de Benjamín y se rehusó a soltarlo.—Quiero a mi tío... buaaaa, que no se vaya mi tío...Una expresión de apuro apareció en el rostro de Magdalena, y endureció un poco el tono de su voz:—Hazme caso, Alberto, vente para acá con mamá.—Ya está bien, yo me encargo de él —la interrumpió Benjamín.Luego, volteó a ver a Josefina.—Ya lo estás viendo, Alberto se siente muy mal. Por favor, Jose, ponte tantito en sus zapatos, ¿sí?Josefina contempló fríamente la escena, sintiendo un dolor desgarrador en el pecho.Ella esbozó una sonrisa ladeada y dijo:—Te entiendo perfectamente.—Así que firma, porque si no...Miró a Alberto, se acercó un poco y le dijo:—Ahí viene el lobo feroz a llevarse a los niños.Alberto, que de por sí estaba delicado, soltó en un llanto todavía más fuerte al verse asustado por ella.Pero como le daba miedo el lobo feroz, no se atrevía a llorar tan alto; solo sollozaba en bajito, viéndose aún más digno de lástima.El semblante de Benjamín se oscureció todavía más.—¡Jose! ¿Cómo te pones a pelear con un niño?—Firma el papel.Josefina señaló el acuerdo de divorcio con la barbilla. Su actitud era muy clara: si no firmaba, iba a seguir asustando al niño.¿No que le importaban tanto Magdalena y el niño?Pues iba a dejarles el camino libre.Sin ella estorbando, él podría cuidarlos como se le diera la gana; así fuera llevándose esos cuidados hasta la cama, a ella ya no le importaría en absoluto.De pronto, el ambiente en la habitación del hospital se volvió sumamente denso. Benjamín tenía muy mala cara, Alberto seguía lloriqueando en sus brazos, y a un lado estaba Magdalena, quien lucía sumamente incómoda y culpable.Josefina bajó la mirada para checar el fino reloj que llevaba en su pálida muñeca, y comentó:—Ya es tarde y tengo que irme a dormir. Benjamín, si tienes algo de hombre en ti, haz esto rápido y sin darle tantas vueltas.Capítulo 3Los rasgos de Benjamín lucían severos, y sus pupilas oscuras brillaban con un destello frío e incisivo.—Jose, si te divorcias de mí, más te vale no arrepentirte —le advirtió en voz baja.A Josefina le tembló la mirada por un instante, pero se mantuvo firme.—Solo firma.¿Cómo iba a arrepentirse?¿Acaso pretendía que ella se quedara cada noche esperando a que él regresara de estar con ese par?Ella no era tan comprensiva.Al contrario, era bastante rencorosa.Precisamente porque lo amaba es que se había aguantado durante tanto tiempo. Aguantó por dos años y consideraba que ya había demostrado bastante buena voluntad de su parte.Sin embargo, él había tratado sus sentimientos genuinos como basura y los había tirado a un lado sin darles la más mínima importancia.Así que ya no le iba a dar ni un gramo más de su corazón.Se quedó viendo a Benjamín estampar la firma; su mano de nudillos marcados sostenía una pluma con la que garabateó su nombre de prisa. Josefina se adelantó de inmediato para llevarse el papel.—Nos vemos mañana en el registro civil. Sin falta.Ella dio media vuelta y salió.Alberto seguía llorando en voz bajita. Benjamín bajó la mirada para verlo y le dijo:—Alberto, los niños que lloran no son hombrecitos valientes, porque los valientes pueden ganarle al lobo feroz.A pesar de que sus ojitos seguían llenos de lágrimas, Alberto se aguantó los sollozos al escucharlo, y respondió:—Yo quiero ser un valiente y ganarle al lobo feroz.—Muy bien, así se habla.Benjamín forzó una sonrisa y lo felicitó, aunque la expresión de sus ojos delataba que no lo sentía.Magdalena, reprochándose a sí misma, intervino:—Todo es mi culpa, lo hice todo mal. Entré en pánico cuando Alberto empezó con fiebre y ya no supe qué hacer, y ahora Jose te pidió el divorcio. ¡Ve a buscarla rápido, Benjamín! Yo me quedo con Alberto.—No es necesario —replicó Benjamín.Luego añadió con un tono lúgubre—: Se pasó de la raya al enojarse así con un niño chiquito. Esta vez le va a servir de lección para que aprenda.—Pero ¡quiere divorciarse de ti! —insistió Magdalena.—No lo va a hacer.Su tono era inquebrantable—: Mejor vete a descansar a tu casa, cuñada. Yo me quedo aquí cuidando a Alberto.Magdalena meneó la cabeza.—Pero ¿cómo crees? Soy la mamá de Alberto. Si lo dejo solo ahorita, ¿qué clase de madre sería?Benjamín prefirió no insistir en el tema. Solo bajó la mirada; aunque su voz sonaba firme y decidida, en su interior, un pánico inexplicable había empezado a apoderarse de él.Josefina ya había hecho varios corajes por las situaciones de Alberto en el pasado, pero él solo tenía que consolarla un poco y se le pasaba.Sin embargo, nunca jamás había mencionado el divorcio.Que ahora llegara a ese extremo, ¿significaba que estaba subiendo de nivel con sus tácticas de berrinche?¿Qué era lo que buscaba lograr con eso esta vez?Benjamín se quedó callado, tratando de encontrarle una respuesta.***Con los papeles del divorcio en la mano, a Josefina se le quitó un enorme peso de encima. Regresó a su casa, destapó una botella de vino y se la tomó completita antes de por fin acostarse a dormir.Al despertar a la mañana siguiente, sintió un peso tremendo en la cintura. Un aroma fresco y agradable envolvía sus sentidos, y a sus espaldas sentía el cuerpo cálido de un hombre.Se tensó por completo, y al darse la vuelta, vio a Benjamín durmiendo plácidamente junto a ella. No tenía idea de a qué hora había regresado.La tenía abrazada, adoptando una postura de lo más íntima.¡Y eso que la noche anterior apenas y habían firmado el divorcio!Josefina apretó los labios mientras observaba su hermoso rostro profundamente dormido. Precisamente de él se había enamorado a primera vista años atrás.Más adelante, ella le salvó la vida durante un terremoto, y a partir de ahí comenzaron a interactuar muchísimo más. Cuando entraron a la misma universidad, él se le declaró, diciéndole que quería pasar el resto de su vida a su lado.En aquel entonces, ella se rio de él por ser tan bobo.¿Quién, apenas empezando a salir, te prometía amarte toda la vida?A pesar de ello, se emocionó como loca, empezó a andar con él y se casaron nomás salir de la universidad. De verdad llegó a creer que estarían juntos hasta el fin de sus días.Pero ahora, su corazón ya no le pertenecía a ella; ya había sido ocupado por aquel par de madre e hijo.Ella era sumamente egoísta en esas cuestiones; puesto que había otras personas que pesaban más que ella en su corazón, mejor lo mandaba a volar de una vez por todas.