En su cumpleaños, Nanette Larco descubre que su esposo, Galileo Godoy, no está con ella: lleva horas en el hospital acompañando a Yolanda en pleno parto. Para todos, el bebé que espera Yolanda es el hijo póstumo de Martino, el hermano gemelo de Galileo. Pero Nanette conoce la verdad: ese niño es de Galileo. Galileo le fue infiel con Yolanda, y toda la familia se prestó al engaño. Peor aún: planean dejar a Nanette sin nada para que Yolanda ocupe su lugar. Perfecto. Si todos la traicionan, ella no va a rebajarse a “recoger amor” de un basurero. Galileo cree que su esposa es solo una hija adoptiva sin respaldo, fácil de manipular y de echar. Lo que no sabe es que Nanette es el genio de la informática que él lleva años buscando. Con la cabeza fría y cada paso calculado, Nanette contraataca y hace pagar a los traidores. Cuando por fin ajusta cuentas, vuelve a lo suyo y levanta un imperio: crea una leyenda en el mundo de la IA. Ya no quiere enamorarse… sin imaginar que desde hace años Noel Cortés, el magnate, la ha amado en secreto. Él le despeja el camino, la impulsa hasta la cima y, cuando sus sentimientos por fin estallan, todo cambia. Entonces Galileo enloquece, rojo de rabia: —Nanette, el hijo que llevas es mío. Ella sonríe, imperturbable: —Lo siento, Galileo. El padre de mi bebé no eres tú.

Capítulo 1—¡Señora Nanette, ya nació!Melba, la empleada, le dio la noticia a Nanette Larco con una expresión de puro coraje.Nanette, en cambio, lucía muy tranquila. —¿Niño o niña?—¡Niño! Anatolia e Ivón no caben de la felicidad, no dejan de decir lo hermoso que es, y hasta el señor Galileo está tan contento que...Melba se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se calló de golpe.Miró con bastante lástima a la mujer que estaba sentada frente al ventanal, negó con la cabeza y se alejó soltando un suspiro.A Nanette se le hizo un nudo en el pecho. Toda la familia Godoy se había mudado prácticamente al hospital estos últimos días para acompañar a Yolanda, la esposa del segundo hijo, que estaba a punto de dar a luz, y hasta su propio esposo andaba ahí pegado.En estos días no se había separado de ella. Estaba más pendiente de la viuda de su hermano que de su propia esposa.Se escuchó un ruido en la puerta; Galileo Godoy había regresado de repente.Venía de buen humor, como si se le hubiera olvidado la frialdad con la que normalmente trataba a Nanette.—Yolanda ya tuvo al bebé. Pesó casi tres kilos y medio, está bien gordito, no te imaginas lo adorable que es.Fue lo primero que dijo Galileo al entrar. No podía ocultar la emoción en su voz.—El parto fue pesado; Yolanda la pasó mal y nos tuvo con el corazón en la mano. Íbamos a pasarla a cesárea, pero ella insistió en un parto vaginal y al final el médico decidió acompañarla, con todo el cuidado.. Pero al ver cómo le dolía, Anatolia y las demás se soltaron a llorar de la angustia.La Yolanda de la que hablaba Galileo era Yolanda Camoso.La consentida del Grupo Camoso, quien hace tres años se casó y entró a la familia Godoy al mismo tiempo que Nanette.Nanette se casó con el hijo mayor, Galileo.Y Yolanda se casó con el menor, Martino Godoy.Fue una boda doble de la que habló medio San Lirio durante Semanas.Pero el gusto les duró poco.Martino, que siempre fue un fanático de la velocidad y la adrenalina, chocó contra un tráiler en una carrera clandestina y perdió la vida.Nanette recordaba muy bien que Martino prometió en sus votos matrimoniales dejar esa afición por Yolanda.Por qué decidió ir a correr ese día, era un misterio.La niña mimada de los Camoso se quedó viuda de un día para otro.Los Godoy se sentían muy culpables y le rogaron que rehiciera su vida.Pero Yolanda se negó rotundamente y decidió quedarse en la familia.Con eso, todos le tomaron aún más cariño a la buena y leal muchacha.¿A qué grado?¿Hasta dónde llegaba esa devoción? Hasta buscar la forma de que ella tuviera un hijo que amarrara el apellido Godoy.Estando Martino muerto, el origen de ese embarazo no podía ser otro que el hermano gemelo de su esposo.Nanette bajó la mirada hacia sus delgados dedos, con el rostro inexpresivo. —Felicidades.La sonrisa de Galileo se borró. —¿Y esa actitud qué?—Actitud de felicitarte —respondió Nanette.Galileo se acercó y la miró desde arriba.—¿Cómo que felicitarme? ¡Nanette! Es un día de celebración, ¿puedes dejar de hablar con ese tonito sarcástico?Nanette alzó la mirada con una expresión helada.—Ese niño trae tu sangre, ¿no se supone que te felicite?Era evidente que Galileo se había molestado.—Si Yolanda se aventó el paquete de tener un hijo es porque amaba a Martino. Él ya no está y ella necesitaba un motivo para seguir adelante, un apoyo emocional. ¿Qué tiene eso de malo?Nanette soltó un suspiro casi imperceptible.—¿Y me pediste permiso?Al principio, cuando Nanette supo del embarazo de Yolanda, pensó que el bebé era de Martino. Incluso si Yolanda se ponía insoportable por las hormonas, la trataba con respeto.Hasta que los meses de gestación dejaron de cuadrar y Galileo tuvo que soltar la sopa.Galileo le había dicho: «El embarazo de Yolanda fue por inseminación artificial. Usaron el esperma que yo había congelado hace tiempo. Fue una decisión de toda la familia, espero que lo entiendas».Un asunto de ese calibre y todos en la familia Godoy se lo ocultaron.¿Esperaron a que ya no hubiera vuelta atrás para decirle?¿Y querían arreglarlo todo con un simple «espero que lo entiendas»?Galileo se sentó en el sillón de enfrente, se puso un cigarro en los labios y, con sus manos de dedos largos y finos, hizo clic con el encendedor para prenderlo.La verdad es que Galileo era un hombre muy atractivo; de facciones bien marcadas, y con sus lentes de armazón dorado, daba un aire de hombre maduro, interesante y profesional.Fue precisamente ese estilo lo que atrapó a Nanette en su momento.Ahora que lo pensaba, seguro en ese entonces se le cruzaron los cables.Galileo le dio un golpe al cigarro, soltó el humo lentamente y frunció un poco el ceño.—Fue Yolanda quien me lo rogó, y como mis papás y mi abuela estuvieron de acuerdo, decidí hacerlo.—Si no te lo dije antes fue por miedo a que no estuvieras de acuerdo y armaras un escándalo.—Tienes que entender que la muerte de Martino destrozó a Yolanda. En ese tiempo estaba al borde de la depresión, no podíamos darle más disgustos.—Ella solo quería un hijo. Con ese motivo para vivir, podría superar el duelo. Para mí, no fue más que hacerle un pequeño favor.¿Un pequeño favor?Era la primera vez que Nanette escuchaba a alguien usar esa expresión con tanto cinismo.¡Qué maravilla!Sus pretextos sonaban tan lógicos y nobles.Se quedó en silencio un buen rato sin decir nada.Y no porque no tuviera nada que decir.Tenía tantas cosas atoradas que ya ni ganas le daban de hablar.Temía que, si le soltaba todo lo que traía atorado, la que iba a perder el control sería ella.Galileo la miró: tan bonita, tan impecable, y aun así con una tristeza que se le notaba. Sintió un tirón raro en el pecho.Estaba a punto de decir algo cuando le entró una llamada.Era Yolanda.Galileo contestó, y su tono de voz se volvió de lo más tierno.—Sí, ya llegué a la casa.—Comí algo en el camino.—Me voy a bañar y a cambiar de ropa para ir para allá, no quiero que Mateo me vea todo desarreglado.—Sí, tú también descansa, al rato te veo.Colgó y soltó el comentario al aire.—Mi abuela ya le escogió nombre. Se va a llamar Mateo Godoy, en memoria de Martino.Nanette se puso de pie. —Apúrate entonces. Yolanda y tu hijo te están esperando.El comentario le ardió, y Galileo estalló. —¡Nanette! ¡A ver si le bajas a tu drama!—Mejor usar el mío que el de un desconocido, ¿no? Al final de cuentas, es sangre de la familia Godoy.Nanette ladeó la cabeza con una sonrisa irónica. —Me da mucha curiosidad, ¿cómo le hiciste para donarlo?Galileo se tensó por un microsegundo, pero recuperó su expresión de piedra.—¿Pues cómo más? Ya te había dicho que tenía muestras en el banco de esperma. Tú lo sabías.Y sí, Nanette lo sabía.Galileo había congelado sus espermatozoides antes de casarse con ella.Galileo adoptó un tono de reproche, haciéndose el ofendido.—Nanette, ¿cómo puedes desconfiar de mí?Nanette se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Solo preguntaba por curiosidad, no te me alteres.Galileo suspiró. —De verdad que no hay nada entre Yolanda y yo, no es una infidelidad.—Además, Anatolia e Ivón la estaban pasando muy mal por lo de Martino, y la llegada de Mateo les va a devolver la alegría, ¿no te parece bien? Llevamos tres años casados, si tú al menos...En sus tres años de matrimonio, Nanette no había podido quedar embarazada.Su suegra, Ivón, se la pasaba diciendo a sus espaldas que era una mula estéril y le hacía el feo todo el tiempo.Nanette hasta había ido a checarse al médico a escondidas por culpa de eso.Por suerte, no tenía ningún problema de fertilidad.Lo de no poder tener hijos era puro pretexto.La verdadera razón del desprecio era que la familia de Nanette, los Larco, se habían dejado enredar en unos malos negocios, habían perdido mucho dinero y ahora estaban ahogados en deudas.Ya no tenían el prestigio de antes y su negocio iba en picada.—Mañana deberías darte una vuelta por el hospital para ver a Yolanda. No dejes que se empiece a hacer ideas de que estás enojada con ella y por eso no vas a visitarla. Ya sabes que es muy sensible —soltó Galileo antes de salir de la habitación.Nanette regresó a su cuarto y sacó una fotografía del cajón.Se la habían mandado de forma anónima hacía un mes.En la foto se veía la entrada de un hotel de cinco estrellas. Había un hombre y una mujer abrazados en actitud muy cariñosa.No eran otros que Galileo y Yolanda.Esa era la verdadera forma en la que Galileo había «donado» su esperma...El hospital en el que estaba Yolanda era una clínica de maternidad internacional carísima.Para no arriesgarse, la abuela Anatolia mandó a traer a un especialista de renombre desde Puerto Alba solo para atender el parto.En la habitación VIP.Yolanda estaba recostada en la cama. Tenía muy buen color, no parecía que acabara de pasar por el suplicio de un parto.Galileo estaba sentado a su lado, dándole de comer caldito en la boca, cucharada por cucharada.Soplaba cada vez para asegurarse de que no se fuera a quemar.Nanette no pudo evitar recordar los tres años que llevaba con Galileo.A ella jamás la había tratado con ese nivel de detalle y ternura.Su relación siempre había sido diplomática, distante, de puro compromiso.Hasta cuando se metían a la cama parecía que él solo estaba cumpliendo con una obligación.Nanette siempre creyó que así era su personalidad.Como toda la vida lo habían tratado como a un rey, pensaba que no estaba acostumbrado a ser cariñoso.Fue hasta que murió Martino que se dio cuenta de su error.Ese hombre tan orgulloso sí sabía bajar la cabeza, pero solo por la única mujer a la que de verdad quería.Nanette abrió la puerta y entró.Los dos voltearon a verla.Yolanda se iluminó al verla. —¡Cuñada! ¡Qué bueno que viniste!Ese «cuñada» le revolvió el estómago a Nanette.Galileo tomó una servilleta, le limpió la boca a Yolanda con toda la calma del mundo y luego le dirigió la palabra a Nanette. —Llegaste.—Sí —respondió Nanette.—Hazle compañía un rato a Yolanda. Voy a bajar a comprar algo de fruta, se le antojaron unas uvas —dijo Galileo.Yolanda lo miró con ojos suplicantes, como si se le fuera la vida en eso. —Ay, no, manda a alguno de los empleados, no tienes que ir tú.—Prefiero ir yo. Sé perfecto qué es lo que te gusta y aprovecho para ver si se te antoja otra cosa. Está aquí abajito, no me tardo nada.Yolanda bajó la mirada, toda tímida. —Bueno, está bien.Al pasar junto a Nanette, Galileo le echó un ojo al arreglo floral que llevaba en las manos.—Pon las flores allá, junto a la ventana; a Yolanda no le gustan los girasoles.Nanette tragó saliva, apretó los dedos contra el florero y se obligó a sonreír. —Claro.Yolanda estiró la mano. —Nanette, ven, siéntate acá.Nanette la ignoró disimuladamente, arrastró una silla y tomó asiento un poco más lejos.—¿Sigues enojada conmigo, Nanette? —preguntó Yolanda.Y en automático se le llenaron los ojos de lágrimas.Era un show tan bien montado que hasta daban ganas de aplaudirle.—Sé que usar el esperma de Gali te dolió mucho, pero...Lágrimas, como si se tratara de un interruptor.—Martino y yo habíamos quedado en que íbamos a disfrutar un tiempo solos y luego tendríamos bebés. Yo no me esperaba...—No me esperaba que pasara esa tragedia.—Amaba a Martino, y adoro a esta familia, por eso quería dejarle un heredero a su nombre y a los Godoy.—Gali era su gemelo, por eso le supliqué que me ayudara...—¡Nanette! —Yolanda se soltó llorando a moco tendido—. Las dos somos mujeres, entiendes cómo me siento, ¿verdad?—Por favor, ya no estés enojada conmigo, ¿sí?Nanette pestañeó, conteniendo todo lo que de verdad quería soltarle, pero justo cuando iba a abrir la boca, una voz chillona interrumpió la escena.—¡Yolanda! ¿Por qué estás llorando? ¡Acabas de dar a luz, por favor cálmate y descansa, no te vayas a descompensar!Era Ivón, que venía saliendo del cunero con el bebé en brazos y le lanzó una mirada asesina a Nanette.El recién nacido todavía estaba muy arrugadito, ni siquiera se le distinguían bien las facciones ni a quién se parecía.Pero lo que sí resaltaba era un enorme dije de rubí que llevaba colgado al cuello.Nanette conocía esa joya a la perfección.Era una pieza de colección, rarísima y de un valor incalculable.La familia Godoy solo tenía dos de esas, que fueron el regalo de bodas del difunto don Severino Godoy a Anatolia.Cuando los nietos se casaron, Anatolia le dio uno al mayor, Galileo.Y el otro a Martino.Por lo visto, Galileo le había regalado su tesoro más preciado a ese bebé.Quedaba más que claro lo importante que era ese niño para él.—¿Todavía no superas el asunto, verdad? ¿Viniste hasta acá nada más para hacerle la vida de cuadritos a Yolanda? —le reclamó Ivón.Capítulo 2—¡Señora Nanette, ya nació!Melba, la empleada, le dio la noticia a Nanette Larco con una expresión de puro coraje.Nanette, en cambio, lucía muy tranquila. —¿Niño o niña?—¡Niño! Anatolia e Ivón no caben de la felicidad, no dejan de decir lo hermoso que es, y hasta el señor Galileo está tan contento que...Melba se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se calló de golpe.Miró con bastante lástima a la mujer que estaba sentada frente al ventanal, negó con la cabeza y se alejó soltando un suspiro.A Nanette se le hizo un nudo en el pecho. Toda la familia Godoy se había mudado prácticamente al hospital estos últimos días para acompañar a Yolanda, la esposa del segundo hijo, que estaba a punto de dar a luz, y hasta su propio esposo andaba ahí pegado.En estos días no se había separado de ella. Estaba más pendiente de la viuda de su hermano que de su propia esposa.Se escuchó un ruido en la puerta; Galileo Godoy había regresado de repente.Venía de buen humor, como si se le hubiera olvidado la frialdad con la que normalmente trataba a Nanette.—Yolanda ya tuvo al bebé. Pesó casi tres kilos y medio, está bien gordito, no te imaginas lo adorable que es.Fue lo primero que dijo Galileo al entrar. No podía ocultar la emoción en su voz.—El parto fue pesado; Yolanda la pasó mal y nos tuvo con el corazón en la mano. Íbamos a pasarla a cesárea, pero ella insistió en un parto vaginal y al final el médico decidió acompañarla, con todo el cuidado.. Pero al ver cómo le dolía, Anatolia y las demás se soltaron a llorar de la angustia.La Yolanda de la que hablaba Galileo era Yolanda Camoso.La consentida del Grupo Camoso, quien hace tres años se casó y entró a la familia Godoy al mismo tiempo que Nanette.Nanette se casó con el hijo mayor, Galileo.Y Yolanda se casó con el menor, Martino Godoy.Fue una boda doble de la que habló medio San Lirio durante Semanas.Pero el gusto les duró poco.Martino, que siempre fue un fanático de la velocidad y la adrenalina, chocó contra un tráiler en una carrera clandestina y perdió la vida.Nanette recordaba muy bien que Martino prometió en sus votos matrimoniales dejar esa afición por Yolanda.Por qué decidió ir a correr ese día, era un misterio.La niña mimada de los Camoso se quedó viuda de un día para otro.Los Godoy se sentían muy culpables y le rogaron que rehiciera su vida.Pero Yolanda se negó rotundamente y decidió quedarse en la familia.Con eso, todos le tomaron aún más cariño a la buena y leal muchacha.¿A qué grado?¿Hasta dónde llegaba esa devoción? Hasta buscar la forma de que ella tuviera un hijo que amarrara el apellido Godoy.Estando Martino muerto, el origen de ese embarazo no podía ser otro que el hermano gemelo de su esposo.Nanette bajó la mirada hacia sus delgados dedos, con el rostro inexpresivo. —Felicidades.La sonrisa de Galileo se borró. —¿Y esa actitud qué?—Actitud de felicitarte —respondió Nanette.Galileo se acercó y la miró desde arriba.—¿Cómo que felicitarme? ¡Nanette! Es un día de celebración, ¿puedes dejar de hablar con ese tonito sarcástico?Nanette alzó la mirada con una expresión helada.—Ese niño trae tu sangre, ¿no se supone que te felicite?Era evidente que Galileo se había molestado.—Si Yolanda se aventó el paquete de tener un hijo es porque amaba a Martino. Él ya no está y ella necesitaba un motivo para seguir adelante, un apoyo emocional. ¿Qué tiene eso de malo?Nanette soltó un suspiro casi imperceptible.—¿Y me pediste permiso?Al principio, cuando Nanette supo del embarazo de Yolanda, pensó que el bebé era de Martino. Incluso si Yolanda se ponía insoportable por las hormonas, la trataba con respeto.Hasta que los meses de gestación dejaron de cuadrar y Galileo tuvo que soltar la sopa.Galileo le había dicho: «El embarazo de Yolanda fue por inseminación artificial. Usaron el esperma que yo había congelado hace tiempo. Fue una decisión de toda la familia, espero que lo entiendas».Un asunto de ese calibre y todos en la familia Godoy se lo ocultaron.¿Esperaron a que ya no hubiera vuelta atrás para decirle?¿Y querían arreglarlo todo con un simple «espero que lo entiendas»?Galileo se sentó en el sillón de enfrente, se puso un cigarro en los labios y, con sus manos de dedos largos y finos, hizo clic con el encendedor para prenderlo.La verdad es que Galileo era un hombre muy atractivo; de facciones bien marcadas, y con sus lentes de armazón dorado, daba un aire de hombre maduro, interesante y profesional.Fue precisamente ese estilo lo que atrapó a Nanette en su momento.Ahora que lo pensaba, seguro en ese entonces se le cruzaron los cables.Galileo le dio un golpe al cigarro, soltó el humo lentamente y frunció un poco el ceño.—Fue Yolanda quien me lo rogó, y como mis papás y mi abuela estuvieron de acuerdo, decidí hacerlo.—Si no te lo dije antes fue por miedo a que no estuvieras de acuerdo y armaras un escándalo.—Tienes que entender que la muerte de Martino destrozó a Yolanda. En ese tiempo estaba al borde de la depresión, no podíamos darle más disgustos.—Ella solo quería un hijo. Con ese motivo para vivir, podría superar el duelo. Para mí, no fue más que hacerle un pequeño favor.¿Un pequeño favor?Era la primera vez que Nanette escuchaba a alguien usar esa expresión con tanto cinismo.¡Qué maravilla!Sus pretextos sonaban tan lógicos y nobles.Se quedó en silencio un buen rato sin decir nada.Y no porque no tuviera nada que decir.Tenía tantas cosas atoradas que ya ni ganas le daban de hablar.Temía que, si le soltaba todo lo que traía atorado, la que iba a perder el control sería ella.Galileo la miró: tan bonita, tan impecable, y aun así con una tristeza que se le notaba. Sintió un tirón raro en el pecho.Estaba a punto de decir algo cuando le entró una llamada.Era Yolanda.Galileo contestó, y su tono de voz se volvió de lo más tierno.—Sí, ya llegué a la casa.—Comí algo en el camino.—Me voy a bañar y a cambiar de ropa para ir para allá, no quiero que Mateo me vea todo desarreglado.—Sí, tú también descansa, al rato te veo.Colgó y soltó el comentario al aire.—Mi abuela ya le escogió nombre. Se va a llamar Mateo Godoy, en memoria de Martino.Nanette se puso de pie. —Apúrate entonces. Yolanda y tu hijo te están esperando.El comentario le ardió, y Galileo estalló. —¡Nanette! ¡A ver si le bajas a tu drama!—Mejor usar el mío que el de un desconocido, ¿no? Al final de cuentas, es sangre de la familia Godoy.Nanette ladeó la cabeza con una sonrisa irónica. —Me da mucha curiosidad, ¿cómo le hiciste para donarlo?Galileo se tensó por un microsegundo, pero recuperó su expresión de piedra.—¿Pues cómo más? Ya te había dicho que tenía muestras en el banco de esperma. Tú lo sabías.Y sí, Nanette lo sabía.Galileo había congelado sus espermatozoides antes de casarse con ella.Galileo adoptó un tono de reproche, haciéndose el ofendido.—Nanette, ¿cómo puedes desconfiar de mí?Nanette se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Solo preguntaba por curiosidad, no te me alteres.Galileo suspiró. —De verdad que no hay nada entre Yolanda y yo, no es una infidelidad.—Además, Anatolia e Ivón la estaban pasando muy mal por lo de Martino, y la llegada de Mateo les va a devolver la alegría, ¿no te parece bien? Llevamos tres años casados, si tú al menos...En sus tres años de matrimonio, Nanette no había podido quedar embarazada.Su suegra, Ivón, se la pasaba diciendo a sus espaldas que era una mula estéril y le hacía el feo todo el tiempo.Nanette hasta había ido a checarse al médico a escondidas por culpa de eso.Por suerte, no tenía ningún problema de fertilidad.Lo de no poder tener hijos era puro pretexto.La verdadera razón del desprecio era que la familia de Nanette, los Larco, se habían dejado enredar en unos malos negocios, habían perdido mucho dinero y ahora estaban ahogados en deudas.Ya no tenían el prestigio de antes y su negocio iba en picada.—Mañana deberías darte una vuelta por el hospital para ver a Yolanda. No dejes que se empiece a hacer ideas de que estás enojada con ella y por eso no vas a visitarla. Ya sabes que es muy sensible —soltó Galileo antes de salir de la habitación.Nanette regresó a su cuarto y sacó una fotografía del cajón.Se la habían mandado de forma anónima hacía un mes.En la foto se veía la entrada de un hotel de cinco estrellas. Había un hombre y una mujer abrazados en actitud muy cariñosa.No eran otros que Galileo y Yolanda.Esa era la verdadera forma en la que Galileo había «donado» su esperma...El hospital en el que estaba Yolanda era una clínica de maternidad internacional carísima.Para no arriesgarse, la abuela Anatolia mandó a traer a un especialista de renombre desde Puerto Alba solo para atender el parto.En la habitación VIP.Yolanda estaba recostada en la cama. Tenía muy buen color, no parecía que acabara de pasar por el suplicio de un parto.Galileo estaba sentado a su lado, dándole de comer caldito en la boca, cucharada por cucharada.Soplaba cada vez para asegurarse de que no se fuera a quemar.Nanette no pudo evitar recordar los tres años que llevaba con Galileo.A ella jamás la había tratado con ese nivel de detalle y ternura.Su relación siempre había sido diplomática, distante, de puro compromiso.Hasta cuando se metían a la cama parecía que él solo estaba cumpliendo con una obligación.Nanette siempre creyó que así era su personalidad.Como toda la vida lo habían tratado como a un rey, pensaba que no estaba acostumbrado a ser cariñoso.Fue hasta que murió Martino que se dio cuenta de su error.Ese hombre tan orgulloso sí sabía bajar la cabeza, pero solo por la única mujer a la que de verdad quería.Nanette abrió la puerta y entró.Los dos voltearon a verla.Yolanda se iluminó al verla. —¡Cuñada! ¡Qué bueno que viniste!Ese «cuñada» le revolvió el estómago a Nanette.Galileo tomó una servilleta, le limpió la boca a Yolanda con toda la calma del mundo y luego le dirigió la palabra a Nanette. —Llegaste.—Sí —respondió Nanette.—Hazle compañía un rato a Yolanda. Voy a bajar a comprar algo de fruta, se le antojaron unas uvas —dijo Galileo.Yolanda lo miró con ojos suplicantes, como si se le fuera la vida en eso. —Ay, no, manda a alguno de los empleados, no tienes que ir tú.—Prefiero ir yo. Sé perfecto qué es lo que te gusta y aprovecho para ver si se te antoja otra cosa. Está aquí abajito, no me tardo nada.Yolanda bajó la mirada, toda tímida. —Bueno, está bien.Al pasar junto a Nanette, Galileo le echó un ojo al arreglo floral que llevaba en las manos.—Pon las flores allá, junto a la ventana; a Yolanda no le gustan los girasoles.Nanette tragó saliva, apretó los dedos contra el florero y se obligó a sonreír. —Claro.Yolanda estiró la mano. —Nanette, ven, siéntate acá.Nanette la ignoró disimuladamente, arrastró una silla y tomó asiento un poco más lejos.—¿Sigues enojada conmigo, Nanette? —preguntó Yolanda.Y en automático se le llenaron los ojos de lágrimas.Era un show tan bien montado que hasta daban ganas de aplaudirle.—Sé que usar el esperma de Gali te dolió mucho, pero...Lágrimas, como si se tratara de un interruptor.—Martino y yo habíamos quedado en que íbamos a disfrutar un tiempo solos y luego tendríamos bebés. Yo no me esperaba...—No me esperaba que pasara esa tragedia.—Amaba a Martino, y adoro a esta familia, por eso quería dejarle un heredero a su nombre y a los Godoy.—Gali era su gemelo, por eso le supliqué que me ayudara...—¡Nanette! —Yolanda se soltó llorando a moco tendido—. Las dos somos mujeres, entiendes cómo me siento, ¿verdad?—Por favor, ya no estés enojada conmigo, ¿sí?Nanette pestañeó, conteniendo todo lo que de verdad quería soltarle, pero justo cuando iba a abrir la boca, una voz chillona interrumpió la escena.—¡Yolanda! ¿Por qué estás llorando? ¡Acabas de dar a luz, por favor cálmate y descansa, no te vayas a descompensar!Era Ivón, que venía saliendo del cunero con el bebé en brazos y le lanzó una mirada asesina a Nanette.El recién nacido todavía estaba muy arrugadito, ni siquiera se le distinguían bien las facciones ni a quién se parecía.Pero lo que sí resaltaba era un enorme dije de rubí que llevaba colgado al cuello.Nanette conocía esa joya a la perfección.Era una pieza de colección, rarísima y de un valor incalculable.La familia Godoy solo tenía dos de esas, que fueron el regalo de bodas del difunto don Severino Godoy a Anatolia.Cuando los nietos se casaron, Anatolia le dio uno al mayor, Galileo.Y el otro a Martino.Por lo visto, Galileo le había regalado su tesoro más preciado a ese bebé.Quedaba más que claro lo importante que era ese niño para él.—¿Todavía no superas el asunto, verdad? ¿Viniste hasta acá nada más para hacerle la vida de cuadritos a Yolanda? —le reclamó Ivón.Capítulo 3—¡Señora Nanette, ya nació!Melba, la empleada, le dio la noticia a Nanette Larco con una expresión de puro coraje.Nanette, en cambio, lucía muy tranquila. —¿Niño o niña?—¡Niño! Anatolia e Ivón no caben de la felicidad, no dejan de decir lo hermoso que es, y hasta el señor Galileo está tan contento que...Melba se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se calló de golpe.Miró con bastante lástima a la mujer que estaba sentada frente al ventanal, negó con la cabeza y se alejó soltando un suspiro.A Nanette se le hizo un nudo en el pecho. Toda la familia Godoy se había mudado prácticamente al hospital estos últimos días para acompañar a Yolanda, la esposa del segundo hijo, que estaba a punto de dar a luz, y hasta su propio esposo andaba ahí pegado.En estos días no se había separado de ella. Estaba más pendiente de la viuda de su hermano que de su propia esposa.Se escuchó un ruido en la puerta; Galileo Godoy había regresado de repente.Venía de buen humor, como si se le hubiera olvidado la frialdad con la que normalmente trataba a Nanette.—Yolanda ya tuvo al bebé. Pesó casi tres kilos y medio, está bien gordito, no te imaginas lo adorable que es.Fue lo primero que dijo Galileo al entrar. No podía ocultar la emoción en su voz.—El parto fue pesado; Yolanda la pasó mal y nos tuvo con el corazón en la mano. Íbamos a pasarla a cesárea, pero ella insistió en un parto vaginal y al final el médico decidió acompañarla, con todo el cuidado.. Pero al ver cómo le dolía, Anatolia y las demás se soltaron a llorar de la angustia.La Yolanda de la que hablaba Galileo era Yolanda Camoso.La consentida del Grupo Camoso, quien hace tres años se casó y entró a la familia Godoy al mismo tiempo que Nanette.Nanette se casó con el hijo mayor, Galileo.Y Yolanda se casó con el menor, Martino Godoy.Fue una boda doble de la que habló medio San Lirio durante Semanas.Pero el gusto les duró poco.Martino, que siempre fue un fanático de la velocidad y la adrenalina, chocó contra un tráiler en una carrera clandestina y perdió la vida.Nanette recordaba muy bien que Martino prometió en sus votos matrimoniales dejar esa afición por Yolanda.Por qué decidió ir a correr ese día, era un misterio.La niña mimada de los Camoso se quedó viuda de un día para otro.Los Godoy se sentían muy culpables y le rogaron que rehiciera su vida.Pero Yolanda se negó rotundamente y decidió quedarse en la familia.Con eso, todos le tomaron aún más cariño a la buena y leal muchacha.¿A qué grado?¿Hasta dónde llegaba esa devoción? Hasta buscar la forma de que ella tuviera un hijo que amarrara el apellido Godoy.Estando Martino muerto, el origen de ese embarazo no podía ser otro que el hermano gemelo de su esposo.Nanette bajó la mirada hacia sus delgados dedos, con el rostro inexpresivo. —Felicidades.La sonrisa de Galileo se borró. —¿Y esa actitud qué?—Actitud de felicitarte —respondió Nanette.Galileo se acercó y la miró desde arriba.—¿Cómo que felicitarme? ¡Nanette! Es un día de celebración, ¿puedes dejar de hablar con ese tonito sarcástico?Nanette alzó la mirada con una expresión helada.—Ese niño trae tu sangre, ¿no se supone que te felicite?Era evidente que Galileo se había molestado.—Si Yolanda se aventó el paquete de tener un hijo es porque amaba a Martino. Él ya no está y ella necesitaba un motivo para seguir adelante, un apoyo emocional. ¿Qué tiene eso de malo?Nanette soltó un suspiro casi imperceptible.—¿Y me pediste permiso?Al principio, cuando Nanette supo del embarazo de Yolanda, pensó que el bebé era de Martino. Incluso si Yolanda se ponía insoportable por las hormonas, la trataba con respeto.Hasta que los meses de gestación dejaron de cuadrar y Galileo tuvo que soltar la sopa.Galileo le había dicho: «El embarazo de Yolanda fue por inseminación artificial. Usaron el esperma que yo había congelado hace tiempo. Fue una decisión de toda la familia, espero que lo entiendas».Un asunto de ese calibre y todos en la familia Godoy se lo ocultaron.¿Esperaron a que ya no hubiera vuelta atrás para decirle?¿Y querían arreglarlo todo con un simple «espero que lo entiendas»?Galileo se sentó en el sillón de enfrente, se puso un cigarro en los labios y, con sus manos de dedos largos y finos, hizo clic con el encendedor para prenderlo.La verdad es que Galileo era un hombre muy atractivo; de facciones bien marcadas, y con sus lentes de armazón dorado, daba un aire de hombre maduro, interesante y profesional.Fue precisamente ese estilo lo que atrapó a Nanette en su momento.Ahora que lo pensaba, seguro en ese entonces se le cruzaron los cables.Galileo le dio un golpe al cigarro, soltó el humo lentamente y frunció un poco el ceño.—Fue Yolanda quien me lo rogó, y como mis papás y mi abuela estuvieron de acuerdo, decidí hacerlo.—Si no te lo dije antes fue por miedo a que no estuvieras de acuerdo y armaras un escándalo.—Tienes que entender que la muerte de Martino destrozó a Yolanda. En ese tiempo estaba al borde de la depresión, no podíamos darle más disgustos.—Ella solo quería un hijo. Con ese motivo para vivir, podría superar el duelo. Para mí, no fue más que hacerle un pequeño favor.¿Un pequeño favor?Era la primera vez que Nanette escuchaba a alguien usar esa expresión con tanto cinismo.¡Qué maravilla!Sus pretextos sonaban tan lógicos y nobles.Se quedó en silencio un buen rato sin decir nada.Y no porque no tuviera nada que decir.Tenía tantas cosas atoradas que ya ni ganas le daban de hablar.Temía que, si le soltaba todo lo que traía atorado, la que iba a perder el control sería ella.Galileo la miró: tan bonita, tan impecable, y aun así con una tristeza que se le notaba. Sintió un tirón raro en el pecho.Estaba a punto de decir algo cuando le entró una llamada.Era Yolanda.Galileo contestó, y su tono de voz se volvió de lo más tierno.—Sí, ya llegué a la casa.—Comí algo en el camino.—Me voy a bañar y a cambiar de ropa para ir para allá, no quiero que Mateo me vea todo desarreglado.—Sí, tú también descansa, al rato te veo.Colgó y soltó el comentario al aire.—Mi abuela ya le escogió nombre. Se va a llamar Mateo Godoy, en memoria de Martino.Nanette se puso de pie. —Apúrate entonces. Yolanda y tu hijo te están esperando.El comentario le ardió, y Galileo estalló. —¡Nanette! ¡A ver si le bajas a tu drama!—Mejor usar el mío que el de un desconocido, ¿no? Al final de cuentas, es sangre de la familia Godoy.Nanette ladeó la cabeza con una sonrisa irónica. —Me da mucha curiosidad, ¿cómo le hiciste para donarlo?Galileo se tensó por un microsegundo, pero recuperó su expresión de piedra.—¿Pues cómo más? Ya te había dicho que tenía muestras en el banco de esperma. Tú lo sabías.Y sí, Nanette lo sabía.Galileo había congelado sus espermatozoides antes de casarse con ella.Galileo adoptó un tono de reproche, haciéndose el ofendido.—Nanette, ¿cómo puedes desconfiar de mí?Nanette se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Solo preguntaba por curiosidad, no te me alteres.Galileo suspiró. —De verdad que no hay nada entre Yolanda y yo, no es una infidelidad.—Además, Anatolia e Ivón la estaban pasando muy mal por lo de Martino, y la llegada de Mateo les va a devolver la alegría, ¿no te parece bien? Llevamos tres años casados, si tú al menos...En sus tres años de matrimonio, Nanette no había podido quedar embarazada.Su suegra, Ivón, se la pasaba diciendo a sus espaldas que era una mula estéril y le hacía el feo todo el tiempo.Nanette hasta había ido a checarse al médico a escondidas por culpa de eso.Por suerte, no tenía ningún problema de fertilidad.Lo de no poder tener hijos era puro pretexto.La verdadera razón del desprecio era que la familia de Nanette, los Larco, se habían dejado enredar en unos malos negocios, habían perdido mucho dinero y ahora estaban ahogados en deudas.Ya no tenían el prestigio de antes y su negocio iba en picada.—Mañana deberías darte una vuelta por el hospital para ver a Yolanda. No dejes que se empiece a hacer ideas de que estás enojada con ella y por eso no vas a visitarla. Ya sabes que es muy sensible —soltó Galileo antes de salir de la habitación.Nanette regresó a su cuarto y sacó una fotografía del cajón.Se la habían mandado de forma anónima hacía un mes.En la foto se veía la entrada de un hotel de cinco estrellas. Había un hombre y una mujer abrazados en actitud muy cariñosa.No eran otros que Galileo y Yolanda.Esa era la verdadera forma en la que Galileo había «donado» su esperma...El hospital en el que estaba Yolanda era una clínica de maternidad internacional carísima.Para no arriesgarse, la abuela Anatolia mandó a traer a un especialista de renombre desde Puerto Alba solo para atender el parto.En la habitación VIP.Yolanda estaba recostada en la cama. Tenía muy buen color, no parecía que acabara de pasar por el suplicio de un parto.Galileo estaba sentado a su lado, dándole de comer caldito en la boca, cucharada por cucharada.Soplaba cada vez para asegurarse de que no se fuera a quemar.Nanette no pudo evitar recordar los tres años que llevaba con Galileo.A ella jamás la había tratado con ese nivel de detalle y ternura.Su relación siempre había sido diplomática, distante, de puro compromiso.Hasta cuando se metían a la cama parecía que él solo estaba cumpliendo con una obligación.Nanette siempre creyó que así era su personalidad.Como toda la vida lo habían tratado como a un rey, pensaba que no estaba acostumbrado a ser cariñoso.Fue hasta que murió Martino que se dio cuenta de su error.Ese hombre tan orgulloso sí sabía bajar la cabeza, pero solo por la única mujer a la que de verdad quería.Nanette abrió la puerta y entró.Los dos voltearon a verla.Yolanda se iluminó al verla. —¡Cuñada! ¡Qué bueno que viniste!Ese «cuñada» le revolvió el estómago a Nanette.Galileo tomó una servilleta, le limpió la boca a Yolanda con toda la calma del mundo y luego le dirigió la palabra a Nanette. —Llegaste.—Sí —respondió Nanette.—Hazle compañía un rato a Yolanda. Voy a bajar a comprar algo de fruta, se le antojaron unas uvas —dijo Galileo.Yolanda lo miró con ojos suplicantes, como si se le fuera la vida en eso. —Ay, no, manda a alguno de los empleados, no tienes que ir tú.—Prefiero ir yo. Sé perfecto qué es lo que te gusta y aprovecho para ver si se te antoja otra cosa. Está aquí abajito, no me tardo nada.Yolanda bajó la mirada, toda tímida. —Bueno, está bien.Al pasar junto a Nanette, Galileo le echó un ojo al arreglo floral que llevaba en las manos.—Pon las flores allá, junto a la ventana; a Yolanda no le gustan los girasoles.Nanette tragó saliva, apretó los dedos contra el florero y se obligó a sonreír. —Claro.Yolanda estiró la mano. —Nanette, ven, siéntate acá.Nanette la ignoró disimuladamente, arrastró una silla y tomó asiento un poco más lejos.—¿Sigues enojada conmigo, Nanette? —preguntó Yolanda.Y en automático se le llenaron los ojos de lágrimas.Era un show tan bien montado que hasta daban ganas de aplaudirle.—Sé que usar el esperma de Gali te dolió mucho, pero...Lágrimas, como si se tratara de un interruptor.—Martino y yo habíamos quedado en que íbamos a disfrutar un tiempo solos y luego tendríamos bebés. Yo no me esperaba...—No me esperaba que pasara esa tragedia.—Amaba a Martino, y adoro a esta familia, por eso quería dejarle un heredero a su nombre y a los Godoy.—Gali era su gemelo, por eso le supliqué que me ayudara...—¡Nanette! —Yolanda se soltó llorando a moco tendido—. Las dos somos mujeres, entiendes cómo me siento, ¿verdad?—Por favor, ya no estés enojada conmigo, ¿sí?Nanette pestañeó, conteniendo todo lo que de verdad quería soltarle, pero justo cuando iba a abrir la boca, una voz chillona interrumpió la escena.—¡Yolanda! ¿Por qué estás llorando? ¡Acabas de dar a luz, por favor cálmate y descansa, no te vayas a descompensar!Era Ivón, que venía saliendo del cunero con el bebé en brazos y le lanzó una mirada asesina a Nanette.El recién nacido todavía estaba muy arrugadito, ni siquiera se le distinguían bien las facciones ni a quién se parecía.Pero lo que sí resaltaba era un enorme dije de rubí que llevaba colgado al cuello.Nanette conocía esa joya a la perfección.Era una pieza de colección, rarísima y de un valor incalculable.La familia Godoy solo tenía dos de esas, que fueron el regalo de bodas del difunto don Severino Godoy a Anatolia.Cuando los nietos se casaron, Anatolia le dio uno al mayor, Galileo.Y el otro a Martino.Por lo visto, Galileo le había regalado su tesoro más preciado a ese bebé.Quedaba más que claro lo importante que era ese niño para él.—¿Todavía no superas el asunto, verdad? ¿Viniste hasta acá nada más para hacerle la vida de cuadritos a Yolanda? —le reclamó Ivón.

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